Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que representa un símbolo de entrelazamiento cuántico brillante en primer plano, con partículas de luz fluyendo a través de él. Al fondo, un paisaje etéreo y sutil con múltiples realidades o dimensiones superpuestas, sugiriendo la fusión de conceptos científicos y posibilidades imaginativas. La atmósfera es misteriosa e intelectual.

    Explora cómo la ficción se entrelaza con la ciencia cuántica para revelar nuevas dimensiones de la realidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que redefine lo imaginario y lo posible.

    La literatura está repleta de ejemplos de ficción, y a menudo, los escritores dedicados a este género parecen tener una conexión o canalización con frecuencias de otros niveles de conciencia. Mi interés, en esta ocasión, es trascender la noción de «ficción» para proponerla como una visión de posibilidades dentro de las múltiples dimensiones de la realidad.

    Todo posee una razón de ser, un propósito y una intencionalidad. La ficción, por lo general, se asocia con lo imaginativo, con aquello que se encuentra en el ámbito de lo irreal. Sin embargo, propongo que la ficción es, en esencia, un adelantarse al futuro, un juego con una realidad espacio-temporal imaginativa. Aunque a veces se le denomine «ciencia ficción», este término es impreciso, pues no cumple con los requisitos estrictos del método científico. La palabra «ficción» nos remite más bien a lo inexistente en el presente, a aquello que no encaja con la «matriz» o sistema establecido, o con la tercera dimensión que conocemos.

    En América Latina, la literatura ha cultivado el «realismo mágico», un género que roza los límites de la ficción, pero que se ancla profundamente en las tradiciones, mitos, leyendas, chamanismo, brujería y creencias populares. Este realismo mágico, aunque fantasioso, posee una lógica interna y una conexión palpable con nuestra realidad tridimensional.

    Los autores de ficción son, a menudo, ávidos recolectores de información tecnológica. Muchos evitan la temática de la ficción por su exigencia, ya que una obra puede volverse rápidamente inverosímil o carente de soporte. La delgada línea que une o separa la ficción de la realidad es la ciencia. Cada vez más, la ciencia desvela aquello que antes era pura ficción, haciendo que el «mañana» se convierta en «ahora», como demuestran innumerables ejemplos en la literatura. El conocimiento científico nos proporciona los parámetros para vislumbrar lo posible. Por tanto, es crucial cambiar la relación tradicional entre ciencia y ficción: la ficción está más emparentada con la ciencia que con lo puramente imaginario, entendiendo lo imaginario no como inexistente, sino como una realidad aún no manifestada. Es decir, la ficción tiene su propia realidad; de hecho, la ficción es la nueva ciencia dentro de la multidimensionalidad.

    Permítanme explicarlo de otra manera: en el ámbito de la física cuántica, el nivel cuántico es donde se dibujan las partículas más elementales de la materia. Es también el ámbito más sólido dentro del éter, o del reino mental/etérico. En este nivel, no existe el pasado ni el futuro, sino un continuum, un eterno presente, un espacio donde todas las posibilidades están contempladas. La ficción reside en este lugar, es el ambiente de lo que se ha denominado lo supramental y parte del cuerpo causal. Lo supramental es el sitio donde todas las ideas son concebidas en la fuente, donde residen todas las bellas artes creadas por humanos y otros seres.

    La ciencia ha roto recientemente con viejos esquemas de pensamiento que la humanidad aún no ha digerido. El descubrimiento del bosón de Higgs, o «partícula de Dios», no es solo un hallazgo científico, sino una revelación que nos indica la existencia de múltiples dimensiones y que todo está intrínsecamente ligado a la vibración. Esto tiene implicaciones directas en conceptos como los viajes al futuro, los portales interestelares y la existencia de seres extraterrestres. ¿Cómo y por qué?

    En la ciencia existen las leyes de correspondencia, que en metafísica se resumen como: «como es arriba es abajo», y en este caso, «como es en micro es en macro». En el ámbito del reino mental, quien domina este reino, domina la materia. La ficción es uno de los mecanismos que permite que ciertas realidades desciendan a nuestra existencia. Los escritores de literatura de ficción, consciente o inconscientemente, crean mundos posibles y, para mí, abren realidades paralelas. La ficción es, en última instancia, la puerta a la comprensión de nuestra propia multidimensionalidad.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de un distinguido intelectual de edad avanzada, con una mirada sabia y una sonrisa sutil, sentado en una biblioteca clásica rodeado de miles de libros antiguos. Sostiene un libro abierto con reverencia, iluminado por una luz cálida que entra por una ventana, resaltando las texturas del papel viejo y la madera. La atmósfera evoca la profundidad académica y el amor por el conocimiento regional de Tlaxcala.

    Un homenaje al antropólogo Mario Ríos Reyes, pilar de la cultura en Tlaxcala. Edgar Sánchez Quintana reflexiona sobre la maestría de la palabra y el legado de un sabio que vivió entre libros.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    La verdadera intelectualidad no reside solo en la acumulación de datos, sino en la capacidad de transformar el conocimiento en una experiencia viva a través de la palabra. Fue hace bastantes años cuando conocí al antropólogo Mario Ríos Reyes (1944-2026), una figura cuya presencia en la comunidad estudiantil de Tlaxcala dejó una huella imborrable. En aquel entonces, él se desempeñaba como director del Centro Regional del INAH Tlaxcala , cargo que asumió en marzo de 1989, marcando una época dorada para la investigación regional, incluyendo hitos como la tecnología de la zona arqueológica de Cacaxtla.

    Como estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, tuve el privilegio de escucharlo en diversas conferencias. Me asombraba su manejo magistral de los temas y esa habilidad casi extinta de la palabra acertada. Ríos Reyes no era solo un académico; era un erudito con un agudo sentido del humor que lograba despojar a la historia de cualquier asomo de aburrimiento. Con el tiempo, gracias a un amigo antropólogo que laboraba en el mismo instituto, pude acercarme más a su entorno, encontrándolo a menudo en el Museo Regional de Antropología e Historia o en la quietud de su biblioteca. Mario era ese personaje fascinante que vive entre los libros, que los asimila con la naturalidad con la que se bebe la leche, convirtiéndose en un sabio que se hablaba de tú con el abecedario.

    En el panorama intelectual de México existen figuras sobresalientes, hombres de labia precisa y la disertación contundente. Nombres como Ricardo Garibay , Juan José Arreola y Octavio Paz resuenan como los pilares de nuestra oratoria. Sin embargo, como bien señalaba el propio Paz, existía otro gigante que, en el arte de la disertación, «se los llevaba de calle»: José Vasconcelos . Es precisamente esa virtud de la oratoria, esa capacidad de cautivar y educar a través de la voz, la que busco rescatar al rendir este homenaje a Mario Ríos Reyes.

    Su reciente caída en febrero de 2026 nos deja un vacío profundo, pero también un legado incansable. Mario Ríos Reyes, poblano de origen pero tlaxcalteca por vocación, dedicó su vida a engrandecer a Tlaxcala a través del conocimiento de su historia. Desde su labor como cronista de Chiautempan hasta su papel como miembro emérito del Consejo de Cronistas, su afán por acrecentar el saber regional fue inagotable.

    Que estas palabras sirven como preámbulo y llamado a la acción. Es imperativo que el estudiante actual retome el esfuerzo por mejorar su oratoria y su capacidad crítica. Figuras como Ríos Reyes son los espejos en los que debemos mirarnos: ejemplos de que la erudición y la elocuencia son las herramientas más poderosas para dignificar nuestra cultura y nuestra identidad.

    Referencias

    1. Fallece Mario Ríos Reyes, considerado pilar de la cultura tlaxcalteca – El Sol de Tlaxcala

    2. Homenaje en vida a los Pilares de la Cultura en Tlaxcala: Mario Ríos Reyes – Secretaría de Cultura de Tlaxcala

    3. Fallece Mario Eloy Cesáreo Ríos Reyes – Síntesis Tlaxcala

  • De la utopía de 2011 a la realidad de 2026: Edgar Sánchez Quintana analiza la evolución de los espacios culturales en Tlaxcala, desde el Conjunto de San Francisco hasta la nueva Ciudad de la Cultura.

    De la utopía de 2011 a la realidad de 2026: Edgar Sánchez Quintana analiza la evolución de los espacios culturales en Tlaxcala, desde el Conjunto de San Francisco hasta la nueva Ciudad de la Cultura.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Actualización: Febrero de 2026

    Los centros de expresión artística y los recintos culturales han navegado históricamente a la deriva de los gobiernos en turno, convirtiéndose en prioridades solo cuando la imagen pública de las autoridades corre el riesgo de verse empañada. En 2011, señalaba con preocupación la carencia de un espacio que dignificara la labor de los creadores en Tlaxcala. Quince años después, el panorama ha cambiado drásticamente en su forma, aunque las interrogantes sobre el fondo permanecen vigentes.

    En aquel entonces, el proyecto de un Centro Cultural de San Francisco, ubicado en la calzada que conduce a la emblemática iglesia, se presentaba como la solución al peregrinaje de artistas que debían improvisar presentaciones en bares, atrios lluviosos o auditorios saturados. Sin embargo, la historia tomó un rumbo distinto: la inscripción del Conjunto Conventual de San Francisco en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2021 transformó la zona en un santuario de preservación, donde cualquier intervención arquitectónica moderna debe someterse a rigurosas normativas del INAH y organismos internacionales.

    Espacio Cultural (2011)Situación Actual (2026)Función Principal
    Teatro XicohténcatlRestaurado y activoRecinto histórico principal
    Palacio de la CulturaSede de la Secretaría de Cultura FederalCoordinación administrativa y exposiciones
    Atrio de San FranciscoEspacio de Patrimonio MundialEventos solemnes y preservación histórica
    Proyecto San FranciscoReemplazado por conservaciónPreservación del Conjunto Conventual

    Hoy, la administración de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros ha decidido saldar esa deuda histórica con una apuesta de gran escala: la Ciudad de la Cultura y el Entretenimiento, ubicada en Atlihuetzia. Con una inversión que supera los 550 millones de pesos, este complejo busca descentralizar la actividad cultural del saturado Centro Histórico. El proyecto, supervisado por el secretario de Infraestructura, Eduardo Tapia Hernández, contempla un auditorio para siete mil personas, talleres y un nuevo Centro Cultural que promete ser el polo de desarrollo que tanto reclamábamos.

    No obstante, la esencia de mi crítica original sigue siendo el faro que debe guiar estos esfuerzos. La cultura no es una fábrica para producir ociosos, ni un adorno para el currículum de un político; es la entidad que enriquece a una sociedad y la mantiene viva. Mientras la Ciudad de la Cultura se erige en Yauhquemehcan, no debemos olvidar que la dignidad del artista no reside solo en el cemento y las gradas, sino en la gestión eficiente y el respeto a la creación.

    Es plausible que Tlaxcala haya dejado atrás la era de las «obras pequeñas» para lanzarse a proyectos de magnitud internacional. Mi anhelo de 2011, de contar con un centro cultural que pudiéramos valorar orgullosamente, parece materializarse hoy en una escala que supera lo imaginado. Queda en manos de los ciudadanos y de la comunidad intelectual vigilar que estos nuevos templos del arte no se conviertan en elefantes blancos, sino en el corazón palpitante de una Tlaxcala que, por fin, dignifica su inmensa riqueza espiritual.

    Referencias

    1.Supervisa Gobernadora avances en las obras de la Ciudad de la Cultura y Entretenimiento

    2.Inscripción del Conjunto Conventual de San Francisco como Patrimonio Mundial – UNESCO

    3.Lorena Cuéllar rinde su cuarto informe en Tlaxcala – Proyectos 2026

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una figura que evoca a Charles Bukowski, con rostro curtido y un cigarrillo colgando de los labios, sentado en la barra de un bar tenuemente iluminado. Sus ojos reflejan una mezcla de cinismo y profunda observación. Al fondo, sutilmente integradas, se aprecian estanterías repletas de libros, creando una yuxtaposición entre su existencia cruda y su profundidad intelectual. La atmósfera es sombría, ahumada y melancólica, con luces de neón reflejándose en las calles mojadas a través de una ventana. La paleta de colores es apagada, con fuertes contrastes entre luces y sombras, enfatizando la emoción cruda y la realidad.

    Explora la vida y obra de Charles Bukowski, el poeta que encontró la verdad entre los bares y las bibliotecas. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana sobre la crudeza, el desenfado y la singularidad de un genio literario.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    «Dadme más vino porque la vida es nada» —Fernando Pessoa

    Para mí, los poetas siempre han sido gente común que le habla de tú al espíritu; son pura esencia, entidades que se solazan en su singularidad. Son como barcos arrastrados por la existencia, pero circundados por un aura potente que ilumina algún futuro embarcadero o puerto. En presencia, quizás insípidos o insoportables, pero su pluma les hace perdonar cualquier cosa: ser homosexuales, asesinos, trinqueteros, estalinistas, de izquierda o de derecha; locos, teporochos o drogadictos.

    Uno de estos poetas, con algo de visionario y de chiflado, que alcanza en la expresión poética el tinte sublime del arte, es sin lugar a dudas Charles Bukowski. En su poesía se percibe la pose del genio sin aureola que transita la vida, degustando la existencia, desamparándose de ella, arrastrándose por los callejones más inhóspitos, cohabitando en la podredumbre, teniendo como vecinos a los mendigos o siendo, por largas temporadas, uno de ellos. La característica singular de su poesía es que viste su obra con los menesteres que le ofrece la vida: vacío, ubicuidad, jactanciosidad, superficialidades, injusticia, falsedades. Ante todo esto, Bukowski se cobija:

    «Simplemente me quedé allí sentado esperando. Unos diez minutos después sentí un hormigueo por todo el cuerpo. Fui capaz de mover la mano un poquito. Luego, otro poquito. Me llevé el vodka a los labios, conseguí inclinar la cabeza y me lo bebí todo. Puse el vaso en el suelo, me estiré en la cama y esperé de nuevo a que me entrara el sueño. Oí un disparo en la calle y comprendí que en el mundo todo iba bien. A los cinco minutos estaba dormido. Como todos los demás.»

    El pensamiento de este poeta estadounidense hace acordes con la ubicuidad; la percibe desde adentro. Su poesía es su misma existencia, una percepción de la vida transitoria, la dinámica de los barrios populares, el sinsentido de la existencia, los espectros que tienen las manzanas con gusanos, como dice en uno de sus poemas: «No olvides las aceras, las putas, la traición, el gusano en la manzana, los bares, las cárceles, los suicidios de los amantes.»

    En Charles Bukowski hay una especie de herencia norteamericana que viene de Walt Whitman, E. E. Cummings, William Carlos Williams, entre otros, y que se manifiesta en el desenfado, la llaneza, la simpatía y una humanidad a veces «democrática» y a veces cruda. Es la crudeza y la misma búsqueda de Henri Michaux, cuya sentencia-objetivo reza: «me propongo explorar la mediocre condición humana.» Los objetivos de Bukowski a veces se pierden y a veces se reencuentran; con empecinamiento, la escritura es aquello que lo salva, así lo afirma en uno de sus textos:

    «…por eso escogí ser un escritor, si vales una maldita cosa, puedes seguir con tu relajo, hasta el último minuto del último día. Puedes seguir mejorando en vez de empeorar, puedes seguir golpeándolos contra la pared, a través de la oscuridad, la guerra, con buena o mala suerte, puedes continuar golpeándolos, con el deslumbrante relámpago de la palabra, derribando a la vida en la vida y a la muerte demasiado tarde para ganar verdaderamente contra ti.»

    En Charles Bukowski no solo encontramos a un peregrino que anda en ruta por las palabras, o que busca los acueductos oscuros de la realidad, sino al peregrino que frecuenta las bibliotecas leyendo cuanto se le aparece: libros de química, folletines de algún poeta desconocido, libros de arquitectura, tratados de agronomía, entre otros infinitos. Pero en él no solo entra eso, también el alcohol, y del más variado: desde la infaltable cerveza bien fría, vodka, coñac, aguardiente del peligroso, copas de las más variadas y disfrutadas en tugurios conocidos, en bares anegados de ambiente pesado, en tabernas que han sido para él como su segunda casa. Es una existencia que me hace recordar al autor de Bajo el volcán por la cercanía con los brebajes del dios Baco. Y cito: «Si las bibliotecas ayudaron, en mi otro templo, los bares, era otra cosa, más simplista el lenguaje y el camino era diferente…»

    Entre las obras de Charles Bukowski se encuentran: War All The Time, You Get So Alone At Times, That It Just Makes Sense, Mockingbird Wish Me Luck, Play The Piano Drunk Like A Percussion Instrument Until The Fingers Begin To Bleed A Bit, The Days Run Away Like Wild Horses Over The Hills, Living On Luck, Dangling In The Tournefortia, The Last Night On The Earth Poems, Betting On The Muses, Shakespeare Never Did This, Love Is A Dog From Hell, Burning In Water Drowning In Flame, There’s No Business, Beautiful, The Roominghouse Madrigals. Y los traducidos al castellano están: Cartero, Factotum, Mujeres, La Senda del Perdedor, Hollywood, Pulp, Erecciones, Eyaculaciones, Exhibiciones; La Máquina de Follar, Escritos de un Viejo Indecente, Se Busca una Mujer, Música de Cañerías, Hijo de Satanás, Peleando a la Contra, Lo que más me gusta es rascarme los sobacos, Hank (La Vida de Charles Bukowski).

    En Charles Bukowski reside el elemento que nunca podrá dejar de ser, el que fue integrado desde Baudelaire: la aureola del poeta perdida en el fango del macadán, la pose reinventada del poeta lejos del empoltronamiento, la zalamería y el incienso. Porque Bukowski entiende que en el intelectualismo y la cultura literaria hay mucha falsedad, mojigatería y lenguaje refinado o vocabulario cuajado. Muy al contrario, él buscaba una certeza indagada en la vida diaria «más bien parecida a un pedazo de cartón.»

  • Ilustración de caricatura futurista con colores neón: un poeta desaliñado escribe frenéticamente en un escritorio holográfico mientras una Luna mecánica llena de antenas brilla en el espacio exterior. A su lado, un reptiliano vestido de comandante galáctico sonríe junto a dos seres grises, y una camilla futurista con diadema de control mental aguarda en el centro de la escena.

    Un poeta descubre que la Luna es una antena de control de frecuencias. Semanas después recibe una visita que cambiará su percepción para siempre. Un cuento de ciencia ficción con un giro final que nadie espera.

    Cuento de ciencia ficción con final sorpresa

    I. El Manifiesto del Desprecio

    Damián, un poeta de azotea y café cargado, le dio el último sorbo a la noche y tecleó el punto final. El archivo se llamaba «La luna enloquecida.docx». No era un poema, era un escupitajo. Una declaración de guerra contra el orbe de plata que hipnotizaba a las masas. Para él, la luna ya no era musa ni faro de amantes, sino una antena. Una herramienta de control de frecuencias que mantenía a la humanidad en un letargo de telenovelas y sueños prefabricados.

    «Porque no te mueves y sales corriendo, acaso temes que te parta la cara de coqueta…», escribió. Sentía cada palabra como una pedrada contra un vitral sagrado. «…vengo a despedirme de ti, tiembla luna, pues ya apareció la tormenta del corazón amado.»

    Publicó el texto en su blog, «Verdades de Insomnio», y sintió el vértigo de la blasfemia. Se asomó a la ventana. Ahí estaba ella, impávida, bañando la ciudad con su luz de anestesia. Pero esa noche, Damián creyó percibir algo más: un zumbido bajo, casi inaudible, una vibración que parecía emanar directamente de su cráneo.

    II. El Visitante de Plata

    Semanas después, el timbre sonó. Era una hora indecente, de esas en las que solo llaman los fantasmas o los repartidores de comida equivocados. Al abrir, Damián se encontró con una figura que parecía sacada de una ópera espacial de bajo presupuesto. Un hombre altísimo, embutido en un uniforme plateado que brillaba con luz propia. Su sonrisa era perfecta, casi geométrica, pero no alcanzaba a calentar sus ojos, en los que Damián notó, por un instante fugaz, unas pupilas extrañamente verticales.

    —Damián, el poeta —dijo el hombre, su voz resonando con una cadencia metálica—. Soy el Comandante Ashtar Sheran. He leído su… manifiesto. Una percepción admirable.

    Damián, halagado y aterrorizado a partes iguales, lo invitó a pasar. El Comandante no caminaba, se deslizaba. Elogió su valentía, su capacidad para ver «más allá del velo». Le dijo que no estaba loco, que su intuición era correcta. Y entonces, le hizo la oferta que su ego no pudo rechazar.

    —Ha visto el truco del mago desde su butaca —dijo el Comandante—. ¿No le gustaría subir al escenario y ver cómo funciona?

    III. El Holograma de la Verdad

    No hubo nave, ni luces cegadoras. Solo un parpadeo. En un instante, Damián estaba en su sala, y al siguiente, en un espacio vasto, blanco y estéril. Frente a él, una pantalla colosal mostraba la Tierra, una canica azul suspendida en el silencio. Y a su lado, la Luna. Pero no era la que él conocía. Era una esfera de metal intrincado, una filigrana de antenas y conductos que pulsaban con una luz enfermiza.

    —Es un holograma, por supuesto —explicó el Comandante, señalando la luna que todos veían desde la Tierra—. Una proyección para ocultar la maquinaria. Una herramienta de manejo de frecuencias, como usted bien intuyó. Modulamos la agresividad, la apatía, el deseo… todo. La historia de su especie es un registro de nuestros ajustes de sintonía.

    Le mostraron todo. Guerras que coincidían con picos de frecuencia. Movimientos culturales que nacían de ondas de euforia programada. El hambre de conocimiento de Damián se saciaba con un torrente de verdades terribles. Se sintió un dios, un iniciado. El único espectador consciente en un teatro de marionetas.

    IV. El Regalo de la Paz

    —Es… es más de lo que jamás imaginé —susurró Damián, ebrio de revelación.

    El Comandante Ashtar Sheran posó una mano fría sobre su hombro. Su sonrisa se amplió, y esta vez, Damián vio claramente la membrana nictitante que barrió sus ojos reptilianos.

    —Su hambre de conocimiento es admirable —repitió el Comandante—. Pero es un festín que indigesta. Un alma no puede vivir con tanto peso. Por eso, le ofrecemos un regalo aún mayor que la verdad. Le ofrecemos la paz.

    De las paredes blancas emergieron figuras pequeñas y gráciles. Seres de cabeza bulbosa y ojos como pozos de petróleo líquido. Los Grises. Se movían a su alrededor con la curiosidad de niños, emitiendo suaves chasquidos de alegría. Lo guiaron, sin tocarlo, hacia una camilla que se materializó en el centro de la sala.

    Damián no opuso resistencia. Estaba paralizado por la magnitud de todo aquello. Del techo descendió un aparato complejo, una diadema de lentes y agujas de luz que se ajustó sobre su frente, apuntando directamente al entrecejo.

    —El tercer ojo debe volver a cerrarse para poder ver la belleza del mundo —sentenció el Comandante.

    Hubo un destello. Un frío intenso en el centro de su cráneo. Y luego, nada.

    V. El Poeta Enamorado

    Damián despertó en su cama. Los primeros rayos del sol doraban la habitación. Se sentía… ligero. Feliz. Una oleada de amor por el universo lo inundó. Se levantó y fue hacia su escritorio. En la pantalla, el cursor parpadeaba al final del archivo «La luna enloquecida.docx».

    Lo leyó. Y una mueca de asco arrugó su rostro. Qué cinismo, qué amargura. ¿Cómo pudo haber escrito algo tan lleno de odio? Borró el archivo sin dudarlo y abrió un documento nuevo.

    Sus dedos volaron sobre el teclado, impulsados por una inspiración pura y renovada.

    «Oh, Luna, faro de plata inmaculada,» —escribió— «que guías con tu amor mi corazón errante…»

    Afuera, la ciudad despertaba bajo la atenta y silenciosa mirada de la gran antena. Y uno de sus miles de millones de habitantes, un poeta con los ojos recién vendados, le cantaba, por fin, con el fervor de un verdadero creyente.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica de un poeta simbolista del siglo XIX en su estudio parisino, rodeado de manuscritos y libros de poesía, iluminado por la luz de una vela y una lámpara de gas, con páginas escritas flotando en el aire, evocando la atmósfera misteriosa e intelectual de Stéphane Mallarmé y su búsqueda de la belleza absoluta a través del lenguaje.

    Descubre la vida y obra de Stéphane Mallarmé, el poeta que revolucionó la literatura con su simbolismo radical y su experimentación formal. Una reseña completa sobre el arquitecto del silencio y su legado en la poesía moderna.

    Introducción

    Stéphane Mallarmé (París, 1842 — Valvins, 1898) es una de las figuras más influyentes y enigmáticas de la literatura moderna. Considerado el máximo exponente y, al mismo tiempo, la superación del simbolismo francés, su obra trasciende las fronteras de un movimiento para convertirse en un faro que iluminó las vanguardias del siglo XX. Su poesía, de una densidad y musicalidad extraordinarias, se caracteriza por una sintaxis experimental y una profunda exploración de temas como la ausencia, el silencio y la naturaleza inefable de la realidad. Este artículo explora la vida, la obra y el legado de un autor que revolucionó la forma poética y sentó las bases para la literatura del futuro.

    Esbozo Biográfico: Una Vida Marcada por la Pérdida y la Búsqueda

    Nacido en París como Étienne Mallarmé el 18 de marzo de 1842, su infancia estuvo signada por la pérdida. Al quedar huérfano de madre en 1849, fue tutelado por sus abuelos. La muerte de su hermana María lo marcaría con una melancolía que, con el tiempo, se convertiría en la materia prima de su universo poético: la ausencia como presencia, el vacío como plenitud.

    Estudió el bachillerato en Sens y, fascinado por la obra de Edgar Allan Poe, aprendió inglés para leerlo en su idioma original. Esta pasión lo llevó a viajar a Londres en 1862, donde conoció a Maria Gerhard, una joven alemana con quien contrajo matrimonio el 10 de agosto de 1863. Ese mismo año obtuvo su acreditación como profesor de inglés, profesión que ejercería durante décadas, primero en el instituto de Tournon, luego en Besançon y Aviñón, hasta conseguir el ansiado traslado al Liceo Fontanes de París en 1867. La vida docente de Mallarmé fue, en muchos sentidos, una existencia doble: de día, el profesor de inglés que cumplía con sus obligaciones; de noche, el poeta que luchaba con el lenguaje en busca de una belleza absoluta. Sólo podía dedicarse a escribir al término de su jornada laboral, y así compuso L’azur y Brise marine, comenzó Herodías y redactó una primera versión de La siesta de un fauno. Establecido en París, su modesto apartamento en la Rue de Rome se convirtió en el epicentro de la vida intelectual parisina. Sus famosas tertulias de los martes —conocidas como les mardis— congregaron a una generación de artistas y escritores que lo reconocían como maestro. Entre los asiduos se contaban Paul Verlaine, André Gide, Paul Valéry, Joris-Karl Huysmans, el poeta alemán Rainer Maria Rilke, Stefan George y el lírico irlandés William Butler Yeats.

    Su figura fue inmortalizada por Édouard Manet en un célebre retrato de 1876, conservado en el Musée d’Orsay de París, y posteriormente por Paul Gauguin en un aguafuerte (1891) y por Whistler en una litografía (1892). El 9 de septiembre de 1898, mientras cocinaba, sufrió un fatal espasmo faríngeo. Sus últimas palabras, dirigidas a su hija y a su ayudante, fueron una petición de destruir sus escritos: «No hay herencia literaria ahí…». Murió a la mañana siguiente, a los 56 años, dejando incompleto el gran proyecto de su vida: el Libro.

    La Poesía de Mallarmé: El Arte de la Sugerencia

    La poesía de Mallarmé es un universo cerrado en sí mismo, un lenguaje que busca, según sus propias palabras, «pintar no la cosa, sino el efecto que produce». Para lograrlo, se aleja radicalmente del realismo y la descripción directa, optando por la sugerencia, la evocación y la resonancia. Su sintaxis, a menudo compleja y laberíntica, rompe con las estructuras tradicionales para crear nuevas posibilidades expresivas. Las palabras, en sus manos, se convierten en notas musicales, y el poema, en una partitura donde los silencios —los espacios en blanco— son tan significativos como los sonidos. Dueño de una sintaxis experimental cuyo hipérbaton mezclaba construcciones inglesas y latinas, Mallarmé creó poemas cerrados en sí mismos, lejos de cualquier realismo, donde el sentido proviene de las resonancias. En su poesía, las sonoridades y los colores juegan un rol tan importante como los sentidos cotidianos que tienen las palabras, lo cual hace su traducción realmente difícil. Según algunos autores, Mallarmé es el creador de un impresionismo literario: su intención era «pintar no la cosa, sino el efecto que produce», por lo cual el verso no debía componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación.

    Sus temas recurrentes —la ausencia, el vacío, la nada, la naturaleza inefable de la realidad— no son el resultado de un nihilismo fácil, sino de una búsqueda apasionada de la «belleza ideal» que está más allá del alcance del lenguaje directo. Mallarmé no busca describir el mundo; busca crear un universo autónomo a través del lenguaje, un «Libro» absoluto que contenga la totalidad de la experiencia humana. Esta búsqueda lo lleva a un hermetismo que ha fascinado y desconcertado a lectores y críticos por igual.

    Obras Principales: Un Catálogo de la Ambición Poética

    La producción de Mallarmé es breve pero de una densidad extraordinaria. La siguiente tabla resume sus obras más significativas:

    Título en españolTítulo originalAñoDescripción
    HerodíasHérodiade1864Poema dramático de gran complejidad simbólica
    La siesta de un faunoL’après-midi d’un faune1865Égloga lírica que inspiró a Debussy
    Brisa marinaBrise Marine1865Poema de 16 versos sobre el anhelo de huida
    Los dioses antiguosLes Dieux antiques1879Estudio mitológico
    Álbum de versos y prosaÁlbum de vers et de prose1887Recopilación de poemas y prosas
    PáginasPages1891Colección de textos en prosa
    DivagacionesDivagations1897Ensayos y prosas poéticas
    Una tirada de dados jamás abolirá el azarUn coup de dés jamais n’abolira le hasard1897Su obra más experimental y audaz

    L’après-midi d’un faune (La siesta de un fauno) es quizá la obra más célebre de Mallarmé, un homenaje lírico a la fugacidad del deseo y la belleza. Esta égloga describe las cavilaciones sensuales de un fauno despertado de su descanso de mediodía, meditando sobre sus encuentros con varias ninfas. El uso que hace Mallarmé de imágenes evocadoras pero ambiguas sirve para difuminar los límites entre la realidad y la fantasía, dejando la interpretación abierta a la imaginación del lector. Brise marine (Brisa marina), escrita en Tournon en 1865, expresa un profundo anhelo de escapar de las realidades mundanas de la vida. A través de este poema, Mallarmé articula el deseo de huir a tierras desconocidas, simbolizando un anhelo de renovación espiritual y creativa. La yuxtaposición de lo doméstico sofocante con el mar liberador e ilimitado refleja las propias luchas de Mallarmé con las limitaciones del lenguaje y su búsqueda de la trascendencia poética.

    Un coup de dés: Una Revolución en la Forma Poética

    Su obra maestra, Un coup de dés jamais n’abolira le hasard (1897), es la culminación de sus audacias formales y una de las obras más revolucionarias de la historia de la literatura. En este poema, Mallarmé rompe con la linealidad del verso y la página, utilizando la tipografía y la disposición espacial del texto como elementos constitutivos del significado. El poema se despliega como una constelación de palabras en el espacio, un juego de azar y necesidad que reflexiona sobre la naturaleza misma de la creación artística. El planteamiento de Mallarmé sobre la crisis del verso implica romper con las estructuras versales tradicionales para liberar la palabra de su contexto convencional, transformando la disposición espacial del texto en parte integrante de la esencia del poema. Su uso radical del silencio a través de los espacios en blanco anticipa los desarrollos posteriores de la poesía visual y concreta, haciendo hincapié en el impacto de lo que se ve además de lo que se lee. En 1897, la revista Cosmopolis publicó este poema como un fragmento de la obra absoluta que Mallarmé llamaba el Libro, que no llegó a completar, y en la que intentaba reproducir, a nivel incluso tipográfico, el proceso de su pensamiento en la creación del poema y el juego de posibilidades oculto en el lenguaje, sentando un claro precedente para la poesía de las vanguardias.

    Aporte al Simbolismo y a la Poesía de su Tiempo

    Mallarmé representa la culminación y, al mismo tiempo, la superación del simbolismo francés. En un principio, su obra poética mostró la huella de tres contemporáneos ilustres a quienes reconoció como maestros: Théophile Gautier, Théodore de Banville y, sobre todo, Charles Baudelaire. Pero pronto soltó amarras y desarrolló una obra poética tan breve como ambiciosa, que lo llevaría a convertirse en el maestro indiscutible de una generación. Fue uno de los pioneros del decadentismo francés y, junto con Arthur Rimbaud, fue incluido en el libro Los poetas malditos de Paul Verlaine. Su influencia en la poesía de su tiempo fue profunda y multidireccional. Los juicios favorables de Paul Verlaine y de Joris-Karl Huysmans lo convirtieron en poco tiempo en una celebridad para toda una generación de poetas, los simbolistas, que acogieron con entusiasmo su volumen Poesías y su traducción de los Poemas de Edgar Allan Poe.

    El poeta y escritor cubano José Lezama Lima, uno de sus más apasionados admiradores, escribió sobre él: «…es, con Arthur Rimbaud, uno de los grandes centros de polarización poéticos, situado en el inicio de la poesía contemporánea y una de las aptitudes más enigmáticas y poderosas que existen en la historia de las imágenes. Sus páginas y el murmullo de sus timbres serán algún día alzados para ser leídos por los dioses».

    Legado e Influencia: El Poeta que Cambió el Futuro

    El impacto de Mallarmé en la literatura y las artes del siglo XX es incalculable. Fue una figura clave para los movimientos de vanguardia como el cubismo, el futurismo, el dadaísmo y el surrealismo. Su concepción de la poesía como un arte autónomo y su experimentación con la forma y el lenguaje abrieron caminos que serían explorados por generaciones de escritores. Su influencia no se limitó a la literatura. El músico del impresionismo Claude Debussy compuso en 1892 una pieza de orquesta sobre su poema La siesta de un fauno, y el también impresionista Maurice Ravel musicó poemas suyos en Trois poèmes de Stéphane Mallarmé (1913). A estos hay que agregar los compositores Darius Milhaud (Chansons bas de Stéphane Mallarmé, 1917) y Pierre Boulez (Pli selon pli, 1957–1962). Stéphane Mallarmé influyó también en los primeros poemas de Mario Luzi (La barca, 1935, y Llegada nocturna, 1940), adscritos al hermetismo italiano.

    Su estilo, particularmente difícil de trasvasar a otra lengua, exige mucho del traductor. Entre quienes lo han intentado con mayor fortuna se encuentran Alfonso Reyes Ochoa, Octavio Paz, Rosa Chacel y Pilar Gómez Bedate.

    Conclusión

    Stéphane Mallarmé fue más que un poeta; fue un arquitecto del lenguaje, un explorador de los límites de la palabra. Su obra, aunque breve, es de una densidad y una riqueza inagotables. A más de un siglo de su muerte, su poesía sigue siendo un desafío y una revelación, un recordatorio de que la literatura es, ante todo, un arte de la forma y la invención. Mallarmé nos enseñó a leer el silencio, a encontrar la belleza en la ausencia y a entender que, en la página en blanco, todas las posibilidades del universo están contenidas.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de un corazón estilizado formado por granos de pimienta roja y cristales de sal, que emite una suave luz interna. El corazón reposa sobre una mesa de madera antigua con manuscritos, un tintero y lavanda seca. Al fondo, se aprecia un patio colonial tlaxcalteca con arcos de piedra bajo una luz de atardecer. La escena simboliza la pasión literaria, la identidad cultural de Tlaxcala y la esencia poética de la vida.

    Descubre la profundidad de Citlalli H. Xochitiotzin, la poeta que transforma el latido en verso. Una reseña de Edgar Sánchez Quintana sobre la «pimienta en forma de corazón» y el legado literario de Tlaxcala.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    ¿Cuánto conocemos realmente nuestro corazón? Más allá de ser un músculo o un sistema de fusiones sobresalientes del cuerpo, el corazón es un mito de impactos, un emblema, un emperador que comanda los ejércitos de nuestras fuerzas y funciones vitales. En la vorágine del consumo, lo hemos reducido a un día de comercio, a un San Valentín de aparador; sin embargo, para la sensibilidad poética, sigue siendo una iconografía sagrada, tal como las bellas esculturas que custodian Praga. Es la casa natural de todas las formas del amar y, a veces, una chiquillada de risas que nos devuelve la inocencia. Todo esto y más define nuestra esencia: sal o azúcar, miel o vinagre. Es la pimienta de la vida. ¿Corazón o pimienta? Digamos, con audacia, ¡pimienta en forma de corazón!

    Esta reflexión sobre el pulso vital nos conduce inevitablemente a la figura de Citlalli H. Xochitiotzin Ortega, una de las voces más profundas y necesarias de la literatura tlaxcalteca contemporánea. Hija del legendario muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, Citlalli ha sabido construir un universo propio, donde la poesía no es solo escritura, sino una cosmovisión y una forma de resistencia.

    Una Vida Entre Versos y Raíces

    Nacida en Puebla pero tlaxcalteca por arraigo y devoción, Citlalli ha dedicado más de cuatro décadas a la palabra. Desde su primer poema publicado en 1979, su obra ha madurado hasta alcanzar un reconocimiento internacional. Su poesía es un manantial que brota de lo cotidiano para tocar lo eterno; escribe sobre la esencia femenina, la urgencia ecológica y la presencia de lo divino en lo humano.

    Entre sus obras más destacadas encontramos:

    •»Fulgor de Alimentos»: Un poemario donde moldea su hervor interno y abre su manantial poético al mundo.

    •»Letras de Barro»: Una de sus producciones más recientes que explora la conexión con la tierra y la materia.

    •»Trece Cero: Homenaje a Nicaragua» y «Soles de Tlaxcala»: Obras que reflejan su compromiso social y su profundo amor por su identidad regional.

    La Madurez del Hervor Interno

    Recientemente, su poema «TIEMPO una partícula» ha dado la vuelta al mundo, siendo traducido a cinco idiomas (japonés, alemán, francés, inglés y español) como parte de la antología internacional Lit Blitz. En él, Citlalli utiliza la imagen de las lágrimas de sangre de Cristo para metaforizar el dolor contemporáneo: las guerras, la crueldad y la extinción que marcan nuestro tiempo.

    Para Citlalli, ser poeta es alimentar el espíritu con los elementos elegidos para generar una obra trascendente. Su labor como presidenta de la Fundación Desiderio Hernández Xochitiotzin no ha mermado su pulso creativo; al contrario, ha fortalecido su compromiso con la memoria y la cultura. Como ella misma afirma: «Escribir poesía es parte de ser poeta, pero antes de escribir es alimentar ese espíritu».

    Citlalli H. Xochitiotzin es, en definitiva, esa «pimienta en forma de corazón» que sazona las letras de Tlaxcala, recordándonos que la poesía es el único lenguaje capaz de descifrar los misterios de nuestro músculo más sagrado.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una figura desafiante con expresión feroz y ojos brillantes, en medio de un paisaje urbano desolado y ruinoso. El fondo muestra edificios coloniales en ruinas fusionándose con un cielo gris y contaminado, simbolizando una modernidad decadente. Elementos naturales retorcidos y espinosos se integran sutilmente, representando la lucha y la conexión visceral con la tierra. La atmósfera general es de angustia existencial, rebelión y búsqueda de significado en la desolación. La iluminación dramática resalta el contraste entre luces y sombras, enfatizando la emoción cruda y la dura realidad.

    Explora el «Sembradío de Elucubraciones» de Edgar Sánchez Quintana: un viaje visceral por el nihilismo, la crítica social y la búsqueda de sentido en la desolación de la modernidad.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    México, 2014

    Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tisnada, sí, muy lejos a la pura tisnada.

    Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

    Ahora estoy regocijado, tengo horror al zangoloteo en boga, lo mejor para mí en este momento sería recogerme, completamente bautizado sobre las damas. No me reparto pues, retomo los caminos que me han avecindado donde he cargado con mis desvaríos y he echado raíces de ansiedad como un fardo; desde la edad de la sazón, cuando inicié por cocinar las tortas, el pozole; y que hizo inclinarme al ciclo, que me calienta, me precipita, me remolca.

    Me llegó por fin la última inocencia y la última desvergüenza. Lo dicho era llevar al mundo mis repugnancias y mis traiciones. ¡Vamos! el hastío, la espera, el desierto y la blasfemia. ¿Qué mentira debo sostener? ¿A quién entregarme? ¿Sobre qué tribu caminar? ¿A qué bárbaro servir? ¿A qué dibujo santo atacar? ¿Qué corazones estimularé? Cuidarse, más bien de la democracia de simulación y será la vida dura, en el surco, en los sitios huecos llenos de ocho horas, pues eso es el simple embrutecimiento, acrecentar la brutalidad, con el ojo marchito, y la tapa del ataúd lista para traslaparse con las lajas. Así nada de peligros, ni de ocaso: el terror me acompaña en este destino. ¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco a cualquier perfil poderoso mis impulsos hacia la perfección. ¡Oh mi virtud, oh mi caridad maravillosa depositada aquí en la tierra con profunda modorra!

    Cuando aún era muy niño, admiraba al párroco de la iglesia que consagraba siempre las hostias y hacía abrir las puertas de la sacristía para que entraran pequeños como yo para ser violados y ultrajados por esas sotanas tan santas para las santurronas; visitaba los albergues y los internados que él había santificado con su figura, incluso lo seguía hasta la montaña a escuchar esos sermones vaporosos, cuando arreciaba la ventisca; vio con su idea el cielo azul y las floridas prácticas de provincia; mis testigos y sufrientes amigos decían que el silencio era un buen consejero, por aquel entonces escudriñaba tal fatalidad en ciudad-pueblo, que despedazaba inocencias con mustio empacho. Él, como único juez de su gloria y de su razón, sigue fecundizando picardías a los estrenados camaradas hasta que el señor lo llame a su santa gloria y lo tendrá sentado muy cerca de él y su reino no tendrá fin.

    En los campamentos, durante noches inclementes, sin techo, sin equipo de supervivencia, sin esperanza de encontrar el camino, una voz marchita exhalaba mi nombre desde la arboleda, mi corazón coagulado por la modorra, inició su avance con un pequeño sobresalto. A la mañana siguiente tenía una mirada tan extraviada y un semblante tan muerto que aquellos que hallé tal vez no me hayan visto.

    En la ciudad el smog se me aparecía súbitamente gris y negro, como un hoyanco donde se están quemando los frijoles. ¡Cual un infortunio de cocinero! Buena suerte –pronunciaba- y veía un mar de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las gramíneas lanzándose hacia el cielo: ayocotes, alverjones, alubias y las riquezas saliendo después de ser comidas, todas ellas flameando como un millar de relámpagos desde nalgas paradas como catapultas hostiles. Y yo apuntaba hacia el norte para clamar venganza.

    Pero la orgía y el burkake me estaban prohibidos. También las niñas frescas y castas. ¡Ni siquiera un compañero! Me veía ante una multitud sulfurada ante un par de policías listos para lincharlos y ellos llorando su desgracia de que todos nosotros no pudimos comprender, que eran unos inocentes, eran víctimas propiciatorias ¡y no pudiendo haber perdonado prendían la pira con ramas de pirul y eucalipto para que al quemar la carne ardieran también los ojos impúdicos!—¡Cómo es eso!—Hubo un equívoco al dejarme crecer hasta lo que soy ahora, porque nunca entendieron que debían de cortar la cizaña antes de que se extendiera por todo el terreno, y ahora sabrán que jamás pertenecí a este municipio pedorro; nunca he sido creyente; pertenezco a un estirpe que ha desaparecido y cuya gracia es cantar caminando entre los precipicios y el vacío; carezco de decencia, vomito insolencias a los más venerados, soy una bestia.

    Sí, tengo los ojos cerrados a toda luz. Soy un bárbaro, pero sin remedio, no puedo ser condenado, porque nadie está por encima de mí. En este caserío se respira la fiebre del cáncer más purulento; por sobre las casas escurriendo como gustosa baba, las enredaderas en plena primavera. Los ancianos cuando llegan estos tiempos se creen cada vez más prudentes o más respetables y muy pocos reclaman que los tuesten amarrados en las azoteas. Lo más lúcido es renunciar a este distrito, donde ronda hasta por dentro de mí los enloquecimientos de esa manada de secuestrados pusilánimes. ¡Sed, hambre, ganas de cagar, de echarse una miada en el sitio más inapropiado!

    ¡Ah! No lo había sospechado pero, he recibido el golpe de la desgracia en plena temporada de lluvias, ¿Qué acaso esa desventura no sabía que tengo goteras en mi casa? ¡Vaya desventura de lo más inoportuna! ¡Yo he conocido! –Basta de diccionarios— Sepulto a los vivos en mi estela. ¡Soltemos los gritos a la callada sombra! Ni siquiera vislumbro el lapso maravilloso donde desgranamos fuetazos en sus espaldas, serán agraciados con esa mi bendición, se tirarán en las banquetas para buscar mi bautismo.

    Este viento, viento pájaro de murmullos en farra, como adolescentes rumbo a la feria; viento cruzado, de izquierda a derecha, topándose con las cosas cual muchedumbre con vocación al caos, son aires que se parten la madre y se tuercen hasta verse el culo unos a otros, son objetos que no se ven pero que sí se mueven y se entrometen en cualquier rendija, estruja los árboles, encabrita las nubes abucheadas por estos y por aquellos lados. Corriente afrodisíaca que pasa por los calzones colgados en el tendero, que excita las antenas, flujo aternurado que me hace entrar en la cama y dormir con el rorro de las hojas del árbol cercano, rostro vacío, diversidad sin morfología en faena, felices en peregrinación. Ente despeinador, cegador, creador de mugre, brioso erosionador de los montes exangües, café del cielo, conjurador letal y vanidoso de los pronósticos del tiempo.

    Desde ayer ando fantocheando mis artículos periodísticos, burlándome de ellos, incitando a que duerman su historia, quiero mandarlos a santiguarse frente a mi espejo y que me mienten la madre, pues vulgares, del montón, adobados con jactancias en el sobaco no me sirven de nada pues les falta que suden y que se fajen de la cintura.

    Resulté ser un aprendiz del eco político, me aventajan otros con gran desfachatez y lisonjería, pero a estos otros insultables apóstoles de cutis de casaca, por estos, no doy nada. Los políticos y su enorme sabiduría: ¡patrimonio de la humanidad! Ellos lo saben, la inteligencia se les descobija como gargajo artesanal, son narcisos a la intemperie, presuponiendo que son fastuosos en su beldad; su cabeza resulta ser un musgo encopetado y socavado por un espíritu liliputiense que quiere huirles nomás por traición afanosa. Cuánto daría por un Dios de tales virtudes, para así dejar de preocuparme en ganarme el paraíso pues con ellos puedo conseguirlo con amparo de una manzana mordida.

    Calles hormigueantes, banquetas atestadas de sueños donde circulan sombras de los transeúntes, las ocultaciones de la realidad van de aquí para allá, como savia de árbol, el smog dormitando entre tanta agitación, su brumosidad va decorando esta modernidad de ciudad colonial; es una niebla amarillenta y sucia, como inundando todo de bióxido de carbono. Mi alma va discutiendo cansadamente conmigo sobre este ambiente de pesados nervios; allí están los viejos barrios inundados de años, chorreando décadas, apareciendo en las esquinas las historias más enflaquecidas de invención pero regordetas de realidad, por aquel lado está el espinazo de la ciudad: es decir las colonias populares, de clase media, zonas habitables para el obrero, los empleados de mostrador, las enfermeras y maestros. Allá los rostros arquitectónicos de los antiguos aposentos de los colonialistas, con altos muros, prendidas a una significación permanente de nuestro liliputiense espíritu conquistado y ahora preparamos el centro de la ciudad y sus aledañas cuadras a que se asemejen a la misma idea rejega, el similar asomo de casas de mayoral como si toda la ciudad fuera de la misma condición. Por acullá la yuxtaposición mostrenca: modernidad-identidad (de político analfabeta) de cuya conjunción no logramos más que engendros, diseños corcovados e identidades infusivas y de charada. ¡Festejemos cuantas resoluciones ordeñadas! Necesito de una tolerancia inteligente para seguir discurriendo el verbo, para continuar con este paseo discursivo. Mi alma hace de tal realidad un reflejo harapiento en rasgos tartajosos pues tose lo que puede y a veces lo que no debería. He visto cómo se entusiasma de apetito nuestro futuro, pues buscamos sin lapso alguno nuestra modernidad emparejada, pero lo que nos chicotea de esa maroma son sombras chinescas, muecas de una realidad dosificada de abismos, veo a mi tribu como una entidad haciendo peripecias imberbes, como horda de chamacos con juguete nuevo y ese juguete lustroso se llama modernidad y yo la veo bofa, ávida y nerviosa, como con falta de fundamento, tal cual una ñoña virgen frenética por sus ganas y mi satisfacción placebo ante tal escudriñamiento es echarme a dormir como un santo marrano, babear la almohada, pedorrearme entre las cobijas y así ser feliz soñando que mi avecindado futuro sea cada vez más moderno y mientras más moderno tendré esa tolerancia eucarística propia de los mártires por mi sumisión autóctona.

    Tengo en mi piel un error específico, el resbalón de ser inexistente. ¿En qué motivos radica la certeza de existir si yo no soy? Pero el verbo tuerce la intención aseverada porque no somos, pero solo en parte, solo en algunos mundos, solo en ámbitos errabundos, esferas esquivas, planos diáfanos; la consecuencia plena de inexistencia es independencia, y tal vez libertinaje ¿quién como yo puede rendirle cuentas al silencio y el silencio acepta las más insospechadas elucubraciones? ¿De qué modo es posible sembrar palabras desgarradoras y ponzoñosas si no es con una estela brillante de prohibiciones?

    Qué horizonte más llamativo, el de las espesas nubes sanguinolentas, esa longananza que llama a una observancia inquisidora o a una pereza catatónica; me sobo los pies mientras admiro el tenue semblante dispendioso de anaranjados, carmesíes y blancos, grisáceos allá por la izquierda justo donde se transpira el ambiente húmedo y el zangoloteo infame del chubasco.

    Ante los secuestros contundentes de la conciencia, me presto a la disposición de una violencia de alto octanaje en los adjetivos, ya que la playa carnavalesca de actualidad, hace boicot a todo pensamiento que trata de formarse, he aquí a un habitante de este lastimado destino, henos yendo hacia el dedo de cuantos vértigos, a la boca de donde sale la tierra de los desposeídos; y el viento me entra por la encrucijada tecnología ínfima. Hablo con una lengua rasposa y reveladora, pues las rocas que me hacen tropezar crecen como hongos de muerte. Sí, es una lengua eclipsada, rota, que habla en lenguas, lenguas excluidas, primigenias, despavoridas del presente, por eso se desfonda la voz como objeción mortificada, como una hermosa contestación insolente.

    Los días se suicidan uno tras otro y nadie guarda un poco de sapiencia aunque sea indígena para poder distribuir talismanes protectores de la conciencia. Ni yo mismo ando buscando el infinito porque en mí ya está instalado, las costras imperecederas apenas si se asoman y es la caspa en mi frente. ¡Silencio! ¿Qué no se dan cuenta cómo su cuerpo hecho pedazos va haciendo sonidos a jirones, a roncos gemidos, a tintineos de huesos secos? ¿Qué no les basta con tararear cualquier bobada para distraer el espíritu y vaciar la conciencia? ¿Qué acaso no son ya demasiado desgraciados como para exaltar aún más su desventura? ¡Vayan y escóndanse en la negra que ya acecha, la que se puede ordenar en los sitios donde hormiguean las masas! Vayan en una mañana frágil a esconderse de los últimos sueños de las conciencias agudas, y no salgan de su escondite, porque puede llegar el temblor, el cisma, la muerte que se ha quedado dormida dentro de ustedes. Más valdría romperles el cráneo como nuez y desmembrarles la muerte, su muerte instalada, emplazada a su futuro evasivo y untuoso. ¡Ya vi cómo les crece su muerte y al mismo tiempo empequeñece su vida! Como me gustaría que esa muerte ya tan cercana les pusiera el culo en la cara y respiraran esa hediondez en su último respiro. ¡Basta!, ¡Ya basta! ¡Basta de sus murmuraciones afanadas, dispendiosas, longevas! Pues yo seguiré con este lacerante tóxico de verbos tartajosos, pues la mirada anciana se ha vuelto a recuperar y el viejo socarrón pródigo de irreverencias, escucha su pulso y lo atraviesa insumiso. Esta mirada que traigo hace más fría la escarcha que se ve por los caminos, las imágenes del emparrado y los jardines florecientes han quedado solo en desesperanza, mi observancia inquisidora los torna aún más esqueléticos y desabridos. ¡Hola! ¡La mirada de azufre! ¡El hedor maravilloso de los infiernos!

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista ambientada en el bullicioso Centro Histórico de la Ciudad de México en 1985. En primer plano, un joven con expresión melancólica e intelectual, vestido con una camisa de cuadros ligeramente desaliñada, se encuentra junto a un carrito de gelatinas de colores. Sostiene un libro de filosofía (como 'El Ser y la Nada' de Sartre) en una mano, absorto en sus pensamientos en medio del vibrante caos. Al fondo, se vislumbra la arquitectura icónica del Zócalo o una calle colonial, con vendedores ambulantes, coches antiguos y una sensación general de la vida urbana de los años 80. Un hombre mayor de aspecto sabio, con el rostro curtido y manos callosas, se aleja del joven, mirando hacia atrás con una sutil sonrisa de complicidad. La iluminación mezcla la dura luz del sol del mediodía con el brillo nostálgico del pasado, enfatizando el contraste entre el mundo interior del joven y la vibrante realidad que lo rodea.

    Descubre «El Nihilista de las Gelatinas», un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde la arrogancia intelectual de un joven en el México de los 80 choca con la cruda sabiduría de la calle, revelando una verdad sorprendente.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Ciudad de México, 1985

    Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tisnada, sí, muy lejos a la pura tisnada.

    Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

    Así pensaba Daniel, un joven de veintitantos, mientras el sol de mediodía de la Ciudad de México le pegaba de lleno en la cara. No era un sol cualquiera, era el sol de 1985, un sol que aún no había cicatrizado las heridas del terremoto, pero que ya calentaba las calles del Centro Histórico con la misma indiferencia de siempre. Daniel, con su melena desaliñada y una camisa de cuadros que había visto mejores días, empujaba su carrito de gelatinas por la calle de Madero, entre el bullicio de los transeúntes, los pregones de los vendedores ambulantes y el olor a fritanga y escape de microbús.

    En su mente, las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre danzaban como demonios eruditos. Se creía un intelectual incomprendido, un nihilista de vanguardia, un espíritu libre atrapado en la vulgaridad de la existencia. Cada gelatina de fresa, limón o piña que vendía era un acto de rebeldía, una bofetada al sistema, una prueba de su superioridad moral e intelectual. «¿Qué saben ellos de la angustia existencial?», se decía, mientras extendía una gelatina de mosaico a una señora con el mandado. «Solo buscan el placer inmediato, la satisfacción efímera. Yo, en cambio, busco la verdad, la esencia del ser, la nada que nos consume a todos.»

    Sus días transcurrían entre lecturas clandestinas en el café La Blanca, discusiones acaloradas con otros aspirantes a filósofos en la Alameda Central y la venta de sus gelatinas, que, irónicamente, eran su único sustento. Se sentía un personaje de novela, un héroe trágico, un Quijote moderno luchando contra los molinos de viento de la ignorancia y la mediocridad. Su monólogo interno era su refugio, su armadura, su manera de soportar la realidad que, a sus ojos, era una farsa.

    Una tarde, mientras pregonaba sus gelatinas cerca de la Catedral Metropolitana, un hombre se detuvo frente a su carrito. Era un señor de edad, con el rostro curtido por el sol y las manos callosas, vestido con ropa humilde pero limpia. Su voz era tosca, rasposa, como el papel de lija. «Joven», dijo el señor, con una mirada que parecía haber visto más que todos los libros de la biblioteca de Daniel juntos, «¿a cómo la gelatina de piña?»

    Daniel, con su habitual desdén, le extendió una gelatina. «Diez pesos, señor. Y no es solo una gelatina, es una metáfora de la vacuidad de la existencia, un dulce engaño que nos distrae de la inminente nada.»

    El señor lo miró fijamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Tomó la gelatina, la pagó y, antes de irse, le dijo con esa voz rasposa que resonó en el alma de Daniel como un trueno: «Mire, joven. Yo no sé de Nietzches ni de Sartres, pero llevo sesenta años vendiendo chicles en este mismo zócalo. Y le digo una cosa: la vida no es una metáfora, es lo que uno hace con ella. Y si usted cree que vender gelatinas es una farsa, es porque no ha entendido que hasta en la gelatina más simple hay un chingo de trabajo, de sudor y de esperanza. Y eso, mi joven, es más real que cualquier libro que haya leído. La verdadera nada es no hacer nada con lo que uno tiene, por poco que sea.»

    El señor se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejando a Daniel petrificado. La gelatina de piña en su mano, la misma que había vendido miles de veces, de repente se sintió pesada, real, tangible. La arrogancia intelectual se desvaneció como el vapor de una olla. Las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre, por primera vez, sonaron huecas, distantes, ajenas a la vida que bullía a su alrededor. La justicia poética no vino en forma de rayo o de revelación divina, sino en la voz tosca de un viejo vendedor de chicles, que con una simple verdad, le había dado la lección más grande de su vida. La nada no estaba en el universo, sino en su propia ceguera.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un hombre reflexivo observa una escena que fusiona el pasado y el futuro de la tauromaquia. Se superponen elementos de una corrida de toros tradicional con un torero y un toro, y un toro robótico futurista. El escenario es una plaza de toros que combina arquitectura clásica con tecnología avanzada. La atmósfera es de crítica y contemplación sobre la tradición, la evolución del entretenimiento y la ética de la interacción humano-animal. La iluminación dramática resalta el contraste entre épocas y el proceso de pensamiento del observador.

    Descubre cómo la percepción de la tauromaquia evoluciona desde la fascinación juvenil hasta una profunda reflexión ética. Edgar Sánchez Quintana explora el pasado y el futuro de la fiesta brava, cuestionando su lugar en la conciencia moderna.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Los encantos del pasado han hecho mella, y desgraciadamente ya no comulgo más con ciertas tradiciones. Recuerdo aquellos años de juventud, evocando la canción de «un domingo en la tarde, me tiré al ruedo, para salvar las ansias de novillero, torero… despliega el capote sin miedo, sin miedo a la muerte…». Observando esos animales majestuosos en los rediles de la plaza de toros «Jorge ‘El Ranchero’ Aguilar» de Tlaxcala, me gustaba gritar como ranchero de pueblo y llamar la atención del astado. Era vernos y sopesar su imponencia, su brío, su porte de bestia indómita, claro, eso desde una distancia prudente, como dice el dicho: «de lejos se ven los toros». Y yo, como mocoso citadino, no conocía de animales de rancho más que como carne de mercado. Después, vio cómo la tarde se iba acomodando para recibir una corrida de toros sabatina, con la promesa de ser de las mejores.

    Los sitios se engalanaban al comenzar el mediodía, pues empezaban a llegar esos hacendados ricos, gachupines de siempre, güeros ataviados de charro y mujeres asombradas y vaqueras. Me imagino que para aquel entonces yo no era otra cosa para ellos más que un pinche chamaco pendejo y mocoso vendedor de chicles. Ellos venían de Hidalgo, de Toluca, de Querétaro, de las haciendas de la región; gente adinerada, gente encopetada, muchachos de abolengo, críticos paridos de casta y profusa alcurnia, y eso era bueno, imagínense si no. Me tocaba verlos desfilar por esos pasillos hacia las gradas; algunos eran «gente muy importante» y se acomodaban en lugares de mucho privilegio. Otros se acomodaban en gayola, y los demás en la barda de lo alto que colinda con el exconvento de San Francisco. Eran aquellos que querían disfrutar de la fiesta brava a todo mecate, y se agenciaban también su pulque, aguardiente o alguna otra bebida espirituosa de poca monta, y hacían la rechifla, las mentadas de madre y el escándalo propio de barriada, de la prole, de la chusma vulgar e ignorante. Y entonces allí estaba yo, viendo el espectáculo de luces, es decir, del traje de luces que viste el torero. Después de la faena, los mocosos salíamos corriendo hacia donde sacan al toro de la plaza y lo destazan. Observaba cómo los briosos caballos tiraban de la bestia recién muerta y empezaban a despellejarla ya cortarle las patas; Observaba cómo salía vapor de la carne, y cómo algunas gentes tomaban de su sangre en vasos para hacerse más machos, cosa que para mí era demasiado desagradable y me provocaba náuseas. Me gustaba mezclarme con la gente del pueblo, observar sus actitudes, su parsimoniosa manera de tomar la vida, de vivir las tradiciones, de regodearse de su forma de ser, de existir.

    Pues bien, han sido tiempos ya muy viejos, y mi postura ante tal tradición ha evolucionado. Ahora expongo el porqué.

    ¿Quién soy yo y quién es él? Me refiero al animal. Yo sé quién soy yo, y me considero un humano, un hombre, es decir, un ser vivo que experimenta una existencia o realidad de hombre y que pertenece a la humanidad que habita este planeta. El significado de humano es «hu-man-o», o sea, «alto hombre», o «ser que viene de lo alto o se dirige hacia allá». El nivel de conciencia del individuo es quien determinará las características de su actuar, pensar y decir. A menor grado de nivel de conciencia, obedece un menor conocimiento de las leyes de la creación y de respeto a su ser y su entorno; del mismo modo, a mayor conocimiento de sí mismo y de su entorno, obedece un actuar, un decir y un hacer que corresponde con ese conocimiento elevado. Hasta este punto he definido, de manera tal vez tosca y con prisa, pero suficiente para este apartado. ¿Pero quién es el animal? El animal es un ser vivo, es alguien experimentando una realidad como animal en segunda densidad. ¿El animal tiene conciencia? Sí, sí la tiene. Alguien les ha llamado «hermanos menores», pero para mí somos iguales, amados por Dios y la creación del mismo modo, con la misma fuerza. ¿Por qué someter a mi hermano a tal vileza, a tal burla, a continuar esta tradición torcida y muy «artísticamente taurina»? ¿Por qué no inventan unos toros mecánicos robotizados para que el torero tenga ciertas posibilidades de matarse «artísticamente» y sea una faena de muchas entradas? Y en lugar de orejas y rabo, se le pueden conceder al capoteador un trofeo o unas medallas con la figura de Cepillín o con la efigie de la Virgen de Juquila, todo para no demeritar su oficio. Yo digo que en Tlaxcala, México, todo puede ser posible, desde ser un sitio de mayor tradición charra y de toros de lidia hasta ser el emporio del comienzo de las corridas de toros de lidia mecánicos robotizados para goce y disfrute de la fiesta más brava.