“La pobre gente siempre está
Dispuesta a dejarse embaucar.”
Alfonso Reyes
—Trato de alcanzar las cosas, de escudriñarlas, de entender los significados. Encuentro un infinito de simbolizaciones, de elementos, de sentidos, y el mío no está; tal vez sea, que la idea es no encontrar el sentido en este momento, sino en otro. Sea por Dios. Que sea otro el que encuentre los significados y los porqués, pero… ¿Yo que hago aquí en este Estado, que es lo que se persigue al estar trabajando en esta fábrica como ingeniero, para qué estar en este pueblo o bien para qué estar en aquel Estado de donde soy, que cosa perseguir, ¿cuáles son los objetivos a alcanzar?
—Los sueños siempre han sido los mismos: seguir trabajando para ser alguien en la vida, aprender más sobre mi oficio, continuar con el sueño de inventar y obtener patentes, y tener la suerte de que alguna tenga éxito. Continuar con el sueño de ser feliz, de hacer feliz. Dentro de mí hay una desesperación por intentar mover las cosas o hacer que se muevan como nosotros queremos, este es el espíritu de los jóvenes, o de los aventureros; es como tratar de encontrar respuestas inmediatas a las cuestiones que cada uno tiene en la cabeza.
—¿Por qué estamos siempre con la idea de que la vida es una carrera, o como una competencia en la cual hay ganadores y perdedores? Donde hay cosas adquiridas y cosas por adquirir y la cuestión de siempre es cómo conseguirlas y cómo salir airoso y bien librado; o sea, un ganador. Una de las virtudes del hombre debe ser la de saber esperar, aguantar cualquier cosa, dejar pasar, permitir que los hechos se den, que la realidad actúe sobre nosotros, que nos impregne con su espíritu.
Manuel Murillo Peregrino, ingeniero en sistemas de producción, había llegado hacía más de dos años a la población de Anabajuc en el estado de Durango. Había sido contratado por la fábrica papelera “La Sulfurosa” para mejorar los tiempos de producción y automatizar el área de repulpado; como no había más que esperar a que la empresa estadounidense I.B.M. mandara los sistemas informáticos operativos, Manuel ocupaba el tiempo que le quedaba libre en su proyecto de robótica.
Observando a la empleada que limpiaba la oficina, Manuel bromea con sensualidad. En el monitor de la computadora aparece un protector de pantalla.
— ¡Mira, he dejado la puerta entreabierta para espiarte las piernas!
Ya…. ya no — Cerrando, y con una risita, la muchacha coqueta continua su faena.
Con esto, se confirmaba que Manuel tenía aptitud para conquistar a las mujeres, pero su mayor habilidad era la invención. Desde chiquillo había sido un niño inquieto y muy despierto, había inventado de niño un rifle corto de madera cuyos proyectiles eran corcholatas, así como una bazuca hecha con: botes de jugo ensamblados, una pelota de esponja y alcohol como combustible; también había ideado un sistema térmico para calentar agua mediante energía solar, ora bien barcos y submarinos que se desplazaban con energía calórica o mediante el proceso químico de una pastilla efervescente entre otras decenas de invenciones; el resultado de ese pensar creativo fue su tesis de ingeniería: “Equipos de autosuficiencia, sin requerimiento de medios de apoyo. La robótica aplicada en los medios subacuáticos”. Dicha tesis (como sucede con muchas) fue ignorada por los colegas, pero no fue impedimento para que el ingeniero Murillo continuara con sus investigaciones y era lo que estaba haciendo en sus horas libres, tanto en la fábrica como en su departamento.
El arrendador de su departamento era una persona jocosa y jactanciosa que se las daba de vivir como se debe y nunca terminaba de fanfarronear, cosa que al ingeniero Manuel le molestaba. Al ver el protector de pantalla y sorber un poco de café recordó las palabras de su arrendador:
—Pues vera inge, en la vida se encuentra uno con imbéciles, como ese pariente jodido que tengo, el que vive en la esquina, y existen otros que quieren serlo. Afortunadamente no tienen que esforzarse…Sí… así es la vida, los hijos son cosa seria, pero a los turulatos les encanta traer niños al mundo. Cuando los niños llegan, se pasean bien cómodos con sus padres…”
Manuel giró la cabeza y volvió a observar a la muchacha que hacía el aseo pasando un trapo por los archiveros. En tanto un empleado deja el periódico en la mesa de servicio sobre las tazas de café. Se empuja hacia atrás y la cómoda silla se desliza sobre las ruedas.
El ingeniero alcanza el diario e inicia la lectura. Los encabezados se lucen de pesimismo ante una segunda “tormenta del desierto” en el Medio oriente. En los deportes, los Lakers son los favoritos para salir campeones en la N.B.A. En las noticias locales, el acontecimiento de las últimas semanas es el avistamiento de un monstruo marino en la laguna Bustillos. Algunos diarios de alcance nacional han mandado corresponsales al pueblo de Anabajuc.
—Raquel, ya se enteró de lo que se dice en el periódico de un monstruo, aquí cerca, en la laguna.
—Sí, a poco no se ha enterado inge. Si ya todo el pueblo está medio asustado y ya ni quieren ir a pescar.
— ¿Entonces sí es cierto — mintiendo el ingeniero, continua — eso del monstruo?, ¿No será una ilusión, u otra cosa?
—No inge, si hasta yo ya lo vi, era un monstruo…pos… grande y verde que sobresale sólo una como joroba con escamas, y cuando sale empieza a oler muy feo como a azufre.
— ¿Y te dio miedo cuando lo viste?
—Pos me dio como escalofrío cuando vi la joroba y luego me tapé los ojos, y cuando me los destapé de nuevo ya no había nada.
—Bueno pues, será el sereno. ¿Y cuantos lo han visto?
—Pues ya casi todo el pueblo, ya hasta la que vende las memelas aquí afuera de la fábrica se pone allá, cerca de la laguna, a eso de las doce y media de la noche para venderles a los que quieren ver al monstruo.
El ingeniero se queda callado, pasando la vista en el periódico que tiene en la mano. Hace una mueca y sonríe. De reojo observa el monitor de la computadora; en la pantalla hay ventanas volando. El ingeniero rememora todo el equipo tecnológico que ocupó para crear ese monstruo mecánico. El ingeniero Manuel se acuerda cuando estuvo trabajando noche y día para crear al monstruo que ahora funciona con equipos de autosuficiencia, sin requerimientos de medios de apoyo y que tiene tanto éxito en el pueblo. El monstruo se mueve con un sistema de robótica capaz de funcionar durante dos lustros sin la necesidad de mantenimiento y con la energía procesada de una manera generosa. Lo que no sabía el ingeniero Manuel era que había en las profundas grutas de la laguna un animal raro en su especie, era un monstruo que siempre había vivido allí. Era una especie de tortuga marina y manta. La energía acumulada del monstruo máquina hacía que el plancton se acumulara en su entorno e hizo que el animal raro en su especie atacara a la máquina con un choque eléctrico y quedara el monstruo—máquina, averiado en el fondo de la laguna.
—¿Dónde habrá dejado el ingeniero el recibo de la luz? — Se pregunta el arrendador mientras introduce la llave del departamento del ingeniero —. Al entrar se da cuenta que el ingeniero estuvo o está ocupado en un trabajo de ingeniería, y sobre el escritorio una maqueta de una máquina tipo submarino, con distintos dispositivos. Además, el proyecto del monstruo, que en ese momento estaba en boca de todos. Ahora se daba cuenta de muchas situaciones que habían pasado con el ingeniero Manuel Murillo. Encontró el recibo de luz y salió a pagarlo. De regreso tenía que pasar a la junta con los ejidatarios.
—No sabemos nada, nunca habíamos pasado por una situación como ésta — dice un ejidatario entre los muchos que hay en la reunión —. El salón se nubla de humo de cigarrillo y el sudor mezclado de los hombres de campo hace un ambiente campirano.
—Pero queremos respuestas — asevera un exigente.
—Yo aparte de tener los problemas de la cosecha, de mis animales y de mi casa, ahora tengo que resolver los problemas de la naturaleza — pronuncia un quejumbroso.
—Yo propongo que lancemos dinamita al fondo de la laguna para acabar de una vez por todas con el problema.
—Yo sugiero que vayamos a matarlo.
—Y a mí me gustaría darle un escopetazo — sugiere otro salvaje.
—Yo quiero probar la carne, dicen que lo más añejado tiene buen sabor — aconseja un hambriento.
—No hay que pasar por tontos. Lo que ha estado pasando en el pueblo es de trascendencia nacional y ya en el hotel de Filomeno hay reporteros de Canadá, Estados Unidos y de España.
—Para mí, pues… que siga la cosa, las ventas se están elevando.
—No sean alarmistas. En la laguna no hay nada, sólo son chismes — declara un escéptico.
—La señora de la tortería ya hasta compró televisión nueva.
—Apiádate de nosotros Señor. Dios nos libre que sea alguna señal del Apocalipsis. ¡Se los dije! Yo les dije que dios mandaría a quemar la cizaña. Yo les dije que leyeran la Biblia. ¡Yo siempre confié en la palabra del señor!
—Guarden silencio señores — se impone la voz del presidente municipal — Tengo que comunicarles algo importante. Número uno: se prohíbe andar en lancha después de las siete de la noche. Número dos: no vamos a matar a ningún animal, hasta que no recibamos informes de las autoridades correspondientes y de los investigadores que llegaron desde hace unos días.
—Esos nomás andan de metichis
—Sí, eso y nomás hora y ya quieren los cambios del pueblo.
— ¡Guarden silencio! Número tres: aléjense de la laguna por pura precaución. No sabemos si ese animal es peligroso y tam… — el arrendador interrumpe.
— ¡Yo sé lo que hay en la laguna! — el fanfarrón suelta su verborrea.
— ¡Tiene usted la palabra! — ordena el presidente municipal.
—Pues verán ustedes, yo tengo un inquilino que trabaja en “La Sulfurosa”, es ingeniero y se encarga en la fábrica de unas nuevas instalaciones en el área de repulpado. Ese ingeniero sabe mucho de máquinas y robots y de computación. Resulta que esta mañana fui a recoger un recibo de luz al departamento de este ingeniero y descubrí que tiene una maqueta de un como submarino pequeño pero que tiene escamas y por dentro tiene sistemas como los que usan los robots y equipos de electrónica. Además, me encontré con un proyecto de un robot que iba a nadar en la laguna Bustillos. En los objetivos del proyecto está el de engañar a la gente del pueblo de Anabajuc. Ahora no me negarán que yo contribuyo a resolver los problemas del pueblo, que yo soy quien muchas veces tengo que enfrentarme a este tipo de situaciones.
—Pero cómo se llama el ingeniero.
—El ingeniero se llama Manuel Murillo Peregrino
— ¡Ha! Ese es el que anda persiguiendo a mi cuñada.
—Nombre, si también le anda haciendo arrumacos a mi hermana.
—Entonces este ingenierillo es toda una fichita. Aparte de burlarse de nuestras mujeres, “quiere burlarse de todo el pueblo con su robotito”.
— ¡Señores! Creo que nos estamos precipitando en las resoluciones de esta problemática. Debemos ver, no los problemas particulares, sino la paz y la concordia en el pueblo de Anabajuc. El pueblo de Anabajuc siempre ha demostrado unidad y trabajo. Por algo en la capital del estado, allá en Durango, siempre nos tienen en la lista de ayuda humanitaria y subsidios. En algo es debido a que la mayoría es priísta, pero mucho se debe a la unidad del pueblo. Ahora bien. Déjenme decirles que tarde o temprano sabríamos si fuéramos engañados con una cosa como ésta. Pero hay que preguntarnos primero si le conviene al pueblo de Anabajuc saber la verdad. Díganme, señores, si es conveniente para la comunidad entera que se sepa la realidad de las cosas. Ustedes mismos han dicho que esto del monstruo de la laguna les ha beneficiado. Y todavía está por venir una cantidad no despreciable de turistas a, dizque, a ver el monstruo. Pues en tal caso les conviene a todos el que venga turismo a este pueblo. En muchos casos ha sido un pueblo ignorado. Ustedes bien saben que en el tiempo de la Revolución sólo hubo bandoleros perdidos que se acercaban a unas cuantas casuchas alrededor de la laguna, y nuestro héroe, don Gumaro Terrazas, no es reconocido como héroe por tener algunas canas regadas. Pero… sometamos a votación el caso.
El ingeniero Manuel laboraba en sus últimos días en la planta. Al día siguiente llegaría el sistema operativo y para el día viernes se iría de Anabajuc para regresar de nuevo a su tierra. El ingeniero no volvió a saber nada de su invento. El pueblo de Anabajuc instaló a orillas de la laguna un centro recreativo con cabañas, asadores, un pequeño restaurante y, además, la renta de caballos y burros que ocupan en el campo. Los turistas llegan en fin de semana. Por la noche, cuando todo está en calma, llega un olor a azufre que nadie ha podido saber de dónde viene.




Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido azul de encajes largos jugaba, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual. Unas horas después, los columpios se mecían y se mecían, pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán, echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento. Algo ha de presagiar cuando las nubes se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles, sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco. A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl traen añoranzas, cavilaciones. Las nubes y el viento de la tarde acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como un velo acuático. El momento podría hacernos recordar a una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud; además, su cabellera salpicándose en el aireo y ese cuerpo… el vestido azul de encajes me trae memorias de un beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose. —La ciudad siempre me ha aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido, me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear, aunque sea. Si logro publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome; como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad. —En ocasiones los sueños son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”, es una eminencia en el estado; todos lo respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito libros, ha viajado por muchos países, y parece que lo querían lanzar para la gubernatura, pero le faltó equipo y al final de cuentas no se animó. El novato escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes. —Bu…Buenas tardes, venía a ver al señor Andrés Espinosa. —Fíjese que no se encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, él trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea dejarle algún recado. — No, es deque lo que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de… — ¿Tenía cita con Don José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver…mm, si, aquí está anotada la cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el interior un librero repleto y un par de trofeos. —El señor Andrés Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué tal si el trabajo tiene faltas de ortografía… mejor me voy y otro día regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además, está nublado allá afuera y eso me da mala espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy importante como para que yo lo moleste… mejor me voy a dedicar a otra cosa, le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además, están de moda… pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto; sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico…— La secretaria lo despertó de su introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro él podía entrar. No había escapatoria. —Tome asiento por favor, en que puedo servirle; pero, siéntese por favor. —Gracias… este, le traje unos trabajos, no digo… perdón, este, le traje un trabajo. —Y eso para qué. —es deque… me dijo el señor, este… ¿Andrés Espinosa?, que, este… se podría publicar en la revista “La Fragua”, él me dijo, que… este, yo sí sabía escribir y que sólo me faltaba, este… pulir los estilos. —Sí, pero, ajum—ajum — aclarando la garganta — en esta compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio. Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno. —Sí, este… creo que, si es muy bueno, a las gentes que, este… lo han leído el trabajo me han dicho que es muy bueno. — ¡Aja! A quienes. — ¡A mi mamá y a mis hermanos! —Bueno a ver déjame leer lo que traes. —Mm…La Oración Al Columpio. Cómo está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la Virgen del Perpetuo Socorro, pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo. El director de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz, de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de Taichi Sayaika. La Conquista De La Voluntad, de Enrique Rojas, La Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto Ampuero. El Hombre Light, de Enrique Rojas. —Mire joven le voy a ser sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mí personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con mucho gusto. —Sí, señor, este… voy a hacer unos trabajos que…que, tengo pensados. —Bueno pues, estamos para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la cómoda silla. —Sí, hasta luego, este, dice que se los entregue a este…como se llama. Bu…bueno ajá, con permiso, bu… buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa sacada a golpes de nerviosismo. La calle se luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes. —Me lleva. Bueno pues, ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor ya no voy a la librería a bobear, para qué… si compro algún libro y ni lo leo. Entra a su casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana. En el patio del vecino hay una adolescente en el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa transparente, viva. La jovencita terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan de humedad, y llueve. El muchacho sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su novia y se acuerda de los besuqueos que se daban. —Todo este día me aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la cama —mejor me voy a echar un sueñito.


