Edgar Sánchez Quintana

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  • El indio tarahumara cruzó varios kilómetros de serranía antes de llegar a la iglesia del pueblo. La reunión era en las ruinas de la capilla abierta, justo en el lugar donde fueron golpeados y castigados sus antepasados por no ir a misa o por no cumplir con los deberes de la iglesia en el siglo XVI. El mediodía impetuoso chamusca el polvoroso sendero, que parece enchuecarse más por el sol recalcitrante de mayo.

    —Nomás porque soy el representativo de la comunidad y porque van a dar algo de botana para la comida, si no, qué me interesa eso de los programas del estado. Al fin que, de a tiro, ni van a dar gran cosa, siempre es lo mismo, las ideas que se avientan con eso de que ahora sí el pueblo va a disfrutar de cosas que ni tenía. Eso es pura habladuría, o son tarugadas, como la vez de hace un año que en el Día de las Madrecitas rifaron un microondas y se lo sacó una que ni tenía luz y que mejor lo vendió y se compró un colchón para que durmiera toda la familia en blandito. Eso es pensar muy tarugo porque no entienden la necesidad del jodido. Yo nomás me aprovecho de cada ocurrencia y le saco jugo a lo que venga; total, si no lo agarro yo, lo agarra otro y yo me quedo nomás babeando. No, sí, la cosa está re dura. Dicen por ahí que en el pueblo de Kosovo ya empezó la guerra. Yo ni sé dónde queda eso; ha de ser en un país lejano porque, si fuera cerca, el gobierno no estaría tan a gusto discutiendo lo del próximo presidente. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.

    El tarahumara continúa serpenteando la última cañada y llega al pueblo. El villorrio se asienta en el tepetate menos costroso y duro de la serranía; en las casas, mientras más viejas, más se percibe ese aletargamiento, su flacidez de memoria.

    Hay un gran toldo en el lugar; el estrado está adornado con flores de cempasúchil y adornos de Semana Santa figurando flores de mastuerzo. En el lado izquierdo, una manta en colores folclóricos con la leyenda “Consorcio para la Instrucción”. El vocingleo de los técnicos se escucha nervioso. No tarda en llegar el gobernador. El sudor ataca fuerte las caras de los presentes, que enfundados en galas y ropas domingueras soportan lo insoportable y sonríen sardónicamente. Otros, más atrás, apelotonados, temerosos y apáticos, observan y se miran unos a otros; son los naturales. Han llegado al lugar desde sitios lejanos, la mayoría no ha comido gran cosa y, para disimular el ronquido de sus tripas, arrastran el guarache entre las piedras y aclaran su garganta. Se ven contentos porque verán al señor gobernador. Todos sonrientes. Aplausos, hurras y vivas. Fotógrafos. La niña que se acerca y ofrece flores: la foto. Los guardias que recogen de las manos del gobernador las cartas que han dado los ciudadanos con: pedimentos, proyectos, poemas, sugerencias, maldiciones y demás.

    Es el presidente municipal quien pasa primero al micrófono y pide aplausos para cada apellido que nombra, y son los acomodados de la ciudad, gentes de opulencia. Los guardias han entreverado algunos indios recién bañados entre ellos para que salgan en el periódico y se vea la buena voluntad. La audiencia escucha las disertaciones de cada uno y le toca al gobernador:

    —“Ciudadanos, estamos aquí reunidos —como ya lo dijeron— para iniciar los proyectos que tenemos contemplados para la sociedad civil. Estamos con el pueblo, y nuestro trabajo es para que el pueblo se desarrolle hacia la democracia y para que todos tengan una vida justa y digna. Queremos que el fomento comunitario sea fomentado, fundamentalmente, por ustedes, que sean ustedes los fundadores del progreso dentro de cada comunidad. Vamos a impulsar los talleres de lectura, los clubes de libros y las bibliotecas, y vamos a formar en nuestras comunidades gente instruida y educada…”

    —A cabrón, ¿qué fomentado ni qué nada? —piensa el tarahumara—. Más bien estamos fermentados de la calor tan dura, y eso de leer, me da güeva, ¡ja! Si a mi hijo no le gusta, a mí menos, y lo de la biblioteca está difícil; los ratones ahorita andan de hambre, luego que anden buscando nido, allí van a estar. Eso si no pasa que la biblioteca va a dar a la casa de los particulares, como los hijos del presidente municipal o hasta sus achichincles. Total que eso de la cultura es pura máscara para legitimar al gobierno. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.

    El protocolo termina, los aburguesados se saludan y se dan abrazos y besos. La gente del pueblo se apiña bajo el entoldado que se ha dispuesto con agua fresca de tamarindo, pambazos, memelas y tostadas. Sobre la fruta serpentean las manos que desaparecen en los morrales. El indio toma rumbo a su jacal. Ha comido. En su talega lleva un pambazo y tres memelas. Al día siguiente, su señora tiene diarrea y fuertes dolores de estómago. La comida se había echado a perder por el calor.

  • Envuelta siempre en aromas de azotea, aparece sola, sin amigos, en total abandono. Es entonces cuando Alejandro se hace acompañar de ella.

    En la colonia se ha sabido que Fortino será licenciado; para él, eso es importante, pero para los demás no ha cambiado nada.

    —¡Déjame en paz, no quiero! —grita la sirvienta, empujando el cuerpo de Fortino. Ella estira los brazos, intentando mantener la distancia. La habitación es testigo del enfrentamiento, con un espejo estático en el costado izquierdo, reflejando la cama en su vidrio. De repente, un niño pecoso entra corriendo.

    —Tío, te habla mi abuelita allá abajo —dice, acercándose a la joven. Su cabello lacio y despeinado revela su parentesco con Fortino.

    —¿Estaban jugando a las cosquillas? —pregunta el niño.

    —Sí, como las que te voy a hacer a ti ahora mismo —responde la sirvienta.

    —No, por favor —el niño ríe, llenando la habitación de carcajadas que resuenan por encima de las cortinas y los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta lo hace retorcerse de risa con sus ágiles dedos, compartiendo una sonrisa cómplice.

    —¿Vas a seguir con la tesis o tienes otros planes? —le pregunta la madre a Fortino, quien mira la televisión mientras Rosalinda, la sirvienta, trabaja en la cocina.

    —Debes titularte pronto —continúa la madre—, ya no puedo con los gastos de la casa. Sabes que son muchos, especialmente con los niños. Necesito que te apures. No puedes trabajar en cualquier cosa, pero también debes pensar en lo económico. La crisis está cada vez peor y, si seguimos adelante, es gracias a tu hermana que trabaja todo el día, incluso los domingos vendiendo artesanías. He pensado en poner un puesto de artesanías los sábados para ganar algo extra. Tal vez con eso podamos cubrir los gastos de tus libros o las copias. Debemos luchar por lo que queremos, aunque no siempre se nos conceda.

    Fortino escucha en silencio, sus pensamientos enredados mientras observa el cuerpo de Rosalinda, una quinceañera de belleza sencilla. Al espiarla a través de un agujero en la pared, siente su corazón acelerarse. La ve bañándose, el agua corriendo por su cabello, por su espalda. Se excita con cada detalle de su cuerpo, sus pechos pequeños, su boca callada, sus piernas enjabonadas.

    Alejandro, por su parte, se pierde en la vista desde los altos de la casa, observando la ciudad de Tlaxcala, las casas, los edificios de gobierno, las antenas de comunicación. Se siente abandonado, aislado en su propia soledad, como una antena que se erige hacia el cielo. Se deleita en esa separación, encontrando en la altura una fuente de referencia, un punto de existencia relajada. «Lo mágico se introduce en mí», piensa, «creando un espacio hechizado de precipitación sublime».

    Fortino, recostado en su cama, reflexiona sobre su obsesión con el sexo. Sueña con un erotismo absoluto, una carnalidad lúdica que se manifiesta en fantasías en diversos lugares: en el tren hacia un país desconocido, en las playas de Acapulco, en el metro, en un jacuzzi, en una casa de pueblo, o en su propio cuarto. Pero ahora, lo único que desea es a Rosalinda. Ya la ha tocado antes, acariciando su pequeño busto cuando se agacha a exprimir el trapeador, con sus pechos asomándose tímidamente por el escote.

    El mediodía avanza en la ciudad, con pequeñas nubes que se desvanecen en el cielo de abril, el mes en que Alejandro celebra su cumpleaños. Sentado en la mecedora, observa los tendederos y se sumerge en sueños despierto, imaginando aventuras en un barco que navega hacia puertos lejanos, donde siempre encuentra a una mujer a quien amar. Pero al final, como las nubes, esos sueños también se desvanecen, y Alejandro se queda solo con su soledad, esperando lo que vendrá.

  • «Hay veces que no tengo ganas de tocarte,

     hay veces que quisiera ahogarte en un grito…

     pero no me atrevo.» — Caifanes

    Oscar escuchaba a Caifanes mientras el autobús avanzaba por el bulevar. La melodía lo transportaba a los días en que visitaba a Iraís. Ahora, se dirigía nuevamente a verla. La ciudad de Puebla se erigía como una metrópoli de fin de milenio, con su mezcla de riquezas y miserias. El autobús giró para entrar a la «CAPU». Oscar se levantó antes de que el camión se detuviera por completo. —Gracias —dijo al chofer, sin levantar la vista. —De nada —respondió el conductor, apagando el motor.

    La terminal bullía de actividad: maleteros empujando «diablos», taxistas peleando por pasajeros, y vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Oscar se movió entre la multitud, ignorando a una mendiga que le pedía para el pasaje. Detestaba a los «jodidos», a quienes veía como parásitos.

    Subió al puente peatonal, observando la mezcla de edificios, anuncios, y la silueta distante de los volcanes. Nada de eso le importaba; solo pensaba en llegar a la combi que lo llevaría a ver a su amante.

    La combi estaba repleta. El aire denso y el sol de noviembre hacían el trayecto incómodo. Oscar notó a una mujer obesa que, con sus movimientos, lo hacía sentir aún más apretado en su asiento. Imaginó, con desprecio, lo que sería tener una experiencia sexual con ella. Cuando la mujer bajó, su atención se dirigió a otra pasajera, extremadamente delgada, casi esquelética. Nuevamente, su mente divagó en pensamientos despectivos y lascivos.

    Pidió la parada y bajó en una esquina soleada. Mientras caminaba hacia la siguiente combi, la ciudad seguía su agitado ritmo: autos, gente, y ruido. Subió a otro vehículo igual de maloliente y, después de algunas cuadras, decidió bajarse. Entró a una tienda. —¿Me presta el teléfono? —preguntó al tendero. —A peso el minuto —respondió el hombre, extendiendo el auricular con indiferencia. —Aja… —mientras marcaba el número de Iraís, pensó: «Este viejo aprovechado, seguro se muere cagando.» —Bueno… ¿Iraís? —Sí, ¿quién habla? —Oscar. Estoy cerca de tu casa, ¿puedo pasar a saludarte? —¡Claro, ven!

    Después de pagar, Oscar caminó por la colonia, que parecía adormecida en la tarde. Los baches y la falta de agua eran constantes en ese barrio popular. Iraís lo recibió con un beso en la mejilla y subieron al departamento. —Qué linda estás hoy, eres un encanto. —¡Gracias! —respondió ella, con una sonrisa.

    Mientras Oscar subía las escaleras, el estribillo de Caifanes resonaba en su mente. Miró los muslos pálidos de Iraís bajo su falda corta. —Hueles a recién bañada. —Sí, me bañé hace un rato. —¿Qué preparaste? —Iraís mencionó algo sobre arroz y pollo, pero Oscar la interrumpió con una mirada sugerente. —¿Y de postre? Ella sonrió, fingiendo desinterés mientras ordenaba la mesa. —¿Quieres café? —Sí, se me antoja algo calientito —dijo Oscar, mirando por la ventana mientras las nubes se arremolinaban en el cielo.

    Iraís, una mujer atractiva y reservada, trabajaba como secretaria. En la intimidad, sin embargo, se transformaba en una amante apasionada, que siempre quería más. Oscar observaba sus movimientos, apreciando cada uno de sus pasos calculados.

    —¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó Oscar, sacando un cigarro. —Bien, el jefe no estuvo y el contador se fue temprano —respondió Iraís desde la cocina, donde preparaba el café.

  • El río no había crecido mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de la medición y cálculo del agua habían marcado en sus libretas más que los mismos números, variaciones mínimas. El río circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad; su destino era el Océano Pacífico. Este río recibía distintos nombres según las regiones por donde atravesaba. El río corría muy plácido, excepto en la zona del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que yacía en desuso. Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se atemperaba del calor gracias al andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.

    Las caricias que hizo al papel antes de introducirlo en la botella eran las de un enamorado que manda una carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda, y el sello estampado en cera, al estilo antiguo, tenía un escudo heráldico de casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego, un lenguaje que pocos conocían pero que su destinatario entendería perfectamente. El corcho que serviría de tapón provenía de una añeja botella de champaña, bebida en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Sin embargo, el remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.

    El par de amigos, René y Wilber, se citan en Toquitlán, un bar muy afamado por sus aires de grandeza cultural y por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas; más allá, poetas rancios; y acullá, músicos, además de fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas que se sirven allí son de las más frías, no de esas que «parecen miados de burro». Las hay negras, claras y las llamadas «ampolletas»; las hay de jarra, de yarda, de barril y de bote, nacionales y extranjeras. También se encuentra el casi extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña «fresa» que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comenta el cambio de sexenio, la transformación que ha habido en el estado y las novedades de la cultura. El ambiente literario es su esfera de vida; son hombres entregados a los cambios, aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho, y hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden. Hace más de un año, participaron en un desplegado, una manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre de los cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, el autoritarismo con que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, la improvisación y falta de profesionalismo, la exclusión y ninguneo de los artistas y creadores del estado, las insuficiencias del instituto encargado de la cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia. También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del pueblo, y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la conciencia libre, por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura ida a menos.

    Era el inicio de la tarde, y Daniel zambutió el corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se puso sus lentes de sol; cargaba el recipiente ámbar como si fuera un objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós de amplios poderes. Daniel no lo había comentado a nadie, pero su misiva estaba dirigida a Apolo. Daniel consideraba que la botella llegaría primero a manos de Afrodita, quien la daría a Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Había riesgos: la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad fundamental.

    Los dos policías dieron vuelta a la esquina y tomaron rumbo a lo largo de la ribereña. Al momento, vieron a un joven lanzar una botella al río. Se acercaron y le dieron alcance. El joven no se resistió. La botella tomó un rumbo fortuito navegando en la corriente. —Joven, queda usted detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar cosas al río. Apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en proceso de limpieza. Lo siento, amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres mil pesos o cárcel por no sé cuántos días. —¿No nos podremos arreglar aquí entre nosotros? Usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el papeleo. —Pues usted dirá de qué color son mis ojos, a ver si nos entendemos. —Tengo un cien para que se vayan a las “michas”. —Uf, amigo, con esa pobre patria no me arriesgo a que me corran de la academia. Además, móchese con un poco más, que valga la pena el regaño. —¿A poco los van a regañar? Ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme. —No, de todas maneras, para qué andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y todavía le echas más. —Daniel se queda callado; no se va a poner en evidencia, declarando que no es basura, sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un náufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio en comparación con un diálogo con su Dios; sabe que el Ser superior lo escuchará, así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.

    El bar está lleno de pláticas y variedad de temperamentos. René y Wilber juzgan la actual administración del instituto de cultura: —No, René, no es por allí la cosa. En realidad, los cambios no son sencillos, y tú sabes que a partir del desplegado sí se resolvieron las cosas. Hubo participación de todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia de Bienestar. Bienestar ha sido una ciudad de mucha indiferencia hacia la cultura; siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora de que se pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades. —Ajá, ¿y se ha resuelto mucho formando el consejo general y los comités de cada área? ¿Se resolvió bien lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de Bienestar? No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el ojo al macho, y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad; tal parece que las autoridades piensan que están tratando con una bola de retrasados mentales, que, dándoles cualquier bicoca, todos vamos a estar de acuerdo y perfectamente sumisos. Las demandas siempre son muchas y siempre van a estar atrasadas; estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se avanza. ¿A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar una exposición de lo que sea? ¿O que vayas a buscar apoyo como si pidieras limosna? ¿O que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una puesta en escena de teatro o de títeres, y que no te den ni para la combi? —Le estás exagerando. —No, en serio. Bueno, sí te dan si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes. —Pues yo realmente tengo fe en que la nueva administración va a cambiar. Se ve que tienen ganas de hacer cosas, de conglomerar y hacerse visibles. —Pues algunos tratan de ser muy visibles, ¿eh? Más bien, diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las autoridades de más arriba. ¡Pinches lame botas!

    Los dos gendarmes se acercan: —Bueno, mi cuate, estás de suerte; sólo te vamos a llevar al ministerio para que pagues la multa y que no se te vuelva a ocurrir. Si no traes el dinero, te dejarán encerrado el resto de la tarde y podrás pagar mañana, si es que no se acumulan los recargos.

    El joven accede a la fuerza y lo llevan los dos gendarmes.

    En la placidez del río, la botella se dirige hacia el Océano Pacífico.

  • Su caminar era seguro, con determinación. Las orejas levantadas demostraban algo de «inteligencia». Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y la pata derecha al lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con agilidad y gusto. Llevaba un frasco al cuello, colgado de una soga fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco, como una peculiar gargantilla. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era ducho para intuir a los salvajes choferes o a los pilotos embriagados de prisa. Cuando llegaba al parque, se echaba en el pasto, y era entonces cuando el dócil amo salía del frasco para empezar a trabajar en la calle, pidiendo limosna y haciendo malabarismos.

    Nadie había percibido de dónde venía el perro. Tal parecía como si de repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles, para luego desvanecerse por las noches a otras dimensiones. Se rumoraba entre la población que el perro vivía en una cueva en los Cerros Blancos y que era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles. Sin embargo, nadie había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral. Otros decían que primero se le veía venir por la ribera oeste del río, y que sacaba gemas verdes de su lecho para luego esconderlas en un paraje escabroso. Algunos afirmaban haberlo visto atravesar el muro central de la capilla abierta, la que está frente al ex convento de San Francisco, y por un pasadizo escurrirse por galerías cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia. Se decía que este pasillo corría justo bajo la capilla y que estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos que habían hecho primero los tlaxcaltecas al levantar su centro religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales, y, por último, los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos les causaba espasmo ver al par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El perro se quedaba a un lado o muy cerca, siguiendo con los ojos a las ardillas, ratas y palomas, cuya movilidad lo inquietaba. La pelambre del perro era cenicienta, con el pelaje del lomo oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se veía amplio, y la dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna vez había mordido o ladrado a alguien, pero su docilidad tenía sus límites por lo siguiente: el frasco presentaba toda su transparencia, excepto en los sitios por donde daba vueltas la soga, y la tapa era de rosca sencilla. Tanto por dentro como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, las de afuera eran propias para que el hocico las sujetara, y por dentro, para que entre manos y pies del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en ocasiones, cuando no las sujetaba, iban dando tumbos, y dentro del espacio se escuchaba como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una alfombra y cojines que hacían confortables los trayectos, y un cajón donde guardaba quién sabe qué secretos u objetos desconocidos.

    Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorsiones para atravesar un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y maniobrar como un perfecto cirquero, además de trucos, apariciones y suertes propias de los magos. Sin faltar el baile y el canto de los corridos tlaxcaltecas y canciones pueblerinas. En fin, era una caja de monerías artísticas.

    La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata, centavos, pesos y, cuando algún rico visitaba el parque, caía un billete, lujosamente nuevo. También había turistas extranjeros que disfrutaban de las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monocromáticos alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como si fuera un gnomo dedicado a retirar el circulante. El perro a veces se aburría y, ovillado, tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más chicos hasta los más grandes espectadores.

    ¡Cuánto asombro despertaba este personaje! Y con qué recelo escondía su identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente, que vivía el momento y nada le importaba más que comunicar lo que sentía en una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero, ¿por qué el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en eso? ¿De dónde venía este minúsculo ser y cuál era su propósito en la vida? ¿La gente algún día podría saber de su pasado y su triste historia? ¿Quién era el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar al dócil amo? ¿Dónde se guarecían y cuál sería su fatal muerte, si es que la tenían?

    Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio. Recorrían la avenida principal y parecía que el perro, como un gendarme, montaba la última guardia de su fortín. Era como si un rico hacendado recorriera su propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria llegan algunas canciones y corridos. Recuerdo sus tonadas, pero no sus letras, y poco a poco se van borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.

  • «Relatos al Borde VI» es un compendio de historias que exploran los límites de la experiencia humana, abarcando desde lo íntimo hasta lo mitológico, y desde lo cotidiano hasta lo surreal. Este volumen reúne cinco relatos que, con gran habilidad narrativa, confrontan al lector con los dilemas más profundos de la existencia, mientras desvelan las complejidades y contradicciones que yacen bajo la superficie de la realidad.

    En «El Dócil Amo», el autor nos presenta una paradoja inquietante: la sumisión del poder frente a los caprichos de aquellos que aparentan obedecer. A través de un juego de roles y dominación, este cuento nos invita a reflexionar sobre las dinámicas de control y la naturaleza del liderazgo, mostrando que el verdadero poder puede residir en la capacidad de ceder.

    «Carteándose con los Dioses» nos sumerge en una correspondencia fuera de lo común, donde los protagonistas se encuentran en un diálogo con lo divino. En este relato, las cartas se convierten en un puente entre lo humano y lo sagrado, desafiando la percepción de lo inalcanzable y explorando la relación entre el hombre y el misterio eterno.

    Con «Irais», la narrativa se adentra en lo personal y lo íntimo, desvelando las emociones y deseos ocultos de los personajes. A través de una prosa evocadora, el autor pinta un retrato de la vulnerabilidad y la fuerza interior, explorando cómo el amor y el dolor pueden entrelazarse en la búsqueda de la identidad y la autoafirmación.

    En «La Selva», el lector es transportado a un entorno salvaje y primordial, donde la naturaleza cobra vida con una fuerza indomable. Este relato no solo es una aventura en un paisaje inhóspito, sino también una metáfora de los instintos más profundos del ser humano, esos que emergen cuando se enfrenta a lo desconocido y lo indomable.

     «El Indio Tarahumara» nos lleva a los rincones olvidados de una comunidad rural, donde las promesas de progreso chocan con la dura realidad de la vida cotidiana. Con una crítica aguda y una narrativa cargada de ironía, el cuento revela las tensiones entre tradición y modernidad, y muestra cómo las políticas bienintencionadas pueden fallar en entender las verdaderas necesidades de los marginados.

    Cada uno de estos relatos en «Relatos al Borde VI» nos lleva al límite de lo conocido, revelando los bordes desdibujados de la realidad y desafiando nuestras percepciones de lo que es posible. A través de su prosa precisa y su enfoque incisivo, el autor logra que el lector se enfrente a preguntas incómodas, a la vez que lo sumerge en mundos ricos en significado y emoción. Este volumen es una invitación a explorar los rincones más oscuros y fascinantes de la condición humana, y a descubrir lo que yace más allá del borde.

  • El nahual no sale en las noches de luna llena; esos no son sus días, sino las fechas en que impera la oscuridad. Las noches más calladas tampoco son de su agrado; prefiere cuando el viento mueve las cosas de manera azarosa, cuando los perros inquietos lanzan sus aullidos a sitios distantes, o cuando los ladridos remotos inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla está a 45 kilómetros de la ciudad de Tlaxcala. Es una entidad singular, que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo grande. Sus habitantes piensan que viven en el año 2000, pero en realidad viven en una época diez años más atrás.

    La historia de los nahuales es antigua. Desde antes de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que había personas que, por las noches, se transformaban en nahuales. Estas gentes vagaban por la medianoche, asustando a la gente, robando ganado y pertenencias, y ultrajando a las mujeres que se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales podían ser bondadosos o malignos. Casi siempre, los que se dedicaban a la maldad tenían una muerte muy sangrienta y dolorosa; en cambio, los nahuales de bondad terminaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola; otras personas los describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego por sus cuatro patas. También había nahuales que, por las noches, merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se iban a la cama y las asustaban con ruidos y manoseos cuando salían a oscuras a los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas, cuando intuyen la presencia de un nahual, al primer malestar de cabeza, se ponen sus chiqueadores, que son hojas de ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.

    El nahual de Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas. Tiene un sentido peculiar para identificar, en una casa, la habitación de la mujer hermosa y casadera. Tiene el cuerpo ágil de un felino; sus extremidades avanzan como una perfecta máquina, camuflándose en la oscuridad. Se mueve sigilosamente hasta fundirse con la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición; eso es cosa de los hombres, no de los animales. Su pelambre negra absorbe toda luz y su presencia pasa como un soplo de hojas, o bien sin ser percibida. Los ojos gatunos atisban los cuartos y sus habitantes; por entre los resquicios, va asomándose a esa existencia.

    La mujer joven, con una soltura que solo puede dar la intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, dejándolos en la silla, en el ropero y en el buró. La desnudez aparece en segmentos o total: los pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose por la estancia. Tras la cortina, el nahual observa la escena, se complace en la observancia, goza al placer de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad, los secretos oscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer la gasa de la intimidad más celosamente atesorada.

    La mujer, ante el espejo, se deleita consigo misma, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas, casi en arco, confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir, en los perceptibles gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos. Son las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual arquea su cuerpo, trata de alcanzar, tras el vidrio, a aquel ser deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del mar y de una concha, sino que su espuma es, a veces, el velo que hace disimular al cuerpo; otras veces, es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina, sino terrestre, y esa concha es la habitación que cobija y protege.

    El nahual se asoma a otra casa y es el baño, donde la señorita alista los enseres propios para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos, las variantes, la tez y los movimientos. Es una máquina de la observación, del arte de apreciar la hermosura; cosa distinta es el fisgoneo morboso y trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y femeninas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el fiel esclavo de adorar las efigies de las ninfas en la tierra. Observa y la observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida, pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos; el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la regadera, que, urgentes, quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorriendo los extremos, reconociendo cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi religiosa; ejercicio que, al tallar y hacer espuma, se transforma en magia blanca y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, que cruzan haciendo malabares en hilos plateados. El calor de las lágrimas acuáticas abre los poros y respira el alma; su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el techo, donde se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta alrededor del cuerpo afrodisíaco.

    El ojo nahualesco no esperaba un sopapo en la testa:

    —¡Pinche chamaco cabrón!, conque estás espiando a mi hija, te voy a poner tu merecido: toma, toma, ¡y toma esto otro! —¡Pac!, ¡cataplum!, ¡soap!, ¡pun!, ¡ouch!, ¡crack! ¡Snif! — Y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!

  • Ocurrió en la noche, cuando calculabas que dormir te traería buenos y reconfortantes sueños. Considerabas que almohada y cobijas eran suficientes para transportarte a mundos oníricos placenteros. Pensaste que Dios no te quería y quisiste pasar desapercibido por la vida, pero no te diste cuenta cuando el omnipotente observaba de reojo las hazañas que pretendías. Tu cuerpo se resguardaba, tirabas de él para agrandarlo con gimnasias. Las babas de ella habían dejado caminos por todo el cuerpo. Se atemperaban las insistencias de los movimientos desesperantes, pero considerabas que ya todo estaba predestinado, que la babosa había trabajado eficientemente hasta dejarte blanco, casi transparente.

    Las paredes amarillas de la habitación fraguaban gotas lechosas y escurridas en la decoración moderna y muy a tono. La otra pared, rosada, marcaba en los clavos puestos como un horóscopo en el cielo estrellado, pero no sabías cuál sería esa constelación. La centena de libros, los más insumisos, aquellos que tercamente querían apostarse en la vida, como los obligados, los esenciales, los distintos en cada relectura, se aguardaban hasta el fin de los días o hasta que su relectura ya no fuera tan necesaria para construir la existencia. El par de repisas sobre el escritorio era su soporte, en donde vivían Carmela y Donaciana: el par de polillas ambarinas. Los libros eran lo más coloreado; lo demás figuraba triste y opaco, como la puerta, los espejos, la ventana, la chimenea, el escritorio.

    La puerta de nogal miraba al oeste. Los vientos que entraban por ella eran reconfortantes por su posición. Las chambranas a su alrededor la hacían verse regia y sólida, mientras que la moldura interior achicaba los huecos y llenaba las dimensiones. Sus cuatro bisagras, sin aceite, pero con gusto, hacían el trabajo de mover el objeto separador. Y la chapa dorada montaba un pezón como seguro. En el dintel se hallaba una herradura con un listón rojo. En ocasiones, te habías puesto a pensar sobre los sitios que habría pisado ese zapato caballar, las travesías aventureras; casi te imaginabas como los argonautas tras el vellocino de oro. Su herrumbre proliferaba por todo su contorno y su delgadez, casi vidriada, se adosaba al muro alto de la puerta, como un talismán. Era el amuleto que por años había guardado las distancias de los anatemas malignos, los entes maledicentes, los espíritus chocarreros y diabólicos. Y había dejado entrar por su celaje bendito y eclesiástico, las auras sanas y bienaventuradas. El tapete pelirrojo se aplebeyaba al recibir las visitas, postrado a la entrada. El sudoroso polvo se acumulaba hasta formar minúsculos montículos de granos en la base, su tejido lamía las suelas de los distintos calzados visitantes.

    El espejo a un lado de la puerta se postraba como aterciopelado en sus reflejos. Hortensia, la mosca, había ido a dejar motas negras sobre el vidrio. Había una especie de caparazón que impedía reflejar fielmente cualquier cosa. Dicho caparazón camuflaba a veces la belleza y a veces la fealdad, pero por lo regular ponía algo de su cosecha cuando el cuarto 2 se atenuaba. El muy insolente trataba de hacer reflejos con el mínimo de luz por sus entrañas. De otro carácter era el espejo colgado en la pared sureña, por él, la ventana hacía reverberar los juguetones brillos de las gotas del rocío de la hierba del patio, con cuánta felicidad se dejaban reproducir por el cristal afable.

    La ventana avejentada parecía haber nacido en el siglo pasado. Cada pieza de ella, con los años, se había encorvado; hasta la misma claridad de los vidrios se doblegaba hacia lo deslustrado y lagañoso. Los ángulos habían sumado grados y la pasta que los detenía desprendía unos pellejos de pintura lastimosos, craquelados. La simetría la había perdido al principio de su madurez, como si hubiera sido su virginidad celosamente cuidada. Te preocupabas de que los atufados vidrios en épocas de invierno no consiguieran el total vaho del cuarto 2, pero no había manera de impedir tal cosa, porque Andrés y Cristina, el par de arañas patonas, repelarían al mínimo toque en sus telas de araña.

    La chimenea era un mueble inservible, útil solo por su color, que al cuarto 2 lo colocaba como de arquitectura campestre, bucólica; sin embargo, el tizne más joven se había asentado en la década pasada. Era el hogar de Palmiro, el escarabajo embalsamador. Los ladrillos rojizos contrastaban con su juntura blanca y pulida, y su boca en “o” dejaba ver el color satánico del mal. Sobre ella, en la esquina sudeste, se avecindaba el pequeño hormiguero de los Cilenes: tropa de pulcritud en su organización. La fila india diaria comenzaba a las 7:45 y terminaba a las 6:13; las más tardadas, de castigo, les tocaba hacer guardia como un tapón en la entrada anal.

    El escritorio, barboteando su pereza, se aplazaba en sus cuatro patas verdosas. Su planicie amplia guardaba el nivel justo. Sobre él, una lámpara estrellaba su luz sobre el cristal, encimadera silícica que atemperaba la aclimatación pasional de los escritos. Bajo él, los hermanos Rodríguez dormían la siesta; eran el par de mosquitos que recientemente habían cenado.

    La noche correteó las luces de la tarde a golpes de negrura y fue aclimatándose hasta hacerse de roca. La roca musical cantó con gravas efervescentes y un filón lechoso abona el queso lunar. Los rayos atraviesan la ventana y van a rebotar en la colcha ondulante. Por allí ha pasado la babosa, reconociendo el campo, midiendo su odisea. Tu cuerpo se resguardaba, buscando destinos distintos, imaginando situaciones disímiles, inalcanzables; los sueños reconfortaban del quehacer cotidiano. Los giros entre las cobijas eran una gimnasia nocturna que tu cuerpo fabricaba, pero los trazos rectilíneos y entretejidos iban chupando las elasticidades corpóreas. Los hermanos Rodríguez seguían con la panza inflada, llena de savia plasmática; ningún desasosiego los importunaba. Los Cilenes debían recuperar fuerzas para que la tropa marchara sin descanso al día siguiente, mientras la castigada hormiga se entumecía con medio cuerpo al aire. Hortensia roncaba con sus alas al norte del cuarto 2, y el par de polillas, Carmela y Donaciana, seguían sin importarles roer a medianoche y hacer surcos sinuosos en la madera. Andrés y Cristina habían despertado a buena hora y andaban probando su temple y resistencia en sus hilos de araña fabricados con esmero. Desde lo alto de la ventana podían observar cómo laboraba la babosa, pues los rayos de luz se accidentaban sobre el acolchado tálamo. Los caminos de la babosa iban formando un capullo ovoide de fosforescencias. Los senderos, cristalizándose por osificación. Los babeantes senderos, enemigos de los cristales salinos, iban produciendo la argamasa. Poco a poco, transparentaban la colcha, las almohadas ensalivadas y elásticas morían de movimientos azarosos. Palmiro entró como estaba previsto por una de las dos puntas del ovoide para embalsamar tu cuerpo, le daría la eternidad que buscabas. El escarabajo era un eficiente dador de infinito, y tenías el privilegio de estar en sus manos. Cangrejeó hasta la boca, atenaceó la lengua e inyectó sus sustancias resinosas. Solo faltaba la espera; la jungla del cuarto 2 seguía impasible, esperando el renacimiento de tu vida a otra cosa, a ser una libélula de los campos y los ríos, dueño del sol y el aire libre.

  • 7:10 AM.

    El escritorio de Maira Díaz está repleto de materiales. La máquina trabaja imprimiendo la investigación en la que ha laborado durante tres días consecutivos, para evaluar uno de los cursos de la Maestría Multidisciplinaria: Control y Evaluación de la Acción, de la Universidad Pública del Estado. El trabajo versa sobre uno de los aspectos del complejo problema desarrollado por toda la clase en la maestría. Su trabajo es una pieza del rompecabezas que ágil y diestramente armará el maestro emérito en la materia, condecorado por los doctores en ciencias y tecnologías. Se ha pensado que este hombre es el Einstein de la sociología y la administración pública, hombre que ha escrito media docena de libros sobre sus investigaciones y ha ofrecido conferencias y disertaciones siempre bien atinadas y sabihondas, pero que muy pocos entienden. Es fin de cursos y, al igual que Maira Díaz, sus compañeros están apurados estudiando para los exámenes o terminando de hacer sus trabajos. Los arqueólogos han abordado el problema desde una perspectiva arqueológica; los literatos han hurgado en libros para saber más sobre el tema; los burócratas han realizado propuestas para delegar tareas y han sugerido normativas que se deben tomar en cuenta; y los especialistas en vida marina han sido encargados de investigar sobre los lirios acuáticos, la composición del agua y los organismos unicelulares que viven en ese ambiente. Es necesario detenerse para señalar de qué trata la investigación. El título del proyecto presentado por el erudito maestro es: “La Región de Contaminación y Rescate de la Laguna Bustillos del Estado de Baja California Sur”. Dicha investigación será presentada ante el congreso del estado, y, si es avalada, cada participante tendrá trabajo dentro del proyecto de rescate y será incluido en la nómina del gobierno.

    8:10

    Maira se ha bañado y se ha puesto una falda negra, blusa oscura con motas blancas y una pañoleta al cuello; en las piernas maquilladas lleva unas medias parduscas embotadas en zapatos grotescos de grueso calibre. En su cuello asoma una sutil papada que hace lucir a la mujer llenita y antojosa. Desayuna sus respectivos corn flakes con leche y su torta de tamal. Toma sus originales y sale rumbo a la fotocopiadora para engargolar su trabajo. Sus pasos son torpes por los enormes zapatos de plataforma; parece que camina con tablas pesadas y da la impresión de que se le hará una hernia.

    9:45

    La secretaria del secretario, amigo del maestro emérito, es la encargada de recibir los trabajos. Todos han ido a preguntar por los resultados y por el maestro, pero no responden a sus ansias e inseguridades; aunque la mayoría piensa que su trabajo merece nueve, algunos se han jactado de que, gracias a su colaboración e investigación, el congreso del estado aprobará el proyecto. Han entregado sus trabajos con la mejor presentación posible: pastas plásticas y engargolados con hoja de presentación a colores. El número de hojas no baja de 15, y algunos, queriendo impresionar, han presentado un mamotreto obeso, lleno de paja farragosa y grandilocuencia en el tema.

    12:00

    La esposa del maestro emérito recoge en la oficina los trabajos y se asegura de que no falte ninguno; de lo contrario, la investigación quedaría incompleta. Los alumnos han tenido que hurgar en bibliotecas, revisar periódicos, conversar con los habitantes de la región, realizar cuestionarios y entrevistar a los funcionarios de los pueblos circundantes a la laguna Bustillos. También hicieron pruebas de laboratorio para determinar la alcalinidad y mineralogía de las aguas, lanzaron sondas meteorológicas para conocer la composición de la estratosfera sobre la laguna, y tomaron muestras de suelo, fauna, flora y el entorno social de las comunidades. Además, han contabilizado el número de fábricas, el número de hatos vacunos que visitan el abrevadero y la cantidad de piaras que se solazan en el fango de las orillas. Entre otras cosas, han registrado el número de cándidos que han ido a ahogarse en sus aguas desde una perspectiva antropológica e histórica.

    14:09

    Maira regresa a su casa, pone la mesa y se sienta a comer viendo la televisión. En el televisor, dan las noticias de una catástrofe ecológica en la laguna de Janitzio, en el lejano estado de Michoacán. Entre otras noticias, la policía judicial captura al “mochaorejas”, un afamado secuestrador del Estado de Morelos.

    18:13

    El maestro emérito evalúa los trabajos, y más que evaluarlos, simplemente les da una lectura rápida y profesional; son más de diez y menos de veinte los alumnos, por lo que no es necesario detenerse en cada afirmación o cifra, en cada tesis y cuestionamiento. Toma el teléfono y llama a su asistente:

    —Dionisio, soy yo, necesito que mañana empiecen a capturar lo del proyecto de la laguna Bustillos. ¿Ya enviaste el correo electrónico que te dije?

    —Sí, profesor. Ajá, mañana le digo a la secretaria que me ayude a capturar; ya va a tener tiempo, es periodo de vacaciones.

    —Bueno, quiero que te comuniques con el encargado del archivo general del estado y le digas que le vas a entregar un original hasta la próxima quincena, que estos días no. Él ya sabe de qué se trata—. El maestro emérito sabe que el proyecto no va a ser presentado al congreso del estado, eso es evidente; sabe que no hay presupuesto para ecología y desarrollo sustentable y que en el estado no queda otra opción más que dejar los proyectos guardados para mejor ocasión. Sin embargo, su atinada investigación aparecerá en la publicación de la Asociación Internacional de Control y Evaluación de la Acción (AICEA) y le valdrá el puntaje para subir de categoría y aumentar su salario. Los alumnos descansan; sus días futuros anuncian investigaciones altamente científicas que ayudarán al bienestar, la eficiencia y la solidaridad de la sociedad entera.

  • Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

    El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

    Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

    Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

    Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

    Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

    El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

    Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.

    Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

    El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

    Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

    Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

    Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

    Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

    El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

    Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.