Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

Por Edgar Sánchez Quintana

La tradicional comprensión del poder ha privilegiado sistemáticamente su dimensión visible: instituciones, leyes, estructuras económicas y formas explícitas de dominación o represión. Sin embargo, una fenomenología del sometimiento nos obliga a desplazar el análisis hacia un plano mucho más íntimo, capilar y persistente: aquel en el que el sujeto se constituye a sí mismo dentro de los estrechos márgenes que el poder le impone. No se trata únicamente de que el individuo sea dominado desde el exterior, sino de que aprende a habitar esa dominación como si fuese su forma natural de existencia. En este sentido, el sometimiento no es una mera relación asimétrica externa, sino una configuración ontológica: una manera de ser en el mundo donde la posibilidad de pensarse de otro modo ha sido, de facto , clausurada.

El sujeto sometido no se reconoce como tal. Su experiencia del mundo aparece como evidente, incuestionable e, incluso, inevitable. Así, el poder alcanza su forma más sofisticada y eficaz: no triunfa cuando reprime violentamente, sino cuando logra definir, sin resistencia, los límites de lo pensable. Bajo este marco fenomenológico, la sexualidad, lejos de ser un simple acto biológico o una esencia inmutable, se revela como un territorio de disputa ontológica donde las relaciones de género y las fuerzas hegemónicas moldean las posibilidades del deseo y de la identidad.

El sometimiento en la sexualidad: la perversión y la normalidad hegemónica

Para comprender cómo la ópera esta clausura en el ámbito del deseo, resulta indispensable recurrir a Michel Foucault.. En su Historia de la sexualidad , Foucault desentierra cómo la sexualidad occidental fue objeto de un riguroso control discursivo y disciplinario a partir de los siglos XVIII y XIX. La «perversión», un concepto central en su análisis, no operaba simplemente como la descripción de una desviación médica o moral, sino como una construcción social utilizada estratégicamente para castigar la diferencia y normalizar la sexualidad heterosexual reproductiva.

La lógica del poder es insidiosa: lo que se etiqueta como «perverso» es, principalmente, aquello que desafía el orden de las instituciones hegemónicas. Esta dinámica no ha desaparecido en la contemporaneidad; por el contrario, se ha cómodo. Observamos cómo la «normalidad» sigue siendo un constructo impuesto desde arriba, atravesado por privilegios de clase y género. Casos recientes como el de Jeffrey Epstein demuestran que el poder económico y político extremo permite a ciertos individuos transgredir todas las normas morales y legales con impunidad sistémica, mientras que, paradójicamente, las disidencias sexuales y de género en los estratos vulnerables siguen siendo patologizadas, perseguidas y criminalizadas. La «perversión» se construye, así, no como un problema de la élite que abusa del poder, sino como un estigma reservado para los cuerpos que no encajan en el modelo hegemónico de producción y consumo.

El cuerpo como campo de sometimiento: performatividad y escisión

Si el sometimiento se organiza como una episteme, su lugar de inscripción primaria es el cuerpo. Maurice Merleau-Pontynos recuerda que el cuerpo es nuestro vehículo para ser en el mundo; sin embargo, bajo la presión de la dominación, este deja de ser un espacio de libertad y apertura intencional para convertirse en un objeto de control y evaluación constante.

En las relaciones de género contemporáneas, esto se manifiesta en lo que Judith Butler ha denominado la «performatividad». Tanto hombres como mujeres son coaccionados, a través de micropoderes cotidianos, a cumplir con roles y expectativas predefinidas. La masculinidad hegemónica exige una actuación ininterrumpida de fortaleza, control y deseo depredador, mientras que la feminidad es disciplinada hacia la complacencia, la estética del objeto y la contención. El individuo se ve forzado a una autodisciplina constante para «encajar» en las normas sociales, generando una profunda escisión: el sujeto, como advertía Frantz Fanon.respecto a la mirada colonial, termina habitando su propio cuerpo como si fuera un territorio ajeno, evaluándose constantemente a través de la mirada del dominador.

Emancipación y reconocimiento ontológico

Frente a esta clausura, la emancipación no puede limitarse a la simple adquisición de «libertades» acomodadas que el mismo sistema capitalista mercantiliza —como la ilusión de que el consumo de identidades equivale a la liberación—. La verdadera emancipación ontológica exige un acto de autodesconstrucción radical: la fractura de la episteme impuesta.

Reconocer el poder del discurso y de las estructuras invisibles que nos atraviesan es el primer paso para salir del estado de sometimiento naturalizado. La emancipación consiste en desnaturalizar la identidad heredada, reapropiarse del cuerpo desde su inmanencia y producir una narrativa alternativa que permita una expresión sexual auténtica. La verdadera autonomía no radica en creer ilusoriamente que nuestros deseos nacen en un vacío de poder, sino en hacernos conscientes de las fuerzas que los moldean para, desde esa grieta fenomenológica, resistir la manipulación y abrir la posibilidad de ser de otro modo.

Referencias

[1]  Foucault, M. (2008). Historia de la sexualidad, volumen 1: La voluntad de saber. Editorial Anagrama.

[2]  Merleau-Ponty, M. (1945). Fenomenología de la percepción. Fondo de Cultura Económica.

[3]  Mayordomo, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Ediciones Paidós.

[4]  Fanón, F. (1952). Piel negra, máscaras blancas. Ediciones Akal.

Posted in

Deja un comentario