Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano ruinas de piedra antiguas y desgastadas (evocando la arquitectura histórica de Tlaxcala) fusionándose sutilmente con paisajes urbanos modernos y futuristas en el fondo. La transición es fluida y simboliza cómo la historia informa la modernidad. Una figura sabia y contemplativa, con vestimenta tradicional, observa esta fusión, con una mano tocando suavemente un artefacto histórico. La iluminación mezcla tonos cálidos antiguos con tonos fríos modernos, creando una sensación de continuidad y evolución. La atmósfera es intelectual, reflexiva y visualmente rica, enfatizando la presencia perdurable de la historia en el mundo contemporáneo.

    Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.

    La ciudad de Tlaxcala no ha sido para mí solo un lugar para vivir o un espacio donde sentirnos cómodos codeándonos con su historia. Más bien, ha sido el contexto donde la historia y el tiempo incesante se mantienen unidos. Tlaxcala es la entidad tradicional donde su pasado converge con el mundo de hoy. ¿Por qué reflexionar sobre la historia de Tlaxcala como si estuviéramos ofreciendo meros aplausos?

    Algo que me ha perturbado últimamente es la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía únicamente en su riqueza cultural o en su historia, sino en el respeto hacia ella —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención respetuosa a su ayer. El aprendizaje de las situaciones pasadas nos invita a no repetirlas y a edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

    En ocasiones, me he encontrado con situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

    La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una presentación de libro en una acogedora librería clásica. Un escritor carismático con una sonrisa irónica habla ante un auditorio atento. Sobre una mesa se exhiben ejemplares de un libro titulado "Delitos Menores". La iluminación es cálida y dorada, destacando estanterías de madera llenas de libros al fondo. Se percibe una atmósfera intelectual y vibrante, con un cartel de "Tres Culturas" visible.

    Revive la vibrante presentación de «Delitos Menores», el nuevo libro de Marcelino Ruiz Acosta en Cuauhtémoc. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía, la brevedad y el vigor cultural de Chihuahua.

    El pasado viernes, la Librería El Quijote en Cuauhtémoc, Chihuahua, se convirtió en el epicentro de una celebración literaria vibrante. En el marco de los eventos de las «Tres Culturas», auspiciados por la presidencia municipal, el escritor Marcelino Ruiz Acosta presentó su más reciente obra titulada Delitos Menores. Ante un auditorio colmado y bajo un calor excepcional, los asistentes fueron testigos del nacimiento de un tomo que promete sacudir la cotidianidad con la agudeza que caracteriza a su autor.

    Marcelino Ruiz Acosta es un escritor de una versatilidad admirable. Su pluma transita con naturalidad entre el cuento, la poesía, la narración breve y, sobre todo, la ironía. En la presentación, hizo gala de su ingenio pronto para el chiste corto y compartió las anécdotas que dieron vida a este libro, despertando en los presentes una invitación irresistible a la lectura de textos que, aunque breves y concisos, poseen una carga intelectual profunda.

    La ceremonia contó con la distinguida presencia del maestro e ingeniero Raúl Manríquez, reconocido y talentoso escritor, quien fungió como maestro de ceremonias y presentador. La complicidad entre ambos literatos enriqueció la charla, convirtiéndola en un diálogo fluido y ameno sobre el oficio de escribir en el norte de México.

    Como preámbulo a la charla principal, se presentó la revista de circulación local Livres. Esta publicación es un testimonio del vigor cultural de la región, ofreciendo un espacio tanto para la literatura local como para las artes plásticas, incluyendo la fotografía y la pintura. Es verdaderamente plausible observar cómo las nuevas generaciones de literatos promueven y dan fe del movimiento cultural en Cuauhtémoc, asegurando la continuidad de una tradición artística robusta.

    Delitos Menores representa el tercer peldaño en la bibliografía de Ruiz Acosta. Le anteceden el poemario Derrepentes (1998) y la obra Del Aleph a Guernica. Asimismo, el autor ha participado en proyectos colectivos como Quinteto para un pretérito, en conjunción con otros autores regionales.

    En tiempos dominados por la inmediatez de redes sociales como Facebook y X (antes Twitter), la apuesta de Marcelino por la brevedad resulta no solo imprescindible, sino revolucionaria. Sus textos nos recuerdan que la risa, la celebración y la ironía son herramientas fundamentales para enriquecer al individuo y enfrentar la brevedad de la vida misma. A veces, lo muy breve es lo que más perdura.

    Trayectoria de Marcelino Ruiz Acosta

    ObraGéneroNotas
    DerrepentesPoesíaPublicado en 1998
    Del Aleph a GuernicaNarrativa/EnsayoObra previa destacada
    Quinteto para un pretéritoPoesíaAntología con autores regionales
    Delitos MenoresNarrativa BrevePresentado en 2026

    Marcelino Ruiz Acosta nació en Ciudad Juárez (1963) y ha sido codirector de la revista de literatura Esdrújula. Su labor ha sido reconocida con apoyos a la creación literaria, consolidándose como una voz esencial en la narrativa contemporánea de Chihuahua.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una mujer con expresión contemplativa, sentada en una mesa de madera al aire libre, escribiendo en un cuaderno. Sus manos emiten un brillo sutil y dorado, simbolizando la energía creativa y la recuperación. Al fondo, un paisaje onírico que fusiona elementos de Tlaxcala (volcanes, arquitectura tradicional) con representaciones abstractas de su poesía: luciérnagas, un río, una luna creciente, y contornos etéreos de una gacela y una emperatriz. Un pequeño girasol en una maceta sobre la mesa añade un toque de esperanza y vitalidad. La atmósfera es artística, introspectiva, resiliente y profundamente conectada con la naturaleza y la emoción humana.

    Descubre la profunda conexión entre la vida y la obra de Isolda Dosamantes, una poeta mexicana que transforma sus vivencias en versos y enfrenta desafíos con resiliencia. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la búsqueda de identidad y la liberación a través de la poesía.

    A lo largo de los años, he llegado a apreciar profundamente la conexión intrínseca entre el autor y su vivencia. Me complace entrelazar las obras con las experiencias de vida de sus creadores, pues sin esa pasión vital, sin el goce de la existencia, las obras corren el riesgo de carecer de la profundidad y el arraigo necesarios.

    Isolda Dosamantes, poeta mexicana, encarna esta fusión entre vida y obra. Su poesía es un reflejo de sus existencias, comprometida con la vida misma, transformando los ires y venires en letras poéticas. Su obra es un testimonio de su búsqueda constante, como se aprecia en el poema «Cuervos en la memoria»:

    Mis manos danzan sobre tu espalda,

    y nace en mis ojos un brillo de alegría,

    es un goce el aroma de tu piel en mis cabellos

    es río que nace en mi entrepierna.En la penumbra de la luna

    cuando nuestros cuerpos encuentran el sosiego

    soy dichosa de tan libre,

    en cada paso la certeza de la luz.Soy una luciérnaga constante,

    burbuja de tus labios

    con esa forma sutil de tus miradas.Soy la bella emperatriz de tus anhelos

    gacela entre montañas,

    tu cáliz y tortura.

    Soy gacela, luciérnaga, burbuja

    soy veneno, emperatriz y lágrima

    en el instante que me estrello con tu olvido.

    Soy vértigo, ensoñación del aguamala

    y busco en los escombros

    descubro entonces el otro lado de mi piel

    y me estremezco.

    No sé cuando te perdí, ni donde reencontrarme

    ¿dónde el brillo de luciérnaga, en qué beso, en cuál esquina?

    Y soy pescado de mil cañas.Y soy pescado de bambúes y de carrizos

    soy pescado

    y me recuerdo en la sonrisa de una niña.

    En estos versos, la escritora tlaxcalteca busca reconstruirse, explicarse, desdoblarse para encontrar su ser. A veces se mimetiza con las cosas, con lo imaginario, o encuentra otra identidad, tal vez en los besos del amante. Es una exploración profunda de la identidad y la memoria.

    Otro ejemplo de su profunda conexión con la existencia se manifiesta en «Un canto»:

    Quiero que llegue el mar, ser agua,

    ser agua por un mes hasta librarme;

    ser liebre, liebre, liebre, libre y danzar

    desandar los nudos y bailar un ritmo nuevo,

    sacudirme de las fuerzas oscuras

    encontrar al duende

    hablar con la musa

    despertar al ángel

    llegar al veste de la diosa y verla cobijarme.

    Sentir que me abriga para callar el viento en mi cabeza

    y poner las palabras en mi pluma.

    La autora nos revela que, a pesar de encontrarse en una «cuadratura», en una «matrix», la poesía es posible. Las diosas lo permiten, el desarrollo de encuentros con lo imaginario, con los seres benefactores de la poesía, para abrogar la opresión. Es un acto de liberación a través de la palabra.

    Isolda Dosamantes es una de las autoras cuya trayectoria aprecio, sin demeritar a otras destacadas escritoras de la misma región como Citlalli H. Xochitiotzin y Minerva Aguilar Temoltzin.

    Nacida en Tlaxcala, México (1969), Isolda Dosamantes es Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Posee una Especialización en Literatura Mexicana por la Universidad Autónoma Metropolitana y un Diplomado en Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha sido becaria de la Fundación Alberti, del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Tlaxcala y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Entre sus poemarios destacan Altura Lustral (2001) y Utopías de Olvido (1997). Ha colaborado en suplementos culturales como El Sol de Tlaxcala y en diversas revistas culturales (Textos, Tierra Adentro, Pasto Verde, Oráculo, Deriva, Molino de Letras). Su obra figura en antologías como Eco de Voces. Generación poética de los sesenta (2004), Melíferas Bocas (2004), Para tu exclusivo placer (2003) y en las selecciones Sueños que a plena luz evaporan los soles (1993) y Nos queremos casar de rojo (2001). Ha ejercido la docencia en preparatorias de la Ciudad de México, en el CEPE UNAM, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, y fue profesora en la Universidad de Xiangtan, China.

    Es importante señalar que, a pesar de su destacada trayectoria internacional, Isolda Dosamantes mantiene sus raíces firmes en Tlaxcala, donde reside actualmente. Recientemente, ha enfrentado un desafío personal debido a una caída. Desde aquí, le enviamos nuestros mejores deseos para una pronta y completa recuperación. Su espíritu de «luciérnaga constante», que ilumina sus versos, es un testimonio de su resiliencia, y estamos seguros de que, como en su poesía, encontrará la luz y la fuerza para superar este momento. Su presencia en Tlaxcala sigue siendo un faro para las letras y un ejemplo de cómo la vivencia nutre la creación, incluso en los momentos de pausa física.

  • Imagen surrealista e hiperrealista que muestra un corazón humano luminoso atrapado en un nudo ciego de cables digitales y cuerdas. A los lados, se observan figuras que representan el Ice Bucket Challenge y la identidad Therian (una persona con máscara de lobo), simbolizando la presión de las tendencias modernas sobre la esencia humana.

    ¿Son los retos virales y las identidades animales el preámbulo de nuestra propia extinción moral? Descubre cómo el movimiento Therian y el Ice Bucket Challenge se entrelazan en este profundo análisis sobre la deshumanización.

    Los tiempos modernos no son los de Chaplin, sino los del Ice Bucket. No pretendo oponerme frontalmente a esta moda viral que las conexiones informáticas nos traen, pero todo depende de cómo se tome y de la manera en que se entienda. El propósito, en apariencia, puede ser loable; sin embargo, al analizar las connotaciones simbólicas del acto, surgen sombras que muchos podrían tildar de «conspiranoicas», pero que para el observador atento revelan una tendencia inquietante hacia el engaño y la desvalorización del ser.

    El Ice Bucket Challenge se presentó como una moda pasajera para recaudar fondos contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Logró cifras millonarias, pero su mecánica oculta un simbolismo de «yaciente». En la lógica sistémica del clan familiar, la parálisis de la esclerosis a menudo representa un muerto no aceptado; el enfermo se sacrifica, negándose la movilidad para que la familia atienda al ancestro suplido. Al convertir esta tragedia en un espectáculo viral de «chabacanería», se genera un adormecimiento vibratorio. Bill Gates o Mark Zuckerberg empapándose en público no es un acto de humildad, sino una catarsis colectiva que distrae la energía hacia lo pueril, impidiendo conectar con frecuencias de amor incondicional o soberanía individual. Es, en esencia, un acto de distracción energética: mientras el mundo mira el balde de agua, la esencia humana es «bolseada» de su valor real.

    Esta distracción pavimenta el camino hacia fenómenos contemporáneos aún más radicales, como el movimiento Therian. Si el Ice Bucket nos acostumbró a la respuesta automática y masiva ante estímulos externos vacíos, el therianismo lleva la desvalorización de la persona a su frontera final: la renuncia a la propia especie. Los therians son individuos que se autoidentifican psicológica o espiritualmente como animales (lobos, felinos, aves). No es un simple disfraz; es el grito de quien considera su cuerpo humano como un mero envase defectuoso, buscando refugio en una identidad «bestial».

    Aquí es donde mi tesis se vuelve crítica: estos movimientos no son aislados, sino que buscan trastocar los estados de conciencia humanos para facilitar una deshumanización voluntaria. Al igual que el balde de agua helada nos «despertaba» momentáneamente para volvernos a dormir en la masa, el therianismo nos invita a abandonar la dignidad de nuestra especie para integrarnos en una especie de «zoológico global» donde todo está permitido porque ya nada es sagrado.

    Esta pérdida de valorización de la persona no es el fin del camino, sino el preámbulo de la transhumanización. Al vaciar al humano de sus valores morales y de su conexión con lo divino o lo natural, se crea un vacío que la tecnología y las nuevas ideologías pretenden llenar. Estamos transitando de la soberanía del individuo a una fluidez amorfa donde el concepto de «humano» se diluye. Si hoy permitimos que la identidad se fragmente en theriotipos animales, mañana no habrá resistencia moral ante la fusión con la máquina o la pérdida total de la especie en favor de un diseño puramente subjetivo y artificial.

    La verdadera revolución no está en imitar al animal ni en lanzarse agua por un reto digital, sino en la conciencia. La deshumanización es una trampa que nos seduce con la libertad de «ser cualquier cosa» para que terminemos siendo nada. Recuperar la valorización de la persona, con sus límites biológicos y su potencial espiritual, es el único antídoto contra este panteísmo de identidades fragmentadas que amenaza con convertir nuestra humanidad en una pieza de exhibición en un zoológico transhumanista.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista en una habitación blanca minimalista. Un hombre está sentado en una silla, sin vida, mientras una figura etérea y traslúcida se mantiene de pie frente a él con una expresión compasiva. Detrás del cuerpo inerte, se abre un portal circular de luz dorada brillante que simboliza el tránsito hacia el más allá.

    ¿Qué sucede cuando el que guía hacia la luz es quien realmente necesita cruzar? Descubre «Cuando se Acabe la Cuarentena», un impactante relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía de la muerte y la paz final.

    —Mis esperanzas son muchas, todo depende de que este problema se acabe. Lo que ya quiero es ponerme en movimiento, hacer cosas que hace mucho había planeado y que ahora que he estado parado ya es el momento de ponerlo en práctica. A veces pasa que no valoramos las cosas, como cuando salía uno a la calle con total libertad, y que ahora valoramos. Quiero hacer cosas como decirle a ella cuánto la quiero, y otras cosas que quiero hacer. Cuando se acabe la cuarentena ahora sí voy a ponerme las pilas y sin miedo voy a enfrentar la vida. ¡Ahora sí me voy a poner bien chingón, ya lo verán! —

    El hombre se observa en un sitio amplio y solo, detenido en sus pensamientos, imbuido hacia dentro. Sus cavilaciones son un tiempo detenido, aquietado hacia sí mismo. La habitación, blanca y sin ventanas, parece suspendida en una dimensión ajena al mundo exterior. No hay reloj. No hay calendario. Solo el monólogo incesante de sus esperanzas.

    Rafael, terapeuta holístico y médium, escucha los pensamientos de este hombre y trata de ayudar. Ha estado trabajando con él durante semanas, canalizando su energía, intentando guiarlo hacia la paz.

    —Dirígete a la luz, ve a la luz —dice Rafael, con una voz que suena como si viniera de muy lejos, como si fuera una bocina en su entorno.

    El hombre escucha y capta el mensaje. Lentamente, comienza a moverse. Su cuerpo, hecho un vapor, como perfecta alma en pena, se desplaza por la habitación. Pero no se dirige hacia ninguna luz externa. Lentamente, se da la vuelta y se acerca a Rafael, el médium.

    Una sonrisa triste, casi compasiva, se dibuja en su rostro etéreo.

    —No, amigo —susurra el alma en pena, y su voz suena como el viento rozando un cristal—. La luz no es para mí. Es para ti.

    Rafael, confundido, intenta retroceder, pero siente sus pies pegados al suelo. El alma en pena levanta una mano translúcida y señala hacia el rincón de la habitación donde Rafael está sentado.

    —Mírate —le dice.

    Rafael, con un terror que no había sentido nunca, gira la cabeza. Y entonces lo ve. Su propio cuerpo, desplomado en el sillón, con la piel pálida y los ojos vidriosos, fijos en la nada. Lleva ahí tres días, desde el infarto fulminante. Él, el gran médium, el terapeuta holístico que se suponía que podía ver más allá del velo, no se había dado cuenta de que era él quien había muerto en plena sesión.

    El cliente que creía estar canalizando no era un paciente vivo buscando paz. Era su guía espiritual, su ángel guardián, que había venido a ayudarlo a cruzar sin que él lo supiera.

    —La cuarentena se acabó para ti, Rafael —concluye el alma en pena, con una ternura infinita—. Yo solo soy el que viene a ayudarte a cruzar. Ahora, por favor, dirígete a la luz.

    Una puerta de luz se abre detrás del cuerpo inerte de Rafael. Es blanca, cálida, y emite una paz que Rafael nunca había experimentado. El médium, ahora consciente de su propia condición de fantasma, comienza a caminar hacia ella, mientras el otro espíritu, su trabajo cumplido, se desvanece en el aire.

    Rafael da un último vistazo a su cuerpo abandonado en el sillón. Tres días. Nadie lo había encontrado. Nadie lo había buscado. Pero eso ya no importaba. La cuarentena había terminado para él, de una manera que nunca hubiera imaginado.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra al guerrero tlaxcalteca Tlahuicole en el altiplano, apuntando con su arco hacia el horizonte. A sus pies yace un enorme dragón derrotado, mientras al fondo se impone la silueta del volcán La Malinche bajo un cielo dramático al atardecer.

    ¿Y si la Conquista de México fue una venganza por dragones caídos? Descubre «Tlahuicole, el Cazador de Dragones», un relato de Edgar Sánchez Quintana que redefine la historia con mitos, linajes atlantes y secretos reales.

    El indio disparó la flecha como quien lanza una mirada al vacío, pero con el ojo cerrado, como un sabedor de distancias y aerodinámicas. Y dio en el blanco. Lo supo porque aquel pajarraco oscuro cambió de rumbo y, en la lejanía, fue a estrellarse contra la montaña Malinche.

    Muchos saben, y bastantes entienden, que el mundo no es exactamente lo que parece. Se habla de la existencia de seres reptilianos, lagartos que controlan el planeta desde las sombras, camuflados en los círculos de poder más emblemáticos. Y así como la reina Isabel II tenía sus corgis para parecer más humana, estos reptiles tienen sus propias mascotas: dragones de distintos tamaños, bestias que utilizan para espantar a los niños o, como en este caso, para vigilar sus dominios.

    Los reptilianos aprecian tanto a sus mascotas que las inmortalizan en sus escudos heráldicos y en sus iglesias. El rey Enrique VIII de Inglaterra esperaba el regreso de su par de dragones, a los que había enviado a circundar las regiones de América para vigilar si los vikingos habían pisado ya esa comarca. Pero los dragones se adentraron demasiado, llegando hasta la altiplanicie mexicana, a la región de Tlaxcala.

    Uno de ellos fue muerto por un guerrero tlaxcalteca aún no muy conocido: Tlahuicole. Este guerrero era uno de los últimos descendientes de los atlantes, nieto de un sacerdote de los Atla-ra, custodio de las puertas que conectan con los sitios dragón interiores y exteriores del planeta. Tlahuicole, sin embargo, era ignorante de su linaje y no sabía más que lo que se le había enseñado como guerrero de clase alta.

    Enrique VIII, mientras tanto, quería que su hijo descubriera en Portugal a sus queridas mascotas, pero el príncipe tuvo que ir a casarse sin sus vigías. Eran tiempos en que el sultán Suleimán expandía su imperio y el pirata Barbarroja atacaba las costas italianas. El rey, para estabilizar su poder, recurría a la magia y a otros conocimientos ocultos. Su völva (bruja) personal, una anciana letona llamada Freysa, quedó ciega de su visión a distancia, primero de un ojo y luego del otro, mientras intentaba localizar a las bestias. Usando belladona y beleño, le comunicó al rey que sus dos mascotas habían muerto en aquellas tierras de ultramar, donde moraban los últimos descendientes de los Atla-ra. Un indio de aquellas regiones había matado a uno; el otro, un emperador azteca llamado Moctezuma.

    La conquista de lo que después sería la Nueva España no fue otra cosa que una venganza de Enrique VIII por sus mascotas muertas. Esos dragones, sobrevivientes de tiempos ancestrales, eran más reales que los mitos del rey Arturo. El monarca inglés envió a su hijo a convenir con los reinos de Portugal y España una alianza para vengar a sus “pobres cachorros”.

    La conquista de México fue, pues, por culpa de dos mascotas muertas. Y aquí entra en escena un hidalgo conquistador llamado Hernán Cortés. La völva Freysa, al saber de la expedición que partiría de Cuba, se transmutó en un soldado español y se unió a la empresa para continuar con la venganza que su rey le había encomendado años atrás.

    Tlahuicole murió con honores en el temalácatl, la piedra de sacrificio para guerreros capturados. Su cráneo fue conservado en un templo azteca dedicado a Huitzilopochtli. El objetivo de Freysa era claro: al conquistar el imperio, se llevaría el cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma como trofeos de venganza.

    Freysa logró su objetivo. El cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma fueron enviados a Inglaterra como prueba de la venganza cumplida. Sin embargo, la völva no contó con el poder inherente de los objetos. El cráneo no era solo un hueso, sino un artefacto atlante que contenía la conciencia de Tlahuicole. El penacho no era solo de plumas, sino un canalizador de la energía de Quetzalcóatl. Juntos, en la misma bóveda del castillo de Windsor, los dos objetos comenzaron a resonar. La vibración fue tan potente que no solo borró la memoria de los dragones de la historia, sino que reescribió el linaje de Enrique VIII. Su obsesión por un heredero varón se convirtió en una maldición: sus descendientes serían cada vez más débiles, más enfermizos, hasta que la casa Tudor se extinguiera. La venganza de Tlahuicole y Moctezuma fue silenciosa, pero absoluta.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra a un hombre con una sonrisa cínica, siendo esposado por dos policías antidisturbios (Robocops) en medio de una calle caótica. Al fondo, una protesta dispersa con pancartas abandonadas y gente huyendo. El sol, como una yema de huevo frita, ilumina la escena, creando un ambiente caluroso y absurdo. Un vendedor de chicles observa la escena con una mezcla de lástima y curiosidad. La composición enfatiza la ironía de un espectador que se convierte en protagonista de una situación sin sentido.

    Sumérgete en «Manual para ser detenido sin querer» de Edgar Sánchez Quintana: un relato irónico que expone el absurdo de la protesta social y la facilidad con la que un espectador puede convertirse en víctima de la burocracia represiva.

    El sol era una yema de huevo frita sobre el comal del cielo, y el calor, un animal baboso que se me trepaba por la espalda. El trajín de la calle, el tufo a humanidad del transporte público, el sudor caliente que se me acuartelaba en los sobacos; todo sumaba. Gotas empapadas me resbalaban por la frente lisa y el pantalón se me había vuelto una plasta pegajosa, un dulce de pepitoria adherido a las piernas. Arriba, unas nubes hacían la finta de que iba a llover, pero era pura mueca, una burla celestial que solo servía para espesar el bochorno.

    Estoy parado sobre la banqueta, viendo cómo un puñado de gente cierra la calle. Los cláxones, desesperados, se tropiezan en los oídos como chivos sin mecate, una sinfonía de estropajo que me empieza a ladrar en los nervios. Asomo a mis dientes una sonrisa caducada, un gesto alimonado que se me estropea en la cara. Y yo, con mi tolerancia eucarística ya zangoloteada, lo que quiero es reclamarles por no dejar pasar los coches. Muy valiente el hombre, aunque no tenga auto, ni pito que me toquen.

    —¿Qué es lo que pasa allá, saben algo? —le pregunto a un señor que vende chicles, más por matar el tiempo que por interés genuino.

    —Están haciendo manifestación. Creo que protestan por justicia —responde, sin dejar de mirar al frente, como si viera una película repetida.

    —A ver, voy a ver y ahorita les platico —digo, sintiéndome el corresponsal de una guerra que no me importa.

    Me acerco al epicentro del desmadre. Los manifestantes se ven novatos, como si los hubieran sacado de un casting para una película de bajo presupuesto. Lucen en sus rostros tostados una sapiencia caducada, como si el propósito de su lucha se les hubiera olvidado en el camino. Veo a uno, un mofletudo con aires de Sancho Panza, y le suelto la pregunta:

    —¿Y ustedes qué reclaman, por qué cierran la calle?

    El tipo titubea, mira a sus compañeros como buscando el guion, y luego, con una genialidad pasmosa, se dirige a su propia gente:

    —A ver, ustedes díganme, ¿por qué estamos protestando?

    Nadie le contesta. La duda flota en el aire, más densa que el calor. Me acerco a otro, un chavo con una pancarta en blanco.

    —Oye, que están reclamando, ya se hizo un caos aquí en la calle.

    —Es que lo que queremos es que la gobernadora nos escuche —me dice, con una convicción que casi me da lástima—. No nos hace caso y necesitamos presionar.

    —Pero si la gobernadora no está. Anda en Europa, en una gira de trabajo —le informo, como quien revela el final de un truco de magia barato.

    El chavo se queda quieto. La pancarta se le afloja en las manos. Suelta un suspiro largo, una mezcla de derrota y revelación, y luego murmura para sí mismo:

    —Apoco sí… Hija de su chingada madre.

    Me alejo de ellos, con una risa cínica que se me atora en la garganta. Qué espectáculo. Un circo de tres pistas sin leones ni payasos, solo un montón de gente protestando contra una silla vacía. Me recargo en una pared, a una distancia segura, para disfrutar del último acto.

    Y entonces, como si el director de esta ópera bufa hubiera decidido que faltaba un poco de acción, apareció un camión de antimotines. Se estacionó a media cuadra, con la parsimonia de un elefante cansado, y de su interior empezaron a bajar policías vestidos de Robocop. Escudos, cascos, toletes; el kit completo para dialogar con el pueblo. No parecían tener prisa. Se formaron en una línea, una muralla de plástico y aburrimiento bajo el sol inclemente.

    De entre ellos, uno se adelantó. No era el más grande, pero tenía un aire de autoridad burocrática, como de gerente de sucursal de la violencia. Se llevó un radio a la boca y escuchó. Yo, desde mi palco de primera fila en la banqueta, no podía oír las órdenes, pero me las imaginaba: «Procedan con el protocolo 7-G: Dispersión de Inconformes Desorientados».

    El oficial, llamémosle Sargento Pérez para darle un nombre a mi verdugo anónimo, bajó el radio y se dirigió a sus hombres. No gritó. No arengó. Solo dijo algo en voz baja, y la muralla de escudos empezó a avanzar. Lento. Casi con pereza. Un paso, golpe de tolete contra el escudo. Otro paso, otro golpe. Un ritmo monótono, como el de una fábrica de represión.

    Los manifestantes, que seguían tratando de averiguar por qué estaban ahí, se encontraron de pronto con un propósito: el miedo. Empezaron a retroceder, a tropezarse entre ellos. El Sancho Panza mofletudo fue el primero en correr. El chavo de la pancarta en blanco la usó para cubrirse la cabeza, como si eso pudiera detener un toletazo. Era un caos patético, una estampida de gallinas sin cabeza. Y yo, recargado en mi pared, no podía dejar de sonreír. El gran final. La comedia del absurdo en su máxima expresión.

    La mayoría de los manifestantes se dispersaron como cucarachas cuando se prende la luz. En menos de un minuto, la calle estaba casi vacía, con solo algunas pancartas olvidadas y la dignidad pisoteada. Yo seguía en mi sitio, recargado en la pared, disfrutando del epílogo. El Sargento Pérez, en lugar de perseguir a los que corrían, se detuvo. Miró a su alrededor, como un depredador que ha perdido a su presa, y entonces sus ojos se posaron en mí. El único punto fijo en un mar de movimiento.

    Comenzó a caminar hacia mí. Con calma. Con esa parsimonia burocrática que hiela la sangre. Yo no me moví. ¿Por qué habría de hacerlo? Era un espectador, un ciudadano ejemplar que no obstruía el tráfico peatonal. Seguramente venía a decirme que circulara, a darme las gracias por mi cooperación cívica. Incluso preparé una de mis sonrisas cínicas para la ocasión.

    Se paró frente a mí. Su rostro, inexpresivo bajo el casco, no me miraba a mí, sino a través de mí.

    —Buenas tardes —le dije, con un toque de ironía que, por supuesto, no captó.

    —Buenas tardes —respondió, con la misma monotonía con la que se lee un reporte—. Queda usted detenido.

    Mi sonrisa se congeló. Se hizo un nudo en mi cara. Debo haber escuchado mal. El calor, el sudor, el ruido de los cláxones… todo eso debía haberme afectado el oído.

    —¿Disculpe? Creo que hay un error. Yo solo estaba mirando. No soy parte de… esto.

    El Sargento Pérez sacó unas esposas de su cinturón. El sonido del metal fue lo más real que había escuchado en toda la tarde.

    —La orden es clara —dijo, como si me explicara el reglamento de tránsito—. Agarrar a todo revoltoso que ande en las inmediaciones. Usted está en las inmediaciones. Por lo tanto, es un revoltoso.

    La lógica era tan aplastante, tan pura en su estupidez, que no supe qué decir. Dos de sus Robocops se acercaron y, con una eficiencia que ya hubieran querido los manifestantes para su protesta, me tomaron de los brazos. No hubo violencia. Fue un trámite. Un papeleo físico.

    Mientras me llevaban hacia la patrulla, con las manos esposadas a la espalda, pasé junto al señor que vendía chicles. Me miró con una mezcla de pena y curiosidad. Le devolví la mirada y, con la última pizca de cinismo que me quedaba, le dije:

    —Al final, sí tuve algo que platicarles.

    Me subieron a la patrulla. La puerta se cerró y, a través de la rejilla, vi cómo la calle volvía lentamente a la normalidad. Los coches empezaban a pasar. El sol seguía friendo el asfalto. Y yo, el espectador, el crítico, el hombre que no tenía coche ni pito que le tocaran, me había convertido, por fin, en el protagonista de la función.

  • Retrato hiperrealista de un hombre de facciones rudas y cuerpo robusto vestido con una chamarra de cuero oscura sobre un uniforme policial. Su mirada es intensa y decidida, con las manos vendadas sugiriendo entrenamiento en artes marciales. Se encuentra en una calle empedrada de Tlaxcala al atardecer, con los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl de fondo bajo un cielo dramático.


    Conoce la impactante vida de «Kid Palotes», un policía de Tlaxcala que ocultaba tras su uniforme la maestría de un guerrero ninja, en esta crónica sobre lealtad, disciplina y resistencia.

    De cara tosca y cuerpo grandote, Kid Palotes era la imagen perfecta del policía que espanta a los niños. Así le habían apodado en la corporación donde laboraba, aunque algunos también le decían «el Tonfas» por su maestría para apuntar garrotazos a los más insumisos, siempre de manera precisa y profesional. Era un artemarcialista con muchos años de estudio en Bujinkan Budo Taijutsu, un arte que otros llamarían ninjutsu. Dudo que en la corporación supieran del profundo conocimiento que poseía; para ellos, no pasaba de ser el “ninja loco” por su comportamiento a veces incomprensible. Era hosco y reservado, sobre todo con los desconocidos, y faltaba a tantas reglas sociales que a menudo parecía no entenderlas o, simplemente, le sacaban de quicio.


    La historia de Kid Palotes se remonta a finales de los años setenta, cuando las artes marciales estaban en su apogeo y los jóvenes mexicanos imitaban los movimientos de Bruce Lee. Tlaxcala no fue ajena a esa marejada de cultura popular, y aquí también surgieron fanáticos del kung fu y el karate. Kid Palotes era un enamorado de este arte y coleccionaba todas las revistas sobre el tema. Su ensimismamiento era tal que no es mentira decir que, como a un artemarcialista de película, le sangraban las manos y los nudillos por el entrenamiento excesivo. Me tocó verlo practicar con un bastón bō contra un árbol o un poste de madera; cada golpe era letal.


    Llegamos a entrenar juntos. Era muy perfeccionista, y cada movimiento tenía su razón de ser. El arte marcial que yo practicaba era Lima Lama, pero el suyo abarcaba áreas que yo desconocía. Como profesor, siempre me cuidó mucho, aunque el Bujinkan es un arte fuerte, diseñado para la guerra y la estrategia. Supe que en algunos entrenamientos había lastimado seriamente a compañeros, y su propia esposa me advirtió que no entrenara con él porque podría lastimarme. Tal era su apasionamiento que a veces no distinguía un entrenamiento intenso de un ataque real. Y, en su lógica, así debía ser.El maestro de Kid Palotes era Gustavo Sánchez, un profesor de Atlixco, Puebla, cuyo instructor directo era Masaaki Hatsumi, sōke (gran maestro) de la Bujinkan Budo Taijutsu y poseedor de las nueve tradiciones ninja.
    En la década de los noventa, Kid Palotes llegó a diseñar y fabricar equipo táctico ninja para los grupos de guardias presidenciales. Era equipamiento que no estaba a la venta y cuyos usos muy pocos conocían. Cuando terminó el sexenio, le requisaron su taller, confiscaron toda evidencia del equipo realizado y le prohibieron volver a fabricar esos materiales. La amenaza fue clara: si se enteraban de que lo hacía, le “partirían su madre”. Quizás lo que buscaban era evitar la insurgencia de grupos bien adiestrados con conocimientos sobresalientes. Llegó a mostrarme bóxers para golpear, espinilleras de plástico duro, antebraceras que podían parar un machetazo, botas con una punta de acero retráctil y, por supuesto, shuriken y demás armas de su arte.


    Kid Palotes tuvo una esposa, pero no hijos propios. Crio a la hija de ella como si fuera suya. Su esposa, una ex policía, se dedicaba a prácticas esotéricas. Hacía limpias y sanaciones, pero tenía un carácter irascible y, a veces, no controlaba su energía, llegando a hacer daño con solo maldecir. Andaba inmiscuida con grupos de brujos, manejaba amarres y conjuros, y sospecho que eso fue lo que la llevó a la muerte. La secuestraron. Su cuerpo apareció sin cabeza; tiempo después, la cabeza fue encontrada de manera circunstancial. Kid Palotes andaba muy asustado, porque los judiciales lo llevaron a la procuraduría para que confesara si él la había matado. Le dieron su paliza, pero no lograron sacarle una confesión falsa, porque él no había sido. Además, ya había estado en circunstancias similares en décadas anteriores y conocía la ceguera al dolor de quien ya está curtido.


    Kid Palotes era coherente consigo mismo. Siendo policía, fue incapaz de ser corrupto y prestarse a las mañas de muchos, lo que le granjeó enemistades dentro de la corporación. Era marginado y sufría vejaciones en su trabajo, pero sabía cómo cobrárselas con una venganza bien armada. Si sabes ninjutsu, sabes el arte de la estrategia. Tarde o temprano, la tienes ganada.


    Cuando estaba en turno, a menudo lo asignaban a los grupos antimotines en distintos municipios. Así, se vio en medio de conflictos en Texoloc, Nativitas y Tlaxcala capital. Siempre lo ponían como punta de lanza para desarmar a rijosos con machetes, a borrachos con garrotes o a drogadizos indolentes.
    Tuve la fortuna de aprender de él el manejo del tonfa, del PR-24, algo de katana y gotompo, entre otras muchas cosas. Su amistad me enriqueció y me ayudó a comprender vidas distintas y pensamientos diversos. Su apasionamiento me enseñó que lo que te gusta debes desarrollarlo, pulirlo, acrecentarlo y nunca dejar de aprender.


    Kid Palotes no murió de COVID-19. Tenía diabetes, y se le complicó. Me enteré de su muerte meses después. Esto es una reseña de su vida y un reconocimiento a mi maestro.

  • Imagen hiperrealista de dos hermanas gemelas idénticas vestidas de novia con trajes tradicionales mexicanos bordados. Una hermana tiene una expresión de preocupación y sostiene una flor blanca pequeña, mientras la otra muestra una sonrisa traviesa y sostiene una rosa roja. Al fondo, se aprecia una vibrante fiesta de pueblo con mariachis, decoraciones coloridas y la silueta de los volcanes bajo un cielo despejado.

    Descubre «Gemelas», un fascinante relato de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza las ricas tradiciones de una boda en Tlaxcala con un inesperado y perturbador giro de identidad que cambiará la vida de dos hermanas para siempre.

    El día pintaba opaco por la ceniza de don Goyo. Yo no tenía otra cosa que hacer más que perder el tiempo, como envidiablemente nadie más lo hace, cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Marcelo, con una invitación para acompañarlo a Los Reyes Quiahuixtlan.

    Nos vimos en un punto cercano y tomamos la combi que nos llevaba por ese rumbo. En el colectivo me informó que íbamos a una boda. Yo no soy mucho de fiestas, y menos de bodas, y tampoco llevaba ropa adecuada para la ocasión, pero en fin, como sea y como cayera, nos fuimos a la boda. Para matar el tiempo, esperamos un poco tomándonos un refresco en una tenducha. A las tres de la tarde, la comitiva nupcial apareció.

    A la cabeza, un cuarteto de jóvenes a pie: las dos novias, idénticas y radiantes, y los dos novios, de traje negro y corbata. Se veían tan contentos como si vinieran de firmar su divorcio. Ellas lucían vestidos de novia sin mácula de error, perfectos. Detrás, los mariachis y el resto de los invitados.

    La calle era de terracería y en cuesta. Los pajes, levantando la cola de los vestidos, incrementaban la polvareda adrede, como si quisieran dejar una estela bien marcada, y cada uno se ganó un coscorrón de su respectiva madre. En la entrada de la casa, grandes lianas de margaritas y ramas adornadas enmarcaban una estrella, el símbolo de que allí se casaban mujeres. En este caso, dos gemelas idénticas, delgadas y frutales.

    El ambiente ya estaba montado. El conjunto musical a la izquierda, y frente a él, grandes mesas dispuestas para el banquete. A un lado, dos baños rústicos tipo fosa séptica; al otro, un tapanco de tepetate de metro y medio, y sobre él, un jardín de pasto y hierbas con una regia planta de nopal.

    A lo lejos, como un telón de fondo, se dibujaban la ciudad de Tlaxcala y las siluetas imponentes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. La historia de las gemelas era bien conocida en el pueblo. Había muchos padrinos, pues casi todos habían participado de alguna manera en la vida de las hijas de don Carmelo. Nara y Nariara cantaban en el coro de la iglesia y eran activas en la pastoral juvenil. Nacieron agarradas de la mano, un presagio que su madre siempre consideró bueno. Lo que no le agradó tanto fue su asombroso parecido. Al principio, le costaba saber quién era quién, pero con el tiempo aprendió a diferenciarlas por su carácter. Una era muy llorona; la otra, un trompo que no se estaba quieto. Ya en la adolescencia, las diferencias se acentuaron: una, Nara, decía siempre la verdad; la otra, Nariara, mentía todo el tiempo. Nara era recatada; Nariara, enamoradiza y risueña con los hombres. Conocieron a sus ahora esposos en lugares distintos. Nara encontró a Vicente en el coro, donde él tocaba la guitarra y, a veces, llevaba serenatas a las novias de sus amigos. Vicente, hijo de un comerciante de manzanas, acababa de terminar la carrera de Administración. Nariara, por su parte, conoció a Fermín en un antro. Él había estudiado en el Tecnológico de Apizaco y trabajaba como ingeniero en cómputo en la sucursal de IBM en Puebla. Los dos noviazgos prosperaron, los cuatro se hicieron buenos amigos y decidieron casarse en una sola fecha, un sueño que compartían desde hacía mucho tiempo, casi como una repetición de su fiesta de quince años. Enamoradas de sus raíces, siguieron las tradiciones de Los Reyes Quiahuixtlan al pie de la letra.

    Cargaron la cruz de flores a la entrada de la casa, tomaron su tarro de pulque, fueron llevadas en brazos por sus esposos hasta la carpa del banquete y se hincaron para recibir la bendición de padres y padrinos. Luego vinieron los bailes: el chochocol, el del guajolote, el vals y la víbora de la mar. De comida sirvieron mixiote, arroz y mole con tortillas de comal. Para beber, pulque, agua de Jamaica, refrescos y bebidas preparadas por un pariente que era barman en el conocido bar “El Sótano”. La fiesta se llevó a cabo sin grandes sobresaltos. Todos disfrutaron del festín y el jolgorio. Cuando pasaron a pedir dinero para la luna de miel, la gente fue generosa. Ya tenían reservado el hotel Elcano en Acapulco, sobre la costera Miguel Alemán, por tres días y dos noches. De regreso, planeaban visitar a unos familiares de Vicente en Chilpancingo y luego pasar unos días en Taxco.—¿Gustan cooperar para el viaje de bodas? —dijo Nariara, acercando una zapatilla con dinero.—Claro. Que la pasen muy bien en su luna de miel y que sean muy felices tú y tu hermana. Todo ha estado muy bien, gracias por todo —afirmó Marcelo, acomodando un billete generoso.

    Más tarde, las hermanas y sus esposos contaban el dinero entre risas.—Mira, hermana, ¡ya juntamos un buen! —exclamó una.—Oye, a ver, vamos a ver cuánto juntaron ellos.—¿Cuánto llevan?—¡Ya juntamos pa’ las caguamas! —bromeó uno de los novios.—¡Cállate, qué caguamas! Necesitamos para la gasolina y las casetas. A ver, nosotras juntamos más.—Pues claro, ustedes están de locales y nosotros de visitantes.—Por eso las queremos tanto.—Mua, mua. Ya en Acapulco, el calor las recibió con una bofetada húmeda.—Mira, hermana, ¡qué bonito hotel! ¡Ay, cuánto calor! Vamos a las habitaciones. Lo bueno es que están juntas, la vamos a pasar bien. ¡Ayyy, ya quiero estar con él! —dijo Nariara.—¡Ay, picarona! —rio Nara.—Yo también quiero estar en sus brazos. Todo esto es maravilloso, parece un sueño.—Me voy a poner el negligé blanco.—Ahorita que suban a la habitación brindamos y cada quien a lo suyo. Pero ya es muy tarde, hay que dormir.—Yo lo último que quisiera es dormir —susurró Nariara—. Quiero hacer el amor con él incansablemente. Ay, Fermín, mi amor. En la habitación, los cuatro brindaron. Las botellas de vino y algo de reserva que habían llevado se descorcharon entre risas y recuerdos de la fiesta.—¡Se fijaron cómo la tía Juana se puso como trompo después de todas esas copas que se tomó! —comentó Vicente.—¡Jiji, no manches! Todo el mundo lo va a comentar. La noche transcurrió entre anécdotas, bromas y el murmullo del mar que se colaba por la ventana. El cansancio y el alcohol finalmente los vencieron, y cada pareja se retiró a su respectiva habitación.

    La mañana los descubrió durmiendo plácidamente. Era un hermoso día soleado, y el calor acapulqueño, alharaquiento, fue el primero en despertar a las gemelas. Nariara, con los ojos muy abiertos en la penumbra, sacudió suavemente a su hermana, que dormía a su lado. En voz baja, casi un siseo, soltó la bomba:—Nara, despierta. Oye… te acostaste con mi Fermín. Y yo con tu Vicente. Nara abrió los ojos. El mundo se le vino encima. Se miraron, idénticas en su espanto, y se agarraron de las manos, así como habían nacido.—Virgen santísima, ¿y ahora qué? —susurró Nara, con el pánico helándole la sangre. La verdad, su ancla, su única certeza, se había hecho añicos. Nariara, la mentirosa, la que siempre encontraba una salida, la miró con una calma aterradora. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en sus labios.—Pues no sé… —dijo, y su tono era de una falsa inocencia—. No los vayas a despertar. Nara la miró, buscando una respuesta, una solución, pero solo encontró el reflejo de su propio rostro en los ojos de su hermana. Por primera vez en su vida, la verdad le pareció un castigo insoportable.—No les digas nada —continuó Nariara, su voz ahora firme, como si dictara una sentencia—. Al cabo que no creo que se den cuenta. Anda, ya métete a la regadera, yo haré lo mismo. Y ponte ese bikini azul, el muy provocativo. A él le va a gustar.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica de un majestuoso gorila de lomo plateado, con expresión serena y sabia, sentado tranquilamente en medio de un frondoso bosque antiguo. Sus ojos transmiten profunda comprensión y fuerza silenciosa. En el fondo, sutilmente integradas, se aprecian siluetas de hombres maduros (de 50 años o más) realizando actividades reflexivas: uno meditando, otro ofreciendo orientación a una persona más joven, un tercero observando un vasto paisaje con una mirada conocedora. La iluminación es suave y dorada, enfatizando la dignidad y la seriedad del gorila y los hombres. La atmósfera general evoca sabiduría, paz y el profundo valor de la experiencia acumulada, contrastando con un sutil indicio del mundo moderno, acelerado y obsesionado con la juventud, en la lejanía (por ejemplo, luces borrosas de la ciudad o patrones digitales tenues).


    Descubre el «Lomo Plateado», un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que reivindica la madurez masculina como fuente de sabiduría, serenidad y liderazgo, desafiando la obsesión cultural por la juventud perpetua.

    En una cultura obsesionada con la juventud perpetua, llegar a la madurez —esa frontera simbólica de los cincuenta años o más— es a menudo visto como el inicio de un declive. La sociedad, con sus implacables estándares de éxito y fracaso, nos empuja a medir la vida en términos de productividad y apariencia, ignorando la forma más auténtica de riqueza que solo el tiempo puede otorgar: la sabiduría decantada de la experiencia. Este ensayo es una reivindicación de esa etapa de la vida, un intento de desglosar el valor del hombre maduro a través de una metáfora tomada de la naturaleza: la del «lomo plateado».


    La sabiduría de la vida, en su forma más pura, a menudo se revela no en los complejos discursos humanos, sino en la observación silenciosa del mundo animal. Me fascinan los primates, y en particular los gorilas, por su asombrosa similitud con nuestra propia estructura social. Dentro de la manada, el gorila de lomo plateado no es simplemente el más fuerte o el más agresivo. Es el eje sobre el cual gira el equilibrio del grupo. Su función no es la dominación por la fuerza bruta, sino la estabilización. Es el protector, el mediador, el que resuelve conflictos con una economía de gestos que denota una confianza absoluta en su posición. No necesita demostrar su poder porque este emana de su sola presencia, de su experiencia acumulada y de la responsabilidad que asume por el bienestar del grupo. Su liderazgo es una fuerza tranquila, una certeza que calma y ordena.


    Este arquetipo del lomo plateado resuena profundamente con una concepción de la madurez masculina que nuestra sociedad ha olvidado. Se nos ha hecho creer que el hombre de más de cincuenta está en sus últimos años, que “chochea” o que su valor reside únicamente en el estatus material que ha acumulado. Sin embargo, esta visión es superficial. La verdadera valía del hombre maduro no está en su cuenta bancaria ni en su capacidad para competir con los más jóvenes, sino en una serie de cualidades que, al igual que en el gorila, se han forjado en el crisol del tiempo.


    La primera de estas cualidades es una serenidad ganada . El hombre joven vive en un estado de agitación constante, impulsado por la ambición, la inseguridad y la necesidad de probarse a sí mismo ya los demás. El hombre maduro, en cambio, ha librado ya suficientes batallas para saber cuáles merecen la pena y cuáles no. Ha aprendido a diferenciar entre lo urgente y lo importante. Su energía ya no se desperdicia en la autoafirmación, sino que se canaliza con propósito. Esta calma no es pasividad, sino una forma superior de poder: el poder de quien conoce su propio centro y no se deja arrastrar por las tormentas pasajeras.La segunda calidad es la perspectiva . El hombre que ha vivido medio siglo ha sido testigo de ciclos, ha visto imperios personales y colectivos alzarse y caer, ha experimentado el fracaso y la resiliencia. Esta visión a largo plazo le otorga una capacidad única para relativizar los problemas y para ofrecer consejos sin la urgencia del pánico. Mientras el joven ve cada crisis como el fin del mundo, el hombre maduro la ve como un capítulo más en una larga historia, un desafío que, como tantos otros, también pasará. Su experiencia le permite ver el bosque más allá del árbol, el patrón más allá del caos.


    Finalmente, la cualidad más importante es una integridad silenciosa . El verdadero «lomo plateado» no busca el aplauso ni el reconocimiento. Su código de conducta no depende de la aprobación externa, sino de un conjunto de valores internos decantados a lo largo de los años. Para mí, estos valores se resumen en tres pilares: respeto , no solo por los demás, sino por el camino recorrido y por uno mismo; aceptación de las propias limitaciones, de la inevitabilidad de la pérdida y de la naturaleza imperfecta de la vida; y equilibrio , la capacidad de mantenerse en pie, con dignidad y sin estridencias, en medio de las contradicciones del mundo.En conclusión, el concepto de «lomo plateado» es un antídoto contra la tiranía de la juventud. Nos invita a redefinir el valor de un hombre no por la tensión de sus músculos o la rapidez de sus reflejos, sino por la serenidad de su mirada, la profundidad de su perspectiva y la solidez de su carácter. Es un llamado a honrar la sabiduría que solo el tiempo puede esculpir, una sabiduría que, lejos de ser un signo de declive, es la manifestación más elevada de una vida plenamente vivida.