Edgar Sánchez Quintana

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Zumbaba cerca, parecía un vuelo desesperado, con prisa, en unos aspavientos acelerados. Danzaba en el aire que respiraba, luego, la mosca se detuvo; aventurándose a comer el azúcar de la taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró, diciendo: —Tú eres Dios. Tú eres eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por eso te molesto tanto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres mi Dios, el hombre es mi Dios. — ¡Vete de aquí! — Le dije — ¡Vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo disgustes, pues encontrarás cortada tu existencia. Se alejó sin decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado aliento? ¿Qué hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios, que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso?

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