Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Me quedo sin mover ni un dedo, oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca soportando el peso de la cabeza, y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece haberse puesto de acuerdo: el movimiento del estómago en cada respiración, el zumbido de los oídos por la permanente calma, la presión del aire que entra por quién sabe dónde, el sopor que bosteza en las cortinas floreadas, el descolorido y apaciguamiento de los colores de los libros y revistas, la indolente quietud de la cama y la sobrecama, el relajamiento de tensiones de las telarañas. El día, a pesar de su tierna aparición, surge desganado y hosco. El crudo sol penetra sosamente con su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una mezcla de empujes tibios y rocíos tardíos; en él se elevan los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del orto va alejando esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche hacia otros sitios terrestres.

    La estación es la que sea, no me importa cuál. Eso no tiene que ver conmigo; ni los horóscopos ni la meteorología me dan de comer. Hoy lo que tengo son bostezos largos y jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas —o tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías. Tal parece que, después de los años, observo el talón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filósofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos. No, no es necesario. Lo que sí pesa son los años, como si fueran sacos de cemento en la espalda; son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y, a cada año, otra llaguita. Mejor debería dedicarme a la venta de publicidad; al fin y al cabo, conozco el medio.

    Las metáforas ya no me llegan; por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos, no desarrollo ideas. Me siento muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional, eso es un decir; es la pantalla en blanco, la de la computadora, y por más que busco en Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ah! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada; la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos. Eran los días en que me dieron el premio de periodismo. ¡Qué placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados! Es algo de lo que me siento orgulloso.

    Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente. ¡Así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. ¡Qué placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más! Apagar el interruptor, click-click, y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Por qué, llegar a ser un hombre es tan primoroso como ufano? Su efimeridad es lo que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicado socialmente, pero cuánta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno. “Eso de que polvo eres y en polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces, realmente, me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive; a veces, se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente. Son tramposamente nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo: tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia; en ese sentido, Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto, me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso; no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí, en el inconsciente, encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado he ido a menos. A veces, la risa y la ironía me habían salvado; eran una campana antes del nocaut, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mí no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir, sin lógica, que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad. Eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.

    —Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico; lo hice pasar a la sala.

    —Mmm. Dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años. Prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo. Llévate los restos del desayuno. —El periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.

    —Antonio, ¿cómo te va? Dice el dicho que, si la montaña no va hacia ti, tú vas hacia la montaña.

    —Pásale, ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido? Siéntate allí donde gustes.

    —Pues bien, allí andamos llevándola. Pero cuéntame, ¿qué es lo que estás haciendo? Desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones. Vengo por tus originales.

    —Pues, ha habido cambios en mi vida. Últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa, la musa me ha abandonado. No he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!

    —¿Cómo va a ser eso, Toño? Tantos años de experiencia y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales. En esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte, y tú aún no estás para la muerte. Estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo, de tan ágil y vivo. No, Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos. Te recomiendo las playas de Puerto Escondido en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.

    —El tuyo es el café, para mí pedí agua. El café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tú sabes, me encanta. —El visitante se acerca a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo; en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.

    —¿Te van a publicar tu última novela?

    —Sí, ya

    —¿Y tú qué? ¿A qué te has dedicado en estos últimos tiempos? —preguntó el periodista mientras tomaba un sorbo de su agua mineral, refrescante.

    —He estado muy ocupado con mi propio trabajo. Me han dado nuevas responsabilidades en el periódico y he estado escribiendo mis propias columnas. Además, he estado trabajando en un proyecto paralelo que me ha tenido bastante entretenido. ¡A veces la vida te da giros inesperados! —respondió el amigo mientras sorbía su café.

    —¡Qué bien, ¡qué bueno que sigas activo! Me alegra saberlo. A veces pienso que una pausa puede ser tan beneficiosa como cualquier nuevo proyecto. Tal vez lo que necesito es un cambio de perspectiva. Quizás salir de la rutina, ver otras cosas, o incluso encontrarme con viejos amigos pueda reavivar la chispa que parece haberse apagado.

    —Eso es exactamente lo que debes hacer, Antonio. No te quedes atrapado en la rutina. Sal, viaja, conoce nuevas personas y lugares. A veces, lo que más necesitamos es un pequeño empujón desde fuera para volver a encontrar nuestra pasión.

    —Sí, tienes razón. Creo que tomaré tu consejo. Necesito desconectar y ver las cosas desde un ángulo diferente. A veces uno se queda tan inmerso en sus propios problemas que olvida lo sencillo que es rejuvenecer a través de experiencias nuevas.

    —Me alegra oír eso. Siempre he pensado que las experiencias nos moldean y nos dan nuevas perspectivas. No te preocupes, la musa siempre vuelve a aquellos que la buscan con sinceridad.

    —Gracias por tus palabras. Realmente me han hecho reflexionar. Prometo que me tomaré un tiempo para mí mismo y regresaré con nuevas energías. Tal vez descubra que mi musa no se ha ido tan lejos como pensaba.

    —¡Eso espero! Y recuerda, si necesitas algo, aquí estoy. No dudes en pedirme ayuda. A veces, un amigo puede ser el mejor apoyo en momentos de incertidumbre.

    —Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por tu visita y por el consejo. Me has dado mucho en qué pensar. Ahora, me voy a dedicar a planear mi próximo paso, a ver si logro redescubrir la inspiración que parece haberse perdido.

    —¡Perfecto! Entonces, te dejo para que lo pienses. No olvides que el mundo está lleno de posibilidades y que, a veces, el mayor obstáculo es nuestra propia mente. ¡Hasta pronto!

    —¡Hasta pronto! —despidió el periodista a su amigo mientras se acomodaba en la mecedora, sintiendo una leve esperanza en el aire.

  • —¿La hiciste como te dije, o todavía no? — pronuncia el burócrata a su asistente, que llega con un legajo de papeles y una libreta de notas. Ambos sudan en las primeras horas calientes de la tarde en la ciudad fronteriza. Ciudad Juárez es una entidad apretujada con otra ciudad igualmente problemática, como lo es El Paso; en ellas se acumulan toda la podredumbre, el azar, la inhumanidad y las esperanzas de una vida distinta, renovada. Ciudades independientes de sus naciones por su amplia capacidad de comercio, tráfico y destino; ambas ciudades se drenan y trasfunden las virtudes y deshonras humanas, colaboran para accidentar los destinos, para ocultar las desavenencias de drogadictos, grafiteros, patinadores y rolers. De los inmigrantes, migrantes y fugitivos de la ley, de los que buscan de aquí para allá o de allá para acá una identidad distinta, un destino soñado. Son entidades que viven la modernidad desde la perspectiva del patio trasero, desde los trastos insulsos de la globalización y el entreveramiento de dos naciones cosidas a mano. Nuestra narración tiene como contexto esta urbe bilingüe y birracial, donde convergen lenguajes tan distintos, pero tan cercanos, vecinos, pero en continua confrontación, enlazados diariamente por pachucos, cholos y chicanos, por mexicanos y norteamericanos. La globalización se vive en las calles, en cada compra, en las tiendas, en las caras de los “mojados” permanentes y perdidos en la indigencia, atrapados en la droga o en las redes de su comercio; se vive también en la transacción monetaria en las esquinas “permitidas” de dólares y pesos; de carne humana con minifalda y de polvo de ángel, entre otros contrabandos.

    —Sí, ya mandé la circular a los medios de comunicación. Hay que esperar que ratifiquen su asistencia a la rueda de prensa, pero… ¿dónde la vamos a hacer? ¿En el auditorio o en la sala de juntas? —Ve por Don Jacinto para ver si ya terminó con lo que le pedí, y háblale a Carmela para que me pase estos apuntes en limpio. ¡Ah!, y también dile a Eusebio que quiero que me consiga otros datos que necesito para la rueda de prensa. — ¡Muévete, inútil! ¡Pendejo! Eres tan inútil como los de la perrera que no han podido con el problema. Y ahora tengo que ver yo todo.

    Los papeles en su escritorio se apilaban, llenos de quejas y solicitudes, pero su mente se desvió hacia su mascota, durmiendo plácidamente en casa. ‘Qué vida tan tranquila lleva,’ pensó, mientras consideraba que, al menos en su hogar, había una criatura que estaba a salvo del caos del exterior.

    El responsable de salubridad se encuentra nervioso. Ha convocado a los medios de difusión y prensa para aclarar asuntos y dispersar rumores que empañan su intachable y buena administración. Lleva medio año en el cargo. No sabe por qué lo pusieron en el puesto, no conoce nada de salud, salubridad y demás, pero era un paso para ser uno de los hombres de la lista que podrían ser elegidos como candidatos a diputado por el Partido Efusionista de la Democracia (P. E. D.). La reunión con los medios de difusión será a las cuatro de la tarde, y llegarán los periódicos locales: El Sol de la Frontera, El Avance y el diario Juárez de la Tarde; y de las revistas: Zeta, Jaque y Diálogo Social; y de los noticiarios radiofónicos: Resumen y Ahora. La sala de juntas es la más adecuada para la conferencia, ya que tiene aire acondicionado y, en la vista principal, un librero de pared a pared cedro con libros y enciclopedias que hacen que los hombres parezcan sabihondos, intelectuales y protagonistas científicos. La sala de juntas, en color rojo y dorado, con molduras en estuco y pintadas en oro con figuras griegas y románicas, cuenta con un plafón que oculta la iluminación fluorescente y una amplia cornisa que rodea y enaltece la estancia.

    Los profesionales y lujosos reporteros llegan sudorosos; cargan en la maleta su libreta de notas y su grabadora sudorífica, otros más llegan con sus cámaras con correas colgadas al cuello o al hombro. Su piel morena presume el bronceado diario de banqueta. Todos traen un celular en la cintura o bien en la petaca, razón por la cual, a cada momento, pulsa alguna señal telefónica. Se saludan. El compañerismo entre los colegas es amable; son socios todos del chayotismo hermoso y reconfortante, se conocen de andar persiguiendo la noticia a diario, y algunos de tomarse algunas caguamas bien “helodias”. Dos jovenzuelos, novatos y ciscados por el ambiente, andan como perdidos, su nerviosismo los desenmascara ante los zorros y más colmilludos del ámbito, aquellos que cobran aquí y allá y acaparan los espacios; sus caras cínicas y simpáticas hacen recordar más a las hienas que a los zopilotes. Los inexpertos se acomodan acá o allá, y sus tenis sueltan la peste propia para un desmayo, pero la buena ventilación ayuda a calmar la impaciencia odorífera. Llega la periodista de lujo, la articulista estrella, tanto por sus notas periodísticas como por su voluptuoso cuerpo de “Diana Cazadora”. La hermosa se sabe deseada y por eso llega y se aposta en las filas de los preferidos, llega con el escandaloso perfume de Chantibel N° 5 y con un caminar encantador como el que tiene Salma Hayek. Su piel es fina como de durazno, con unas pestañas que envidiaría la mismísima Afrodita; no obstante, despierta en los hombres el idéntico deseo libidinoso de esta diosa griega.

    La secretaria del funcionario acomoda los vasos y la jarra de agua, enciende el micrófono y le da unos golpes con el índice para probar su funcionamiento, pone el cenicero que trae guardado eficientemente en la bolsa del saco y reacomoda nuevamente la tercia de sillas tapizadas de terciopelo sintético color vino.

    El protagonista entra con el caminar rechoncho que todos conocen; ha pasado un cuarto de hora después de la cita y se ve que trae la gran noticia, como si cargara entre sus ropas, además de la gordura, un as escondido. Como si fuera a dar la noticia del antídoto contra el ébola. Al estrado lo acompañan su secretario y la encargada de finanzas. A la entrada, han puesto un escritorio con vasos desechables, dos jarras, un botellón con agua purificada y una caja con sobres de “Vida Suero Oral”; entre otras cosas, hay trípticos de la Secretaría de Salubridad. Todo eso, gratis.

    —Señores periodistas, les agradezco profundamente que hayan asistido a esta reunión con su servidor, para dar a conocer los avances en materia de salud, así como el informe de la campaña de vacunación tan exitosa que llevamos a cabo durante el “Mes de la Salud Familiar”. Desde que entramos a laborar en esta tarea que nos encomendó el señor gobernador del Estado, hemos estado trabajando arduamente por la salud de los niños, ancianos y, en fin, todos los que integran la familia en nuestro estado. Nosotros siempre hemos estado preocupados por la salud y el bienestar de la familia, por ello es necesario que dé algunos datos que clarifiquen el arduo trabajo de esta secretaría. Se vacunó a 5457 niños con la triple viral, y se inyectó a 2134 con la vitamina, que es más que nada un complemento inyectado. Además, se pusieron 684 vacunas contra el tétanos para niños y mujeres embarazadas, y se continúa con los programas permanentes de “Cultura Reproductiva”, “Aguas con el SIDA”, “El Cólera Mata” y otro que es para evitar la deshidratación de los niños en estas épocas de calor.

    El ágil disertador continúa su exposición mientras los periodistas anotan en sus libretas y vigilan sus grabadoras puestas cerca de los altavoces; entre ellos, la periodista estrella toma fotografías con poses delirantemente sugestivas. El chisporroteo de las cámaras es incesante, motivo por el cual el oficial regordete se limpia el sudor e intenta una cara fotogénica en cada centelleo. Termina con su verborrea y amablemente concede cinco minutos para preguntas: —Señor licenciado, ¿es verdad que lo van a proponer en su partido para ocupar un puesto de diputado en las próximas elecciones? —No lo sé, eso le compete a mi partido, siempre tomando en cuenta las proposiciones de nuestras bases en el partido. —¿Usted piensa que es el mejor candidato? —Yo sé cumplir la voluntad del pueblo, y si el pueblo quiere, yo obedezco. —¿Es verdad que en la ciudad ha crecido la insalubridad en un 25% y la muerte de menores en un 15%? ¿Y también que los problemas de mordeduras por perros con rabia son un caso grave que lo tienen a usted en jaque? —No, joven, esos son rumores mal fundados. Los rumores y acusaciones sobre insalubridad e incapacidad son solamente eso: rumores, y más de nuestros opositores, quienes buscan, sin ningún éxito, desprestigiar esta noble institución. Y sí, es verdad que ha habido más perros callejeros y una campaña en contra de la insalubridad canina que estamos atendiendo en estos momentos, ya que estamos desarrollando una campaña, en conjunto con las autoridades locales y la ciudadanía, para combatir este mal y no permitir que esta raza canina quede sin atención ni resguardo, por lo que estamos actuando de inmediato para corregir esta situación y erradicar el problema. —¿Por qué la Secretaría de Salud, junto con las oficinas de salubridad y la perrera municipal, no han podido frenar el aumento de perros callejeros? —Eso no es verdad, hemos hecho una gran campaña. Los resultados ya se verán en los días próximos. —¿Y qué hay de los perros rabiosos? ¿Es verdad que ha aumentado el número de mordeduras a los ciudadanos? —Eso lo veremos al final de la campaña, y si hay algo por hacer, lo haremos en el momento. —Es que, en una ocasión, mi esposa estuvo a punto de ser mordida en la calle y solamente por la intervención de un vecino no fue atacada por un perro rabioso. La gente no tiene por qué ser atacada por perros, menos por perros rabiosos. —El caso se está atendiendo por parte de las autoridades correspondientes, no tengan duda. Como es una campaña que estamos realizando para ayudar a toda la ciudadanía, les pido su apoyo para que nos ayuden a seguir mejorando la salubridad en nuestra ciudad y en nuestro estado.

    El sudor de todos sigue evaporándose por el aire acondicionado; las preguntas se suceden unas tras otras, y el tiempo no se detiene para escuchar los gruñidos y ladridos que acompañan la algarabía que hace la jauría allá afuera, en la calle, detrás del edificio de salubridad.

    Don Jacinto termina la entrevista radiofónica en los estudios de la empresa; no es lo suyo, su ignorancia es tan palpable como la honradez que lo acompaña. Don Jacinto trabaja en el despacho con la computadora y la cámara de video vigilancia encendida; el estruendo de los perros allá afuera no cesa. El encargado de finanzas, en su despacho, lee la revista del Perro Callejero, a la que sus jefes están suscritos.

    En la oficina del burócrata, los asuntos se dilucidan. Se limpia el sudor, se para frente a la ventana para ver allá afuera, por el espejo, las calles llenas de polvo y tierra; los arbolitos deshidratados y la gente que pulula por doquier. Una ciudad en el desierto. Se acuerda del “Can”, su perrito maltés, que lo espera en casa con el rabo escondido entre las patas. —¡La jodida perrera! Ni para eso son útiles esos imbéciles— expresa en tono molesto y amargo, mientras las gotas de sudor le caen del cuello y le ensucian su camisa blanca de lino.

    A la salida de la conferencia, uno de los periodistas camina hacia el estacionamiento con su cara curtida por el sol, y entre su rostro triste, aparecen pensamientos cínicos y blasfemos, como: “Ahora me he dado cuenta de que el funcionario público es igual de corrupto aquí, allá y en cualquier parte. Nos mienten, pero eso se sabe, y nos dan unas migajas para vivir. Al final de cuentas, me da igual, yo cobro mi chayote y ellos su mordida”. Se retira con un dejo de angustia y satisfacción, mientras el otro, el burócrata, está a punto de llorar. Ha olvidado el tiempo y la hora, está a punto de fenecer con su cargo. Los perros lo rondan en la calle y sus sentimientos amargos se agolpan en su estómago.

    El último y único consuelo es llegar a casa y encontrar a su can mojado, revolcándose en el sofá y buscando un hueco donde esconderse; el pequeño animalito le recuerda lo mucho que ha hecho para no morir de inanición, lo mucho que ha luchado por no ser uno más en la lista de desaparecidos. Su perrito maltés lo espera, como siempre, con el rabo entre las patas, fiel a su dueño, fiel a sus migajas y fiel a su vida triste y miserable.

  • Las nubes debutantes de la tarde oscurecen los riscos de la escarpada del valle de «Casas Grandes». En los cúmulos oscuros y vaporosos, los colores enamorados de centellas plateadas e indomesticables visten al humo de la casa con destellos, mientras el viento azaroso acumula vaivenes que se pierden en el cielo. En lontananza, lejos de los riscos, por donde el río serpentea, se aproxima a pasos de Goliat la oscuridad de una noche presurosa, ansiosa por devorar todo en su negrura. El color chocolate del río se intensifica por las caídas de las medianas cascadas al entrar al valle y por los chubascos de los días anteriores. Su oxigenación se enriquece aún más al chocar con las rocas y lajas, cortantes, duras y filosas. La maleza de la ribera varía desde los abrojos grisáceos por hongos imperceptibles, zarzas punzantes y jarillas sarnosas de plaga. El pasto que llega hasta la casa, tan verde que huele a menta, está cubierto de hojas en descomposición, formando un compost ya fermentado, listo para nutrir las raíces. Los cimientos pétreos de la casa sobresalen y miran por encima del pasto, y en ese nivel hay dos ventanas que exhalan aires rancios del sótano, un olor mefistofélico que presagia horrores en las sombras de esos muros.

    La habitación está cubierta por amplias cortinas que llegan hasta el suelo de mármol. El lugar parece tener una decoración minimalista; el vacío y la soledad en los muros reinan como si fueran parte esencial de la casa. El ahuecamiento del espacio parece devorar toda entidad con sentido propio; los distintos aposentos carecen de identidad privativa, conformando una sola homogeneidad, como si fueran extremidades de una estructura ósea. Como si se tratara de una caja hermética viva o la corporeidad de un engendro maligno convertido en casa. La organicidad se manifiesta en la respiración que fluye entre las cortinas, en el humo que sisea por la chimenea y se pierde en el cielo, y en el aire rancio que se filtra por las ventanas del sótano, al nivel de los cimientos ligeramente expuestos. Se percibe en el ambiente una mirada introspectiva, dirigida no hacia el horizonte oscurecido ni hacia los riscos escarpados del valle, sino hacia su interior, como si la casa fuera un individuo autista, atrapado en su propia mente. En este sentido, nacen figuraciones de un ente que se devora a sí mismo, que permanece ensimismado en su configuración psíquica afectada, solazándose en comprimir todo lo que hay en su interior, como un agujero negro galáctico que absorbe todo ser sin distinción. Es comparable a un asesino que estrangula sin matar, complaciéndose en ello mientras su compenetración se enriquece en voluntad. Dentro de este mundo, un personaje inmóvil hurga en sus recuerdos desde su calvario.

    Es un personaje flaco, su nariz moribunda y aguileña apunta al suelo, y en sus ojos borbotea el último destello de vida. Sentado en una silla de ruedas, inmovilizado por una parálisis total debido a una embolia, parece un tronco tumbado, un engendro de la naturaleza, un organismo mal formado que yace quieto y vegetativo en el centro de la habitación. En el techo zumban las moscas, atraídas por el olor de la putrefacción, algunas ya han puesto sus huevas en el cable de la luz del foco, envueltas en secreciones gástricas.

    El hombre cae en las larvas del recuerdo. Su vil sinceridad se codeaba con la política y la frondosidad sofista de viejos tiempos. Encendía la luz de la añoranza y sentía que la vida volvía a mirarlo y sonreírle. Se imaginaba que aún podía hacer que las grietas se movieran a su paso, que aún podía obligar a los desposeídos a hacer cosas inhumanas y deshonrosas, que podía arengar cualquier cosa a su conveniencia y manipular las tertulias de la clase pudiente. Era un hombre que podía torcer el pescuezo de la elocuencia a su antojo, satisfaciendo así sus instintos más salvajes y despreciando a las clases bajas, al «lumpen». En el gueto de literatos fracasados, recitaba su poesía lánguida y decadente. Recordaba el juicio en el que arrebató despiadadamente la propiedad en la que vivía, pero con qué lentitud deletreaba su existencia hasta convertirse en lo que era: un ser injertado en una morada pesada y de ambiente autoritario, un personaje caricaturesco, seco y estéril, circuncidado de la sociedad, apartado de toda humanidad, lenguaje y convivencia. Solo le hacían compañía los muros planos y tenuemente cuarteados. La casa lo apretujaba entre sus paredes, y en los pasillos largos sentía que se encontraría con un espacio estrecho, de apenas cincuenta centímetros de ancho y ochenta de altura. Sentía que el techo se estrechaba hasta rozarlo con los cabellos, succionándole las entrañas, tratando de introducirse en su esencia. Su contenida presencia era disminuida por los movimientos de los muros, que se atraían hasta fusionarse en una sola, obesa e inflada tapia. El ahogamiento y la desesperación de sentirse prisionero lo convertían en una criatura oprimida, castigada por una estructura ósea famélica que se adhería a su piel ajada y tumefacta. Las cortinas parecían algodones secos como polvorones que se introducían en la garganta y absorbían toda saliva, toda humedad bucal. Los ojos se entreabrían para inhalar más aire, pero solo conseguían que las venas de las sienes se hincharan de sangre, mientras en las pupilas crecían imperceptibles hebras de plasma. El individuo seguramente tenía en la punta de la lengua un «¡ay!», pero no podía pronunciarlo. Su lengua, torpemente quieta y pastosa, era como una masa de barro atrapada en una cueva entre dentadura maltrecha y unos labios que parecían más una llaga asomándose al mundo. Su reclusión no tenía escapatoria; sabía que no tardaría en llegar el momento en que los muros se transformarían en un sarcófago incrustado en el valle de «Casas Grandes». La estrechez de la vivienda se volvía cada vez más densa, el sofoco llegaba como un orgasmo que hacía contraer las grasas del cuerpo, los vellos se erizaban y por ellos penetraba un frío gélido que alcanzaba las capas más profundas de la piel. Su rostro, con una barba crespa, mostraba arrugas que se entrelazaban como si disputaran ese territorio. El cuello exhibía una mezcla de arrugas, papada y grasa. Su esperanza de salvación se había desvanecido hace mucho tiempo, era un eco opaco, desaparecido y anestesiado del espíritu optimista. Su mirada se dirigía al techo, hacia el foco, una esfera de vidrio por donde se arrastraban, dejando un rastro baboso, las larvas de mosca listas para caer en su cuerpo melifluamente enrarecido y fétido. Las larvas caían en su boca, donde se anidaban; otras caían en sus ojos y se deslizaban como lágrimas lechosas hasta el oído. A través de la oreja escapaban traviesas larvas del cerebro, ya podrido, devorando poco a poco una vida que se resistía a desaparecer. El ser sepulto y corrompido oscurecía las estancias que parecían apretarlo más, como si quisieran exprimir sus jugos más consubstanciales.

    Las cortinas dejaban entrar un resuello que venía de chocar con los filosos riscos de la escarpada del valle. Bajo el piso, gusanos gordos y bien alimentados se escurrían hasta el oscuro sótano, donde se enterraban en la arcilla polvorienta. Las ventanas no dejaban pasar ningún rayo de luz; tanto afuera como en el sótano reinaba una oscuridad luciferina y aterradora.

  • El auto circulaba por el camino terregoso después de pasar por el pueblo. El compadre había comentado sobre los robos que estaban sucediendo en esa localidad.

    —Sí, compadre —contestó el conductor—, por esta zona dicen que se está poniendo feo. Inclusive ya me advirtieron que no ande de noche porque ha habido muchos asaltos. La otra vez asaltaron al camión repartidor de gas, dicen que se llevaron como diez mil pesos, y a los repartidores de refrescos también les han dado su susto.

    —Pues, ¿que no esos carros tienen caja de seguridad?

    —Sí, pero, aunque la traigan, los choferes a veces cargan el dinero en las bolsas del pantalón y no miden las consecuencias.

    —¿Supiste del asalto a la tienda del ISSSTE?

    —No, cuéntame… ¿cómo fue?

    —Fue la semana pasada, cuando habían pagado el aguinaldo. Los ladrones pensaron que había bastante dinero en la tienda. Fue a mediodía, pero les fue mal porque acababa de pasar el camión de la “Panamericana” y se había llevado a resguardo el dinero que había en las cajas. Cuando llegaron los ladrones, solo se llevaron cinco mil pesos.

    —Tanto arriesgue para nada. No sabía de eso, lo que pasa es que por el trabajo ya no escucho las noticias.

    —¿Por qué te tardaste tanto en la tienda? —dijo el acompañante mientras observaba por la ventana del carro las tierras de labor y, a lo lejos, la silueta de la Malinche—. Casi me estaba durmiendo aquí en el carro y tú no aparecías.

    —Es que la viejita de la tienda me contó una historia de este pueblo, que dicen que hasta salió en las noticias de “24 Horas”.

    —¿De qué se trata? Cuéntame.

    —Me dijo la señora que hace como un mes se corrió el rumor en el pueblo de que, a un señor, cuando trabajaba en el campo, se le apareció una serpiente con cara de mujer. Era tan hermosa que el hombre no pudo resistir el deseo de besarla. Cuando se acercó a ella y la quiso besar, la serpiente con cara de mujer lo mordió y huyó al jagüey, el que está en la falda de la Malinche. Dicen que por esos días había llovido mucho y el jagüey estaba bien lleno. Y como había corrido la noticia por la televisión, vino mucha gente a constatar el hecho y a ver lo que por aquí sucedía.

    Otra versión es que se le apareció al señor, que era muy buena persona, y nunca había hecho mal a nadie. Era muy servicial y cuando le pedían un favor, él con mucho gusto lo hacía. Este señor, cuando fue a trabajar al campo, escuchó una voz melodiosa y dulce entre los matorrales. Escuchó que le decía:

    —Ayúdame, por favor. Estoy perdida, soy la hija de la Malinche. Por jugar mucho y no obedecer a mi madre, me perdí y ahora no puedo regresar. Ella ha de estar muy preocupada. Llévame y ella te recompensará.

    —Pero tengo que cumplir con mis deberes —decía el hombre— y atender a mis animales.

    —Por favor, mi madre te recompensará —decía esto mientras su cara se asomaba por entre los arbustos, dejando al hombre fascinado.

    —Está bien, te llevaré.

    —Y el hombre llevó a la serpiente con cara de mujer hasta la Malinche, su madre. Y la Malinche lo premió con una bolsa llena de oro. Dicen que ese hombre ahora es muy rico.

    —Hay otra versión, ¿quieres oírla?

    —Sí, claro, ¿cuál es?

    —Bueno, la otra versión dice que sí es cierto lo de la serpiente, pero que la trajeron de otro país para exterminar las ratas de una fábrica. Dicen que en esa fábrica había muchas ratas, una plaga. También dicen que no era una serpiente, sino que eran dos. Habían puesto un cerco para que no escaparan las serpientes de la instalación, pero de todas formas se escaparon. A una serpiente sí la lograron matar, pero la otra anda por la falda de la Malinche. Dicen que un muchacho la vio cuando se había ido de pinta y no había entrado a clases en la escuela. La serpiente lo castigó dejándolo mudo, porque al verla fue tal su impresión que ya no pudo hablar. Según las señas del muchacho, era grande, del diámetro de un tubo de drenaje, y enroscada daba como uno cincuenta de altura.

    —Pero eso son más que cuentos, ¿no crees?

    —Pues puede ser, pero lo que sí lograron es que la gente venga al pueblo. Me dijo la viejita que los de las tiendas del pueblo se beneficiaron porque no falta quien quiera comprar un refresco, una botana, o chicles.

    —A ver qué otra cosa inventa para que la gente se dé cuenta de que existe este pueblo —dijo el acompañante mientras veía la polvareda que levantaba el carro a sus espaldas—. Párate por allí, compadre, que voy a orinar.

    El carro se detuvo a orillas del camino de terracería. El conductor encendió un cigarrillo mientras su acompañante se dirigía a los magueyes. Mientras bajaba la bragueta, escuchó un chasquido de eses repetidas. Se asomó entre las hojas del maguey y vio que una serpiente se dirigía al carro con gran rapidez. Terminó y corrió al carro con prisa, asustado por lo que pudiera pasar. El conductor vio a su compadre que corría hacia el carro.

    —¡Compadre, compadre, la serpiente! ¡La serpiente con cara de mujer! ¡Pélale, compadre, pélale!

    Subió al coche y el compadre arrancó mientras observaba por el espejo retrovisor una cara de mujer, muy hermosa. El cuerpo se encontraba en el capote trasero, encima de la cajuela. Después de recorrer un gran tramo con aquello de pasajero y tratar de tirarla para huir del peligro, entraron a la carretera “Vía Corta Puebla-Tlaxcala”. Con un rechinido de llantas y un giro brusco, hicieron que el inoportuno pasajero cayera en la carretera y fuera aplastado por una docena de llantas de un tráiler con prisa. Después de veinte minutos solo quedaba una salea de nada, pegada al asfalto. El sol contribuiría a borrar cualquier rastro. De la serpiente con cara de mujer hermosa solo quedaba la historia.

  • La ciudad estaba conformada por cuatro territorios. Los habitantes de esta zona eran llamados “Los Zopes,” muy afamados en la región. Alrededor del territorio que circundaba el gran reino había todo tipo de extranjeros, desde los típicos gringos hasta los boricuas y arios. Descubierta la ciudad por los foráneos, estos trataban siempre de extender su territorio.

    “El Charrito” era vecino. Había nacido en una familia numerosa. Su padre había venido desde Morongo, una ciudad lejana como el mismo horizonte, traído por su abuelo a estas tierras. El gran sacerdote sabio, llamado Tectlo, le había dicho que su misión era construir una gran muralla, guarniciones y pozos profundos para protegerse de los ataques de los forasteros.

    “El Charrito” era joven. Su padre le había enseñado a manejar el Street Fighter II y la cuchara de albañil, pero era mejor para la recolección de basura. Después de hablar con el sacerdote sabio, se sentó a la sombra de un zapote que lucía sus frutos, inflados y verdosos como píldoras rubicundas y aretes zapotecos. Entonces se manifestó el gran Camún, dios protector de los Zopes. Apareció de la nada, con un traje excelso, adornos y notables lujos. Su atuendo se marcaba con diamantina que caía copiosamente, gran penacho y una espada de Power Ranger muy colorida. Camún le dijo:

    —¡Te encargo la protección de la Zona! Te encomiendo proteger la progenie. No dejaré que Grendar, el dios de la muerte, devore todo. A ti te encargo a los pobladores de la ciudad. Yo soy el dios de los Zopes, el dios que hace cimbrar la tierra y que hace funcionar la sangre. Tendrás que levantar una muralla, harás fosos, parapetos y guarniciones donde agazaparse y protegerse. Te recompensaré con un gran rango y te regalaré una flor de suave perfume, una mujer llamada Claudia Schiffer.

    Desapareció.

    “El Charrito” siguió sentado bajo el zapote. No podía comprender lo que había sucedido, pero sintió que había nacido en su interior una misión de vida. Era un honor servir al dios de la Zona, además de que tenía coraje y una gran sed de venganza hacia los foráneos, quienes le habían arrebatado a su abuelo y lo habían confinado en una cámara de gas en la ciudad de Milhumos. Después de descansar bajo el zapote, “El Charrito” se dirigió a Tiza, donde se entrevistó con el gran sacerdote sabio. Este le dijo que debía convocar a los maestros encargados de la edificación. Los jefes de obra le informaron que podía contar con trescientos hombres, aparte de los vigilantes, pero antes tenía que ir a Milhumos a pedir permiso de obra.

    “El Charrito” se puso a trabajar. Se complacía en la obra que edificaba. Eran pocos los lugares por donde los Zopes podían ser asaltados, y en esos sitios, el nuevo ingeniero, con maestría y estrategia, había procedido. Los ataques dirigidos desde el exterior a la comarca de los Zopes eran constantes. Tal era el tesón de los intrusos para infiltrarse en el lugar que no les importaba sacrificar su idioma ni un sinfín de costumbres. “El Charrito,” de esa manera, había adquirido muchas palabras nuevas que enriquecían su vocabulario, así como costumbres como la de Santa Claus y Halloween.

    “El Charrito” se enorgullecía de su territorio, del gran honor que era vivir dentro, además de poder ducharse en los baños públicos mixtos, únicos en la región. Un día, mientras se bañaba, apareció entre el vapor el gran dios Camún, sorbiendo su refresco con popote. Le dijo:

    —Te prometí una hermosa flor de lindos atributos, una mujer, y ahora que has cumplido tus veintidós años, la tendrás como premio a tu tesón.

    Apareció Claudia Schiffer, hermosa, de cabellera voluptuosamente dorada, forrada con una túnica húmeda, caminando hacia “El Charrito” entre las aguas de la alberca burbujeante. Tenía la vista diáfana de una virgen inalcanzable. Sus brazos se apretaban al compás del chasquido bocal de un beso correspondido. Después de hacer el amor, “El Charrito” quedó aturdido por el esfuerzo. Ella le confesó en ese instante que acababa de tener su última batalla, porque era extranjera y la había enviado Grendar para acabar con los Zopes. En ese momento, acababa de adquirir una enfermedad incurable. “El Charrito” seguía en las nubes, con una psicodelia multicolor en sus ojos.

  • Mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera municipal. Sin duda, pagaría una multa por los canes de enfrente. A mi madre siempre le han gustado los perros, y por supuesto que a mí también, siempre y cuando sean míos, porque los que son de la calle me inspiran desconfianza.

    Cuando era niño, mi madre nos compró una perra bulldog. La perra era tierna, pero tenía una cara de miedo; debo decir que tenía arrugas sobre arrugas, sus cachetes colgaban más allá de la cara, casi hasta el cuello, y siempre descendía de su boca la gruesa baba chiclosa, con los colmillos caldosos y la lengua sudada. Era una perra sensible cuando la regañaban por comerse las flores del jardín; mi madre salía después a rogarle que la perdonara, pero que no volviera a hacer esas cosas, de lo contrario, la muy digna cachorra o no comía, o bien, no volvía a mirarle a los ojos y a ponerse contenta… La perra de ninguna manera movía la cola para demostrar sus sentimientos porque no la tenía; se la habían operado cuando era cachorra, lo mismo que las orejas —aunque una le quedó gacha— tenía su porte de perro maldito, el pavor que despertaba en los visitantes de la casa: hasta el escalofrío y el sobresalto. Se llamaba “Chirca”, en realidad no sé de dónde salió el nombre; fue bautizada por mi hermana Trinidad. Recuerdo que le hicimos un pastel con galletas Marías y budín de chocolate; el pastel nos lo comimos nosotros, y a la “Chirca” de bautizo le tocó una jarra de agua helada. Pienso que desde entonces le dio reuma y un poco de sarna en el lomo. La “Chirca” era una perra juguetona. El amplio patio era su sitio de recreo, su casa, su espacio; aún no tenía piso de cemento, por lo que los agujeros rasgados por la perra resultaban muy comunes; eran microcráteres cuyo aerolito enterrado venía siendo un hueso o una torta dura. Mi madre se molestaba por los dichosos cráteres que dejaba la perra, y aún más si estos se acercaban a los rosales, casi sagrados, intocables, eran el tercer amor de su vida. Siempre estaba mi padre después de sus hijos y luego los rosales, en ese orden. Éramos mi hermana Trinidad y yo los responsables del cuidado del jardín y de la “Chirca”; ella de la perra y yo del jardín. Recuerdo que, para poder cuidar el jardín de mi madre, había ideado una especie de alarma para proteger los rosales. Pero antes de narrar cómo era este artilugio, debo señalar cómo estaba el patio. Pues bien, el patio corría a un costado de la casa de dos pisos y terminaba en la parte posterior del hogar. En realidad, eran dos patios: el patio de costado y el traspatio, donde se encontraban los tendederos y el lavadero. En el traspatio siempre había todo tipo de objetos, arrinconados en las diferentes regiones limitantes. En el patio de costado se encontraba el jardín y al final de él estaba el portón de la calle. El jardín estaba conformado no solo por rosales, sino también por plantas de ornato como “el huele de noche”, “las margaritas”, “la pasionaria” y un árbol de higo, entre otras plantas de suelo. De suerte, se encontraba hasta la “hierba buena”, “la ruda” y “el epazote”; la manzanilla nacía por donde fuera como si fuera maleza. El árbol de higo se encontraba en un sitio aparte, donde crecía libremente, y a donde recurríamos para arrancarle sus frutos suficientemente jugosos. Por cierto, recuerdo el día en que me trepé al higo y, por traer zapatos de piso, me accidenté con una saliente del tronco; aún tengo la cicatriz en el tórax.

    Mi madre había colocado provisionalmente una cerca para impedir que la “Chirca” hiciera sus gracias dentro del jardín, pero la perra siempre buscaba entrar. De cualquier manera, traspasaba para juguetear con las flores y masticarlas. Había ideado en mi mente una especie de cerca eléctrica que funcionaría con un acumulador y unos alambres, pero la idea no era tan buena; la batería no funcionaba. También pensé en electrificarla, pero eso era demasiado peligroso. Pensé en impregnar las flores con chile y otras sustancias amargas, pero, aunque ya no le gustaran las flores, seguiría haciendo agujeros en el jardín. Otro de los impedimentos es que no tenía el dinero suficiente, así que coloqué varios alambres sensibles alrededor de tal manera que protegieran toda la zona y estos alambres terminaban en una alarma ruidosa compuesta por botes y canicas; al sonar la alarma, trozaría el hilo donde se sujetaba la alarma y esta caería a una bolsa de aire que haría chiflar la flauta atada en los extremos de salida de la bolsa. En fin, al día siguiente amanecí desvelado porque toda la noche había hecho aire y los botes sonaron sin parar. En cuanto a la bolsa de aire, la “Chirca” la había masticado y había echado a perder la flauta que mi hermana ocupaba en la clase de música en la escuela secundaria. Mi padre hizo una cerca alta para proteger el jardín y se terminaron los problemas.

    A mi madre siempre le han gustado los perros. Se entristeció mucho al despedirse de la “Chirca”. La llevaría a la casa de mi tío Jorge para que cuidara su casa porque a sus perros los habían envenenado. Seguramente porque querían entrar a robar a su casa y como su casa no es segura. De vez en cuando veo, cuando visito a mi tío. La perra trata de mover la cola, pero no puede porque no la tiene; la operaron cuando era cachorro. No quedamos sin perra. La casa era segura porque existían los canes de enfrente, los perros de la vecina.

    El vecindario era de clase media, estaba alejado por aproximadamente media docena de cuadras del centro de la ciudad. Siempre teníamos problemas con el agua y algunas calles no estaban aún pavimentadas. Los pandilleros “los Tizas” tenían a resguardo las noches, de los transeúntes extraños y tal vez alguno de la banda de “la Bondojo”, enemigos incansables de “los Tizas”. La calle donde se ubicaba la casa parecía que daba hasta las faldas de la montaña La Malinche, pero no; esa era su dirección. La calle terminaba al tope con la carpintería “El Roble”; los dueños le habían vendido a mi papá los palos para la cerca del jardín. Son unos güeros, me han dicho que son de Chihuahua. A mí me caen gordos esos tipos porque se creen más que los demás.

    En la calle, eran un problema los perros de enfrente, es decir, los canes del vecino. Sus características: indómitos y violentos. Eran bestias guardianas de la casa de enfrente, tomaban en serio su papel; ellos cuidaban de más el acercamiento de personas por la calle. Eran tres chuchos escandalizando las veinticuatro horas. Dos eran grandes; uno con pinta de galgo y otro con cabeza de mastín y cuerpo de perro policía; el otro era uno de esos lanudos miniaturizados. Este último era el vocinglero y alborotador de los otros dos. La vecina dueña de los perros, en su totalidad era una mujer fea y escandalosa; supongo que en su juventud tuvo algo de aquello que se llama belleza, pero después no más. Se pintaba el cabello de negro para que no se vieran las canas —que supongo yo eran aproximadamente el cincuenta por ciento de la totalidad del cabello— vivía sola con sus animales, porque no solo tenía perros sino también gatos y tal vez —nunca entré a su casa— algunos pájaros. Era una mujer anclada en la época de finales de los sesenta. Su carácter era inusual porque con los animales tendía a ser platicadora y enojona, pero con las personas prefería la cerrazón y la introversión. Algo sucia. Desde la ventana de la cocina vaciaba los desperdicios al patio; la tierra permanecía sucia, lambida, grasienta, aparte de la suciedad que dejaban los perros. La vecina, cuando salía a comprar a la tienda de la esquina, los perros la seguían con una algarabía tal que el escándalo se escuchaba a cincuenta metros a la redonda. Además, no faltaba el día en que las perras de otros sitios se ponían en celo y los perros domiciliados en frente invitaban a aullar y gruñir a la jauría durante toda la temporada.

    Las corretizas de los perros hacia los transeúntes no se hacían esperar; durante el día ocurrían aproximadamente cada tres horas. Mi madre había intentado reclamarle a la vecina por la seguridad de los perros, pero nunca hubo una respuesta satisfactoria. Estaba cansada, la vecina le dijo a mi madre que cuando pasara algo lo diría, mientras tanto no tenía nada que hacer y se negaba a encerrar a los perros. Mi madre ya se había cansado de reclamar y de perder el tiempo en una lucha sin ganancia. Con el paso del tiempo, se había acostumbrado al ruido constante y al ver que sus perros se refugiaban en el patio de mi casa. En la noche era casi imposible dormir, los perros ladraban como si el fin del mundo estuviera llegando; en algunas ocasiones los perros de la casa se unían a la bulla. La situación no era ideal porque a veces se sentía temblor en la ventana, y la puerta de la casa se desajustaba. Las cosas no eran cómodas, más cuando ya no hay un perro guardián.

    Cuando mi madre me pidió que arreglara el problema con la vecina, a mí no me gustaba salir a hablar con los vecinos porque siempre terminaba en problemas, con una conversación sin sentido y con la vecina gritona. Estaba decidido, mi objetivo era encontrar una solución de manera rápida y que no interfiriera mucho en la vida de mi madre. Hablé con mi padre sobre las posibilidades de tratar el tema de los perros, pero él estaba muy ocupado con su trabajo y con las cosas de la casa, así que la solución tenía que salir de mí. Mi plan era sencillo, yo tenía que encontrar una solución que fuera directa y no dejara dudas. Mi plan consistía en calmar a los perros con un tranquilizante, así podría volver a dormir. La primera noche después de la solución, pude dormir a gusto, al siguiente día ya no había ruido de perros, así que la vecina no me podía reclamar por los problemas con los perros. Todo estaba bien, sin embargo, la tranquilidad duró poco porque al siguiente día un cachorro se escapó de la perrera. Mi madre se preocupó por el cachorro, mi hermana y yo lo encontramos al final del día, pero no estábamos seguros de que se pudiera recuperar. La perra ya no podía caminar ni por sí sola y estaba un poco nerviosa, el cachorro estaba en condiciones deplorables y mi madre, con lágrimas en los ojos, lloró cuando supo de la pérdida del cachorro. Así que las cosas siguieron igual, la vecina no se preocupaba por sus animales y el ruido seguía. La tranquilidad nunca duró mucho y el cachorro seguía en la perrera municipal, donde siempre habíamos terminado en busca de los perros perdidos. A veces, los perros encontrados en la perrera también terminaban con problemas de salud, y la situación no parecía cambiar nunca.

  • —Me volví terrestre de repente, sin darme cuenta, hasta que el auto comenzó a moverse en el parque de la ciudad. Entré a otro mundo, pero, como siempre, sólo vine a pasear. Pensé que escaparía del aburrimiento, pero el hastío de la gente se me pegó de inmediato, a la cara, a los ojos. Mis órganos de conciencia querían apagarse, como desconectar un aparato eléctrico. El «Datsun» se movió; no sabía que el auto se movería, ya que desde lejos parecía estar parado, como un muro o un tronco tirado.

    —Sé —y lo sé desde que salí de casa para escapar del aburrimiento— que el mitin en el pueblo de “Agua Verde” lleva tres días. Este pueblo exige los servicios básicos para sobrevivir. ¿Dónde queda? No lo sé, en la primaria no me enseñaron la geografía del estado, o bien no lo recuerdo; tal vez por allá por “Lázaro Cárdenas”.

    —Desde la fuente al lado de San José, observaba los toldos cubriendo el espacio. Los humos de las fogatas se elevaban entre los árboles del parque, mientras las pelotas de los niños a veces golpeaban los edificios públicos. El humo de los cigarrillos formaba un aura que cubría todo el sitio. El agua salpicaba a mis espaldas en un estruendo inusitado. La vendedora de pepitas en el escalón de la fuente mostraba su mercancía, mientras tomaba de ella cada vez que su lengua lo indicaba. Las secretarias se besaban con sus novios después de comer antes de volver a trabajar.

    —Me fui acercando. Sólo vine a pasear, como siempre, así que mis pasos dejaron huella en la zona. El “Datsun” se movió. Entré.

    —Una señora, agachada y encorvada entre plásticos negros y palos, se encontraba en un baño improvisado. El registro de drenaje tenía una nueva función: servir como baño durante el mitin.

    —La gente estaba celosa de su espacio, desconfiada de los desconocidos. Algunos dormían la siesta en las banquetas del parque, platicaban, y no faltaba un cigarro. Las mujeres masticaban chicle o chicharrón. Un niño mugroso y harapiento lloraba o gritaba entre la gente. Los gorros de los maridos panzones mal fajados servían de identificación social, mientras que el rebozo y la chancla sucia eran distintivos de las mujeres. Algunas mujeres vendían comida, golosinas en algún zaguán o esquina, o eran amas de casa en un poblado medio construido o en la miseria. La pirámide de forraje y rastrojo servía de combustible para las cocinas de humo y las cazuelas de mole en el techo. La jauría ladraba a todas horas. El terreno seco y la tolvanera celebraban la aridez. El monte almacenaba el tiempo.

    —Eso es lo que imagino mientras los observo. Paso junto a ellos y me desconocen. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, que soy un hombre citadino de la capital del estado y que vengo en son de paz. Pero sus miradas y su olor me excluyen. La bocanada de humo de cigarrillo se aleja hacia el cielo. ¡Me siento excluido!

    —Pero… todo está cercado. ¿A dónde me he metido? Es un círculo tipo caravana del oeste, construido con carros, donde los muros humanos impiden el paso. ¡Híjole! ¿Podré salir? Las puertas de los edificios de gobierno están cerradas, todo está cercado. Creo que están organizados, algunos con listones amarillos, otros con listones rojos. Seguramente son representantes de algún grupo. Me siento un extranjero entre ellos. Me siento menos evidente sentado en el suelo. Dos jóvenes recostados a mi izquierda leen novelitas baratas, luego se alejan y se apoyan en un carro en los límites de la zona. Mientras, babeo.

    —La asta de la bandera está a dos metros del siguiente baño improvisado. En los muros cuelgan cartulinas con anuncios: “En Laguna Verde queremos agua y luz”, “Exigimos al señor gobernador atención a nuestras justas peticiones”.

    —¿Qué querrán? No entiendo. Xochitiotzin dice que es un “boicot político”. Desde aquí veo miseria, mugre, diversión, coerción, injusticia. Pero también se divierten, juegan, cantan canciones rancheras con un trío. Un tipo convence a una quinceañera para que se vaya. Los cabizbajos y meditabundos parecen recordar viejos tiempos mientras el sol languidece entre las ramas del parque. Vine a disfrutar de la tarde, del aire, a saborear la corriente con olor a Tlaxcala. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, pero me ven mal… tengo miedo de que los preventivos aparezcan, se pongan agresivos y me toque por estar aquí… Bueno, con mi credencial de elector o la de mi escuela podría identificarme, he visto en la tele que cuando sucede se pone peligroso: golpes, piedrazos, sangre, ojos llorosos, ira, desquite, mentadas de madre, mordidas de perro, macanazos. Todo eso sumado a los destrozos materiales y morales.

    —El joven permanece en el piso, recargado en la baranda del árbol frente a la campana de Dolores. Mientras piensa, toma una pequeña rama del suelo para rascar canales en la tierra. Es un joven barbón con lentes oscuros, de buena alimentación, apuesto, nariz recta, ojos hundidos, espalda ancha y cabello en rizos cortos. Viste pantalón de mezclilla, camisa blanca con rayas azules, suéter color hueso con estrellas agrisadas y cuello plomizo; los calcetines son negros. Los encargados de seguridad del sitio se reúnen para comentar la situación y dar los reportes, luciendo un listón rojo en el brazo izquierdo.

    — ¿Todo bien, está calmada la situación? — ¿Qué sabes de la policía? — No habrá represión, pero uno nunca sabe. — Compadre, ¿qué dicen la licenciada y el maestro? — No se preocupen, ya es tarde, creo que la negociación se dará hasta mañana. — Vi a un “colado”, me parece que es provocador. Ustedes dicen. — ¿Cuál es? — Preguntan varios. — Aquél echado allá, disimulen, no sea que se las huela. — Ustedes dicen si le calentamos el trasero. — ¡Hijo de su puta madre, yo sí le parto su hocico, déjenmelo a mí! — Calma, calma, puede ser que sea “colado”, no vaya a ser pariente. — ¡Javier, párate en los botes de basura, cerca, pero ya sabes cómo! — Voy a hablarle a la licenciada y al maestro para ver qué resuelven. — El de ayer se nos escapó, pero este tiene la misma pinta. Ya parece que nos engaña. — ¿Qué dijeron la licenciada y el maestro? — Que resolvamos con cautela, dijeron que: “Debemos proteger los intereses y el buen desarrollo de nuestras peticiones”. — ¡Ajá! — Entonces, ¿qué hacemos? — Yo ya sé lo que opino. — ¡Hijo de tu chingada madre, déjenmelo, yo le pongo en su madre! Este cabrón se cree muy cabrón, piensa que nos va a ver la cara de pendejos. — ¡Si es provocador, seguro que lo es! — Échenle mano y súbanlo a la camioneta de don Joaquín, cúbranse la cara y a él pónganle bozal. — Amenazan al hombre. — A caray, sí tienen cara de malditos. — ¡Párate de allí y ven para acá! — ¿Qué se les ofrece? — Tú has caso y no te pongas pendejo.

    Los individuos con pasamontañas conducen al hombre y lo suben a la camioneta a empujones. Dos puñetazos en el estómago lo doblan. El dolor comienza y se acurruca en el piso de la camioneta.

    — ¡Conque un cabroncito colado! — Ya de una vez, pártele su madre. — Hazle una de las que ellos saben hacer. — Sí, el tehuacanazo, los piquetes, o lo otro… — ¿Eres o no eres provocador? ¿Cuál era tu función en esta tarde, llevar el chisme? — Sí, eres un provocador, hijo de tu puta madre. — Ahora sí, te cagas del miedo, ¿verdad? ¿Te suda el trasero? Pensabas que eras muy chingón. — Este cabrón no traía armas, ni siquiera sus credenciales eran verdaderas. — ¡Somos más astutos que ustedes porque nos las olemos antes, puto! — ¡Toma, para que aprendas a no meterte en nuestro movimiento! — Los golpes llueven, los aullidos de dolor llenan el lugar.

  • No entiendo por qué no puedo. Los veo a ellos, la maestra sentada frente a mí. Se ha formado un círculo ante la figura de la Maestra Beatriz Espejo. Soy uno de los tres que están en el taller de narrativa. Mi cabeza está en otro lugar, en no sé dónde.

    Recuerdo cuando estuviste conmigo esa tarde. Un sábado como hoy, y te regalé un estuche de madera, con objetos inconcebibles en su interior, cosas que en ese momento simbolizaban nuestra interconexión íntima, dual. Te dije que no lo abrieras hasta después, cuando estuvieras descansando en tu recámara. Entonces lo guardarías en algún lugar donde no lo encontrara tu hermana menor, donde solo tú pudieras encontrarlo y sacar esas cartas especiales, esas fotografías donde estábamos los dos abrazados en un autobús de pasajeros, con la sonrisa plena y el corazón lleno, repleto, sublime. Ese sábado como hoy, en la sala, inventaba excusas para que mis manos rozaran tu cuerpo y descubrir las rodillas altamente sensibles. Bastaba con poner tres dedos sobre tus medias y moverlos con una pericia innata para hacerte temblar, como si activara una máquina sexual, preparatoria. En la estancia, tu cuerpo siempre bronceado combinaba con la sensualidad que sentía al ver tu cabello, esa gran mata felina moviéndose con el coqueteo de tu cuello y hombros naturales, perfectos. Entonces volvía a tocar las medias con los dedos, como si fueran a abrir una cerradura peligrosa, o un sitio reservado. Movías los muslos hacia un lugar menos riesgoso. Mientras platicábamos, tus zapatillas jugueteaban, saltando entre la punta y el tacón, entre la izquierda y la derecha, con el roce casual y azaroso de los zapatos.

    Me dijiste que podíamos ir al centro comercial «Las Ánimas», pero antes tenías que bañarte. Entonces ofrecí mis servicios como buen mozo. Quería bañarte la espalda, poner jabón sobre ella y sentir la espuma, la epidermis húmeda, la curvatura lisa de tu cuerpo. Ver tus ojos grandes, expectantes, mirándome, con el cabello lacio, pegado, su volumen disminuido por el líquido, y el rocío jugoso en tu cutis sereno. Pasaste por el pasillo con una toalla larga sujetada a la espalda. Te vi desde el sillón de la sala. Los zapatos mojados por la regadera me recordaron la excitación que producías. Te acercaste a mí cargando un cepillo y la secadora de cabello. La enchufaste a la pared y, como no alcanzaba el cordón, te sentaste en mis piernas. Entonces dirigí la pistola de aire hacia tu mata de cabello. La tentación de quitar esa toalla aumentaba. Bastaba con levantar una esquina para desvanecer el supuesto nudo y tener esa espalda muy cerca de mis labios. Tus ojos grandes, expectantes, miraban a otro lado, a otro mundo. Era yo quien estaba ensimismado en ese cosmos que eras tú, el mundo de tu cuerpo, el universo de tu corporeidad. Poco a poco, tu cabello fue tomando vuelo, flotando; pronto, tu cuello se descubrió y sentí el deseo impetuoso de morder esa zona.

    Dentro del centro comercial «Las Ánimas» nos sentamos en una banca, muy cerca de las escaleras eléctricas, frente a la tienda «Ripley». Dejé explotar la pasión con furia, como si mis manos y labios no tuvieran otra misión que hacerte sentir la voluptuosidad más salvaje de besos y caricias. El carmesí de tus labios lo saboreé con paciencia y perseverancia. Así como esa bebida embriagante con sabor a durazno que te forcé a probar desde mi boca. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. Ese día sábado, como hoy, cuando veíamos los aparadores, los objetos —pulseras, relojes, vestidos, novedades, anteojos, jeans, tapetes, artículos suntuosos, lapiceros, estéreos, discos compactos— todo nos acercaba mientras saboreábamos en la cafetería un delicioso café americano. La charla era igual de placentera, porque sentía que esa boca al hablar era como una fiesta de símbolos e imágenes que llegaban del presente, cuando te observaba con tus ojos altamente expresivos, oliendo el perfume dulce combinado con tu esencia natural, y el aroma del champú que liberabas al pasar la mano por tu cabello para acomodarlo. Recordaba el pasado, las veces en que, escapándonos por las noches después de tu trabajo, nos acomodábamos en el carro, a orillas de un parque sereno y romántico, para acariciarnos y amarnos lo más posible. Tus cabellos me hacían cosquillas en la nariz y tu cuerpo ardía en un chasquido de pasiones selváticas, complejas. Sentía tus pechos rozando mi corbata y tus manos surcando las entradas de mi frente. Los cristales empezaban a empañarse mientras la penumbra permanecía silenciosa, como guardando las apariencias, como si fuera un testigo muerto, bien muerto. Te exploraba íntegramente. No eran tres dedos, sino los diez, más mi boca, reconociendo todo terreno. Besuqueaba tu nariz, tus ojos. Te pedía que me regalaras tu ombligo, y tú, generosa, lo ofrecías para un beso. Los roces del alma se daban en la boca, la exploraba, cada diente, nuestras lenguas bailando. Respirábamos unidos. Tocando la conciencia, el calor recóndito. Apretando el labio inferior, oprimiendo el superior, sorbiendo ambos ¡presionando la mandíbula de manera salvaje! Soplaba mi alma en la tuya para tratar de quedarme en ella, durmiéndome en un besuqueo permanente, inmortal. Eran las comisuras tipo pétalo, la suavidad que se quedaba pegada, el sabor del carmín, la combinación con el afeite producía el éxtasis. Era el suspenso en hilos de caricias de un mundo tan grande que no cabría en un carro, pero que, sin embargo, no necesitaba más que eso. Las rodillas habían sido superadas por una excitación mayor en el cuello y las orejas. Era la aventura plena al interior de tu boca. Cuando la serenidad volvía a los atormentados amortiguadores, y los movimientos del cuerpo buscaban la historia, o bien, otras posiciones, soñábamos juntos. Era la casa grande con varias recámaras. Los paseos al interior del país. Me servirías el café mientras yo escribía y fabricaba un mundo donde el rostro imaginario en los textos fueras tú. La cara de niña decente quedaría estampada una y otra vez, y mientras yo hacía eso, tú estarías lista para disfrutar de la cama, poniéndonos horizontales y encimados. Desplegando las ramas de la respiración exhausta. En el sueño dentro del sueño, estaría la playa, la isla y tú. La isla y tu seguro servidor, con los ojos fijados en las gaviotas, en algo de paisaje, en un pedazo de mar coqueto, muy coqueto. Esa realidad pasaría lenta como si fuera una golosina que quisiéramos que nunca se acabara, o como un libro que es imposible dejar a un lado y que se quisiera terminar ya por lo interesante, deseando que tuviera infinitas páginas. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías.

    Mi cabeza sigue en no sé dónde. La maestra habla de los cuentistas, y yo pensando en otras cosas. En ocasiones parezco idiota, cuando leemos un cuento, mis compañeros dan apreciaciones críticas y aportaciones interesantes, y yo me quedo como sonámbulo, solo observando, ido. Efrén sí conoce a muchos cuentistas y sabe identificar las características de cada uno. Y ni hablar de Yassir, él, como profesionista, sabe dar un análisis acertado del cuento, identificar la estructura, las obras del autor, y hacer una localización tanto del cuento como del autor. Pero yo… A duras penas sé leer y escribir, me gusta la literatura, pero eso no significa que conozca tanto como otros. Cuando la maestra Beatriz me pregunta: —¿Qué te pareció el cuento? — Yo le digo: —Me gusta, está bueno—, y muy dentro de mí, me estoy maldiciendo por la incapacidad de desarrollar un discurso en torno a la lectura. Por ejemplo, ahora mismo la maestra me acaba de preguntar, y yo le respondí con algo trivial, por estar pensando en otra cosa. No sé qué me pasa, desde que terminé con ella me siento desorbitado.

    Fue un día de fiesta cuando comenzó el fin de nuestra relación. Tu padre, como siempre, con el alcohol en la cabeza, diciendo y haciendo comentarios inoportunos. El machismo encarnado: tu padre, el autoritario en persona. ¿Por qué tenía que rezarle obligatoriamente a un Dios suyo que no comprendo? Porque es un cristianismo equivocado que vive pidiendo perdón después de haber soltado las injurias, los disgustos, las peleas, los chismes, los prejuicios, la mentira, la traición, las maldiciones. El tipo que más odio en el mundo tenía una Biblia en sus manos. Esa noche me puse a cuestionarte. Y tú, con el corazón en la garganta, me preguntabas si no te quería, si ya no estaba a gusto contigo. Con lágrimas en los ojos me decías que ese era tu padre, y que él me había aceptado, y que debíamos entenderlo porque ya estaba viejo. Te veía y no encontraba una respuesta concreta. Tu cuerpo se desmoronaba por mis dudas. Yo no había pensado en el matrimonio, en tener hijos, pero esa situación me estaba deshaciendo por completo. La gran mata de cabello ya no estaba en mis ojos. No lograba tocarte ni tus rodillas ni tu ombligo. En cambio, tu rostro era una gran lágrima que se desbordaba. —No te pongas así, le dije—. Traté de secar tu dolor, de abrazarte. Tus temores no ayudaban mucho. Mis nervios estaban en un momento culminante, al borde del colapso. Tu cuerpo trémulo me producía más angustia. Finalmente, te quedaste dormida en mis brazos, tratando de sujetarte a mí. Temías que yo te dejara, te desecharía por completo. Los reproches de tu padre eran tuyos también. Estabas muy atada a él y a tus creencias, y querías obligarme a seguir ese camino. Yo no había hecho otra cosa que alabarte. Te puse en lo más alto de mi existencia. Con los ojos llorosos y cerrados, la gran mata en mi regazo, mi cabellera se esponjaba con el viento suave de la madrugada. Yo también sentía que había perdido algo. Que todo iba a terminar. No era yo, eras tú quien había dejado de ser el centro de mis emociones. Una súbita voz irracional me dictaba terminar contigo. Ahora pienso en todo lo que te he dicho, y me duele, me duele tanto que, sin darme cuenta, las lágrimas caen sobre la hoja de papel. Las gotas tocan la palabra «fin». No sé cómo sucedió, pero de la misma forma en que comenzó, se cerró el ciclo de nuestra historia.

  • «Relatos al Borde V» es una colección de catorce cuentos que invita al lector a transitar por los márgenes de la realidad y la ficción, donde los personajes se encuentran al borde de situaciones que desafían lo cotidiano y, en algunos casos, la propia razón. Cada historia se erige como un microcosmos en sí mismo, abordando temas universales como el deseo, la muerte, la identidad y la desesperación, todo desde una óptica que roza lo fantástico y lo grotesco, pero que, al mismo tiempo, se mantiene anclada en lo profundamente humano.

    En estos relatos, la línea entre lo real y lo imaginario es tenue, permitiendo que el lector se sumerja en mundos donde lo insólito se presenta con naturalidad. La narración, rica en detalles y con una prosa que fluye con agilidad, logra captar la atención desde las primeras líneas, conduciéndonos a través de escenas que van desde lo íntimo hasta lo visceral, con giros inesperados que mantienen la tensión narrativa hasta el final.

    Los personajes que pueblan «Relatos al Borde V» son seres complejos, muchas veces atrapados en situaciones límite que revelan sus miedos más profundos, sus deseos ocultos y las contradicciones inherentes a la condición humana. Estos personajes no son meros espectadores de su destino; son partícipes activos de sus propias tragedias, a veces resignados, a veces desafiantes, pero siempre enfrentados a la inminencia del abismo que se cierne sobre ellos.

    La atmósfera de los relatos es densa y envolvente, construida a partir de descripciones precisas que evocan imágenes vívidas y sensaciones palpables. Desde los callejones oscuros hasta las habitaciones privadas donde se desnudan los secretos, cada escenario es cuidadosamente trazado para que el lector se sienta inmerso en las mismas sombras que envuelven a los protagonistas.

    «Relatos al Borde V» no es solo una serie de cuentos; es un viaje a los rincones más recónditos del ser humano, un recorrido por las emociones más extremas y los pensamientos más perturbadores. Al final de cada relato, queda la sensación de haber vislumbrado una verdad incómoda, una realidad que se oculta bajo la superficie de lo visible y que, a veces, preferiríamos no haber descubierto.

    Esta colección es una invitación a quienes se atreven a explorar los límites de la narrativa y a confrontar sus propios miedos e incertidumbres. Porque en cada cuento hay un borde, y en cada borde, una caída libre hacia lo desconocido.

  • —Me iré al departamento de ventas y allí encontraré a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques, y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta del edificio; desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de cómo mejorar la producción. Este dará indicaciones al secretario, y yo daré por bien visto si así me lo parece, o si no, que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.

    La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico. Ella le trae el café y los informes de sus empleados. —Por favor, Irais, tráigame el periódico. —Sí, señor. ¿Alguna otra cosa? —Comuníqueme con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque. —¿Alguna otra cosa? —No.

    Es enero de 1995. La devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido; los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen uno tras otro, y los errores parecen aumentar. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa, se leen los conflictos que suceden en ese momento en el país y a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antinmigrante propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes desde 1994.

    El hijo de Carlos vive en un departamento en “Las Lomas”, por aquel lado de Chapultepec, en un edificio llamado “El 34”. El hijo de Carlos, Oscar, es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre, quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos altos de su hijo. La madre de Oscar, esposa de Carlos, es una mujer abnegada, pero no por eso disfruta de compras en grandes almacenes como Sanborns, Rodo reda, Sears o en los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la Ciudad de México. Sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, ya que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos en el abatimiento del mercado. Oscar, sin más, es un hombre que gusta lucirse, no escatima y exhibe lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.

    La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros son de color azul pastel. Las iconografías en las paredes divisorias son acrílicas y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dicho”, mientras que la alfombra gris combina con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse. Dentro del armario, los trajes de marcas como Sapino, Doces, Nino Cerruti y Roberts; y las corbatas de Jane Barnes y Gianni Versase, son utilizados en días especiales porque, por lo común, usa ropa casual de Leves, Frangle y calcetines Bonelli. Oscar se alista para irse a la escuela. —Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos —piensa Oscar mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Gillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, junto a la computadora Acer® que duerme junto con la impresora Seikosha SK 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento; es la opulencia del vidrio y el cemento lo que hace camuflar el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la época, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería. Y ya en la tarde, a ver qué hacemos —reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos. —Qué tal, René, ¿cómo has estado? —Muy bien, ¿y tú? ¿Ya listo para el examen? —No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar? —Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde… —Seguramente en el agasaje. —Pues qué esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica? —No, la veré después. No la he visto; le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… —Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan. —Mira, allí vienen los otros cuates. —Qué tal, ¿listos como hachas? —Yo sí me preparé, pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y… los apuntes están mal. ¡Oscar, maldito, no sabes escribir! —pronuncia fuerte Sergio, vestido con unos Leves y una camisa de lana; su loción es “Catalyst” de Halston. —No mames, ¿cómo que no le entiendes? Si están claritos como el agua. —No se olviden —dice Martín— que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. —Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue. —Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro, el encargado de la red de cómputo de la empresa de mi papá, que nos haga el trabajito y asunto arreglado. Tanto por eso, la maestra se va a quedar pendeja. —Sergio tira la colilla de cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín. —Vámonos ya, es hora, y hay que agarrar buen lugar. Yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán; puede que se pueda… —indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.

    Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.

    Después de hojear el diario, la oficina parece lucir deprimente y agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana; sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y fertiliza el calor que emana del asfalto. —¿Cómo dices? —Carlos habla por teléfono. —¿Y esa cantidad la metiste en la bolsa? —¿Y entonces? —Nos quedaremos en la calle! —Sí, tienes razón, debemos tener calma. —No, ya no. —Estaba en pesos. —Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al banco y recuperar esa cantidad. —Sí, estamos al corriente con los impuestos. —Sólo lo vi en el periódico, parece que será el 25 de enero. —Así es. —Ya, está decidido, que venga a la oficina el de la empresa “IMESA” para que me comunique con el señor Santander. Nos urge solucionar este problema. —Carlos cuelga el teléfono y dirige su mirada hacia la ventana. La escena de la calle tiene un tono desolador, una crónica de fracasos y desesperanza.