Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Ilustración cinematográfica de una confrontación frente a la "Funeraria San José" en Tlaxcala, con hombres portando candelabros como armas y una mujer grabando con su celular bajo un cielo turbio y opaco.

    ¿Hasta dónde llega la ambición en tiempos de tragedia? Explora «Muertos Peleados», una cruda crónica de Edgar Sánchez Quintana sobre la feroz competencia entre funerarias en Tlaxcala durante el apogeo del COVID-19.

    Era turbia, opaca, como un líquido que queda en el fondo del flan, así era la tarde en la que cuento esta historia de apocalipsis. El protagonista era Damián, un joven de 25 años casado con Yuli; él era de rasgos toscos y apariencia gorilezca pero ella así lo quería, eran ambos una unión matrimonial perfecta. La situación se lleva a cabo en la ciudad de Tlaxcala México, durante la crisis sanitaria de 2020.

    Damián acababa de perder su empleo que por diez años había atesorado, pero que le había dado bastante experiencia en el ramo, tenía su certificación como embalsamador, y había adquirido herramientas propias para su trabajo, como la bomba, los frascos para succión, los troques, tijeras y demás aditamentos; así como equipos de protección y sanitización propios del covid-19.

    El señor Eduardo, su patrón y dueño de funerarias Sandal lo había despedido porque según él le estaba pagando demasiado y ya no le convenía, y también porque su esposa, Britney le había aconsejado que lo despidiera y que consiguiera a alguien que le pagara poco, y así fue, Damián empezó a trabajar por su cuenta y Yuli comenzó a atender la casa y al hijo que tenían. El trabajo de Yuli era también de cuidado porque en cada servicio de covid-19 tenía que lavar la ropa perfectamente, sanitizar toda su casa y esmerarse en la limpieza y pulcritud.  A Damián le empezó a ir mejor que cuando trabajaba en las funerarias Sandal porque hacía más servicios ya que todos lo conocían y se había quedado con la cartera de clientes que por años había fructificado, pues era él quien atendía como embalsamador de la región a otras funerarias, y era algo que el señor Eduardo no se esperaba pues los servicios de embalsamamiento que él hacía ya no llegarían directamente a su empresa, sino que se irían a otro lado.

    José el dueño de la “funeraria San José” ubicada en San Juan Totolac había acordado con Damián continuar con los servicios que ya tenían realizando por tiempo atrás y Damián hizo tratos con otras funerarias y aseguro así un aproximado de tres servicios por día, pues la temporada estaba en todo su apogeo sin dejar de ser empáticos por la pérdida.

    El señor Eduardo discutió con sus trabajadores porque no estaba saliendo bien la cosa porque a pesar de la epidemia y de estar en una ubicación privilegiada para una funeraria, no lograban cerrar los tratos para los servicios funerarios, lo último había sido una urna y el servicio de cremación pues había sido de covid-19; los ayudantes eran Jorge, que era compadre de Damián y que se había quedado de encargado y Fernando que tenía poco de haber entrado a laborar, ellos le chismearon que ellos estaban haciendo bien su trabajo pero que sabían que José el de la funeraria de San Juan Totolac estaba quitándoles los muertos porque tenía mejores precios. Esto hizo enojar al Señor Eduardo y discutió con su esposa, ella le reclamo que ya había encargado las licras colombianas uuyfit para ir al gimnasio y que necesitaba dinero, que se pusiera a ver que hacia; ella, neurótica y cizañosa sabia como manejar y envalentonar a su marido, le pico la cresta a tal grado que desde la ventana de su casa les grita a los trabajadores que estaban por descargar algunos aditamentos utilizados en los velorios.

    ─ ¡Dejen eso, vamos a San Juan Totolac, vamos a ver a ese cabrón que me está chingando! ─

    ─Si patrón─

    Ellos se suben a la carroza funeraria y Eduardo y su esposa se van en su camioneta.

    Llegan y enfurecido Eduardo va hacia la funeraria, José está afuera platicando con su ayudante.

    ─¡A ver cabrón porque me estas quitando los servicios, ya me contaron que tú eres el causante, porque pones esos precios tan bajos y ya no me está llegando nada, será mejor que te parta tu madre porque ya te había dicho una vez que no te metieras con mi negocio, que podías trabajar sin perjudicarme, pero tú no entiendes  y ya es hora de que te parta tu padre para que lo entiendas, ya me tienes hasta la madre,  si no es la cosa de que me ganas el lugar  en el crematorio me quitas los clientes que ya había yo tratado y  así no se puede, por eso ya estuvo, te voy a partir tu madre por pasado de verga!─

    Sale Britney de la camioneta empuñando como arma un celular para sacar video y se presta a dejar evidencia de la injusticia que le están haciendo a su marido.

    Al unísono salen, Jorge y Fernando, los ayudantes de Eduardo empuñando unos candelabros y palos de los cortineros de velatorio y se prestan a partirle su madre al flaco de José, él como puede se defiende y lo único que encuentra a la mano es un tapete sanitizante con cloro a la entrada de su negocio y le sirve tanto de artefacto contundente como de escudo. A Eduardo lo detienen porque observan Fernando y Jorge que se acerca por la avenida una patrulla de la policía, cuando José se va metiendo a su funeraria de golpe, escucha los insultos y maldiciones de los quejosos a lo lejos; se queda todo golpeado y molido por lo que ha pasado.  Saca algodón y un poco de alcohol para sanarse sus heridas. Los candelabros y cajas mortuorias quedan como testigos impávidos, nada los conmueve, lo que sí son los crucifijos que se alquilan en los velorios, como elementos equiparables a este nuevo Cristo de pandemia.  

  • ¿Qué sucede cuando perdemos nuestra insignia de respetabilidad en el fango? Descubre «Crónica de una Aureola Perdida en el Macadán», un profundo relato de Edgar Sánchez Quintana sobre el clasismo, la pandemia y la búsqueda de identidad en una sociedad fragmentada.

    “Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. (-) Ahora puedo ir de un lado a otro de incognito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales.”—Charles Baudelaire, Le Spleen de Paris (1862)

    El aire de la calle era una mezcla húmeda de tierra mojada y la quietud ansiosa que había impuesto la pandemia. Salí hacia la tienda de la esquina, con el rostro cubierto por el tapabocas que se había vuelto una segunda piel, una barrera frágil contra un enemigo invisible. A media cuadra, el silencio fue desgarrado por el ulular agudo de sirenas. Mi primer pensamiento, casi un reflejo condicionado en esta ciudad, fue que una manifestación avanzaba por el bulevar Mariano Sánchez, un cauce habitual para el descontento. Al aproximarme a la esquina, la escena se desplegó ante mí: no era la marcha a pie que imaginaba, sino una procesión motorizada. Una patrulla abría paso, y tras ella, una caravana de coches de modelos recientes, relucientes, rompía la monotonía de la tarde con un coro insistente de bocinas.

    El primer vehículo que desfiló ante mis ojos era conducido por un hombre de esa estirpe a la que el dinero confiere una autoridad natural. A su lado, una mujer mayor, cuya piel de porcelana parecía conservada en el formol de sérums y cremas costosas, exhibía una postura de soberbia legítima, como si el asiento del copiloto fuera un trono rodante. Supe, por su posición de vanguardia, que ostentaban un rango superior en aquella jerarquía de la protesta.

    De las ventanillas de los autos colgaban cartulinas, pancartas improvisadas que gritaban en silencio su disgusto con lemas como: “FUERA AMLO”, “NO TE QUEREMOS”, “MÁS EMPLEO YA”. Observé pasar la columna de unos diez vehículos, una serpiente metálica cerrada por otra patrulla que custodiaba su retaguardia. Su protesta me pareció aséptica, cómoda, casi indistinguible de un paseo dominical hacia el centro comercial. Los rostros tras los cristales no mostraban ni un atisbo de la furia o la frustración que supuestamente los movía; su única acción era conducir y hacer sonar el claxon, un gesto vacío y festivo, como el de la comitiva que celebra a los novios camino al banquete.

    Fue entonces, mientras veía aproximarse a uno de los últimos coches de la caravana, que una voz cortó el aire. Desde el asiento del copiloto, un grito se dirigió directamente hacia mí, afilado y despectivo: “¡Un naco!”. Las risas de las acompañantes en el asiento trasero estallaron como un eco cruel, una carcajada que me envolvió y me dejó paralizado. Me quedé estático, incrédulo, sintiéndome estúpido bajo el bozal de coronavirus que me cubría. Ellos, noté con una punzada de ironía, no llevaban tapabocas. Quizás eran inmunes al virus, o a la simple decencia.

    De regreso a casa, la palabra rebotaba en las paredes de mi mente. “Naco”. ¿Cuándo me había convertido en eso sin darme cuenta? ¿O era una simple confusión, un error de identidad? ¿O acaso fui solo el detonante casual para su diversión, un objeto para desatar la risa? Mi vida desfiló en un instante: los años invertidos en bibliotecas, devorando conocimiento para acrecentar mi valía; el esfuerzo por dominar otros idiomas; las horas incontables en aulas universitarias persiguiendo títulos que me reivindicaran ante mí mismo y ante una sociedad que ahora me escupía un insulto desde la comodidad de un auto con aire acondicionado.

    La legitimidad de su manifestación se me antojó entonces ridícula. ¿Era esta la voz del pueblo? ¿Un puñado de coches de lujo en una procesión tibia? Eran liliputienses resguardados en su desgana, sombras de partidos políticos en decadencia, entidades falsas comprometidas únicamente con su egoísta comodidad. De pronto, sentí una oleada de respeto por los líderes de antaño, aquellos que, junto a sus compañeros, aguantaban horas de lucha social bajo un sol quemante, que emprendían marchas kilométricas hasta que los pies sangraban. Recordé los garrotazos de la policía, el ardor de los gases lacrimógenos, el miedo a la persecución. Aquella lucha social era real, tangible. Era quedarse en el plantón sin importar la lluvia o la tormenta, era sentir el grito unísono como parte de una causa justa, era sentirse parte de la historia, de la patria misma.

    Esa cruda realidad me despertó a una situación que no había querido ver. Me reconocí naco, porque así es como otros me veían, y esa era su verdad. La pandemia, en su macabra justicia, ha democratizado los rostros; ahora somos siluetas sin nombre, bultos sin representación, personalidades castradas recorriendo el macadán, futuros zombis en camino al precipicio. Somos figuras de paja esperando el incendio.

    Ya no hay separación. Como Baudelaire, todos hemos perdido nuestras insignias de respetabilidad en el fango. Y en este nuevo mundo, el nombramiento de “naco” resuena casi como un distintivo, una marca que atestigua que, a pesar de todo, uno sigue aquí. Soy naco, sí. Pero un naco vivo.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica ambientada en el asilo de Charenton. Jean-Paul Marat está en una bañera, escribiendo, mientras el Marqués de Sade lo observa con una expresión cínica. En el fondo, una figura sombría sostiene una daga, simbolizando la traición. La escena es oscura y dramática, con otros internos del asilo difuminados en el fondo.

    Explora la intrincada relación entre locura, política y traición en «Marat, Sade y la Sombra del Traidor» de Edgar Sánchez Quintana, un análisis profundo inspirado en la obra de Peter Brook

    Por Edgar Sánchez Quintana (Versión revisada y extendida por Manus)

    La película Marat/Sade, dirigida por Peter Brook a partir del guion de Peter Weiss, es un laberinto de espejos donde la locura, la política y el teatro se entrelazan. La obra, representada por los internos del asilo de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, narra el asesinato del líder revolucionario Jean-Paul Marat a manos de Charlotte Corday. Sin embargo, más allá de la anécdota histórica, la película sirve como un poderoso punto de partida para analizar una constante en la historia de los cambios sociales: la figura del traidor como herramienta del despotismo.

    Sade, en su panegírico fúnebre a Marat, no se detiene en la figura histórica de Corday. La despoja de su identidad, de su género, y la convierte en un arquetipo. No la nombra, sino que la evoca como una aberración de la naturaleza, un ser vomitado por el infierno para servir a los tiranos. En sus palabras, es un «monstruo» que no pertenece a ningún sexo, un instrumento del puñal que «agitaba la sedición». Sade entiende perfectamente que Corday no es la causa, sino el síntoma. Ella es la mano que ejecuta, pero la voluntad que la mueve es la de la monarquía, la de los déspotas que ven en la revolución una amenaza a su poder.

    Este arquetipo del traidor, del «Judas» que emerge desde dentro o desde los márgenes para apuñalar el corazón de un movimiento de cambio, es una constante histórica. Los tiranos y los imperios siempre han sabido que la forma más efectiva de destruir una revolución no es enfrentarla de cara, sino corromperla desde adentro. Se sirven de aquellos que, vistiendo el manto de la virtud o la moderación, están dispuestos a traicionar los ideales que alguna vez defendieron. Charlotte Corday, en la visión de Sade, no es una heroína idealista, sino la encarnación de la contrarrevolución disfrazada de acto de justicia.

    Esta dinámica no murió con la Revolución Francesa. La vemos repetirse en distintas épocas y geografías. Gobiernos que se autoproclaman faros de la democracia no dudan en financiar y armar a grupos disidentes en naciones que buscan un camino soberano, para luego justificar una intervención en nombre de la «libertad». Estos «luchadores por la libertad», a menudo, no son más que mercenarios al servicio de intereses extranjeros, los Judas modernos que entregan a su pueblo a cambio de poder o dinero. El despotismo ya no necesita reyes; se viste con el traje de la geopolítica y los intereses corporativos.

    Pero la traición más insidiosa es la que nace en el seno mismo de los movimientos de transformación. Son los individuos que, habiendo sido parte del cambio, deciden que ya ha ido demasiado lejos. Se asustan de la radicalidad de las nuevas ideas y prefieren la comodidad del antiguo régimen, aunque sea injusto. Estos tránsfugas se convierten en las voces más valiosas para la derecha conservadora y clasista, pues su discurso de «decepción» y «arrepentimiento» sirve para deslegitimar la lucha. Son los que, habiendo caminado junto a los revolucionarios, deciden que es más rentable servir a los amos de siempre. Su traición es un acto que busca detener la historia, petrificar las estructuras de poder y asegurar que, al final del día, nada cambie realmente.

    La película de Brook, con su atmósfera febril y caótica, nos recuerda que toda época de cambio es una lucha a muerte entre fuerzas opuestas. Y en esa lucha, la figura del traidor es el arma más letal. Sade, desde su lúcida locura, lo comprendió a la perfección. No importaba si Charlotte Corday era bella o seductora, como la presenta el director; su función era la de ser el instrumento de la reacción. Su acto no fue personal, sino político. Fue la materialización del miedo de los poderosos a perder sus privilegios. Y ese miedo, hoy como ayer, sigue buscando manos dispuestas a empuñar el puñal.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica que fusiona dos paisajes: a la izquierda, un campo árido de la Gran Depresión con un trabajador migrante (Steinbeck); a la derecha, un entorno urbano marginal con elementos que sugieren una prisión (Revueltas). En el centro, un libro antiguo con la inscripción "Humanidad Compartida" emerge de la tierra agrietada, simbolizando la conexión entre ambos autores. La atmósfera es melancólica pero esperanzadora, con una iluminación cálida al atardecer.

    Explora las «Geografías de la Conciencia Social» con Edgar Sánchez Quintana, un análisis profundo que une las vidas y obras de John Steinbeck y José Revueltas, revelando su compromiso inquebrantable con la justicia social a través de la literatura.

    Por Edgar Sánchez Quintana (Versión revisada y extendida por Manus)

    La literatura, en su expresión más potente, a menudo se convierte en el sismógrafo de su tiempo, registrando los temblores de la condición humana en un contexto social específico. Mucha ha sido la riqueza que han dejado ciertos autores en la comprensión de esta simbiosis entre realidad y creación. A través de los ejemplos de John Steinbeck y José Revueltas, dos escritores aparentemente disímiles, se puede entender al autor como un catalizador de sus propias vivencias, un alquimista que transforma el plomo de la realidad en el oro de la narrativa.

    John Steinbeck es, en esencia, un cronista de la tierra y de quienes la trabajan. Su obra es inseparable del paisaje californiano y de la crisis económica que lo devastó durante la Gran Depresión de 1930. Para que sus protagonistas surgieran con la autenticidad que los caracteriza, el propio autor debió vivenciarlos. Steinbeck no fue un observador de salón; trabajó como jornalero, viajó con los migrantes y compartió su pan y su desesperanza. Esta inmersión total le confirió una riqueza de vivencia que se destila en cada página de novelas memorables como Las uvas de la ira, De ratones y hombres y Al este del Edén. Su literatura se nutre de la convicción de que para entender al ser humano, primero hay que sentirlo. Como él mismo afirmó, «Solo puedes entender a la gente si las sientes en ti mismo». Sus personajes, forjados en la adversidad, exponen una profunda dualidad, cuestionando la moralidad impuesta y reaccionando de formas inesperadas ante la injusticia. Steinbeck nos muestra que en la pobreza más extrema puede florecer la más grande de las solidaridades: «Si estás en problemas, herido o necesitado, acude a los pobres. Son los únicos que ayudarán, los únicos».

    En una geografía distinta pero bajo un cielo de opresión similar, la vida y obra de José Revueltas asombran por su inquebrantable empecinamiento ideológico y su entrega a la justicia social. Revueltas fue un hombre comprometido hasta la médula con las ideas marxistas, un militante perpetuo cuya existencia fue una constante lucha contra el poder. Su biografía está marcada por la cárcel —incluyendo su célebre reclusión en Lecumberri tras el movimiento estudiantil de 1968—, pero lejos de ser un mero panfletista, utilizó su genio literario para explorar las profundidades del alma humana en situaciones límite. Para él, la literatura no era un escape, sino una herramienta de disección de la realidad. En sus propias palabras, «Los escritores no vivimos la vida de forma existencial, sino de manera literaria. El horror cotidiano siempre puede ser sustento de una buena narración». Su obra es un descenso a los infiernos de la sociedad mexicana: la vida carcelaria en El apando, la descomposición ideológica en Los errores, y la marginalidad en cada uno de sus cuentos. Revueltas no solo describe la pobreza; la analiza, la dota de una conciencia filosófica y la expone como una tragedia nacional.

    Aquí es donde las vidas y obras de Steinbeck y Revueltas, a pesar de sus diferentes contextos nacionales, convergen en una tesis fundamental: la literatura más trascendente nace del compromiso con el entorno social. Ambos son emisarios de una realidad que clama ser contada. Steinbeck le da voz a los «Okies» desplazados por el Dust Bowl, mientras que Revueltas se convierte en la conciencia de los presos políticos, los parias y los desposeídos de México. La frase de Steinbeck, «En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y van cogiendo peso para la vendimia», encuentra un eco perfecto en la filosofía de Revueltas, quien sostenía que «El escritor es un producto de su época, pero la época es también un producto del escritor». Ambos entendieron que su labor no era un mero ejercicio estético, sino una responsabilidad moral.

    Esta responsabilidad los obligó a sumergirse en las aguas turbias de sus respectivas sociedades. No escribieron desde la comodidad de un escritorio, sino desde la experiencia directa. La vivencia es el pilar que sostiene la verosimilitud de sus mundos. Revueltas, desde la celda, y Steinbeck, desde los campos de trabajo, demuestran que para narrar la sinrazón, el desamparo y la corrupción, primero hay que haberlos respirado. Son autores que se entregan a la existencia para poder narrarla, y es en esa entrega donde reside su grandeza y su innegable parentesco. Ambos, cada uno a su manera, nos recuerdan que la literatura, cuando es honesta, es un acto de insurrección contra el olvido y la injusticia.

  • La verdadera historia de cuatro amantes y un tesoro malentendido.

    Imagen hiperrealista y cinematográfica de cuatro amantes en una canoa, navegando por un lago al amanecer. Dos de los hombres visten armaduras de soldados españoles y los otros dos visten indumentaria nativa prehispánica. Al fondo, se aprecian pirámides y el humo de la Noche Triste. Uno de los nativos sostiene semillas y el otro una vasija de pulque.

    Sumérgete en la emotiva y oculta historia de la Noche Triste: un relato hiperrealista de amor y escape entre soldados españoles y nativos, que redefine la narrativa de la conquista de México. Una crónica inolvidable de Edgar Sánchez Quintana.

    Por Edgar Sánchez Quintana (Versión revisada y extendida por Manus)

    Entre la testosterona, el acero toledano y la ambición desmedida que impulsaban la expedición de Hernán Cortés, se movían dos almas con prioridades ligeramente distintas: Martín de Lorda y Carranda, un portugués criado en España, y Juan de Ircio, un español de pura cepa. Ambos compartían un secreto que los largos meses en el mar, sin más compañía femenina que las olas, habían hecho florecer: un gusto adquirido por la compañía masculina.

    Martín era un ballestero de temple, un hombre práctico cuyo corazón, sin embargo, había encontrado consuelo en el pecho velludo de un camarada apodado Linterno. Juan de Ircio, por su parte, era de naturaleza más pizpireta y generosa, y no tenía reparos en repartir sus favores entre varios soldados, quienes agradecían su buena disposición. Así, mientras la mayoría soñaba con el oro de las Indias, ellos ya habían encontrado sus propios tesoros a bordo.

    Al llegar a Cuba, el nombre de un tal Hernán Cortés, un hidalgo emperifollado y de verbo encendido, comenzó a sonar con fuerza. Prometía no solo riquezas, sino la gloria de poblar una tierra nueva y llevar la palabra de Dios a sus gentes. Martín y Juan, al verlo pavonearse con sus ropas de terciopelo y cadenas de oro, supieron que aquella era la aventura que buscaban. Se unieron a la expedición, que zarpó hacia tierra firme con más matalotaje que escrúpulos.

    La travesía estuvo marcada por escaramuzas y descubrimientos. En Tlaxcala, enemiga acérrima de los aztecas, el destino de Juan de Ircio dio un vuelco. Entre los espías enviados por el joven Xicohténcatl para evaluar a los extranjeros, se encontraba Necucyaotl, un joven de belleza serena cuya misión era, en teoría, seducir y obtener información. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Juan, la misión se desvaneció. El amor fue instantáneo y mutuo. Mientras Cortés negociaba alianzas, Juan y Necucyaotl se escapaban a los parajes hermosos de Ocotelulco, bañándose en las cascadas y jurándose amor eterno junto al río Zahuapan.

    El ejército continuó su marcha hacia Cholula, la gran ciudad sagrada. Allí, mientras investigaba los rumores de una traición, Martín de Lorda, el práctico ballestero, se topó con Itzcoatl, un apuesto artesano cholulteca. Fingiendo una captura para interrogarlo, Martín se lo llevó ante Cortés, quien, distraído con sus planes de conquista, se lo «regaló» como si fuera un botín de guerra. Esa misma noche, Martín e Itzcoatl consumaron un amor frenético, descubriendo que sus almas hablaban el mismo idioma.

    Así, mientras el capitán Hernán Cortés avanzaba sudoroso y preocupado por el paso entre los volcanes, un cuarteto de amantes recorría el mismo sendero unos metros más atrás, completamente ajenos a la tensión, recolectando margaritas silvestres y riendo en susurros.

    La llegada a la majestuosa Tenochtitlán fue, al principio, pacífica. Pero la matanza del Templo Mayor durante la fiesta de Tóxcatl, perpetrada por los españoles en ausencia de Cortés, encendió la mecha de la rebelión. Itzcoatl y Necucyaotl, con sus conexiones locales, supieron que la catástrofe era inminente. Rogaron a sus amantes españoles que huyeran con ellos.

    La noche del 30 de junio de 1520, la historia la bautizaría como la «Noche Triste». Mientras el grueso del ejército español intentaba una huida desesperada y caótica por la calzada de Tlacopan, cargando todo el oro que podían, nuestros cuatro protagonistas tenían un plan diferente. Se les vio acomodando su parte del «tesoro de Moctezuma» en una pequeña canoa que la familia de Itzcoatl había preparado.

    Bernal Díaz del Castillo describiría más tarde los gritos de los guerreros mexicas: «¡Oh, cuilones! ¿Aún vivos quedáis?».

    Lo que Bernal no supo, y la historia oficial convenientemente olvidó, es que sí, quedaban vivos. Mientras la laguna se teñía de sangre y el estruendo de los falconetes se ahogaba en la distancia, la pequeña canoa de los amantes se deslizaba silenciosamente en dirección opuesta, hacia la orilla sur. No llevaban oro ni joyas. Su tesoro, cuidadosamente envuelto en petates, era una colección de semillas de flores exóticas, un par de gallinas ponedoras y un cargamento de pulque para celebrar. Su destino no era la gloria del imperio español, sino una pequeña chinampa en Xochimilco donde planeaban vivir su amor.

    A la mañana siguiente, cuentan que Hernán Cortés lloró su derrota bajo un ahuehuete. La leyenda no menciona que, a unos pocos kilómetros de allí, cuatro hombres celebraban su propia victoria, brindando por la que, para ellos, no fue una noche triste, sino la más alegre de sus vidas.

  • Ilustración estilo anime de un niño leyendo un libro en un quiosco de biblioteca al aire libre en Tlaxcala en los años 70, con edificios coloniales y un burro al fondo, bajo un cielo cálido al atardecer.

    Sumérgete en los ‘Ecos de Tlaxcala’ con Edgar Sánchez Quintana, un relato nostálgico de su niñez en los años 70, su encuentro con figuras culturales como Miguel N. Lira y la forja de la identidad tlaxcalteca.

    Llegué a esta región en 1972, con apenas tres años a cuestas. Aquel arribo me convirtió en un forastero, un ser sin raíces en una tierra que apenas despertaba de su letargo. Eran los tiempos en que Tlaxcala exhibía su costumbrismo más profundo, una provincianidad salpicada de tradiciones que para mis ojos infantiles eran un universo por descubrir. Desde esa perspectiva, la de un niño norteño trasplantado a un México que aún sentía las réplicas del 68, narro mi encuentro con dos figuras que definieron el alma cultural de este estado: Miguel N. Lira y su esposa, Doña Rebeca Torres Ortega.

    El eco del festival de rock de Avándaro de 1971 todavía resonaba en el país, un grito de rebeldía juvenil que contrastaba con la atmósfera solemne del gobierno de Luis Echeverría. Aunque para un niño esos eventos carecían de significado, la desconfianza y el temor eran palpables en el aire, una herencia de la represión estudiantil que se sentía en la cautela de los adultos. En Tlaxcala, la ausencia de Miguel N. Lira, fallecido once años antes, había dejado una especie de orfandad cultural. Intuyo que el partido en el poder, a falta de nuevos íconos, se aferró a su figura para ensalzarla, convirtiéndolo en el escritor oficial, aunque pocos hubieran navegado por las páginas de sus libros. Fue en ese contexto, siendo yo un mozalbete pobre y andrajoso, que la influencia del matrimonio Lira-Torres comenzó a impregnar mis días sin que yo lo supiera.

    Mis hermanos y yo, palurdos y curiosos, hacíamos de las calles de Tlaxcala nuestro coto de aventuras. Recuerdo haber correteado entre la multitud para ver a Echeverría inaugurar la Central Camionera, un evento que prometía conectar a la pequeña capital con el resto del país. En esos andurriales, nuestros caminos se cruzaban a menudo con los de la maestra Rebeca Torres Ortega. Ella era la directora del Centro de Acción Social Educativa #46, una institución a la que asistíamos. La recuerdo como una presencia amable y cariñosa, una mujer que encontraba en los niños un propósito. Le gustaba especialmente que la rondalla del centro, durante los festivales, le cantara «Ansiedad», una melodía que, imagino, le traía el recuerdo de su esposo ausente. Me asombraba en las exposiciones de fin de curso, con los aromas de la repostería recién horneada y los colores vibrantes de los bailes regionales que allí se ejecutaban con tanto esmero.

    La veíamos también en el Hospital General, donde formaba parte del grupo de damas voluntarias. Mientras ella cumplía con su deber cívico, nosotros correteábamos por los jardines, jugando al fútbol en el espacio que hoy ocupa el área de urgencias. No pocas veces nos envalentonábamos para espiar, con una mezcla de morbo y fascinación, la llegada de algún herido en la ambulancia, para luego presumir de haber visto cosas que nuestra imaginación inventaba.

    Fue en esa época cuando nació mi amor por las letras. Cerca de la antigua casa de gobierno, hoy convertida en museo de artesanías, se erigía un pequeño quiosco de biblioteca junto a los juegos infantiles. Aquel modesto puesto de lectura era el eco de las grandes misiones culturales de hombres como José Vasconcelos, materializado por el gobierno local de Emilio Sánchez Piedras y, sin duda, con el apoyo discreto pero firme de Doña Rebeca. Allí, entre el bullicio de los columpios, leí mis primeras historias, descubriendo mundos que se extendían mucho más allá de las fronteras de Tlaxcala.

    Con el paso de los años, comprendí que lo que había presenciado era la construcción de una identidad. El empeño del matrimonio Lira-Torres por forjar un alma para los tlaxcaltecas era la semilla de lo que el maestro Desiderio H. Xochitiotzin, otro pilar de la cultura local, llamaría más tarde la «tlaxcaltequidad». De hecho, el propio Xochitiotzin y su esposa, Lilia Ortega Lira, labraban desde su propia trinchera —el lienzo y el mural— ese mismo amor por preservar las tradiciones que definían a su pueblo.

    Reconozco que la obra de Miguel N. Lira, especialmente «Donde crecen los tepozanes», me marcó profundamente. En sus páginas descubrí una forma única de describir el paisaje de Tlaxcala, involucrando la imaginería popular, el costumbrismo y los destellos de un realismo mágico que luego veríamos florecer en otros grandes autores latinoamericanos. Hoy puedo suponer que gran parte de la obra infantil del escritor fue impulsada pedagógicamente por la maestra Rebeca, en una simbiosis perfecta para nutrir la cultura de la tierra que ambos tanto amaron.

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    Ilustración conceptual de una silueta humana dentro de un cubo de cristal transparente rodeada de relojes sin manecillas, con un símbolo del Uróboros en el suelo y una luz dorada brillante en el horizonte exterior.

    ¿Qué significa realmente estar confinado? Explora este profundo análisis filosófico de Edgar Sánchez Quintana sobre la cuarentena como dispositivo de control, la suspensión del tiempo y el impacto en nuestra esencia como seres sociales.

    Introducción: Más Allá del Aislamiento

    El concepto de «cuarentena», despojado de sus connotaciones puramente sanitarias o religiosas, emerge como un poderoso símbolo de nuestro tiempo, un fenómeno que demanda una reflexión profunda para desentrañar los conceptos que se anudan en la experiencia humana contemporánea. Este ensayo se propone poner en evidencia aquello que, más que comprendido, ha sido asimilado o impuesto, indagando en el porqué y la finalidad de un evento que ha reconfigurado nuestra existencia. Partiendo de una perspectiva filosófica y sociológica, abordaremos el «Ser» en su manifestación más inmediata: la existencia. No como una abstracción, sino como el sujeto anclado a una ubicación y a un tiempo que, bajo la condición de la cuarentena, se ven profundamente alterados.

    El Ser Social y el Espacio Clausurado

    La existencia humana, para ser analizada en este contexto, se define por su cualidad intrínseca y esencial: la sociabilidad. El ser humano es, ante todo, un ser social. Esta no es una característica circunstancial, sino el núcleo de su esencia, despojada aquí de connotaciones políticas o ideológicas. Es desde esta premisa que el concepto de «cuarentena» revela su verdadera magnitud. Hablamos de una reconfiguración del espacio y del tiempo, pero no de cualquier manera. La cuarentena impone un espacio cerrado sobre sí mismo, una condición que, como pilar de este análisis, viola la entidad misma del ser social.

    El espacio cerrado, como nos advierte la termodinámica, tiende a viciarse, a corromperse; los fluidos pierden su dinamismo. Filosóficamente, este principio se extiende al espacio social. Michel Foucault, en su análisis de las sociedades disciplinarias, describió cómo los espacios cerrados funcionan como «laboratorios de la conducta» . La cuarentena, en este sentido, transforma el hogar —tradicionalmente un lugar de refugio, de llegada y de salida— en un dispositivo de control, un marco carcelario que no le es propio. La casa se convierte en un pretexto para la disociación, y quienes quedan confinados no son las paredes, sino las personas, el núcleo social. Como afirma Giorgio Agamben, las medidas de excepción y confinamiento refuerzan la maquinaria del gobierno sobre las libertades individuales, llevando al individuo a una forma de «muerte social» , una exclusión que lo convierte en un muerto para el resto de la sociedad.

    ConceptoAutor de ReferenciaImplicación en la Cuarentena
    Espacios DisciplinariosMichel FoucaultEl hogar se transforma en un espacio de control que disciplina y aísla al individuo.
    Estado de ExcepciónGiorgio AgambenLas medidas de confinamiento suspenden derechos y libertades en nombre de la seguridad.
    Ser SocialAristótelesLa naturaleza social del ser humano es violentada por el aislamiento forzado.

    La Suspensión del Tiempo y la Muerte de la Modernidad

    La cuarentena no solo confina el espacio, sino que también subvierte el tiempo. El concepto de «modernidad», entendido como un continuum de tiempos presentes regenerándose en un cambio incesante, queda suspendido. La modernidad, en su esencia, no puede existir sin el elemento del cambio; en la cuarentena, el tiempo se vuelve estático, inamovible. Es un «no-tiempo», un limbo que asfixia el propio ser de la modernidad. Esta parálisis temporal evoca la imagen del Uróboros, la serpiente que se muerde la cola, un símbolo de la auto-consumación y de un ciclo que no avanza.

    Martin Heidegger argumentó que la temporalidad es la estructura fundamental del ser, una dimensión ontológica inmanente al hombre . La cuarentena, al imponer un tiempo sin progresión, ataca esta estructura existencial. Por su parte, Byung-Chul Han ha descrito la crisis temporal contemporánea no como una aceleración, sino como una «disincronía», una atomización y dispersión de instantes sin una narrativa coherente . La cuarentena exacerba esta condición, creando un presente perpetuo y sin dirección, un agotamiento que Han denomina la «sociedad del cansancio» , donde el exceso de positividad y la autoexplotación nos llevan a un estado de agotamiento colectivo.

    «La modernidad se acaba cuando a los hombres se les acaban las ideas, el continum de tiempos presentes y tiempos actuales regenerándose una y otra vez queda suspendido en una ‘cuarentena’, la modernidad queda suspendida en un limbo que no conocía, es un tiempo sin tiempo, es un asfixiamiento de su propio ser.»

    La Familia y la Crisis de Legitimidad Institucional

    Si el hogar es el epicentro del confinamiento, la familia, como núcleo fundamental de la sociedad, es la simiente atacada. La casa, que existe en relación con su entorno y como centro de comunidades, se convierte en un cajón donde «nada sale y nada entra». Este ataque al núcleo familiar reverbera en toda la estructura social. El ambiente social emancipado queda recluido a una idea nuclear o, peor aún, a la mediación fría e insensible de los medios de comunicación.

    Como consecuencia, toda institución social —educativa, política, cultural— queda a la deriva, como un esqueleto sin carne. Emerge entonces un profundo problema de legitimidad. Cada entidad inmersa en la sociedad se ve forzada a revalidar su valor, a legitimarse para seguir operando, o bien a extinguirse o transformarse. La crisis de la familia como institución se ha estudiado ampliamente, pero la cuarentena la ha expuesto con una crudeza inédita, mostrando su vulnerabilidad y, a la vez, su centralidad como último refugio de protección social .

    Conclusión: La Disyuntiva del no tiempo

    La finitud inherente de la cuarentena —pues toda cuarentena, por más que se alargue, tiene un final— nos enfrenta a una encrucijada. El «no-tiempo» que trajo consigo puede ser interpretado en dos sentidos: como la destrucción de lo que estaba en construcción o como la apertura a una disyuntiva de cambio. Si la sociedad pre-2020 se caracterizaba por una lucha de poder, un individualismo exacerbado y un «valemadrismo soberbio», la suspensión de esa trayectoria nos obliga a preguntar: ¿qué valores deseamos recuperar? ¿Qué nuevas formas de cohabitar podemos vislumbrar?

    La cuarentena, en su violenta interrupción de la normalidad, ha desnudado las contradicciones de nuestro modo de vida. Ha puesto en jaque la libertad que creíamos poseer, la solidez de nuestras instituciones y la naturaleza misma de nuestro ser social. La serpiente que se devora a sí misma puede ser un símbolo de destrucción, pero también de renovación. La decisión de qué construir sobre las ruinas de lo que fue, de si hemos de sucumbir al aislamiento o de forjar nuevos lazos de solidaridad, reside en la capacidad de la sociedad para reflexionar críticamente sobre esta experiencia límite y para actuar en consecuencia.

    Referencias

    [1] Foucault, M. (s.f.). El poder disciplinario. Prolegómenos – Revista de Derechos y Valores. Recuperado de

    [2] Agamben, G. (2020). Filosofía, muerte social y el giro ético necesario después de Covid-19. Dialektika. Recuperado de

    [3] Heidegger, M. (2023). Heidegger y la temporalidad existencial. Nueva Tribuna. Recuperado de

    [4] Han, B.-C. (2025). ‘El aroma del tiempo’. Ethic. Recuperado de

    [5] Han, B.-C. (2025). La sociedad del cansancio. FILOSOFÍA&CO. Recuperado de

    [6] Carballeda, A. J. M. (s.f.). Las Políticas Sociales y la esfera de la Familia; crisis de legitimidad y representación. Dialnet. Recuperado de

  • Esperanza y final

    ¿Es posible transformar el dolor en vida? Descubre la conmovedora reflexión de Edgar Sánchez Quintana sobre la «alquimia del duelo», donde las veladoras de la pandemia se convierten en macetas colgantes, sanando el alma a través de la psicomagia.

    Mi madre, una mujer siempre devota, ha prendido veladoras durante años, elevando oraciones por aquellos que han partido. Sin embargo, con la llegada de la pandemia, sus rezos y el parpadeo de las llamas se han multiplicado, convirtiéndose en un ritual constante frente a la incertidumbre.

    Existe esa costumbre, casi jocosa, de que los vasos de vidrio de las veladoras terminen en la cocina, acrecentando el acervo de la vajilla familiar. En mi casa, esa era la norma. Pero todo cambió con la cuarentena del 2020. Mi madre comenzó a comprar veladoras más grandes, de esas que duran más y vienen en recipientes de plástico. Cada una representaba una oración, un diálogo silencioso tanto con la Virgen de Guadalupe como con las almas de los fallecidos por el coronavirus. Y, al igual que los vasos, los envases de plástico eran guardados metódicamente, esperando un uso futuro.

    Un día, mi madre me pidió que les hiciera agujeros para transformarlos en macetas colgantes. La idea me pareció buena y decidí añadirles algunos elementos para darles un toque más artístico. No obstante, lo más interesante fue la connotación inherente a esta acción, el simbolismo que me llevó a esta reflexión. Observaba cómo un objeto de oración, un faro para los difuntos, se transformaba en un recipiente que acunaba una planta verde, viva y colgante. Inevitablemente, mi mente lo conectó con las teorías del terapeuta y artista Alejandro Jodorowsky.

    Jodorowsky afirma que nuestro subconsciente es una fuerza poderosa que debemos aprender a manejar en nuestro beneficio. En su teoría de la «psicomagia», asegura que un objeto puede ser transmutado simbólicamente para sanar la psique. Recomienda, por ejemplo, enterrar objetos que nos causan daño psicológico y sembrar una planta sobre ellos. Este acto, según él, le enseña al subconsciente a transformar el dolor en vida, a entender que la naturaleza y el crecimiento son sinónimos de esperanza. Y he aquí la asombrosa similitud: los recipientes de las veladoras, testigos de la pena, se convertían en macetas que adornan y dan vida.

    Esta transformación es, en esencia, la alquimia del duelo. El acto de mi madre, aunque quizás inconsciente de esta teoría, materializa una transmutación profunda: la oración por un fallecido a causa del COVID-19 se convierte en una maceta que embellece un hogar. El objeto que acompañó el luto ahora sostiene la vida, susurrando que es posible encontrar belleza después de la pérdida y que la esperanza puede florecer en los lugares más inesperados. Es un ciclo poético donde la fe se convierte en materia y el recuerdo en un nuevo comienzo.

    Así, cada planta colgante que adorna la casa de mi madre es mucho más que un simple objeto decorativo; es un valor agregado, un testimonio tangible de resiliencia. Solo espero que no sean demasiadas las veladoras que tenga que comprar en el futuro. Mientras tanto, ella seguirá con sus responsos y oraciones, sembrando su fe y esperanza en cada una de sus plantitas, llenando su hogar no solo con vida y alegría, sino con la profunda sabiduría de quien sabe que, incluso en la oscuridad, siempre se puede cultivar la luz.

  • ¿Qué sucede con nuestros deseos cuando el tiempo se detiene? Explora este fascinante relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la esperanza, la introspección y el extraño viaje de un alma en pena hacia la luz… y los cajeros de la CFE.

    ─Mis esperanzas son muchas, todo depende de que este problema se acabe, lo que ya quiero es ponerme en movimiento, hacer cosas que hace mucho había planeado y que ahora que he estado parado ya es el momento de ponerlo en práctica, a veces pasa que no valoramos las cosas como cuando salía uno a la calle con total libertad y que ahora valoramos, quiero hacer cosas como decirle a ella cuanto la quiero, y otras cosas que quiero hacer. Cuando se acabe la cuarentena ahora si voy a ponerme las pilas y sin miedo voy a enfrentar la vida y ahora si me voy a poner bien chingón ya lo verán─.

    El hombre se observa en un sitio amplio y solo, detenido en sus pensamientos, imbuido hacia dentro, sus cavilaciones son un tiempo detenido, aquietado hacia sí mismo.

    Rafael es terapeuta holístico y médium, escucha los pensamientos de este hombre y trata de ayudar:

    ─Dirígete a la luz, ve a la luz─

    El hombre escucha como si fuera una bocina en su entorno y capta el mensaje.

    El hombre hecho un vapor, como perfecta alma en pena se dirige a los cajeros automáticos de la Comisión Federal de Electricidad.

  • Una conmovedora crónica sobre la resiliencia y la bondad humana en tiempos de crisis. Descubre el encuentro entre un cocinero y una vendedora de hierbas que, a pesar de haber sido «barrida» por el coronavirus, nos recuerda el valor del intercambio y la empatía.

    ­─¿Como ha estado?─

    ─bien hay vendiendo mis hierbitas, no va a querer, echamos cambio─

    ─me hace falta la cola de caballo─

    ─de esa si traigo, una vez le dije que no traiba, pero ora si traigo, la «cola» ─la mujer se ríe, acomoda sus bolsas, y su enorme volumen de ropa se tambalea, sus pies embutidos en unos crocs negros─

    ─pero no tengo comida, no he abierto el restaurant─

    ─aunque sea un café con leche ándele no he vendido nada, esque el coronavirus no me deja vender, está bien dura la cosa─

    ─bueno deje ver que tengo─

    ─también traigo hepazote del zorrillo─

    ─sí, pero de ese no necesito, yo quiero cola de caballo─

    ─si, pero, yo ya me voy a sentar, ya ando cansada, que Dios le socorra y le dé más, un café con leche y ya bendito Dios y ya lleno mi panza porque la traigo bien vacía desde ayer, como esta su mamacita─

    ─bien anda por allá arriba en sus plantas ya ve que ella es mayor de edad y no dejamos que se ponga en peligro por lo del coronavirus ya ve que es mayor de edad y está en riesgo─

    ─si, cuídela mucho y que Dios la bendiga y le de mucha salud

    trabajo en la cocina y le preparo un desayuno: leche con café huevos con papas y una hojaldra, es temporada de muertos. y se lo llevo a la mesa

    ─bendito Dios, mire nomás que rico, híjole hasta me trajo huevo, yo creiva que nomás era café con leche, Dios se lo pague, hasta mejor de cambio le dejo una bolsa del hepazote del zorrillo─

    ─no se apure, de ese si tengo, solo quiero la cola de caballo─

    ─fíjese que a mí ya me dio el coronavirus y a casi toda mi familia, mi cuñado, mi tío mi hermana, a todos nos barrió, que nos cunde en toda la familia; yo les prepare un pocillo grande de té con hierbas, le eche la malva, la hierba del zorrillo, la hierba de la santa madre, y hasta de las más amargas pero no se me quitaba, si con esas que le cuento se quita hasta el sida, pero este coronavirus es bien plagoso y se mete hasta adentro,  y es bien chiquito que anda por el aire, no se ve, pero anda allí y se mete por la nariz, por las orejas y hasta por la boca, si a mí me dio mucho vómito y toda desguanzada, y los trasudores que no se me quitaban, pero ya ahorita ya me mejoré, decían que uno tenía que estar en su casa pero cual casa, yo no tengo, ya ve que yo me quedaba por la Cruz Roja allí me daban permiso y junto a las ambulancias me hacía bolita y allí me dormía.

    ─le traigo otra hojaldra─

    ─no ya no, muchas gracias, Dios bendito ya comí, esque usted guisa re sabroso y ya hasta lo recomendé para que vengan a hacerle el gasto de que todo está rico, hasta el café sabe re sabroso, no como el que dan, luego por eso no me gusta del que regalan en el hospital porque no sabe bueno, y hasta lo ven a uno feo, por eso prefiero mejor pagar o echar cambio─

    ─y si le digo que es bien peligrosa esa enfermedad del coronavirus y más pior los que tienen la diabetes porque a ellos se les pone todo negro por dentro y ya hasta que se mueren por eso dice el doctor que de esas personas ya no va a ver, y esque yo fui al hospital para que me dieran una medicina, allí ya están vacunando y es de gratis, y si uste va no le vayan a querer cobrar, uste les dice que el doctor dijo que es de gratis y que no van a cobrar y ese medicamento que le ponen a uno cura todo y le saca toda la enfermedad que uno tiene y limpia todo todo y hasta las lombrices y los virus todo los mata por eso es bueno ir allí para que todo se cure y para andar bien primero Dios─

    ─bueno estuvo bien rica la comida, deje y le lavo estos platos que ensucie. ya hasta me da pena, pero gracias a Dios y que Dios lo bendiga─

    ─no deje allí yo me los llevo, si gusta póngame el azúcar y el nescafé en la mesa de la cafetera yo voy y dejo estos platos en la cocina─

    ─no si ya me voy bien a gusto, y si ya había pasado aquí pero encontraba cerrado, uste y su mama que son bien amables por eso Dios bendito les deja muchas bendiciones, allí le dejo la cola de caballo,  ésta la hierve con un litro de agua, y le ayuda al riñón y le limpia todo por dentro y se va a sentir mejor, ya me voy que Dios se lo pague, ya me voy a vender otro día paso a ver si tiene un plato de sopa aunque sea, me saluda a su mamacita─