Edgar Sánchez Quintana

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Prosa Poética: Peregrino

INDICE

Contenido

INDICE.. 2

Prólogo.. 8

PREVIAS. 14

IRSE. 75

PRENDIDO A LA LEYENDA. 205

PEREGRINO 1. 240

PEREGRINO 11. 467

PEREGRINO 111. 735

PEREGRINO IV. 1065

PEREGRINO EN LA AZOTEA V. 1280

 

Prólogo

Este libro es un viaje hacia lo intangible, un peregrinaje interior donde no hay personajes que guíen el camino, ni relatos que obedezcan a un orden cronológico. Solo queda una voz, despojada de todo artificio, que navega por los vacíos del pensamiento, sumergida en una prosa que se desliza entre lo poético y lo filosófico, entre la desilusión y la búsqueda incesante de un sentido que parece siempre fuera de alcance.

Cada capítulo es una estación en este recorrido sin mapa ni brújula, una pausa en el monólogo interno de alguien que, decepcionado, mira al mundo y a sí mismo con ojos críticos y a menudo desolados. No hay aquí más certeza que la duda, ni más compañía que la soledad. Las palabras fluyen como ríos sin cauce, en un intento por atrapar lo efímero, lo que se escurre entre los dedos. Y es que, en el fondo, esta obra no busca enseñar, ni siquiera relatar, sino reflejar el eco de un pensamiento que se enfrenta con la nada.

La prosa, aquí, adopta un tono poético para hablar del desencanto, del vacío que deja la ausencia de certezas, pero también de la necesidad de expresar, de poner en palabras aquello que no siempre puede ser dicho. No hay personajes, solo la voz de quien ha caminado largos tramos por el desierto de la vida y ha vuelto para compartir su experiencia. Una voz que se enfrenta a la verdad última: que la vida, en su esencia, carece de un propósito fijo, y que es en la búsqueda donde hallamos, si acaso, algún sentido.

El lector encontrará en estas páginas fragmentos de pensamiento, ideas que se entrelazan sin una lógica aparente, como si quisieran imitar el caos mismo de la existencia. Este es un libro que invita a perderse, a dejarse llevar por las palabras, a aceptar la incertidumbre. Es un espejo donde se refleja el desencanto del ser, pero también su capacidad inagotable de continuar buscando, incluso cuando todo parece perdido.

PREVIAS

“Y aquí voy volando solo”

Juan José Arreola

—S

algo a caminar por las noches, cuando el clima refresca en esta ciudad provinciana, y cruzo las calles, las principales avenidas hasta llegar lejos, muy lejos, rumbo al noroeste y doy vuelta sin que se  note. Retorno. Y en el trayecto penumbroso, camino meditabundo, en mi mente surgen imágenes, ideas, se cuecen tramas y otros silabarios. Me recreo, me impulsa la interioridad, interioridad que es necesario trabajar y amasar y darle vueltas y seguir rumiando como si ese mundo interno no fuera más que eso; mundos de la interioridad, que a veces asemejan espejismos, irrealidades con algo actuante. Por esos caminos ando, como un peregrino solitario.

—El peregrino en las banquetas, avistando los semáforos; viendo las tiendas de ropa, los grandes cafés que se encuentran asomándose en las ampulosas avenidas. Por allí.

—Oriento los pies. Es mi caminar en una fiesta de ojos —yo también tengo desos saraos— y es citadina. Soy un peregrino metrópoli que avanza tamizando su adentro, es el jugar con su interioridad mientras los autos pasan.

—Los autos corren en las calles, se paran en los semáforos, suenan los “claxon”. Algún borracho cruza el bulevar, otros andantes se apresuran a tomar el colectivo que los lleve a sus casas a dormir…

Pertenecía a la antigüedad, como un hombre de historia en retozo, como el emblema del tiempo permanente, o como si fuera la huella de un devenir en momentos perpetuos. La realización de su existencia tenía cabida en un espacio temporal largo como el mismo horizonte, el cual señalaba su situación de época infinita. Su ser había contemplado sobre sí misma, y había desbordado su interioridad hacia afuera, de allí podía tamizarlo con el eco de su espíritu; de tal ventura que siempre refrescado con la esencia del Ser, permanecía joven sobre cualquier duración histórica. Cuanto más armonioso estaba el espíritu, menos tenía de decir al mundo.

La constitución de su naturaleza tenía interacciones con factores trascendentales como el tiempo y el espacio. Era hombre, eso tenía consecuencias inconvenientes; huelga siempre a decir, que, aunque tenía dos factores trascendentales, era sin remedio, arrastrado a las inclemencias de aquello como hombre. Se albergaba en la dialéctica de la existencia que permanece tratando de alcanzar el infinito.

—Llegó la hora de ensombrecer a los incompetentes con capa de cizaña. No tendré misericordia con los contrahechos de temperamento. Poseo su inutilidad con la gallardía que me pertenece. Díganme que sí. Ya estamos hartos de las imprudencias y las tonterías. Ya terminé de ponerme perplejo ante lo que ocurre, y es hora de protagonizar la crítica por excelencia del que así exista. Llegó el tiempo de hacer la medición de esos hombres.

—Lo que venga al caso será pasado por los ojos de tigre, mis ojos de tigre que son lo mismo, y llegará a ser el sentimiento percibido más cáustico de la existencia. Será la realización de un ímpetu para sí, como la gota en un lago que quiere separarse; esta separación se realiza con un salto típico en la palabra, en la voluntad de hacer forjar el verbo. Es un tanto como saltar del simulacro para convertirse en otra cosa humana, si al caso es que lo humano sigue siendo lo distinto.

—Me he visto fortalecido al inicio de las páginas de la antigua historia, puesto que no me dejaba tranquilo saber que el hombre existía a expensas de un corazón accesorio y no como la entidad fundante, fue el problema de muchas culturas. La antigua historia, sus mitos, me han reinventado el alma una y otra vez, me he comprendido en ellos a tal grado que ahora pertenezco al Occidente. He establecido la realización de una conciencia que se hace de letras, de nombres, de representaciones; pero mi idea se cristaliza en la huella que ha dejado mi existencia. Por lo pronto, creo necesario cavilar hacia dónde y cómo la naturaleza exige la realización de la conciencia abecedaria. Cuando caí del cielo me propuse caminar sobre las cenizas. Ser feliz. Estuve tentado a regresar a mi tierra, pero eso era una gana demasiado apagada. Me había rasgado. Me había convertido en un caminante.

—Andando en las cenizas soy hombre desde los pies, quise que esa fuera mi conciencia. Olvido que este país ha sido de pobreza, aquél que se enajena tornándose en el clavo hipogeo. ¿Quién ha de pensar de quien ha caído del cielo, del que pisa las cenizas, del que camina hacia el horizonte imperfecto, en lugares secretos y perdidos?

—He imaginado que si la comunidad fuera perfecta, yo reclamaría. Pediría a todos los dioses, pediría a todas las naciones que la atacaran he hicieran harapos. No, mejor dejaré las cosas como están. Estoy dispuesto a considerar mis genes a mi odisea. Los tiempos han recobrado el aliento. Busco la forma de consagrarme a los tiempos nuevos, a los tiempos de la ciencia tecnológica. Trabajo avezado sobre las cenizas.

Y salió a encontrarse con todo, pero escogió vaciar la conciencia en el mundo campirano, y el lugar adecuado era la sierra Occidental; sobre los burdos terrenos marchitos (así como Zaratustra lo hizo) podría convertirse en otra cosa humana.

—“Mi imperio fue de lanzas y de gritos y de arenales y de victorias casi secretas en lugares perdidos.”[1]

El Dios curtido de amor mandaba. Eran incognoscibles los caminos. El tiempo tenía que consumirse. El entorno de la ciudad históricamente reacia tenía que ser vaciado; todo estaba lleno de obligaciones y necesidades. El hombre de historia en retozo no llenó en consecuencia nada, sólo vació un sitio. Era el alma con temperamento avispado que intuyendo paría de improviso los ojos de tigre.

—“Y ahora voy a que me borren, a que me den otra cara y otro destino, porque la historia se harta de los violentos.”[2]

Y salió a encontrarse con todo, inclusive con su ser peculiar porque quería que le pasara del mismo modo por dentro; explotar y dar con el espasmo que lo hacía restringirse en la colectividad. Ser otro, transformarse en otra cosa humana, porque consideraba que todo ente buscaba ser distinto o bien ser… pero para siempre.

—“También las piedras quieren ser piedras para siempre (…) y durante siglos lo son, hasta que se deshacen en polvo.”[3]

Y aunque era la utopía, él se entusiasmaba en el proyecto de dejar vacío, aunque dejar vacío y entrar a otro entorno fuera la nulidad del avance, era torcer camino hacia las veredas inconclusas; sería como dice el colega: “un sueño de ebrio sobre una playa desierta” (Rimbaud). Era un sueño. Ser algo. Quizá ser era todo y no había que buscar más en ningún otro lado, puesto que los puntos cardinales morían en la piel; y se quedaba todo allá, en la ciudad históricamente reacia donde su maestro festejaba con cantos leusinos la partida. Y él, su antiguo capitán daría una batalla lejos, en los lomeríos como carcazas de elefante, echados, agrestes. En la sierra sería nada. Sería nadie.

—“Ya no seré Capitán, pero he de comer y beber y dormir como un Capitán; esta cosa que soy me hará vivir.”[4]

De primera instancia sería ilógico argumentar que ser nadie haría hacer vivir, pero no lo es tanto porque ser nadie al fin y al cabo es Ser y acaso Ser sería ser todo, además, ¿porqué no vivir con la esperanza de ser nada, si ser a partir de un sueño es la generalidad difundida?

—“Seré una desventura pero soy (…), y también soy una parte del universo tan inevitable y necesaria como las otras, y también: soy lo que Dios quiere que sea, soy lo que me han hecho las leyes universales y acaso ser es ser todo.”[5]

Quizá ser nada sea lo imposible, lo más difícil, porque Ser es el hacer, es el estar allí haciendo, su entidad es el hacer y su fuerza la actividad; la dificultad viene dada desde su raíz, puesto que nos encontramos con una contradicción añeja entre ser y nada; en este sentido, nada no significa vacío sino negación de ser o sea la entidad que se ubica entre el hacer y la nulidad del ser. El ser nada, sería la comprensión plena del ser con su ontología.

—“Yo comprendo todo y a todos, y soy nada y soy nadie” (Bernard Shaw)[6]

Entonces, que importa en donde sea, puede ser lejos o tal vez en el patio hogareño o dentro de un “charco pululante de moscas verdes”[7]. Y qué interés tiene la historia si la historia es la de cada cual, y cada cual tiene su propia historia, y significa que es el ego o la voluntad la cosechadora del hacer; y el cúmulo de hacederas es la historia y la historia no es más que la epopeya del hacer del ser. Y ser nada es ser algo, y ello incluye la dicha de ser o no ser feliz y el que no lo sea es porque no quiere o no tiene ganas de tener la felicidad a su alcance, porque ¿Qué se necesita para ser feliz? Nada, porque la felicidad no existe, es un sentir tan elástico que termina siendo un prototipo auto manipulable  y por lo regular sentido con los otros, y acaso es raro encontrar al hombre feliz en soledad y aún más raro aquél que goza su felicidad consigo mismo y compartiéndola con los demás, viviéndose feliz ante todo; encontrarse con ese tipo que “puede pasarse todo el día viendo volar una mosca o gesticulando ante el espejo[8] es la gracia del Dios curtido de amor que educa sin pronunciar el silabario.

—Escribir no es sólo un privilegio o un don, para algunos es una necesidad que se mezcla con el placer de hacerlo; este placer se inicia creando, formando oraciones, párrafos, cuartillas, libros. Y ese placer continúa después cuando las ideas plasmadas en las hojas echan raíz en las conciencias de otros. Y sentir satisfacción cuando cada uno lleve en la conciencia las ideas como corbata en tonos multicolores, y al pasar los años, llegue alguna imagen o metáfora a enriquecer su vida; que aparezca con magia, chispeando en su interior. La pluma se ha convertido en mi astilla, en mi prótesis; es la muleta donde apoyo la vida, y no la suelto porque no puedo, se derrumba todo. Otra cosa igual sería tratar de arrancarme la imaginación, cosa que sería una hazaña homérica; yo sólo he podido extirparla a cachos, he procedido por segmentos, por metáforas; es decir, escribir y Edgar es uno o sea un solo verbo, el echo de escribir no resulta un trabajo sino una hechura de comunicación consigo mismo y con otros. Un escritor se fabrica de verbos simples: Edgar come, Edgar corre, Edgar baila, y los adjetivos son puestos por el ambiente donde van y vienen fenómenos y fenomenologías. El producto es lo que importa, la obra y la vida del escritor también es una con su obra. La vida de un escritor fue porque su obra sigue siendo y aquella obra que no pasa a la posteridad es o bien porque la anemia le atacó fuerte o, tal vez, porque las políticas de su contexto le fueron adversas.

—“En un país como el nuestro, el hombre de letras si no es rico ha de considerarse como adscrito a la política” y “la política no tiene entrañas[9]

—Un amigo me dijo una vez que: “La fuerza del hombre nace de sí y de su enfrentamiento con el absurdo” pero considero que esa fuerza interior es multiplicada si el enfrentamiento no lo es tanto y hacemos de lo absurdo nuestro aliado más pleno.  Los acontecimientos en la vida afectan de manera evidente a los actuantes en ella. El acontecer es motivo de cambio para quienes participan en la vida. Esto significa que el individuo queda influido con su actuar. O sea, el fluido de actuaciones será la alfombra por donde atraviese él con otras actuaciones futuras que al mismo tiempo afectarán su ser. ¿Qué cosa significa esto? Por una parte, que existe una retroalimentación del ser con el hacer, o sea del hombre con lo que el hombre hace y de la misma manera de los acontecimientos, actuaciones o hechuras con su ser.

 

IRSE

“Sólo soy sin soledad”

Luis Cardoza y Aragón

—M

e fui para ver si se me pegaba algo del espíritu de villano, porque se me estaba durmiendo la ganancia. Como cabezota de pulpo movía los tentáculos tratando de inquietar las cosas, de darles vitalidad y escudriñaba las rocas y las casuchas de la entidad para buscar evidencias de la existencia. Cantaba fértil pero la ceniza de siempre ahorcaba la voz, y lo volvía a intentar saltando la cerca de la adolescencia y el grito de intrepidez ponía a correr los testículos como larvas hambrientas en un cuerpo recién muerto. El sentir las cosquillitas del camino me hacía indulgente con los amigos. Lo que quería era salir corriendo, pepenar un viento del cielo, tomarlo desprevenido, cogerlo a horcajadas; y ya teniéndolo a conveniencia soltar todo su ímpetu hacia lugares desconocidos, hinchados de sequía, viviendo en una región remota parecida a la del poeta Zen Chang, en el Gulag, por donde pasaba la ruta de la seda. Y le gritaba a ese viento del cielo al estar en movimiento: “Usted no me haga caso si lloro, si grito, usted no cuente conmigo, siga adelante. Haga cuanto sea posible. Tampoco tenga usted miedo de matarme” (Alfonso Reyes) Y la fuerza me revolcaba en las azoteas de cientos de ciudades anidadas en las costas, en los remotos sitios del Ecuador o el Indostán.

—Se propuso que mi vida fuera de esa manera, hospedada en un naufragio, que hiciera de la vida, el asomo de hazañas; porque no estaba conforme, y la propuesta decía: “Que se vaya sin despedirse” (Alfonso Reyes) pero yo quería despedirme también de la hembra-fruta.

—Ya que me había curtido de inteligencia en una ciudad históricamente reacia, lo que quedaba era echarse a dormir como un santo marrano o bien calzar el veloz guarache para andar por los montes inhóspitos; por el lomerío como carcaza de elefante, echado, agreste. Era lo que mi maestro quería y lo que él pensaba: “Mientras haya hombres que emigren, habrá aventureros y conquistadores; es decir, reyes de la tierra” (Alfonso Reyes) Mi maestro quería que me acostumbrara a ser una bestia, que aprendiera de la poesía, entre otras cosas.

—Le dije al sirviente: —“…haz que todo me sea alistado para la hora de partir” (Alfonso Reyes).

—Mientras alistaban las maletas, la mosca merodeaba en la ventana tratando de entrar al cuarto, parecía que quería volar sobre mis pensamientos. Le dije:    — ¡Sácate de aquí, perra! — Y cortaba los ligamentos con la tierra de maíz cerrando la cortina para no ver tanto el tendido citadino, como la mosca terca e inconsciente que quería penetrar en la interioridad con aleteos en los cristales. La mosca estaba poseída de una terquedad insaciable, avizorando sin descanso; y yo, acuciaba el viaje puesto que ya quería estar curtido y bronceado por el sol más salvaje. Los rayitos de luz de la entidad históricamente reacia dejé que hicieran de las suyas mientras no estaba.

—Mi maestro me estrujaba la conciencia con sus enseñanzas panorámicas y decía dándome una palmadita en el hombro: —tú que eres el cachorro más joven de la literatura mexicana, tendrás que salir, irte de este pueblo sutil donde pasea la nada y donde viven tus prejuicios de ostra; Porque yo lo sé, “Un día sobreviene el desequilibrio, empieza el conflicto, empieza el drama; Hay que emigrar. He aquí que comienza la historia”— (Alfonso Reyes). Si no fuera por mi maestro, casi profeta; hubiera seguido cubriéndome con una cobija y diciendo a mí adentro —no quiero saber nada del mundo— y soñar que me cubro con una cobija y me digo —no quiero saber nada del mundo— y soñar, y en el sueño soñar que me cubro con una cobija…

—“De los que se van nos vienen las mayores virtudes. La ingratitud, el desamor a lo que nos abriga y guarece o en otra forma, la inadaptación son cosas necesarias para que la vida se mueva. Los inadaptados son los motores de la sociedad”— (Alfonso Reyes) Seguía comentando el maestro cuando el sol de la tarde me espiaba desde la ventana de cortinas corridas, con los aleteos de la mosca en los cristales. En la ciudad, el sol rabioso lanzaba sus dentelladas sobre la tierra recién mojada. Entonces entró el sirviente para decirme que todo estaba listo, que no esperara más. Y mi maestro dejando un lapso continuaba: “El hombre no quiere aceptar; lo que quiere el hombre es innovar, desde innovarse así mismo hasta innovar el ambiente. En medio de nuestras ciudades estables, cruza una invisible caravana de los que están yendo a otra ciudad; de los que se marchan por marcharse. Si el hombre quiere la renovación, es porque en el fondo, protesta, sonríe. Su arma de renovación es la libertad” (Alfonso Reyes) —Lo he entendido todo.

La noche haragana había embarrado todo sin consideración y dije a la concurrencia, (o sea, la mosca, mi maestro y la ciudad históricamente reacia):   —guarden silencio todos, me doy a la tarea de tener un largo y hermoso sueño— Y en los sueños que tuve siguió la soledad presumiéndome sus virtudes y en ellas los arrumacos: imágenes de la hembra-fruta. Necesitaba recorrer el sendero con mi espíritu de ferocidad bajo el brazo, pues no había de otra; mi chance se había guardado en la metáfora candente, aunque traté en grado sumo escribir cosas de florecitas y horizontes arrebolados; Pero el espíritu dado se me anquilosa. No quiero ser un Nietzsche, pero la conciencia ya la tengo demasiado emponzoñada.

El autobús y yo en él, impregnó una cantidad incontable de kilómetros sobre el asfalto. Del otro lado y sin que yo lo escuchara, mi maestro seguía diciendo al viento del cielo: “Que se vaya sin despedirse. Que se escape una noche por la ventana, descolgándose por una cuerda y con un revolver en la mano procure llevar deshecho el lazo de la corbata y el sombrero abollado; Algún desgarrón en el traje no estará de más y tanto mejor si se cala un antifaz de terciopelo negro. Trate, en fin, de tener el aire de un malhechor, de uno que va contra la vida” (Alfonso Reyes). Descubro lomeríos como carcazas de elefante, echados, quietos, agrestes. Se presentan en la ventana. Los pedazos de horizonte hacen su show en ese marco. El lomerío y el marco se orientan hacia las puertas de la sierra; la cordillera Occidental de México.

No entiendo nada ni comprendo nada. Algunos pedazos de mí están vivos. Para que se nutran me quedo quieto, como momia, palpando el calor que chupa el movimiento de los matorrales cercanos. Deshaciéndome, sintiéndome vivo. Palpito en esta entidad seca. La carroña de letras que cargaba en mi interior la he cercenado. Se pone otra cosa del yo. Aclararon los ojos de tigre, revientan las corneas con furia; ayudan a avizorar el entorno norteño y llego al pueblo hecho de madera y sierra. Es el ranchillo donde las moscas en cuanto llego se acicalan con prisa sobre mi piel. Y en la casa donde me reciben, a un lado de la cama, se yergue la cabeza en yeso de un Cristo que se asoma a las cuarteadas del techo de triplay.

—Ya aclararon los ojos de tigre, se sienten vivos y miran hacia las puertas de la sierra. Me arropo en ellas, con ímpetu me abrazan y yo me acurruco en las cordilleras humosas, frescas… No estás. Desconozco en el aire caliente tu presencia, te sueño, y oigo que llamas a la genética. Soñé que era correteado por ti, hermoso fantasma y yo me resistía dantesco. Bajar la testa ante la belleza es como poner a andar el aparato de la vibración sexual, y al ver la nalga, solo elucubrar la manera de como entrar en tu eco. Me he abstenido de ti, por una fuerza que hay sobre mí que desconozco y la fuerza quiere que aclaren aún más los ojos de tigre, pero aún así, apetezco un sueño donde estés desnuda, entregada, con el pecho brindado a mis ansiadas manos— El hombre de historia en retozo se queda como pasmado dejándose chupar por la incertidumbre, cercena con una filosa guadaña los arbustos del páramo y queda tras la labor una placa de costra seca. La llanura y el horizonte no se interrumpen, sino que continúan unidos durante estables noches. El desierto educa al hombre de historia en retozo, fraguando su ímpetu sobre su espalda de estrenada joroba; mientras trabaja, acaricia los dientes de un recuerdo; es parecido a un sueño peregrino que hace referencia de los distintos paraísos, de la ciudad históricamente reacia, de la hembra-fruta, del maestro, de la mosca terca y empecinada, de los ojos de tigre. Un insecto interrumpe, aplaca a la mosca con un certero golpe, cuenta los minutos y a cada porrazo lo intercala con el cercenado de arbustos con la guadaña: crash-crash, pum-pum, crash-crash. Se ocupa del entorno, la piel se encallece, la sangre se espesa, siente como si el plasma fuera acuoso plomo. Tras de sí, el nuberío salvaje va irrigando con saña las costras secas del terreno.

—La soledad sigue presumiéndome sus virtudes cuando la saboreo como si fuera una pizza marinera o un cóctel de camarones; el silencio lo palpo, es una joya pulimentada. Solo, me descubro como un Buda meditabundo, pero otro dechado de Buda donde el interior se recrea dando tumbos a manera de una larga feria de pueblo. Vacacionándome al calor llanero y obstinado, descubro eriales como carcazas de elefante, echados, quietos, agrestes; así también adentro está la maleza, cizaña que se agiganta al descuido, se pone obesa, se engrasa y entonces sí, lo mejor será que a ésta cabeza cebada venga Diosito y le arranque la conciencia.

—Mirando las puertas de la sierra en la cordillera Occidental, me quedo quieto como momia palpando el calor que chupa el movimiento del cuerpo. Las nubes encarnadas quemándose en el horizonte son el marco para añorar tu erótica parroquia. Me duermo saciándome en las corretizas con cien mil vírgenes… Ya no lo son tanto.

—A la mañana, me despierto cuando el sol me espía desde la ventana, al filo descansa germinando el maíz para el alcohólico jarabe. El sol rabioso lanza sus dentelladas sobre la tierra recién mojada y a mí me asalta la pobreza material en medio de la sierra. Recostado veo la cara de Cristo asomándose a las cuarteadas del techo de madera, con la cara de sufrimiento, como si le doliera estar en esa posición. En el patio mañanero seco y llano, es el niño mojando con jeringa el ojo al pollito que sólo dice “pío”; otro animal de la granja es el gallo tuerto. Así como el gallo tuerto come de lado, así yo, con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra.

—Durante la reunión familiar, miraron la novedosa imagen sacra clavando la vista en las nubes caprichosas de una ciudad lejana. Escuché susurrar a mi maestro: “Cuando se debilita el cuerpo, la fe crece como la tierra esponjosa se deshace al ataque marino.” ¡Que piensen lo que gusten! Lo que yo tengo es un Dios curtido de amor que me ayuda a aclarar los ojos de tigre; este Dios que tengo ayuda demasiado, ahora revientan las corneas con furia desatada. Son ojos que avizoran el entorno norteño.

—Arrojo palabras sobre la inmensa cañada y el eco responde con un atado de insultos. ¡Qué caramba! Vivo pateando la grava del camino de las Cuarenta Casas; colisionando con el acantilado. El entorno hace aplacar el insomnio de mi espíritu de pradera. Tengo los tobillos de espantapájaros. “Y querías ser peregrino, —contesta el maestro tras la conciencia— pero usted no sabe nada de poesía y relatos ¡He! usted no es más que un pellejo y se dice escritor ¡Ja! que chamaco cagatintas está usted.” ¡Maldita sea! Yo hago lo que puedo y si al maestro no le entona, pues no estamos para darle gusto a todos, yo escribo para la ciudad históricamente reacia, para que el hombre de historia en retozo se despierte.

Mientras estaba alegando en el interior, llegué al pueblo donde las moscas se acicalan sobre mi piel; estando en Cuarenta Casas, siguen hiriéndome los moscardones con sus aleteos y zumban en las orejas anidando en ellas. Quiero que todas las moscas del pueblo vengan a carcomer y a defecar larvas a este espíritu de pradera, tal vez sea lo mejor, que venga todo y que todo sea ya; al fin y al cabo, no soy más que una cuenta en el rosario histórico.

Aletargado e idiota como vaca garrapatienta en compañía de las moscas circunvecinas, con llagas en las corneas y con ellas tener la gracia de ver a las libélulas copulando en el aire desértico y allí andar por la sierra coleccionando imágenes de la madera, de la mujer y del sentir de mi madre que aquí vive.

Siempre que asueto, capturo tu cuerpo de anillos arquitectualizado en círculos y hondas. Reposas sobre la gran roca y tus pies desnudos refrescándose en el agua… ¡Cuánta doncellez y tú sonriendo! Haz de mirarme, aunque sea feo. Aquietado en la vacación, doy mis sudores al caliente entorno y es Puerto Palomas donde arrojo palabras a la calle y a lo lejos responde un gavilán con su planear sobre un cuerpo putrefacto de narco; no hay problema, de lo gris hay mucho y de lo blanco poco. Me preguntaba viendo el cielo seminublado ¿Hasta dónde entrarán éstas nubes extranjeras? Me horneo debajo de ellas y continúan como huracán en el lado estadounidense; mientras ocurría esto, me quedaba sentado en el ano donde salen las hormigas y gozo sus cosquillas cuando llegan a la lengua.

         En el viaje, acaricio las risas de un recuerdo avistando desde el autobús los pedazos de horizonte que hacen su show en el arco de la ventana. En el asiento contiguo, a una mujer se le corona la fealdad en el ceñudo rostro. En un viaje largo como este, al final del trayecto a la mente no viene nada más que la maldita peste, pero muy a pesar de mi insistencia se descompone el insomnio en una decena de imágenes, de pensares, de reflexiones y no se queda quieta; cuando esto sucede me pregunto: ¿Qué diablos me pasa? ¿Qué cosa tienes en la cabeza? ¿Por qué eres así? Y sabes, me gustaría habrírte la cabeza de un hachazo para ver que tienes y saber todo lo que estás pensando. Así ¡Crash! A la par, la mosca posesiva insiste sobre la fruta fresca que el mocoso manosea durante el trayecto. El tren pita en la penumbra y el traca-trac, traca-trac, me alimenta con su rítmica. En el sueño, —el peregrino habla de los distintos paraísos—, la sierra tarahumara es uno de ellos y junto a las truchas camino a lado de su estanque y el río huele a pescado; a los peñascos los desgajo de pura travesura y dejo que rueden las piedras al fondo del barranco, hasta el agua corriente. El sonido del río continúa día y noche. La sierra tarahumara me adormece y yo me cuezo en su infierno natural; a la mañana siguiente se despereza el apetito y degluto burros, sandías, café, frijoles y huevos hasta que siento que el ombligo se voltea de a tiro. Me recuesto en la hamaca del hermoso patio, bostezo una mirada al cielo; las nubes se van acercando como velo y más atrás siguen otras más salvajes, negras, espesas, altas, infladas, robustas de aire, informes. Mientras el sol es eclipsado por las ramas refrescantes y yo en esta hamaca, cierro los ojos percibiendo pasar sombras, escucho un sonido… Me gustaría saber qué cosa le pasa a ese pájaro que gorjea cantando a poca distancia ¿Cómo estaría yo de loco si me pongo a dar de gritos en este enclave serrano?

Después de la siesta y caminar un rato, al brincar se me desparramaron las metáforas sobre el río y prontamente tomaron curso; dejé correr dos en tanto que las demás fueron recuperadas. Lo que pasó con aquellas dos metáforas tiene un principio poético, pero un final incierto, no recuerdo de qué trataban, pero me da gusto haberlas inventado. En la acción se armó un puño de mareos en una decena de imágenes pantanosas, era el movimiento hipnótico del río, era el lecho del arroyo que chupaba con insistencia el zapato. El mareo me noqueó la conciencia; al rato, caminado en el zoquete, en el lodo, me consuelo teniendo a mi madre a la diestra.

El coyote hace un desgarriate en la penumbra y el croc-croc, croc-croc, croc-croc, croc-croc; me alimenta el entusiasmo de cazar su salea; cuando di con él, acorralado y cobarde, se coronó la incertidumbre en su rostro desaliñado. Si se avistan nubes rojas quemándose en el horizonte sólo es la piel del coyote recién arrancada y tendida al sol; si alguien no me creyera es porque no tiene imaginación y eso no se da, dar imaginación es algo tan difícil como rellenar un tamal de agua.

Como peregrino que soy, antes que nada, soy líquido, y yo comiendo todo: alcoholes, plomo caliente, ácidos, limones podridos, vinagre; todo eso durante todos los días, ¿no me lo creen? Pues échenme los días que gusten, verán como me los paso como si fueran agua. A los días de la semana les jalo las riendas, por ejemplo: a los días jueves los educo a golpes y a los días viernes los domo con alcoholes por la noche. De prisa pasa un loco, con dos trapos en cada mano, llega a la gasolinera y vocifera: ¡Tanque lleno! Con saña y riendo el trabajador hace la maldad, el trastornado comienza a inhalar y queda con los cachetes húmedos y dice: “¡Gracias por la reserva!” Y huye del protagonismo. El empleado de la gasolinera se ríe con su cara estúpida, llena de arrugas grotescas, la estolidez la trae pegada como una costra rosácea y en su sueño diurno disfruta del paisaje citadino.

Y soy líquido. La acuosa y móvil materia, solo resbalo peregrino con el declive del entorno, reboto, me golpeo con los obstáculos y si me hiero en la rusticidad del campo, me pongo un vendaje y sigo el rumbo. Por ejemplo: ahorita estoy andando como el dromedario en tiempos de sequía, es decir, me vale madre y me despeño en la cascada de Basaseachic.

Y fui a correr después de no hacerlo durante dos años y siento como lo sedentario se me escarapela, como si me abriera desde dentro y tronaran los huesos del tórax; similar a la escena terrorífica de “Haliens”. En el trote vibra todo el cuerpo, sudo como demente en África, se me cosecha el sudor en los sobacos; dejo huellas de peste por todos lados, ¡Vaya idea de correr! Cuando me imagino que adelante va la hembra-fruta, aprieto el paso, pataleo con fuerza el cemento. ¡Cuánto impulso y el corazón no para! Pum-pum, pum-pum, pum-pum; y los pulmones meten el aire a jaloneos forzosos ¡Haumm… fiuu! ¡Haumm… fiuu! ¡Haumm… fiuu! Y el entorno impávido se queda quieto y yo desesperado sigo dando de manotazos al aire como intentando alcanzar algo y el aire burlón pasa por entre las orejas empujándolas en contrasentido. Y surge el problema de siempre: los tobillos, estos se niegan a continuar con un grito de dolor como advertencia y yo lanzando las piernas a chicotazos, los tobillos obedecen a medias ganas hasta que una piedra socia tuerce el pie, me voy de bruces tragando hierba, sintiendo arena entre los dientes y un hilito de sangre en el bigote cuaja prontamente. Frustrado, con cojera y aturdido regreso a casa. Mi espíritu de pradera de a tiro no viste chaqueta sport y la hembra-fruta inalcanzable ha sido o bien el sueño o el horizonte de todo hombre. Bueno, quizá lo barrigón me incremente la simpatía, de eso tengo pocas ganancias. Quiero que me pase todo por dentro, explotar y dar con el vomito que me restringe, pero quizá no sea tanto y sólo sea que no me pongo coqueto. Rescoldos y virutas hay en todos lados. Yo así soy, acepto todo y quiero que todo sea ya, que suceda y que sea el acaecer: un espíritu cachondo en su entorno, un ángel caído, primerizo y juguetón; un mexicano bragado.

Acaricio los callos de un evento, la celebrada luce hermosa en sus quince años a pesar del síndrome Down que carga su genética y que gracias a ello la fiesta es tan fresca como el bróculi con colegas del síndrome, retrasados mentales, limítrofes y hasta uno de labio leporino, de “colado”; fuera de eso y sin embargo la fiesta luce como de costumbre. Yo me camuflajé sin agregarme nada ¡Me sentía como en casa! Y luego fueron llegando una a una, las mujeres solteras, hermosas todas ellas, desparramando su belleza en cada silla, yo dije al ver todo eso: ¡Cuánto paisaje hermoso y yo en ayunas! Y comienza el baile, y danzan muchos, y ellos con su pareja, y los músicos: rascan, golpean, soplan haciendo el ritmo y yo aquí sentado como mongol dando un suspiro, y las mujeres sentadas con su desesperación en aumento, llevando el compás con los pies bajo los manteles blancos y se sirve más vino, y el brindis, y la quinceañera pidiendo aplausos y siguen bailando con la canción de éxito y.… y… y… y yo aquí echando raíces en esta silla, medito un poco y me digo, —o ya estoy muy curtido por la filosofía que es netamente contemplativa, o bien soy un pusilánime, porque por más que empujo mi aire castigador este es un costal de papas, vamos ¡hea!, Tú puedes, no estarás mejor que si estuvieras muerto—… pero nada. Pensé que mi cara de idiota se quedaría por allá, pero sorpresa —y la sorpresa me la vuelve a colocar— la sigo trayendo puesta; escucho a mi maestro tras la conciencia: “—mira nada más tu cara la veo bien cuarteada… tas’ jodido y arrugado—” ¡Oh! Pues dame chance, si envejecer no es ningún pecado. Y el baile sigue. Danzan entrelazados; el humo de cigarrillos hace exhibirse, elevándose en el ambiente y yo sigo sembrado en esta silla con las raíces dando vueltas como arcaico sicómoro en sombra por las columnas blanqueadas. Y me doy aires, me entusiasmo pensando: ser un “güey” tiene algo de simpático, a lo mejor algún día me afortuno y si no tengo suerte en algunas cosas, tal vez en otras sí; al fin y al cabo, cada una de esas bellezas tienen en algún rinconcito un amor, como dice la cita:

No hay muchacha sin amores —ni feria sin ladrones— ni judío ni doblones —ni vieja sin devociones, ni república sin cabrones— ni granja vieja sin ratones[10]

Además, esos galanes que, ¡pues nada! Son unos hermosos floripondios campiranos que andan presumiendo su viril machismo, pero ¡Lástima! No pasarán a la posteridad. Y viene una sorpresa tras de mi asiento, en la mesa contigua, una hermosa mujer de tez costeña, se aproxima con la mirada, a machetazo certero dando con todo y tasajea las raíces que había cultivado en mi silla; la invito a bailar y en la pista de baile, rico su cuerpo me sirvo con cuchara de panadero. Después del baile un buen pozole. A tales horas de la madrugada a todas las mujeres se les acaba la imaginación, ya no flirtean, a su coquetería le da sueño. Durmiendo en cama. Solo. Medito: no soy más que una cuenta en el rosario de esa bailadora. Duermo, y el ronquido parece motocicleta en subida.

Diosito ha de perdonar por esconderme de él en esta tierra; soy su cachorro que cuida a sol y a sombra, la travesura o bien no resulta o soy muy malo para jugar a las escondidillas ¡Diosito me cuida demasiado! Cuanta comodidad siendo una feliz garrapata, y chupo con avidez formando gárgaras con la comida, me inflo las vísceras hasta el hartazgo; y las víboras son mis compañeras, en los terrenos piedrudos ya no se procrean de las grandes, de las víboras que muerden fuerte ¡Puras piltrafas! Minúsculas como yo, si viera el mundo como tengo ganas de que una serpiente se trague un zapato con todo y relleno y oír el crujido en el interior de su piel. ¡Crack! ¡Grubp!

Al despertar del sueño llega la idea, pero desde el interior se me hace bola, o más bien como una flema hecha hebra y quería lanzarla fuera, escupirla, pero la lengua empujaba el asco y todo quedaba contra la pared; hasta que vencido, dejé todo como estaba. Algún día saldrá la idea. Estoy esperanzado. Quieto, todo quieto, como anestesiado en plancha. Se me cansa la palpitación. Poco a poco los ojitos se me acurrucan en los párpados. El aire entra y sale como si dentro fuera su casa. Abono palabras en la habitación que caen diseminadas, y, estando así, mullido sobre las palabras; chiflo una tonada sinfónica; mientras ellas van evaporándose como alcanfor por la columna vertebral en una danza ritual. Y ya ves, allí está. Uno nunca sabe cuando el cerebro va a lanzar esporas. Acaricio las palabras. Palpo las ideas, las formo en hileras, me recuesto encima. Necesito de almohada. Entre las cuencas de mis manos armo un sinuoso almohadón ¡Dulces sueños en esta vegetación nocturna!

Los elementos me aquietan el entusiasmo y con el regazo duro, atlético, descanso acurrucándome en las ideas, en las tersas palabras que se ejercitan una tras otra. Cuando busco como un literato empedernido la palabra faltante, dejo que se oiga, que tintinee entre los dientes, saboreo sus sílabas, la pronuncio con los diferentes acentos que pueda tener. ¡Amo la naturaleza poética!

Como globo recién inflado, la luna luce su hinchazón.Dicen que se ve un conejo sobre de ella, yo sólo alcanzo a ver manchones informes, tal vez esos sean sólo cuentos de hadas. Durante la noche, las nubes se besan, se excitan y separan; traman algo con el estado del tiempo. Cierro los ojitos para que se muevan los nubarrones como intratables ovejas.

Amanecí con cara de angelito. Asomo por entre las cobijas y siento algo duro, hinchado entre las piernas. La cara de angelito se escabulle como bocanada de cigarro. Se me despierta la cara pornográfica y la saliva trata de escurrirse incontinente por el almohadón, — ¡Oh pecado…! — Me doy de flagelaciones, trato de domar el cuerpo, pero este se encabrita como toro de rodeo; cuento hasta tres, y ya estoy en la ducha fría.

En el jardín hay un vaho imperceptible que huye escapando de la tierra mojada, ¿el culpable será el sol?…Ando por todo el pueblo buscando imágenes para mi libro.Parezco efluvio en penitencia. Impaciente la calma, se apresura a mirar a todos lados. Me subo al autobús y veo: sombreros, gorras, pañoletas, y piernas de veintidós años enfundadas en minifalda; sin esperar a nada, el sol goloso se unta en las piernas con la huida de las sombras del camino. ¡Qué envidia de manoseo! Paso por una escuela. Una jauría de carros llega a escupir una centena de alumnos y así como aparecen se esfuman. Los escolares como pipilas cargan una mochila enorme que iguala su peso. ¡Ni modo! Educarse en México es engorroso.

Desde el último día que nos vimos —pienso en voz alta como si le hablara a mi maestro— ya envejecí tres meses más. Ahora se me caen los cabellos a puños. Sufro de calvicie, y de coraje me arranco los cabellos. Con los puños llenos de pelos voy y los meto bajo tierra, para que siquiera sirvan de abono. ¡Al infierno con todo: cara, pelos y cráneo! Al fin y al cabo, me han de amar, aunque sea feo.

Al ángel de la guarda lo tengo colgado como en una escena de la película El Silencio De Los Inocentes. Se queda allí como mariposa ensartada con un poste de teléfonos. El ángel alado se encabrita, tiritan de enojo sus alas.  Ser un mendigo o un peregrino tiene sus ventajas y salir como ahora a cualquier sitio, al fin y al cabo que importa, por doquiera. He de emigrar a donde sea, quizá California sea mi próxima parada o el Canadá; en fin… el encuentro interno siempre se da interiormente. Romper con todo. Y que al intuirme solo, me dé frío, y estando durmiendo en el cemento soñar a un hombre que se llamaba Edgar y que vivía en Tlaxcala y que era filósofo y que se volvió peregrino y que ahora duerme en una ciudad remota, tan remota como el río Nilo del río Bravo; y la soledad, como moneda insustituible y coexistente con millones de habitantes. ¡Si piensan compartir su abulia no se molesten! Ya tengo mucha aquí, en el estómago, sí, aquí en las orejas, en la frente. ¿La ven?

El urbanismo es un retazo de mi visión introspectiva. Ahora todo lo comprendo con justeza; los elementos se injertan uno tras otro, aunque el vértigo de sus interacciones hace melladura en la inteligencia. Y todo se fuga, como si fuera sudor evaporado en un desierto infame. Después de todo, la fragmentación del ser es tan añoso como el ser mismo. Entonces, ¿yo que medito? Si las cavilaciones de esas diluidas redes de la metafísica no tienen cabida en la nueva conciencia. Porque el escaparate de la epocalidad se camuflagea con mil símbolos, con mil redes,  y esas mismas con un sinfín de texturas… ¿y mi huella? … esa no queda, porque si soy la entidad que está mudando en el contexto peregrino de la existencia, esta queda negada como si fuera un estornudo en medio de un ciclón. Contemplo la desolación global como si fuera la embestidura perfecta. Cierro un ojito y con el otro me veo en un balneario bronceándome el pellejo como una hoja de tabaco y acompañado de la hembra-fruta. Cierro los dos ojitos y me descubro haciéndole arrumacos a la hembra fruta, acciono el interruptor de la conciencia y sucede lo indescriptible.

Me gusta gritar, hasta sentir que casi se me zafan las muelas. ¿Y gritar qué cosa? Lo que sea… leperadas, maldiciones, blasfemias; pero luego llega mi maestro y comienza con los sermones invariables. Total, hasta la hembra fruta me reclama. Sus castos oídos necesitan seguir siendo virgencitos y mejor cierro la bocota. Eso sí, levanto el codo y salgo corriendo como niño malcriado.

 

PRENDIDO A LA LEYENDA

 “Para andar conmigo me bastan mis pensamientos”

Lope de Vega

V

iene avanzando la vegetación citadina, se guarece en los jardines de fachada suntuosa y yo en el auto, husmeo hacia los escaparates donde  las mujeres buscan la talla para guardar su par de pezones. Dentro de la tienda vi a la hembra-fruta, como una ilusión fantasmagórica. ¿Cómo es posible que una hermosa como ella me entusiasme el apetito? Si está tan lejos, si no coincide el tiempo, el espacio, el círculo. El recuerdo pasa dando tumbos en la memoria. Es un hecho. Malgasté el tiempo en tu sentimiento. En eso se acerca la mosca y yo diciéndole con sorna: “ven mi amor que aquí está tu matamoscas” y vuela golpeándose en el parabrisas dejando una melaza de entrañas.

Quiero que todas las hembras-fruta del pueblo se acerquen a mí, su curiosidad es bienvenida, soy un destino que las espera, paciente Pero sin embargo pasa algo en el adentro que nada ni nadie llena y tú que estás conmigo Diosito ¿Sabes qué? Ya me siento humanamente solo; se me hace tan baladí estar en este planeta jugando al hacer, siendo que la genética tiene un punto final donde el ser no pasa, no es, es nulidad; ahora que estás conmigo. Qué importa. Acompáñame un día más en esta travesía.

¿Qué me espera en el mes siguiente si vivo en el edén? Asisto al baile del norte. Las exclamaciones charras son estridentes como si fueran los nietos de la “División del Norte” aun festejando las batallas. Siento la vibración en el pulmón, la entidad sonora me detiene como un macizo a la enredadera flácida. Y en la pista, bailan trenzados. Algunos no se conocen, pero “no leaunque” aún así, el dúo se confunde en el cuarteto de piernas. Todos los espectáculos de un baile tienen una función: unir. Pero ¡Por Dios! El miedo de azotarme en los sentimientos propios es lo que hace que me aferre a esta silla en el baile de boda. ¡Diosito curtido de amor, ayúdame! Me siento desprotejido. Dame un consejo, una facultad. El entorno y la hora del día me son adversos, por lo menos déjame “ver”. —Escucho la voz de un demiurgo Curtido:

—Después del baile. Así, así, jugando, jugando le muerdes la media y poco a poco vas hincando tu voluptuosidad sobre la nalga— Y entonces, fue cuando le hice caso. Estuve prendido a la leyenda. Fui protagonista del Dios Eros. La leyenda se fijó en la visión sensual que corona la pupila diestra, sexualmente subversiva. Cuando permanecí prendido a la leyenda provoqué: Venas acústicas, brazos de estelas, galaxias orbitando en tu regazo; cantos y misterios embetunados en el bálsamo de besos. Me transubstancio en selva, en verde, en verano, en la vacación de la hembra virgen, en su propia ansia contenida. Me avisa la leyenda. —Suelta… ¡Muerde, muerde! —  soy eco, ella fuente. Soy sed que se sacia en la leyenda lánguida. La leyenda es caliente. Es la engendradora del sinfín, de la amalgama de epidermis, del cutis aglutinado en el corcel afrodisíaco.

Uno de tus cabellos quedó estático, prendido en el azulejo, como un recuerdo del tejido de caricias. El cabello y el reloj olvidado en el lavabo  guían mis sentidos, buscando buscando en el aire el rastro de tu presencia.. Necesito afeitarme en tu sutil aura de niña costeña. Eres mi espacio. El orden geométrico que regula mi éxtasis de vida. Eres el dardo aconchado y oscilante entre mi cuerpo. Eres aliento impetuoso y quebrado en la tarde nublada de primavera.

Agradezco el olvido de tu reloj porque así podré unir el lazo de tu retorno. El reloj como una sortija de alianza, mostrando las horas pendientes, inquietas, tu próximo tiempo regalado, poseído, las horas ofrecidas. Los segmentos de mi crono se extinguen en la cotidianidad y renace en el encuentro balsámico de los besos. Los piropos prendidos a tu cabellera continúan como diademas que enmarcan el encanto, la magia de angelical dama. Pusiste alquimias para guardar mi corazón en tu seno. Puchero de encantos como la melena tibia cobijándome cual capa, tanto como manto seductor que abriga las pasiones, encanto causante de entrar a tu parroquia. Ahora no soy más que una cuenta en tu rosario.

El sol rabioso lanza sus dentelladas sobre la tierra recién mojada, así se pinta el día cuando complacido, me deshueso la pereza. La hembra-fruta leyó sobre mí un paisaje de erotismo ancestral, tan antiguo como el recuerdo; ella acarició los reflejos de una litografía y al fin de cuentas domó al semental cristiano y apacible. Era yo un budín de voluptuosidad. Los pedazos de insistencia hicieron su show en el tobillo femíneo y pusieron jugoso el asunto.  La noche permitió el desfile torpe de lunares bajo la luna rubicunda y el zumbido incesante de las moscas La mosca posesiva insistió sobre la fruta fresca, y la fruta fresca fui yo, y le dije con grito despatarrado: “¡Ámame, aunque sea fruta! Entreabre el piquito mi vida, así, así… ¡Cómeme!

Ando buscando por las calles y para ti, una metáfora ingeniosa, que diga todo; es decir, que encuentre en ella: genialidad destello, fiereza, óptica y a lo dicho agregaría otra lista de calificativos cubiertos en la ignominia. Desespero. El encarnado horizonte de nuevo se vuelve a poner desasosegado y eso no ayuda, las malditas moscas copulan donde más les apetece, entonces me distraen de este enorme esfuerzo: eyaculo enunciados fresas y ridículos. Mi maestro casi profeta dice tras la conciencia: “quien dice cosas sabias no sabe nada” Sí, ya lo sé, estoy harto de consejitos “socráticos” y tibios, ese griego lo tengo como el hombre más feo que ha creado la humanidad, si pasó a la posteridad fue por su filosofar; tan siquiera yo, me construyo los ojos de tigre, pero de tigre amable, moderno.

Leyenda. Tengo ganas de ti, pero mi cabeza sigue cosechando ideas como las anteriores, no lo puedo evitar, soy aún como la mosca merodeando la miel; pero, no soy la abeja, no es mi identidad; me nutro de cuanta cosa pueda lamer. Intuyéndote. Acaricio el sexo de mi esperanza, después será el tuyo hecho fruta.

Me dirijo en busca de una parturienta para alquilar sus chillidos, porque me hacen falta; necesito escuchar el desgarramiento en alaridos para traer a la vida; y llenarme de asombro hasta sentir como se enchina el cuero, extasiarme con el dolor ajeno, cerrar los ojos y al abrirlos atisbar un nuevo ser; excitarme con la crepitación del vecino, como en la película protagonizada por Ignacio López Tarzo donde trabaja de vidriero. ¡Cuánta belleza estética hay en el dolor! Si no encuentro lo que busco, por lo menos comerciaré mi piel con la hembra-fruta, para un masaje insano. 

La belleza de las mujeres me invita a recorrer caminos  sinuosos.  Me preparo como amante dispuesto a alcanzar lo imposible.. Pero… ¡Si pudiera llegar al manantial donde nace lo clandestino! Sí, eso es… lo prohibido como símbolo de mi libertad, como corona de héroe indómito. Como si adquiriera una fuente de vida furtiva y con ella industrializar la anarquía. Que me invite Afrodita a algún bacanal, al cabo que ya desde hace meses estoy dispuesto a todo, inclusive ha ser de la burguesía. Quiero que me ocurra íntegramente como en un principio. Sí, eso es, que acontezca lo peor, al fin y al cabo, no estaré mejor que si ya estuviera muerto.

 

PEREGRINO 1

“pensando, enredando sombras en la profunda soledad”

Pablo Neruda

H

e sido la recepción, un icono/ vida que ya no interesa/ ni el pensamiento/ la lengua es quien serpentea fuerte ¿Qué tanto se moverá la resistencia?/ Me despatarro para adornar la vida / ¡a regar ponzoña sobre el mármol! Siendo llamita de persistente resistencia / sigilosa / haciendo un contorno / que intima con el muro escarlata / solo es sombra / y se resuelve en calma / soy cáustico, hago la cosquilla / a la planicie, el maleficio / es quemar un peine de cuerno de toro / en el zacate, junto con venas de chile /soy resistencia/ para andar ardidos / reafirmaría mi interés en la resistencia / hito donde pasan hilos / de metáforas y en ellos poetas.

Voy a que me borren lo que siento / destripar trozos guardados / a rescribir mi futuro / ¿Quieres estar conmigo? / Voy a disipar el sufrimiento / cortar la somnolencia / anestesiar los ojos de piedra. Ayúdame a eliminar / lo ponzoñoso / ¿quieres hacerlo conmigo?/ el costo es mi calendario / no me enteraré del ocurre / como formatear un disquete / es la liposucción del sentimiento / al fin y al cabo que importa / ¿Quieres hacerlo conmigo? / Al regreso seré un hombre muerto / viéndose en el espejo / el futuro me aguardará / saldré al mercado a venderme. / La humanidad me ha contagiado / que importa ya. Me encuentro bien / paseando en los besos / antes de dármelo / a que se desvanezca / la mitad de mi sonrisa.

Tú eres parte de la historia humana / cuéntame la tuya / que ha sido maravillosa / dime mentiras / no hagas caso a mis ojos / si ellos descubren todo. / La boca tengo preparada / para jugosamente ordeñarla / ¡Ya vine! / A embriagarme en letras / entre la multiforme basura / y este montón de ratas / mañana que despierte ya no seré hombre / quiero ser libro / o una estatua de cartón / ¡Maldita musa! / Voy a hacer que te tragues esas palabras. / Lo idóneo es desconectarse / no estar aquí, paseando, / los colores intentan decir algo. / Tengo sueño / no intento interpretar nada / lo que pido es abandonarme. / Si mi cabeza lanza esporas / y yo no acepto / hazte a un lado / voy a hacerme tierra / ¡Ya nos vimos!

Hablo en singular / y me dirijo a ti / a quien veo carcomiéndose / haciendo añicos / los cohetes truenan / en el espacio, y a más espacio / más sombras dentro; y la soledad / como una chocosa niña / agitando los insuficientes / descalabros vividos como atropellado / gato de azotea.

Has de vivir siendo gato. / La vida es una eficiente cocinera, yo ronroneo junto a ella / no voy a perturbar / la anestesia de las cáscaras / que pasará con ellas si… / los cohetes truenan fuera / tu me haces alegrar la vida/ como una chocosa niña / ven tú y tu familia aquí / habítenme, guardo un espacio singular / para que me conozcas / dirijamos la vista al mismo punto / tu  y yo somos un tesoro / ¿Te has fijado en el hermoso rayo de luz que a veces cae sobre el césped? / Mis cortinas son tan hermosas / como un jardín egipcio / he salido / a santificar la noche a manera de pontífice / veo los cohetes / ahora me desmiento. Son bombas / ¿Te has fijado en el hermoso rayo de luz que atraviesa los muros de las casas? / Al alba, a esta casa / le va a caer el rocío / yo estaré durmiendo / lo va a disfrutar el “huele de noche” / no recogeré los escombros / más al contrario / ¡a diseminarlos en la región! / Eso es abonar los espacios / guardo uno singular / tú y yo dirigiendo / la vista al mismo punto.

Tenía el inicio perfecto del canto / pero se ha escapado / murió frente al control remoto / voy a iniciar por florecer / la quema de la nada / con guijarros vidriosos / es la salvedad que se agiganta / es mi huracán quien disminuye / ¡Por favor, necesito calma! / Voy a pescar / mi caña es lápiz y papel / el cebo son estos ojos / comida de gusanos/ ¡Por favor, sostengan el aliento! / ¿Porqué los felinos odian a las lunas panzonas? / La blancura se dilata en un mecanismo sin ideas / se tensa como un resorte / es roca / y adentro estoy como larva / en latente metamorfosis / capturo en las redes: / ¡Asombro! Respiro / el brío en sus triunfos / como renacuajos en tropel / ciegos por los siglos / concentrados en instantes. / ¡Vibran sobre mis ojos! / Al igual que aquello soy trofeo / algún día caeré cual plomo /¿quieres hacerlo conmigo? habré dejado de ser larva / la luna es la que está malhumorada / los gatos están inquietos / el viejo cazador me enseñó a pescar / en el jardín de Cuahutémoc / el anzuelo atrapó: Polvo, nieve / algunos juguetes de Xochitl / juegan en la arena / esos gatos ¡por Dios! / ¡Cazador, tu escopeta! / daré en el centro de esa nívea y rubicunda / la blancura se dilata / en un mecanismo sin ideas / el huracán se hace polvo / la salvedad se justifica / por no tener el inicio perfecto / del canto.

Me vuelvo a ver / la dama de noche / secretando (besos) feromonas / y yo provocando éxtasis / los orgasmos con émbolo / atetado al pezón / lleno de (besos) / me acurruco en la nube / como canario de días / y apasiona mi desorden / ¡Qué me conduzcan las manos! / Estoy en su playa embrutecido / rapto piernas y pliego sus plantas / repto, relincha el ambiente / con inconsciente fiebre / está presa como pozo a la estaca / hubiera podido morir así / su piel es cobija / ¡Ah! Mi debilidad es un Vesubio / nace la humanidad en este cuarto / amarra sus pechos (beso) y sigue su camino / dejando su hermosura como almohada.

La desgracia ha sido mi pose / cuando tuve tiempo la ultrajé / soy bruto pues me siento / humanamente perdido / quebrado en sitio sin esperanzas. / Agobio las letras / es mi sangrante venganza / lanzo y chorreo. / Eran letras como escupiendo sangre / unas gotas saltaron al plato / entonces las tragué cual veneno / empapaba el pan de sangre y lluvia / los papeles se arrugaban / ¡Y ahora… si el lenguaje era prestado! / La vida va a ser así / anidada en la desgracia / mis manos duermen tranquilas / anestesiadas del rocío más complaciente / —denme una almohada / unos sueños / y dormiré al mundo— / ellos reverdecen / yo muero aquí.

Rebota el hombre donde quiera, / da brincos, el aire lo empuja / flota; se estampa / ignoro su dirección: / surge el miedo, el abismo / llama como una casa hogareña / se para. / Llega la corriente y sigue el curso / como parvada los destinos / los brillos del hombre se escapan. / ¡Yo quiero que regresen…! / ¿Es eso perseguir el aire? / El hombre en cualquier parte se azota / en sí mismo, / hace el huracán, ¡Se asusta! / Turbación. El engullente abismo / invita a una parvada de aires / a tundir al hombre por doquiera. / Veo el huracán sombrío en mi interior tumbando todo / nada se aquieta / vorágine espléndido, el torbellino / interno, cosquilleo que renace / como bosque antiguo / que siguió siendo añosa espesura  / en frescas matas nuevas. /resiste/ Giros crecidos, telúricos / verdosos por mi edad caliente / por ansia voluptuosa de utopía / perpetua, como amante, se queda; / toma asiento en mis inmediaciones / se densa sin reserva / nada en mí / en mí nona la quietud / coloso de relámpagos infames / del desdichado movimiento potenciado / sin tregua y cambia a que permanezca el río / de Edgar, todo él girando. / Chupa con ventosas y de pronto afloja / como yoyo vulgar de chico / se pierde en los caminos / forma nuevas veredas / beneficiadas con transmisiones toscas / en mi interior rozando todo. / Voy rumbo a la desesperación / me gobierna el control remoto / se apresuran las imágenes a la cabeza / todos juntos ahora mismo / ayúdenme a mascullar el yo / estoy poseído por esa terquedad insaciable / siento como si el cerebro / se hubiera metido en la vagina, / Si tan sólo pudiera ser humano / la mercancía me besa el paladar / si tan solo pudiera ser aquél cuerpo / pulso de botones, cambio de conciencias / ¡Héroes de todos los tiempos / vengan, bajen / y atínenle al precio! / Las pieles de ellas me besan las pestañas / si tan sólo pudiera ser virtual / nada dicen mis pensamientos /  ni de mí / existe imagen no existe / y  busco a nadie, quien lo conoce / si tan sólo pudiera ser algo / un beso / voy rumbo a la desintegración.

Me voy con prisa a otra cosa / ¿Porqué Tlaxcala será tan encantado? / Que la hechicería me mata la gana / vas a aprender de la poesía / cuando salte la cerca voy a dar un grito / los testículos van a salir corriendo / como hambrientos burros mellizos. / Haré un pacto con las fieras del pueblo / las aves de rapiña y las serpientes tragadoras de polvo / ¿Porqué Tlaxcala será tan encantado?  Necesitaba llegar con el espíritu / partido, costroso / el ambiente invitaba benéfico / a salir huyendo / arrojar la existencia a cualquier río. / Los rayitos de luz en la ventana / que hagan lo que gusten / mientras no estoy. / Por el pequeño cristal / arriba / me asomo a la vía láctea. / Mi educación al desagüe / ¿Porqué Tlaxcala será tan encantado? / Curtido de inteligencia. / Me voy a otra cosa / antes de que aparezcan los cálidos bostezos / ¡A dar un grito! / Para que perciban las fieras del pueblo / lo que puedan / ¿El intento será vano?

Voy a unas vacaciones nocturnas / la almohada me acompaña, afuera / las nubes a punto del desmayo / y el aciago ambiente / rocía nocturnidades como el alba. / Se me apagan los ojos esta noche / como esmeraldas sin luz, y bebo / de la noche su penumbra. / ¡Llegó la hora de ir a consumirme en las sombras! / Muevo el espíritu / al danzar del aire / rompo la sombra como roca / todo aparece, meneo los ojos / como ponche de Navidad.

Soy cordero en esta vecindad / se pasea mi mano como turista aventurero / totalidad al tacto, nada agarran / se engolosina la oreja en la almohada. / Envejecen las ganas en las manos. / Se aquietan. / Me desparramo en el vacío. / Y allí me encuentro. El mar listo en sus relámpagos / pues era día de fiesta. Y vinieron aquí / toqué campanadas / luciendo una sonrisa, se vistieron con trajes / con pilares de mampostería y yo en medio / buscaba la alegría como tesoro perdido. / Estaban parados. Eran piezas de barro, / incluso los mariachis con su cantar de aleluya / rociando voces ásperas como el alba / y el tiempo corrió, decidiéndose al fin / ganarme la partida. / Era una máscara y trataba / para entonces sacarle alguna idea / al inútil cerebro como limón / ¡era un gabazo! / Porque yo estaba allí / y no podía estar en otra parte / así es que me propuse / reventar el cielo a cohetazos. ¡Era la fiesta! / Con bocinas hice bailar el aire / inyecté alegría al corazón marchito / como enfermera en tiempo de epidemia. / Mi personaje me decía: / “esfúmate de los protocolos / como cucarachas al descubierto”. / Cada quien y cada cual / perseguía su aire / lo respiraba / y tan pronto como lo hacía / buscar el otro y así / hasta la muerte. / Mi aire era el verbo. / A lo lejos se marchitaban / nubes a punto del desmayo.

Se engolosinaba mi entusiasmo / al ver la chica de carmín / allí estaba y no podía estar en otro lado / la crucifiqué en imágenes eróticas. / En breve ropa, era montaña de orgasmos / prendió la risa como calcomanía de moda / mi deseo: que me despertara / su cuerpo con un roce / yo silueta poseída a su plexo / como pez a las redes / “Eché a andar lo que me quedaba” / pero de eso nada quedaba / era entonces un poeta muerto / como cuando a alguien se le escapa la vida tan sencilla que parece idiota / los ojos diabólicos se dormían / vano intento al tararear / una canción de protesta /¿Quién estaba al toque de  campanadas, coheteadero e inyecciones frenéticas? / Estar aquí no era lo mismo. / Era un mundo de cáscara. / Mi caricatura en una fantasía cínica. / Fermentaría la ironía como el licor más fuerte / por las cuatro esquinas de mi vida / percibía las dimensiones de existencia / era entonces un Edgar muerto / no servía de nada / haber descubierto / que tenía ojos de Hölderlin. / Todos con prisa, corriendo / haciendo aspavientos su vida / persiguiendo su historia, su invención vacua / como el tiempo, rociando nocturnidades / como el alba.  Y yo ante tanto surco / tenía la personalidad en la penumbra. / Allí desgajé las razones de reír. / Perséfone recogía flores. / Cerca de Eleusis / secreto cuerpos como hilos de araña / y arde la carne humana / en los puestos del mercado / acuerdo decorar las ganas / como mosaico romano / cerca de Eleusis.

Se hizo la región un garabato / por que la montaña se acercaba / demasiado eran las cuarteadas / de casas de hojalata / insistí en hacer cuentas / de la próxima miseria / un Vesubio en su poema / haciendo del gentío / un “coup de dés” / Me apegué a la ley de la historia / criterio que me arrojó a sus brazos / aunque no digan nada de ella / mis jubilosos e insistentes años.

Se inquietaban las sombras en las sábanas / donde el arco iris semioculto / mataba a la impaciencia / como cucarachas hambrientas / me había entretenido en sus discursos: / “Se introducía una hormiga en la nariz / hacía su casa” / “rumió hebras como piedras”. / Yo deletreaba la existencia como niño de primaria / recitando: blasfemias, humor, erotismo / en los crepúsculos del hermoso jardín / quieres hacerlo conmigo/ se paseaba mi boca como turista perdido / y allí Perséfone, recogiendo amores.

Se fue la luz / estaban tumbando los árboles / como si cercenaran las cabezas / de los aztecas. / ¡Crucifícales!, y al hacerlo / ocultaba mi tristeza reaccionaria / o bien tararear la protesta / al desnutrido ambiente del 98 / si tan sólo encontrara lo irónico en lo erótico. Llegaba la hora de ir a gastarse los días / desparramarse en la plenitud / hundirme en la bruma de la espuma. / No vinculé mis ansiedades / como la economía y el mercado. / asomé mi destello / y huele a calcetín. / Estaba el ambiente cebolloso / quería desconectarme y no podía / era unicornio / con poder mexicano.

Tengo ante ustedes una nueva buena / ¡El futuro unido jamás será vencido! / Lo que quiero es recobrar mi existencia / ¿Será eso algo difícil? / Me paré a contemplar al perro lanudo / y su abulia me acompañaba en estas letras / donde el sensible jardín se desmaya. / El dios Ra en Tlaxcala y sus desiertos / secretan voces mis pasiones / se ponen jóvenes las imágenes / son un perfume caro / huelen todo los canarios enjaulados / ellos quieren recobrar su existencia / ¿Será difícil? / Se bañó mi himen verbal / se rasgó mi himen verbal / escurriéndose las barbaridades al abismo / pasó por haber volado bajo / era un lance a tus cabellos mis emblemas / y lanzado a tus cabellos mis atisbos / amalgamo las dudas en racimos.

Habría la boca y serpenteaba mi lengua / ignorancia de tener la facultad / era yo una colección / de mapas en crónicas / como un Druida en andanzas. / He sentido la obligación / de venir / en un canto de decepción y resistencia / pero lo dudo, y las dudas / se hacen uvas y mis ojos / transpiran carne. / Cierro los párpados / como astillas imantadas / y veo en las bolsas negras / párpados cual bocas / allí serpenteaba la lengua / secretando ovoides uvas. / trago caricias del silencio / hago gárgaras los segundos / y aquí me encuentro / paladeando jardines en quietud / chapaleo como relámpago / y caigo al agua / las ondas huyen / me acurruco en el desenfado / entre los cálidos bostezos / son flechas que se incrustan a la boca / leo en voz alta / a estas matas contemplativas / es acicalado y escucha absorto / el aire / parecen decir que lo entienden / mientras momifico este momento / yo muero aquí / comiendo letras / del corazón secretan mis propios alimentos / escribiendo montañas de libros / como Reyes y Borges / contemplo intrépido / la voz tan dulce y el paladar / con la suavidad del aceite de abejas / soy la flor del sol, como columna de humo / baja la sombra de viajera nube.

Son los días y yo en estado de sitio / enterrado en días muertos / parapetado y esquivo de flachazos / ¡lo que rechazo es la prostitución! / Que me coja el penitente sol / y me libere en luz / como foco blondo / al infierno los pasajes se regalan / ¡quien se atreve a maldecirme! / ¿Quién piensa que lo que yo hago está bien? / No saben lo que dicen / yo he puesto la locura en un altar / he llamado a estos sitios tibios / a las bestias impensables / para que gobiernen el caos. / ¡Debería dilapidar este cuerpo decadente! / resistencia, una y otra vez / No soy digno de que me vean / antes había proclamado mi muerte / ¡era una farsa! / Quería que me dejaran tranquilo / en placentera vida vegetativa. / Pasan los días y yo en estado de sitio / inerte / tengo los ojos hechos camaleones / mi boca de hojalata es mutis / pues podría caérseme la capa / segura de la intelectualidad.

Seguir separando la locura y ponerla en un altar / y quitarle el corsé, desnuda / la razón era la gran jefa / nos ha abandonado, invisible / baila y canta la locura / cuando no está el gato. / Así pasan los días / desvestidos y fúnebres / me ovillo en su ombligo / voy a florecer pegado a esa arquitectura / tengo los ojos hechos cama con leones / los días muertos son muertos mellizos / tal columna con paisaje / geométrico y plácido. / La vida es una lupa atisbadora / fui el objeto bajo la diáfana / cuenta me di que el prototipo / era menos sospechoso de lanzar injurias / la gran jefa puede que sea hipócrita / pero no idiota / ¡Escúchame bien, locura! / Te llevaré al mar para que me conozcas / cual pescador / cual turista tostado / cual filósofo sin armadura. ¿Quieres hacerlo conmigo?/

¡Ea! Pescador, te llevaré al mar para que me conozcas / que me coja el penitente sol / el cobre es cachondamente erótico / como costeña voluptuosa / desfilo en el entablado en días fúnebres / ¡Bájenme y desmembren esta locura! / sitiada en la cabeza igual que yo / enterrado y parapetado / los días y yo en estado de sitio. / Frente a la total oscuridad / ellos se quedan / mis fantasmas-temores / es un silencio redondo: violeta-verde / los perros dan vida a la noche / no pesco ninguna imagen / dentro de la cabeza sigue rumiando / se aplaca serenamente / los espejos en la oscuridad / no sirven a mis tremebundos ojos. / Dime diosito que cara he puesto… / ¿Para qué fisonomías en la oscuridad? / Insondable sólo se mueve dentro / “No veas tu rostro, solo tócalo, te reconocerás hombre, / la entidad misteriosamente existente” / ¿Así cómo estoy yo / así es la muerte?

La cabeza no siempre es útil / si se trata de ir a la interioridad / dejarlo todo quieto: viable / pues somos mentes débiles e inquietas / queremos ocultarnos que somos poca cosa / tenemos mente bizarra y bárbara / las estructuras de creación puestas / desde hace tiempo, yo, tú; Tócalas / también cuenta la circunstancia. / Al cerebro hay que enseñarle a trabajar / soy pequeño e indefenso / no hay conciencia más arropadora / que la conciencia ejercitada y limpia / soy: el hombre ante las demás cosas / soy: El hombre y su mundo / tengo mi interpretación de la vida / ¿Alguien me puede decir que es mentira?

Mi vida es un estornudo / es travesía como una travesura / es el juego de jugadas infinitas / percibí las razones de existencia / las usé y me morí / mis éxitos sólo son obscuridades / la vanidad se agiganta en ellas. / La existencia es en comunión / si la sociedad no existe, estoy muerto. / La poesía es la experta nadadora / en la acuosa existencia. / El hombre no escapará de su Ontología / ¿podrás limpiar mi genética del caos? / Allí quedo atrapado / el hombre sitiado en sus propias carátulas / minúsculas / la grandeza del hombre está en hacerse / cada vez más pequeño / comprenderse como un hombre encerrado, sitiado / yo estaré muerto, pero tú estarás allí / viendo crecer el presente / tratando de escapar de un sitio / el hombre es tierra.

Se funda lo negro a lado oscuro / la opacidad flirteante me muestra / su calzón nuboso / que más da / los simpáticos grillos dan vida / a la noche, su música llena los oídos / con los bostezos se me abre la boca / en “o” a cada rato / mi cama es pluma y papel. ¡Atiende! / Pluma, como si te importara / ponte atenta; ambas / unifíquense, atraviesen el cuerpo. / Sueña mía ¡desnúdate! / Y como premio te doy   (un orgasmo) lo mejor de mis vivencias / sueña mía ¡desnúdate! / Te bajaré las bragas / ¿son de avergonzarse tus adanes? / La onírica me regala un hijo / ¿Porqué será tan dadivosa?

Esto es: (“sueño de una noche de primavera”, / “sueño de calaveras” / Titania y Puck en Tlaxcala) / lo que intento al cerrar mis fanales / indagar sobre un pedazo, de mi espíritu perdido. / Dóciles las rodillas se doblan / y caigo rebotado cual tronco / en la mullida cama, comprimo / la oreja en la almohada / la respiración me aplasta el movimiento / soy pequeño e indefenso / no hay cobija más arropadora / que los oníricos ingredientes / intento mantener los ojos abiertos / pero se desvanecen mis confusos afanes. / Tan pronto empieza el político su disertación / se me ponen las ojeras coquetamente somnolientas / lo más viable es dejarlo todo / así no sea como / una concubina divertida. / Aborto la conciencia / la desconecto manualmente / siembro los ojos en la interioridad / ahora está zarrapastrosa / tendré cuidado, no sea que germine cizaña. / ¡Es la oportunidad! / La conciencia no se da cuenta / el momento preciso / para desmembrar el cuerpo, dejar: / que huyan traviesas las piernas / que el cráneo rebote por el flaco pasillo / que la lengua se refresque en el garrafón / que las uñas rasquen cual topo la montaña.

De ahora en adelante / mi muerte es mi compañera / viviré teniéndola presente / me impresiona la velocidad / conque cierro mis párpados / muerte que está como para tomar como almohada su silencio / ¿Así cómo estoy yo así es la muerte? / Sé que estoy durmiendo / por tanto no pasa nada / ¡Pronto! / Antes de otra cosa / busca por las calles: una mujer / arráncale la ropa / viola, ultraja; persigue otra… / que desesperación / no encuentro nada / esto sí que es una pesadilla / en serio que no soy ese / yo soy humano / ¿Porqué tengo que hacerme responsable / de mis reprimidas pesadillas? / En Tlaxcala el horizonte es jaspeado / de casas del propósito especial / cual castillo de hojalata / repiquetea su vacío vil. / Soy el jardinero que poda tiestos y pulo el blanco mármol. / El pusilánime en su delirio suelta / la carcajada ronca y estruendosa / ilumina con fuerza su incultura / situación que me aplasta el ánimo / que más da / de su zozobra ya estoy encallecido. / Los roñosos no tendrán tiempo / de ocultar su vergüenza / son mediocres hasta el orgasmo / dime realidad como le haces / para derrumbar con tu imagen la pose caricaturesca y artesanal. / Si no deseas no lo hagas / me interesa un aliciente / para soportar la demagogia / voy y derrumbo estructura / que es de sueños.

Tibieza en su cultura onírica / son los logros de ineptitudes personales / la enterrada cultura / cuya medida es el sitio / el monolito centelleante: / mapa mural y sideral / su didactismo fracasado / el de los fanfarrones / ¡farsantes! Su ordeña es desnutrida. / Su calvario es mi salvedad / nada ha cambiado / la masa sigue moviendo a la inercia / lo mejor que he tenido: ¡lo regalo! / A lo mal. Me lo han quitado.

¿Te enteraste de cómo ocurren las cosas? / Yo no / yo me considero parte de un “cup de dés” / caigamos avergonzados de suplicar / al demiurgo sus estrecheces / que son nuestras insuficiencias. / El sol no tarda en salir, has caminado / ve mis alpargatas / seguramente tienen polvo, / límpialas / te sentirás mejor. /Percibo escombros del gran sueño que tuve anoche.

El interruptor muevo y ojitorpe / me cachetea sinuosa la noche / constelada y mellada de frío. / Ando caminos cierro mis ojos / inminente encuentro conmigo mismo. / Lo que dura placer; dura el silencio / quedo que queda; nocturna planicie / anchurosa se yergue cual aldea / de deseos inquietos, estáticos / tengo palabras hechas cabos sueltos / como estelas floridas de esperma / las ideas-espora se procrean / de tu ambiente nutricio —el mío—. / Soy un modernísimo barco zambo / chirridos, rodando todo el tiempo / como planchada lagartija seca / se asolea lánguida, muerta. / Hecha espeluznante caricatura / la excitante ambigüedad canta / y se reconoce en naderías / que se pegan a la cara suntuosa / ubicuidad de burbuja desolada.

Camino, mi rumbo no tiene bitácora / agolpado en los límites del desprecio / que llevan los dioses en los hombres / danza la anatomía en vereda / que es época, que es huella / historia insaciable y ronca de lo vacuo. / No presiento la fuga de lo inmediato / lo vivo, cual hierba de abril / voy como atropellado humo de cigarro / nubemente vuelo a la fermentación / de mi historia, cuerpo de caminos / flujo de bulevares ambiguos. / Somos los ciegos, pero inmortales / ¿Has visto el aura que se ha perdido en las cenizas? / Encajamiento del sin sentido en las barbas / de los días patéticos y chirriantes / procreadores de turbación e indefiniciones / como el sol y su vislumbre / ilumino una sombra sin mapa. / Soledad, resistencia,  palabras que se apretujan / se atropellan, textura lúdica / mortífera época hacia las ideas / ¿vale una semilla con aliento, en un sofisticado basurero? / Mundo mío, hinchado de entropía / belleza abismal / que soy yo, / la otredad es mi salvedad.

Voy a acurrucar los olivados ojos / en mi tú-horizonte, el señuelo / son estas palabras desvaneciéndose. / Destripo el horizonte con la mirada / porque urbanamente no está afuera / está definitivamente adentro / mi atisbo tiene tu silueta / ¡A desvanecerme en el aire / cual monótono humo de cigarro! /                    Todo se ha quedado quieto /  sin excitaciones en la memoria / los pasos guardados en un eco / con esa música agripada y sórdida / se me sale el oído a cachos / ¿Recordar errores es una maldición? / ¿Cómo se llama tu abismo? / Me revelo de esta mortal vertiente / vida que oxida a raudales. / ¡Apaguen la lúdica tele! / pongo a prueba las reflexiones: / lamento que se vuelve / a la muerte en cenizas.

Me declaro el gendarme del mundo / nuestra civilización exige el desperdicio / de sangre antes que el conformismo. / ¡Apaguen la descastada tele! / Caricia que cuando maduro se enmohece / como fruto en nave mercante. / Así, la justicia es cómplice de los crímenes de mis alpargatas. / ¿El misterio que encierra el camino / de la vida tiene que ser turbulento? / ¡Que sea únicamente misterio! / Yo me revelo de este mortal horizonte. / No estoy dispuesto a morirme como deprimido / levantaré el dedo para que me conozcas. / Por favor, esa tele ¡ya! / El énfasis se agolpa como puente / ambiguo de realidades. / ¿Quién quiere una vida de libros? / Los hombres seríamos inmortales / apaguen la desvirgadora tele. / Me declaro el gendarme del mundo / vendado a la fastuosa entropía / soy el gendarme de mi subterráneo / horizonte sutil que torna a ser aire / desconecten la energía de esa tele. / Ya no quiero caos-información-hedonismo. / Ando al espacio soldando palabras desunidas / multicolor de letras desnudas… ¡Ya no leas nada! Déjame sólo / me declaro altanero, soberbio / la extravagancia se acomoda en las costillas / me campean, amándome.

Vuelvo a poner en consideración / mi mercado de letras / el cargamento está repleto de verbos / el espíritu es una salamandra / múltiple concesión del lenguaje / semen, quizá campo magnético / en vínculos y relámpagos / se venden al menor asomo de abismo. / Me ha salido el filón de uñas / como destiladoras vendas / mi piel de adjetivos como paños / las cosas se han transformado / en los mismos sitios, en el mismo fardo / los días hacen tronar las puertas / como las forjas rústicas; / la mercancía es un embuste / empaquetado con dádivas y moños / indica viejo su oficio, financiero / a los ojos que desmigajo acompañado, de mi historia y mi memoria. / Y aquí estoy en este paraíso sin historia / palmeándonos mutuamente entre burros / no guardo en mis bolsillos pretensiones de escritor / quiero ser un carpintero que comete errores / pues me predestino una indudable quietud de oro / que hace garabatos con su vida de nada. / Aburrámonos en este paraíso sin historia / ¡Sí! Aquí estoy, pregonando que ando de rodillas / el tamaño de mis años son humanos / la hilada de genes no trae as bajo la manga / eso es un escándalo para el ego. / Soy un pétalo, la hojuela de maíz /  el mundo seguirá siendo anónimo de sus horizontes / ahora que te lo cuento, déjame dormir / voy a ponerme a escuchar una música  placentera / el personaje de escritor lo he dejado colgado /  y el saco de poeta, inservible, anacrónico / la computadora se ríe de mis deficiencias / la hilaridad me sacude las arrugas, en la historia / sin paraíso y el paraíso sin historia / la lentitud en su abismal: eterno retorno / solazándose en mi desnudez mental, enteca / maldición de los futuros días sin historia.

Te perdiste dentro de mi mano, / pensando que estarías / recorrí todo. / Llegué a los países famosos / donde gobiernan las luces del sueño. / Como loco raspé el camino de un beso. / Inundé tu cuerpo de masajes / hasta la aurora. Acaricié la mano, sin el olor del estruendo / buscando batalla en la epidermis. / Todo se pierde / la ciudad se acaba / en mi diestra; demasiado tiempo, ayer / y quedó helada. / Entonces supe que tú nunca estuviste / era diferente hacia tu rostro. / Subterráneo en mi extremidad. / Quedó en ruinas, / oculto, como vocal desconocida. / Fluyen y purifican las proporciones, de las noches / en tu cuerpo. / Virgen de agua / que no está. / Descansan tus piernas en mis labios / nómadas. La mansedumbre tersa / que permanece como talco. / El dedo índice me indica tu seno / lugar común / de una flor, con pistilo diamantino. / En tu frente de amor / centellea invulnerable / un hueco de tiempo y de comedia. /¿quieres hacerlo conmigo?     Tus ojos. / Permaneciendo por largos años / como elementos de la noche / valiosos porque no se repiten / vertiginosos a todas partes / esperando. / Que mis labios caminen / a la selva de tu vientre. / He abierto la cortina subterránea / tragándome tu aliento / en evaporaciones místicas / en la arena de abrazos y mis ansias / descansan tus piernas en mis labios.

Cuando el invierno / cubra tu cuerpo / con almas gélidas. / Permanece hasta que te duela la cabeza / deposita la máquina en los sentidos. / Regresa a vivir girando / como el láser de un dispositivo oblicuo. / Quiero que seas vapor. / Atacar como un torpedo tu rostro / guardarlo en bolsas intencionales / con noches de amor. / Asombrado. Con un puñado de excoriaciones / muerto en las inmediaciones del campo abierto. / Y poseído por el instinto malo.

Después de servido / es posible disgustarme / durante un mes / con alcohol en la frente, en las vísceras. / Me adelanté a perseguir sonidos / con una diminuta paciencia / descolgué del armario / tu hermosura / y la planché / junto a tus senos / de crisálida naciente. / Y volví a enterrar el entrecejo / en tus pliegues. / Disimulé un carácter rudo / la suavidad del huevo / bolo de sábado nocturno. / Muerdo: / el hipo de tu vientre / con mis labios en tu ombligo / nublado / por la sonrisa que dura / allá arriba / por donde queda tu cabellera / fresca fruta de abril / son las distancias / las que faltan / no veo nada. / La suave forma / el bazar de curvas / saciado ritual / en brazos de mariposa. / Entre tanto / cocino el firmamento de tu alcoba / con fuego.

Tu cuerpo de libertad / entre la cerca de mi instinto / de cavernícola en la sombra agria / del pasado del agua cristalina / en la ciencia. / Tuve entre mis manos: recuerdo / el eco de tu cuerpo / cuando apretaste / el ser con tus besos. / busco aquello que intima / al canto llagado: la desembocadura granate / y tu pelo me cubrió los rizos / que forma el sueño / de tu nombre santo. / En el rocío tus ojos. / Inolvidables, la medicina / dictada por Dios en el azul mar del presente. / Recuerdos, al dormir / y tú aquí / con el cuerpo de libertad. / Danzándolo / frente a mi instinto / que busca besos / de tu lechoso pezón / al compás. / La conocida: / pantalones de tierra / de café y mostaza sucia / con antigüedad y ofensas / litigios, pleito brutal, / sólo es conocida / por el suicidio amado. / Sobre el cemento / fruto de estupidez y asombro. / ¡Hay! La soga quemada en el columpio / en el pantalón amarillo / en la desnudez. Ella. / Con pantalones de tierra / con lagunas caldosas / con un auto de hule / conque llega al pueblo / que siga nadando desnuda / lo estúpido se fermenta allí / baila en el pasto, bajo techo. / La laguna en el desierto / y yo mordiéndole los pechos, / caminando.

He mezclado la ruta en la pared / como si fueran peces bordados / en una temporada de ciclones / en los turbados mares agitados. / No anuncio, no proveo, / nada. Siempre nada, / siempre raras las cosas que poseo. / Como los mármoles o las ánimas / viviendo en el extranjero / hacia un océano peregrino; / invariablemente nada, siempre prófugo / de los ácidos del mundo. / Transformación en los fragmentos, sólo / con melancólica destreza / burbujeante y siente que se confunde / las rotas estrellas y la capucha de la risa. / Se mece el agua en un sábado glorificado / se desnuda el sostén de la presión / se destraba el pezón de la prisión. / El rinoceronte observa el árbol de piñas / se broncea al bombo del chalet. / ¡Me han encantado los rieles! / ¿Será mi taciturno sueño infantil? / La espuma se calló. El letargo adherido / trinó el pecho espumoso en el agua. / Bailaron su cuerpo tres diosas selectas / en el día consagrado al dios Tlaloc.

Sus ojos están conmigo / miradas y lo decimos todo. / ¿Por qué seguirá? / La veo, la contemplo en mi interior / sucede un caos frenético: / grito, lloro, me golpeo, reviento / me arranco las corneas / y sigues de la mano con él. / Caminan los momentos / sin dejar de mirarme. / Lenguaje de pasión fatal / que nunca se logre el fin, / no podría aguantar. / Reventaría, si nos fundimos en uno. / Estoy leproso de esencias y perfumes / emborráchase el sentido olfativo / de olores efímeros.

Es tan difícil decírtelo / soy un ciudadano del mundo / las palabras se espantan en la boca / tratan de enterrarse en el silencio / morirse en el lento vacío / fragmentarse en el sueño. / Tú y yo somos ciudadanos del mundo / el mundo es ciudad de sueños y silencios / de campos golosos y míticos, / odisea de voluntades múltiples. / Es tan difícil decírtelo / dirigirme hacia ti / las palabras se espantan / tratan de enterrarse en el silencio / morirse en la lánguida vacuidad, fragmentarse en las representaciones.

Como la lluvia me calló la mella / mareas en tu vientre, esperanza / de tomar tus instintos sobre aquella / que un día, al goce tuvo crianza. / Y el verbo soplé en tu espejo / cuando el nacido lloró sal, frío / al sentirte ausente mi entrecejo / muerto a tus restos de escalofrío. / Que infante en la penumbra vaga / buscando los brazos de una madre / acongojada pena por la tarde / de un cielo, de extinguida llaga. / Indígena razón tuvo la estancia / de tu cáncer nadando por los poros / aunque faculta su gracia y escancia / doctos del mundo y con sus oros / de saber no indican su presencia. / La criatura amada con las risas / de un hombre atendiéndolo y sus prisas / del sudor por cosechar su frente / velado en hembra: modelo en mente. / Juego con tus sueños cual querías / pescar los bingos, suelos, las ganancias / y construir la casa de fuentes, arquerías / mas el rudo mal pegó a las ansias. / Enseñada a sus manos; “el cáncer” / embobado su talento, y sin placer /pregunta por la grieta privativa / de tener el maternal beso de Oliva.

Escucho tu voz entre la almohada / mi mente pellizcando el acaso / de perderte y queriéndote / husmeando el cornudo los aretes / que te di en el día de cumpleaños. / Se desgarra la paz, y mi armonía / se descuaja al sol y mis arcanos / son canas que pinta la afonía / de tu gracioso y arrabal engaño. / Ando en la ciudad, de avanzada por las calles / licuando la vista por almacenes atados / a una presencia lánguida y suave. / Boscosamente ando en espesuras / de Sears, Saks, Liverpool y Neiman Marcus contrayendo canosos sabores vitales /  envolviendo sus ronquidos en la garganta. / Sabihondos muros, dilatados embustes / neófitos disipadores / que golpean el temperamento ladino del deseo / malicioso color apetecible, flexivo, vacua / vidriera del show dado / a conocer las mentes inquietas / mi extravagancia se apletora / y soy mojiganga anexa, parodia con cuerpo en flujo / soy la estela ventilada en bulevares opulentos / coma patética, diamantino bulto ambulante.

Más de lo que pienso dura el minuto / la palabra: la funda del instante. / Camuflajeo el pensamiento / en la intermitencia del presente / emigra la huella, la conciencia / al destino embestido / del sinfín diluido en la gesta / colectiva, cotidiana. / Y la opulenta nave de anorexia / queda quieta en el sutil ciclo / de vida, por el talento exiliada / cuando preludien añosos peldaños / de faenas vestibuladas en la fruta epocal de la desgracia. / Nodriza del pensar en la existencia: flor sostenida / por el inalcanzable embeleso / de enigmática aura indefinida. / ¿Tú supiste acaso que mi pecho era bordado? / En ocasiones por blancos arrullos / como indefinible espuma. / Y sin embargo brindas en la destreza / de las solitarias migajas de tu soledad. Cantó el tiempo. Lo medí con lupa / en la dirección que convenía. / Se difuminó, por la vaca de Guevara / que aún duerme, al paso del león / ¿Tú supiste acaso que mi pecho era bordado? / Con jalea real, hilos de seda, espíritu de rino. / Por que antiguas ramas proféticas se frotan / y predicen que vine a hacer espuma. / Soy. El sueño de un hombre borracho / en un torso salado / ¿Tú supiste acaso que mi pecho era bordado? / Por la razón y el balneario de pasión, / lo polifacético, lo difuminable / que tendrá eco en mi memoria oficial / y así seré el eco de preguntas clandestinas / dignas de un felino, silueta de cachorro / o el paso del peralte no se haría / sino… a golpes de destino. / ¿Tú supiste acaso que mi pecho era bordado? / Por la regia alegría y la dulce melancolía / y así llegaba al pronóstico: pensando a gritos. / Fabricando industrialmente tus sonrisas / dualismo que me cubre en consecuencias.

Mientras mi prado permanece verde / y los últimos higos se ennegrecen / me doy un paseo entre el vaho / de la ciudad mojada de historia. / Para probar la miel del higo, espero / sólo estiro la increpada mano / y pruebo la vid falsa, adultera / el pliegue de la ciudad en el sueño / irrumpe en el campo de embeleso / como inclusiones mínimas de historia, / en fragancias del signo, en bálsamos su insignia. / Pliegues amortiguados en los mitos. / Al atardecer la ciudad llama al cantor. / En los cerros hay llaves de lluvia / y el cantor se da un paseo hidratado / para tejerse en el crepúsculo. / La vista es un enunciado viviente / que embruja en la claridad / y aún en la purgativa neblina / los higos se siguen madurando / en la impregnada ciudad mojada. / El Ícaro se inclina desde la torre / avizora el mundo de cualquier lugar. / El olor de la campana se broncea; / mientras el jugoso aliento del aire / llama al aposento que es el lago del cielo. / El terraplén izquierdo, chispea / otro monte más es vestido de casas / como juguetes con antenas: / el Ícaro es aire, movimiento rasante. / Es leyenda que prepara un salto / al mundo de cualquier lugar. / El ruedo en la plaza asemeja / un barrio de plomo como foco dormido / sin embargo su cuerpo de aire de corrida / desata el vuelo rasante. / En el aire el Ícaro lo es todo / es decir, en cualquier lugar.

Luna que regala las sombras bailarinas / en el monocorde de la noche silenciosa / me amparo arropado en cadenciosa / faz de antiguas siluetas citadinas. / Flota ingrávida y tenaz mi frutal huella; / acecha con monólogo, espectral ventura / en opacidad sigilosa tal criatura / que añeja apresta sus cantos a capella. / Y deja en el ambiente arco iris de estela / musical despierto el cielo muy florido / de trigo ungido: diamantina tela. / Vanagloria salta, artificio corroído / los ronquidos-vituperio ella apela / la luna en solferino: su gemido. / Asueto yo y bajo el nocturno cielo / pacen aldeas de avispas laminadas / de quedo y en silencio almidonadas / en misterio suelo soñado me consuelo. / Guardo las llagas en las sombras dadas / al jugueteo florido en fantasmales / orgías de diosas con hembras terrenales / que convidan con gusto sus almohadas. / Busco la sombra, encuentro aquellos simios / ovillados con la cara de amargura / la penumbra procrea mi sepultura / que arrastra: obras, murmullos, sueños míos. / ¿Ésta noche fugaz será mi feliz muerte? / Donde se encaje la quietud silenciosa / y la nada presuma salir airosa / con juego de dados, divertida suerte. / Es sonámbula la noche y me persigue / con el zumbar de mosca de aire y dada / a la mente que la piensa y la redime / de su mortal resistencia decaible / oquedad de su existencia en nada. / Pienso la noche cual saeta o cerbatillo / que en danzas brinca y su música refresca / al huele de noche de flores de amarillo / donde me monto yo y tú caballeresca / nocturnidad es perla sol en un anillo. / Me llegan los calores en oleadas / burbujeantes sopores estelares / desde incandescentes y solares / turbulenta ciudad en llamaradas. / Y se tornan los pisos degollados / donde resisten las llantas estresadas / dejando su historia de pisadas / numerosas en gestos tan hollados. / El día como un mural ardiente / donde plasma Dante su aventura / moldeada tarde de jocoso ambiente. / Quieto como burro en calentura / me quedo en la mirada del poniente / horizonte en llamas su costura. / Voy ante tus ojos remendándome / como libélula al agua campesina / mis ojos tus juguetes musicales / odas insaciables de tu risa. / Eres como el badajo dominguero / que golpea la campana de mi cuerpo / así es, y me destrenzo en hilos / sonoros, viajeros y soleados. Me revientan los ojos tus contornos / ceñidos de mujer embriagadora / la alegría fertilizada de ser tú / los besos que embrutecen desde lejos. / Me acuesto a los lados de mi cama / quieta, en ella soy el ídolo. / Llega mi erótica libélula / a rociar –desnudándose- en mis poros. / Yo: el último día del mundo / me expreso en el fin de la modernidad / que gallardo se crispa en playas / golpeadas muertes y explotadas. / La indefinición crédula es un surtidor / de acueductos de historia en fiasco / como la que cuentan los sistemas / envolventes de un zombi mercado / A veces hay en el día “D” la esperanza / pero yo soy el último día del mundo / y los murmullos industrializados / hay que acallarlos porque envuelven. / Explotó el fruto prohibido y ardiente / la tierra buscamos las dunas congeladas / la catástrofe era un clóset de espectros / coloreados con tizne de amargura. / En la penumbra poco a poco voy llegando / ¿Porqué me esperaste si no soy bueno? / Sujétate a mi fluidez y compréndeme, / soy moldeado desde tu sombra. / Seré lo más pasajero que se pueda / pues es benigno antes de roncar / sus vanaglorias de intensas pesadillas / sensibles, y tiernas de indiferencia. / Golpeándome con un mazo de sueños / que intermitente cobija en los días / dinámicos de historia permanente. / Tienen los muebles aire de soñar / la eternidad me asfixia el futuro / deja que sea inseguro como un mueble. / Lo que venga será antiguo al sol. / La inmortalidad es una hermosa caricatura / que avizora bajo el ojo metafísico / de un palimpsesto obsoleto. / ¿Los sueños de eternidad no te han matado? / Tienen los muebles aire de jugar / la eternidad es un divino juego de dados / yo como mueble gozo la estancia / respira la vida como vida / Hay en la eternidad ilimitada sequía / las bocas frescas se vuelven lajas / la gota móvil se agota / se carboniza como becerro en desierto.

Estar vivo es un arte bizarro, / es el centelleo consumido, / es mi covacha. ¡Y la vida sigue! / Inútil, hago brechas a la pujanza / ella divertida obedece a medias; / conciso, remiendo con vergüenza / los exagerados modos de existencia. / Los juglares se recrean en el show / las grandes letras del cartel / demuestran su poción de enanos / ¡A la mesa juntos frente al arte bizarro / el primero que abra la boca paga la cuenta! / ¿Estaré lejos de tu instinto / tragador del polvo de bostezos? / Me llegan los calambres como sinónimos / del centelleo consumido que penetra / por los flácidos, meses de Junio / por si acaso, me sacrifico un descanso / la pujanza me pica las costillas. / ¡Y la vida sigue! Cae y se levanta / como potro que fluye a las laderas / de humo y de ceniza furtiva. / Comprendo el clima de mis rincones / de conciencia, se estrangula sola, a cachos / la brecha que golpea los zapatos.

Los niños gritan / 7:15 muevo dedos / luz sobre el espejo roto / la bola rebota en los muros / suena el teléfono / la risotada se escabulle / borro la “s”, tiro un papel / se escucha ¡gol hermano, gol! / La luz chupada por la plancha / 7:20 mosca sobre el segundero / cinco segundos… vuela / la abuela grita / la     maqui   na      no       escribe / se cae el cuadro / el abuelo grita / 7:30 rechina una puerta / a lavarme las manos / taconeos, gritan / la sirvienta desconecta / cenan / leche en el piso / dedos / los colores se van adormeciendo /  música lejana / es la quinceañera / dejo todo que transcurra. / Duermo.

Persiguiendo tu aire inmaculado / alcanzo tus pechos como crías, / mellizas juguetonas de borrega. / Y antes que despunte el día / iré por otras joyas: / serán tus lozanantes piernas, / veloces por amarse a la luna. / Y tus labios me son como la lupa / que agigantan todo un Universo / al ponerle mi acuciante esencia. / Al darte alcance, en la ciudad nocturna, / tus cabellos son hilos de agua / que escurren la escalinata. / Se duermen los pechos en las manos / y despierto a besos su avivado acento. / El dedo se acalambra y veo / “Qué esplendorosa eres cual cierva / y el viento tuyo pasa como hija / de un perdurable y matinal verano”. / En el insomnio, al amanecer. Bordado con amor, tu imagen da tumbos / en mi tesonera cabeza de zapote.

Estoy dispuesto a morirme en las costras / voy a roer mi cabeza / a podrirme para no reconocerme / pariré una alcurnia decadente / me soplaré, en retazos de sal / cuando la libélula en días de feria / rota, haga énfasis en el rostro. / Y ya que esté dispuesto a todo / voy a huir como un vil / la chapuza será mi política de resistencia / el clamor, me llamará para la disección / del escaparate con ojos de playa / de gaviota, de pescados de sal. / En esta emisión la risa me aconseja / ya que los bazares se llenan de ella / a morir en el show / porque una melladura se diluye en la “X” / y el cemento vestibula mis límites / de piel, de gremio, de óptica. / Mi intimidad explota en la baraja de articulaciones / como una golosina y su niño / la playa de alfiles es mi brea de barajas / soy criollo, soy inminentemente mestizo, de sal. / He de proporcionarme a Dios / en el consumo de mi fealdad y mis arrugas. / Como tantos días de ella, casi olímpicos. / El sostén se revienta en mi fealdad / donde la ruta es Dios / como el todo florido / como en resurrección de arrugas por años / y mapas faciales, el coto de mi semejanza metafísica. / Beso mi fealdad y mis arrugas / y las consumo con el hedonismo de la unicidad / son raudales de consumo, como acueductos hinchados. / La droga de la pasión por esta ruta / seduce hasta los intestinos /  y ellos también se arrugan y se afean / buscando la ternura  del rostro de Dios / He de proporcionarme la  textura / de la epidermis en erupción / con sótanos, melladuras, fragmentaciones / hasta llegar a la sangre / la sangre pegada al vacío. / De mi rostro, sin mi fealdad, sin mis arrugas. / Quiero el vértigo de Dios en mis arrugas / y marearme, y sentir el vacío / el aire de vidrio / y el vidrio salpicándose en púas diminutas / por mi casta fealdad… y mis arrugas. / Soy el balneario de mi fealdad / toda ella se refresca / en esta vacación lánguida y lenta / como el paraíso de la hiervas y yo en ellas / recostado / pensando en Dios / pensando en Él / pensando en mi fealdad y mis arrugas.

Me vi afectado cuando / succioné la apariencia de la disidencia / era la manera en que unos morenos / enjugaban sus lágrimas / con la mano izquierda. / ¿Acaso quisieron cambiar sus fichas por las mías? / Los he visto / cubiertos con un gran manto de política / les baña el sudor de la entropía en desacuerdo. / Se echaron a reír los circuitos integrados / se van a alterar alegremente / entre el diodo y el cátodo / ¿Y su disidencia? / Se echó a reír.

Mientras se revientan las nubes / yo me quedo aquí / en el crepúsculo / sudando mientras no trabajo / gastándome el tiempo / sacándole plusvalía al ocio del sueño / haciendo que todo se vuelva algo y yo nada. / Es armónico en la idea de que nada me pertenece y no tiene que pertenecerme nada / por eso me quedo aquí / en el tiempo como embriaguez de vida. / Como pecado hasta el hartazgo de existencia / y esa existencia hueca porque siente nada / y quiere más, y, ese deseo es todo / y todo está en el crepúsculo / esperando que brote este yo que se queda aquí. / Sabré hacer poesía / como un accesorio en soplo estético, / un eco mustio en Occidente. / Desde hace unos días he estado frito / como muchos más cuando probaban mi edad; me convertiré en tinta frita / creada en el ardor de un final. / Yo soy el final y nadie cree en mi / en todo caso estoy frito / pero eso sí, reservado como un código / de una tinta, de una facción. / Antes que ésta inquietud / crece el pasto / cuando hablo del tiempo / absorto en él y frito en la tinta / en el final particular que se reserva / muy cerca… antes. / Encontré algunos escotes / de piel de encaje y sobre toldo con seda / y frente a él una piel recién horneada / en una playa virgen del Pacífico. / La fragancia que se fermenta en las zonas / del punto “X”, escucha / la casa, la cúpula, el contorno / es decir, ¡todo! / Allí donde la mujer ama lo prohibido / es decir… / Que crees… / el rocío de la fragancia en mis poros / y mis poros, en el pacífico / brassiere de dos encantos / con encaje rojo…   diluido / me atraviesa la vista en ráfagas espumosas / el humo de broches y tirantes.

Cuando camino por las calles me convierto en un ojo de buey con espíritu de pradera. / Toda la sociedad es mi pastor y el cielo como un lago se yergue sobre las pestañas. / Me acurruco en la espuma del eco citadino, / y desde esa zona pronuncio, pinto el verbo / pero sólo las veces en que Dios enmudece. / Hablo clavándome como ojo de buey en los vidrios, en las púas que rechinan en nuestro ámbito autóctono y a la vez moderno. / Hablo con espíritu de pradera, de surco; / y los surcos son las calles y también las arrugas de la gente agotada en el machucón del tiempo. / Ojo de buey es mi insignia, mi ser, como el repique es a la campana y la campana al eco que rebota en los cerros blancos y la falda de la Malinche. / La burbuja soy yo, el ovalo soy yo, el ojo de buey soy yo; los horizontes son: los villorrios, la pradera citadina, / y todo esto es mi mundo. / El crepúsculo de existencia que sopla ese ojo en la espuma me enmudece, pero deja pasar imágenes. / Envejezco frente al alma de Ocotlán / me vigila en vigilia / expiación preciosa, certera / y mi camino de ojo / se armoniza en los adoquines del castillo. / A campo traviesa se establece el encuentro de la imagen tlascalteca con Rimbaud / André Bretón, Hölderling o Nietzsche / ¿Me creyeron muerto? / ¿Te creyeron muerto? / Tú… fiesta de ojos, de palabras / de semen de imágenes reveladas / al espejo óptico de la tlaxcaltequidad. / Veo los números en la catedral / de la poesía y medité… y medité / cuando centellearon, lejanas / las noches del poeta. / Embarrado solo, en un cuerpo, mi playa / es el ronquido deseable sin el nombre / porque pesa, me consume. / Es el nombre el que se forma hierro / procrea una y otra vez la obligación / y el cuerpo nada, solo el deseo y el corazón / cachondo, plegado en el protocolo voluptuoso. / A la fama escúpela en la pasarela / que explota la imagen virtual. / Los bárbaros quieren mi cuello con un nombre / un costal con sus gatos, / un cerebro con su cráneo; / el perfil del cuerpo es el cántaro / que llena de sabia pasional la vida / que quiero entera, polifónica y navega / por tus gremios y alfiles. / Que la letra sea mi inminente cómplice, / terrestre y moldeado. Mi clóset / a pesar de las letras despatarradas / sigo siendo cuerpo reinventado, pero cada vez. / Más Edgar / el ghetto Edgar, el singular nombre / el monolito que seca el conflicto venal / que no soy y que quiero lentamente clamar.

Para que me sigas queriendo / he decidido comprarme una corbata Gianni Versace / proceder como de costumbre durante tantos años / a verte con ojos de beso / a ofrecerte una sonrisa de opulencia / como la que ha lucido Michael Douglas / o Andy García y después vestirme / como en los tiempos modernos de Charles Chaplin / pero con un traje Scapino, Dockers, o Nino Cerrutti . / Escapar de todo para llegar a ti / pero sé que te conquisto comúnmente. / Te atrapo / hablándote frente a la noche, con el show de las luces de la ciudad, pero… ¿Cómo amarte si tus ojos se duermen?

 

PEREGRINO 11

“si tu espada es muy corta, da un paso más”

Madres espartanas

A

rrasan de presiones los corolarios de mis entrañas, entre tanta ansiedad que coquetea y se apeñusca en las sienes; el ardiente tesoro de ironías se ha quedado callado. Tú, lo sabías bien, intuías que andaría como zombi por las tierras del conflicto. —Fíjate bien como me muestras tu cariño, matándome como alfil sin destino— Soy terrestre en esta manzana de la discordia que es la tierra: terreno gótico que diligencia tempestades en un eterno experimento. ¡Esa es una realidad divertida! No hemos aprendido nada, seguimos navegando taciturnos hacia un misterio sutil, a veces ambiguo; a veces indefinible. ¿Has sentido aquel vértigo cuando te quitan la tierra? Esos estragos caen en mí a cántaros. Siento esa catástrofe que después se pone como de color de cemento. Gota a gota voy cuarteándome hasta ser otra cosa distinta, otro cántaro. Ya no quiero sentir esa presión que hace advertirme deformado, que ya el resorte pusilánime me ha absorbido en sus tensiones, en sus vaivenes. Exangüe he de quedarme quieto. Que dulzura es cuando no muevo ni un dedo, cuando la ansiedad queda atrapada en los corolarios. Transitoriamente me siento un rododendro o un árbol de limón: bellísimamente agrio. Indemne, con el ajenjo apocalíptico, paso sonochando por la vida que me apretuja como carta entre baraja. Como santuario me acurruco soberbio en mi identidad personal, ya que detesto las disyunciones nacionales o locales. ¡Pueden jactarse fanfarrones: los provincianos que se creen los ombligos del mundo! Soy la ceniza rebotando por allí. Soy el polvo en resurrección soliviantado por soplos que proceden de un murmullo: la ubicuidad que campea solaz.

Mi subterránea conciencia la conservo en un búnker, camuflajeo sus inquietudes de cisma; su hurañeza social la decapito. ¡Que el caos no salga! No son mis días, y su dinámica dice otra cosa: tañen campanas de incienso y escupitajo, de adoración y vituperio. Explota todo en un festejo de máscaras excitadas.

La política se articula como el negocio más rentable, y yo, como el peor de los imbéciles elijo ser poeta; el pueblo no puede percibirme de otra manera que, como un sujeto hinchado de locura, un raquítico de razón, un fruto dionisiaco, un cerebro fértil de paranoias. Festejen estas declaraciones, puesto que ya no tendrán que inventarlas, no usen la imaginación. Ya lo he improvisado todo; me he complacido al experimentar todo sistema de demencia. Ese ha sido mi cielo. He probado toda mezcla. He pasado a ser un hombre civilizado.

Se equivocan al pensar que seré el cómplice de su desarticulación, de los crímenes contra la diversidad, no soy ningún chapucero, soy de vidrio y me reflejo y te reflejo a ti que estás leyendo. La desolación es tuya y mía. ¿Crees que una melladura en la conciencia puede revelarnos que aún podemos? Seré el amante de ese delirio subterráneo, es el horizonte casto que enchulece el destino. Cual barca en un lago me multiplico como espíritu clonado, los vaivenes no están aquí sino en el horizonte que se engolosina en sus latidos. El gendarme de los genes ha muerto; soy el espíritu clonado que ha brotado de esa defunción. Soy el abundante hombre doble, el otro, la otredad propagada en una muda constante ya sin el prototipo, sin esa raíz consecuente. Hay que fijarse en los efectos que dejó aquel espectro. Nunca olvidaré el viento que ha arrastrado y transitado por las representaciones. Bueno, sí, hay que tener cordura, pero también considerémosla como un flujo extraordinario en el espectro de los corolarios de mis entrañas.

Acumulé monedas de ironía, a fin de enriquecerme con burlas eruditas; en el pasado me consagré a un florido silencio que ha resucitado en cada temporada ya que es nutrido por la entidad tozuda en la nada, en la oxidación. De esa manera soy, es el procedimiento por el cual se descalza a la impaciencia. ¿Será evidente que cuando la ironía salta es porque se ha puesto coqueta la existencia?

Tengo ante mí un nuevo latido resorbido a ruta constante: esta facultad fascina por ser como sedienta esponja contraída a dicha tierra.  He terminado de atar amarres ¡es la fase donde hago escalas! Como pararse ante un río para contemplar: su monotonía, los espectros que asoman en las ondas del agua, el olor de la humedad que se evaporiza al sol, o los flujos de gorriones que van río arriba.

Me he posesionado de este recogimiento hasta el interior, desde hace tiempo ha sido mi horizonte, el examen de ese acontecimiento son: o pájaros hechos smog o libros fermentados como alcohol de años. Yo no puedo con toda la vida; por eso me recojo en el aura del autismo, me comporto como un limítrofe, finjo ser medio idiota, inclusive hasta yo estoy convencido de que esa es mi nave de locos a la deriva. No obstante, soy el cachorro que raspa las ideas como si fueran el mismo destino. Como una representación que da existencia a la vida me poseo. El destino es como el líquido que escurre entre las manos; pero, al fin y con cabo que se vaya todo. No necesito de nada. Ser como el cántaro que se queda, aunque sea con la frescura del pozo, es la conquista de ese alimento, el soplo divino de Dios que expira misterio.

Con la frente al sol matutino lanzo al aire un amplio bostezo que llega a despeinarme, que permite caer uno más de mis huidizos cabellos de esta despoblada frente. Hago un análisis rápido del día: aire obsoleto, pobre y desnutrido; sol frívolo con el calor que ataca fuerte las grietas de la cara; minutos diurnos que escalan peldaños y que juntos se hacen horas; una docena de natas que parecen austeras nubes, se escurren en el espacio como leche derramada en una esfera. El olor del día será seguramente de azoteas con su cotidiano barullo, de colectivos que regresan del mercado, de evaporaciones del Zahuapan. El pronóstico pinta muy bien, suena a una música placentera.

Me diligencio un bostezo extra. Me flaquean los brazos: se estiran como queriendo escaparse; tal pareciera que quisieran alcanzar algún hemisferio o muslo de amante. Los ojos como estanques de aguas verdes, se agitan con parpadeos que interrumpen ver el cielo. Se destapan los oídos. Se abre una boca inmensa, a manera de boa constrictor. Truenan los oídos, el sonido parece al que hace el pollo muerto cuando se le rompen las patas por sus articulaciones. Escurren gotas de los estanques de aguas verdes. Vibración flotante. Resbalan a plomo. Se desmaya la modorra y queda como sombra, la arrastro sin más y se pliega al suelo como flujo gelatinoso; la cargo como si fuera mi calvario, el lodo insacudible.

Voy a la ciudad pequeña. Recorro el sendero. Los campos de cultivo entecos. Me da vértigo ver aquello. Una caricatura de campesino voltea la tierra con el azadón, tal pareciera que busca esperanzas en el terreno arcilloso, o como si con su faena, le diera cuerda a una invisible máquina para hacer nubes. El horizonte luce tiñoso, es legaña que pena como fantasma. Las nopaleras se arrugan, son magras lenguas que brotan del suelo faltas de saliva; sin ella se cuartean tal corteza de árbol centenario. Sigue el vértigo. Soy miembro permanente de los de abajo, es así que el aturdimiento es cotidiano, ya casi no lo siento, no hace daño, es como estar “crudo” todo el tiempo.

¡Qué pacífico es vivir en mi jacalito cerca de los cerros blancos! Escribir estas pocas letras es lo mismo que abrir el surco; pero en lo primero me siento como solo. No busco las raíces porque sé que no encontraré nada; es preciso entender que en esta tierra nunca se ha escarbado más que lo suficiente para que el maíz brote, así que ni siquiera remover los treinta centímetros. Únicamente me paro allí, en el campo. La raíz es todo el horizonte que campea en el paisaje alargado. ¿Encontraste alguien allí? Tuviste suerte puesto que otros que ya han muerto giraron trescientos sesenta grados y no encontraron a nadie, prefirieron volver a ser tierra, pero surcada por ellos, sin raíz, sin un rostro que los hiciera sentirse acompañados. Los relieves de esas sinuosas ondas de surco son juguetones. He de aprender a jugar con ellas, para eso están allí. Puede que una visión borrosa en lontananza me haga pensar en un pilar con una enorme base o bien el tótem al que podría adorar para así dejar pasar el tiempo, pero dejo eso, no es mas que la representación inconexa.

Estoy empeñado en castigar a la conciencia, inculparla de los abismos que encuentro al caminar, deseo trazar en ella una denuncia, desmembrar su anatomía para ver si así me encuentro, para ver si me beneficio de algo. Seguramente la conciencia tiene llagas, heridas que deja la historia o torturas prendidas a ella como tatuajes. No siento nada al hablar sobre esto, es un estupor el que se presenta. La conciencia es un tanto torpe como para hacer juicios inteligentes, ella es una viejecita que me ayuda a cruzar la calle; es ella el tapiz humoso por donde se asoma la modernidad, juguetea conmigo cuando veo la tele; palidece cuando la invito a la briosa crítica. La conciencia es la cómplice de actos tanto notorios como desconocidos, hay tanto que decir de ella, que si escribo un par de cuartillas me parece ingrato

Cruzo el puente, abajo se va evaporando el agua de drenaje. El paisaje ha cambiado; lo que eran campos de cultivo ahora son el cultivo de casas como campos.

Me silencio ahora. Me acuerdo de la historia. Dejo a esa esfera de la interioridad  -que es la conciencia- que me juzgue. Yo me quedo callado como un armario metido en un sótano glacial. Una resistencia sería que se escaparan palabras de la boca, que se escabulleran por algún boquete he hicieran ruido, que causaran un significado, que se remitieran a algo, a una imagen. Rechinan los ojos moviéndose en todas direcciones, la mandíbula se mueve castañeteando dientes. Callo ahora, pero… siento la textura de la palabra desobediente. ¡Le doy cachetadas con la lengua! Flagelo su significado hasta que queda un hablar en lenguas. Respiro.

Camino por la acera de la calle principal de la ciudad pequeña, los autos recorren las últimas distancias del día. A mi paso, se asoman sombras móviles que figuran perros ovillados, barrotes de purgatorio, monstruos informes que se agazapan al sentir mi presencia; una más, alargada y delante, alcanza a dos muchachas que esperan el colectivo, las cubre desde los tobillos y sube hasta velarlas; sus ojos contentos me miran sin inmutarse. Recorro más adelante el parque. En las cafeterías del portal también hay sombras, opacidad sofisticada, que parpadean sobre los cafés humeantes o se ocultan bajo los manteles. Hay un barullo en la zona. Percibo los pedazos de penumbra, esas siluetas que se inventan solas utilizando la luz contra otras cosas, mezclando con multitud de elementos y refracciones. Advierto en las sombras: gestos, muecas irónicas; ellas dicen mucho, se interpretan, hay en ellas una situación oculta. Encuentro en las siluetas lóbregas, virtudes, ellas no son vanidosas, sino leales, sumisas, modestas; Tal vez sea por eso que ahora hablo de ellas. Me gustaría ser una, pero diminuta sombra de la letra “a” o de la coma, sombra de una sombra de ala de una mosca.

Encuentro el aliento de esa sombra que colgaba como un lienzo tendido al sol, era la sombra que asomaba como un velo; de allí fue donde salió la pelirroja pregunta. El diario afirmaba en planas que no había para que echar una ojeada al cielo, que había que ponerles candados a los ojos, pero yo oteaba, y la mirada en vez de trasformarse en bostezo se hacía aliento. Mi constitución –como miembro permanente de los de abajo— era un tiovivo en vida en vez de una rueda de la fortuna, la subsistencia me hacía permanecer a ras del suelo y en lontananza, la tormenta como negro tumor benigno se alejaba difuminándose con la naciente noche; la tormenta dejaba un barniz acuoso en las tierras del valle. Desde ese tiempo hasta acá he disfrutado de paisajes verdosamente contentos, las semillas caen a la tierra como este lenguaje en la hoja, mi muerte se da y el encino cuando seco alumbra en la fogata, así, el lenguaje llega más allá que mi propia muerte. Y aquí festejo mis preguntas, los inicios pasados, el hermoso canto de las trompetas de principios de milenio. Festejen, ¡sí! ¡Festejen! Hoy es su día, nuestro día, podrán hacer conmigo lo que quieran; quemen el encino, y reunidos en torno a la fogata, denles nuevos nombres a los mares y a las montañas, olvídense de los nudos de la banca; ignoren, solos desarmarán su nudo ciego.

Dejé que mi destino me acompañara a la cama. Hemos de descansar. Tengo los brazos fatigados. Me acuesto. El tedio se tizna de bostezos. A la luna he regalado las siluetas proyectadas en la almohada. La habitación es tan sencilla que hace marear con su eco, está poblada de sombras. De improviso, el perfil del avión entra por la ventana y chicotea la monotonía, algunas manchas de los opacos vidrios tosen al unísono un movimiento casi imperceptible, como un pecio fugaz, lo que dura un parpadeo y se disipa.

Duermo y desde el cielo la alfombra del país se mece, el sol place acicalado y yo en las alturas soy un poema que se despierta, que apenas inicia despatarrando sus miembros a horizontes cardinales. El paisaje es principesco. La verde mañana se ilumina de distancias. Las nubes sonrientes avanzan en regimientos aéreos, y aquí, bajo mis pies, el Popocatépetl pareciera estar ocupado en espantarlas; el volcán y su casual música respira como una casa de alebrijes sonoros. Atisbo, son las carreteras como flechas sin combustible, pegadas al suelo como rocas domadas; atisbo, son las gentes que como ardillas suben y bajan recorriendo los pisos de los edificios; atisbo, un océano flaco que suma dos grados más; atisbo, computadoras personales que se encienden con señas y que poco a poco van formando un hilo umbilical tan fuerte como el carbono de tungsteno; atisbo, un pájaro —como representante de ese mundo— que tan pronto como deposito sobre él la mirada, el pájaro vuela; atisbo, las imágenes obscuras en lugares tan ácidos como la misma alma de Satanás…                  Columbrando en torno al panorama, despierto al amanecer. Una estrella del tamaño de un mosquito se acomoda sesgada en la ventana. Mi garganta olfativa percibe el jardín salpicado de rocío. Me asombro del árbol que viste un traje hermoso de opacidad y frente a él, la sombra que asomaba como un velo: mi amante en bata con su melena rojiza y suelta caminando con los pies desnudos por el pasto. Ella era mi pregunta y mi respuesta, más tarde, su voz tan dulce me visitaba la oreja, sus manos y las mías festejan danzando en el encuentro.

Acostumbrado a ser una bestia. El humano bestia. Quería vestirme de discordia, tragar venenos, corretear a la presa fácil, ultrajar a mitad de la mañana cualquier musa. Pasar por un desnaturalizado. Comer limones podridos, pisotear alacranes o bien arrancar con los dientes los bracitos regordetes de los cachorros. Abrí la boca para lanzar blasfemias contra todo, eso era parte de ser bestia; el espanto de la gente vino después, cuando la enfermedad me había cundido. Cada sílaba me llenaba de asombro como si tuviera aroma propio. Era excitante como la carne roja o como el afrodisíaco más potente. Quería gemir cuando mi cuerpo estuviera consumiéndose de algo, ingurgitado como carroña, atropellado en la autopista en horas pico o castigado por una jauría de feos.

La vida es incompleta si no está presente la parte del dolor, de lo animal. La vida entre el “moisés” y el sepulcro lo sentía tibio y yo quise arrancar de todo; quería escuchar a mis maestros y escuchar también mis consejos, esos decían otra cosa, me daban indicaciones de perderme, rasgarme; azotarme en las paredes y reír con las mejillas sonrosadas, tiernas. Quería mis propias reprensiones, ultrajarme a conveniencia, vengarme por nada de algún desconocido, rayarle el alma, cosechar de su campo ampliamente cultivado, además de ofrecerle amigos, como un ramillete de flores.

Esos eran mis mejores años. ¿Quieres hacerlo conmigo? Para los de enfrente mi vida estaba anidada en el fracaso, metida en una conchita diminuta en un charco de campo perdido en un sitio desconocido. Y gritando a todos lados mis victorias, nadie me escuchaba, la arena que les tapaba los oídos formaba microhuracanes en sus lóbulos. Y yo en mi pradera, acercándome a las puertas negras, como de noche, ensalzadas en balaustradas marmóreas, y los otros empujando con vigor la puerta liviana, de globo. El pueblo inundado de sendas extraviadas, yo escogía el de mayores pedruscos, o sea el de losanantes filos de roca; al final a todos nos tocaba un sepulcro bendito, abajo, en la tierra caliente. No quería recuerdos, no historia, no descendencia. Buscaba el abismo del azufre más picante. Pararme a ver los muertos, pisar los cráneos a diestra y siniestra. Ser un hombre tachable. El hombre de la mirada más amarga, con el verbo más mordaz.

Quería el ambiente borrascoso, inhumano, con los volcanes escupiendo lodo caliente, ácido, tizones de muerte, los campos helados, tiesos, pobres como el recuerdo. Las casas carcomidas por la opulenta sarna, rebosante de alimañas con el apetito más insaciable. Ver las marchas fúnebres con un bostezo de tanto observar, y las adúlteras circundando mi espacio, pidiendo mis labios almendrados.

Mi jardín de tierras dentro de un laberinto chorreó como esperma la ceniza. Era la fluidez del tiempo quien pregonaba el anatema. Como un ronquido despertaron los vientos y llegaron a Puebla, eran arcabuces en ráfagas que chiflaban sobre los autos. El inflexible sol como mi vientre se golpeaba con algo en los pulmones. Inició la turbación con la “Z” aquella que está al final del vocabulario, allá, muy lejos, donde termina todo. Estoy dispuesto a matar la turbación con esponjas procreadas en la historia de la palabra; como palabra es el hombre y la tierra el Popocatépetl, y todo junto polvo. No tengo más remedio que dar azotes al viento. Sigo siendo ceniza, polvo nacido en Tlaxcala como un Ícaro accidentado. Mi nave se torció en las manecillas del consumo, y pensé, como si fuera un rechinido, que me salvaría del acorde del calendario; de este último sufro claustrofobia, porque no me ha dejado en paz, pensé en la emancipación y ahora el rechinido estaba en otra cosa. El proceso de purificación nunca fue. El tiempo me comprará un altar que se hundirá en la tierra de maíz, en esos casos estoy salvado, sobreviviré. Con algo se hizo terrestre mi insolencia, se estrelló en los días de feria, cuando todo marchaba bien, los tesoros se escanciaban en el jarrón antiguo; Hollywood nos pertenecía porque estaba en las tierras del Matlalcueyatl. Se agregaron otros ungüentos, otras noches, otros sindicatos. Los bárbaros del mundo hicieron estragos con sus imágenes. Las máscaras se tiñeron de abundantes colores, algunas se hicieron piedra, otras sacrificaron su insumo en la realidad virtual del kitch abortado desde un pueblo insolente.

De buena sombra resultó tu insulto —le dije, mientras soltaba las amarras de mi nave clandestina— aunque fuera chorro resultó inalcanzable, no pude tocarlo, se escapó entre dientes, mientras tu lengua se mecía al compás de un chicle. ¿Acaso pensarás hacerme daño si estás cubierto de costras de hule, de papel, de olores suntuosos? Y yo receptivo de ojos, como un escaparate con la textura de la epocalidad, me detendré y sentado en una silla veré las fumaradas, oiré el rugido de la tierra de maíz. Comenzará a lanzar uno por uno los alfileres hincados en su piel. Mientras unas se rascaban el ojo, otros más compartían el V.I.H. todo por amor, esa creación más excelsa que nadie haya imaginado. Y yo en tu caverna como casa tomaré directrices para comprimir y explotar y una vez estando ahí reformaré tus dientes desde el hueco con un grito, y sobrevivirás con pelo ceniciento. Atrás de mi vista estás tú, volando en el barrio de las gaviotas, subiendo al cielo hasta llegar a la cabellera de los vientos; atrás estás tú, como vigilando mi espalda doble, de ceniza y viento y la corriente con canales que me llegan hasta el trasero. Golpeo con algo y eres tú, es tu cabeza volando al cielo por encima del Popocatépetl, de azufre, de escoria. Subo un peldaño por encima de mi pensamiento, se escucha otra vez el rechinido criollo, entonces, correteo un camión para buscar las esencias, los aceites benditos, las unciones que camuflarán el eco; esta vez soy yo en un espejo acuático: la laguna de Acuitlapilco.

Tres perros y una gallina asoleados en el patio, me acompañan en las pesadillas con las hormigas coloradas; con un bronceador les froto el vientre a los domésticos color trigo, quedándose pasmados, como idos, impávidos. La excitación de mi insolencia no nace ahí sino en el diálogo unívoco que vomita un cuadro de imágenes con volumen y sintonía. Fabricaré un canal cantante de agonía, será el fin del aborto y entonces sí, sobreviviré. La gota neófita toma el autobús, ella descalza de un destino, deja estelas de nada, mientras ve pasar el vapor, el paisaje entre el nacimiento y la muerte; su anatomía injertada en los días de feria y en una cuadratura entre el Popocatépetl, el Iztaccihuatl, la Malinche y el cielo. Inventaron la excusa seductora mullida en la burocracia, y la “Z” que inició la turbación ahora viaja en autobús por las cañadas, su sequedad y el inflexible sol como mi vientre hace compañía con una dureza absoluta, con una fluidez absoluta. Rompe el freno la ceniza y se destraba la agonía con resortes anatómicos de México; ahora bien, el tiempo de aires con una dureza absoluta, con una fluidez absoluta, me persiguió hasta aquel paraje; es decir, el patio de perros bronceados al unísono con mi vientre. El paisaje me permitía ver las fumaradas, el calendario pronunciaba en la grafía: “domingo”, en esos casos estoy salvado, sobreviviré… Y existió el día, todos asentaron su bendición local, lo vistieron con cada cotidianidad, con cada particularidad, la sinfonía de estos actos llegó a ser un bazar repleto hasta que llegó la noche. En ese ghetto de sombras me acurruqué como la onda en un círculo, el murmullo de las dispersas luces arrulló la ubicuidad y soñé con otra fecha igual.

Untado en las sábanas llegó la libélula y yo en fuga, con los besos sin huella, se hunden entre las alas de la negrura y la libélula persiguiendo. La evasión, costándome las manos; porque ellas se quedan oliendo a caballito del diablo, a amante, a flujo de noche evaporada. Tu toquido clandestino me despertó. Las migraciones subterráneas estrujaron la nieve y la inercia hizo su faena, alborotando a la concurrencia; es decir, los arcabuces de viento, las rutas de nieve, el chalet de la montaña, los cíclopes informativos. El chirrido de los cascos desalojando; y el pueblo zombi se deja al olvido, como un fantasma inerme en los laberintos del purgatorio. Solo unos trapos, los menos desvencijados entraron al costal y a lomo de hombre se separaron de su historia, de los antepasados, del agua que regala  la  montaña en la tierra de maíz; y se queda como esperando cualquier cosa el pueblo zombi, ido, pasmado, impávido y con él los objetos de la  aldea como: el maíz que en el solar se camuflaba con el polvo, con el color gris de la ceniza, los perros que para no aburrirse se muerden y mastican las patas y las colas unos a otros, las gallinas depositan austeros huevos en el tepetate, en el suelo duro del gallinero. Las casas con sus ruidos en compás, hacen la sinfonía con el rasgueo de los chinamites, los polocotes, las bisagras de la ventana, la hierva barrida por el aire, las herraduras del burro somnoliento, el cerdo inapetente; el aire, siempre el aire perturbando todo, vigilando las ausencias del pueblo, en la tierra de maíz. Tan sólo yo quedo de todo aquello, en un día de domingo, mientras en otro lado del mundo, el puritano tedio hace plétora al compás de una raza norteña.

Cuando los payasos viajan al sur, existe el 70% de probabilidades de lluvia. Las metáforas son buenas, siempre y cuando haya árboles sembrados en la tierra. Aquí es la tierra, si lo dudamos fracasamos. He encontrado metáforas comestibles, metáforas citadinas, metáforas prestidigitadoras. Hoy estreno, la gran función de los fantasmas actúa con alas de metáfora: me encontré tres algodones cobijados, adoquines rosáceos y una ofrenda de peticiones magisteriales. Es de hecho que procuremos broncearnos en las comunicaciones. La estética además siempre ha sido mi agonía, sobre todo si es unisex; por otro lado, las matrículas de un texto me dejan extasiado. Para la década que viene me acostumbraré a todo, inclusive a ser de la burguesía, hasta que dé sobre mi bandera. La bandera de un muerto es una lápida y sólo comeremos hot-dog mientras disfrutamos de nuestros mitos. En ese caso considero necesario reformar en diez años mis    p a s o s.      El porvenir      por que ahora mismo no creo en la futurología ¡prontamente! Un sonido de cuerpos me hizo temblar al mismo tiempo que sostenía los bikinis con los dientes de Nueva York. Un pelícano me informa sobre la economía, las computadoras, los libros… sin miedo a la vida. Un alcatraz me enseña a comer pescado, sabía hacerlo con gran maestría. Para entonces me había subido a la grupa de un trailer que bostezaba y otros siete autos más, sufrían de tos, se convulsionaron con azúcar en el estómago. Vuelvo a zambullir florestas a una corona de muerto. ¿Acaso parezco pelicano? Sobre todo, uno verde, de dos litros. Tuve atención como un cirujano, el tratamiento a la arquitectura podrida ahí donde no había paso, donde el transporte público quedaba prohibido; donde los adoquines rosados se fermentan. Los semáforos hacen gimnasia al compás de la luz. Las láminas sociales me motivaron a ser un alambre, un carro, un dintel, un chocolate. Has oído mi timbre, sueno como pancarta con un 15% de descuento. Pronto, me encontré a una máscara que comía, que actuaba como borracho, como otros cuatro en un auto. Juego con las máscaras, las mastico, como si jugara con un carrusel por la vida, por el tiempo, recreándome con mil máscaras, con mil juegos. La diversidad de la carátula semántica se acrecienta, pero aún así, no quiere, no está abierta, no está atada al magno espectáculo, ella es la exhibición. Una morena hermosa refresca mi erotismo. He empezado a hablar, necesito de cierto lubricante que quedó guardado en la galera. La mujer estará conmigo para introducir el jarabe en la boca.

Los hombres de burbuja laten en el mundo, tienen una vida foránea, la imagen es la arquitectura de su esencialidad; su interior es llenado por el aire cuya vestibulación esférica nos dice que la textura es lisa y doméstica. Un rayo de luz en el prisma nos brinda una gama de colores, es el arco iris, su variedad le llega a los hombres de burbuja y ellos complacidos los relevan, mientras, se esparcen en el aire: hombres de burbuja roja, verde, azul, etcétera. Las sociedades de hombres de burbuja tienen la política de “navegar en la homogeneidad”; es decir, todos tienen el derecho de ser iguales a todos los demás, esa es su libertad. El principal enemigo de los hombres de burbuja es el vidrio, la visión que se representa ante ese objeto enemigo es el simbolismo por el cual hay que negar y luchar. En el principio de las fechas, la antigüedad señala en los mitos, el desencuentro, la separación, la disparidad de la imagen con el vacío, el éter. La religión de los hombres de burbuja es el aliciente en la muerte, la promesa de que en la eternidad se vive en pleno la homogeneidad, el paraíso prometido. Los hombres de burbuja desde los sótanos hasta los grandes escaparates de la ciudad, lucen los atavíos propios de la moda; quien sepa administrar y exhibir la gran variedad de mascaradas es el prototipo del hombre burbuja, la estela de quienes siguen estas enseñanzas es infinita y fructífera tanto como los espacios entre dos puntos. Lo importante es el contorno; así se acercarán una vez más al barroco cuyo eje central son los górgoros de la presencia falsa y mientras más postiza mejor. El carnaval, la fiesta, el mitote, los circos, la feria es el mundo de los hombres de burbuja, también lo es el supermercado, los gigantescos almacenes, los cafés, las avenidas, los estadios; en resumen, cualquier lugar donde haya show. Los hombres de burbuja como lo dije en un principio, son el gremio con la vida forastera, el bazar de su contorno esconde un armario de masa gaseosa, de vacío; el miedo a encontrar esa oquedad en ellos los hace hincharse como globos perdidos hacia el sol.

Era tan alto el árbol que cuando lo derribaron y construyeron una fábrica y después ésta desapareció; los ciudadanos se preguntan ahora y dicen que existe magia, cuando ven caer hojas de la nada.

Las palabras nada más saltaron sin pedir permiso en la habitación, de manera inconveniente se escuchó – ¡Voy a atarme a tus labios!- Se regó en la alfombra, se escurrió por la garganta; fue a dar a las patas de la silla, de la mesa, a las extremidades de los insectos que revoloteaban en la penumbra. La logística de media caña en la luna indicaba que sobre su ser seguían presurosos los días, se aglutinaba la memoria tratando de impedir la historia; aún en la temporada, en que el mundo pedía vida y por tal deseo la fecha seguía en rechinidos, como una faena frívola. Su ser se escuchó en la habitación, por la locución suelta, casi inconsciente a manera de conciencia sofisticada; se acomodó el sentimiento entre las almohadas tratando también de ver en todo el espacio donde estaban y saber que había pasado. El zumbido áspero de la frase se quedó quieto en la epidermis del subconsciente, formó allí su hogar y falleció. – ¡Voy a atarme a tus labios! – Se escuchó después un embate de cubos de marfil disparatados en la probabilidad. Las palabras eran recolectadas por el ciclo hasta el infinito, cuando la historia requiéscat in pace y dejen de atarse los labios del calendario.

Se hablaba del lanchón de la ciudad como tortuga presa en la quietud de un beso inaudito. Todos estábamos tristes. La capital lo ameritaba. Un niño sube en su díptero y observa el galápago, y es el paisaje en el que Cristo renace curando pecados radicales, es la evocación de quien araba su ideario en el desierto con pericia, sembraba el amor, pero el rotativo sacro se obstinaba en hablar solo del paso dado. Después del diluvio, lo demás sucedía cabal e invariablemente; la vida era insondable y furtiva. Un ciego lamía el arco iris e improvisaba oraciones al horizonte. Pasaban los buces, esos que hacen chispear ciudades enteras, y sobre el alambre de su estela, me acurrucaría; después del estallido tendería mi ropa a secar. Las nubes se cuidaban de merecer completamente el crédito de la desgracia. El cielo marinero y fulminante permanecía echando su cortina a manera de brazos gorilezcos. Y como era el día del juicio, pues ya has de saber, aparecieron los horarios anunciando las tinieblas. El camino cojeaba un poco, era previsible si se habla de México. En la pasarela de la noche pusimos un par de tonadas y bailamos los dientes. Unas mujeres incendiaban sobre su propia melena el incontinente esplendor. También yo cojeaba, bajo el puente rojo de Tlaxcala; porque estaba herido en el tendón de mi inteligencia. Por eso la mujer aún no se la comía toda. (Y tampoco me convidaba de su manzana) el ángel se posesionó de un subteniente, y trató de quitarla, pero… la cerca de piedra se reflejaba exacta en el camino. Y su reflejo no se movía. Un desfile de armadillos bajó por los pasillos de mi inconsciente, y se asomó al arco del pie izquierdo. Ya estando allí levantaron el índice señalando la era del vacío. La sierra de piedra tenía en la boca la manzana (aquella que la mujer no se ha comido toda), insisto, aunque tenga la vista distraída, que de cerca parecía un cigüeñal redondo, pues estaba verde. Todas las tortugas tocaban sus cornetas, Adán lloraba con los fuertes. ¿Tú crees aún en las cigüeñas? —le pregunté a un zopenco mientras lo interrumpía su pérfida esposa—         Pero, en realidad había empezado a madrugar, a salir la neblina de las ciudades, y ya no podía hacer nada porque para entonces el Diluvio había terminado.

Tlaxcala, tierra que me acogió de noche, cuando la luz del alba dormía. Era yo un náufrago retozando en el espacio citadino. Entonces vi a él: Baudelaire tomado café en los portales y le diría alguien “Y acaso estás aquí, de pronto inmóvil ¡cómo! ¿Usted aquí, amigo mío? ¿Usted en un lugar como este? ¿Usted que se alimenta de ambrosía y bebe quintaesencias? ¡Estoy asombrado!”  Al alba descubro esta isla desierta, árida. La mañana me sorprende con el rostro tan desnudo que tiembla.

Ya no tengo voz de adivinanza, ahora me dedico a copiar los semblantes desde esta esquina, desde el litoral que me pertenece y el nombre que deseaban las tormentas. Y me voy por tu orilla Tlaxcala. Pensativo. No encuentro un aire enchulado que te cuelgue de los ojos y los dientes como una envoltura. Te he pensado como el colibrí estático dentro del halo de su movimiento. Sin más que aire de haber sido, centrifugado. Ahora, y no hablas. No hablas y te he encontrado sabiéndote colectiva. Por que supe que Baudelaire había llegado aquí y aquí mismo perdió su aureola a cambio de mis llagas, a eso no esperé misterio.

No esperé y aquí me hirió su mano, aquí su sueño. Esta mañana me consume en su rescoldo la conciencia de Tlaxcala, su sonrisa, su poesía, su luz y lucho contra ello durante toda la noche. Su hermoso guardián insobornable puesto allí en la casa de la radio al final de las escalinatas, se erige poderoso. Para llegar a su rostro despoblado, sin huella, no creería en la escalera inaccesible de la noche ni en su arena, sino en su vientre histórico. Tu mirada lee el amor que me agobia en estos tiempos, porque las políticas quieren que nada espere. ¡Que todo sea ya!

En la agónica gota de vestigios, un reloj ha descubierto la vanidad, la ubicuidad en vano. Poco a poco voy captando la desencadenada y amarga huella eterna que cae sobre mí. El tiempo hecho una trampa de lodo. Y no me atrevo a hacer otra cosa. ¡De ceniza soy! Que ironía. La repetición de otro yo: sería una máquina los restos de mí mismo, estéril y terrible dejado por el silencio. La espera de las mujeres en esta entidad ha sido permanente, lo que ha llegado es Angélica del eco: mi sobrina.

De interpretar de mí mismo se puede hasta el delito mismo. Me atrevo a poner las manos encima y así revelo esta materia. Desde la mecánica sangre matemática, se aventura la noche a preguntarme de las cosas en mi oído, por no hallar nada, la respuesta permanece en un reloj a la sombra. El tacto de Tlaxcala se eriza en esta tormenta de televisores, radios, computadoras… no resistiría verme al espejo y encontrarme poseído. Tengo miedo a mí mismo. Del tiempo en México, digo que lo he visto como una fruta seca, ajada, que cae sobre mi lluvia cognitiva.

Solo la indiferencia de un Dios que no me ve, que me ignora es permisible, me envuelve una ahumada pausa de desprecio. Prometió —no sé quien— olvidarme, desarticulando mi agrisada ceniza. Mis bellos castigan el sobaco con una ignota lágrima de sal; la misma que fue recogida por la soledad. Una luz opaca percibe la música en un silencioso tono vino. Me comía la niebla. Solo el objeto quedaba como un silencio en que tenderme, más cómodo que un sarcófago egipcio, pétreo y ergonómico.

Y no me queda en que soñar más que este objeto. Y ya lo he roto. Todas las palabras son mis objetos. Perforo de extremo a extremo los lenguajes. Fabrico llagas verbales para entretenerme los sábados y los domingos, esto para que mi instinto oscuro florezca en lo que queda de mí, ya que de la sombra no espero nada. Es tiempo —todos descansen—            de dejar el viento al velo de la soledad. La agónica inquietud de los relojes está en cada cerebro, en cada hombre. ¿No se han dado cuenta que parecen maquinarias de cera? Dejen perdido al silencio, que lo devore todo, tal vez sea lo mejor.

La palabra. El verbo dará la señal divina de lo conveniente. Hago este testamento como gotas de un testigo mudo, lejano. Nuestros disfraces han sido eficaces en la crisálida de la noche; nos hemos visto como dioses irremediables de todo corazón, de toda voluntad. A marcar el paso, sí, ¡Ahora todos con el izquierdo! Al mismo tiempo y dar el renovado paso: Estirpe de camellos. Para ellos es importante tenderse al sol como moscas de porquería. Hundirse en criptas de papel, existir ahorcados prendidos de las lámparas de la certidumbre o bien, dando vueltas en la pista como bestias de circo. Esa es la muerte mediata, esto se ha encubierto en una libertad inasible. Todos han acompañado y usado el ropero de la historia, lo dejan hecho un sudario. En la tumba de la hora, los solitarios suicidios de un instante se cobran a precio debido. Con buena negociación y deliberado hasta el infinito hemos dejado que las palabras se escapen como una ambulancia en fuga. Determinamos el futuro como ágiles tigres ocultos en nuestra propia maleza. Los anales bajo espejos, se perciben como trenes por encima de toda la tierra que lanzan unos dolorosos suspiros eléctricos. Puedo seguir trazando en estos momentos un escenario en que la breve luz del tiempo quede crucificada en mi mano, embalsamada totalmente, aunque esto se perciba como un crimen venenoso. Habría de jugar con las luciérnagas de mis primaveras, tal vez sea el lado más cómodo y lleno de estrellas. Me ha invadido el sentimiento apasionado con una fiereza inaudita. Casi de locura. A mi existencia se apoltrona el temple fervoroso por las cosas mexicanas, me han envuelto sus ronquidos profundos. Por las mañanas cuando salgo a las calles me cubro con una envoltura nativa. Es la libélula hispánica la que invita a broncearme bajo su sombra. De esa manera me he convertido en un tamal, en un envoltorio azteca, en una pecosa imagen de autóctono, inclusive en un galante frijol de mayo. La nación me ha sonreído con mi opulento perfil charro. Ha sido mi cuna nacional, mi jardín colonizado. Es el amado terruño fresco, impávido, hecho mole, hecho memela, hecho taco. Los días le han llegado de no sé donde, ¿habrá conquistado, aunque sea un poco de tiempo? Porque la historia me ha dicho lo contrario. La historia me ha dado sus excusas argumentando que Spedy González ya anduvo en fuga, por las calles de Texas, Chicago, San Francisco. La sombra del ente se hizo garnacha azteca, como el indio sentado a la sombra de un nopal, así la conquista se coronó haragana, perezosa. La globosidad considera a la aldea como un deprimido ser aporreado a la usanza de las tribus más viejas. Pero se ha retoñado y la mexicanidad se hizo folklore internacional, su cosmopolitismo me capitalizó la gana, el delirio; entonces el trueque: del mito, las tradiciones, las costumbres populares, la cultura colonial, las imágenes de un país latino por la sombra extranjera, el estilo de vida mestizado, las rutinas exóticas, las vidas extrañas a la par de sus necesidades y comodidades de mil puntos o sea la miscelánea de fin de siglo.

Se ilustra el caos de la letra cuando se luce el corazón a pecho abierto, desgajado. En esos días, el circuito del verbo se queda quieto como un zorro en retozo, entonces, cuando hace énfasis el caos, resiste maniatada la capacidad de aburrimiento. Se pone a trabajar el escritor con un suntuoso vocabulario. Voy descortezando toda nomenclatura que me reta, escribo abundeces hasta indigestarme, ¡Vaya empacho!  La cuna terrestre del escritor es su frescura por sentirse en casa ajena como en casa propia. Sale a pastar caracteres e ideas, come codo a codo con los mayores representantes del periodo. La egoísta lengua y sus palabras educan a los autores de lejos y sin pesos. La divertida arena de la imagen se desnuda cuando el escritor quiere ser un intelectual consecuente. Los ciudadanos se ponen a leer la escritura de los literatos para liberar su interioridad. (Se dan palmadas para seguir luchando); cuando pasa el tiempo, se entra en un coche de agonía, entonces se escupe la amargura insobornable del recuerdo en las canosas espaldas. El aullido torrencial me invita a aplicar un sueño por cada estruendo. El meollo de mi existencia —en el momento—, supone una enmienda al rallar el discernimiento. Mientras, el entorno costeño simpáticamente con el huracán, hace galanteos a las playas perezosas. La rigidez de la tormenta se estanca en la pesada noche, haciendo eternizados embates. El rayo pulsa centellas que sangran el horizonte. La tenacidad del rayo se rivaliza con los granizos, con las gotas encapotadas. Mi discernimiento compara un ajuste doloroso con el ambiente. La sorpresa de la gaviota volando muy cerca me llega al cuerno. ¿Será porque nunca había visto un unicornio?

La inteligencia me saludó con su envolvente mentalidad enamorada. Muy dentro de mí, la he considerado como una vieja razón, que se adormila buscando mi esperanza, mi intelecto intestinal. La inteligencia que era alquimista se hizo postmoderna, y se entretiene con los paquetes multimedia. Probé el ingles para remediar las comunicaciones y me supo a hot-dog. Se vistió la sinrazón con chaqueta sport y no había manera de bajarla del estrado, de la pasarela. Se meneaba la sinrazón sensualmente por todo aquello lleno de luces y aplausos. Me cansé de apurar a la inquietud para que hiciera bajarle o por lo menos que le arrebatara la chaqueta; pero la sinrazón continuaba con nuevas cosas y hasta payasadas que divertían al auditorio. Yo le gritaba desde el telón: “¡En otro lugar podremos payasear con la literatura, aquí no!” La inteligencia seguía saludándome desde el palco de honor.

Las aguas de mi herencia me convidaron la subsistencia, pero había algo de ese saludo de la inteligencia y también algo del ropaje sport de la sinrazón, en mi interior. Por lo regular consideraba a la razón devota, por su tendencia a tener fe en la verdad, pero ahora dudaba de ello porque la urbe no me pertenecía, sólo me invitaba al caos, a la locura. Y así se constituía la historia de la ciudad; en vueltas de remordimiento se tipificaba la historia; y la palabra, el ropaje que vestía la inteligencia… La inteligencia seguía saludándome desde el palco de honor. El horizonte nocturnal desbancó el sol a golpes de noche. Mientras descanso y me duermo en los laureles, la conciencia longeva permanece atada a la existencia. Y sueño que la inteligencia me saluda con su envolvente mentalidad enamorada.

 “La inteligencia es, al parecer, la más divina de las cosas que conocemos. Mas para serlo efectivamente, ¿Cuál debe ser su estado habitual?” Aristóteles -Metafísica

Que me despierte la memoria para danzar con ella, pero huyó y de mí no quiso saber nada, yo le había jurado que le era fiel y ella me exigía más y cada vez más; mientras mi inteligencia solo se alimentaba de agua hasta que después de tanto sufrimiento, raquítica huyó también despavorida.

Les hablé por teléfono y les dije que yo era la torre de Babel, que era el verbo mágico que centelleaba en su entorno trascendental; pero ambas insistían en que les diera prestaciones, que ellas podrían ayudar a iluminar todo el entorno. Pedían un cambalache, que ellas regresaban a su hogar si yo me sacaba la muela rota y ellas me ayudaban a crear un poema. Les dije que tal vez pero que en el mundo no se permitía tales trueques, que las banquetas de la modernidad tenían otro tipo de tabla de valoración y que el poema valía lo de un guiñapo, en cambio la sacada de la muela era necesidad más apremiante. Me dijeron que sin embargo lo intentarían o bien que cobraría a gol la hora, que me pondrían a darle fuerte. Pasaron los días y poco a poco aparecían las ideas como cacas de mosca; una aquí y otra allá, esporádicas, como no queriendo ser recolectadas. Danzaba muy quedo la memoria, apenas si movía la cintura y las ideas aparecían acuosas, líquidas puesto que de eso se alimentaba la inteligencia. Me puede lo que no podía hacer, pero era más la sed del conocimiento. La inteligencia me había mentido porque su modo de vivir era líquido, se alimentaba de agua y si era que permanecía atlética era porque yo la mantenía a raya, todo el tiempo ejercitada y entonces me debía ciertos favores; mientras que a la memoria se le había acumulado la historia y en ciertos momentos necesitaba del sueño y no sólo del baile para poder tensar los hilos de su danza, por eso cuando le pedía que me despertara ella quería continuar con el sueño, y se negaba. Yo no era la torre de Babel, yo sólo era el verbo mágico que centelleaba en su entorno trascendental y tenía cirios del conocer que hacían que las veredas fueran más seguras. Me había sacado la muela y el cambalache de “tú me sacas una muela y yo te escribo un poema”, no había dado resultado, tenía yo razón de que en las banquetas de la modernidad mi profesión flaqueaba por lo incógnito. Ellas retornaron poco a poco mezcladas en las ideas que llegaban a mí como cacas de mosca y en sus subterfugios gritaban: “¡a gol la hora! Que no se te olvide ¡a gol la hora!” Me puede mucho lo que no puedo hacer, como bailar tango con la memoria o darle de beber ácido a la inteligencia para que se eduque, pero es más mi sed de conocimiento; por eso las dejo en paz, que hagan lo suyo y lo que puedan.

Impávida quedó la estancia al recordar mis mozos años. Cuando de chamaco buceaba por las aventuras comestibles, tragábamos lodo, lombrices enteras, papas agusanadas. Retornó la asistencia con capucha disipando la incredulidad. Las condiciones me gritaban a la cara que no fuera melindroso. El barullo de los dientes hacía hincar a las manzanas. Entonces consideraba preparar mis ganas para cuando llegara la noche, se necesitaba de un sueño maduro y bien formado para olvidar los problemas gástricos. Pero sabemos que el aguante estomacal, aunque se vista de seda, golpea fuerte. Las luces de mi intestino se fraguaban en aretes de aire. Las frondosas acedías estrujaban un eco en bolas por mi cuello. Mi madre preparaba el escrupuloso remedio y con la pócima me perseguía por todas partes. Me decía que el dolor era por los pecados cometidos y por las travesuras que había hecho en el día. Y me obligaba a reconciliarme con Dios. A punta de compromiso iba a misa y el virtuoso crucificado me obligaba a ser puro amor. Se acumulaba entonces suavemente la admiración en el porvenir. Ha quedado anegada en la atmósfera del recinto el placer de la remembranza. He optado por secularizarla con locuciones de café. El cortés menjurje de los días es la medicina que  vivifica el pasado.

En un hotel llamado “Atilano’s –según grafía de la toalla- me rasuraba; con un poco de agua remojaba el jabón, hacía espuma y esa espuma la repartía en la cara. Mojaba las patillas, el mentón, con el rastrillo rozar la piel. El espejo del baño del cuarto de hotel era iluminado por una lámpara de fabricación áspera, siendo un modelo pobre y de acartonado barroquismo. La lamparilla se presumía entre los demás accesorios del lugar. Seguía rasurando el mentón, el cuello, la orilla del labio inferior. Un poco más de agua, un poco más de jabón. Era un proceso habitual. El agua estaba caliente y eso le daba cierto confort, nada más cierto confort. El lugar del hotel era un lugar del país, el lugar del país era un lugar en el mundo. El lugar de la luz era el mundo y la luz que iluminaba la cara era del cuarto de hotel.

Sentado frente a una mesa ruinosa escribía poemas. Veía la gabardina colgada en el ganchillo, un cuadro pintado por un excéntrico y una cama. Era el aposento donde cabalgaba y se divertía la interioridad; frente a la ventana circulaban peatones. La tarde quieta, penumbrosa. Las cosas pierden color y el sol exánime riega los últimos sedimentos de luz entre las dos montañas, el horizonte parduzco campea en la lejanía, todo se pinta de colores fallecientes; surge una estrella, se asoma otra en el espacio, surgen muchas más, se robustece el cielo de luminosidades que alegran mi apreciación del entorno. Traté de ponerme en contacto con unos monjes para que me dieran la receta de cómo ser más virtuoso, pero no los encontré. Se volvieron fantasmas. Me vi afectado al entrar en su territorio, atravesando los grandes muros, sus fachadas, los claustros, donde presurosos se ocultan y rezan todo el tiempo. Tienen particularidades que los hacen anacrónicos, ellos son los monjes fantasmas, con túnicas cafés, un cordón con barbillas a la cintura y usan huaraches negros; con ello tratan de mostrar que su pobreza en el vestido es lo que buscan en la vida. Ellos han creído en un Dios del cual ahora no menciono porque tal vez podríamos hacernos lémures de la moral cristiana; además, su tejido discursivo y comunitario siempre es remitido a la religiosidad yuxtapuesta con la cultura, la economía y la política. Pero aparte, el espíritu fálico que se presenta en ellos los hace estremecerse y quebrarse como vidrios.

Retoñó la violencia de tu arribo en abrazos cachondos. El vaho de la lujuria payaseó en torno al casamiento. El descortés menjurje de los días es la medicina que curó las instalaciones del edificio. Llegaste justo cuando apresté mis ganas para soñarte, consideraba pertrechar para que cuando la noche me aplastara, -el horizonte nocturnal desbancó el sol a golpes de noche- adornara un sueño de ti maduro y bien formado. Pero no hacía falta, eras, asomando tu belleza y provocando la impavidez de la estancia. El circuito del tiempo se quedó quieto como un gato en retozo, y nos amamos en la puerta. Los besos, las caricias estrujaron el sentimiento. Son las cortinas, son las alfombras, son los cuadros de la decoración, son los sonidos del estéreo, son las luces repartidas en cada habitación, son las luciérnagas del pequeño jardín, son las ropas regadas por el departamento, son los mullidos edredones que esperan tu perfume, son tus besos los que me atacan.

Nos confinamos a la osadía de besos orales en clave de picaportes, despilfarrando besuqueos en cada tramo de piel. Cuando llegó la hora de la cama, el intrépido sostén se acomodó a lado de la silla, su ruido se mudó hogareño a la vista. Al día siguiente tus pasos se enfrían poco a poco a la lejanía.

Se alisó el cabello la vergüenza y se sentó para observarme bermejo,  y no hice nada al escuchar disculpas. Miré la sombra de tu excusa, pero a menos que me ofrecieras una tremenda consideración, creería en tu perdón. Ni siquiera el beso arrebatado te redituaría una apetencia mía, ¿podrías hacer que reconsiderara la fe si no me quieres, si te doy caricias y besos y eres piedra? Por qué me has dicho que el engaño me lo he tragado de un sorbetón durante un año y ya hasta aquél que amaste murió, y no lo supe. Mientras que tu sonrisa deambulaba en mi interior, tú cogías al toro con tus senos. Paseabas por las ferias, te regalaba ositos de peluche y excitaba en el sobo y besuqueo nocturno. Y yo soñando con mi futura esposa, y tú en la vacación de un amor nuevo, estrenado. Yo pensando que seguías amándome, pero el gran cenote de amar se transformó con los años en orín de hormiga. El pecoso sentimiento devaluado ahora no sirve de nada, aunque me voy a diligenciar la penitencia de olvidarte y apañarme a la soledad; tendrás que rasguñar otra pasión o vender el corazón a destajo. Tú decides si los ojos se transforman en mediterráneos o en proyecciones de gaviota. La excitación de mi corazón se forma siempre apeada al camisón de la nada y su acicalada melancolía. Cada cual monta su propio porvenir. La mar, como el canto del gorrión dio puñetazos de pasión a la nada, cuando mi cascada de risas se borró a mis espaldas, entonces sentí eso como una pelota de piedra aplastando mi cabeza; como si se inclinara la pesadumbre hasta besarme los pies. Se licuó la remembranza en la mansedumbre otoñal de mi ímpetu. Se calculó la dolencia con la báscula de mi entusiasmo. Planifiqué contar los vidrios hincados a mi estima para poder percibir el arquetipo ninguneado; pero para que, si al estudiarlo, mi afecto gozaba al destartalarse. Decidí plantar en el fondo de los mares tal escudriñamiento. El esqueleto fugaz de mi existencia se cosechó al final, cuando me besó el homicidio.

Estando muerto pertenecí a la ciudad de arena y su lujuria se ancló en el siglo de la consideración. Y confinado a la osadía de un beso oral en clave, trabajé durante las décadas suficientes para ayudar a limpiar de clamor las calles. No pude, sólo porque el sonsonete de la democracia se eclipsaba con el rechazo. Permaneció sobado el entrecejo con el encrispamiento interno de mi ironía. Esperé a que despertaran los belfos de la ciudadanía para ponérmelos de gorro. Mi simpatía hizo remangárselos hasta las axilas. Andan todos mostrando su mentón hueco y resecado. Los agitados indigentes alrededor de la ciudad de arena, instruían sobre la frivolidad de una envejecida existencia, y muy a su pesar, cuando el sereno les vomitaba la cara de vaho, recordaban su vida a cuestas, mientras el perro sumiso contagiaba de pasos la desnivelada penumbra. Y yo les dije: “si ven en mi cara el espeluznante tono del intelecto, mejor échense a   correr, porque cada quien consume sus vicios como si fuera su peculiar destino.” Las luces de la ciudad, en clave comentaron que habías ido a refugiarte en sábanas de trabajo. Aspiraba a meterme en tu boca y llegar a los sentimientos, pero te fuiste con la prisa que lleva el segundo. Sabías de la atracción del estupefaciente de amor que me ha hecho, por un lustro, ser vicioso de abolengo. Ahora que te has ido a refugiarte en sábanas de trabajo, espero que me sueñes y ser, el miserable borrego saltando las cercas de tu representación.

Se enfermó el proceso de amarte con tu abulia. Se acicalaba mi oído para escuchar tu nombre y escuchaba las claves en luces de un atardecer decaído. Aún recuerdo todo lo tuyo. Era rudo el ungüento de caricias. Todavía inhalo la presencia como un poseído. Despilfarrabas tu piel en mi boca. Retoñabas con la violencia de tus abrazos las calenturas cachondas. El vaho de la lujuria payaseaba en torno al casamiento. El intrépido sostén se acomodaba al lado de la silla, su ruido se mudaba hogareño a la vista. Observaba con el rabillo prudente del fisgón los movimientos sensuales, con la naturaleza parida desde el interior. La indulgente mata de cabello me acogía como una concha, sintiéndome ladrón de tu estela en sombras quiméricas. Tus senos me coronaban la intención de estas avaras manos. Poblabas el entorno con tu presencia de mujer. Generoso el vector de tu presencia localizaba el jadeo en una llaga. Desvestía la llamarada de erecciones en tu estrella dilatada, e inventaba las directrices de la felicidad con los puntos cardinales de tu sexo. Tu playa virginal me llamaba a viajar a tu floresta.

He decidido apostar tus ojos a mi sofisticado instinto de esperanza; la cascada de la desesperación me ha encaminado a los arbustos de la certidumbre. Me alenté con gusto. La tenaz antena de la invulnerabilidad me cubre de besos. He ignorado tu camisón de ignorancia porque las faenas se proponen destriparme el goce químico de la reconciliación. Viejo el retardo. Esperé después del Apocalipsis. Aún creo que vendrás.

Anoche estuve pensando, y supe que te necesito más que todos los planes y proyectos a que me he cometido. Tú, eres mi equipo, la mano derecha de mi cuerpo. Me has dicho que tienes guardados tus besos para mí y sin embargo a veces te siento tan lejana como si quisieras que yo partiese al extranjero sin ti, o iniciar el camino yo solo; más te diré que no podría porque tú eres el sustento que alienta mi creencia. Tú eres la que ha iluminado mi fe, aunque yo haya ocultado este querer por mucho tiempo.

“Siempre te amaré”, porque siempre ha sido el tiempo que ha transcurrido y siempre tú en mis sueños diurnos y nocturnos, como una historia clandestina jamás sacada a la luz. Somos, aunque no lo creas, una complementación celestial, erótica, mística. Pero, ante todo el mundo estamos solos, desnudos, viéndonos a los ojos con esa sinceridad adherida. Los dos somos una sola historia, yo he iniciado la introducción, ahora toca a los dos poner a reaccionar los engranes del primer capítulo.

Poco amor nos matará, es así que espero una inundación en la pequeña isla que tengo por corazón. Puedo intuir la quemazón pasional, el rito que revalora al dios Eros. Tú, mi templo de oración, la creación, el alma, el veinte de mi futuro. He pensado realmente que la primera vida de Fausto no me convenía al encontrar tanta pasión y amor en tus rodillas.

Sigo tentado por todos los medios a invadir la totalidad de tus miradas, quiero ser el protagonista más importante de tu vista, aún más, de tus labios, de tu epidermis, de tu interior. Tengo planes para tu boca: que sea siempre mía. Tengo planes para mi espalda y mis caderas: tuyo con el corazón como moño. Tú y yo, somos prioridad, la razón de una vida, la unificación prestada por el misterio de la existencia; somos: sexo en murmullos y muerte, diablos y flores, risa loca. Entenderás que esto significa reinventar el amor, interpretarlo con nuestros sentimientos. Somos los protagonistas de nuestra aventura mortal, hemos ya partido al puerto hercúleo. Sabemos bien que el amor no significa nada más: sudoración en el lecho y llanto de bebe. Somos diablos, el navío que revienta ciclones y llamaradas, el velero cuyo generador de movimiento es el soplo de un creador. ¿Sabías acaso que tu cuerpo era el hechicero de mis piernas? Tu cuerpo es ternura rodeada por gentecillas que paralizan mis tobillos, la entrepierna, los muslos. Cobíjame en tu aliento. Soy insaciable de los diamantinos encantos de tu belleza. Eres la candidata para revolcar mis hemisferios, me he vuelto loco rodándome en tus caricias. Ahora estoy seguro de que somos cíclopes encarnados en humanos, debemos permitirnos rodar esta interpretación, producir una representación en la cual se recupere el dominio trágico del amor estético de los hijos del cielo y de la tierra. Somos la metáfora heredada de vida. La resurrección de la poderosa aura humana, aquella que hace ver al hombre en medio del Universo no solo como simple adorno, sino como el propulsor, el corazón de la totalidad, el prisma que difumina la multiplicidad.

Te invito a pintar el cielo de colores nunca vistos, son colores irradiados desde el corazón. Voy a trastornar la razón con la gravitación interna, dame tus brazos que derramaremos fuerzas centrífugas en los pálidos puertos de la actualidad. Si nos hace falta algo pediremos prestado en la sutil claridad de nuestra obra: producir y fabricar el amor en cantidades titánicas. Tengo en mi lengua clavada mil palabras para ti: niña costeña. De antemano, tengo agradecimientos que se asientan en mi voz. Quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas, el que me tengas confianza; eso me convierte en un hombre de caparazón magnánimo. Agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, me trastorna los hemisferios de mi inteligencia. Reconozco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con el aliento de tu boca; el que seas sincera conmigo y me confieses tu historia, tus deseos y te quedes desnuda del ego, el que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos, mis caricias y más he de agradecerte el cariño considerable que me tienes. Te agradezco que me aceptes tal como soy y que en ese tal como soy tú desaparezcas como un alma en pena, para ser yo, para ser tú, para ser uno sólo. Te agradezco que soportes lo que tú no soportas y el que contribuyas con lo que yo necesito, lo que yo deseo.

Por otro lado… perdóname. Por no comprenderte en lo absoluto, por ser un terco al quererte; mi nena marina, la mujer, la ninfa, mi todo. Perdóname el que mi oficio sea el que es, por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están sazonados en tu vientre. Perdóname por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer grande casi diosa, casi ángel. Un ángel perdido que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Indúltame por ser un niño. La vida es así. La vida se toma, se regala, se respira. Tú eres el don de vida, por eso mismo a ti, perdón te pido. Hay en mi lengua clavadas mil palabras que agitan mi mente: un agradecimiento, un perdón y un te quiero. Lo que me atormenta es tu recuerdo en este otoño color trigo. Quiero estirarme para alcanzar todo lo tuyo, pero, sólo encuentro espejismos desnudos de ti, descalzos de tu presencia. Me encuentro solo como un alfil sin piezas, sin tablero, sin jugada.  Y tú me miras y no haces nada. Nuestra imposibilidad se estrella en el cántaro desbordado de pasión, de amor ardiente, protagonizado en una nave llamada “tú y yo”. Nunca me escucharás, aunque mis sonidos se multipliquen por ser tú el motor, y no lo harás porque yo no entiendo las cosas. Así como te pienso es más puro y más eterno y esta perpetuidad no está en el tiempo sino en el sentimiento que hiere, sangra y se dulcifica en la existencia. Tal vez estaré pensando en ser flagelado por este deseo y el infinito recuerdo, el irrompible pensar intenso y vivo de tú en todas partes como un horizonte y yo un minúsculo caminante con la esperanza constante: entregar la expiración cuando mi cuerpo no tenga más fuerzas y considere que estás muy cerca… Tú mi horizonte. Estás cerca cuando doy un paso y te alejas dos en un juego olímpico de la vida.

 

PEREGRINO 111

“Hay que estar siempre borracho, todo consiste en eso; es la única cuestión, para no sentir la carga horrible del tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, teneis que embriagaos sin tregua. Pero ¿de qué?, de vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis, pero embriagaos “

Charles Baudelaire

“Mientras duran nuestras ficciones duras nuestra existencia”

E M. Cioaran

L

a escarpada prótesis hacía delinquir en un trastabillo con la pata de la silla, después del lloro, le pusimos melaza en ungüentos sobre la suplida extremidad. El condenado sitio brillaba de espesos goteos que escurrían en el piso agujerado, dos órbitas de espejos aplaudían cada vez que pasaban frente a nosotros; yo le dije a ella, mientras le secaba una lágrima —virgen mía, tengo sed de tus pechos, yo sé que es imposible, pero por lo menos, déjame intentarlo. —Entonces saltó del sitio y corrió más veloz que los antílopes huidizos de las fauces de una leona. Tomé la silla, le arranqué una pata y sin maquinar nada magullé unas lonjas a golpes hasta hacerlas grano de aire. Intenté la transparencia de mi humanidad con el pordiosero de la esquina, pero el muy idiota se dispuso a darme de golpes. Me defendí como pude, le lance un derechazo a la quijada que hizo escupir dientes, sangre, y un ojo morado no bastaron con silenciarlo; me puso una tunda, el dolor se me ha quedado constipado; volví a darle un golpe al ojo y se lo dejé hecho un ojal, al cabo de un rato estaba durmiendo. Lance monedas dentro del sombrero. El mundo estaba iluminado con amortiguados colores. En las montañas había ronquidos, estos hacían que las piedras se engurruñaran en la tierra, intentando formar raíces. Entré de nuevo a la cervecería, allí estaba mi amigo tragándose la melaza a cucharadas y bebiendo cerveza en tarro. Se la arrebaté, sentí como escurría en la garganta, la puse en la barra, me embarré de melaza y empece a elevarme del suelo. En la comarca las aves hacían nido en globos esparcidos en el aire. Había macacos abajo, lanzaban rayos de luz provenientes de las dos órbitas de espejos. El horizonte se interrumpía en la escarpada quietud del espacio, en lontananza, algunos pliegues del cerro marino engañaban con la ilusión de ser ola. Los macacos con rayos hacían caer los nidos para comer sus huevos. Y no la veía por ningún lado. Entré a la nave de los filibusteros, pero tan pronto me vieron, me mentaron la madre, a tal extremo que se me tostaron las orejas. Supe algo del mar y le reclamé el porque era gigantesco, tomé mi honda y le di mero en el ojo, el huracán había iniciado y sorbía el agua tratando de dejarlo seco. El huracán se embriagó de sal y vomitó los excesos con una jaqueca de oreja a oreja. Envolví al huracán taimado con mis pensamientos y se convirtió en vaivén sensual, me excité a tal grado que el palo mayor de la nave de los filibusteros era una nimiedad. Recorrí por los gélidos páramos para bajar la calentura y me dio catarro, estornudé como enloquecido durante tres días y dos noches, a modo de auténtica táctica de burócrata. Acaricié cuerpos de edificios y sobre sus paredes escurrían aforismos en lenguas muertas; las trompetas en las azoteas iniciaron una marcha, he hicieron a los macacos acomodarse en sillas para ver la función. Me aposté sobre una piedra magnética. La levitación de mi entusiasmo no se hizo esperar, allí estaba ella bailando en una sola pierna y con manos de gitana divertía al auditorio de una manera hipnotizable.

Aferrados a cordeles, las almejas y los mejillones hacían el telón del lugar, algunos agricultores y ganaderos llegaban con todo y rancho; el burócrata de la entrada tomaba su calculadora para determinar el tamaño del campo. Una azafata inicio por acomodar a la concurrencia y a los que eran indeseables para ella les inflaba los chalecos salvavidas y salían disparados hacia arriba e iban a caer a los rascacielos, cerca de los suburbios indeseables. Algunos habían llegado desde el purgatorio y estaban muy cansados, otros más habían caído al infierno y su caída había durado cinco días y cinco noches hasta llegar aquí. ¡Qué aburrido! Si supieran que venir a ver bailar a mi amante no es nada gracioso. Los cornos y cornetines se esforzaban en afinar sus destemplados soplidos, y el del bombo, se concentraba sincrónicamente con el indio guarachudo para marcar el paso. Los extras de la obra eran personajes de circo: la mujer barbuda, el par de enanos, el corcovado, los perrillos saltarines con su respectivo payaso. Saqué de mi bolsa la bomba atómica y salí corriendo. El barbecho realizado había sido estupendo. Muerto el cerdo se acabó el chillido. Eran unas encantadoras víctimas propiciatorias. Las chuletas caían del cielo y yo contemplativo, establecía la dulzura. En la cara mi solaz retozo. Escribía una página más en mi vida. Recordé mi origen, algunas lombrices triquinosas hacían cosquillas en la mente y hacían del cuerpo espasmos incontrolables, colocaba el sombrero y continuaba la marcha. El contrabando de mi existencia por este hermoso espacio me acostumbraba a estar siempre borracho. La insurrección permanente me había costado: amante, amigos, familia. Mamé disturbios desde la infancia, con el pensamiento le escupía en la cara ante el gobernante, al monje loco le levantaba las enaguas. Era un bardo incontrolable, codicioso, haragán, insaciable, obsceno; era la personalidad con Kleen Bebe, en gestación. La naturaleza me había nombrado su hijo predilecto, su cachorro de mármol. Los arreglos a mi espíritu de pradera habían sido un fracaso. La escuela era impotente y senil, estaba por acabar con armas explosivas las escuelitas ociosas. La longeva anarquía la había heredado de los testículos de Dionisos. Los granos de paciencia los guardaba en un saquito conectado con el glande. He arreado todo el entusiasmo desde que tenía los ojos de tigre, la abstención había sido fructífera, la tregua había sido reconfortante.

Me asomé al foso que había dejado el bombazo y allí estaba la prótesis aún moviéndose sola, como pata desarticulada de insecto; lancé unos piedrazos he hicieron quedarse quieta. Se aproximó un tartamudo y quiso ayudarme, pero no entendí que cosa quería. Se quedó acuclillado frente a la pieza ortopédica, queriendo reconocer al dueño. Mientras me alejaba, él recitaba un poema amoroso. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento? Contagie a la humedad con mi sequía. Los estantes estaban repletos de un morado que aligeraba los techos y me formaba granos rojos. El quetzal repiqueteaba el pico. No escuché nada, tenía los sentidos empaquetados. Las antiguas imágenes obscuras se ponían intrépidas.  La céntrica piedra candente me miraba con gracia, le dije: —eres bienvenida, deja tus botas en la recepción y ven descalza conmigo, no importa si te arrastras como lagartija— y se le acomodaba la gracilidad cual niña de kinder. La metrópoli se poblaba de disturbios a través de la salada noche. Saqué un par de pechos parecidos a monederos de marchanta, las garrafas eran tan enormes que imaginar romperlas era una hazaña de nacos fogosos.

Vivía donde crecen los pirules y donde el aire marítimo se despeña en la nada, esa era mi esquina, mi tren estático, mi barco municipal, ¡Eah! ¡Conozcan el arrecife donde se esconde la diversidad de animales, de plancton, de algas marinas! Véanme, soy el cielo azul de esta entidad corpulenta, por mí crecen los celajes vaporosos, por mí arrea el aire ese ganado de nubes golpeando con rayos a las más perezosas. El aire empuja como si quisiera penetrarme, no se da cuenta que somos de la misma constitución. Soy el halo de esta pradera reciclada, volveremos a esculpir en la roca otros ídolos de aire, y sacaremos los que están ocultos y los turistas verán mi aire exótico. La airosidad es una cualidad del órgano espiritual, Jesucristo fue siempre un viento que arrasó ciudades a su paso. La cariñosidad de las masas nunca tuvo lugar ni lo tendrá porque su envoltura tiene otra arquitectura, que debería ser ontico-teológica, cosa que lo dudo, y siempre dudaré de las políticas de la burguesía, sus comodidades anodinas. Las futilidades no han sido una bandera que yo salude. La costumbre me hizo un limítrofe de mis capacidades. Las mejores faenas no deberían importunarme porque afean mi humanidad. Nací siendo un ocioso, mis manos nunca han sabido lo que es un martillo, ni siquiera sé si es un instrumento de cocina.

Este escrito se parece al de un hombre francés muy rimbombante, pero yo soy tlaxcalteco y atrás de mí no se ha escrito nada. Estoy iniciando por inventar en mi pueblo la anarquía y e iniciado por sembrar el desconcierto en el alma, en mi alma. Que me importan las almas de los demás. —Ya se encargará Dios de ellas— En este balneario sólo yo me solazo. Lo que busco es desperezarme las articulaciones, macerar la inteligencia, la memoria, mi historia, los sentidos, el orden contextual. Había estado jalonando la historia, pero no. Desconozco desde este momento la historia porque la conozco, porque partiendo del conocimiento de todo, inicio en la nada, en una reescritura de la humanidad. Yo no soy un retazo, mi integridad afea a los demás. Me cocino como un manjar propio de reyes, me degusto como me place. Soy una confesión con millones de cómplices. Soy una aldea terrícola saltando a tontas y a locas festejando cualquier cosa. En el orbe se posesiona el espíritu del derrotado, hacía falta la alegría, el jolgorio. Festejemos que se acabó el milenio y nuestra alma no creció ni tantito. ¡Sí, eso es!, ¡Bravo! ¡Alegrémonos de que seguimos siendo unos animales, de que somos un precioso ornato del cosmos!

Estoy a punto de lanzar un par de ataques semióticos. Me limpio el culo con las opiniones políticas, porque no entiendo nada, soy un bruto, confundo la magnesia con la gimnasia; la democracia me regaña todos los días y todos los días le beso los pies como su más hacendoso esclavo. Me estorbaban los viejos manuscritos, la antigua poesía pues me intimidaba, pero, la poesía sigue estando en pañales, no hay progreso en ella, la historia del mundo no tiene que ver sino con la historia del hombre relacionándose con la existencia. El tiempo es un colador, la poesía paja se preocupa porque no pasa. Escribiré poesía antes de que se me derrame el cerebro en seis pies de tierra. Y es que eso de envejecer, mientras más pronto, mejor. ¡Ah! Quiero que desaparezca el lugar donde yo muera, esa también es tu tumba. No importa ya, rasguemos la vida y después a ver que pasa, es de nadie la incumbencia: el éxodo de huesos.

La mujer de aroma virgen pasó con una insignificante dosis de sonido en las alas. La lascividad tizna ésta frente. Te desnudo, y con la lengua en tu paladar escribo mi nombre en él. ¡Besos! En la larga estancia deseo tus instintos más salvajes, los de osa lujuriosa, La música pasó chupando entre los labios algo, cualquier cosa. Al final, me convencen tus orgasmos en la noche. Mañana desayunaré en la pieza de azabache dos estrellas y un vaso de vía láctea. Amanece, le compro a la tribu una mujer decrépita, coja; del coraje, inicio matando los moscos a mordiscos. Amo a las moscas porque intuyo que por lo menos ellas me comprenden, son una concurrencia que deja minúsculas marcas como motas. Parpadea una institución, su andamiaje pronto se verá desnudo, el temor al desvanecerse la prótesis de la fe habrá sido incalculable y lo que se creía sólido será gelatinoso. No quisieron desbastar los prejuiciosos muros del género, la melladura había estado desde que el sajón barbudo tomó la palabra.

Río Zahuapan ¿Estás contento con pasar por Tlaxcala? Si no es así vamonos juntos, te invito a una parranda, vamos allá donde el Sena y te aseguro que nos respetan. Pero mira nada más estas echo una piltrafa, ¡Industrialízate!, Compórtate como un moderno, has tenido la misma visión que cuando te lanzaron piraguas para conquistar a los aztecas, allá por donde el puente colgante se divertía mareando a los infantes. Si sigues así no te llevo, te quedarás castigado, eres un bisabuelo desdentado, aprende a los Cerros Blancos, a la Malinche. ¡Industrialízate! Consíguete una amante, cualquier cosa que encuentres por la calle. Si sigues así serás un cadáver, y en toda la ribereña estarás sepultado. ¡Dios! Eso sería una desolación. ¡Vamos! Levántate, no estarás peor que si ya estuvieras muerto, vamos allá donde el Sena, te aseguro que nos respetan. Compraremos una isla en el río francés…  —el muy inteligente sólo se me queda mirando con unos ojitos diminutos como de capulín. y mis bombonados ojitos de perro rabioso pero amable desvían la mirada hacia el parque. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento?

La mansión estaba recientemente restaurada con vestigios estilo mudejár, la porosa alfombra circundaba desde el piso hasta los techos en un color verdoso claro y olivo; había perfiles con narices como guadañas y en los altos, los retablos de sátiros copulando con doncellas. Tenían los encumbrados techos cornisas ribeteadas en estuco y oro. En un muro había dos emplomados paralelos que representaban a leones perfilados en postura de ataque y tras la ventana, se extendía el jardín palaciego que ocupaba una extensión digna de la casa. La escalera a los pisos superiores era sostenida por un par de columnas salomónicas con la baranda en madera palo de rosa con incrustaciones de cedro estilo Luis XV. Vi bajar a la anfitriona parcialmente desnuda, traía una gasa que cubría el cuerpo y hacía verlo inmaculado y etéreo, con ella venían dos sirvientas desnudas, más bajas de estatura, y jóvenes. Exhausto de hacerles el amor me puse a contemplar el jardín, recorrí la estancia y luego me asomé al ventanal que daba a la calle y ahí estaba el parque; mis amigos de copas se divertían con una botella con cañita. Un viejo pasa cerca de la mansión, carga en una bolsa de mandado un pedazo de su esófago, seguramente se lo lleva al doctor para que lo examine. El farol de la residencia recorría con su rayo las mentes de los compañeros. En el limbo se desmayaban las ideas y eran archivadas en la computadora. Un arrebatado graznido de alebrijes me dejó doble de turbulencias, era el síncope. La obsolescencia de la donante transitaba por la fiesta de cuerpos avecindados. El pozo en el jardín junto a la fuente de Tritón fabricaba esencias de raíz y una maizera carnívora fermentaba el horror a las moscas atrapadas en su laberinto. El corsé de la casa eran las matas trepadoras: yedras y madreselvas, y el día vertido, en el sentimiento de frontera. La participación debía de ser constante como una hipérbole mezcolanza de mundos burgueses y en donde la sequía amenazaba volverme inepto. Pasé a la cocina y me preparé un sándwich con mayonesa, frijoles, queso Oaxaca y jamón de pierna, un trago de coñac. Cuando me fui las dos sirvientas me habían tomado afecto y el haraquiri resultante fue muy folclórico, espeluznante y sin ninguna gracia. El quórum en la amplia sala había desaparecido.

Mis hermosos amigos en el parque parecían vikingos tlaxcaltecos disfrutando con su botellita con caña, siempre me han parecido simpáticos, son una banda de perros contentos y borrachones; de bailarines, de cachorros de la cultura autóctona y rústica. Sobre todo, me encanta su tesón por la promiscuidad entre la burocracia y las instituciones corruptas. Los placeres de la carne son su trabajo y su ocio más complaciente. Disfrutan de la libertad de la nutria y la ardilla. Son perezosos hasta el orgasmo. Sus eyaculaciones diarias son periódicas, envidia de los casados. Hablan de todo y de nada, ven pasar las nubes y se reconfortan vomitando atrás de la iglesia de San José o fumando marihuana en la cómoda banca de la capilla abierta. Nunca les falta la damajuana, son dandys con el perfil del matlalcueyalt. Su carraspera romántica es mestiza que raya en la medianía. Gueto de lumpen cuyo dios abrasivo es el espíritu del vino. — ¡Hey! Amigos de correrías vomitemos juntos y andemos por las calles con alcohol hasta la madre, cantemos una de José Alfredo Jiménez o de Alex Lora. Subamos a rajamadre las escalinatas y después con los ojos vendados rodemos como pelotas. Qué chingao nos importa la globalización, volvámonos unas perfectas bestias de la vida nocturna, adueñémonos de la ciudad, sitiemos y capturemos la noche porque es nuestra.

 Quetzales, urracas y petirrojos circulan por la avenida principal de la metrópoli, tienen el aura propia de las almas cosmopolitas que viajan a las afamadas ciudades del mundo como: Amster, Sao Plotino, y Stalinscov. Sus ojos vidriosos presumen un color rojizo y una mirada señoreada, sus gestos son altivos y gallardos, el hedonismo les pertenece como una talega llena de objetos de tiendas de modas. Hay, además, abejorros y saltamontes que chocan entre los edificios y penetran en las oficinas de los burócratas esperando dádivas y reconocimientos, los beneficios han sido para ellos muy complacientes; saben dar la cachetada con guante blanco, sus cánticos son alabanzas de la tradición y las buenas costumbres, su política de derecha o a donde convenga con tal de continuar con las comodidades de las familias pudientes de la ciudad.

La faena en esa selva era simple, los acuarios que circundaban las habitaciones de la residencia incluían un mantenimiento permanente tanto del agua, las plantas y los animales marinos. La maquinaria y sistemas de distribución, de filtros, de bombeo, y de temperatura entre otros artefactos estaban localizados bajo la bañera de vidrio de 12 pulgadas con esmerilaciones cuyo tema eran los peces míticos como: el caballo de mar, el pulpo, la ballena y el tiburón. Había un énfasis en la amplitud. El techo del cuarto de maquinas era iluminado por ese tragaluz inmenso que en días de fiesta orgiástica era un panorama propio de asentaderas acuáticas en show. La televisión ocupaba una cuarta parte del muro norte y el frigorífico  de lado derecho llegaba a ser un bloque de diseño contemporáneo utilitario y ergonómico. Las colecciones gastronómicas guardadas allí eran de una diversidad sorprendente. Iban desde las canastas recolectadas en los viajes turísticos, los arcones obsequiados durante cargos administrativos anteriores, las piezas de caza de un lustro atrás y en una variedad de safari como: pavos, venados, cabras monteses, lagartos, avestruces, patos, gusanos de maguey víboras, y chapulines de Egipto. Había quesos de distintos tamaños y variedades, carnes frías, embutidos y refrigerios; lonjas ahumadas de puerco, de ternera y cabrito; leche de vaca y cabra, frutas de países distintos y hortalizas de la región, así como condimentos de los más exóticos países. La mansión era una selva, donde vivían papagayos, guacamayas y pavorreales. El agua era el elemento substancial de la estancia, así que la piscina se erguía en el centro del ambiente frondoso, las cascadas artificiales eran trofeos silvestres y escarpados; los peces circulaban por todo el estanque que iba a dar también como ventanas acuáticas a las habitaciones de la residencia. Todo era un paraíso porque el condado era uno donde viven los hombres más ricos del mundo. El volcán desde tiempo de los aztecas había cosechado el temor entre los habitantes y allí a un costado, como encuadrado en un paisaje brutal, levantaba sus fumaradas de miedo. Una roca candente cayó en la piscina y dejó en lugar de agua, vapor. La lluvia vino después y los animales se hicieron roca, reposando y precipitándose la ceniza, las llamas consumieron lo flamable y a lo sólido se le asentó una capa gruesa, como esmalte de cemento. Las fuentes quedaron como monumentos misteriosos de antigua cultura, como tótems petrificados. La abulia se posesionó del ambiente e intermitentemente el volcán deja escurrir una pasta de lava chiclosa que llega hasta el mar.

Me rasco los ojos, me los saco con una cuchara y los pulo con pericia en las manos, los froto en la camisa como duraznos jugosos, les doy su manita de gato, y los vuelvo a colocar; levanto el párpado como cortina de teatro e introduzco las canicas con ternura, doy un martillazo para ajustarlos como chumacera exacta… ¡qué imbécil soy! Me han quedado guangos, ahora no veo más que puros delirios, todo chueco y defectuoso. Mis lámparas perciben tetraedros luminosos y coloreados, el sentido de la vista se me ha estropeado. Que incomprensiva es la existencia, yo que he sido para ella un ojo de buey, mi faena  había sido el énfasis en la imagen, el bricolage de tonos, nitideces y colores. Me han encantado las figuras humanas sobre todo las que son como borrones sin nombre. Las arrugas se me crucificaban en la cara, tenía una abonada fertilidad de arrugas, parecía que tenía formada la cara de pura retacería. Véanme, ahora ya saben que existe la bestia de las mil cabezas y en cada cabeza mil y un remangos.

Mi presagio se acomodaba vaporoso; sin embargo, la sensación seguía gruñendo sus tripas como hombre pobre. El sonrojo se descompuso por toda la cara. Los elementos de la noche se posesionaban de las extremidades y rechinaban sexy. Los censores formaban disidencias que se dirigían por todo el macadam y daban vuelta en la rotonda y quedaban allí como satélites. Era el tiovivo latino, el rebaño giratorio, la fluidez celebrante, la rotación explosiva, el vértigo complaciente. ¡No hacían falta los alcoholes porque el espíritu estaba embriagado! Las bocinas aplaudían fuerte como orejas de Dumbo, el mercado se ponía a dar de brincos como perro pequinés. En cuanto vino la noche, descolgué dos estrellas, las partí en dos y me hice un jugo; cuando lancé las cáscaras a la basura, la luna me picó en la mano, desde entonces lo lunático se me pega a la espalda como el Pípila rubicundo. A pesar de lo que… sigo siendo un hombre desheredado de inteligencia, el barniz que me puso Dios, se decoloro y al final se esfumó. Nunca he tratado de buscar obleas de inteligencia por las bibliotecas y archivos o buscando en los hombres más sabios del pueblo, esa idea ingeniosa no me llega porque carezco de cacumen. En ese sentido, no me pienso como el último de los mohicanos porque todos somos iguales, en mi pueblo me codeo con el gentío que está igual, y como dice mi primo —“eso sí es ser democrático.”— La pericia de confundirme es un regalo de las deidades del ejido. El recetario de dioses es como el almanaque del más antiguo Galván, no cambia nada. Permanecemos en el eterno retorno de lo mesmo.

Permanecí en la vida a modo de menesteroso sexual del villorrio. Y un día me encontré con ella, era una mujer dilapidada de encuentro, desmadejada en su naturaleza retráctil por su coquetería a conveniencia. Su pezón de monedita de tostón. Caminaba como si de un momento a otro se le fuera a romper el himen. Las aceras saltando y brincando atrás, en fila. Y yo le dije: —“si tu virginidad es un infierno, yo te llevo al cielo.”— Su belleza me persiguió por toda la ciudad como perro policía. Y no había manera de hacer que olvidara el piropo, no pasó mucho tiempo, en la noche, e hicimos el amor —Quítate de enfrente, — le dije—. El delirio era tal que se antojaba tenerlo como almohada de sepulcro, empece a hacer con su cabello una trenza y lo utilicé para bajar a los tugurios más inhóspitos donde viven las mariposas de espejismo lóbrego. Era una parroquia resplandeciente. Habían muerto las religiones y las ruinas se acomodaban bien para transformar en bar los espacios bajo la bóveda principal. En el camarín estaban los disfraces de los nuevos saltimbanquis. En el ambiente flotaba una ingravidez propia de un siglo muerto, como un modo de ir borrando el pasado, como si la indigestión de años hubiese sido fatal. Un hervor de cebada y lúpulo gorjeaba en una estancia churrigueresca. Una pila de fémures y húmeros dividía la gran sala del vestíbulo. Un muñeco suspendido por hilos se movía al compás tanto del viento que empujaba papalotes por el cielo como por los saltimbanquis astutos. La nave estaba techada por un artesonado elegante, los encargados de la limpieza vaciaban dos botellas de dos litros de coca cola y se ponían a trapear el piso, estaba antes resbaloso, después se le pegaban las moscas en regimientos. Las mariposas de espejismo lóbrego me estaban esperando, cuando solté la trenza para saludarlas le prendieron cerillos y el fuego se fue hacia arriba quemando y subiendo. La pitonisa principal era una mujer con cuerpo de arpón. Tan flaca y deformada, que las nalgas las traía bien pegadas y antes de que peligrara el sexo con un desprecio mío, lo evaporé lascivo en el escenario. ¡Todos aplaudieron el sainete! Y el coro griego repetía en las distintas voces:

¡Cismas lavados, simbólicos somos!,

 ¡Cataplasmas de estelas provincianas!

Estamos, aquí estamos.

Estamos, aquí estamos

Bailamos y aquí somos.

Y se anunciaba el environment, el jarrón de jalea real circulaba entre los celebrantes, se alistaban las luces que irradiaban al fantoche suspendido de hilos y que hacían con su juego un ensalzamiento celeste. La protagonista principal buscaba algo entre los montículos de fruslerías en las mesas del camarín y gritaba por todos lados — ¡Me lo perdí el peine!— preguntaba a los encargados de la limpieza y a los saltimbanquis, desarreglaba los fémures y húmeros apilados y continuaba gritando — ¡Me lo perdí el peine!— Las mariposas de espejismo lóbrego continuaban alistándose y su primer traje era de ninfas. Hay la introducción de la obra en donde un tropel de gatos cruza el escenario con antifaces de los distintos animales de la selva, simbolizando con ello el paraíso. El primer acto era la parte donde las ninfas son correteadas por los sátiros en el jardín del Olimpo y son raptadas concienzudamente… Un macaco —como de los que había en el otro mundo—  amarra unas espuelas a mis botas. Los cantos continúan y retumban en los muros y el artesonado:

¡Cismas lavados, simbólicos somos!,

 ¡Cataplasmas de estelas provincianas!

Estamos, aquí estamos.

Estamos, aquí estamos

Bailamos y aquí somos.

Las linfas salen de paseo y las gasas transparentes que llevan por vestido son agitadas por el minúsculo viento fresco; todo está en calma. Las esclavas sirven vino en las copas y acomodan las viandas en las fuentes nutricias. El par de árboles arrancados el día anterior del bosque hacen un escenario propio y realista; de pronto, un saltimbanqui encargado de telones, se desbarranca desde el techo y cae sobre la protagonista con estruendo seco de huesos. Al ser volteado por las ninfas, el saltimbanqui deja caer un peine de entre sus ropas. Las ninfas sacan de entre sus cabellos, filosos cuchillos y descuartizan a la protagonista principal, limpian los huesos más largos, humeros y fémures y los acomodan en la pila ósea. El coro entona su melodía:

Te lo encontraste, tu peine

Y ha sido la muerte

Ya no disfrutarás con los sátiros

Los piojos no escapan del peine

Bailamos y aquí somos

Estamos, aquí estamos.

Los sátiros huelen desde las regiones remotas el dulzón sabor de la sangre de la hembra muerta, llega la manada de sátiros golpeando sus pezuñas en el bruñido piso y espantan las moscas pegadas al suelo. Vienen excitados. Traen entre las piernas un miembro enorme, como de burro en cuarentena, algunos se acomodan el órgano como corbata, otros ya han intentado de introducirlo en las vulvas de las ninfas y algunas de ellas han sido arrastradas por el escenario pegadas al macho como infelices perras en celo. Un sátiro viejo, cara de salvadillo, eunuco, llega a caballo. Desmonta. Llega a las viandas y se despacha con cuchara de panadero y se ahoga en vino. Una tierna adolescente le ofrece sus pechos y él ávidamente chupa las tetas quinceañeras, sus ojos son unos meteoros que rebotan en risas libidinosas. Las estrellas errantes que se atrevían a cruzar el vitral en el alto muro seguían caminos marítimos, charlaban siluetas, eran senderos pétreos como acueductos de Pemex. Marcaban una flecha. El macaco con una mímica que envidiarían los lingüistas me señaló el caballo del sátiro viejo y después las espuelas que él me había puesto, como un discípulo del “Zorro” monté de un salto y encabritando al caballo lo alce de patas, y sus instintos de corcel alado revolotearon cual colibrí en ayunas.

 La savia del sueño había escurrido por los exteriores de la población. Los retazos de noche eran mutilados por el alba. La frivolidad del carácter del caballo era terca y pesada. Me llevó a la guerra de las letras. Desmonté. Puse una mirada de águila y el caballo huyó como si hubiera visto al nagual. La formalidad estaba congelada en surcos. Las solidificaciones eran comprensivas. Los rebaños estaban regulados por una playa de rutinas canonizadas. Sólo bastó un átomo mío para desgarrar sus composiciones líricas. A las palabras les doy unas patadas en el culo mientras me paseo en Cervantina. ¡Que hermoso es vivir en ésta tribu de liliputienses! Es la frivolidad de los órganos puritanos quienes frenan el cortejo de la locura. Yo estoy por una poesía que le huela la boca, que aspire incienso hasta por sus más recónditos abismos. La fluidez de esta piedra es un retablo de lo más sediento ¿Cómo pretenden ponerle un corazón de reloj a un astro peregrino? ¿Acáso tales caricias descubren congojas? Reconozcamos que lo que hace falta es dejarles sabañones a las metáforas, sacarlas a escobazos; a ese convoy seductor y errabundo que es la palabra hay que embriagarla en un bricolage de tierras vidriadas y lujosas. Yo no pertenezco a ningún lado, en todo sitio soy turista, la perla perdida en un espectáculo, la intuición que nadie intuye, la exclusa en donde ninguno quiere dar la vuelta. Aborto nausea sin control, estoy condenado por los demiurgos a ser un disidente. Con aullidos me ambiento en ésta circunstancia desértica, este es mi planeta, yo soy el propietario, donde bailo las lágrimas de los huracanes indomesticables ¿A dónde habré dejado mi sonado argumento?

El país de las letras es un caracol, es el laberinto donde vivimos encerrados contados minotauros que no cuidan nada, sino que hacen más grande el caracol, lúdica angustia de un espectáculo pedante. ¡Poesía, cuento, novela, ensayo, teatro, todos desmembren a Edgar! Y déjenlo como una carcaza asoleada, háganlo una playa donde el turista tome sus vacaciones inacabables. Asólense todos sobre mi espalda de garabatos, construyan sobre de ella castillos de arena, y ahóguense en el mar, embriagados de permanentes horas en el sitio hasta que anden hurgando por los rincones y buscando su pensamiento huido. Y en el traspié, voy acomodando rocas a hurtadillas para que sigan asiendo lo suyo. Mi palabra es el iceberg de mis libros. Los torrentes se acomodaron desde antes de que yo naciera, los esclavos de la palabra trabajaron duro para que cuando yo viniera me sintiera cómodo, e hiciera una síntesis del espíritu esencial. La estatua de los cómodos se va desvaneciendo, ya marchito desde principio de siglo, ahora es una masa informe que puede significar cualquier cosa. La secularización de estas letras va hacia la manipulación de los gustos, hacia la multiplicidad de la publicidad, hacia el mercado. Yo me alejo de esos barcos y este embuste que lanzo al viento es laico porque no tiene ni mascaradas ni intenciones, es semen de verbo. Es la industria de metáforas la que sirve para maldita la cosa, triste escolta de caballos. El monoteísmo de la poesía se descascará por lo imaginario y también por el debilitamiento de la realidad. Mi anarquía procrea una racionalidad súbdita de la escritura, de la palabra escrita. Ando buscando que el pensamiento me dé alcance. Ésta es la guerra. ¿Quién quiere chapurrear sus letras antitéticas a las mías? ¿He? Hagan lo que quieran, a mí me resultan cual plegarias de clemencia. He querido establecer el derecho a la política de la deconstrucción de las letras, ¡Oh! La tempestad beligerante nada recóndito y explota destruyendo el silencio, las guerras y tempestades no tienen ritmo ni rima, hacemos violines al endecasílabo, mis vahídos son por causa de la diferencia. Muevo hilos del lenguaje porque ese es mi títere y soy un basto espectáculo que se recrea en la nada. El lenguaje es mi casa, yo soy casa, soy entidad circundante, soy clima y verde de montaña, las tempestades salen porque yo soy el viento y escribo con las máquinas de los muertos, utilizo sus códigos reciclados que han llegado a esta playa desde el naufragio de los palimpsestos, desde ese día he sudado verbos y la espalda saca la columna a orear y luego la ocupo de abanico. La vecindad en el arte ha muerto porque es una puta que se vende. Y, esta estructura abecedaria debía estar en el paraíso o en Alcatraz. Desfilan miles y miles frente a mí por ser una pieza de museo, moveré símbolos para saber cuales son los nuevos santuarios. Ya lancé la primera golondrina, toca a todos darle de escopetazos o dejarla volar hasta que llegué a la ciudad de: “Olvido”. ¡Ea! Vamos poetas del siglo XXI, amémonos los unos a los otros con la voluptuosidad de Romeo y Julieta. Voy por la vereda de la eventualidad exhalando experiencia y apariencia balsámica. Con un sopapo de metáforas desgarré la realidad poética. Pellizco una lonja de costumbre y se pone contenta en el sobo liviano. El sinónimo de la prosa poética es de sístole y diástole, por eso corre con callo. Un escenario de viento me amarró a su cintura de desnudez como un escorpión, enterré el aguijón y la forma usada se desvaneció en un vahído negro. Se quedó retozando en el libro de olas poéticas del arquero. Hombre vaporoso, soy tu tierra. Artistas todos: desfigurar, arrugar y contraer como un velo fúnebre, ese es la prima, evádete de la costumbre y de los prejuicios y sígueme, hagamos una pira e incendiémoslas con ocote.

¡Escúchame bien! Me estás contaminando. Te estás pensando muy buena. ¡No seas pendeja! Yo no soy de temporadas, soy de tiempo completo y cuando vuelva los ojos no habrá nada. Mi sortilegio habrá sido permanente. Degluto tinieblas como muertos a las flores de cempasuchil. Mi tenaz pulimento es de moscas a sus patas. Pertenezco a una antología llamada Edgar ¡Ah! Y no lanzo blasfemias ni gritos porque eso es de adolescentes malcriados; y, además, es muy romántico. La moda es minimalista y a la poesía le quito la corsetería de años. La moda de hoy es andar apezonados por la vida erótica y sin contemplaciones, de ahora en adelante esconder pezones es una salvajada. Vean los míos, son hermosos. He iniciado cauterizando los dogmas por la boca. La moral sexual subsecuente será otra que tendrá que ver más con la ley de la naturaleza y no con una moral religiosa. Esto es una granizada a la moral. Rindámonos indiscriminadamente a las sugerencias de las pasiones y seremos imperecederamente complacidos con placeres de Sodoma. ¡Oh! Jugueteos de las pupilas de Safo. Torturo a mi amante con deseos criminales; yo monstruo libertino, con las mujeres pervertidas soy un dulce a sus ojos. ¿Qué me importan a mí los megalitos? Hagan con ellos grava para construir una espectacular casa con motivos cavernarios. Mi lengua chupa el agrio sabor del plumaje de los árboles del parque; los edificios con una gruesa capa de piel de dinosaurio caminan en oleadas siguiendo el paso de las instituciones. La elasticidad de la política económica es antagónica a la resistencia de las fuerzas gravitatorias de los cuerpos.  El cementerio tiene cara de esqueleto, me acomodo en él, como agua en joroba de camello, y en la cripta me fragmento en sueños. Dejé las ventanas abiertas en la noche y entró el espíritu malicioso porque este que escribe no soy yo, yo soy una persona amable. Las palabras que estaban enfantasmadas hicieron su presencia cuando apagué la luz, el musgo nocturno se posesionó de los ojos.  En un rincón cándido de mi espíritu, la luz tiene voz de azucena, mientras tanto, fornican las arterias al corazón y me hacen vivir. Ruedo en las nubes puntillosas, la bujía permanece comiendo oxígeno desde el arbotante de la fachada. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento?

Se asoman las patadas de la aurora y Dios desciende del mar en un “caza”; recoge algas como trenzas de limón y vino. ¡Ah! Veloces bombos satinan su llegada, las astillas de las nubes se vuelven granizos y él les da de latigazos con un relámpago de hierbabuena, que hacen del horizonte rizos de yodo y plata. Paños de salitre escurren, son las olas y hacen de las playas un pomo de gaseosa. Siente en sus desvelos el zarpazo del océano, pintando en lontananza nuevos tablones de sino humano.

Hace falta estar hipnotizado, tener metidas en los ojos virutas vitrificadas o cal viva, para no ver la luz que salta a la viga que traemos en el ojo ¿Te lastima el aire? Come arena espumosa o hirviente, es un bien remedio.  Quiero que vengan y exploren estos ojos llenos de lloro y aceitunas. Vengan conmigo, llorosos cabellos de almohadas albinas como perros fieles a vigilar mi sicómoro de sueños. Cual Jerez espuma nuestra diaria palabra se encamina en su rutina y atisba atrás. Hace falta querer ya en vidas el pasado, pero sólo blasfemias entona un adolescente como yo. Era un amoscado niño cuando las cosas no pasaban, los antiguos y primeros pobladores me obligaron a hacerles séquito y ellos me dieron poderes para mover la Malintzi. Naufraga el puente rojo en jaqueca y sus rizos desdentados vomitan el cauce de autos ¡Buenos días! Sube un árbol de la calle a la combi y con cara de alcalde saluda como político; un hombre-poema en forma de rayo cobra el pasaje éticamente y las cebras como salvajes huyen de las llantas.

El sol como dado hace suertes y cambia la geografía, así es como la costilla de Malintzi se desmorona en las barrancas bajas y arenosas, se arquea, quiere alzarse, pero su pesadez de años muele el quejido y termina por sumergirse en el vaho respiratorio de los árboles. Mi casa de cruz es un cisne congelado a punto del vuelo. Un momento de huevo se estrella en la noche y contemplativo oteo la luna echa yema, el astro de jinete husmea el universo y a su paso hace polvo la vía láctea. Las calmosas calles humeantes después de la ligera lluvia, en un viernes social, duermen tranquilas, acomodan las lámparas de las esquinas como almohadas, la gata rosa se columpia con todo y maullidos por los cables de luz y hace guardar en el aire su aroma en celo. Se ha quedado suspendido en ecos el sonido del reloj de la antigua capilla real de indios. Las gardenias y huele de noches bautizan mi soledad en naufragio, así como su aroma, así me diluyo como algodón de azúcar en boca de colegial. Dos carros nebulosos como Inflamaciones aéreas, taladran la planicie alta de los cerros blancos y se ocultan esas luciérnagas borrascosas.

He creado los molinos forjados en amarillo con técnicas muy científicas, por el esfuerzo un pelo cae de la frente, se doblega ante la ley gravitatoria. Me puede. No me supo amar. Ahora continúo con huracanes de bolsillo y los articulo con hojas de chayote en frecuencias de a una en una para secar el aire jeroglífico que viene de las montañas. Esto es un embrujo moderno ¡Ah! Las diosas antiguas de estas tierras me han de ayudar, de la fertilidad, de la muerte y sus quintaesencias barnizarán con bendiciones mi piel. Profeticen todos que el molino está por hacerme tamal de hoja, de “camarita”. Una masa sintética, un cúmulo informe pero jocoso. Y yo me digo — ¡Sí, una masa y qué! ¡Respétenme o me voy corriendo! — El descoyuntamiento del calcetín humano y la vida literaria es una que se revierte en un arrobamiento de historia topográfica.

Manos de nieve se asocian con el frío de la mañana que consume iluminaciones como acaudalado. Escucho cantar las trompetas de los autos y los gallos de pelea han amanecido con plumas cada vez más feroces y en sus cantos, mascullan un incalculable estertor que llega hasta el entumecido campanario vertical, encajado en el centro del pueblo.

Mis signos desnudos pero infieles están aberrantes a una mirada apeldañada en el fluido desconcierto de las mentes; y este mundo que narro se parece al sol que se asoma a la ventana del cuarto de la calle Hidalgo. Así como estas palabras, así ha nacido el epazote, donde quiera, como oscuro sondeo en tierra mojada, sed de día, como manos sin trabajo y esperando un grito transportado por garganta de temeroso; y las hojas olorosas caen a la quesadilla en el último instante de su ser. Incalculable tiempo disperso en un vestido del siglo XXI. Ascensión tumultuosa del mercado de masas, son las botellas espaciosas de un mundo estilizado en el caos, ambiguo, turbulento, excitado; es un territorio como texto de pasquín, de caricatura, de libro vaquero. Salvaje solución es la democracia que conviene a la burocracia, azulada, de papel. La burocracia es una ternura y simpática asna que acarrea costales de sal sobre el río salvaje, tiene la conciencia de un cerdo autista hecho salchicha. ¡Vengan a ver la novedad! Es el saltimbanqui nuevo que disfruta del caos crecidamente complaciente; vean al miedoso cagatintas disque vanguardista, mófense de este indio idiota, todos al unísono. Vayan a su viña celeste de ruinas y figuras pacientes e incendien un día antes de la cosecha. Es la restauración del régimen de anesteciamiento cómodo, la loza segura, los reglamentos salteados de patologías y adormiladas rocas. Se debe cuidar que la cotidianidad sea perfecta, la piscina de la intelectualidad no debemos de dejarla moverse porque allí es donde comienza entero. Que continúe todo como una pasta exánime y mineral.  Transformémoslo en rododendro o en limón criollo listo para exprimir y guardar el sumo deshidratado en frascos herméticos. Se ha desplegado la música de los truenos con teponaxtle y chirimía, el campanario del pueblo está excitado en sus repiques, mortifican los oídos de los abuelos en cama. Se arrullan los árboles sobre las ramas de las palomas y allí hacen sus nidos, el cuervo bíblico pasa presumiendo sus colores de arco iris: rojo, verde, blanco, azul, rosa y un anillo en el cuello de amarillo y naranja. Desabotonado lleva las botas de una gaviota y su antigüedad barre los muebles como edificios y se desbarranca como estatua en terremoto. Y aquí estoy como un sindicato de un partido en el poder, inamovible y chayotero, como un faraón con un regimiento de vacas gordas bien cuidadas y amaestradas para una ópera permanente: ensalzamiento de los valores que a la burocracia conviene. Canto de las leyes que regulan a las leyes, montaña de ociosos bien pagados que no sirven mas que para maldita la cosa y con un ronquido de ellos y les aumentan el sueldo porque se lo merecen. Exprimamos las arcas del estado para que todos nosotros, en casa, tengamos la vídeo más moderno, la de mayor fidelidad, aquella que acomoda en su memoria siete idiomas y que yo no me hago entender ni con la lengua materna. La ironía es cosa que no entendemos porque nosotros tenemos la razón, siempre la tenemos, si no, hacemos marchas y mítines, pintamos bardas y descascaramos las reliquias de la ciudad.

Salta la moda de planeta en planeta y las golosas de atuendos se imprimen en formas góticas transportadas al siglo nuevo, la disparidad no importa porque la dinámica de atracción es indefinible, se ven como flechas, como lanzas de arquero, son las virreinas plisadas, las ajustadas siluetas en tonos enquistados al mercado glamoroso. Medidas parcas en pómulos salientes, sombras espantadas en los centelleos de las cámaras y reflectores. La orquestación viene de una idea orate de un estudioso o un demente que rompe la textura y llega a la poesía como nube nuclear. ¡Ah! El rebaño acalambrado en los viajes de contornos y gustos, liposucción y remiendos de piel, la obsolescencia de aceptar la cara imperfecta, ¡vamos todos a purgar de nuestros rostros todo desperfecto! No queramos vernos como el jorobado de nuestra señora de París. Es hora de clausurar todo murmullo que haga vernos como ángeles caídos, naturaleza inconclusa y obra coja. Invitemos a las mezclas a hacer un aborto tenebroso del físico y la plantilla renovada nos acarreará muchos gustos de la arquitectura psicológica fertilizada. El ego es una población inacabable y todos somos narcisos auscultando nuestras perfecciones aunque sean falsedades y se comercia para engrandecer la vanidad con: cursos de superación personal, aerobics, pastillas para adelgazar, liposucción, alimentación psicológica, licenciaturas, cursos de especialización, maestrías, puestos públicos, rangos, niveles sociales, herramientas de trabajo de vanguardia, propiedades novedosas y altamente tecnológicas, la biblioteca completa de los más recientes libros mejor vendidos, visita a los sitios donde cohabitan los de clase adinerada o los centros turísticos más costosos. El egoísmo decanta sus quinta esencias en la permanente geografía de la sociedad translúcida y divulgada, es el mercado de personalidades prefabricadas. El monigote como un prototipo hermoso transformado en joya y silueta a seguir. Los visajes de la complacencia acomodada e indiferente guiñen el ojo, danza un encuentro con la futilidad encarnada en el sopor. La moda me aburre, cuando la veo, ¡todos al unísono, a bostezar por ella! Muestran extravagancias que causan sueño, no despiertan ningún interés. La moda es el despeñadero de las deficiencias, de los sueños inalcanzables, de la fortaleza huida, es la luminiscencia del interno oscurecimiento.

Esto es una granizada a los ojos de un muerto. Edgar y sus distancias de percepciones imperceptibles y temblores dolorosos. ¡Préstame un baso que no se inflame! Sí, junio es un excelente mes para morir. Es cuando las nubes están hinchadas, la tierra húmeda, las campanas esparcen los repiques con una sonoridad de envidia; se encuentran flores a buen precio, y los niños están a punto de vacaciones. Es un mes donde no hay muchas deudas y el café, el pan y el ataúd han bajado su precio o están en oferta. Entonces que esperas, ¡Dios, jálame!

La receta de cocina se lavaba la cara con especias, calzaba unas zapatillas de estufa color café, era la comodidad de changa en hazaña fodonguil. Las reglas laicas eran llamadas a un aposento de camarín, su esposo hundido y negro, pasa el día tirando de la historia con cuerdas fútiles. Como una mermelada de parroquia, secular y cloroformizado ¡Vaya que si es ingenuo! Del esfuerzo se le sale el supositorio como bala asesina. Un pie de boca desayuna con dientes de dado: la guerra de los claveles. La receta de cocina no esquiva nada, se le incrusta en la lengua y sube por las cavernas del inconsciente. Y de esa manera liberó a la memoria como caja de pandora, ultrajada así, la isla dolorosa desgarró su intimidad y se acordó de todo; la herida resbaló hasta la banqueta e hizo surcos sembrando ceros y números arábigos, el organismo de la ciudad sintió eso como una circuncisión porque ella era pura memoria de colonia mestizada, era elemento de ojo tolteca, se  cundió como una mecha astral. No había labriego, sola, la herida había hecho su aventura, el estiramiento de la zanja llegó hasta el Popocatépetl y el Iztaccihuatl justo en medio, sendero que tiempo después utilizaría Hernán Cortés para llegar él y luego sus virreyes para que depositaran su atole genético en las doncellas aztecas.

El alquitrán me llevó al juicio final, el viaje había sido un tanto aceitoso, pero con buen clima, la cana de viento había tenido un aliento substancioso y productivo ¡ala! Era el embestir de las playas que atacaban la quilla rompe madres; los pasajeros eran: la guerra civil, Octavio y la mariposa, reconociendo que, por hábito, la muerte ignora a los asesinos pues son sus más fieles cómplices. La existencia me había barrido hasta el bochornoso inicio de milenio y no había manera de que los hombros saludaran a los extraños, pues teníamos una buena temporada de gravedad en las piernas. Los rebaños bajaron de los muslos y se hicieron poemas. El crepúsculo como una uva empezó a sacar de las nubes un espeso color alcohólico en tono rojizo, sabíamos que al día siguiente el calor sería insoportable, lancé un piedrazo y salió huyendo el último rayo de luz que fue a estamparse en el escarpado rocoso del horizonte. Los acordes del flete campirano eran olas que hacían marear a la mariposa y yo la llevaba al camarote para camuflagearla en la cama. El capitán era Octavio, su embestidura  presagiaba buenos arribos al templo de Delfos, su cariño a la mar calmosa  hacían del océano un balneario aunque los asesinos que habríamos de encontrarnos no pensaran lo mismo, desde el sótano salían a hurtadillas por la escotilla y caminaban sigilosos por la cubierta; saltaron al camarote y tomaron a la mariposa desprevenida, la guerra civil escuchó los gritos de ella y corrió como era su costumbre a enfrentarse a cualquier cosa, su espíritu beligerante había sido lanzado a la superficie. A orillas de la playa, Octavio tomó la decisión de lanzar un torpedo hacia sí mismo. Después de lanzado, la parábola que hizo la saeta náutica fue primorosa; el proyectil hizo de la guerra civil una fuga de tripas aireadas, la mariposa se transformó en oruga. Octavio la cargó en un estuche y se dirigió al templo de Delfos, allí aguardarían al juicio final. La muerte había ignorado a los asesinos, pero también había ignorado a Octavio, porque Octavio era su más fiel cómplice.

¡Festejen la provincia! Aparece a los oídos: el globero y su pitido, la orgánica del afilador de cuchillos, el chirrido apesadumbrado de los árboles del parque, la resonancia de las campanadas de la iglesia. Es la provincia; sus quejidos los amaría hasta los dólares. La prensa necesitaba víctimas propiciatorias. El borrachín bordaba témpanos de alcohol en el sombrero de ala ancha, como un jazmín y adornado con un pájaro en la frente; estaba el soberbio cono erguido como un pecho de silicona de estrella de cine. Las células de la sardina comen granos de sal como bolas de boliche, son domadoras de mareas libidinosas como penitentes al rayo de Zeus, cabalgan con su bocio. Decreto para que no caigan pelotas al río: quitar la escuela y ponerla en otro lugar. Pestañean las gafas aventureras en un sirio como animo apostado en el aguacero desde la ocasión en que me desmayé para alcanzar  la sed, en banderas enrolladas como cucuruchos. La información es muy sexy y engorda cada vez que llaman a Jesús desde su boca. Dios ha venido a promover la perennidad de la fe que ahora se encuentra despoblada, a punto de vértigo, cual cisma de la santurronería. La túnica del diccionario me ha habitado con una longitud doble y espantosa tal cual metrópoli púdica que atiende de que la moral se cuide de taparse los calzones espirituales, si no quiere que se los bajen en cualquier esquina. El espejismo de la faena copulativa, el éter que hay que encontrar en los frutos de la existencia. Sabiduría de la demencia troglodita e infante. Me solazo en el mástil de la locura. Pellizco los víveres de mi fortaleza, he de prolongar la tranquilidad absurda e inconcebible de la propiedad-resorte que predestina el tapete metafórico. Enceramos los reflejos descompuestos en ojos de daga de dama: se propasa el torero y lanza sus calzones a la cara de la infanta; la catarata del conflicto hizo de él, directrices que han desembarcado en una cara roja. Me han embaucado lamiendo un manojo de entusiastas gatos. La vectorialidad de la verdad cimarrona se pigmenta de colores como el blanco y el negro. El perro estrellado se descorcha en la autopista y su cualidad de can se derrite como libro evaporado. La inepta perversidad hipnotiza con pigmentos mediterráneos y con gorriones de bajo nivel casi ancianos y alas encallecidas; toca persuadir el fomento, el remedio casero se envuelve en la contingencia y las iglesias son castillos de arena que algún día estarán a ras del suelo, tiembla la iglesia y se derrumba el atrio. Utilizaremos —como es la costumbre— el sillar para la edificación de templos nuevos, aunque se caigan las iglesias; las montañas, cerros y Tlaxcala seguirán allí.

Respiro la época sanitaria donde las llamas del contacto llegan a la canción de contagio, quizá habría que entregarnos a un penalty para sentir la existencia castigadora, impuesto tácito para el poeta que llega a los límites de la generación. La tarima está vacía en el desierto, las dunas son una escolta sinuosa y acolchada, la tarde sebosa se va escurriendo a la placa trasera de esta casa. Mi amabilidad se columpia en un letargo cuando cruzo las avenidas de la gran tienda, gesticulo los ojos sobre las nalgas de las clientes, y sobo los empaques de piernas de pollo, frente a los refrigeradores, imaginándome situaciones libidinosas. Me cosecho como un cazador empedernido, correteo por todo el departamento de damas a las amables señoras. Indago en las puertas de sus piernas una comisura; los movimientos dadivosos y perennes desmayan el ojo y refrescan el paisaje de cuerpos en fiebre subterránea.

Me propuse lavar los dientes a la democracia porque a veces los trae sarrosos y en algunos sitios ha brotado de manera apreciable, animada gingivitis tonificada y huraña. Es un discurso nuevo, que siempre se renueva de aventuras para el pueblo. La democracia desafía a la demagogia racional y trata de escaparse con mordisqueos de locura.  Este paisaje no es real, más bien es uno que ha pintado Hermenegildo Bustos, son los sortilegios en refugio liberado. ¿Soy un marginal de rostros y luz? Un navajazo de frío, bajó desde el Popocatépetl y me hirió la frente. Las células bendicen la aglutinación floreada de la libertad en personajes igualmente genéticos. La alquimia malcriada, tempestuosa y gritona; desaparece de entre las casas viejas y se acomoda gustosa en mausoleo.

Poetas ha habido muchos, yo soy uno de tantos que hace de su vida una poesía, lo que le rodea se convierte en cúmulo de expresión poética ¡Y aquí ando decantando mi vida en un único libro! Sólo falta para eso, haraganear con el empeño que tendría un hijo de faraón; tesón ardiente que todos guardamos dentro, ello es un cráneo imantado para los días postreros. Poesía, ensangrentada y desnuda. La poesía se hace de pasos cortos, bien distribuidos a lo largo de un serpenteado camino. La poesía no se crea ni se destruye, solamente se asolea. ¿Quieren verme como un hermoso hombre valiente…?  ¡Diablos! Yo no soy eso, vuelvo a repetirlo, yo sólo soy un peatón que va por la vida lanzando señuelos de ensueño en la noche trashumante. De pronto la poesía me grita — ¡desátame! — la veo con sus pequeños ojos desesperados, maniatada como un secuestrado del mochaorejas — ¡desátame!— mueve los hombros y se sacude. Me acerco. Rompo las cuerdas y queda liberada. Pasa un momento y luego… ríe ella y afirma   —te engañé, ¡te engañé! Te engañé. — Doy la vuelta y me dirijo a la banqueta — ¿A dónde vas? — me pregunta. No le contesto; un gesto generoso del codo la despide. Doy la vuelta a la esquina y frente se acerca alguien — ¡Hola! Soy yo, tu abnegada musa; vengo a ayudarte con tu creatividad– ¡Sáquese a la chingada! Déjeme en paz sacudir la nada a puros gargajos. Tomo el transbordador y viajo al inconsciente, de lado izquierdo se encuentra un ídolo de Dionisos alumbrado con teas y media docena de plantas carnívoras; el edificio tiene la arquitectura de un perro andaluz; hay descalabros en el horizonte, la localidad es basta como la ciudad Apolinea. No tengo que ver nada con este poema, es el estanque de la literatura y eso es bueno, no importa quien. Defiendo como legitima mi entidad salvaje que ha sido guardada, conservada por mis antepasados porque sin ellos no hay sillar. Llamo a gritos al silencio y no se acerca, voy al mar a buscar el mejor caracol, me pongo a hurgar en las vertientes y encuentro uno que es perfecto altoparlante. Las cosas eran objetos bien guardados y empaquetados. Me gozo con la calma de un hueso de dinosaurio para hacerse rocoso. Los poetas son seres que se comunican con las piedras. Sí, soy un chaman y que… A las nubes las moldeo y hago artesanía tlaxcalteca. Levántense, les doy la vida a los dirones, a los aporiconteos y a las pronusas. Busco algún poste de luz o un árbol para darle las buenas noches y nada. Un pedazo de cedro burgués me calma la democracia con sus piernas de ixtle. Para que crezca el ego denme un premio, un reconocimiento y hechenme a perder, Incidan en la perdición de un profeta y ganen un fanfarrón. Celebro la vida, la existencia se empalma y la sobrevivo. Mi nombre no importa, no hay necesidad de él. El poema ha sido de muchos. Entre todos construimos uno solo, es cosa que en la época no entendemos, queremos todo agenciarnos, la apropiación, la vanidad del: Yo hice esa machincuepa, ¡todos, apláudanme! El hedonismo exacerbado se apoltrona como entidad absoluta en los días de feria. Me acurruco ovillado dentro de un macetero, no son mis días, pero si me ponen agua al poco tiempo lanzo ramas. ¿Adónde habré dejado mi sonado argumento?

Amante bonita, ¡Qué bien mueves la cola! Bajo esos cálidos vestidos; dame tus chuletas, que mis ansias no han comido. ¡Oh! Ven amante hermosa y desnúdame, quítame la corbata, acaricia el cabello, pasa tus manos por mi espalda que parece un ancho tronco y acaricia mis nalgas estrechas, etcétera. No tengo nada sobre el cuerpo, así, desnudo, después del baño, desnudo como inmaculado espíritu de Buda. Dejando que las gotas de agua se vayan secando. Ésta es poesía erótica que aguarda en ti mujer, continua, yo no tengo imaginación, etcétera. ¡Continua! Ahora narra como has introducido tu lengua entre mis labios, que tus manos han ido a depositarse como una cuenca entre mis piernas y en tu antebrazo palpita un gendarme nazi pidiendo la contraofensiva en las playas de Normandía. Acomoda mis muslos a conveniencia, eres reina y señora de la situación, en este campo tú mandas, mi cuerpo desnudo es tu campo de concentración, tu herramienta, di que te encanta sentirte penetrada, afirma conmigo que esperabas con ansia el día “D» goza de mi sexo, luego lo desinflas con hielo y lo cuelgas como pijama en el ropero para cuando gustes tomar otro tentempié, etcétera. ¡Continua! Yo no tengo imaginación.

Se pausa una mortecina y sombra apariencia de museo que se respira. Vivo en una tierra igualmente vieja que Grecia. Tan antigua como el polvo que levantaron las doce tribus de Israel en su vía crusis. Anudo. Cuando dirigí una mirada a ellos, los dragones se transformaron en princesas. Anudo. Saca la rosa, arranca un pétalo y como si fuera una hostia dice —esto te protegerá— el pétalo lo he guardado al rededor del corazón como una perfecta concha. Anudo. Dime sol, ¿Ya amaneció? Y no me engañes como otros. Me parpadean en las cavidades los rayos ultravioletas, no cabe duda. Anudo, Brisas estivales se han desherrumbado desde el calendario, la playa y el mar me siguen como soldados obedientes. Anudo. Soy la estirpe que dilapidan los millones de sabios en este pueblo, soy un indígena hermético que se pasea por la historia. Anudo. Han hecho rutilar mis canas, arroz hilado y trenzado: relampagueante en la amanecida, gracias, ¡buenos días! Anudo. Atravesé con un golpe de túnel el cerro frente a Tlahuicole y mis segundos llegaban hasta Apizaco. Subí por el teleférico hasta la explanada de los altos cerros blancos y allí estaba el mirador y el centro de investigación. Anudo. ¿Has visto por el telescopio la nebulosa? Sí, pues allí quiero entrar con el ciclópeo miembro para hacerla concebir más Universo. Anudo. La adolescente reclama su sexualidad bien despierta, pero la sargenta zambute con calzador el corpiño, los pezones se asfixian, ella quiere ser acariciada por un hombre, saberse deseada y reconocer su cuerpo por las manos masculinas. ¡Oh! Pequeña fogosa, si pudieras amarme a obscuras. Anudo. La crítica y yo salimos de paseo, el tufo de todo aquello que debía de señalarse era inhumano, pero el contrabando de la conciencia hacía dormir a la impaciencia, el énfasis en la purga voceaba en la dinámica del arpón. Zumbaba por las costas del siglo e íbamos a parar al hemisferio de Neptuno; el alegato declinaba en favor de las mayorías y el otro se guardaba de vulcanizar los comentarios en la playa. Se guarecía en las catedrales de estalactitas y allí gritaba toda impertinencia y toda pertenencia, las gotas salobres y sedimentarias continuaban igual como los miles de años antes y los otros tantos iguales después de la usurpación. Anudo.

Los jóvenes ojos de la mujer madura me invitan a una parranda de deseos. Las venas se desbocan en surtidores sanguíneos. Una estocada de cupido ha traspasado mi pecho desde semanas anteriores. En el parque de San Antonio, cuando andábamos corriendo por el loco pasto, un rayo de sol cayó sobre tu cabellera, yo celoso busqué como un maniático por toda la melena, odiaba el hecho de que te tocara, el rayo de sol se fue difuminando hasta hacer los cabellos refulgentes, quedé beodo de contento. Después del banquete, de las copas y los cigarros, los cinco sentidos siguen de fiesta, las risas ociosas y las lágrimas absurdas se desperdigan sin ton ni son, se tropieza la razón por la banqueta y suelta una fábula de injurias. Seguimos caminando hasta llegar a la cama y allí desparramamos la desnudez con caricias.

¡Hay, si estuviera menos harto de la ciudad! Si tan sólo pudiera ser feliz en ella, pero me aburre, y la detesto: el ruido y las masas de gente, el amontonamiento de industrias del transporte, las casas apeñuscadas unas de otras, la necesidad de soportar al prójimo, la inercia que tienen todos como borregos al modo como lo señala Zaratustra; es la fauna donde hay que sobrevivir, un sitio como el purgatorio de Dante, donde hay que cuidarse y donde te obligan a andar siempre ciscado. Con todo lo que he dicho apenas si podría encontrar excusas para no morir y es que no encuentro objetivos que me puedan salvar de este calvario. Y el ruido es la notable condena que me acongoja, a nadie parece importarle que la contaminación inicia por el oído, porque todo ese excremento va hasta el alma ¡envidio al autista porque él es el rey de su interioridad! La ciudad es lugar enajenante, provocador, cómplice de las bajezas, auspiciador del caos; más conviene irse a alguna barranca desconocida, lejos, a las planicies frondosas de Chiapas, al campo agrícola y vivir en una choza toda propia donde sea uno el hacedor del propio ruido. Irme al campo a cultivar hortalizas, a entregarme a las labores de granjero, sí, a pesar de mi pereza quiero arar el campo, sentir como el sol tatema el cutis guardado en las paredes de la biblioteca o de los muros de la ciudad; mejor esperanza no podría haber, sería un paraíso para un demente o sitio de recreo para un anacoreta. Realmente me tiene en descuido la vida de los demás, quizá para algunos estar solos es un sacrificio, para mí es una bendición, la gracia que Dios concede a unos cuantos.

La pobreza no me espanta, nunca me he separado de ella, tal parece que va a ser una constante en mi vida, nací y se predestino la penuria como ángel de la guarda. No me oficio en la mendicidad, seguramente tendría menor suerte con las gentes dadivosas, por mi cara de maldito y mal nacido provocaría instintos de protección más que de compasión ¡y aquí estoy! Muriendo para ganarme la tortilla y la manteca de puerco. No he encontrado empleo en cinco años en este México tan querido y tan asesino de talentos. —si el caso se da de que haya por allí alguno que otro desvalagado— No deseo mucho, soy un poeta que sólo requiere de necesidades apremiantes y básicas: un par de calcetines y unos zapatos sin agujero no estarán de más en este triste paisaje, de comer: la sopa caliente y un cuarto de kilo de tortillas es suficiente para calmar mi indomesticable estomago de rotito.  Me declaro un poeta que vive en la pobreza, mi cotidianidad es con aquellos seres que viven al día, de aquellos humanos que machacan su orgullo en situaciones inhumanas. Soy el poeta de los pobres y los comprendo, aunque ellos no me comprendan, pero yo sí, por ser uno de ellos. Carezco de la certeza de conocer si Dios ha guardado para el día de mañana, algún bocado para este su amado hijo pródigo de irreverencias. No tengo bajo el sol sino mi miseria y quiero que sea considerada y respetada; ¡Soy el poeta desheredado de todo! No tengo herencia material, y mi padre nunca leyó un libro ni siquiera por equivocación, por lo tanto, ni herencia literaria, aunque sea nieto de la revolución poética, nieto de Alberti, de Huidobro, de Nietzsche, de Rimbaud, de Verlaine, de Eliot, de Pound, de Paz. ¡Ah! La pobreza de mi vida, que, si la conocieran, verían que el mundo es muy injusto. A grado tal que a ocurrido la situación de pedir a un amigo que compre un pantalón de veinte pesos para poder levantarme de la cama —los pudorosos calzones son un lujo—  y salir a la calle. ¿Porqué habría de tocarme campear en el sitio de los desamparados, de los sin techo? Soy de la comunidad que pasa cientos de veces por el ojo de una aguja —y eso que no somos camellos— y que entramos y salimos por el reino de los cielos como si fuera nuestra casa. Y a esto no me explico porque Dios me querrá tanto. La tierra es la tortura del pobre, y yo como infortunado pido indulgencia al hombre que tiene, y les pregunto: ¿Conocen alguna asociación misericordiosa de beneficencia que pueda socorrerme?

Los coyotes que me odian, van poniendo una alfombra ensangrentada en el camino de sesgos y recodos, de espinos y de zarzas; mientras, sus bocas gangosean extraños cantos recopilados en un hablar en lenguas propio del  uso del peyote. ¿Serán mamarrachos cantando su cobardía? A orillas las tripas arrastradas por el empedrado polvoroso y las moscas untando en ellas huevesillos de larva y los enjambres de mosquitillos coronando el ambiente. Me gusta navegar en los colmillos de mis enemigos, díganme si no hay cierto placer el sentir que casi lo engullen a uno y sentirse cada vez más fuerte, vigorizado por el atrevimiento, pero que vacación tan placentera y furibunda que piloteo yo con la confianza como bigote. ¡Y usar sus colmillos para hacerme una cómoda sombra en el camino ante el frenesí de la temporada! Los simbolismos incomprensibles en el piso se articulan en conjunto con honores de faraón contemporáneo. ¡Languidezco y me muero con sus piadosos deseos! No sé lo que quieren, pero no me quieren. Soy el distinto y a ese hay que ningunearlo y así lo descartamos, pero a mí las alfombras de plasma me laten simpáticas, aunado a que el color es altamente pasional: rojo virginal, rojo sexual, rojo labial, rojo venéreo. Las alusiones en lugar de perjudicar me invitan a una bacanal libidinosa. ¡Bah! Si supieran que estoy a punto de soltar flatulencias en su honor. Nunca me había sentido tan sano de contento y pleno que si me lo pidieran les perdonaría su hálito pusilánime. Es para mí como alfombrar a mis plantas con el ropaje del edén. ¿Porqué los medianos necesitarán testigos, gratificación, legitimación cual sea? La amante seguidora y escucha de burros, el viajecito que merezco como premio a mis desfacesdesfases psicológicos, la legitimación como miembro del gremio de los académicos y literatos oficiales, por un gobierno cualquiera que se ha empoltronado en una estructura hueca, egoísta, ociosa y carente de sino; que igualmente necesita de legitimación por los chamanes del pueblo, los sabios orgánicos, los artistas mestizos y hedonistas. ¡Por la ciencia y la tecnología! ¡La religión y la historia! ¡Que bien me aparto de todo y nada me importa! Y no pertenezco a ninguna escuela, no me sujeto a ninguna institución, no le rindo cuentas a nadie, ni siquiera a mi propia conciencia porque es algo que nunca he entendido y no sé a que cosa se refieren con eso. Y bien, ¡Sí! Ya pueden iniciar el rito para crucificarme, seré el mártir sufriente; los críticos filisteos pueden empezar a fundir los clavos y aserrar los troncos. Los gobiernos actuales son una casta de enanos, incultos consumados, hato de egocentristas pobres de carácter, disminuidos de personalidad. A cuantos egregios veo a lo largo de la historia del hombre y estos de hoy son una caricatura, sus discursos no producen más que sopor, carecen de alguna idea original y si alguno lanza algún eructo, este a mí me causa un leve bostezo. ¿Que cosa puedo hacer para no codearme con la lacra embarrada en la burocracia del régimen en turno?

El sol dardaba un rayo monótono y murmullo argentino. A complacencia iba hilvanando mi paisaje de cosas de campo, de pueblos avecindados en la carretera, de nubes afantasmadas, lechosas y desesperantes. Acomodé el mirar substantivado en el césped granate, en los negros robles, en el gregoriano de las golondrinas. Cuando llegué a Puebla vi caerse el jardín con el temblor. No era cosa del jardinero —de imprevisto, una mosca atraviesa con insólita rapidez por las ideas que plasmo en la hoja— ciertamente él abogaba en no improvisar los contornos de los setos, en dejarlos quietos como estatuas gélidamente feroces, pero desconocían que la astucia geológica lleva a los cerros viejos —vuelve a pasar la mosca—y aún verdosos a pastar avena telúrica. El cielo indígena que se contemplaba era de sombrero de paja y bronceado contorno; gentilidad de luciérnaga: invitaba a la obscuridad temprana en ciudad colonial.

El viento ha derribado la esperanza, yo la vestía en saco, me embriagaba de ella en sueños plenos y profundos. Las montañas distantes me resultaban detenidas y sumisas. —Aplaco la mosca con un certero golpe— La esperanza —Dicen— muere al último, en mi caso se ha adelantado con firme estampida. Ha sido una vieja cómplice de la inmovilidad y la inercia. He quedado de la esperanza como un huérfano pobre y sin hermana mayor. Queda en mi un surtidor de desengaño que irriga en torno de las entidades sociales. Con la suspicacia del zorro, voy a tientas previendo a cabalidad. Busco por el mundo, alguien que me hable de la esperanza, que me diga mentiras, y afirme que el futuro que me aguarda será cada vez mejor, que podemos ilusionarnos con que, en el mañana esperado, seremos todos distintos, nuestras instituciones y gobiernos serán de una pulcritud y orgullo de festejo. Me acongojé al leer en el cielo pigmeas prosperidades y un Goliat de catástrofes inesperadas.

Ésta marmórea y sádica obra es un relicario pulcro guardado entre los pechos duros de una joven doncella, sus senos como pálidos nenúfares regentan dulcemente el resguardo; del guardapelo brotan espectros que lanza el poeta ebrio desde las noches calladas y apacibles. Ahora sé que es posible salir a la calle con dignidad luciendo un relicario con apetecibles guardianes. Ella tiene una piel de frondosidad de selva lacandona, razón de añadidura para continuar la obra sin freno compungido. De tan cerca, llegué a su corazón con un salto de pulga y me dijo: —si quieres eternizarte debes morirte— ¿eh? —que estas sordo o que, digo que: ¡Si quieres eternizarte debes morirte! — ¡Ah! Estoy allí cerca, en un cofrecito que vibra al ritmo del pecho que me calienta. No sé porque presiento que algún día Tlaxcala me va a odiar y voy a ser desterrado de este precioso lugar que tanto amo.

Se abaten sobre de mí todos los recuerdos como colmena al ataque. Anoche, temblaba la luna con su barniz de cinc tras el vapor de los cristales de la ventana, y mi espíritu enamorado recordó su cuerpo flaco. Ningún terrenal ente conoce cuanto la quise, había encarnado en ella la adoración de la mujer divina, de la belleza, de la entidad sagrada y virginal, de lo femineo. Al aterrizar mi utópico espejismo, era la hermosa mujer fodonga, y afeitaba sus arrugas con emplastos que no engañaban a nadie. La sangre sutil como veneno, recorría sus instintos lesbios. Instrumentaba con ella un juramento de amor baladí, para romperlo mañana, pues, seguramente perseguirías las mismas faldas que yo en tiempos continuos y a competencia. Te comenté que los poetas no sirven para el casamiento, son idealistas de jarabe espeso, son soñadores de mundos metafísicos, su ego lloriquea por todo poro y pide poros ajenos para complacerse en su interioridad, son unos vagos y mal peinados que se enchulecen en la bohemia del pueblito insignificante y perdido en el mundo. ¡No, eso no!, Mejor cásate con un hombre panzudo de gruesa papada y mirada de chuleta, algún día me estarás agradecida.

¡Hay! Soltando flatulencias a la época de consumo. ¿No se imaginan que —por ser tan seductor— es mi calvario? El vellocino de bisutería que todos quieren medirse para sentirse beatificados. Llenar el ser con el objeto de mercado de masas y tener la perspectiva negra, rosada. Y así el individualismo se aplatana en las ciudades; invita con una sensualidad de éxtasis lánguido los precios que son realmente inabordables. ¡Pero vaya! Ya me cansé de acurrucarme en ideas sanas y sueños pudibundos. Se trata de potenciar los sentidos y sin saberlo potencian también verbigracia los más insanos e inhumanos: recorrer distancias, tener el ojo del lince en distintos sitios, manejar la información propia de sabios que yo no puedo digerir porque soy un bruto. ¡Compren tal cosa y serán los más sabios, los más hermosos, los más virtuosos de la tribu! Escuchar, ver, tocar, olfatear y degustar todo en un sólo estuche y superior a la realidad: el limón más agrio que el limón, el sexo más real que el sexo, la muerte más y mejor experimentada, ¡todo tratando de superar a la naturaleza y a la venta! La discordia de intereses ficticios, juegos fatuos propios de una vida aburrida sin nada que les asombre, viendo pasar frente las imágenes inconexas, tragando elementos gástricos parodiados que son más bien un incienso rancio propio de demiurgo decadente. ¡Cuanta felicidad y astucia en tiendas Liverbool, Sakls, Neiman Mármol, One Avenue! Y así, orgullosos, se columpian en el viento frío de los aires acondicionados como bisabuelo en invierno negro. Cloquean las naciones, unidas en el egoísmo y la ociosidad. ¡Oh! El neoliberalismo nos salvará de nuestra pobreza, recibamos esa “nueva” ideología optimista con fanfarrias para emperador. Se equivocan aquellos que piensan que nuestra civilización es la peor que existe, lo dicen porque en el baile les ha tocado con la corcovada, la política y la economía se juntan entre mis pantuflas, entonces quiero ser diputado. Vamos amando la “identidad” oficial, esa que presenta el simulacro sutil a conveniencia. Seamos felices en este acorazado de falsedades. 

Y fue el sueño medio podrido, acurrucado en un catre de dos cobijas. ¡Con qué lentitud fui deletreando mi existencia!  Los pajarracos remaban el aire verde con pesadas alas de beso. Mi cuerpo afable festoneaba con rojos halagos el horizonte; y allí, en la arroyada, cruzaban por el agua fangosa del río Zahuapan los cuerpos putrefactos, hediondos y agusanados; en los cadáveres helados las lombrices se confundían con los piojos y tomaron por barcaza tan englobada nave. Los infelices muertos viajaban con ligero vaivén, sus dedos secos de vida, colgaban hacia la profundidad y algunas veces atrapaban lirios enganchados a esa ancla. La catástrofe ocurrida río arriba se desvendaba desde la montaña. Los órganos salientes de animales domésticos chocaban entre sí como troncos azarosos, y las ramas giraban dando tumbos por la vera y las rocas afiladas. El sol estaba radiante, parecía que el torrente indómito no tenía nada que ver con la bella mañana de abril, no había enturbiamiento en el asombroso azul etéreo del medio día. ¡Que hermoso era ver mi cuerpo navegar en lontananza! ¡Ah! Perderme en un lugar secreto de la campiña. Dios no podría favorecerme de mejor manera que esta sepultura tan merecida.

La voiture s’ arrete. Une clarinette  du cristal annonce me arribe. Y aquí estoy, el Sena se pasea dulcemente como un vagabundo, J’ai l’ame vagabonde également qui el, tengo predilección por los paseos de algodón. Abrocho una sonrisa a la concurrencia del café, la foule détourner les marron yeux. ¡Hé quoi!, Gran cosa, como si me hicieran falta. Mis ojitos de capulin en resplandor andan extasiados, igualmente que allá en tlaxcalita tan chula. ¡Amigos todos, vayamos a comprar la isla de San Luis! Y sin nadie adentro, pasaremos a beber vino hasta ahogarnos, olvídense de la botella con cañita, industrialicémonos y tú Zahuapan bebe un poco más y embriágate, brinda por Malinche y sueña que la tienes en tus brazos ¡bravo! Un poco más. Ocupemos los días enamorándonos de Marianne, la que sea, cualquiera que encontremos en la avenida. Vayamos a reírnos al teatro, que hombres estos tan simpáticos, sí eso es, siguen pareciéndome simpáticos, a pesar de su espíritu inflado, nación que quiere verse como la punta de la democracia, como la que impuso en tantos lados, que ya ni quiero acordarme. “Siguen pareciéndome simpáticos”. ¡Vayamos a comprar la isla de San Luis! Besos, muchos besos a las colegialas de pechos duros, a las niñas coquetas de catorce años, aquellas que no se cansan de agitar su cabello al viento, de volatilizar su encanto ondulante.

Ahora todos estense quietos, dejen descansar. He terminado. Quiero dormir un largo sueño para quitar el dolor que tengo en la espalda, me untaré un poco de melaza en el dorso y a ver que sucede………………………….

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………… Cuando se vayan no olviden apagar la luz, y mirar si no se ha quedado algo en la hornilla de la estufa…

 

PEREGRINO IV

“Yo busco ahora exagerar lo esencial”

Van Gogh

M

i doncella palabra vuelve a hacer el socorro descendiendo hasta la aurora actual, el avance se rasga como una galleta, me cobijo en el duro trampolín de mis añejos pasos, el venero gorjea muy dentro, pronto aparecerá el breve hilo acuoso que decantará momentos marítimos. Como lienzo en mi garganta aparece la noche, un espeso azul llameante descongela el breve lapso en un reflejo simultaneo; el sonido contemplativo oscurece las grietas suspendidas en el oquedal. La conducta cae encimada en la costilla fértil de la mirada, prendo la luz y siento como si con eso me viera la vida y me sonriera. Estoy acostado esperando atrapar con un hilo de ociosidad toda la nervadura, el celaje oculto de mis libros.

Mi doncella palabra vocaliza tosiendo un yo adolescente y moribundo, balbucea algo que atrapa el instante en nuestros fantasmas; ha llegado el momento de continuar haciendo llagas en el espíritu insumiso. Es la tierra arcillosa por donde pasa una hoja de papel rozando apenas, con el peso de un trapo duro, mis manos reposan como libros, ¡Hay! Si la cara pudiera ponerse más gentil con ellas; si pudiéramos reconocer que dejarlas quietas es algo sabio. El próximo futuro podría hacer debutar ya no las manos sino la imaginación; entonces sí, mi nube devoraría a este yo que he sido desde hace mucho: una puerta vagabunda.

Me dispongo a fabricar un terrible sueño de hadas. Duermo. La noche sigue insumisa oliendo a taco árabe. Para soñar, desmayo mis ojos. Respiro profundo.

Según como pasan los años voy viendo como se desmayan mis sueños poco a poco, como coágulos afianzados en el cemento gélido; melaza insufrible e incapaz de levantar el ánimo. Los años pasajeros promovieron una esperanza fulgurante como un camino de babosa en el vidrio matutino de la ventana. La filosofía me había regalado estructuras huecas, transparentes, la pincelada de conocer resultó una fruslería de menta; en ese establo descubrí que yo era un horizonte y que cada cual era un horizonte, habría de sobresellar la maleza de mis entrañas pero era demasiado fuerte la fuente de lo imaginario, la otra cara se contoneaba como bulto espiritista; era un resoplido que asomaba en la buhardilla arcillosa, sotabanco que no alegorizaba en conceptos sino en imágenes  y colores bordados. Era una brújula que indicaba cualquier otro lado.

Estoy al pie de los síntomas de mi locura, el garbo se descuelga para dejar habituar tal alboroto, pronto empiezo a interpretar los signos de mis fantasmas. Percibo escalofríos embalsamados, es de allí de donde mi locura germina; quiero domesticar las siluetas que de pronto flachean en este trayecto de penumbra. Pronto estaré sacándole filo a mis armas. Todo para que mi espíritu se sienta complacido.

Voy despertando las cortinas con un jalón de orejas, hacen estornudar un sol en la sobrecama: la pintura, el tejido es una con un guerrero de Cacaxtla, él borra todo vestigio de que no existo; su lucha perfilada orina un quejido de orgullo, mi diadema se ablanda, se hace líquida sobre los ojos. Por sobre la ventana, a lo lejos, no puedo descubrir la ciudad que ha sido vituperada a complacencia, sólo rescoldos quedan de ella; el quejido de orgullo se sigue escuchando en las campanadas que se esconden bajo tierra. Por fuera, tras la ventana, las moscas revolotean guitarreando las cuerdas aéreas inexistentes en una danza circular y azarosa. Las observo apaciblemente, mi relajación no despierta a movimiento corpóreo alguno. Los ojos se me duermen en una pose absorta, como si no les importara captar los objetos, las entidades móviles, los insectos zumbones. Voy en este momento a desprestigiar la realidad durmiéndome un poco.

Ya expiró mi futuro perfilándose intrépidamente en una nave inconclusa, ciudad cuyo futuro atrapa fantasmas del pasado, he tenido miedo en los fantasmas, pero, su presencia se desmaya cada vez más, escucho sus anorexias cuando jalo del gatillo cotidiano, cuando me desvanezco en lo diurno intrascendente; extiendo mis alas y me tiro al suelo, recibiendo la lluvia de historias en mi regazo. Es gloria de pocos y horizonte de muchos, tener eso poco es ya bastante, aunque para mí sean sólo irrealidades, infame ociosidad que hace congelar todo en sueños, sueños de todos, sueños del mundo.

Este es un buen sitio para poner el pensamiento a orear, decantarlo desde la banqueta hasta la cabeza, pensamiento que resulta complejo porque así nace, porque así es como me devora a mí mismo, descubro a una ciudad que ha sido encuerada por mi cabeza, ante eso bruñe el bostezo, mis pensamientos reposan como libros. El gato se acuesta en mis pensamientos y se relame las patas, tal parece que ha tenido buena acogida en tan mullido sitio, cuando encuentra alguna pulga hace tronarla con los colmillos, algunas saltan a mis pensamientos y causan comezón o cavilaciones inquietas, saltarinas. El gato echado despatarra sus extremidades.

Había preludiado sangre en el ojo interior desde los días en que cada vez que apagaba la luz saltaba un quejido, tronaban objetos que azarosamente caían, ojos escalofriantes que atisbaban colores enamorados en mi aura peregrina; sabía que la serie de codificación era esplendorosa y sobradamente plena. Sacudía las neuronas más escamosas y se asomaban unas, las más volátiles. Observaba las nubes debutantes y mis agallas las utilizaba para soplar las semillas hueras atravesadas en mis pasos, la perplejidad de las nubes absortas y disque debutantes murmuraban rayones en el instante. Lo imaginario era en mí como renacuajos sin corral apelotonados en una charca a punto de desaparecer.

Siento un embarazo en mis costillas; ha sido la poética de mis copiosos desvaríos quien ha inflamado mi esperanza en las letras; mentol y canela en mis apolillados desvelos, porque una babosa intestina se perfila a nacer en un puño de hojas; con que beatitud se va deletreando su existencia. Verbigracia en letras y metáforas, me atrapó su economía poética; no había que edificar, sino que para que fructificara había que combinar una serie de cadáveres, voltearlos porque estaban de cabeza. Se mueven las grietas a mi paso.

La tierra cae en la cara y mi humanidad en un par de hojas, en ellas atrapo el instante como un cordero el calor de su lana, para mí es el canto de las sirenas quienes calientan el bálsamo en mi cuerpo, me quedo receptivo. Anegado de esa conjugación constitutiva. Intrincado en la vida, me valido del poema para seguir siendo, pero sin embargo me contemplo lloroso, estoy mero abajo, en los sótanos de la historia. Empiezo por amar este tiempo con un certero abrazo, la vida sonríe porque danzo, porque siendo poema, picoteo los tacones con un ritmo demoníaco, mi constante vaivén en el instante es la infiltración jocosa y carnavalesca. Estoy temporizado con los símbolos de mañana, por eso río y canto los de ahora, los celebro, maravillosa inundación del ser actual intrincado en mí; observa como me tiro al suelo y pateo la tierra arenosa con un compás de lo más originario. ¡Contempla vida como lanzo a los planetas mis aullidos de gloría!

Rasguño desde la felicidad más apartada el lado oscuro de la razón, sí, es la comunidad más distante, casi silueta, la menos familiar en la cual ando reciclando signos que todos guardamos dentro. Si es verdad, entonces un día, cuando bendigamos al nuevo tótem, el sueño del poeta se hará realidad porque el objeto habrá sido domesticado, ya no dominará esta realidad que representamos fuera. La mayor gloria no será la esperanza sino la confianza en uno mismo, en el otro, en la otredad. Bailaremos en el lado oscuro sin el temor de encontrarnos con nuestros fantasmas; aullaremos como escarabajos estimulados frente a lo luminoso, el vientre y la tumba serán confortados por la celebración de la vida, ya no como caída, ya sin pecado, sino como creación en sí y para sí, vivencia palpitante que ha olvidado las curas ¡Euforia de la magia hecha existencia!

¿Qué queda de la noche cuando aparece el día? Seguramente no es el silencio porque en el silencio de la noche sigo escuchando la maquinaria, el zumbido ininterrumpible de quien sabe que maldita cosa, es el burbujeo de cosas como: agua, cascadas, barullo; respiraciones de miles y miles que asemejan a un colmenar tendido al viento, mezcla de escapes gaseosos en una tubería y neuronas que vibran  con desesperación. Es tal vez el aire que, por las calles, los edificios y árboles festeja con un séquito de ausencias nuestro sueño; es tal vez la conjunción de los sueños de miles y miles; su electrificación, su imbricamiento sumergido en la negrura callada… no sé que sea pero mi radar deja captar hasta lo más imperceptible. Ésta es la noche en que la nocturnidad se hace para mí en día, en que lo que está allá afuera sigue viviendo a pesar de nuestra ausencia, estoy empezando a comprender que nuestra presencia en la noche no es obligada, pero cuanto perdemos al no estar con ella.

Cuando aparece la noche aparecen las preguntas, todas me atosigan en mi duermevela, las interrogaciones con voces aterciopeladas bailan en la frente; yo, como una mueca de loco en extinción no respondo a ninguna. Limítrofe en saberes ando perdido en mi propio laberinto, ando en esta tenebrosidad como una lencería con miedo en lo oscuro: quiero escapar de ese cuerpo de amante y languidecerme como tela sin soporte, como una ramera perdida en sus propias piernas. Noctámbulo, me arrastro por las edificaciones de la conciencia y saco a orear mi silencio, mi boca es una salud que armoniza con lo callado propio del oxigeno, elemento circular como las dos letras que lo custodian.

Mi beodo aliento de bardo perfuma la intimidad, surge la consagración, pero una emboscada del ego hace de mí, menjurjes de alquimista. Apoltrono la soledad con un séquito de ausencias. Me gobierno a mí mismo. Beben de mi pecho las burbujas de la medianoche, con ello busco taparle la boca a la incertidumbre. Me apresto para que las ilusiones me apoquen la intención, siento ya amar el fingimiento de su desprecio, gusanos que como sanguijuelas chupan coágulos. Las ilusiones son cual sierpes que se arrancan y destrozan a pedazos las unas a las otras, efecto dominó que antorcha nuestros elementos. Ilusiones sociales, magulladas por todos y diseccionadas por mi fastidio; hay ilusiones que se acobardan al verme, en otras soy yo el cobarde con la mano en la cintura. Las ilusiones creadas por la ambigüedad calzan unos zapatos de esperanza acojinados con una mullida plantilla de quimeras.

Hablar más es estar más tiempo ausente, hay que hacer de la boca una entidad moribunda, hacer que su languidez se haga presente, es preferible cantar como un mariachi. ¡Hasta aquí llegó mi borbollón de palabras! Talento al que le he torcido el pescuezo, ha sido para mí laurel mefistofélico, diadema coronadamente horrorosa, garganta tapada de elocuencia, la máquina embobinada sobre sí misma, conectada internamente. Edgar ha hablado de muchas cosas, en sus labios han jiloteado pensamientos en rizos delgados, ha sido pensamiento en mente gorda circulando por pasillos largos; verbo que ha movido montañas, mientras ha empujado la tinta en sus entrañas ¡hay! Si no sufriera yo de un desabasto de metáforas, no tendría que teclear narraciones, desgraciadamente no escribo tan rápido, necesito el respaldo de mi propia historia. ¿Se encorva acaso mi desgarbado abrazo creativo? ¡Vamos! ¡Ea!, ¡A seguir todos mí acostumbrado soplo de osadía!

Me muevo por las calles como autómata con un dejo de locura, aquél otro se mueve porque se aburre, aquella otra porque quiere mercar el cuerpo o saberse vista, y otros más porque les empuja la inercia; en fin, somos unos jarros de tierra cocida con patas, huecos al principio de los días, estamos abiertos y dispuestos a llenarnos con cualquier cosa, el caso es llenarnos, y se llena uno en las calles, en el rostro que tienen las distintas avenidas, el pomposo ego requinta su biblioteca. En la calle, la espinosa vanidad celebra su encumbrada peña como pezón de quinceañera ¡Oh! ¡Si supiera el hombre que andamos vistiendo al humo! Lo que es hoy mañana no será, fue la perorata gastada, de mal gusto.

Era un día nublado cuando formularon construir mi casa en un pedazo de calvario, horizonte-corcel que haría huir a las hojas sobre la tierra arcillosa. ¡Si tan sólo esa tierra pudiera dejar ver el paisaje! Pero ese sitio hacía que tú y yo y todo el demás circo borboteara en un estanque, la nata estacionada. Era una perspectiva de argolla en morbosa ponzoña que hacía ver todo de noche, olor melifico y decidido a convulsionar mi puerta en dichas colinas; limite ciego de las capacidades, era entonces la demasiada fe que lloraba de ausencia. ¡Si tan sólo ese calvario pudiera dejar ver el horizonte! Había un viento que iluminaban mis ojos, pero había gránulos de arena que los apagaban, lanzaba tarascadas a las nubosidades, quería hacerme presente pero no sabía cuanto tiempo tenía que esperar para que amaneciera.

Salí a la calle para vitaminizar mi historia, el día está medio inconsciente, el mediodía se está descascarando con tibieza. Con tales medios ¿qué puedo esperar yo de tales regalías? Izo una mirada endemoniada, me visto con vestimentas de paciencia, hago como que ando buscando algo. Veo el horizonte que trata de acomodarse al sino humano, elástico, gelatinoso; sí, hermoso horizonte son los pellejos que cuelgan del techo de la ciudad; busco hacer un par de hazañas, soltar trompadas, descarriar mi huella esponjada; pero en ésta entidad es como estar metido en una panza de vaca. Conspiro contra lo establecido y espero mi arresto… o huir, esas son las dos opciones: dejarme arrestar es dejar descalcificarme de letras y transformarme en una garrapata y huir es escapar como una descarga de inodoro y vivir como un exiliado social. Hago con todo ese pensamiento un chiloso taquito. ¡Hay que dejar que este aturdimiento nos gobierne! Que vivan filtrados al alma estos vahídos, gocemos del menguado hábitat y su empalagoso destino. Mi muerte espeta diamantes por la boca porque mi alma es lenguaje escapándose de ella.

Bueno fuera que encontrara mi destino volteando la esquina, y así de frente, patearle el trasero. Y allí, sin esperarlo, lo que voltea la esquina, lo que salta, es un trozo de instinto que quiere como que amarme con un certero abrazo; me defiendo con patadas de lima-lama, aquello me deja herido del hueso izquierdo. Con un caldo de templanza curo mis heridas, continuo en mi trayecto de espectros y de sombras.

Una y otra vez repito la capacidad salvaje de mis instintos; suntuosa confabulación de Eros y Baco para hacer de mí una estopa nocturna, ellos malversaban por su cuenta la economía erótica y etílica que yo codiciosamente guardaba ¡bravo! ¡Ea! Provocadores de las maravillas, que yo lanzaré guirnaldas y flores olorosas a su paso, y me dedicaré a la limpieza de ese santuario donde viven; no me importa ser el esclavo de las linfas, con tal de conseguir sus provechosos favores ¡y bien! Cuando me entrego a todas y las amo aunque puncen el orgullo, no me importa ya estar postrado frente a ellas mirando el  piso de baldosas, sumiso ante su cuerpo de demiurgo femíneo, de vírgenes lujuriosas, cachondas; y yo como un readaptado a esos quehaceres, me dedico a olfatear la venérea ambientación propia de sueños juveniles, pero mira que nada ha quedado de mi musgo taciturno, nada hay que pueda convencerme de abandonar este hermoso deleite sensual que como un embajador a sus conferencias ando sometido.

Estuve en cierto momento preocupado porque el consuelo no llegaba a mí ansiada playa, era yo el emplazamiento de un espasmo incontrolable, y buscaba modos de escanciar mis espasmos; Al momento, la libido, no estaba del todo permitida en las letras sexualmente escandalosas pero mejor esperanza no podría tener que ésta en la cual me trepo, como simio contento, ya no creo en el paraíso de la falsa moral sexual, he aceptado sin recodo  ni vericueto la animalidad amatoria y el consuelo mamario que tenemos todos. He forjado la aspereza en la mente que habían cincelado, con el prejuicio granítico, duro y mientras más duro más quebradizo, era el tabú exorbitante. Es el momento del rompimiento de mi ingenuo himen de la conciencia sexual, nada más obsoleto que la moral puritana de las abuelas; no guardaré ni un ápice de pudor al desnudarme frente a mis amantes ¡vamos! Es el momento de poner de ambiente el sitio con música y comidas suntuosas, hagamos desparramar la sensualidad como fuente ingobernable. Pero mira que ya no me importa lo que diga mi madre, lo que quiero hacer es huir de esa seguridad moral que tiene la sociedad. ¡Lancémonos todos a una fiesta de besos y caricias! Tal vez eso curaría nuestras carencias, el deseo amoroso, el hambre libidinal, sería como aletargar el apetito lujurioso, desmembrar frenos moralinos, implicar el desajuste de la tranquilidad suspendida. Ésta es una letanía para explayar mis insinuaciones para dirigirnos todos hacia un cómodo lupanar, donde la degeneración, el tequila, el alcohol, la música infame sean el contexto de lo más versátil, y aquello todo, todo sin piedad, haciendo una farra colectiva ¡Ha!  Dioses lujuriosos, diligentes y socarrones, inmisericordes y libertinos, si antes hubiera sabido que andaba en la pobreza de mi vida ¡pero yo los conjuro a poseerme! ¡Oh! Gocemos del talento que tienen las doncellas. Vamos corriendo a amar sus extremidades, transformémonos en sátiros gentiles ¡Vengan muchachas y regenten lo más venéreo que hay aquí! Y allí las veo, desde este sitio musical como bajan desde el cielo las vírgenes, una por una, en sus pies perfumados traen la espuma de Afrodita. Soy el nuevo, como musgo tierno saliendo del cascarón, neófito de las vicisitudes amatorias, salgo ahora a encontrarme de nuevo en la vagina, sitio desdoblado, en latente despliegue, zona muñiente, paraje de mis próximos recreos ¡Dios! Heme aquí entregado a esta legítima gracia. Entrega venturosa en los hechizos, novedad ondulante que me acampa.

La virgen y su sitial en las alturas. Ella baja. Su espuma de diosa: refresco mentolado y suculento; y de golpe, sin ninguna interpretación capté tu cuerpo como un objeto trascendental. Tu cuerpo se hizo un delicioso argumento para convencer a mis huidizos instintos ¡Oh! ¡Resignación! Cómo chaman empedernido y desprovisto de poder, busco destrabar tu brujería, pero no, aquí estoy, me has conquistado, tu capacidad de encariñarte a mi cuerpo es infinita y busco en tu cara las facciones que más me gustan, te empeñas en que mi instinto te sonría y continúas impulsándome a tocar tus íntimas cortinas plegadizas, sonriéndome con tus ojos asfaltados, moviendo tu cadera despilfarrada ¡Oh Dios pido misericordia! Pero si tú lo quieres… vamonos.

Tu venida lujosa y allí en cama, con tus tirantes caídos, con ojos que se dan a desear, insumisos, me posees, conquistándome a partir de caricias. Me transformo en una ensalada de erotismo entre tus manos, ¡vaya escandaloso paisaje de bellos cuneiformes! Y luz desde tus muslos aterciopelados, me encuentro en la puerta de tu colina, mis manos como aldabones en las costillas ¡Aleluya!… Ahora sí, vida, desdeña mi osadía.

Levanto el pensamiento entre mis manos, le enhebro un par de ideas reverberantes, el pijama duerme caliente mientras el insomnio me patalea con éxtasis de chaman en trance; Durmiendo o entresoñando he de favorecerme con un lapicero en la mano; La hurañeza lunar pace izquierdamente en la ventana, al rato se desbocará como vaca sin mecate; ¡Vean como alborea la letra! La vigorosidad de la palabra penetra en los músculos, ellas se me han vertebrado como petróleo crudo a una gaviota. Vaya que, si le doy importancia a mis adelantos, aunque a veces sienta que ha sido una pírrica victoria decantada. Es el momento en que siento amanecer de su aturdimiento a ese alunado ser que anda como que muy contento dentro de mí; anda chapoteando en mis propios despojos, haciendo reclamos ahogados en la oquedad y necesito ya no negar mi identidad poética constante, sí, desde  este pequeño sitio mi voz se levanta hasta las nubes, traspasa fronteras, llega a los planetas, eso es lo que hay que hacer, canturrear la indígena sinceridad poética  que cargo, he de lanzarla al aire como confeti, y por añadidura yo también he de desmembrarme hacia los cuatro puntos, no creo poder  hacerme un mejor favor que este, y es que ha sido mi semental empeño el que ha hecho que la genética común trastrueque hacia el oficio abecedario. He de moldear –si es que se puede- el futuro que me persigue, los vericuetos que me esperan pero eso sí… eso sí,  amo esta discontinua esperanza y también la inseguridad que de modo socarrón me guiñe el ojo y es que mi horizonte ha sido desde que tengo memoria un continuo desparpajo, el reviente de perspectivas posibles, la caja de Pandora que escupe posibilidades; es el flujo mismo de historia y horizonte, el instante inorgánico cual tiempo que consumo como un desesperado, es la socavación de mi vida implícita y es el tiempo la siguiente entidad que yo abordo, tropieza conmigo a cada guiño del segundero; para calmarlo primero la mente atempero; me extiendo en  su alfombra, me declaro dormido en sus hechizos, su musicalidad no existe; es el placebo de la modernidad para sentirnos en desarrollo, su caciquismo acaracolado fríe el ímpetu de mis años, mejor obsolescencia no podría haber que ésta verdosa apariencia quimérica y el tiempo me asfixia, su zigzagueante evento de instantes me malluga el inconsolable ser ¡vaya manera de entregarme al inhóspito vacío! Y heme aquí en este tiempo y en este espacio, haciéndome el disimulado, disque tratando de buscar algo, pero en realidad es sólo puro pretexto. Sigo por mi vida fingiendo un poco, pero como un poseído, voy de engaño en engaño y quien cae en el garlito soy yo mismo. Aquí me vez, echando veneno para no aburrirme, heme aquí comiendo arroz, sacándome los largos pelos de la lengua; ando por la existencia creyéndome cabeza de arlequín, como un hermoso comediante andrugiento, voy acomodándome en la mejor de las riquezas y no en el peor de los infortunios, pero todos vamos parejos. ¡Aja! Desde aquí, sin moverme, adivino tu desdicha y eso que andas por allí tongoneándote por las calles, presumiendo de tu mísero objetivo de vida ¡vamos!  Soy la inmóvil atalaya que divisa como va cada uno con su historia haciendo recovecos e infatuados trabajos por el camino ¡Ea! Que no necesitas engañarme, sincérate; declara a tu blasfemado orgullo como un santo que no ha hecho otra cosa que orar en la humildad pastoril ¡Basta! Déjense de languideces, a nadie beneficia el que te conviertas en un cliché viviente.

La ciudad atrapa por la yugular tanto a casas como a calles y yo ya no creo que exista un alma que las haga volver a respirar libremente ¡Oh! Viento ha lo tuyo y suelta tu yodo santificado sobre estas víctimas sumisas, ¿Cómo poder enjuiciar una entidad en donde estamos incluidos? Y allí en el cielo unos tumores; las perennidades de las nubes fofas ya no me atraen, han pasado a ser un ostentoso elemento que no llama la atención, son al igual que la montaña y las planicies de arena, el par de bibelots insignificantes del paisaje.

Entre pomposas eternidades arrancadas del génesis voy arrastrando mi penitencia en soledad acrisolada y recuerdo por momentos como siendo Pandora mi dueña yo era lo que se guardaba, y al momento de salir, perseguía mi juventud por todo el reino de los cielos hasta caer a este planeta de invidentes, era una entidad sin tiempo, por tal razón no necesitaba recuerdos; mi historia, era la historia de mundos posibles ocultada en el vacío, pero. ¡Oh! Sagrada, bendita memoria de chapulín, si acaso he de extrañarte, derribaré de un soplo esa nostalgia.

¡Sí, tengo los brazos cruzados!, Y no tengo la intención de ser otra cosa que esta enorme bestia que soy ahora. Me encanta la dulzura de los literatos, me atacan con risas y poemas, yo, mientras escucho, se me escurre la baba por los labios, ¡cuanta alegría hay en la humildad que heredé! Si no fuera por eso sería una bestia triste, amargada; ¡ah! Los momentos peligrosos, las visiones que he tenido, los soles que me han alimentado, los años que me han galopado. Ha sido un afeite la existencia y los incógnitos senderos, los andamios inéditos han clareado mis pasos, en delgado pétalo de días. Mi doncella palabra se asoma una y otra vez y ausculta mi interior, hace cohibir a mis pequeños elementos; en lontananza, la pirámide de mis desconsuelos pide aires que no llegan, que no conozco, pero el mestizo descalabro de esas edificaciones deletrea una buena parte de mí. Es antiguo, esa sutileza porción es añeja como mi conciencia, cual cántaro receptor de bazares y tesoros.

Desconfío de la vertiente de voluntad que sostiene el cuerpo, de las excitaciones de los políticos, de los órganos democráticos mustios, de la ternura anatómica de los párrocos. Desconfío de mi locura, porque tal vez no lo sea; desconfío de mis ojos, porque se piensan que lo han visto todo; desconfío de mi memoria, porque esta siempre ha sido una voz marchita; desconfío de mi humanidad, porque en veces despierta la bestia indómita e infame; desconfío del inconsciente porque Dios no me agracio con tal cosa; desconfío de mi propia metafísica porque ésta cabalga con mi historia y del mismo modo no se detiene; desconfío de mi imaginación porque cuando menos quiero, tuerce hacia la lógica más cotidiana; desconfío de mis conocimientos porque el tiempo los desmorona. Desconfío de lo que he escrito y de mis obras, porque traicionan, se vuelven contra uno, o bien se convierten en unas independientes y mal agradecidas. Desconfío de mi nombre, porque tarde o temprano me dará una estocada, sobre los hombros o en el vientre. Desconfío de mi humildad porque tal vez sea soberbia disfrazada a conveniencia. 

¡Me aparto de mis años y rejuvenezco a conveniencia! Soy un adolescente que busca por las calles a una quinceañera como amante, ¡Tú!, sí, ¡Aja! Vayamos a un hotel y desnudémonos; corramos a la cama y allí copulemos como conejos en cuarentena, ¡qué delicia de piel! Exploro con la lengua cada sobresalto, degusto la mezcla de las sales minerales, y los mellizos tropezones que me saludan, son confundidos con chupones memoriales de mi lactancia. Recorro el sendero universal, siento el incognoscible hoyo negro que me aspira, sus fuerzas de absorción son tan potentes que desfallezco al succionar mi genética. Como un beodo, ronco como motocicleta de dos levas.

La burbuja de mis adversidades se muda a la época, somos uno en la eventualidad, como sal y vidrio hacemos la envoltura de nuestra existencia; La desventura es la compatriota más amable, descuenta su rosario sobre este yo que es su oración diluida. Una vez más afirmo que soy balneario de ella.  Incontinente resbala su metrópolis sobre mi psiquis, en tanto que la arquitectura personal visualiza el mimo del flagelo.

Los años muestran su ronquido en la navegación antigua, su baraja de días explora la batalla cansada, su desmayado bostezo de diferencias hace desplegar una modorra quijotezca. Lo percibo porque estoy dentro de ese ghetto en forma de gaviota, con el pico hacia el suelo, con el airecillo golpeando el abrigo de plumas; un muro imperfecto es el suelo, como ley infranqueable, hierra cada vez que quiere tantearme. ¿Por qué se aletarga el humano cuando ya tiene toda una historia casi regalada? ¿Por qué persigue complicarse la existencia con amnesias históricas? ¡Hagámonos tontos, sí, confundamos todo, sí, hagámonos creer que el aire es el suelo y el suelo el aire! ¡Aja!, Estrellémonos desde lo alto del cielo como mierda de pajarraco, tal vez esa intención nos aclare que son necesarias las diferencias y los misterios y que ese “no pasarán” es un imperativo infranqueable. ¡En el momento más alejado de la historia del hombre existirán aún las desemejanzas entre el amo y el esclavo! Pero, ¿será tan sutil que no la percibamos? Como no percibimos hoy como la mercadotecnia y publicidad hacen maravillas con los medios y tienen en ascuas a las masas.  Hablo como un “rojo”, como un hombre de la extrema izquierda, es la mirada que sólo quiere aclarar mi pensamiento. Este pensamiento no se dirige a ningún lado, sólo está como tosiendo su asma, contrayendo instintivamente las bolsas de aire, es como un resoplido insignificante que hace un puerco sobre el comedero y su excremento, o como el último mugido del toro de lidia que acaba de ser traspasado por la espada del torero; también podría considerar que es como el pensamiento que se dirige a sí mismo antes de dar por terminada su función, porque acaba de ser urbanizada por el no-pensar, por el bisbiseo de los sombies sin voluntad, aquellos que no saben a donde van, pero eso sí, van bien contentos, a estrellarse desde el cielo hasta el suelo.

Más de uno ha de pensar que soy un gachupín, que soy un ocioso y que por eso me dedico a las letras. Nada más alejado de la realidad, no soy ningún acomodado, no voy a los cafetines ni tengo amigos de la alta alcurnia porque no tengo dinero, vivo al día, es decir, cuando nos vamos a la cama, por la noche, no sabemos si al día siguiente comeremos algo. Es la incertidumbre de desconocer si el día de mañana tendremos algo en el estómago, si tendremos la esperanza de echarnos algo a la boca; la austeridad de nuestra existencia viene acompañada de la alegría y la mente despierta, lista para tomar la oportunidad de ganar algún dinero para la comida. La humildad se ambienta en mis espacios, en las habitaciones de la casa, la sencillez de los muros hace pedir demasiado poco a la vida: un techo y una pena de comida para poder seguir viviendo. ¡Ha! Si viera Dios que un poeta pobre es de lo más triste. La creatividad tiene que ver con la ociosidad, y esta ociosidad que llevo a cuestas desde hace unos años es impuesta, el desempleo en el que estoy acorralado me impulsa a manejar metáforas y poemas, cuentos y ensayos que no tienen flujo hacia ningún lado, son como peldaños que conducen a ningún sitio, es más o menos como una travesía subterránea que tiene vertiente hacia la nada o bien la caverna oculta que nadie ha visto y que allí estoy yo metido.

La furia de mis pasos deletrea tu nube de bostezos por la próxima fiesta de fraternidad. El oro que dilapidarán en el jolgorio acarreará jaquecas y enfermedades y mientras la campana  retumbará en las nubes, estará cuarteada por lo que el niño andará suelto meándose por todos lados. Consideré que la temporada de inclemencias nos haría más fuertes, por lo que dejé suelta a la imaginación para que describiera los horrores nunca soñados, los terrores jamás sentidos.

De un momento a otro voy a salir a la calle a tumbar dientes. ¡Estoy feroz! Iniciaré por sembrar cohetones y levadura de fuego en azoteas, en las esquinas estaré esperando para que pase el primer ingenuo y sacarle el aire de los pulmones. Sí, no es necesario que me entiendan, no se agobien, yo no lo hago; mi intermitente descalabro de locura acaba de centellear, ha sido un obús que ha transformado a este su psicópata preferido en un dulce del diablo, mi embestidura había estado bien protegida en cuerpo de limítrofe; y ahora, como bola radioactiva o pez globo, hace su hinchazón para provocar una fuga: la suya o la del otro. La gripe de locura es un bello delirio que una y otra vez hermosamente me ataca. La cocción de esa jalea real viene desde la carne y el poeta-carne se apresura a dejar de ser: de aliento divino a entidad golpeadora.

Tarde, sabor fresa, se inclina para abrocharse los zapatos. Su diamantino despertar me obliga a sonreírle con mis cuatro dientes de a tostón. ¡Mira arriba Tarde, que te han caído algunas nubes en el estómago! Deja esos zapatos y observa el horizonte, tal vez alguna aventura se ha de acercar por la noche; da de patadas de mula a esos algodones si no quieres que te arruinen tu solariego desdoblamiento. Por mí no te preocupes, puedes caer sobre mí, como plancha de luchador, al fin y al cabo, quiero cincelar una vez más el perfil de esbelto trashumante. ¿Tiene alguien alguna idea de como poder ayudarle a amarrarle los zapatos?

He iniciado desde hace algunos años, el relato de mis enloquecimientos y mis desavenencias; siempre que tengo la oportunidad de congratularme en esos vahídos me atraganto de ellos, por lo regular salgo airoso, como si con ello me ubicara en un limbo de pertenencias e impertinencias y en él decantar todo estado confuso, el elemento flaco o cojo que se ha posesionado de mí en cierto momento. Para entonces perece el ímpetu, pero continúa ensanchándose en ese hueco, la voluntad. Es una situación de decantación o más bien destilación procesada muy dentro del pensar, del lenguaje; la apilación de imágenes y lenguaje se vuelven confusos y llega el momento en que en ese desván de la conciencia no cabe un trebejo extra. La creatividad puede resultar afortunada al mezclar como en un cubo los dados y formar, con creación excelsa; la producción singular.

A sido un peregrinar casi perpetuo—por lo menos así lo he intuido— por el mundo de las letras, como una sonoridad rítmica que no se interrumpe, que continua como el tintineo de una moneda que jamás termina de dar abajo, en veces es esto, en veces aquello, y no hay modo de decir que ya está todo consumado, que hemos completado el círculo y ahora estamos en la acera opuesta. Las letras como ámbito de conocimiento son interminable, sólo divagamos la mirada sobre algunas cosas, las que nos llegan, las que son clásicas o las que son de nuestro gusto, por lo demás es un pequeño monstruo magnifico de incontables cabezas. Mi incumbencia no es propiamente con los autores sino con su lenguaje y sus ideas, la principal atracción es esa herramienta primordial del literato que es el lenguaje, el modo de manejarla y apreciar esa artesanía; las ideas que pueden ser imágenes o conceptos impregnan la expresión, hacen y modelan; ornamentan la oración y la hacen concebible. ¿Acaso tiene importancia quien la concibió y en que tiempo ha ocurrido eso? Las fechas son impertinentes, alteran negativamente, distraen, llaman la atención y apartan de lo verdaderamente importante. El tiempo, como un elemento visual-lineal ha quedado en desuso, desde el mismo momento en que inició el resquebrajamiento de la modernidad o la crítica a ella. Me parece que, a lugar a esto, podría iniciarse un tamiz de las ideas y del lenguaje que daría cabida no al descubrimiento de nuevos autores sino la selección sin tiempo y sin nombre de las letras. Esta idea ya ha sido extendida, se ha dicho que la humanidad escribe un sólo libro, la obra es una, pero no es el enciclopedismo: la idea de la conjunción de las ciencias tuvo una función de orden, de estructura; muy al contrario lo que se pretendiera sería la selección humana de sus obras de oro. Aquellas sin tacha, sin mácula de error. Pero asoma de inmediato los cuestionamientos: ¿Bajo que parámetros juzgamos que una obra puede considerarse como elemento de una selección humana y que esa obra es insubstituible?  A alguno le escuche decir que, si tuviéramos en nuestras manos la eternidad y conociendo el abecedario podríamos escribir el Quijote o Hamlet, yo pienso que algún dios que tuviera tal cualidad no escribiría ninguna de las dos, ni haría alguna cosa, su razón de ser, está completo, no hay cosa externa que lo haga complementarse, por tal razón concebir un Quijote o un Hamlet es insustancial.

En algún lado había escuchado sobre la deconstrucción del discurso, y yo podría referirme al inicio de la deconstrucción del discurso literario, como el modo de hacer el repaso y la limpieza de la obra. Todo el mundo sabe —o por lo menos lo saben aquellos profesionales dedicados a ello—que el lenguaje cambia, está en movimiento, se transforma en el hombre y con el hombre, es la herramienta maleable; pero la obra se queda, no se transforma, queda congelada en su autor y en su tiempo, dos elementos ahora enemigos de la movilidad; aquello que queda paralizado muere, sea el tiempo un pequeño momento o un período más extenso. Lo que tendría movilidad, —y eso sería mientras está más cerca del momento— sería la obra fresca, la contemporánea, pero mientras más coetánea menos tiene las posibilidades de trascendencia, se esclerotiza en el nombre y en el tiempo y aún más en la época en que la mercadotecnia se corona hegemónica.

Me dirigía a la biblioteca totalmente distraído, levanté la mirada al parque y me encontré con que noviembre estaba en los jardines, en las patinetas de los chamacos y en el incienso de los muertos. Se había revolcado ante mí una realidad muy ensimismada y rala, su vaporización se condensó e hizo una presentación notable de una realidad que no entiendo y que mucho menos me interesa.  

Aún soy de los que come quelites en las temporadas en que llueve mucho, sí, la entidad compleja que se alimenta de frijoles, de quelites, de tortillas y nopales. Me pongo como gallo en tal degustación, me ufano de tales alimentos transitorios. Yo que me alimento intelectivamente de esencias, devoro tamales con queso y epazote, de leche y chocolate con mucha leche. Mi identidad se cuece ante tales dicotomías. La disparidad corporal con el logos. La direccionalidad radical de estos elementos acaece como barro moldeado, produce cosas viscerales y al mismo tiempo cognitivas. Me he sumergido tanto en la intemporalidad de Parménides como en la temporalidad del mole y las garnachas suculentas, así como en las anatomías afrodisíacas de las habas cocidas.

Me consuelo entre los vericuetos afrodisíacos de la vida, ¡Vaya hermosa ambientación de mi existencia! Vivo en una untuosidad exótica, propia de zares, y voy y me retraigo a complacencia, me entrego a mis quehaceres y a mis deseos, hago que la sangre se inyecte de oxigeno. Vivo el encanto que posee un bachiller enamorado. La felicidad, me hace el amor, me coge. ¡Me creerán que pido más! Pero mira tristeza que en este momento te veo decepcionada, estas como taradita, si supieras… Bendita franqueza de bardo norteño, laconismo de los pensamientos con las sensaciones: suma señorial de la vivencia.

Hemos de tener la esperanza en que las nubes no permitirán caer sobre esta ciudad histórica, las gotas de lodo ácido y azufroso que ha prometido el dios Vulcano. Desde que me intercalé furtivamente en esta tribu tlaxcalteca, comencé a barnizar en el transcurso de los años, un enternecimiento por las representaciones con las que convivo, por los escenarios en donde me aparezco, por los caminos y urbanismos en donde se recrea mi existencia. ¿Qué sería de un hombre que desprecia el terruño, que lo maldice, que prefiere olvidar su ambientación, el contexto donde se desenvuelve? Afortunadamente  el hombre toma cariño del lugar donde ha crecido, su historia se teje con la historia  vecinal, con la historia de la entidad, con su ciudad; la ciudad tiene tiempos, eventos, y personajes que hacen las acciones; una ciudad se forma con población y con otro tipo de estructuras, no es posible pensar a una ciudad fantasma porque deja de ser ciudad y pasa a ser ruina o cultura extinguida, es así, que el entretejimiento se da yuxtapuesto, se ensambla de manera conveniente entre población y entorno y del mismo modo con el tiempo.

La humildad es una tía a la que acudo cuando yo mismo me levanto del suelo más de lo conveniente. Siempre que voy demasiado rápido, en el ensalzamiento de mi ego surge un arrastre de esa humildad a veces indeseable, pero por el bien del espíritu, es mejor concurrir a ella; no sea que esa fatuidad nos haga resbalar hacia el efervescente egoísmo. La vanidad hace trastabillar a un buen aprendiz de literato y suele convertirlo en un fanfarrón sin luces futuras y sin una historia realmente apreciable. Hay una distancia entre el hombre que es bueno en algo, y que no se ufana en ello y el que presume de algo y levanta el cuello por encima de los demás; el primero por lo regular llega a ser un hombre sabio, de sabiduría plena, aquel que llega a comprender la esencia del hombre, es decir, de la humanidad, el otro sigue dilapidando su historia en sus propias nimiedades que son su propio yo interior, para ser y sentirse satisfecho, necesita del otro, para que lo reconozca y así sentirse completo; es decir, depende del reconocimiento del otro para ser, para sentirse más que el otro, pero existe un pequeño problema, en este caso, sólo falta que este individuo cometa un error, un solo error para que la muleta que es el otro le quite su apoyo y este termine en el suelo. Cuando se acude a una tía como la humildad, el otro está dado como una compaginación y entre los dos se sostienen en la existencia, viven intercalados, reconociéndose como necesarios, es un respeto del otro individuo por su valía y no porque pueda algún día servir o utilizarse de algún modo.

El grupo de poetas jóvenes estaba decidido en abrir puertas, pero el cacique de la poesía, llamado “Siglo Pasado” se empeñaba en continuar con su inmovilidad.  Hay que hacer huir del camino de la poesía toda pose mediana, tomar revancha de ese lapso de laberintos con virtudes de compasión y sentimientos débiles, ¡Oda a la burla y a la astucia! Mi idea era dejar entrar en las letras nuestras mayores y mejores mentiras, —La poesía ante todo es engaño y eso desde Homero hasta nuestros días. — dejar que se coronara la astucia como elemento literario faltante, que simplemente el escritor fuera un poseído por lo imaginario, un cínico, el necesario insolente del mundo que hace mover no solo conciencias sino esencias. El escritor como una entidad “punta de lanza” contra nuestros fantasmas, como aquel que es el primero en enfrentarse a nuestros miedos internos, los que diariamente cuestionan nuestro ser en el mundo, o la realidad inmadura casi ingenua que nos representamos.  A los poetas hay que mandarlos a las montañas, allí sí que hay material para incendiarse e incendiar el espíritu, ellos están predestinados a ese laberinto; para ellos será un galimatías, pero para el que los escucha será un sendero amarillo con paisajes arrebolados de metáforas broncas e indóciles recientemente domadas y sometidas, eso será encontrarse con zonas de garambullos rosas, valles chipotudos y costrosos, campiñas estresadas durante el plenilunio. Pero… yo no sé nada, lo único que he sabido hacer es acomodar palabras de tal modo que formen ideas muy bien recamadas. Sí, vale la pena sacrificarse por una metáfora huidiza.

¡Malditos hijos de la soberbia! Estando ustedes frente a mí, veo que crecen en su adentro, aquellos sus gusanos: kilos de larvas que los acabarán y los pondrán decadentes. Solo sirvieron como carne hedionda para hacer engordar lombrices, desde antes de nacer sabían que su historia nunca fue, turistas abúlicos por la vida, jumentos eucarísticamente dignificados en su pocilga, enclenques timoratos que tipludamente corean su incompetencia, esclavos de los liliputienses, mojigatos de linaje emponzoñado… ¡Solicito el servicio de la maldición a las potencias temibles e infernales: Hades, Hécate, Perséfone!, yo los conjuro  extendiendo las palmas de mis manos hacia abajo y golpeando la tierra. Aparécete ante mi San Policarpo, yo te reto a desobedecer ordenes divinas y realiza el mal en esta tierra de canallas y pusilánimes, devóralos con el fuego eterno y convierte en sal sus cerebros de mosquito. —Si no me haces la gracia chicotearé tu efigie— Pero…  ¡Vaya credo que me obliga a tener indulgencia hasta con mis propios enemigos!

Llegó la hora en que yo debo cruzar el infierno. Bajo las escaleras. Giro hacia la izquierda. Se rezaga mi sombra y la espero. ¡No me gustaría andar por esos sitios solo! Abro la puerta del zaguán y allí están esos dos perros cancerberos, uno se me lanza y me atasca una tarascada, brota algo de la pierna, un poco más abajo, me doy cuenta que es mi virginidad, ésta huye por la planta de los pies, se escapa dando temblorosos sobresaltos ¡vieja cobarde!  Pero que gloriosa iluminación la de estos aposentos propios de reyes. Y mira esas bibliotecas completas con libros únicos y anatemisados por las distintas religiones y el conocimiento despreciado encubado en los edificios anexos, y el saber guardado en la memoria de esas máquinas fascinantes. Y allí están en ese hotel todos aquellos autores librescos que formaron mi experiencia literaria, nombres como: Marx, Kant, Goethe, Baudelaire, Freud, Paúl Valery, Nietzsche, Hegel, Kafka, Mallarmé, Tristán, Joice, Benjamín, Beckett, Allan Poe, Víctor Hugo, Rimbaud, Habermas, Vicente Huidobro; Lautreamont, Hölderling, Verlaine, Apollinaire, Baudelaire Shakespeare, por decir solo nombres. Bueno, estaba muy bien allá, pero yo aquí me quedo, este infierno se ha convertido desde hoy en mi paraíso.

Mi discurso me produce un miedo enorme, es algo que yo como autor no puedo controlar, discurso que se aparta de mí, una entidad insumisa que no puedo someter, que se va, me asalta, descontrola mis gustos e intereses, yo que soy un cobarde me atemoriza la idea de tener algún día que poner la cara por ella o bien salir en su defensa. A veces yo no me considero una persona que pueda crear una hermosa frase, pero ya que la tengo armada, ya que la he leído en voz alta, que la he corregido cuatro o cinco veces, que he sopesado su sonoridad, su sintaxis y la idea bien expresada, salgo con que: esa frase la habrá hecho otro no sé quien, porque está demasiado bien echa. Entonces dudo de mis capacidades, me freno, y le enjareto el logro al vecino o a los dados que ha lanzado algún nomo. Y así sigo frase tras frase, obra tras obra, tan inseguro como los pronósticos del tiempo. Significa que mi proceso creativo dudo que sea mío, y así me quedo, ese es uno de los fantasmas que heredé de cuando jovencito. En aquél entonces, todo proceso creativo es una tontería, son locuras, son babosadas; son mentiras, son inventos (de un modo despectivo), ¿sobreponerse? Mi ego también es muy grande, y a diario lo alimento con jalea real. ¿Alguien quiere un poco de esa medicina?

Las cosas que hice las hice a pesar de que sabía las limitaciones y tal vez las intrascendencias. Una y otra vez luchando con mi pasado, sobreponiéndome ante mí mismo, convenciéndome ocultamente de que las cosas que hago sirven para algo, y hacer caso omiso de los chismes que sisean sobre mi ocio, mi desempleo, mi soltería; en cierto momento pensé que lo importante es lo que queda escrito lo demás es pura basura. Pero también es importante la vida, las cosas que se escapan, lo inatrapable, los momentos que ocurren una sola vez, y en ocasiones esos eventos, difíciles de expresar en letras, los quiere cada quien, para uno, queremos no compartirlas con nadie, se convierten en pequeños tesoros o joyas de las cuales queremos gozar interiormente, enorgullecernos de ellas, sentirnos plenos ante tales experiencias, satisfechos de la vida, contentos de haber vivido. En ocasiones, me perseguía una sombra y más que sombra era una imagen. Cuando niño veía al afilador de cuchillos, era un hombre que cuando trabajaba sobre su máquina no iba a ningún lado, pero sí sacaba muchas chispas. Cuando veía a ese hombre me veía a mí mismo, era mi imagen, era yo pedalendo salvajemente, viendo un horizonte que permanecía estático y el paisaje el mismo; y caía el sudor de la frente, sudando como poseído; y las chispas desperdigándose, como un fabricante de chispas, o hacedor de ilusiones. Me imaginaba ser un hombre cuyo oficio era no moverse, no emigrar, permanecer ante el mismo panorama, pero las chispas que pensaba eran internas, intrínsecamente destellantes; perfeccionando el filo de un cuchillo me veía entregado a un trabajo arduo y por inamovible poco agradecido.

 

PEREGRINO EN LA AZOTEA V

E

xplotaba un fragor en el cielo, los tremores eran incendiados por la arribada de material volcánico. El eruptivo sitio se acomodaba muy bien al pensamiento que había fabricado durante las dos últimas décadas del siglo. La memoria se había consumido, esa bodega ya estaba llena, fui a conseguir, pero la realización del huracán estaba en su apogeo; tomé la decisión de liberar a la memoria y sólo quedarme con la historia de mis antepasados. Yo sé que el cielo de los mahometanos no es para mí, tampoco su infierno. Me complazco tal águila imperial en los cielos de nadie. Soy un nacer nuevo con cientos de noches y días esperándome. Que comiencen los dioses a combatir, ya no me importa morir para que surja mi vida. El amanecer me acaricia con su bandera hondeando, yo le sonrío y me cobijo en ella. Como un cometa voy desplazándome por esta vida llena de aburrimiento. Hay que ir al encuentro de la muerte si es necesario, con toda nuestra aura indomable. Me encamino hacia una quietud que ya ansío tener, a eso mi espalda se pone jubilosa. Se moldea una esperanza, y luego otra, y así poco a poco vamos formando un futuro con historia galopante.

Sólo yo sobre mis ideas, por eso cada vez estoy tentado a contradecirme, eso es algo superior. La rotación cultivada de mi espíritu se vaciaba mineralmente en la evasión. Cada vez maquillo mi imagen y oculto mi verdadero ser. Eso he aprendido. Voy transparente, casi incoloro, ando ungido por la pulcritud que me rodea, coqueteo con la holgazanería, sus ampolletas hacen que pueda alcanzar al hombre de la mirada furiosa, después de todo, soy una ventana para que pasen las nubes. No tengo otra función más que ser el cartero de los mundos imaginarios que existen desde siempre, ¡Esos celajes vaporosos! Con una llave no sé de que evito mi torrente, cuando comienza esa gran descarga amilano el paso, freno el ímpetu, aprieto los puños y me los muerdo, la era no se merece tanto aspaviento, ya hay suficientes locos andorreando la vida. Mi genética atiborrada danza un vals y me aconseja cada vez que busco un verbo.

Mi voz apelmazada por el rugido de las fiestas de diciembre, me dejo conducir, este año me traerán los reyes magos un traje del hombre araña; Entonces sí nadie podrá contra mí. Ya cambiaron la suela de sus zapatos, ahora ellos son los gobernadores de la dirección otro es quien pone a pies los distintos senderos y sigo sus rumbos con bombos y platillos. Sigo indócil con una terquedad santificada, mi deportiva meta se atiene a mis deseos mientras sudo la camiseta. Mis hermanos cuelgan a los hombros costales de carbón mientras que yo ando como pípila cargando un currículo que quiero desaparecer porque me hostiga el incienso y la locura me seduce y Don Goyo tan joven como siempre, fuma entre nosotros la pipa de la paz.

Otros siguen fingiendo y no se desenmascaran porque les estorba o bien la moral o su nombre, así como su constitución de humanos; dejar atrás la vieja piel da un poco de añoranza, pero una vez que se ha meditado no hay vuelta atrás, entonces puedo pensar que piso el siglo con esa luz nueva que es el reorden simbólico, ese que cada quien tiene pendiente en su cabeza, ¡Sí, allí están, esos elementos ahora insostenibles, los ordenes de control que  pueden brincarse, la nueva barbarie en la que nos vemos sumidos, la autorrepresión reconfortante! ¿Ya observaron el mundo yuxtapuesto de gigantes y liliputienses? Entre ambos hay un abismo abrumador, como boyeur atisbo la excreción genética, los seres anómalos, la nueva discriminación futura. Hay una vieja fachada que está cayéndose, afortunadamente sabemos como construir otra, son los mismos materiales, pero trabajados de manera distinta y son las virtudes olvidadas, el sacrificio humano, la moral humanista, la sexualidad flexible.

Me veo afectado por una desgana que recorre todo mi espíritu, como un escalofrío de principio de resfriado, es como el momento de no querer entender nada, de dejar que todo nos circule y nos compenetre sin hacer ninguna resistencia. La comisión que regula mi desgana se asemeja a un colmenar nihilista que quiere edificar sin voluntad, o como esperar que aquello que quiere ocurrir, haga lo que sea, es algo sencillo de explicar, simplemente dejando las manos quietas para que no hagan nada, y atenerse a la simple expectación del fenómeno, a la apreciación del actuar de lo otro y sin tomar partido más que como testigo, pero sin ninguna exigencia o atadura; a mí realmente que me importa eso, me tiene sin cuidado, y si todo eso es nada, pues que siga siendo, no me interesa que sea mejor, que se chingue. Hay que hacer más basura, a contaminar todo, hacer que se pudra más rápido, tal vez así contribuyamos un poco más para que próximamente nazcan cosas mejores o también peores y aún así cambiantes. Hablo y digo las cosas porque para mí se acabaron las oportunidades, ya no las tengo, por eso sostengo mi berrinche, por tal razón lanzo un tronado grito al cielo, ya que mi escándalo no pasará más allá de mis narices, me siento seguro de estos pataleos porque a nadie tengo que pedirle disculpas, ¡Y váyanse al diablo todos los mexicanos!

Que apreciado smog este con el que palabreo mis arrogancias, con qué delicadeza escucha mis tronados discursos, con que desvelo y humildad tiende su oreja al suelo. Me veo como el político pródigo que no tardará en enriquecerse de la noche a la mañana, como el sofista que lanza la toalla frente a Sócrates, como el último de los mohicanos a punto de que un capitalismo encapuchado me despelleje la cabellera y así ésta, mi parafernalia, me envolverá como una hoja de tamal.

Qué más da decir mentiras, luego es mejor no hacerse responsable de las cosas que dice uno. La humanidad como única responsable de nuestros pensamientos, negar que haya sido de humano alguno, el pensamiento que tengo. El filósofo renuncia a sus ideas, se cobija en la ignominia, se maquilla de hipocresía, es el personaje que estaría orgulloso de ser completamente inconsciente, habido de desvanecerse en el tiempo contemporáneo, en el neobarroquismo untoso; Pues bien, he de comentar el largo listado de mis flaquezas, hubo un tiempo que trate de habituarme  a ese complicado ocultamiento, pero después de ejercitar mi desgana, mi dejadez, mi lúcida simplicidad, ya se desquebrajó el caparazón de mi falsa fortaleza y dejo chorrear por litros mis fragilidades. Lanzo al viento el múltiple ropaje que estaba obligado a usar, ese que estaba casi vulcanizado en la piel, aquel que por mis dudas e inseguridades me negaba a desplazar hacia algún tiradero, pero como se desvaneció el futuro que tenía guardado en la cara anterior de la solapa, pues ahora tendrán que soportar mis engreimientos, mis ojos olivados y mi pobre inteligencia. Es el momento de sincerarse para así ser un poco más farsante. Entonces llanamente he de comentar que soy poeta, aunque los frijoles y la pobreza que me acompaña me lo niegan, no me desvelo porque soy incapaz de dejar perderme esos hermosos sueños que tengo y que disfruto tanto; soy karateca aunque no comulgue con partirle sin más el hocico a mi contrincante, lanzo blasfemias en la oquedad y luego como el mejor santurrón de la parroquia, rezo el credo fuerte para que todos oigan. Sostengo afirmaciones, se toman por buenas, y luego me paso al otro extremo de la dialéctica para seguir en el enredo y así de ese modo festejar a solas baile y baile, risa y risa con las luces apagadas. Dejar que las cosas y las personas se acomoden a mis intereses y a mi ojo avizor, soy el boyeur que se alimenta de los errores de los demás, así como de las estupideces que hacemos todos en comunión; y ahora no hago otra cosa que rescribir la misma historia del igual espíritu insumiso, esos que tanto han coreado los años, no los que tengo, esos no importan, sino los del vecino demiurgo. Es el momento de afirmarme como una barcaza en un mar que es mi historia vivida, la historia que me cuento a mí mismo para seguir siendo algo armado: a puros pesares, a contragolpes e infortunios. La espalda se retuerce en los fuetazos que me da la existencia, así como los que me acomodo yo mismo en deseadas flagelaciones, esos que son fantasmas que me persiguen, me atormentan y traigo pegados como sanguijuelas, así de ese modo me acomodo a existir aclimatándome a este tiempo, en el sitio en el que he venido a caer, a curarme de la caída; veo como mi espiritualidad se detiene y no avanza, correteo las cosas que son del César porque no me queda de otra si es que quiero que las raíces sigan existiendo. En el tórrido amoldamiento a la mexicana, ya no me reconozco, soy una entidad que se ha perdido, he sido una identidad defecada por una democracia mezquina, que no me convence, que me globaliza a puñetazos, pero, ¿Cuándo estrenaremos distintos sustentáculos postizos? ¿Hasta cuando habremos de convencernos de que no los necesitamos? Me asomo a la noche y esa negrura me hace una caricia, comparte mis vacilaciones.

Siguen pareciéndome hermosos los pellejos que cuelgan del cielo, sigo apreciando la quietud con la que duerme la ciudad de mucha historia y pocos mitos, que siga así al fin y al cabo su ogaño no tiene cabida en la globalización, o sea que desapareció en el siglo XXI y si algo queda… La globalización es una mina que desenmascara sin complacencia, ya digerida da hipo. Cuando comprendí que el espejo que observaba era la historia y nos reflejaba, los pies se aplomaban confiadamente en el futuro. En mí la hibridez de historia y mitos: cual chascarrillo que pronto no tardará en apearse; sólo ir a emparentar algunos conceptos, desmadejar algunas imágenes y despreciar algunos inflamientos, con eso y ya estará perdido en las masas, buscando soledades, hurgando para encontrarse en el eco contaminado, en el estilo que da vida, hace perder, cobija y arrastra, biodegrada extendiéndonos.

El cielo como que quiere caerse en pedazos, tal vez se asoma por el sonido su verdadera liviandad, suena como las hojas de lata chocando entre sí, al final de cuentas corroboré aquello que decía tanta gente, y sí, en verdad en el cielo revolotean los ángeles.  Y aquí estoy como todo un olímpico moribundo, congestionado de incomunicación y rascándome los sobacos para que mi coquetería no se aburra, me encuentro aquí, reinventando un modo de muerte y haciendo proyectos para el día de mañana, acomodo la cobija, un murmullo apagado se llevan por el pasillo el par de doctores de guardia, la abulia continúa fumándome, esos bueyes de blanco se gastaron mis ahorros; por un lado ya me cansé de luchar, pero por el otro me digo “más allá” a ver la puerta de Breandenburgo, el muro de Berlín, a la Basílica de San Pedro, el muro de las Lamentaciones, el puente de Brooklin la plaza de armas de Guadalajara; a ver las pinturas rupestres de los aborígenes Australianos, así como el palacio del Maharajá en Mysore. Sí, más allá de este guheto de enfermos y desahuciados, más allá de estos sueños incumplidos. Un lunar en la pierna crece, el otro está en la nalga, me confieso perdido. Ya terminé por lamer todo el calendario y mi desacralización se llevó a cabo desde la lengua.

La mañana ha amanecido muy poética: el rocío terminará por evaporarse, los chiflidos del lechero despertarán a los perros, las abejas soñolientas han comenzado a circular frente a mi ventana, justo a saquear el néctar del árbol de enfrente; las cortinas de los comercios iniciarán con sus ruidazos justo a las 8:30, las ambulancias empezarán a traer al hospital heridos y accidentados en horas inesperadas, los coches desde temprana hora arrancaron por vomitar niños frente a la escuela y así como los escupen, se marchan. Cada vez la ciudad vocaliza sonorizaciones intangibles e ininteligibles, aguardo pensativo a que lleguen cosas interesantes, cosas que pueda yo decodificar. Es la ciudad borracha de sol, gótica y moldeada de ruidos, desentrenada, convicta de albores cotidianos, va bebiendo cotidianidades como si saboreara un refresco. La noche se engulle algún lamento que pudiera pronunciar: los quejidos, el murmullo callado, el aura gutural del leve suspiro. Ando amedrentado por esa negrura aborigen, como nieve que hace murmullos en las calles de Cuahutémoc; todo ello me llega a mí como una golosina acidulada con envoltura ruidosa. Después avivarán los motores. Como un chicle a despertar bien masticado de sueños, como campeón del escapismo me he bronceado en el África meridional. No hubo corbata para el distrito al que me he dirigido, Satanás estuvo acompañándome.

A la mañana volveré a caminar al trabajo, de nuevo con el estómago vacío y mis ideas llenas de sueños parcialmente dormidos; esa tregua me dará de comer, las urracas seguirán con su graznido en la misma dirección. Al anochecer andaré con la espalda partida, con dolores como agujas punzantes, algo despeinado y sudoroso aparte del espíritu fragmentado en trozos como rompecabezas, como tijereteado con herramientas de pollero, pero a pesar de todo ello, seguiré teniendo una sonrisa plena, como si Dios estuviera asomándose a mi paso, como si Él estuviera más convencido que yo de las cosas que hago; o sea, de las locuras que me corretean. Dejé mi pasado totalmente manchado, costroso de candideces, ahora yo reclamo mis adversidades por los tumbos que he dado por la vida, el pasado de cada uno no debe ser como las partes nobles de las cuales no se deben de tocar, hay que sacarlas a la ventana para que sedimenten su sonar. Ya me acobardé a seguir escribiendo letras, mejor voy a contar números. Y así ovillado, contando cifras y parcialmente lagañoso, con las rodillas tronándome de tan viejas y desnutridas, continúo mi sonambulismo en los brazos de la resistencia. Yo sí tengo pelos en la lengua, y cada vez me crecen más, se me escurren como cascada por fuera de los dientes, lo menos que puedo hacer es ser hipócrita. Desde que la prudencia se me apasiona humosa, yo rejuvenezco como secreción húmeda de colegiala. Tardíamente me he convencido de esta yuxtaposición actual de mi pasado con mi inobjetable futuro. Quiero atragantarme de existencia, pero esta se me da por gotero. Soy un naufrago tlaxcalteca sacando la lengua para degustar la sabia de esa gota tan preciada, esa tan exclusiva que sirve para atarnos a la vida compacta.

El puto estaba emperifollado de alhajas, sus manos eran unos cangrejos brillosos y neobarrocos, como todo un closet de bisutería muy pintoresca y un tanto folklórica, me enamoré de ese bello espécimen, él era un diablo ofreciéndome una manzana, como serpiente de paraíso, una flor para un amante sumiso, mi niña, pequeña camelia, rododendro, jazmín de mi barrio. Él es dragón nocturno que ha comenzado a diseminar su fértil origen.

Llegué justo cuando terminó el camino, entonces empezaron todos a gritar pero como no tenían sentido de crítica poco a poco se acoplaron hasta hacerse un murmullo, como de moscas zumbando. Se miraban unos a otros, pero como nadie tenía ideas, algo así como comenzar a construir un sendero, pues se quedaban como estatuas de chocolate, como esperando a que el sol de la naturaleza, las derritiera e hiciera de ellos algo cambiante. Sé que el primer escalón a la luz está en las tinieblas, ellos no querían dar el primer impulso, les faltaba esa voluntad cíclope que nace de adentro, y ellos contestaban: “mire este tiempo señor, se ha enanizado” los miraba hacia abajo, la perspectiva que tenían me causaba cierta ternura y les contestaba: “Si se puede comenzar así, se puede terminar del mismo modo”. Miré la contigüidad de embrollos en los cuales andaba pellizcando, y luego me lavé  los dientes muy concienzudamente con pasta mentolada, para por lo menos dispersar el amargor de la boca.

Se me apareció algo que desde hacía mucho estaba necesitado y era mi codicia, me la guardé  en una bolsa del pantalón, el bolsillo empezó a inflarse como pez globo, eso movió a herirme con sus espinas en la carne y cada vez penetraban hasta el mismo tuétano a tal grado que luego ya no tenía consuelo ni relajación, introduje la mano y sentí de inmediato la caca, era pegajosa y espesa como vómito de borracho, me apresuré a sacar la mano, pero a como iba sacándola me iban creciendo las uñas como roña de perro. La bolsa había crecido en forma de saco e impedía una movilidad sustantiva como para que mi existencia  fuera enriquecedora. La codicia era algo así como aquello que se te sube y difícilmente te deja, como el color de la piel. La codicia hacía muy bien su trabajo. Sentía las piernas ceñidas, los miembros entumidos, la piel rosada y eso me hacía suponer que había caído en una desgracia; escupí al suelo, luego embarré eso a la tierra con la suela del zapato, sentía que había dejado atrás todo espíritu ecológico; la hipótesis era que como ya no había ninguna  relación sentimental con los objetos, esa tal sensibilidad se había perdido, pues ahora solo era el tiempo de maniobrar el interés que va siempre hacia el egoísmo de cada uno.

Levanto el botecito para que me socorran con unas monedas, tal vez el próximo año pueda merecer una cena de navidad. La esperanza muere al último. Ya le di de comer a mi futuro, el día que me aguarde será de rayos de sol sobre las hojas de los árboles, o el sol por sobre mis cobijas; en conclusión, abreviando al máximo: costillas rotas en estómago vacío. Cabeza aparcada en el estado de Tlaxcala. Tengo la vanidad distribuida entre las greñas que me quedan y el hombro algo gélido viendo al sur, con ese par de cosas, me doy a la tarea de dudar en donde estoy, dudo de muchas cosas, me atraganto de dudas, me calcino dudando. Me gusta cuando mi cabeza no tiene preguntas, carece de cuestionamientos, me gusta cuando no tengo que cosa preguntar, cuando no tengo interrogaciones, cuando las dudas se han extinguido. Como no tengo preguntas, mejor me duermo. No hay para que llenar esa tipografía donde no hay nada. Tal parece que industrializo la incertidumbre, la reinvento, la multiplico, la exploto para hacer un libro. Soy un vil y un mendigo que pide limosna con su botecito de lata todo mugroso y oliendo a central de abasto.

Ya terminé de armar la estructura de mis sueños, llegó la realidad y no entiendo en lo absoluto, no sé que hacer con ella, no armo nada; además con el estómago roto de hambre no va uno a ningún sitio, lo único que puede hacer uno es cavilar sobre la eternidad de las moscas zumbonas. Los aires de la existencia me resultan tal cual un cucurucho muy divertido y ante la realidad soy chico fácil, ella, me coge que da gusto. ¡Vaya intercambio de fluidos! Sigo adornándome con mi letargo ancestral conocido por todos, algunos bostezos, las manos calientes y dormidas, los ojos soñolientos y el cuerpo hecho un fardo de huesos y carne; Además, tengo la espalda adolorida, los ojos de sueño y no quiero despertar de mi abulia. La esperanza me ataca a dentelladas, la nada con un leve vuelo cimbra en el cielo, puntilloso pongo el cuerpo para que el anhelo hinque los dientes y forme retazos. Las venas reverdecen en el descampado dorso y más allá justo en las uñas la convexidad juega a la resbaladilla. Llegó la hora de que un hombre como yo se acaricie las piernas, con las puntas de los pies sumergidos en las cobijas; he de confesar que dormí con un oso  de peluche entre mis muslos. Salta el oso y saludo a la inmediatez que me persigue como si fueran voces de las masas o de la conciencia crítica. He columbrado algunos espejismos. Hay un gallo y un perico que se hacen beneficiarios del rocío gélido de la mañana, sus cantos hacen nupcias en mis oídos. ¿Ya se fijaron cuanta sustancia se ha chorreado? Y yo aquí dentro de mi pecera, que hermosa existencia ingrávida. Me pongo en buena posición, cómodo como un alfil en descanso y divagan pensamientos como barajas. Subrayé una idea y un atisbo en la testa parietal izquierda, me resultó algo diluido criollo e indiferente, como bibelot de narcotraficante. Sigo con el temblor incesante, las ambigüedades me agandallan. La gravedad me chupa la estatura, se la bebe como vino santificado en plena cuaresma. Parece como si tuviera chile en el cerebro, siento un extraño cosquilleo, como demasiado electrificado, y en ocasiones esa acumulación en el cuerpo causa escalofríos, una palpitación constante, insistente sobre las venas, las corneas se someten a un breve temblor que hace delirar a una visión turbia cargada de centelleos vertiginosos. Mi vértigo se obsesiona en un alcance laborioso, yo lo dejo que se vaya pues sé que su hacer es estéril.

Llegaron los años  en donde la economía empieza a brillar y los hombres a opacarse, ya cayó el rocío a este pueblo, falta que el sol deje desmoronar sus rayos sobre este caserío donde su historia rica no puede hacer que sus hombres actuales se despabilen, tenemos conciencia de la fragilidad de los grandes relatos del mundo, por eso es importante trabajar sobre un reorden simbólico donde la maternidad se ajusta a los parámetros de existencia de la humanidad, es decir, un crecimiento humano responsable, con estrategias que impulsan la vida a lo mejor posible… pero, ¿Puede el ronquido de un japonés provocar un aironzazo en Tlaxcala? Creo que de eso se trata la globalización.

Entre canas e insaciable calvicie atisbo la modernidad que como nieve me hace tiritar. El consumo y la globalización son falsas utopías sin horizonte histórico, prefiero comer frijoles, quelites, entre otros amabilísimos comestibles. Estos son los elementos: el espacio en el que vivo, la temporalidad, la abúlica fantasmagoricidad social en la que convivo, el tianguis global; Por tanto, ahora entiendo: me muevo en la misma dirección que los comerciales. Sólo hace falta formular el imaginario colectivo internacional, conformar ese fruto, parodiar mis carcajadas centrífugas. He de continuar con otra cosa antes de que se me acabe la carcajada que me acabo de provocar.

Voy por estas diurnidades contando mis días, recorriéndolos como calle avecindada de putas, no sé si tú, hermosa de la calle tendrás por allí guardado un poco de aire facial, y luego no sé como, pero salí encontrándome con esa suntuaria niña que me miraba desde la carpeta asfáltica. Voy escaneando mis pasos para que me acuerde de esas imágenes antiguas de olímpicos huecos. Siento la planta de los pies muy paseada, ambas parecen un par de turistas novatos. Mi sombra se cobija en las palabras: son como pedazos de hojalata que quieren armar la covacha. Me incliné para levantar un poco de herencia geográfica, me truenan los tobillos y no encuentro el borde aterciopelado de mis raíces. Los vapores de mayo, como criados indóciles se pasean entre los días nublados. La geografía revolotea maloliente como callejón insano de New York, mi inclinación fue tal que las vértebras dieron lo máximo hasta formar un cucurucho, un cono, como el mapa de México decantando hacia el norte.

El continente que me corona babea una época insulsa, de a tostón, el treinta por ciento de ellos tiene cansada la planta de los pies. Quiero pasarme entero su jugo, dicen que sabe bueno sobre todo por su democracia. ¿Han observado como lo muevo y lo desvisto de una manera de lo más hermenéutica y posmoderna? Acabo por empezar a desabrocharme la dentadura, aquella salomónica mansedumbre la he pisoteado con verdadera complacencia, y el continente timorato hace su mayordomía en el tianguis mundial. Ruge su ingenio, pero yo bajo los brazos en gesto de infraestructura, pues soy apenas un querubín de cachetes inflados. La desparramazón diamantina ha sido una subasta tramposa, se da anómala, iniciadamente rota.

Pasó cerca el zumbido del fantasma, y rápidamente alcancé a decir ¡anda ven a consolar mis sueños! Una mirada tubular me agradecía el despojo que había puesto frente al ente encogido. Entonces me dije: bueno pues, ahora que ya estoy amedrentado tú que eres de alguna manera una forma de policía puedes ahora obrar de mil maneras sobre mí —llegó el fantasma  a decir que él no entendía nada de la política, que él lo único que quería hacer era pasear por la rivera de algún enjuto riachuelo feliz y en día domingo.

Sentado con la pierna cruzada, con el aspecto de un conquistador, con el pensamiento un tanto coqueto como quien quiere apachurrar a alguna muchacha descuidada, me encuentro dentro del sitio de los grandes sabios de la literatura, observando y escuchando sus disertaciones, se aprecia el hambre que tienen que son capaces de comerse al vecino de junto. Ante tal contexto poco a poco se me va agenciando la cultura. Este universo es de puros cintas negras y para que no me vea en desventaja y este juego sea más entuertado, me acomodo en esta silla predilecta y luego los ninguneo, aunque estén en el estrado para que sientan feo. Ellos dicen que no sirvo para nada y he de demostrarles que tienen toda la razón. Poco a poco nos vamos entendiendo.

¡Hea aquí! Me veo masticando los colmillos de los terrícolas y ellos remediados en un hedonismo testarudo, estoy manifiesto en hollarlos hasta que se me escapen las gotas de sudor en plena y descampada frente. Los terrícolas se han posesionado de esas flores mañaneras, creyendo que son los únicos que pueden apropiarse de ellas. Todos han pedido misericordia, su ofuscamiento igual que su historia se ha atrasado porque han sido conquistados demasiado tarde, y porque nadie los ha guerreado verdaderamente. Ahora chiflo para que salgan de las cañadas, para que se dejen ver entre los matorrales, para que salgan a la descampada a mentarme el enigma que traen en sus raíces. Voy a tratar de extraer sus esperanzas falsas. Tengo mi puño cerrado y voy a descargarlo en algún sitio, y que sitio no es más acogedor que ese.

Tengo mis manos roñosas y no tengo otra voz más que ésta, me he compadecido demasiado tarde, y ya eso no sirve de nada, verán que mi palabra tiene pegada la razón por un largo tiempo y no hay modo de desarticularla de manera sencilla, tal vez porque no quiero cometer los fallos del automatismo. Soy vaporoso como las flores de las begonias en plena primavera, ya me creció el mal del pinto, mi tronco ya serpenteó y no lavo la ropa sucia en casa, sino que la presto para que todos la olfateen a complacencia. Lo siento mucho pero ya me voy a trabajar, allí los dejo con estas letras inútiles, no cabe duda de que son unos ociosos hasta el tuétano, voy a hacer creer a mi genoma de que estamos sanos y aliviados; voy también a engañar a mi genética para que se conecte en entramados muy avanzados y complejos y luego a salir corriendo como el mejor de los seductores. Me vendieron un panorama falso, que se percibía tibio y pesado, como sabrán la mantequilla no es mi consistencia; ya me encontré con mi verdad y ésta es totalmente opaca, por eso afirmo el esplendor de la incertidumbre que me campea. Voy por la vida subido en una comedia, ¿Qué paisaje puede haber si voy enconchado conmigo mismo? La temperatura se mide por los cantos del gallo y por la velocidad en la que me voy desnutriendo, o sea que si mi estómago gruñe de hambre es porque ha amanecido, entonces es la hora de salir corriendo a perseguir el otoño. El estómago ya está suficientemente encallecido para soportar el hambre y las penurias. Alguien me castigó para tener el hambre siempre de frente, persiguiéndome como borracho rijoso, ante tal empecinamiento, bajo la guardia y dejo que me tumben los dientes de un certero patadón en la quijada.

Es tiempo de no esperar a nadie, de irme así conmigo mismo, hacia el horizonte que me persigue, a un encontronazo bien templado como una carrera de cachorritos torpes de patas, me he avecindado más voluntarioso porque lo otro no me convence, me aburre. No he medido mis pasos, el aire en la cara revolotea mi cabello, en el cielo hay pedazos de cielo que ni se conocen ni se ajustan. He llegado a determinar cuan cerca estoy de perder mi pedantees, cuando voy por las calles, asomando mi cara de pordiosero. No me acuerdo muy bien, pero por allí he dejado mis pasos, en distintos sitios he marcado mis huellas, he rejuvenecido según como se han ido, mis pies han rozado el pasto recién regado y ha sido una grata frescura. Y aquí, en estas calles andan llevando el ritmo de la prisa, de la celeridad, es la arritmia propia del accidente, andan la mayor parte del tiempo con las neuronas dislocadas. La gente de las calles toca las puertas, busca personas, comercia algo, se entretiene y sin embargo parece que no va a ningún lado. Hay una tormenta de frivolidades en el exterior, se está vitrificando como ventanas barrocas de catedral y todo se va y regresa, con el aironzazo cargado de mensajes. Que hermoso paisaje el de las mil cabezas y centenares de ecos, todos esos aspectos me miran y yo les miento la madre.

La noche se está despellejando en tonos blanquizcos y mañaneros. Observo la goma de maná que se apelotona entre las montañas, ante esa sugerencia me detengo pues ya tengo armada la noche que necesito. El aire se despostilla en los acantilados y queda extraído por espectros de soplos diurnos. Desde la tarde enloqueció la temperatura. Las nubes pasan arrastrando los pies como toalla sanitaria sobre clítoris exhibido. Tengo ganas de algo así como de ocultar mi mente entre los tallos de los crisantemos, dejarla allí como un tenue efluvio que le hace vapor y la alimenta de fresca humedad. Que fácil es mover las manos y no pensar en nadie y no pensar en nada. Cargo elementos que fabrican la incertidumbre. ¡Ya llegó la ansiedad a volar como papalote! De inmediato quiero despegar al sitio donde se asoman las naranjas entre las ramas verdosas. Como artista, me han derrotado los medios masivos de comunicación, aún cuando todavía no intento nada. Me he acompañado de un arte que salva a los vivos de la misericordia de la decadencia. Mi obra es un pequeño bebe que alimento y paseo desde Manchurria hasta el Indostan. Me asomo también a las pestañas que están chillando de emoción, así como también me asomo a ver el perro que se lame la cola y orina las jardineras, es un ser cuya felicidad muchos envidiarían sin contemplación. Ante eso, bebo la tranquilidad que me socorre desde la bella e histórica altiplanicie. Ando buscando desde esta pose de citadino amaestrado algún chamán para que me ayude a superar mi nihilismo; la gente tiene razón al deprimirse y despertar después ya cuando el sol hizo la recogida de oportunidades. Escupo azarosamente en las encrucijadas para optar por una dirección, oigo que me truena un ligamento y que rebota entre las fibras como liga de bongi: soy alcalde del infinito.

Llegó la hora de orinar a los transeúntes, de gruñirles a la cara para intentar ganarme un territorio en esta vecindad mojada, y claro, sería mejor y estaría más cómodo si edifico una empalizada de troncos para poder ladrar desde allí a mi gusto, pero me equivoco y son otros los que hacen gruñidos frente a mi casa, me acomodo para continuar en este circo de maromas  y de teatros. Y sigo aquí en una vida difícil suficientemente hambreada; luego les explicaré concienzudamente porqué gracias a tales reveses necesito de una pila para poder levantarme de la cama. Mi cabalístico consuelo hace un rellano en el horizonte, ya mi espíritu ha aprendido a manejar el requinto de la época. Para los días que vienen tendré un horizonte muy sonriente puesto que el aire de la ciudad sabe que vivo en este mundo, ¡Qué placentero es vivir entre los pliegues sociales! A diario he de hacerme fuerte con mis fracasos. Figúrense que necesito más de un descalabro moral para que me sienta bellamente acomplejado. Pasan mis yagas a todo vapor por el camino sinuoso siguiendo a unos planetas que vinieron entre semana a saludarme, pasaron los topes en invierno y luego siguieron su camino, ellos regresarán el día en que se apagará el sol. ¿Pero hoy en la actualidad, cuando apagaremos la luz e iluminaremos nuestro destino?

Me rodeo de una decoración singular, es la ropa sucia, las cajas donde se guardan las cosas, los trebejos, el espejo pañoso, la mortecina luz que parpadea dentro del ovalado biombo; las sombras chinescas se joroban incómodamente y de manera ingrávida sobre los objetos. ¿Qué más puede encontrarse en noches tan claras como ésta? Después de la tormenta, ya que ha amainado la tarde, continúan algunas gotas tardías que insisten en terminar de hacer su trabajo. Los grillos, las ranas y las gotas más perezosas que caen al final de la llovizna nocturnal me ponen soñoliento. Los truenos van y vienen como si quisieran dar consuelo, y ahora que ha terminado de llover, me dispongo a robarle el bolso a una viejecita, tal motivo hace que las bromas se me caigan de las manos.

Pronto me voy a deshacer de la sapiencia, esa que traigo como musgo, me convence estar más bien un poco descerebrado. Casi me veo ya en el barrio eucarístico con la astucia propia de un bistec, con mi cerebro encapsulado en una corcholata… ¡Pero cuanta sustantividad hay en estas palabras enfangadas suntuosamente! He de orientar mis cabildeos. Hay que andar siempre persiguiendo el equilibrio, ir tras él aunque nos esquive en la próxima interconexión. Y allí voy caminando sobre la crueldad, dirigiéndome a casa, siguiendo el camino amarillo. Voy a recolectar un poco de fruta de la que hay en las carreteras, de esas, de las que cualquiera puede apropiarse, y son palabras, oraciones discontinuas: me salen plumas por la garganta, y un par de zopilotes también. Escribo estas cosas y aún no se me han roto las manos, significa que podré seguir haciéndolo para así poderme quitar la seriedad que alguna vez se me quiso quedar pegada, así, como un panal de palabras con espíritu de equilibrista.  Voy por la vida esperando que las palabras se fumiguen unas a otras, las provoco para que se claven dagas entre sí, nada es más esplendoroso cuando en ese combate ambos salen perdiendo una parte de ellas, y yo me pongo a recolectar esos elementos desperdigados, son emblemas escondidos en lo profundo. He de introducir la mano en la palabra y arrancarle algunos resortes, como sacar las vísceras de un animal recién muerto, observar el vaho que emana y se desperdiga en el espacio, así es como las palabras pueden dar consejos, aparte de degustar sus infinitos; además, la oración más singular  es la que sale a golpes de inocencia, aquella que cuesta tanto por ser y estar en las simientes y en más de una ocasión hay que volver a articular nuestro espíritu infantil o dejar de acobardarnos ante el gentío de la literatura mundial, pero así me llueva lava no me moveré de mi guardia. Algunas ideas llegan cuando tenemos la mente desocupada, cuando se insiste en ser un parásito de la sociedad, hasta el mismo momento en que uno mismo se considera una tiña difícil de sanar Es una guerra conmigo mismo, con las palabras, lucha intestinal de la conciencia: la palabra y sus símbolos, el verbo y sus significaciones, a lo que voy a esta guerra es a perseguir a mis futuros mensajes y a desenvainar mi espada para que ninguna palabra me salga al encuentro. Me chisporrotea en el ojo un cometa verbal que va y viene en una serie de estructuras metafísicas como un caldo de cultivo. Parece como si verdaderamente las palabras tuvieran un lugar a donde ir, pareciera que están seguras de lo que hacen, pero no es así, dudan y trastabillan, traquetean su existencia igualmente penosa como la nuestra

Esta es la poesía poderosa, aquella de la cual todos nos queremos embarrar de algún modo, porque vive pegada a la vida cotidiana, aquella que coexiste de hambre del día de hoy y se desampara de las esperanzas del día de mañana. Con las manos de un matacuás continuo mis desavenencias, pues bien, como les iba yo diciendo, nada más con cargar a la virgen se me cae el suspiro, pero lo he pensado muy pausadamente, considero que algún día dejaré de nombrarme, terminaré con este hipo al que he hecho desbalagar sin ton ni son; Con cuanto confort me sentiría al ya no sentir el peso de tanta letra tarada que he tirado por los caminos. Es como cuando alguien toma un bastón que ante los demás le da un carácter, ese bastón nadie se lo da sino simplemente el bastón crece como matorral en sus manos o como alguien que en un carnaval le toca ser el rey feo simplemente porque estaba en ese sitio cuando arrancó el desfile, lo más difícil es cuando te das cuenta de que ese sitio y cualquier otro es lo mismo, los sitios no tienen la menor importancia. Cuando uno llega a dicha madurez ya no piensa uno en comerse al mundo.

Ando en esto, construyendo los sueños de otros porque los míos no funcionaron, y aquí  desde esta pose, juego a ser el incomprensible. He de utilizar como pretexto mi muerte temprana para desatar mi locura heredada; pero mientras, me lanzo a un dance con el sonido fantasma. Con cuanto dolor voy acarreando mi existencia por este sendero que se ve derecho pero que en realidad esta demasiado torcido como la psiquis que me ando cargando ahorita. Porque suelo ser para los demás el testigo incomodo, la entidad que estorba, el sujeto que desacomoda las ilaciones y entretejimientos, el objeto peligroso, el animal que anda sin mecate, o el aire insano del cual todos huyen.  Pero, de todos modos; gracias.

A hurtadillas suburbanas mantengo mi equilibrio, la vivacidad que mantiene un insecto al vuelo entre los rayos del sol así es como este indio que soy mantiene su secuencia con fervorosa hilaridad. El aire de la mañana tiene entre sí un bocado exquisito, el buqué de un trabajador de minas, el soplo que refrigera a un termitero, el primer viento que mueve a un barco en vela en un mar muerto incluso de suspiros. Este halo me contiene: las luciérnagas que aparecen a las once de la mañana, la huella que deja en sus indumentarias el desarrapado, la hermosa cara de un criminal recién muerto, el nutritivo afeite de una diosa lasciva, la quietud del sepulcro de un santo.

Me fui caminando por el camino pedregoso, cuando la luna ni sus luces y las curvas pendencieras e insistentes querían lanzarme fuera del camino, allá por los matorrales por donde se escuchan los grillos, ranas y sepa Dios que otras sabandijas maléficas, creo escuchar a un nagual medio deficiente, aquello me observa sobre los desconocidos cerros, yo no espero nada; La sangre sigue corriendo con vivacidad pendenciera, las espinas del camino parecen monasterios sobre el paso de los gigantes, el esplendor de un avión se opaca tras la nube que guerrea contra los escarpados allá en lontananza. Si, sí me he tropezado, me tropiezo tantas veces como sea necesario, me he reventado la boca varias veces, el pellejo que traigo habla como mapa de raspones, cortadas y quemadas como una corteza de eucalipto al paso de décadas. De la vida, he disfrutado de su arritmia que he recorrido como un doloroso penitente, de los trastabíllelos y traspiés sobre el tezontle mal puesto, de las máscaras de juguetería que pululan en torno al calcáreo monte, de la pólvora silvestre que cae en este verbo Edgareano.

Lisonjeo mis pertenencias con muy poco entusiasmo, allano sus mediaciones con frescura aterciopelada, los cartones, la madera, los distintos tejidos de tela, los plásticos multicolores, el vidrio pañoso y los metales lisos e insensibles; todo ese avecindamiento es permanente, la complicidad congelada en el sujeto, ante ellos descubro mi liviandad, me sorprendo de cuanto me parezco a ellos, de sus semejanzas con el interior  en el que ando navegando; nada sigue cuando nuestra personalidad está reflejada totalmente en los objetos en donde nos vemos envueltos o sea cuando nuestro contexto inmediato, aquello que tenemos a la mano nos hace transparentar la interioridad hasta desnudarnos y quedarnos vacíos según el grado que ya hayamos alcanzado, en este sentido las religiones orientales  me dan la razón al ir del ser, a la nada, de lo lleno a lo vacío o sea esa complejidad in entendible para los Occidentales como lo es el abandono del yo que sería el último paraje del sujeto. Lo animado e inanimado se confunden y se traban, yo mismo voy de este al otro lado, canturreo ambas tonadas, sin embargo, dicha fenomenología peregrina no quiebra, al final de cuentas no se vence a sí misma, queda incompleta. El ser partícipe con el objeto no lo es todo; una buena parte del tejido entre ambos viene de la imaginación, de esa entidad en buena parte despreciada, pobremente potenciada bajo los escarnios de nuestros fantasmas, los prejuicios heredados de aquí de allá y de todos lados.

Hoy he tornado de nueva cuenta hacia mí, he visto el mismo polvo en mi interioridad, aquel que por dejadez he vuelto a dejar en el mismo sitio; he regresado a regodearme en ese seno naufragante que me hace resbalar hacia esa libertad abrumadora, libertad que me parte el hocico porque no sé que hacer con ella y que me provoca vómitos sólo de atisbar los colosales abismos.  El alma ya no se alivia ni sentándome en un bar, la carcoma a cundido como un aullido limpio en desierto, ha sido desde hace mucho tiempo una costra imperfecta, permanentemente resanada. Voy aquí y allá disfrazando la comedia que he de protagonizar segmento a segmento, uno a uno ante cada uno y ante mí mismo; aquí y allá, extendido en este cabaret existencial como un crucigrama irresuelto y permanentemente en crecimiento; Los esfuerzos continúan con su tesón a desfigurarme, alteración que persigue igualmente esta modernidad maniática. Aún sigo siendo un aprendiz de esta actualidad de pesadumbre. La economía de mi bolsillo sigue sorbiendo el color rojo de los números flacos que todo economista desprecia. Tengo miedo de la gente que mueve el polvo de la banqueta, esa que ha perdido sus ilusiones, aquella que busca horizontes caminando entre las partículas de la contaminación y tengo miedo de estar en el mismo sitio con mis pasos haciendo lo mismo. Cerca estoy de pensar cuan caprichosa es esta actualidad mixta donde se mezcla esa cuestión dolorosa de ser humanos, y esa otra cuestión de ser en parte animales. El dinero me detiene con una gracia inconfundible que si no fuera saldría corriendo como asno sin mecate.

Cada vez cae mi voz por las cañerías de esta ciudad de poco destino y sí mucho color azulado en sus montañas, persigo el infinito con un pantalón desajustado de la cintura, me sueno la nariz cada vez que aparece por estos lugares la creatividad que como un pez blanco he de ensartarlo en una neurona o en un bite previsto para ese disimulo. No voy a repetir de nuevo lo que siento por los literatos anodinos, me da pereza tan solo referirme a ellos; y aquí vamos de nuevo surfleando en letras de selva virgen, eliminando mis condiciones de letrado donde cada sentido me llama a su paraíso.

Soñé un día al hombre que soy ahora, desde entonces se confunden mis sueños con aquellas realidades que dejé en la historia, sepultadas en mi pasado; ¿Cómo pude pensar que este sueño que soy ahora era lo mejor? ¿Cómo iba a saber que aquel sueño era un sueño enano, el de un liliputiense? ¿Cómo iba yo a saber que el sueño pudo haber sido más grande y que pudimos haber crecido juntos? Ante mi rostro giboso, con las ojeras de un desahuciado ahora miro y sueño al que fue ayer, para así poder o, aunque sea intentar regresar a aquello que fui, de reencontrar a aquel que soñó.

Llegó la hora de que derrame unas lagrimas ante los demás, me uniré a ellos para sollozar por las vidas que han culminado y que habían sido los testigos de nuestras vidas, las entidades que nos sostienen. Los fundamentos que dan sentido a esta vida que llevamos pesadamente. El viento lúgubre pronostica una soledad más continua, voy meciéndome en esta realidad que va cambiando y que me cambia. Los globos de seguridad ya se rompieron, ahora olfateo el retraimiento inmenso que me acompaña y que permanecerá por largo tiempo.

Ya amaneció de nueva cuenta mi pesadumbre, y he aquí que he vuelto de nuevo a mis antiguas congojas; sí, aún quiero continuar a pesar de aquel vacío que me ha dejado la noche. Mi espíritu ha emprendido hacia una nausea que me devora y que sigue sembrando en mis pedazos la desconfianza ¡Ya no quiero seguir luchando!  Quiero terminar vencido como trigal después del ventarrón. Se sigue aclarando mi intención, esta, la que promulgo, en este vacío que me divaga.  Nada, absolutamente nada en el murmullo que se recostó en la noche, que me guió hasta este amanecer demasiado viejo como para que nazca de nuevo, pero, me pregunto: ¿Cómo sobreponerse a la pose del que ya no tiene ni tendrá ninguna gloria? Comenzar a contemplarse como el muerto, que simplemente llegó a serlo sin causar ningún desacomodo; y es que ya goberné la utopía de mi destino y el destinatario se rió de mí, él me invitó seguidamente a la desdicha, al continuo desenvolvimiento por estos malabares. Es sobrecogedor como voy quedando sólo de oportunidades, sitiado de la suerte, ofrendado al dios del ninguneo.  He perdido todo interés por continuar con el espíritu borgiano, sólo yo sé sobre las grandes  satisfacciones que me ha dado, este hecho a nadie a convencido mas que a mí mismo y estoy seguro que a mis setenta años disfrutaré ese periodo tan hermoso, no significa que he de clausurar ese interés, sino que es el momento de llenar de nueva cuenta la mina que he vaciado a lo largo de este periodo.

Por el momento, no tengo ningún interés en seguir en una disertación sobre mis desilusiones, no se me ocurre otra cosa más que tallarme los ojos y cuando estaba así, se me subieron las hormigas una vez que ya me había orinado la incertidumbre. Trato de desangrarme durante estas continuas diurnidades para ver si así mi existencia sabe un poco mejor que el día de ayer; nadie puede negarlo, soy bueno para sortear los caminos, pero termino con un jaque mortal que es la vida misma poniéndome a prueba ¡aja! Me he señoreado en esta pose de rey que anda a hurtadillas, escondido de las luces de neón, de las sillas por sobre el estrado, y estos diarios placeres de la vida los empleo para seguir escogiendo mis destinos por siempre perseguidos, y es que mi destino será cada vez más aplastante y tendrá la misma hambre de ahorita, la misma hambre de un desarrapado. Gorgorea en mi interior el espécimen divino, engendro llamativo que en espirales araña los intestinos y mientras eso pasa, me convenzo de que mis ideas aún se fraguan y sin que yo lo sepa. ¿Quien no ha hecho oleajes para hacer que su voz se haga un péndulo y mueva el tiempo? ¿Que no acaso alguna vez fui complaciente con mi criollo desarraigo con la tierra, con el mestizaje con el que me habían comprometido? Me han puesto un puente para que tanto yo como las nubes nos acomodemos a viajar de una manera de lo más singular. Los ojos de mi dios se parecen a los míos, tienen el fulgor de la fiereza y el temperamento de un ser salvaje.

Mi ingenuidad se fuma un puro y contempla bienaventuradamente mi caída hacia el abismo infernal de la malicia. Con que facilidad se distribuye a los buenos y a los malos, la maldad y la democracia, pero, tal como lo predije, los mensajes que llegaron hicieron temblar al mundo, las imprecaciones que surgen de la media luna, del tigre del desierto; serán sólo un legajo de las enormes acciones por la fe. Hemos de construir tumbas hermosas donde hogareñamente nos apretujemos cientos de humanos, a dormir en un sepulcro de mármol y oro. ¿A dónde hemos de pedir más que este amado consuelo? ¿Qué cosa espera alguien que se la pasa destruyendo la casa de los demás?… seguramente la destrucción de la suya; porque recordemos que alguna vez dijo alguien que diente por diente cobraríamos, cada cosa en su momento. Uno de los ardides que impera en la actualidad es la falsificación de las fortalezas, la sequía pronta de la seguridad inflada, el arraigamiento fructífero de las viejas y nuevas venganzas, el descobijamiento de antiguas rencillas que hoy son nuevas y fieras batallas, por eso mi diario acontecer se rasguña con la ferocidad del afgano y con la estupidez sosa del anglosajón. Pero ¡qué horror! La campaña de los desesperados, aquellos que sienten que se les ha desmoronado sus cimientos, hojalá y tuvieran un poco más de fe, tal vez si hubieran guardado sus energías para la defensiva. La infamia se encorva en los corazones de la industria militar, con que gentileza masacran rebaños de pobres desahuciados, luego de que están muertos llega la ayuda humanitaria para aquellos que han resistido la inanición subyugada, no hay para que pedir tanta piedad si nuestras voces no tienen altoparlantes, nuestra verdad no sirve porque no está besada por la justicia infinita, tal vez nosotros somos culpables por no ser occidentales; los asesinatos son un canto para la democracia que se codea con la economía global; las bandadas de miserables son un estorbo para nuestra conciencia tan tranquila y feliz, vean todos como les arrojo a los campos minados osos de peluche para que acaricien la felicidad que yo siempre he poseído, con ese gesto quiero compartir mis bagatelas y sentir misericordia por ustedes los desgraciados. Pero sí, quiero saber hasta donde pueden aguantar tanta desdicha, quiero verlos esforzarse con sus vidas repugnantes, quiero jugar con sus existencias porque la vida me aburre y no tengo ni sueños ni dirección, solo la decadencia me guiñe el ojo. Me embriago de adrenalina nomás de ver correr la sangre por sobre las piedras cortantes y polvosas de las montañas desérticas y la madre tierra acoge esa humedad plasmática y la convierte en veneno, en la venganza graciosa, en la fe de los infantes.  Desde la madrugada, el polvo ardiente que ha viajado desde el norte comienza su migración hacia el interior de mis pulmones, su toxicidad, un día cualquiera me hará un garrafón de polvo y engrudo. Su agridez se acumula en la saliva que atraganto con penosidad.  Y cuando estaba en eso me cayó un avión cuando estrangulaba este aire de crimen. Son los soldados sobrealimentados con anabólicos esteroides contra soldados escuálidos y famélicos, unos lo tienen todo, los otros sólo su dignidad ¿Quién ganará? Los perdedores siempre serán los perdedores, pero antes rodarán muchas cabezas por muchos años hasta que muera aquél que se convirtió en hombre y nazca el nuevo mito de aquel que también fue sacrificado y se le adorará. La tribu de los sobrealimentados guerreros jamás se volverá a recuperar, pues las distintas tribus de famélicos estarán en su contra.

Mientras observaba el suelo con una mirada abstraída, un pequeño objeto se me acercaba, tenía la inestabilidad de una entidad desbalanceada, era como si le pesaran las hormonas, mi excitación se puso a dar de brincos, a convulsionarse sobre la banca, a darse de topes sobre lo más cercano y era tu hermosura. Las panteras noctámbulas, se evaporaban cuando aparecía el alba con su rebozo de rocío. En esos parques sólo quedan los deportistas apresurándose a sudar la camiseta. Tú carretera de empalmes guiñe el ojo gótico; ¿Eran acaso tus redondeces quienes ejecutaban en mí tales hechicerías?  Y comentaba: ¡Vamos yendo hacia el placer, hacia la lubricidad que nos acoge con verdadero fervor y patriotismo! Se me rompía la intención con un chorro de agua. La fuente en desparpajos hacia el cielo, escupiéndose a sí misma; decidimos irnos hacia las copas de los árboles: Ella y yo sosteníamos la voz desde lo alto de las ramas y allí, haciendo el amor arriba de los troncos iba contra tu voluntad apretando esos cabellos desenfadados entre mis dedos, la vaciedad del rostro es iluminado candorosamente.  Las sombras de los fantasmas colgaban del techo azulado, a la izquierda de esa habitación abierta se apeñuscaban sus mascotas: los mosquitos, las larvas de mosca, el moho caliginoso. Después de que las hojas cayeron y volvieron a renacer, resultó ser al paso del tiempo una amante polar, su bazar de deseos se industrializaba gélidamente, desde que habíamos comenzado en un parque; su ternura era un saltamontes y quienes ejemplificaban esa ruta eran sus brazos. Sobre la esmeralda libélula, un hombre con aroma a infinitud, persigue espectros que se diluyen en lontananza

La energía del diablo ha llegado a acariciarme con su fino terciopelo, ella ha sido como un canto que ha llegado a mis oídos con uno que otro golpeteo. Lo perverso se me ha acalambrado como el ácido de un limón sobre la lengua, y ha sido la acidez que me ha llegado a partir del año en el que vivo. Los extranjeros viven en sus guerras y me invitan a masacrar a inocentes, yo vengo a esta guerra ensortijado de fosas en los cabellos. Cuando regrese de nuevo el verano, la gangrena de las torres gemelas me habrá alcanzado. La alondra que correteo anarquistamente hace un merengue de mi tan confiada certidumbre, espero quedar satisfecho  de tal amuleto; y aquí voy por Tlaxcala respirando, metiendo el aire avejentado, venido a menos desde aquellos antiguos días—Mi madre una ocasión me dijo que volvería a ser en el futuro el mismo de antes, el mismo infante insufrible y desbalagado que anduvo por los caminos viejos de Tlaxcala, aquellos de tepetate y empedrado, los senderos, los caminos reales, aquellos en donde eran dueños los burros y los carretones— La intención de desprenderme de aquí ha sido cuantiosa. Aún no he encontrado quien afile mi machete para poder cortar con facilidad esas raíces; pero, se repite de nuevo en mi mente esa democracia pusilánime, coja, desbaratada, llena de iniquidades; La democracia trabaja con explosiones de virtud y de esa en la actualidad hay seriamente muy poca, ella es una chamaca que a veces o peca de ingenua o se le cae el moco. ¿Cuanta hospitalidad hemos de construir nosotros los desheredados para saciar a los pudientes de enriquecida codicia? Mis pequeñas y grandes percepciones deambulan por la mezquindad de los aristócratas anodinos. Este es el lanzamiento de la realeza a una lumbre porosa, la coronación de la logia, el sitial para la  gentuza que come su chatarra, el ritual fofo para adorar a los blandos del espíritu porque yo como una estatua voy disipado como un abismo muerto, enteramente ocioso. Tengo una alucinada y derramada frivolidad para los de allá afuera, ¡Cuanta esplendidez distribuyo aquí pausadamente! Voy a desparpajar unas oraciones en la iglesia a fin de que ese hombre se consuele, aunque sea un poco sobre la enorme insensatez que me sublima. Me persigno frente a mi cabeza, afuera continúa la dramatización de los vientos inestables.

Todo ser vivo busca un sitio en donde extender su existencia, consumirla, yo he preferido esos sitios donde cuelgan del cielo pellejos caliginosos, parcos de abundancia y allí, una vez que ya esté metido en ese panteón de los desdichados, me buscaré en tus llagas. Habré de pedirte subir a bordo de mi mano derecha, esa con la que escribo estas maravillosas acotaciones, ya que he sabido por el cielo en el que vives que has pedido ayuda a los perturbados a ver si ellos tienen alguna respuesta. Y así como tú, reinicio a soñar esas angustias durante toda la noche: el cortejo con los locos, la observancia y calidez de las niñas, el desamparo permanente; por lo menos sé que todo loco tiene oculta cierta riqueza desconocida, en eso podremos estar ambos de acuerdo.

En efecto, con toda libertad sincera, ha salido en fuga el mapa de los antepasados, la diversidad de sus trazos ha estimulado mi regocijo como una golondrina que va al vuelo sin rumbo fijo. Después de esa distracción pesadamente confusa, continuo con esa larga lista de obsolescencias que a tantos les gusta delirar, como si subieran a un autobús de locos rumbo a la tierra de la demencia. Voy a deglutir sobre ese rumbo algunos cambios de velocidades, la variedad que toma el peón en el juego es el jugo que le da vida a la existencia; hasta mí llegó una respuesta hecha de mimbre y recortada: No significa nada el que tiremos en lo oscuro los cuadernos de apuntes, tampoco el que nos veamos inmiscuidos en la gracia de una carambola de amantes, lo que sí hay que tomar en cuenta es que eso es parte de nuestra vida, y hay veces que en ello nos parapetamos reconfortadamente. Hemos cambiado en este frenado de velocidades, la literatura se fue mucho al demonio, ahora soy comerciante y vendo pantaletas y pañales, como buen acomodador de frases y oraciones, ando subempleado en pinturas y regalos; El terapéutico acomodo de lentejuelas y canutillos, de velas y adornos barrocos a servido para dejar  de bufar por un buen rato y así evitarme la diabetes. A aquel recuerdo letrado le dio Alsheimer y me sirvió mucho de provecho, ya ni siquiera se hacer uso de la palabra, la sensación de culpa como barcaza hacía agua desde hace una cosecha, siempre me había repetido que la capacidad de asombro no sirve, si no llega a convulsionarte. Mis artes literarias ya se cansaron, prevengo un ascenso hacia ningún sitio, la llegada hacia lo desconocido que tal vez tenga que ver con la educación con el cuerpo. ¡Sí! Este ha sido un buen momento para dejar mis intereses en un gancho colgados ¡Los ángeles deberían apalear a los poetas! Las hurañas teclas me tientan a seguir decodificando sobre de ellas, la tela cognitiva que se apeñusca en la conciencia. ¿Cuales son los próximos corazones en los que derramaré mi corrosividad?  Quiero ser como un quiste sobre de ellos en los que he de hacerme un monolito olímpico. He de mostrarles tanto mi debilidad como mi fuerza en una ruta que ya todos conocen, pero reinventada sobre un lecho de muerte, y voy bajo consuelos milenarios extendiéndome como tinta de la antigua china, cae la pluma en el cielo y las estrellas barren la banqueta para que pase mi tumba.

Tengo dentro de mis orejas un par de escarabajos que edifican hacia fuera el desequilibrio de las cosas y del mundo entero, por eso viajo como un peregrino, el druida tlaxcalteca en pesero, el paisaje siempre es café, polvoso, de estructuras marcianas; tras la ventanilla del autobús los mejillones se pegostean en el vidrio para viajar  de mojados; los viajantes van desprendiendo estelas multicolores como espejismos de paraíso, con que ferocidad voy y me paro en medio del edén a hacer con las vírgenes algunos erotismos; después de ese lance apenas si puedo tragar saliva con dolor de cabeza y los ojos agotados, me cobija en esta mansión de miseria los trapos de colores, el piso amarillento, la diarrea que me cunde desde el día domingo, y mis pasos que siguen teniendo el color de mis ojos. Duermo con una calentura de puta en cuarentena, luego llegó un pez a despertarme con un sonoro rechinar de dientes, se arrastraba por la habitación como engendro de los mil demonios. Cuando recobré la razón estaba sobre un balandro azul en rumbo fijo siguiendo un lampo, que a lo lejos se despatarraba por sobre el horizonte.

Me siento hundido, tratando de dejar los ojos pendientes, pero me gana esta abulia tan terca y tan constante, ese par de ojos van injertados a la realidad que me aburre. Si viera mi padre como disfruto de estos periodos de aletargamiento, de flacidez espiritual, de modorra industrializable, de comparsa con la horizontalidad. Hay momentos en que pierdo la esperanza de continuar con esto mismo y su somnolencia, pero recapitulo y sigo, a veces lo único que me interrumpe es una miada, la pequeña incomodidad de las cobijas o el zumbido del sueño que me lleva a otros devaneos igualmente desconocidos. Tumbado en la cama, con esa ingravidez continúo con deportes muy monos y nada desgastantes como el roce de las plantas de los pies, el continuo y desparpajado bostezo, la palpitación automática, o mi goma para borrar tristes recuerdos. Me dejo de esos rebuznes poético-filosófico-literarios y me afano a convertirme en barbaján, en un cualquiera, en un don nadie.  Mi padre tenía la devoción, la alquimia de la quietud casi santa, perfecta, casta; de él he aprendido a hacer que el tiempo resbale como con aceite de ricino, sin dejar marca ni pena. Me aviento a la cama a hilvanar pensamientos cada vez más confusos, una y otra vez construyo guarismos que sólo en la almohada  puedo delinear. Busco que sean suficientemente borrosos como para que me lleven a los sueños, a las dormitaciones, a la claridad del día de mañana. Nada tiene mayor importancia en este momento más que cerrar los ojos y volver a dormitar, acomodándome muy bien a todas esas angustias que me acompañan, tales como reír en el abismo, y bailar en honor a la incertidumbre. Los abismos están furiosos, son unos tipos sulfúricos, todos ellos en la intemperie braman con vigor las enormes cifras que saben atragantarse, y así es como les fascinan esos vinos ciegos, reaparecerá su misión de vértigo entre los despeñaderos, donde la atmósfera es sana, aunque nos corte aún más las pequeñas llagas viejas que tenemos de años, cuando caminábamos en la tierra determinada por esa hogareña religión hecha para tener buena muerte, la que tiene la tradición de las yeguas moteadas. Sigo persiguiendo esos despreciables corazones por el boulevard, continúo lanzando un poco de la nieve que se acomoda en las jacarandas evaporadas. No hay nada para ti en la historia más que esos sitios elementales donde se pueden acomodar muy bien un par de perseguidos, y arrodillarlos con gran elegancia ante nosotros. He decidido pasearme por los sueños de algunas mujeres amadas, escuchar el zumbido de sus cuerpos que van en popa a la eternidad, desbordando  su residual  y fecunda vida con el panorama de un impulso hacia los despeñaderos blancos y caliginosos; esos que se encuentran cerca del mar de la Mancha. Espasmos y lamentos se sumergen en mi espejo de aleteos y lágrimas resignadas en el tórrido revés de la tropa, que se afana en buscarme  bajo las piedras o entre los surtidores o en el clima que está siempre en brumas, pero yo al igual que las afganas no poseo  ni siquiera el más mínimo lamento o dramas coagulados ¡Cuantas lágrimas aún puedo derramar ante mis desvaríos! ¿De que manera puedo mal formar una docena de arrugas? ¿A donde puedo visitar al poeta que tiene panteras como rebaños y traga espuma horrible que queda quieta en la barba gris? El poeta que bebe hidrógeno y busca tempestades.

He pulido mi bella faz con el velo del fantasma, lo que él ha buscado en los turnos de la medianoche han sido los  vuelos de sus aristotélicas figuras, las cenizas han quedado en la canasta cerca de los planetas que han sido arrebatados a los diablos de los desastres ¡Vamos en busca de las cantoras para que hagan florecer un tiempo nuevo en sus voces absurdas! Esta es mi epopeya, la que sólo desparpajos acomoda como hechos, la que sólo en los manicomios se logra vociferar. Y eso es todo lo que soy, una tolva por donde pasa el tiempo ¿Quién no ha hecho oleajes para hacer que su voz se haga un péndulo y mueva el tiempo? Cuanto fango se necesita para dejar de ser un beato, o sea la figura de barro y majada que codiciarían los pobres y desvalidos, aquellos que sólo tienen harapos tristes sobre sus cuerpos muertos. He redondeado los kilómetros de suplicios por los que todos pasamos, de tal modo que detestemos menos cuando lleguemos al huerto humano, donde se cultivan los frutos tanto de los hábiles como de los enfurecidos de la vida; ¡Vean como salen de esos frutos sus propios alientos! Sus feroces espasmos que, aunque son de ese modo ustedes no perciben; ¿Consideran a caso necesario que les vocifere su largo discurso convincente el de la cabeza blanca y cuerpo grande? Y observa como bastará sólo un poco de tu sed para que me desparrame en tus labios diminutos y seducir de ese modo tu cuerpo totalmente ofrecido, como desfloramiento primigenio.

No tendrá rendimiento esta palabra porque sus senderos seguirán siendo ásperos como los hombres primitivos y también porque su ancla ha sido afirmada en los altos peñascos donde corre la lava y el áncora es llevada y fundida en el entorno; las sendas embrionarias donde se desliza esta palabra, son infructuosas porque nadie escoge por voluntad propia los caminos más tortuosos e infames, sino aquellos que son fáciles de digerir, sin embargo, creo que cada humano tiene ganas de descubrir su silvestre interioridad y su pozo de vulgaridades y en este conjunto de oraciones encontrarán  un muelle donde cada uno puede atar su espíritu y dejarse impregnar por la niebla del alba.  He podido acodarme sobre el escritorio y descubrir viendo las letras que aquel, el de las palabras, ese que es más que yo, algún día me va a partir el hocico y va ha hacer que mi nariz sangre por el madrazo tan contundente, para entonces abre descendido hasta la ciudad monstruosa, esa que a veces tiene cielos de lujo e idiotas en sus elites.

Vuelvo a estas vísperas de los años nuevos, donde el placer por el futuro se avecina jovial en la estación más friolenta ¡Si pudiera yo vengarme de sus paseos! Observar como viajan con el ganado con su pose de seres salvajes con el celo apropiado de sus nimiedades y yo viéndolos con una mirada mortal, maravillosamente contemplativa y más bien como tiempo sostenido. Muchas ocasiones me he tropezado en esas banquetas de ciudades desconocidas, donde la gente sana su interior en las caridades que decantan en la banqueta, buscan mejorar un corazón que desde que nació ya está partido, buscan una recompensa en la conciencia conmovida; cubican sus ganancias futuras ofrendando, pero yo seré un sonámbulo  como las sombras de los autos en la noche o las palmeras de la costera; sólo así me olvidaré  de todo, olvidaré que algún día estaré muy lejos, asaltando los corazones de los anónimos, acomodando mi genética para potenciar los imaginarios, olvidaré todo aquello que he maldecido y de aquello de lo que me he vanagloriado, olvidaré que algún día fui humano y que perseguía como un poseído mis sueños tan pobres y desnutridos; sí, sólo así me olvidaré de todo, me olvidaré que alguna vez busqué el conocimiento de las cosas, de la realidad, y la sabiduría me llegó espantosamente frente a una realidad que me acalambra por la ignorancia que tenemos de nosotros mismos, me quedé por largo rato observando el abismo, dije una oración y esa oración rebotó en mi oquedad, es el latido del corazón que continuará hasta que ya no haya resonancia en esta caja que soy yo, perfectamente vacía. ¿Has pensado que pasará cuando ya no esté, cuando ya no puedas escuchar mi corazón? Las cosas habrán cambiado muy poco, pero las minúsculas semillas de mi canto podrán despertar los guardados sofocos y escupirlos indolentemente.

         Después de tantos años mi joroba se ha transformado en elegancia, quizá alguno ha de preguntar porqué, lo que pasa es que en mi vida me he dedicado al ofrecimiento de las disculpas, de agachar la cabeza para que otros pasen sobre de mí, mis educadores me habían adoctrinado maravillosamente; fueron días de melcocha, de decir sí al mismo tiempo que se pone una sonrisa de estúpido que quiere ser aceptado en la sociedad; uno puede ser inmensamente feliz de ese modo, pero no veas la otra cara, no te muestres ingrato al levantar tu mirada furiosa, esa que da mentadas de madre, que injuria, que acalambra las castas, los escalones; porque entonces sí estarás desprotegido, desnudo de estructuras, experimentando en las veredas adversas, sobre esas nervaduras nadan los perseguidos. ¡Ya no estoy en esa disposición de pedir perdón! De eso ya estoy tan aburrido como rabioso, ahora quiero andar por el estercolero de la desgracia. No sé ciertamente de donde se me ha pegado esta indocilidad, ha sido de algún modo un extraño envenenamiento, una alquimia impura que he de haber tomado en una fonda del mercado, pero dicho movimiento me pone chueco, el bacanal ya lo estoy viendo, lo mejor será que vaya en este momento a vomitar al baño todo lo que me he tragado; puede que en la enorme sopa salga alguno que otro nagual amargo que habré comido sin darme cuenta; mas por lo mismo, algunos no estarán de acuerdo en que yo levante la mirada, el que sea engreído, el que tenga mi máscara altanera ¡Sí! Soy soberbio y esa es mi mayor venganza, después de todo algo ha de quedarme del ampuloso mercado y esta virtud se recuesta mucho mejor entre los desposeídos.

Circula el año y aún no he terminado de cansar la planta de los pies, continuo ensuciándome del polvo en las avenidas, sigo trapeando con mi espíritu el sudor que ha dejado la gente en las calles, continuo salpicándome del lodo que se ha asentado en los caminos tortuosos e insolventes; ando y mi respiración se subyuga para hacerme vivo, para mantenerme constante, para continuar limpiando de escombros la ciudad; sólo en parte estoy en contra de esta potencia vana, esta la que me hace permanecer a ras del suelo, a la altura donde el polvo habita, sitio donde nos avecina las pequeñas partículas, el cosmos de los zapatos, del olor de los pies de los peregrinos o de los comerciantes ambulantes, es una altitud propia como para que los perros te laman la cara. A cuantos sitios he pertenecido y cuantos panoramas he sacrificado para ponerme el  guarache que cobija al desarrapado, heme aquí con una pulida obsesión por demostrar que nada me importa, que todo se resbala por donde danza el polvo, que la polvareda encima nuestro es de nosotros, ese es  nuestro destino, la arcilla de la que estamos formados es miel sobre esos caminos de ceniza asfixiantes, hay que llenar de presunción nuestro sofoco pues así será que comprendamos nuestra constitución inútil.

Tengo frente a mí una cosmovisión harapienta, algo greñuda y contundente, en ella veo la historia famélica que se avecina, la fastuosidad de las zarandajas del mercado y un horizonte de fantochadas deleznables. No estamos ahuyentando la turdidez de las corrientes, sino que trenzamos la capa de las distancias. Andamos sumergidos en los conteos transparentes de los ríos, la modernidad se ha hecho un pambazo, aún así caminamos en ella, pero el paso ha calentado la isla de colas con el mundo, en donde no hay lugar para la desconexión. Pronto se sabrá que caminaríamos jugando en rostros fecundos. Yo partí el mundo para confiar más en las partes. Mientras continúo, la tierra sigue conmigo, así como las escarpadas de un espacio desconocido, opalescente; mi vía se curva por la bifurcación. En la actualidad hay tanto reacomodo social que el pudor no me permite decir nada más.

Escribo la historia con mi espalda sudada y con algo de dolor en las vértebras, me siento en flor de loto para ser un nihilista completo y para tratar de concentrarme en las próximas mentadas de madre ¿En qué sitios repartiré mi pesadumbre? El bostezo me trajo de nueva cuenta hacia mí, otra vez quiero despedirme y llegar a las zonas donde me pertenezco, el lugar donde soy la única fruta que trago, el elemento que me auto devora, el distrito donde olvido el dolor de la espalda, o el cansancio del trajín diario. Hace falta sólo un poco para que me contagie de las formas chinescas, cosas informes que se pegostean sobre los techos y las cosas, los objetos que allí viven y convidan su haber; Quiero extender mi espalda en mi camastro y dejar que allí quede soldado a la malla de alambre y resortes y no volver a tener el alharaquiento tormento que me acongoja. Pero cuanto sentimiento en mi se pone reacio, y hace un rellano en la infamia obsoleta que me acucia. Voy a fanfarrear en los sitios áridos y mustios  el fariseísmo al que quiero entregarme, quiero ser en él fecundizante y rotundo. Voy a buscar a las víboras, a las raíces informes y cafés que se desprenden desde la tierra y forman arcos felposos, como si fueran cosas que solo las mentes dañadas fecundizan y son como espantajos.  Y se presentan de nuevo esos entes como vísceras cancerígenas o como bulbos gruesos atacados por viruela negra y escamosa. Ya me torcí hacia el abismo, hacia el par de cuevas que me miran como ojos enterrados bajo los muebles y que les caen pelusa en las corneas; a los bellos de mis piernas les ha crecido una especie de bulbos negros, como trufas con musgo, como cebollas babosas y todos andan a cuestas con esta epidemia tuberosa, celulítica, fofa, gelatinosa, donde cada quién por la mañana tiene que rasurarse los bulbos y mientras más permanecen en la cama más les crece. Y adornar los tubérculos con moños es la moda porque eso también es revelarse contra la autoridad, contra la misma moral y la estética imperante.

Acababa de comenzar la tarde y ya estaba cansado de la anochecida, decidía mejor ir a casa a tomar una taza de café; afuera soplaba un viento que no se arriesgaba del todo a despeinarnos y allí, como si fueran de raza superior van esas naves, surcando las ciudades, constatando que están saltando sobre sus tumbas futuras, desgreñando los días que transcurren, haciendo flamas con su  insistencia. La calle ha desovado infinidad de canalladas y a danzado también sobre de ella la ingravidez de los grandes logros humanos, ante ello, trato de mantenerme estupefacto pero no puedo, se me aplatana una sonrisa en la cara, me canturrea la gravidez de la cotidianidad, observo como se alejan los pasos y voy remiso acobardándome en mi desdicha. Ando con una vida con las alas extendidas y con el cuerpo hecho con despojos y signos oscuros, esa es la onerosidad en la que en farras ando desgreñándome. He canturreado una canción cuando tenía mis manos sucias, como cantera bruta salía de la garganta, los sonidos se quedaron huérfanos cuando se fue el agua sucia que cargaba la mugre de mis manos.

Aquello que me salió al encuentro era una bebible sonrisa de colegiala, con un retozo de miedo, como si fuera toda ella una desventura que llega a mí en avalancha. Las venas de tus cabellos bajaban de lo alto, desnudos, como ramificados por una trenza van como sarmientos colgados en los muros, son tus joyas los hombros, como vasijas torneadas, como máscaras colgadas al lado de los labios curvos; y allí en esa rendija aparecen tus pensamientos, peces de ternura, que florecen desde el pecho engreído. Rejuvenece el pájaro con todo y fisuras con su pico sepulcral y su estatura bajo el hombro, roza los pliegues, se engulle en el musgo por el tipludo afrodisíaco. La cosmovisión odorífera canturrea la apoteosis sin pudor, la contundente faramalla de acueductos. Va premioso a regalar sus uvas, la rama de oliva que carga en su genética, el instinto dormido que desde ese instante rejuvenece y presume su felposidad como fastuoso pavo real autóctono.  Las hormigas siguen por las banquetas buscando los sustentos, el breve paraíso sobre el suelo, van empujando el yunque espigado de la existencia, con premura y sin cuestionarse nada, codo a codo granula su alharaca diaria, conque pocos consuelos se vanaglorian y yo con una rejega demasiado sembrada voy dando tumbos, de nalgas sobre de ellas, raspándome la cola y sufriendo por mis desavenencias.

El trafico se afana en moverse, pitan frente al semáforo, uno tras el otro van circulando, los sonidos se dispersan en el aire, y yo me quedo quieto para que todo pase frente de mí. Cuantas filas de carros habrá de aquí hasta el infinito, cuantos motores habrán de rugir hasta que yo muera, ese mar por más que corra sólo ira a otros extremos igualmente perseguidos. Hay un terraplén lleno de pensamientos como playa abierta a la luz y se petrifica como horizonte asustado; yo quiebro su peso en un torrente hasta que los dedos me sangran como colmillos de fiera voraz. Me acomodo para disfrutar del verano, veo las curvas de la muchacha que se van acercando poco a poco, preparo el bronceador.

Esos ciervos lanzan sus palabrejas, trinos de susto, alientos de temor del moribundo, sus locuras flotan como un globo entre las gradas del circo, son almas que buscan tormento, o andan en busca de la espada que se les entierre en la espalda, sus cuerpos fatigados serán arrojados al fangal. Llegaron a tocar a mi puerta algunos aztecas obscenos y algunos orates de orfebrería que aspiraban bálsamos tortuosos en sus bagatelas con una jocosa audacia, de ello he de tener una comprensión austera, llana, pues la cosmovisión se hace confeti al llegar a la resistencia. La voluntad de Dios me extirpó un mendrugo de entretenimiento y me dejó sólo un orín que gozo pellizcando. El caos hace fructificar esperanzas. No distingo a la soledad, sino hasta que estoy bien metido en ella; Mientras coqueteo con estas oraciones, voy a cargar mis propósitos arbitrarios en un respiro.

Estoy aquí parado tratando de congestionar un trágico eructo que haga morirme de una vez, pues como ustedes habrán visto, he cacareado una perspectiva acongojada para que la fluidez del tiempo continúe en la misma dirección, hacia ese sitio donde sólo pueden ser entre el rebaño mis tiernos pensamientos. Ando alzándole las faldas a la realidad para verle sus vergüenzas y tratando de congeniar con esta vida aplatanada y rancia, voy con mi esbozo flotante a buscar la marea que volteé de cabeza el iceberg de mis dudas; con esta poesía ando ralo, suelto, como orín de borracho, en suma: ando chisporroteando una inspiración muy guanga; Pues era de suponerse no encuentro aún el amplio sitio que serviría para decantar mi locura. De ahora en adelante todos tenderán a pensar en mí, y estaré en los oquedales más apartados, en la fronda paradisíaca más oculta, en el sitio del termitero más escondido. Resulté ser alérgico a la murmuración que hace Dios en las ciudades. Qué hago aquí ¡Maldita sea! Con una figura tan rural como la mía, pero cuanta tristeza va cargando mi cuerpo flaco, a final de cuentas, llega la múltiple adversidad y yo cantando, aja, sí, se me emociona la cabeza: a ti persigo.

Ya terminé por conocer las sombras; Nada más glorioso que eso, ante estas negruras lo único que falta es que mis manos no me obedezcan. Me entregué al vacío, sólo falta bajar el swich, pero la verga se me para y quiere engendrar embriones igualmente enfermos. Ovillado en este hueco del mundo, la naturaleza insiste en humillarme, desconozco cuales son las intenciones, pareciera que la voluntad de Dios quiere arrancarme un pedazo. No hay que hacer nada, hay que irnos y dejar todo tumbado, jugar a ser fugitivos. Diezmar la esperanza falsa y mal puesta. Con la mente quiero hacerles boquetes a los autos, orinarme en los parabrisas, contaminar los interiores con gases del estómago, eructar frente al espejo retrovisor, dar de brincos y patadas dentro como enfermo mental, manejar como una bestia siniestra, cantar bien fuerte para que todo el tráfico sepa que me conozco la canción: ¡Quiero ser un patán feliz!

Mi espiritual enjundia es reversible en los días nublados, voy lánguido y chirriante al miserable exterminio de mi peregrinaje por estas azoteas. Ando por las calles vendiendo una insurrección para entretenerme en este campo agreste; al paso es como despiojar a un etéreo chango que va de rama en rama, por los días que han comenzado. Malmandado me complazco en oler la caterva de poseídos que codo a codo van restregándose sus egos a los vecinos de junto. Estuve riéndome hasta lograr un dolor de estómago, asestando un golpe de mi buena sátira en esta serranía. Estoy insurrecto en este rato con chispas de furor y voy globoso a señalar a los hombres violados de la mente; e interesado, en buscar los desconciertos con las lágrimas como gemas en mi tullido rostro, y pues, es irremediable sostener que hace falta a mi espíritu una pronta hojalateada, pues su múltiple abollamiento afea el pelaje que se asoma superficialmente, dado que en esa extensión fútil está la charola insurrecta, sediciosa, díscola, perturbada.

Me asomo a la calle a ver a que hora aparecen mis confusiones para seguir haciendo poesía inestable, pero lo que llega de allá es el sonido del transporte público, las vulgaridades que de allí emanan, el olor que chisguetea de los puestos de tacos, de los tamales y de la chimenea de los baños públicos. Este día está demasiado hojalateado. Son los carros de colores, la avenida jadeante, el husmeo que me cunde en un avance quebradizo, mis pasos siguen teniendo el obvio croquis del titubeo.  Mis pequeñas y grandes percepciones deambulan por este diplomático medio ambiente, me recibe inaugurando una lluvia de tronidos, el gemebundo motor multiplicado, como un fruto, riega granadas zumbadas sobre dicho ecosistema, sí, ese es el problema de la excesiva movilidad de hoy. Mi diario acontecer se rasguña con las sombras de los fantasmas que cuelgan del techo de la ciudad. Y aquí voy por Tlaxcala ventilándome, ya terminé de soñar estas angustias durante el transcurso por la calle: lo perverso se me ha acalambrado como el ácido de un limón sobre la lengua, y ya lo ves, trato de desangrarme durante esas continúas jornadas para ver si así mi existencia sabe un poco mejor que hasta hace un rato. Contra la voluntad del espanto que percibo, aprieto mis pelos desparpajados y los sorbo a la lengua; sembrando así en mis pedazos la desconfianza. Voy a ingerir algunos cambios de vivezas, dejarme en piloto automático, entregarme manso a los diarios placeres de la vida y emplearlos como todo el mundo lo hace y todo el mundo se sale con la suya; dejar al traste esa preocupación fina, puntiaguda e inservible, pues sabemos sobradamente que es delgado y cascado el artificio como un encaje superfluo. El día de hoy no tengo ganas de confesar mis cobardías; más al contrario, ingurgitar maniobras propias de canallas sumisos como tantos en esta calle.

Somos muchas veces como el engrudo, unimos las cosas más fútiles Estoy pronto a dominar las direcciones, sólo falta exhortar a los fetiches a que no se atraviesen por mi camino. El valor de este producto es cada vez más insignificante y eso que apenas ando explorando esta interioridad, he de imaginar que si me introduzco completamente termino por perder todo valor, pero ya no quiero seguir luchando. Voy examinándome con fino escrúpulo y falsamente me convenzo de que en mi interior habita la certidumbre. Todavía ando con ganas de seguir madurando, persigo con demagogia mis desasosiegos. He perdido todo interés por continuar la mutación de mis gustos y de mis abnegados adormecimientos. Me repatea la fineza de la chusma, hasta un sorbo de orín sabe mejor, pues el pervertido promontorio de mis virtudes ha escanciado sus gemas hacia una oquedad sin fondo; voy tembloroso y acaricio mis ojos para ver si así se domestican a descubrir cosas menos empobrecidas, si no queda de otra y no hay mas que esta existencia que es opaca y enjuta que llevo a todos lados. Una y otra vez allí está la humillación a la que soy sometido. Es una degradación que se me pega como saliva y yo sigo dizque señoreado con una pose de rey que anda a hurtadillas. ¿Ya vieron como va de tropezones la luz en este horizonte lacrimógeno? y pues nada, absolutamente nada en el murmullo que se recuesta en la noche y pasta en la negrura.


[1] . – Borges Jorge Luis. Obras completas, pagina 791

[2] . – Borges Jorge Luis. Obras completas, pagina 791

[3] . – Borges Jorge Luis. Obras completas, pagina 792

[4] . – Borges Jorge Luis. Obras completas, pagina 751

[5] . – Borges Jorge Luis Obras completas pagina 752

[6] . – Borges Jorge Luis Obras completas pagina 749

[7] . – Alfonso Reyes Obras completas IV pagina 236

[8] . – Alfonso Reyes Obras Completas IV pagina 188

[9] . – Alfonso Reyes Obras completas IV pagina 179

[10] . – Reyes Alfonso Obras Completas III pagina 41