
Descubre las profundas connotaciones simbólicas y el erotismo oculto en las corridas de toros. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que explora la historia, la metafísica y la psicología de la fiesta brava.
Por Edgar Sánchez Quintana
Asistir a una corrida de toros es, de alguna u otra manera, sorprendente, sobre todo si nunca antes nos había llamado la atención. Al presenciar la fiesta brava, nuevas experiencias y elementos ocultos de nuestro carácter emergen, sentidos que despiertan y se hacen presentes. Los conocimientos previos sobre los toros se empequeñecen al tener la oportunidad de ver y apreciar en vivo tal festividad.
La oportunidad se me presentó por pura casualidad, como muchas cosas en mi vida. Con un boleto regalado en mis manos, no quedaba más que cruzar el portón de la plaza de toros para apreciar el espectáculo. Soy un hombre dedicado a las letras, un «ratón de biblioteca», por lo que prefiero evitar espectáculos y aglomeraciones. Tiempo atrás, había leído un pequeño folleto de principios de siglo que calificaba la corrida de toros como una «salvajada» que debía prohibirse por el bien de las buenas costumbres y el respeto a las reglas más puras del cristianismo temeroso de Dios. Más adelante, tuve la oportunidad de leer otro texto sumamente interesante sobre la fiesta brava: El Espejo Humeante de Carlos Fuentes. En uno de sus primeros capítulos, Fuentes desarrolla los conceptos teóricos e históricos vinculados a las corridas de toros, remontándose a la cultura romana, al circo y al coliseo como cimientos históricos de lo que hoy presenciamos. Aunque haya variado tanto, en el coliseo romano no solo se enfrentaban toros, sino bestias de las más diversas clases contra pobres e indefensos cristianos o malhechores (en aquellos tiempos, la diferencia no era mucha). Esto contrasta con el capoteo actual, pues en tiempos del Imperio Romano, los hombres eran atados a un poste central para no darles tiempo de escapar y facilitar la tarea a los animales carnívoros. Uno puede imaginar la mezcla de griterío en las gradas, el coro griego, los instrumentos de viento, tambores y cuerdas, los rugidos de la bestia, los estertores del hombre que observa cómo la bestia le hinca los colmillos y le desgarra las piernas o el tórax. Supongo que eso no nos resultaría muy agradable de ver, por más desalmados y de sangre fría que seamos; la crueldad es denigrante para cualquiera. En la cúspide del Imperio Romano, existían distintas formas de muerte para los delincuentes, como la crucifixión, pero esta era muy lenta y carecía de emoción, por lo que la gente prefería el circo romano, que era más bien «pan y circo» para la horrible población. El circo romano era el sitio de reunión de todas las clases de la ciudad: el emperador como máxima autoridad, luego los senadores, su séquito, las distintas castas y, finalmente, los esclavos y las mujeres. Era un espectáculo que duraba todo el día. Al final, todos se sentían complacidos: el emperador había demostrado su poder, los ciudadanos habían disfrutado y los esclavos no sentían deseos de rebelión.
En la fiesta de los toros se ven implicados distintos conceptos dicotómicos. Es una lucha casi metafísica entre el bien y el mal, un encuentro guerrero entre las fuerzas salvajes de la naturaleza y el poder humano de la razón. Es una confrontación entre lo irracional, lo voluptuoso y salvaje contra las leyes básicas de la óptica, la lógica y el porte gallardo y humano. Las ideas de la muerte de la bestia o el triunfo del hombre sobre ella nos llegan desde los mitos griegos (recordemos al Minotauro, mitad hombre, mitad bestia) o los mitos escandinavos de luchas con bestias aladas y dragones, donde el héroe, el salvador del pueblo, el semidiós, es quien triunfa. Es el hombre quien sale victorioso —aunque algunas veces el toro lo coge— de una lucha igual, cada uno con sus armas. En muchas ocasiones se ha dicho que la fiesta de los toros es inhumana porque se hace sufrir a un animal. Yo pienso que no; lo menos que se busca es hacer sufrir, y la muerte está calculada cronométricamente. Si el matador no logra una buena estocada o yerra varias veces, lo que consigue es la rechifla del auditorio y el castigo de la autoridad. Aún más, y en muchas ocasiones, los más abucheados y maldecidos son los picadores, quienes deben cuidarse de no castigar demasiado, porque con los chiflidos y gritería les recuerdan muchas cosas.
Este festival de toros me hizo recordar que, como humanos, seguimos siendo carnívoros, depredadores, cazadores, y continuamos doblegando a las fieras salvajes con inteligencia. Tal vez se piense que este espectáculo es para hombres muy machos, pero las estadísticas demuestran lo contrario, puesto que un muy buen porcentaje de los asistentes a la plaza de toros son mujeres, por lo siguiente: la fiesta brava tiene su lado erótico, y esto no es una invención mía, está teóricamente documentado. Desde el toro con un peso descomunal, el cuerpo bien proporcionado, los testículos colgando, el pelaje brilloso y sus carnes fibrosas y duras, su fiereza, lo salvaje, el temperamento y su sangre bañando su lomo, hasta el torero con su traje de luces bien entallado, mostrando en una especie de bolsa ceñida entre las piernas el pene y los testículos. Es el hombre delgado, gallardo y bien emplomado en el ruedo, así como su simpatía, la belleza del cuerpo viril mostrándose en un baile que me recuerda a las aves del paraíso o los pavos reales, y luego la sangre, el rojo encendido. Todos estos son elementos eróticos altamente sexuales. Ver la sangre en el lomo del morlaco es un afrodisíaco; las banderillas anuncian una penetración en ese rojo encendido, y luego la penetración profunda en esa herida, la descarga al interior con un arma larga y delgada. El éxtasis del momento es la penetración de la espada; entonces se produce en el espectador una especie de catarsis momentánea y luego la calma, el respiro. Podría interpretarse como un coito público, donde no hay ganadores; el evento es lo más importante. Más de un asistente seguramente tiene fantasías sexuales o termina la tarde con alguien en la cama, y esto no es exagerar.
Recuerdo que a la salida de la plaza, un grupo de mujeres solteras y bellas hablaban de «una cogida del toro», luego se referían a ellas, lanzándose una pelotita verbal. Se veían muy entusiasmadas y, sobre todo, excitadas. Camino a casa, por las calles, me puse a reflexionar sobre la manera de potenciar estos eventos, viendo el resultado que asoma a las mujeres.








