Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista. En el centro, un torero con un vibrante traje de luces realiza un pase elegante con un toro. El toro es poderoso y musculoso, con una expresión feroz, pero también con un sentido de compromiso ritual. La arena está tenuemente iluminada, con un foco dramático sobre el torero y el toro, enfatizando su danza. En el fondo, se aprecian sutiles superposiciones, casi fantasmales, de combates de gladiadores romanos antiguos, insinuando las raíces históricas. Los elementos rojos (sangre, capote) son prominentes pero estilizados, no sangrientos. La atmósfera es intensa, ritualista y sutilmente erótica, capturando la danza primal entre el hombre y la bestia.

    Descubre las profundas connotaciones simbólicas y el erotismo oculto en las corridas de toros. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que explora la historia, la metafísica y la psicología de la fiesta brava.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Asistir a una corrida de toros es, de alguna u otra manera, sorprendente, sobre todo si nunca antes nos había llamado la atención. Al presenciar la fiesta brava, nuevas experiencias y elementos ocultos de nuestro carácter emergen, sentidos que despiertan y se hacen presentes. Los conocimientos previos sobre los toros se empequeñecen al tener la oportunidad de ver y apreciar en vivo tal festividad.

    La oportunidad se me presentó por pura casualidad, como muchas cosas en mi vida. Con un boleto regalado en mis manos, no quedaba más que cruzar el portón de la plaza de toros para apreciar el espectáculo. Soy un hombre dedicado a las letras, un «ratón de biblioteca», por lo que prefiero evitar espectáculos y aglomeraciones. Tiempo atrás, había leído un pequeño folleto de principios de siglo que calificaba la corrida de toros como una «salvajada» que debía prohibirse por el bien de las buenas costumbres y el respeto a las reglas más puras del cristianismo temeroso de Dios. Más adelante, tuve la oportunidad de leer otro texto sumamente interesante sobre la fiesta brava: El Espejo Humeante de Carlos Fuentes. En uno de sus primeros capítulos, Fuentes desarrolla los conceptos teóricos e históricos vinculados a las corridas de toros, remontándose a la cultura romana, al circo y al coliseo como cimientos históricos de lo que hoy presenciamos. Aunque haya variado tanto, en el coliseo romano no solo se enfrentaban toros, sino bestias de las más diversas clases contra pobres e indefensos cristianos o malhechores (en aquellos tiempos, la diferencia no era mucha). Esto contrasta con el capoteo actual, pues en tiempos del Imperio Romano, los hombres eran atados a un poste central para no darles tiempo de escapar y facilitar la tarea a los animales carnívoros. Uno puede imaginar la mezcla de griterío en las gradas, el coro griego, los instrumentos de viento, tambores y cuerdas, los rugidos de la bestia, los estertores del hombre que observa cómo la bestia le hinca los colmillos y le desgarra las piernas o el tórax. Supongo que eso no nos resultaría muy agradable de ver, por más desalmados y de sangre fría que seamos; la crueldad es denigrante para cualquiera. En la cúspide del Imperio Romano, existían distintas formas de muerte para los delincuentes, como la crucifixión, pero esta era muy lenta y carecía de emoción, por lo que la gente prefería el circo romano, que era más bien «pan y circo» para la horrible población. El circo romano era el sitio de reunión de todas las clases de la ciudad: el emperador como máxima autoridad, luego los senadores, su séquito, las distintas castas y, finalmente, los esclavos y las mujeres. Era un espectáculo que duraba todo el día. Al final, todos se sentían complacidos: el emperador había demostrado su poder, los ciudadanos habían disfrutado y los esclavos no sentían deseos de rebelión.

    En la fiesta de los toros se ven implicados distintos conceptos dicotómicos. Es una lucha casi metafísica entre el bien y el mal, un encuentro guerrero entre las fuerzas salvajes de la naturaleza y el poder humano de la razón. Es una confrontación entre lo irracional, lo voluptuoso y salvaje contra las leyes básicas de la óptica, la lógica y el porte gallardo y humano. Las ideas de la muerte de la bestia o el triunfo del hombre sobre ella nos llegan desde los mitos griegos (recordemos al Minotauro, mitad hombre, mitad bestia) o los mitos escandinavos de luchas con bestias aladas y dragones, donde el héroe, el salvador del pueblo, el semidiós, es quien triunfa. Es el hombre quien sale victorioso —aunque algunas veces el toro lo coge— de una lucha igual, cada uno con sus armas. En muchas ocasiones se ha dicho que la fiesta de los toros es inhumana porque se hace sufrir a un animal. Yo pienso que no; lo menos que se busca es hacer sufrir, y la muerte está calculada cronométricamente. Si el matador no logra una buena estocada o yerra varias veces, lo que consigue es la rechifla del auditorio y el castigo de la autoridad. Aún más, y en muchas ocasiones, los más abucheados y maldecidos son los picadores, quienes deben cuidarse de no castigar demasiado, porque con los chiflidos y gritería les recuerdan muchas cosas.

    Este festival de toros me hizo recordar que, como humanos, seguimos siendo carnívoros, depredadores, cazadores, y continuamos doblegando a las fieras salvajes con inteligencia. Tal vez se piense que este espectáculo es para hombres muy machos, pero las estadísticas demuestran lo contrario, puesto que un muy buen porcentaje de los asistentes a la plaza de toros son mujeres, por lo siguiente: la fiesta brava tiene su lado erótico, y esto no es una invención mía, está teóricamente documentado. Desde el toro con un peso descomunal, el cuerpo bien proporcionado, los testículos colgando, el pelaje brilloso y sus carnes fibrosas y duras, su fiereza, lo salvaje, el temperamento y su sangre bañando su lomo, hasta el torero con su traje de luces bien entallado, mostrando en una especie de bolsa ceñida entre las piernas el pene y los testículos. Es el hombre delgado, gallardo y bien emplomado en el ruedo, así como su simpatía, la belleza del cuerpo viril mostrándose en un baile que me recuerda a las aves del paraíso o los pavos reales, y luego la sangre, el rojo encendido. Todos estos son elementos eróticos altamente sexuales. Ver la sangre en el lomo del morlaco es un afrodisíaco; las banderillas anuncian una penetración en ese rojo encendido, y luego la penetración profunda en esa herida, la descarga al interior con un arma larga y delgada. El éxtasis del momento es la penetración de la espada; entonces se produce en el espectador una especie de catarsis momentánea y luego la calma, el respiro. Podría interpretarse como un coito público, donde no hay ganadores; el evento es lo más importante. Más de un asistente seguramente tiene fantasías sexuales o termina la tarde con alguien en la cama, y esto no es exagerar.

    Recuerdo que a la salida de la plaza, un grupo de mujeres solteras y bellas hablaban de «una cogida del toro», luego se referían a ellas, lanzándose una pelotita verbal. Se veían muy entusiasmadas y, sobre todo, excitadas. Camino a casa, por las calles, me puse a reflexionar sobre la manera de potenciar estos eventos, viendo el resultado que asoma a las mujeres.

  • Filósofo anciano de cabello blanco y lentes redondos escribe con intensidad en un escritorio lleno de libros filosóficos en una biblioteca universitaria de Ciudad de México al atardecer, con un ejemplar de El Capital y manuscritos a la vista, evocando el exilio intelectual y la praxis filosófica.

    Una reflexión personal y filosófica sobre el legado de Adolfo Sánchez Vázquez, el gran filósofo del exilio español en México. El autor revisita su propia formación intelectual para explorar por qué la filosofía de la praxis no cuajó en el México de los años ochenta.

    Por: Edgar Sánchez Quintana

    La noticia de la muerte de un maestro resuena de formas inesperadas, impulsándonos a revisitar las ideas que nos constituyeron. La partida de Adolfo Sánchez Vázquez, acaecida en julio de 2011, me transporta a los tiempos en que, como estudiante y aprendiz del oficio filosófico, recorría los Congresos Nacionales de Filosofía. En ese ecosistema intelectual, Sánchez Vázquez era una figura central, una de los que llamábamos con una mezcla de reverencia y distancia las «vacas sagradas». Su trayectoria, forjada en el crisol del exilio republicano español, era ya un vasto territorio de pensamiento que había contribuido decisivamente a la fisonomía de la filosofía mexicana moderna.

    .El legado de los transterrados españoles, esa brillante generación de intelectuales que el franquismo arrojó a nuestras costas y que el México de Lázaro Cárdenas supo acoger, fue un motor de renovación para las humanidades en el país. Sánchez Vázquez fue uno de sus más preclaros exponentes, inyectando en la academia mexicana un marxismo crítico, abierto y profundamente humanista que contrastaba con las versiones dogmáticas que circulaban en otras latitudes. Mi propia formación filosófica se debatió en la tensión de esas ideas: por un lado, el marxismo-leninismo que autores como él defendían y, por otro, las corrientes en boga como la filosofía latinoamericana, la fenomenología, el estructuralismo y el giro lingüístico. En este ensayo, rememoro esa encrucijada para explorar por qué la categoría central de su pensamiento, la praxis , nunca pareció cuajar del todo en el terreno intelectual mexicano de los años ochenta.

    La Filosofía de la Praxis como Proyecto Crítico

    El núcleo del proyecto filosófico de Sánchez Vázquez fue el rescate de la praxis como categoría fundamental, no solo para el materialismo histórico, sino para la filosofía en su conjunto. En su obra capital, Filosofía de la praxis (1967), la define como una actividad humana transformadora —teórica y práctica— que media entre la conciencia y la realidad. Para él, el problema fundamental de la filosofía no era la relación ontológica entre ser y pensar, sino la forma en que el ser humano, a través de su acción consciente, transforma el mundo y se transforma a sí mismo.

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    Esta concepción se oponía frontalmente al materialismo dialéctico dogmático, que había reducido el marxismo a un conjunto de leyes mecanicistas. Sánchez Vázquez, en línea con pensadores como Antonio Gramsci, buscaba devolverle al sujeto su papel activo y creador. La praxis, por tanto, no es mera práctica o activismo; es la unidad dialéctica de la interpretación y la transformación, la teoría que se realiza y la acción que se piensa. Era una invitación a que la filosofía abandonara la mera contemplación y se convirtiera en una fuerza efectiva para la emancipación humana.

    Un Terreno Espinoso: La Filosofía Mexicana en los Ochenta

    Sin embargo, esta potente idea encontró un suelo difícil en el México de los ochenta. El ambiente filosófico era un vibrante pero fragmentado «tuttifrutti» de posturas importadas. Mientras en Europa se procesaba el post-existencialismo de Sartre y emergían con fuerza las figuras de Wittgenstein, Foucault, Bachelard o Derrida, en México estas corrientes llegaban como un mosaico de opciones teóricas que a menudo se adoptaban sin un anclaje profundo en la realidad local. La filosofía, en muchos círculos, corría el riesgo de alejarse de su ambiente vital para convertirse en una suerte de sociología de las ideas o en una exégesis de pensadores foráneos.

    En este contexto, la propuesta de Sánchez Vázquez enfrentaba una paradoja. El marxismo que él defendía tenía un impulso innegable, nutrido por el legado del 68, las influencias trotskistas y los ecos de los procesos revolucionarios en Cuba y Chile, que alimentaban a una izquierda política en gestación. No obstante, la idea de una filosofía de la praxis, que exigía una articulación robusta entre la universidad, los movimientos sociales y un proyecto político concreto, parecía no encontrar los canales para realizarse plenamente. Como sucede con la crítica de Habermas a la colonización del mundo de la vida por el sistema, donde los modos de entendimiento comunicativo se ven obstruidos por una racionalidad instrumental.

    , en el México de entonces la sociedad no parecía lo suficientemente permeable o articulada para que la praxis filosófica encontrara un agente colectivo claro.

    El problema, como bien se intuía en aquellas discusiones, era la ausencia de un «constructor» o un «simiente» propio. La filosofía mexicana parecía tener dificultades para digerir y adaptar las corrientes externas. El «afrancesamiento» o la «europaización» no eran aptos para una cultura que aún debatía su propia identidad, un debate en el que incluso el pensamiento latinoamericanista, que abogaba por una identidad continental, encontraba tropiezos para generar consensos.

    Conclusión: El Legado de una Intención

    Adolfo Sánchez Vázquez puso en la palestra una de las versiones más ricas y fecundas del pensamiento marxista. Su insistencia en la praxis como una filosofía de la transformación radical sigue siendo un llamado vigente contra la especulación estéril. Sin embargo, el hecho de que su proyecto no «cuajara» como fuerza hegemónica en México no debe leerse como un fracaso de su teoría. Fue, más bien, el síntoma de un campo intelectual fragmentado, donde las ideas, por más potentes que eran, tenían problemas de «enraizamiento».

    Su pensamiento, como el de otros exiliados, enriqueció inmensamente el panorama filosófico mexicano, abriendo horizontes críticos indispensables. Aunque la praxis no se convirtiera en el motor de la transformación social a la escala que él habría deseado, su obra nos legó las herramientas para seguir pensando la relación ineludible entre la filosofía, la crítica y la posibilidad de un mundo más humano. Repasar su pensamiento hoy no es un acto de nostalgia, sino una forma de reactivar una pregunta fundamental: ¿cómo puede la filosofía volver a ser una práctica de la libertad?

    Referencias

    [1]  Wikipedia. «Exilio republicano español en México». Consultado el 25 de febrero de 2026.

    [2]  Sánchez Vázquez, A. (1983). «La filosofía de la praxis como nueva práctica de la filosofía». Cuadernos Políticos, (38), 60-73.

    [3]  Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa, vol. II: Crítica de la razón funcionalista. Tauro.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista. En primer plano, un corazón humano luminoso está sutilmente encadenado con una cadena casi invisible. Esta cadena se extiende hacia el fondo, donde se conecta con una corona real sombría que flota sobre un paisaje urbano moderno. La ciudad misma parece una fachada, con grietas que revelan patrones intrincados, casi digitales, debajo. La atmósfera general es de control oculto, manipulación sutil y un cuestionamiento de la libertad percibida. La iluminación es dramática, con sombras profundas y luces que enfatizan las conexiones ocultas.

    Es casi un hobby vituperar la democracia en la que vivimos. Este escozor impulsa a muchos a ponerse a la defensiva o a lanzar ataques arteros con las palabras más osadas en el ámbito político. Esta pose es compartida, jugada y disertada por muchos; es algo hermoso que, al final, se reduce a una razón egoica, hinchada de pecho y muy copetuda. Todos, al fin y al cabo, creen tener la razón, su propio sentir, una razón que a cada uno le parece justa.

    Si viajamos por la historia de las ideas o la genealogía política, encontraremos conceptos que cada quien asume como propios, se adueña de ellos, los comparte o compra un boleto para defenderlos. Es una suerte de barajar y tomar prestado, y desde allí, asumir y regodearse. Pero, ¿tiene esto sentido? ¿Puede realmente construir al individuo, a su ser y a su estar?

    Tal pareciera que no sabemos que vivimos esclavizados, porque si lo supiéramos, intentaríamos liberarnos. Sin embargo, no veo la celda por ningún lado, no veo los grilletes a los que estoy atado, ni la gargantilla que me detiene. Entonces, eso significa que soy libre, porque puedo moverme hacia cualquier sitio. Pero, aunque pudiera moverme libremente, las ataduras mentales seguirían presentes. Veamos cómo.

    Diversos autores y filósofos contemporáneos han establecido que nuestra esclavitud es sutil, invisible, vaporosa. El libre no es aquel que posee más y puede ir a cualquier lugar o adquirir propiedades diversas; ese es, más bien, el atado, porque se encuentra dentro de lo que es el Estado, dentro de la estructura misma.

    Las monarquías fueron desapareciendo paulatinamente a lo largo de los siglos, pero, a mi parecer, lo que hicieron fue pasar tras bambalinas, acomodarse, como diría Maquiavelo, como el poder detrás del poder. Las monarquías de Europa no tardan en derrumbarse, pero esas monarquías son insostenibles; algo tienen que ofrecer al «pueblo» para que este se sienta libre. Y lo que el pueblo conseguirá es una mueca de democracia, un jocoso intento de ser más justos, más igualitarios. La burla de los oligarcas y de la monarquía establecida, incluso en países «democráticos», es dar pan duro a una comunidad de dolientes sedientos de libertad, que al final será una libertad pírrica, una libertad programada.

    Desde una perspectiva simplista, existe el amo y el esclavo, el rey y su súbdito, el tirano y su avasallado. Esta relación dicotómica puede romperse, el juego puede terminar. Esto ocurre cuando una de las partes deja de participar, ya no le interesa.La monarquía establecida en todo el mundo puede terminar; sus tentáculos llegan a todo el planeta. Pero la cabeza, el cerebro, no está a la vista. Eso es cuestión de tiempo, pero también podemos vislumbrar dentro de nosotros mismos nuestro modo de impulsar la intención de darnos cuenta. En serio, siempre podemos vituperar la situación actual en la que se vive, hablar de ricos y pobres, de ricachones y miserables, sin ver que, dentro de lo que nosotros percibimos, aún existe el esclavo pidiendo justicia. Es el avasallado pidiendo que la bota del tirano sea con peluche y acolchada, sin poder ver que estamos imbuidos en una matrix que nos comanda de una manera por demás socarrona.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que evoca la atmósfera bohemia de los años 70 y 80 en la Ciudad de México. En primer plano, un joven estudiante carismático ríe con amigos en una habitación de una casa de huéspedes. Sobre una mesa de madera desordenada hay libros, botellas vacías y una máquina de escribir antigua. A través de una ventana se aprecian las vibrantes calles de la ciudad iluminadas con neones nocturnos. La iluminación es cálida y nostálgica, capturando la alegría de las aventuras compartidas y la curiosidad intelectual.

    Explora la irreverente juventud de Ignacio Trejo Fuentes en «Carta a los Romanos». Una crónica de Edgar Sánchez Quintana sobre el ingenio, las andanzas universitarias y el legado de un maestro de las letras mexicanas.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Jocosidad, encanto verbal e ingenio en las artes de la escritura son las marcas distintivas de Ignacio Trejo Fuentes (1955-2024), autor de la centelleante narrativa Carta a los Romanos. Durante una charla con el escritor en el Festival de las Tres Culturas en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, los asistentes tuvimos el privilegio de acercarnos a su obra y, particularmente, a este título que ya se ha convertido en un referente de su estilo personal [1].

    Carta a los Romanos (2013) es una exposición de historias narrativas de juventud, con un fuerte carácter autobiográfico. En sus páginas, Trejo Fuentes relata las andanzas de su mocedad: vivencias tan locas como insanas, tan disparatadas como alcoholizadas, llenas de situaciones que solo los imberbes buscadores de aventuras pueden protagonizar para ponerle sabor a la vida. Es una serie de relatos trenzados y enmarcados en la atmósfera bohemia de las décadas de los 70 y 80, durante su etapa universitaria en la Ciudad de México [2].

    En este libro gracioso y repleto de peripecias, el escritor desatempera la razón para sumergirnos en la cotidianidad de las casas de huéspedes, los compañeros de cuarto, las muchachas que cautivan la mirada y las complicidades con los amigos. Narra su experiencia de recorrer la capital como un fuereño, como un desadaptado social que se asume como el «loco del cuento», compartiendo aventuras y peripecias con una honestidad brutal y divertida.

    Ignacio Trejo Fuentes convenció a un auditorio lleno, compuesto principalmente por jóvenes ávidos de escuchar a un periodista premiado y a un profesor de muchas generaciones de la UNAM. Su amplia experiencia en las letras, su labor como tallerista y su incansable caminar por calles, ciudades y países, le otorgan una autoridad natural que emana de la vivencia directa y la reflexión crítica.

    Poder charlar con un autor de su talla nos deja una riqueza invaluable y una profunda admiración. Su legado como cronista de la vida cultural mexicana y como maestro de la palabra escrita seguirá resonando en quienes buscan en la literatura un espejo de sus propias locuras y búsquedas.

    Perfil de Ignacio Trejo Fuentes

    AspectoDetalle
    OrigenPachuca, Hidalgo (1955)
    VocacionesCronista, crítico literario, ensayista y narrador
    Obra DestacadaCarta a los Romanos, Hace un mes que no baila el Muñeco, Loquitas pintadas
    TrayectoriaProfesor en la UNAM, periodista cultural y tallerista literario

    Referencias:

    1.Ignacio Trejo Fuentes – Detalle del autor (ELEM)

    2.Carta a los romanos : Fondos editoriales México – SIC Cultura

    3.Muere a los 68 años el escritor y periodista Ignacio Trejo Fuentes – La Jornada

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de un libro abierto titulado 'Cuentos para una tarde de ocio' sobre una rústica mesa de madera. Las páginas están ligeramente gastadas, sugiriendo una lectura entrañable. Al fondo, se despliega un impresionante paisaje de la sierra de Chihuahua, con montañas escarpadas, pinos y un cielo vasto y claro. La iluminación es cálida y acogedora, como la del sol de la tarde, creando una atmósfera íntima pero expansiva. Una sutil taza de café o té acompaña al libro. El ambiente general es de contemplación tranquila y el placer de la lectura, profundamente conectado con el paisaje del norte de México.

    Descubre el «sabor anorteñado» de Raúl Manríquez en su libro «Cuentos para una tarde de ocio». Una reseña de Edgar Sánchez Quintana que celebra la maestría de un autor esencial en la literatura de Chihuahua.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    El libro de cuentos Cuentos para una tarde de ocio, de Raúl Manríquez, es una obra que se devora de una sentada. Con una prosa de fácil digestión y un inconfundible «sabor anorteñado», este volumen confirma la maestría de un viejo amigo de las letras chihuahuenses. Raúl Manríquez, nacido en Ciudad Cuauhtémoc en 1962, se ha consolidado como uno de los escritores más destacados y prolíficos de la región, con una trayectoria que abarca la ingeniería, la literatura y la educación [1].

    En Cuentos para una tarde de ocio, Manríquez se apresta a describir situaciones, narraciones y descripciones de la sierra de Chihuahua y sus alrededores. Su prosa es justa, sin recovecos, y matizada con finas descripciones del entorno que transportan al lector a los paisajes y atmósferas del norte. De entre sus páginas, dos narraciones se alzan con méritos de antología: «La seca ley» y «Cibererótico». Ambos cuentos, con sus desenlaces sorprendentes, dejan un grato sabor a miel, demostrando la habilidad del autor para construir relatos concisos y profundamente humanos.

    Este libro no solo me convence, sino que prueba una vez más que en nuestro país existen escritores con un semblante literario digno de exportación. La capacidad de Manríquez para capturar la esencia de su tierra y sus gentes en narraciones breves es un testimonio de su talento.

    Entre las obras que sin duda seguiré leyendo de este autor se encuentran la novela La vida a tientas (2003), publicada por la editorial Plaza y Valdés, y Días de Septiembre (2007), novela que le valió el prestigioso Premio Nacional de Novela Justo Sierra O’Reilly [2]. La obra de Raúl Manríquez es un referente ineludible en la literatura contemporánea de Chihuahua, un autor que, con cada publicación, enriquece el panorama cultural de México.

    Bibliografía Selecta de Raúl Manríquez

    ObraGéneroAño de PublicaciónReconocimientos
    JonásNarrativa1996
    Quinteto para un pretéritoPoesía (coautor)2000
    El jardín del colibríEnsayo literario2002
    Cuentos para una tarde de ocioCuentos2003 (2ª ed. 2006)
    La vida a tientasNovela2003
    Días de SeptiembreNovela2007 (reeditada 2022)Premio Nacional de Novela Justo Sierra O’Reilly 2007
    Alquimia de la muerteNarrativa2017

    Referencias:

    1.Raúl Manríquez Moreno – Detalle del autor (ELEM)

    2.Raúl Manríquez / El escritor cuauhtemense presentó su libro » – Tramoyam

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano una vibrante y bulliciosa escena callejera en Tlaxcala, con arquitectura colonial, mercados tradicionales (tianguis) y personas interactuando. En el fondo, sutilmente integrados, hay elementos modernos como un horizonte urbano distante, una pantalla de televisión que refleja noticias globales y, quizás, un tenue contorno de una combi (transporte colectivo). La imagen debe transmitir las ricas capas históricas de Tlaxcala coexistiendo con la vida contemporánea, enfatizando la mezcla de tradición y modernidad. La atmósfera debe ser animada, colorida y profundamente arraigada en su identidad cultural.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Tlaxcala, para mí, no ha sido meramente una ciudad donde vivir o un lugar para sentirnos cómodos con su pasado. Ha sido, más bien, el crisol donde la historia y el tiempo incesante se entrelazan, el contexto que une la tradición con la modernidad. ¿Por qué esta reflexión sobre la historia de Tlaxcala, como si estuviéramos ofreciendo un simple palmoteo?

    Últimamente, me ha perturbado la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía solo en su riqueza cultural o en sus anales, sino en el respeto hacia su historia —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención reverente a su ayer. Aprender de las situaciones pasadas nos permite no repetirlas y edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

    En ocasiones, he presenciado situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

    Así, la ciudad de Tlaxcala se erige como un punto medular en la historia particular del estado y, a la vez, un nodo circundante en la vasta Historia de México. Es un depósito histórico, legendario y fidedigno de los ires y venires de los hombres de esta región. Basta con recorrer el Palacio de Gobierno, la Parroquia de San José, los portales, el exconvento de San Francisco, Ocotlán, la capilla abierta, el Teatro Xicohténcatl, “el pocito” o el Palacio de la Cultura, para identificar la esencia de Tlaxcala. A esto se suman las nuevas atracciones y apreciaciones de la capital, como los escenarios ubicuos, el teatro del pueblo provinciano, con matices y semejanzas, e incluso más exigencias y necesidades que las ciudades norteamericanas, aunque con escasa vida nocturna. Sin embargo, cada familia conectada a una red televisiva que los encandila noche tras noche, es lo típico de la tlaxcaltequidad mezclado con la cultura de las grandes ciudades; es el pan de fiesta, el dulce de alegría combinado con los productos que llegan de muy lejos.

    Pese a la tan nombrada pérdida de valores y de identidad, considero que los tlaxcaltecas permiten que sobreviva una miscelánea de transculturaciones y absorciones sin que ello borre aquello que caracteriza nuestra identidad regional: los mitos, el jolgorio, las fiestas, la tradición, las leyendas. Y en ello, la síntesis: las cintas hollywoodenses en el Cinema Tlaxcala, el náhuatl hablado en los portales junto al inglés de los turistas, el restaurante con gastronomía extranjera y los bocadillos de la cocina mexicana. El paisaje parcial de la tienda de regalos, de la estética unisex, de la panadería “La Picota”, de la decoración de interior al estilo moderno con la fachada de la ciudad colonial y el color granate en el muro; el centro comercial y el tianguis tradicional donde en algunos lugares todavía se negocia con el trueque; el antiguo callejón del hambre ahora transformado; los tamaleros con su producto en torta; el río Zahuapan y su “agüita”, o las parejitas en la ribera romántica; la avenida Juárez y su regimiento de bancos y otro tanto de policías; la ciudad pródiga en combis de transporte colectivo, y también en embotellamientos, manifestaciones, huelgas, asentamientos, unidades habitacionales de clase media, la avalancha de la fayuca, así como del turista chilango (el término descriptivo); de restaurantes y hoteles, de cafeterías y torterías como un mercado del sentarse, comer y ver. Todo alrededor importa; el ojo se encuentra observando la historia en cada esquina, en cada adorno de la arquitectura churrigueresca, colonial.

    Habría que señalar lo que el tiempo ha traído: la década de los setenta, la fábrica Zahuapan en su apogeo, el mercado viejo y su centena de ratas de alcantarilla, el desborde del río Zahuapan, los jóvenes de “onda” retardada, mestiza y muy autóctona, y su música, la cumbia; el cine Matamoros —hoy desaparecido— presentando la película “El Exorcista”; Emilio Sánchez Piedras en el gobierno; los “gavilanes” haciendo lo suyo; los murales cultivando salitre; también los prostíbulos con fachada de loncherías. La provinciana capital de Tlaxcala participando con los movimientos culturales de un México cambiante, era Juan José Arreola publicando en El Sol de Tlaxcala, así como Carlos Fuentes y Cortázar, entre otros.

    En los cambios se van gestando una serie de caracteres que es impreciso ver desde el interior del mismo proceso; es la regulación de la cotidianidad la que va aceptando los días siempre nuevos y, tal vez, siempre iguales. No mucho más que el día de la huelga de hambre de unos hombres, del calzón que le amaneció un día a la estatua de Xicohténcatl, de las pintas y grafitis de las bases magisteriales, de las manifestaciones en pro del equipo tricolor de fútbol, de la religiosidad que paraliza todo, de los desfiles suspendidos, de la crisis económica tocando la puerta de cada familia, de cada institución y empresa, de los desempleados que emigran a la capital de la república, a Puebla, a los Estados Unidos. De los días de viernes social de la juerga de fin de semana a Puebla, a Apizaco, a los centros nocturnos de otras entidades. Y así, los días de Super Bowl y del fin de la serie mundial se presentan comúnmente igual que en el país del norte, o los días en que se piensa igual que todo el mundo en los desastres de la guerra en Kosovo o los atentados en España, o los destrozos que deja la naturaleza en Centroamérica o las manifestaciones de Greenpeace por las pruebas nucleares o los acontecimientos últimos en las negociaciones con el EZLN. Es la marginalidad y la desarticulación que existe entre las sociedades; por un lado, la opulencia que es fruto de esta desestabilización, y la disparidad en el mundo actual donde nuestro entorno, nuestra cotidianidad, participa de alguna u otra manera.

    La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano ruinas de piedra antiguas y desgastadas (evocando la arquitectura histórica de Tlaxcala) fusionándose sutilmente con paisajes urbanos modernos y futuristas en el fondo. La transición es fluida y simboliza cómo la historia informa la modernidad. Una figura sabia y contemplativa, con vestimenta tradicional, observa esta fusión, con una mano tocando suavemente un artefacto histórico. La iluminación mezcla tonos cálidos antiguos con tonos fríos modernos, creando una sensación de continuidad y evolución. La atmósfera es intelectual, reflexiva y visualmente rica, enfatizando la presencia perdurable de la historia en el mundo contemporáneo.

    Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.

    La ciudad de Tlaxcala no ha sido para mí solo un lugar para vivir o un espacio donde sentirnos cómodos codeándonos con su historia. Más bien, ha sido el contexto donde la historia y el tiempo incesante se mantienen unidos. Tlaxcala es la entidad tradicional donde su pasado converge con el mundo de hoy. ¿Por qué reflexionar sobre la historia de Tlaxcala como si estuviéramos ofreciendo meros aplausos?

    Algo que me ha perturbado últimamente es la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía únicamente en su riqueza cultural o en su historia, sino en el respeto hacia ella —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención respetuosa a su ayer. El aprendizaje de las situaciones pasadas nos invita a no repetirlas y a edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

    En ocasiones, me he encontrado con situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

    La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una presentación de libro en una acogedora librería clásica. Un escritor carismático con una sonrisa irónica habla ante un auditorio atento. Sobre una mesa se exhiben ejemplares de un libro titulado "Delitos Menores". La iluminación es cálida y dorada, destacando estanterías de madera llenas de libros al fondo. Se percibe una atmósfera intelectual y vibrante, con un cartel de "Tres Culturas" visible.

    Revive la vibrante presentación de «Delitos Menores», el nuevo libro de Marcelino Ruiz Acosta en Cuauhtémoc. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía, la brevedad y el vigor cultural de Chihuahua.

    El pasado viernes, la Librería El Quijote en Cuauhtémoc, Chihuahua, se convirtió en el epicentro de una celebración literaria vibrante. En el marco de los eventos de las «Tres Culturas», auspiciados por la presidencia municipal, el escritor Marcelino Ruiz Acosta presentó su más reciente obra titulada Delitos Menores. Ante un auditorio colmado y bajo un calor excepcional, los asistentes fueron testigos del nacimiento de un tomo que promete sacudir la cotidianidad con la agudeza que caracteriza a su autor.

    Marcelino Ruiz Acosta es un escritor de una versatilidad admirable. Su pluma transita con naturalidad entre el cuento, la poesía, la narración breve y, sobre todo, la ironía. En la presentación, hizo gala de su ingenio pronto para el chiste corto y compartió las anécdotas que dieron vida a este libro, despertando en los presentes una invitación irresistible a la lectura de textos que, aunque breves y concisos, poseen una carga intelectual profunda.

    La ceremonia contó con la distinguida presencia del maestro e ingeniero Raúl Manríquez, reconocido y talentoso escritor, quien fungió como maestro de ceremonias y presentador. La complicidad entre ambos literatos enriqueció la charla, convirtiéndola en un diálogo fluido y ameno sobre el oficio de escribir en el norte de México.

    Como preámbulo a la charla principal, se presentó la revista de circulación local Livres. Esta publicación es un testimonio del vigor cultural de la región, ofreciendo un espacio tanto para la literatura local como para las artes plásticas, incluyendo la fotografía y la pintura. Es verdaderamente plausible observar cómo las nuevas generaciones de literatos promueven y dan fe del movimiento cultural en Cuauhtémoc, asegurando la continuidad de una tradición artística robusta.

    Delitos Menores representa el tercer peldaño en la bibliografía de Ruiz Acosta. Le anteceden el poemario Derrepentes (1998) y la obra Del Aleph a Guernica. Asimismo, el autor ha participado en proyectos colectivos como Quinteto para un pretérito, en conjunción con otros autores regionales.

    En tiempos dominados por la inmediatez de redes sociales como Facebook y X (antes Twitter), la apuesta de Marcelino por la brevedad resulta no solo imprescindible, sino revolucionaria. Sus textos nos recuerdan que la risa, la celebración y la ironía son herramientas fundamentales para enriquecer al individuo y enfrentar la brevedad de la vida misma. A veces, lo muy breve es lo que más perdura.

    Trayectoria de Marcelino Ruiz Acosta

    ObraGéneroNotas
    DerrepentesPoesíaPublicado en 1998
    Del Aleph a GuernicaNarrativa/EnsayoObra previa destacada
    Quinteto para un pretéritoPoesíaAntología con autores regionales
    Delitos MenoresNarrativa BrevePresentado en 2026

    Marcelino Ruiz Acosta nació en Ciudad Juárez (1963) y ha sido codirector de la revista de literatura Esdrújula. Su labor ha sido reconocida con apoyos a la creación literaria, consolidándose como una voz esencial en la narrativa contemporánea de Chihuahua.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una mujer con expresión contemplativa, sentada en una mesa de madera al aire libre, escribiendo en un cuaderno. Sus manos emiten un brillo sutil y dorado, simbolizando la energía creativa y la recuperación. Al fondo, un paisaje onírico que fusiona elementos de Tlaxcala (volcanes, arquitectura tradicional) con representaciones abstractas de su poesía: luciérnagas, un río, una luna creciente, y contornos etéreos de una gacela y una emperatriz. Un pequeño girasol en una maceta sobre la mesa añade un toque de esperanza y vitalidad. La atmósfera es artística, introspectiva, resiliente y profundamente conectada con la naturaleza y la emoción humana.

    Descubre la profunda conexión entre la vida y la obra de Isolda Dosamantes, una poeta mexicana que transforma sus vivencias en versos y enfrenta desafíos con resiliencia. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la búsqueda de identidad y la liberación a través de la poesía.

    A lo largo de los años, he llegado a apreciar profundamente la conexión intrínseca entre el autor y su vivencia. Me complace entrelazar las obras con las experiencias de vida de sus creadores, pues sin esa pasión vital, sin el goce de la existencia, las obras corren el riesgo de carecer de la profundidad y el arraigo necesarios.

    Isolda Dosamantes, poeta mexicana, encarna esta fusión entre vida y obra. Su poesía es un reflejo de sus existencias, comprometida con la vida misma, transformando los ires y venires en letras poéticas. Su obra es un testimonio de su búsqueda constante, como se aprecia en el poema «Cuervos en la memoria»:

    Mis manos danzan sobre tu espalda,

    y nace en mis ojos un brillo de alegría,

    es un goce el aroma de tu piel en mis cabellos

    es río que nace en mi entrepierna.En la penumbra de la luna

    cuando nuestros cuerpos encuentran el sosiego

    soy dichosa de tan libre,

    en cada paso la certeza de la luz.Soy una luciérnaga constante,

    burbuja de tus labios

    con esa forma sutil de tus miradas.Soy la bella emperatriz de tus anhelos

    gacela entre montañas,

    tu cáliz y tortura.

    Soy gacela, luciérnaga, burbuja

    soy veneno, emperatriz y lágrima

    en el instante que me estrello con tu olvido.

    Soy vértigo, ensoñación del aguamala

    y busco en los escombros

    descubro entonces el otro lado de mi piel

    y me estremezco.

    No sé cuando te perdí, ni donde reencontrarme

    ¿dónde el brillo de luciérnaga, en qué beso, en cuál esquina?

    Y soy pescado de mil cañas.Y soy pescado de bambúes y de carrizos

    soy pescado

    y me recuerdo en la sonrisa de una niña.

    En estos versos, la escritora tlaxcalteca busca reconstruirse, explicarse, desdoblarse para encontrar su ser. A veces se mimetiza con las cosas, con lo imaginario, o encuentra otra identidad, tal vez en los besos del amante. Es una exploración profunda de la identidad y la memoria.

    Otro ejemplo de su profunda conexión con la existencia se manifiesta en «Un canto»:

    Quiero que llegue el mar, ser agua,

    ser agua por un mes hasta librarme;

    ser liebre, liebre, liebre, libre y danzar

    desandar los nudos y bailar un ritmo nuevo,

    sacudirme de las fuerzas oscuras

    encontrar al duende

    hablar con la musa

    despertar al ángel

    llegar al veste de la diosa y verla cobijarme.

    Sentir que me abriga para callar el viento en mi cabeza

    y poner las palabras en mi pluma.

    La autora nos revela que, a pesar de encontrarse en una «cuadratura», en una «matrix», la poesía es posible. Las diosas lo permiten, el desarrollo de encuentros con lo imaginario, con los seres benefactores de la poesía, para abrogar la opresión. Es un acto de liberación a través de la palabra.

    Isolda Dosamantes es una de las autoras cuya trayectoria aprecio, sin demeritar a otras destacadas escritoras de la misma región como Citlalli H. Xochitiotzin y Minerva Aguilar Temoltzin.

    Nacida en Tlaxcala, México (1969), Isolda Dosamantes es Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Posee una Especialización en Literatura Mexicana por la Universidad Autónoma Metropolitana y un Diplomado en Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha sido becaria de la Fundación Alberti, del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Tlaxcala y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Entre sus poemarios destacan Altura Lustral (2001) y Utopías de Olvido (1997). Ha colaborado en suplementos culturales como El Sol de Tlaxcala y en diversas revistas culturales (Textos, Tierra Adentro, Pasto Verde, Oráculo, Deriva, Molino de Letras). Su obra figura en antologías como Eco de Voces. Generación poética de los sesenta (2004), Melíferas Bocas (2004), Para tu exclusivo placer (2003) y en las selecciones Sueños que a plena luz evaporan los soles (1993) y Nos queremos casar de rojo (2001). Ha ejercido la docencia en preparatorias de la Ciudad de México, en el CEPE UNAM, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, y fue profesora en la Universidad de Xiangtan, China.

    Es importante señalar que, a pesar de su destacada trayectoria internacional, Isolda Dosamantes mantiene sus raíces firmes en Tlaxcala, donde reside actualmente. Recientemente, ha enfrentado un desafío personal debido a una caída. Desde aquí, le enviamos nuestros mejores deseos para una pronta y completa recuperación. Su espíritu de «luciérnaga constante», que ilumina sus versos, es un testimonio de su resiliencia, y estamos seguros de que, como en su poesía, encontrará la luz y la fuerza para superar este momento. Su presencia en Tlaxcala sigue siendo un faro para las letras y un ejemplo de cómo la vivencia nutre la creación, incluso en los momentos de pausa física.

  • Imagen surrealista e hiperrealista que muestra un corazón humano luminoso atrapado en un nudo ciego de cables digitales y cuerdas. A los lados, se observan figuras que representan el Ice Bucket Challenge y la identidad Therian (una persona con máscara de lobo), simbolizando la presión de las tendencias modernas sobre la esencia humana.

    ¿Son los retos virales y las identidades animales el preámbulo de nuestra propia extinción moral? Descubre cómo el movimiento Therian y el Ice Bucket Challenge se entrelazan en este profundo análisis sobre la deshumanización.

    Los tiempos modernos no son los de Chaplin, sino los del Ice Bucket. No pretendo oponerme frontalmente a esta moda viral que las conexiones informáticas nos traen, pero todo depende de cómo se tome y de la manera en que se entienda. El propósito, en apariencia, puede ser loable; sin embargo, al analizar las connotaciones simbólicas del acto, surgen sombras que muchos podrían tildar de «conspiranoicas», pero que para el observador atento revelan una tendencia inquietante hacia el engaño y la desvalorización del ser.

    El Ice Bucket Challenge se presentó como una moda pasajera para recaudar fondos contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Logró cifras millonarias, pero su mecánica oculta un simbolismo de «yaciente». En la lógica sistémica del clan familiar, la parálisis de la esclerosis a menudo representa un muerto no aceptado; el enfermo se sacrifica, negándose la movilidad para que la familia atienda al ancestro suplido. Al convertir esta tragedia en un espectáculo viral de «chabacanería», se genera un adormecimiento vibratorio. Bill Gates o Mark Zuckerberg empapándose en público no es un acto de humildad, sino una catarsis colectiva que distrae la energía hacia lo pueril, impidiendo conectar con frecuencias de amor incondicional o soberanía individual. Es, en esencia, un acto de distracción energética: mientras el mundo mira el balde de agua, la esencia humana es «bolseada» de su valor real.

    Esta distracción pavimenta el camino hacia fenómenos contemporáneos aún más radicales, como el movimiento Therian. Si el Ice Bucket nos acostumbró a la respuesta automática y masiva ante estímulos externos vacíos, el therianismo lleva la desvalorización de la persona a su frontera final: la renuncia a la propia especie. Los therians son individuos que se autoidentifican psicológica o espiritualmente como animales (lobos, felinos, aves). No es un simple disfraz; es el grito de quien considera su cuerpo humano como un mero envase defectuoso, buscando refugio en una identidad «bestial».

    Aquí es donde mi tesis se vuelve crítica: estos movimientos no son aislados, sino que buscan trastocar los estados de conciencia humanos para facilitar una deshumanización voluntaria. Al igual que el balde de agua helada nos «despertaba» momentáneamente para volvernos a dormir en la masa, el therianismo nos invita a abandonar la dignidad de nuestra especie para integrarnos en una especie de «zoológico global» donde todo está permitido porque ya nada es sagrado.

    Esta pérdida de valorización de la persona no es el fin del camino, sino el preámbulo de la transhumanización. Al vaciar al humano de sus valores morales y de su conexión con lo divino o lo natural, se crea un vacío que la tecnología y las nuevas ideologías pretenden llenar. Estamos transitando de la soberanía del individuo a una fluidez amorfa donde el concepto de «humano» se diluye. Si hoy permitimos que la identidad se fragmente en theriotipos animales, mañana no habrá resistencia moral ante la fusión con la máquina o la pérdida total de la especie en favor de un diseño puramente subjetivo y artificial.

    La verdadera revolución no está en imitar al animal ni en lanzarse agua por un reto digital, sino en la conciencia. La deshumanización es una trampa que nos seduce con la libertad de «ser cualquier cosa» para que terminemos siendo nada. Recuperar la valorización de la persona, con sus límites biológicos y su potencial espiritual, es el único antídoto contra este panteísmo de identidades fragmentadas que amenaza con convertir nuestra humanidad en una pieza de exhibición en un zoológico transhumanista.