
Edgar Sánchez Quintana
La historia de un político que quiso transformar el sistema desde dentro
Hay políticos que pasan por el poder y dejan edificios. Hay otros que dejan nombres en las placas, fotografías en los despachos o una colección de discursos que el tiempo termina por empolvar. Y hay unos cuantos que dejan algo más difícil de medir: instituciones capaces de sobrevivir al hombre que las creó.
Emilio Sánchez Piedras pertenece, a mi juicio, a esta última categoría. Pero para comprenderlo no basta con mirar los seis años en que gobernó Tlaxcala. Habría que retroceder hasta el México de los años sesenta, cuando el régimen priista parecía una maquinaria prácticamente indestructible y, sin embargo, dentro de ella existían distintas maneras de entender qué debía hacer el Estado. Sánchez Piedras perteneció a una de ellas.
No fue un revolucionario que combatiera al Estado desde afuera. Tampoco fue un opositor al régimen. Fue, más bien, un político formado en sus propias instituciones que llegó a creer que esas instituciones podían y debían ponerse al servicio de las mayorías. Esa diferencia resulta fundamental. Porque su historia no es la de un hombre que quiso derribar el sistema, sino la de un político que intentó utilizarlo para transformarlo desde dentro.
En 1960, Emilio Sánchez Piedras no era todavía el gobernador de Tlaxcala que la memoria pública terminaría asociando con la industrialización, la educación y la modernización del estado. Era un diputado federal que había alcanzado ya una posición de importancia dentro del Congreso de la Unión.
Ese año presidió la Comisión Permanente y participó en los debates provocados por la afirmación del presidente Adolfo López Mateos de que su régimen era de “extrema izquierda dentro de la Constitución”. En una intervención parlamentaria, Sánchez Piedras defendió la necesidad de que los sectores progresistas permanecieran unidos al régimen para llevar adelante lo que identificaba como la causa de la Revolución y del pueblo. La frase podría parecer hoy una contradicción: ¿cómo podía hablarse de izquierda dentro de un régimen priista? Precisamente ahí comienza la importancia histórica de Sánchez Piedras. Su izquierda no era la de la ruptura revolucionaria ni la de la oposición partidista contemporánea. Era una izquierda que aceptaba la Constitución, el Estado y las instituciones como instrumentos de transformación. El problema no era, para él, destruir el aparato estatal. El problema era decidir para qué debía utilizarse.
Esa concepción aparecería después en su gobierno de Tlaxcala: educación, industrialización, infraestructura, creación de instituciones y búsqueda de alternativas a los conflictos agrarios. Pero antes de llegar al gobierno tuvo que atravesar una etapa mucho menos conocida de su vida. Una etapa de silencio.
La política también está hecha de carácter. Y el carácter, que puede ser una virtud cuando produce firmeza, puede convertirse en defecto cuando impide reconocer el momento en que hay que ceder.
Según el testimonio de un político tlaxcalteca que conoció personalmente a Sánchez Piedras, hubo un episodio particularmente revelador en la relación del político tlaxcalteca con Gustavo Díaz Ordaz. El presidente lo había mandado llamar. No para confrontarlo, sino para hablar. Para limar asperezas. Sánchez Piedras no acudió. Pero habría que aclarar que sus diferencias se debían a que en algunas situaciones con el presidente Adolfo López Mateos este le encomendaba algunos casos y Emilio Sánchez Piedras no le comunicaba a Díaz Ordaz quien era el secretario de gobernación asuntos que tenían que ver con algunos estados de la república que tenían conflictos importantes, de allí viene la rencilla
Años después, según recuerda el entrevistado, el propio Sánchez Piedras reconocería que en aquella negativa habían intervenido el rencor y la soberbia. Es una confesión pequeña, pero políticamente enorme. Porque muestra a un hombre que no se presenta como víctima absoluta de las circunstancias. También reconoce que había cometido un error. Había confundido una diferencia política con una confrontación personal. Y había olvidado algo esencial en el sistema en el que había decidido hacer política: aquel hombre al que había rechazado no era simplemente un adversario. Era el Presidente de la República. Tal vez ahí comenzó una de las etapas más difíciles de su trayectoria.
En el lenguaje de la política mexicana existe una expresión que describe mejor que muchas páginas de teoría lo que puede ocurrirle a un político dentro de un sistema cerrado: la congeladora. No necesariamente significa expulsión. No significa cárcel. No significa desaparición. Significa, muchas veces, algo más silencioso: dejar de ser llamado. Durante años, Sánchez Piedras permaneció apartado de los grandes espacios de decisión. La política siguió adelante sin él. Otros ocuparon los cargos. Otros aparecieron en las fotografías. Otros fueron llamados a las reuniones. Él tuvo que esperar. Pero la historia tiene una ironía particular: un político puede quedar fuera de los cargos y, sin embargo, permanecer dentro de la memoria de quienes toman las decisiones. Y aquí aparece una de las figuras más interesantes de esta historia: Joaquín “Coquito” Cisneros. Cisneros conocía desde dentro el funcionamiento del poder presidencial. Había sido gobernador de Tlaxcala y posteriormente ocupó la Secretaría Particular del presidente Díaz Ordaz. Fuentes históricas señalan, además, su antigua cercanía política con Díaz Ordaz.
La entrevista nos permite entrar, sin embargo, en un territorio que difícilmente aparece en los documentos oficiales: el de las relaciones personales. Según el testimonio, Cisneros tenía acceso a la correspondencia que llegaba a la Presidencia y podía señalar qué asuntos debían llegar a las manos del Presidente. Sánchez Piedras y Cisneros encontraron entonces una manera de volver a abrir una puerta que llevaba años cerrada. Una carta. Nada más. Pero también nada menos.
Sánchez Piedras escribió al Presidente. Cisneros se encargó de hacerle llegar la carta. Cuando Díaz Ordaz recibió el documento, recordó. Recordó que alguna vez había invitado a comer a Sánchez Piedras. Recordó también que aquel político había rechazado la invitación. Y entonces ocurrió algo que tiene la apariencia de una pequeña escena privada, pero que puede tener consecuencias políticas enormes: el Presidente pidió a su secretario particular que agendara una reunión con Emilio Sánchez Piedras. Después de años de distancia, la puerta volvía a abrirse. La escena revela algo fundamental sobre el sistema político de aquellos años. El poder no circulaba únicamente por decretos, nombramientos y documentos oficiales. También circulaba por las relaciones. Por la confianza. Por la amistad. Por una carta que alguien conseguía colocar sobre el escritorio correcto. Por una persona que podía decir: “Este asunto debe verlo el Presidente.” En ese mundo, Joaquín Cisneros era mucho más que un nombre en la historia política de Tlaxcala. Era un puente.
La entrevista aporta todavía otra historia. La del propio entrevistado. Y aquí Sánchez Piedras deja momentáneamente de ser el protagonista. Aparece el estudiante. El joven que comienza a acercarse a la política, El militante que se convierte en dirigente juvenil. El hombre que empieza a ocupar un lugar dentro de las estructuras políticas de Tlaxcala. Esta parte resulta importante porque permite observar algo que los grandes relatos sobre los gobernadores suelen olvidar: los sistemas políticos también se construyen desde abajo. No solamente desde los presidentes. No solamente desde los gobernadores. También desde los jóvenes que ingresan a un partido, forman grupos, establecen relaciones, participan en organizaciones y aprenden poco a poco las reglas del poder. Así, la entrevista deja de ser solamente un testimonio sobre Sánchez Piedras. Se convierte en una ventana hacia una generación. Una generación que aprendió que la política tenía oficinas, cargos y discursos, pero también llamadas telefónicas, desayunos, comidas, cartas, amistades y lealtades. Y quizá esa sea una de las claves para comprender la política mexicana de aquellos años. El poder tenía instituciones. Pero también tenía rostro.
Cuando las decisiones sobre la sucesión en Tlaxcala comenzaron a aproximarse, el escenario político era complejo. Existían grupos locales, intereses nacionales y distintos hombres que podían aspirar a la gubernatura. En ese contexto apareció también la figura del general Ignacio Bonilla, cuya trayectoria pertenece a otro tipo de relación entre la política y el poder. La historia política de Tlaxcala registra su llegada a la gubernatura en 1969 y su muerte al año siguiente, seguida por gobiernos interinos que mantuvieron abiertas las disputas entre grupos locales y las decisiones provenientes del centro. No conviene reducir aquella época a una lucha entre individuos. Había algo más profundo: se disputaba quién tendría acceso al poder y qué grupo tendría capacidad para influir en las decisiones de Tlaxcala. En ese tablero reapareció Sánchez Piedras. El hombre que había sido diputado federal. El hombre que había hablado desde la izquierda constitucional. El hombre que había conocido la cercanía del poder y también su silencio. Regresaba. Pero esta vez no regresaría únicamente para ocupar un cargo. Regresaría con una idea de lo que podía hacerse con el gobierno.
Cuando Sánchez Piedras asumió la gubernatura de Tlaxcala en 1975, encontró un problema que no podía resolverse únicamente mediante discursos: el estado necesitaba transformar sus bases económicas. El problema agrario era particularmente complejo. La tierra disponible no podía resolver por sí sola las demandas de una población campesina creciente. El propio Congreso de Tlaxcala señala que Sánchez Piedras comprendió que la solución debía buscarse también fuera del sector agrícola y apostó por ampliar la planta industrial. Aquí aparece una de las características más importantes de su pensamiento. No se limitó a administrar el problema. Intentó cambiar sus condiciones. La industrialización se convirtió entonces en una política social. No porque una fábrica fuera, por sí misma, un acto de justicia. Sino porque podía significar empleo. Y el empleo podía significar una alternativa frente a la presión sobre la tierra. Esta lógica explica parte de su proyecto. La educación y la industria no aparecían como asuntos separados. Formaban parte de una misma concepción del desarrollo.
Durante su gobierno se impulsó la instalación de empresas en distintos municipios y la descentralización industrial se convirtió en una de las características más reconocidas de su administración. El Congreso de Tlaxcala señala que llegaron a instalarse 250 empresas en parques industriales de ocho municipios, con una generación reportada de 33,200 empleos. Pero el proyecto no se limitó a las fábricas. También estaban las instituciones educativas. Porque una sociedad no se transforma solamente produciendo. Necesita aprender. Necesita formar profesionales. Necesita crear capacidades que permanezcan cuando el gobernante ya no esté. Ahí aparece el verdadero sentido de su proyecto.
Sánchez Piedras comprendió algo que muchos políticos olvidan: el gobierno termina; las instituciones pueden permanecer. Por eso su legado no puede medirse únicamente por la cantidad de obras realizadas durante su administración. Hay que preguntarse qué estructuras quedaron después de él. La industrialización. La educación tecnológica. La universidad. La formación de cuadros políticos. La construcción de una nueva relación entre el gobierno estatal y el desarrollo económico. Y también una generación de políticos que aprendió bajo su influencia. Entre ellos aparecerían posteriormente figuras como Beatriz Paredes, Tulio Hernández, José Antonio Álvarez Lima y Alfonso Sánchez Anaya, aunque sus trayectorias posteriores fueron distintas y no deben confundirse con una supuesta continuidad política absoluta. Lo que sí puede afirmarse es que Sánchez Piedras formó parte de un momento en que la política tlaxcalteca produjo una generación de dirigentes con capacidad para trascender el ámbito local.
Llamarlo estadista no debería significar convertirlo en un hombre sin contradicciones. Precisamente lo contrario. Un estadista no es necesariamente un hombre que nunca se equivoca. Puede ser un hombre que comprende que sus decisiones tienen consecuencias que van más allá de su propia persona. Sánchez Piedras tuvo carácter. Tuvo ambición política. Tuvo orgullo. Tuvo conflictos. Y, según el testimonio que hoy permite mirar de cerca aquella época, también tuvo la capacidad de reconocer retrospectivamente alguno de sus errores. Eso lo vuelve más interesante. Porque permite comprender que el estadista no estaba separado del hombre. El hombre era parte del estadista. Y sus defectos también. La misma soberbia que pudo cerrarle una puerta en la Presidencia pudo haber alimentado, en otros momentos, la firmeza necesaria para defender una idea. La misma personalidad que podía producir conflicto podía también producir determinación. La historia política no necesita santos. Necesita hombres comprensibles.
Emilio Sánchez Piedras no transformó el régimen político mexicano. No rompió con el PRI. No fue un revolucionario contra el Estado. No puede convertirse retrospectivamente en precursor directo de las fuerzas políticas de izquierda que décadas después disputarían el poder desde otras organizaciones. Pero tampoco sería correcto reducirlo a un gobernador priista más. Su trayectoria pertenece a una historia más compleja. Antes de que la izquierda mexicana llegara al poder desde otras siglas y con otros lenguajes políticos, dentro del propio Estado mexicano ya existía una discusión sobre la responsabilidad social del poder público. ¿Qué debía hacer el Estado por los pobres? ¿Qué papel debía tener la educación? ¿Podía el desarrollo económico convertirse en una política social? ¿Debía el gobierno intervenir para reducir las desigualdades? ¿Podía el Estado utilizar sus instituciones para transformar las condiciones materiales de las mayorías? Sánchez Piedras respondió a esas preguntas desde el lugar que le correspondió: desde dentro del sistema. Esa fue su posibilidad. Y también su límite. Porque el hombre que intentaba transformar la realidad dependía de las mismas estructuras políticas que pretendía utilizar. Ahí reside buena parte de la contradicción de su legado. No dejó una revolución. Dejó instituciones. Y quizá esa sea una manera más precisa de comprenderlo. Una revolución cambia el poder. Una institución puede cambiar la vida cotidiana mucho después de que el poder haya cambiado de manos. Sánchez Piedras pertenece a esa zona intermedia de la historia mexicana donde la reforma intentó hacer desde dentro lo que la ruptura habría querido hacer desde fuera. Su legado no está, por tanto, únicamente en las obras que inauguró ni en los discursos que pronunció. Está en la pregunta que todavía permanece: ¿Qué debe hacer un hombre cuando finalmente consigue el poder que durante años le fue negado? Sánchez Piedras eligió construir. Y por eso, cuando el político desaparece, todavía podemos encontrar sus huellas en aquello que permanece. No dejó una revolución, dejó instituciones.
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