
Caminaba con pasos apresurados en medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio que hace ablandar los corazones más helados. Entró a la tienda y pidió una sola rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso, continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la garganta seca. Se recargó en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento. Respiró profundamente mientras sacaba un pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su alrededor, su vista buscaba aquella casa de dos pisos con reja negra cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró acercando a la nariz la rosa que llevaba entre sus manos y que seguramente despertaría eternas pasiones o simplemente aquella sonrisa que lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos. Más aún, se imaginaba aquella cabellera al viento de alguien con quien pronto estaría. La puerta de su alcoba estaba abierta ella tenía los hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. Él la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos, mientras un temblor le nacía en los labios al imaginar el cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el presente, dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza. Hecho un ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía: — ¡Qué trancazo, José! ¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!
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