Edgar Sánchez Quintana

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—Esta es la peor hora del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en su semblante, pero ni así, el cerebro se les acomoda a estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es de mediano paso, desgarbado, con los hombros caídos al igual que sus ojos. Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos. —En la tienda de “Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando, tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta demencial hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas, casi poéticas. Quiero comprarme unos “Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido. Esos anteojos estilos John Lennon me quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para presumir en la oficina. Mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que está forrada de piel de pitón y ésta es toda brillosa con grecas grabadas encima de los “. oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los transeúntes pasan, van y vienen presurosos. El claxon de los carros suena a destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales y va a parar al antojo. La carcajada infame de los aprendices de empresario se deja escuchar cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el niño que se ha embarrado del bostezo canino. —Las corbatitas de seda de Pierre Cardan, de Gianni Versace, se entallan con un diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! — Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no existen, han muerto; se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la degustación de sus ojos mongólicos. El cristal se impone como un gran soldado a sus manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso con su deambular por las vías de la ciudad. Las empleadas domésticas con su caminar ladino, aturden con sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo las manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas de no hacer nada. La arquitectura churrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente desorbitado. —Y ahora qué hago para sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.

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