Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que evoca la atmósfera bohemia de los años 70 y 80 en la Ciudad de México. En primer plano, un joven estudiante carismático ríe con amigos en una habitación de una casa de huéspedes. Sobre una mesa de madera desordenada hay libros, botellas vacías y una máquina de escribir antigua. A través de una ventana se aprecian las vibrantes calles de la ciudad iluminadas con neones nocturnos. La iluminación es cálida y nostálgica, capturando la alegría de las aventuras compartidas y la curiosidad intelectual.

    Explora la irreverente juventud de Ignacio Trejo Fuentes en «Carta a los Romanos». Una crónica de Edgar Sánchez Quintana sobre el ingenio, las andanzas universitarias y el legado de un maestro de las letras mexicanas.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Jocosidad, encanto verbal e ingenio en las artes de la escritura son las marcas distintivas de Ignacio Trejo Fuentes (1955-2024), autor de la centelleante narrativa Carta a los Romanos. Durante una charla con el escritor en el Festival de las Tres Culturas en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, los asistentes tuvimos el privilegio de acercarnos a su obra y, particularmente, a este título que ya se ha convertido en un referente de su estilo personal [1].

    Carta a los Romanos (2013) es una exposición de historias narrativas de juventud, con un fuerte carácter autobiográfico. En sus páginas, Trejo Fuentes relata las andanzas de su mocedad: vivencias tan locas como insanas, tan disparatadas como alcoholizadas, llenas de situaciones que solo los imberbes buscadores de aventuras pueden protagonizar para ponerle sabor a la vida. Es una serie de relatos trenzados y enmarcados en la atmósfera bohemia de las décadas de los 70 y 80, durante su etapa universitaria en la Ciudad de México [2].

    En este libro gracioso y repleto de peripecias, el escritor desatempera la razón para sumergirnos en la cotidianidad de las casas de huéspedes, los compañeros de cuarto, las muchachas que cautivan la mirada y las complicidades con los amigos. Narra su experiencia de recorrer la capital como un fuereño, como un desadaptado social que se asume como el «loco del cuento», compartiendo aventuras y peripecias con una honestidad brutal y divertida.

    Ignacio Trejo Fuentes convenció a un auditorio lleno, compuesto principalmente por jóvenes ávidos de escuchar a un periodista premiado y a un profesor de muchas generaciones de la UNAM. Su amplia experiencia en las letras, su labor como tallerista y su incansable caminar por calles, ciudades y países, le otorgan una autoridad natural que emana de la vivencia directa y la reflexión crítica.

    Poder charlar con un autor de su talla nos deja una riqueza invaluable y una profunda admiración. Su legado como cronista de la vida cultural mexicana y como maestro de la palabra escrita seguirá resonando en quienes buscan en la literatura un espejo de sus propias locuras y búsquedas.

    Perfil de Ignacio Trejo Fuentes

    AspectoDetalle
    OrigenPachuca, Hidalgo (1955)
    VocacionesCronista, crítico literario, ensayista y narrador
    Obra DestacadaCarta a los Romanos, Hace un mes que no baila el Muñeco, Loquitas pintadas
    TrayectoriaProfesor en la UNAM, periodista cultural y tallerista literario

    Referencias:

    1.Ignacio Trejo Fuentes – Detalle del autor (ELEM)

    2.Carta a los romanos : Fondos editoriales México – SIC Cultura

    3.Muere a los 68 años el escritor y periodista Ignacio Trejo Fuentes – La Jornada

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de un libro abierto titulado 'Cuentos para una tarde de ocio' sobre una rústica mesa de madera. Las páginas están ligeramente gastadas, sugiriendo una lectura entrañable. Al fondo, se despliega un impresionante paisaje de la sierra de Chihuahua, con montañas escarpadas, pinos y un cielo vasto y claro. La iluminación es cálida y acogedora, como la del sol de la tarde, creando una atmósfera íntima pero expansiva. Una sutil taza de café o té acompaña al libro. El ambiente general es de contemplación tranquila y el placer de la lectura, profundamente conectado con el paisaje del norte de México.

    Descubre el «sabor anorteñado» de Raúl Manríquez en su libro «Cuentos para una tarde de ocio». Una reseña de Edgar Sánchez Quintana que celebra la maestría de un autor esencial en la literatura de Chihuahua.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    El libro de cuentos Cuentos para una tarde de ocio, de Raúl Manríquez, es una obra que se devora de una sentada. Con una prosa de fácil digestión y un inconfundible «sabor anorteñado», este volumen confirma la maestría de un viejo amigo de las letras chihuahuenses. Raúl Manríquez, nacido en Ciudad Cuauhtémoc en 1962, se ha consolidado como uno de los escritores más destacados y prolíficos de la región, con una trayectoria que abarca la ingeniería, la literatura y la educación [1].

    En Cuentos para una tarde de ocio, Manríquez se apresta a describir situaciones, narraciones y descripciones de la sierra de Chihuahua y sus alrededores. Su prosa es justa, sin recovecos, y matizada con finas descripciones del entorno que transportan al lector a los paisajes y atmósferas del norte. De entre sus páginas, dos narraciones se alzan con méritos de antología: «La seca ley» y «Cibererótico». Ambos cuentos, con sus desenlaces sorprendentes, dejan un grato sabor a miel, demostrando la habilidad del autor para construir relatos concisos y profundamente humanos.

    Este libro no solo me convence, sino que prueba una vez más que en nuestro país existen escritores con un semblante literario digno de exportación. La capacidad de Manríquez para capturar la esencia de su tierra y sus gentes en narraciones breves es un testimonio de su talento.

    Entre las obras que sin duda seguiré leyendo de este autor se encuentran la novela La vida a tientas (2003), publicada por la editorial Plaza y Valdés, y Días de Septiembre (2007), novela que le valió el prestigioso Premio Nacional de Novela Justo Sierra O’Reilly [2]. La obra de Raúl Manríquez es un referente ineludible en la literatura contemporánea de Chihuahua, un autor que, con cada publicación, enriquece el panorama cultural de México.

    Bibliografía Selecta de Raúl Manríquez

    ObraGéneroAño de PublicaciónReconocimientos
    JonásNarrativa1996
    Quinteto para un pretéritoPoesía (coautor)2000
    El jardín del colibríEnsayo literario2002
    Cuentos para una tarde de ocioCuentos2003 (2ª ed. 2006)
    La vida a tientasNovela2003
    Días de SeptiembreNovela2007 (reeditada 2022)Premio Nacional de Novela Justo Sierra O’Reilly 2007
    Alquimia de la muerteNarrativa2017

    Referencias:

    1.Raúl Manríquez Moreno – Detalle del autor (ELEM)

    2.Raúl Manríquez / El escritor cuauhtemense presentó su libro » – Tramoyam

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano una vibrante y bulliciosa escena callejera en Tlaxcala, con arquitectura colonial, mercados tradicionales (tianguis) y personas interactuando. En el fondo, sutilmente integrados, hay elementos modernos como un horizonte urbano distante, una pantalla de televisión que refleja noticias globales y, quizás, un tenue contorno de una combi (transporte colectivo). La imagen debe transmitir las ricas capas históricas de Tlaxcala coexistiendo con la vida contemporánea, enfatizando la mezcla de tradición y modernidad. La atmósfera debe ser animada, colorida y profundamente arraigada en su identidad cultural.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Tlaxcala, para mí, no ha sido meramente una ciudad donde vivir o un lugar para sentirnos cómodos con su pasado. Ha sido, más bien, el crisol donde la historia y el tiempo incesante se entrelazan, el contexto que une la tradición con la modernidad. ¿Por qué esta reflexión sobre la historia de Tlaxcala, como si estuviéramos ofreciendo un simple palmoteo?

    Últimamente, me ha perturbado la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía solo en su riqueza cultural o en sus anales, sino en el respeto hacia su historia —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención reverente a su ayer. Aprender de las situaciones pasadas nos permite no repetirlas y edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

    En ocasiones, he presenciado situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

    Así, la ciudad de Tlaxcala se erige como un punto medular en la historia particular del estado y, a la vez, un nodo circundante en la vasta Historia de México. Es un depósito histórico, legendario y fidedigno de los ires y venires de los hombres de esta región. Basta con recorrer el Palacio de Gobierno, la Parroquia de San José, los portales, el exconvento de San Francisco, Ocotlán, la capilla abierta, el Teatro Xicohténcatl, “el pocito” o el Palacio de la Cultura, para identificar la esencia de Tlaxcala. A esto se suman las nuevas atracciones y apreciaciones de la capital, como los escenarios ubicuos, el teatro del pueblo provinciano, con matices y semejanzas, e incluso más exigencias y necesidades que las ciudades norteamericanas, aunque con escasa vida nocturna. Sin embargo, cada familia conectada a una red televisiva que los encandila noche tras noche, es lo típico de la tlaxcaltequidad mezclado con la cultura de las grandes ciudades; es el pan de fiesta, el dulce de alegría combinado con los productos que llegan de muy lejos.

    Pese a la tan nombrada pérdida de valores y de identidad, considero que los tlaxcaltecas permiten que sobreviva una miscelánea de transculturaciones y absorciones sin que ello borre aquello que caracteriza nuestra identidad regional: los mitos, el jolgorio, las fiestas, la tradición, las leyendas. Y en ello, la síntesis: las cintas hollywoodenses en el Cinema Tlaxcala, el náhuatl hablado en los portales junto al inglés de los turistas, el restaurante con gastronomía extranjera y los bocadillos de la cocina mexicana. El paisaje parcial de la tienda de regalos, de la estética unisex, de la panadería “La Picota”, de la decoración de interior al estilo moderno con la fachada de la ciudad colonial y el color granate en el muro; el centro comercial y el tianguis tradicional donde en algunos lugares todavía se negocia con el trueque; el antiguo callejón del hambre ahora transformado; los tamaleros con su producto en torta; el río Zahuapan y su “agüita”, o las parejitas en la ribera romántica; la avenida Juárez y su regimiento de bancos y otro tanto de policías; la ciudad pródiga en combis de transporte colectivo, y también en embotellamientos, manifestaciones, huelgas, asentamientos, unidades habitacionales de clase media, la avalancha de la fayuca, así como del turista chilango (el término descriptivo); de restaurantes y hoteles, de cafeterías y torterías como un mercado del sentarse, comer y ver. Todo alrededor importa; el ojo se encuentra observando la historia en cada esquina, en cada adorno de la arquitectura churrigueresca, colonial.

    Habría que señalar lo que el tiempo ha traído: la década de los setenta, la fábrica Zahuapan en su apogeo, el mercado viejo y su centena de ratas de alcantarilla, el desborde del río Zahuapan, los jóvenes de “onda” retardada, mestiza y muy autóctona, y su música, la cumbia; el cine Matamoros —hoy desaparecido— presentando la película “El Exorcista”; Emilio Sánchez Piedras en el gobierno; los “gavilanes” haciendo lo suyo; los murales cultivando salitre; también los prostíbulos con fachada de loncherías. La provinciana capital de Tlaxcala participando con los movimientos culturales de un México cambiante, era Juan José Arreola publicando en El Sol de Tlaxcala, así como Carlos Fuentes y Cortázar, entre otros.

    En los cambios se van gestando una serie de caracteres que es impreciso ver desde el interior del mismo proceso; es la regulación de la cotidianidad la que va aceptando los días siempre nuevos y, tal vez, siempre iguales. No mucho más que el día de la huelga de hambre de unos hombres, del calzón que le amaneció un día a la estatua de Xicohténcatl, de las pintas y grafitis de las bases magisteriales, de las manifestaciones en pro del equipo tricolor de fútbol, de la religiosidad que paraliza todo, de los desfiles suspendidos, de la crisis económica tocando la puerta de cada familia, de cada institución y empresa, de los desempleados que emigran a la capital de la república, a Puebla, a los Estados Unidos. De los días de viernes social de la juerga de fin de semana a Puebla, a Apizaco, a los centros nocturnos de otras entidades. Y así, los días de Super Bowl y del fin de la serie mundial se presentan comúnmente igual que en el país del norte, o los días en que se piensa igual que todo el mundo en los desastres de la guerra en Kosovo o los atentados en España, o los destrozos que deja la naturaleza en Centroamérica o las manifestaciones de Greenpeace por las pruebas nucleares o los acontecimientos últimos en las negociaciones con el EZLN. Es la marginalidad y la desarticulación que existe entre las sociedades; por un lado, la opulencia que es fruto de esta desestabilización, y la disparidad en el mundo actual donde nuestro entorno, nuestra cotidianidad, participa de alguna u otra manera.

    La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano ruinas de piedra antiguas y desgastadas (evocando la arquitectura histórica de Tlaxcala) fusionándose sutilmente con paisajes urbanos modernos y futuristas en el fondo. La transición es fluida y simboliza cómo la historia informa la modernidad. Una figura sabia y contemplativa, con vestimenta tradicional, observa esta fusión, con una mano tocando suavemente un artefacto histórico. La iluminación mezcla tonos cálidos antiguos con tonos fríos modernos, creando una sensación de continuidad y evolución. La atmósfera es intelectual, reflexiva y visualmente rica, enfatizando la presencia perdurable de la historia en el mundo contemporáneo.

    Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.

    La ciudad de Tlaxcala no ha sido para mí solo un lugar para vivir o un espacio donde sentirnos cómodos codeándonos con su historia. Más bien, ha sido el contexto donde la historia y el tiempo incesante se mantienen unidos. Tlaxcala es la entidad tradicional donde su pasado converge con el mundo de hoy. ¿Por qué reflexionar sobre la historia de Tlaxcala como si estuviéramos ofreciendo meros aplausos?

    Algo que me ha perturbado últimamente es la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía únicamente en su riqueza cultural o en su historia, sino en el respeto hacia ella —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención respetuosa a su ayer. El aprendizaje de las situaciones pasadas nos invita a no repetirlas y a edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

    En ocasiones, me he encontrado con situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

    La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una presentación de libro en una acogedora librería clásica. Un escritor carismático con una sonrisa irónica habla ante un auditorio atento. Sobre una mesa se exhiben ejemplares de un libro titulado "Delitos Menores". La iluminación es cálida y dorada, destacando estanterías de madera llenas de libros al fondo. Se percibe una atmósfera intelectual y vibrante, con un cartel de "Tres Culturas" visible.

    Revive la vibrante presentación de «Delitos Menores», el nuevo libro de Marcelino Ruiz Acosta en Cuauhtémoc. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía, la brevedad y el vigor cultural de Chihuahua.

    El pasado viernes, la Librería El Quijote en Cuauhtémoc, Chihuahua, se convirtió en el epicentro de una celebración literaria vibrante. En el marco de los eventos de las «Tres Culturas», auspiciados por la presidencia municipal, el escritor Marcelino Ruiz Acosta presentó su más reciente obra titulada Delitos Menores. Ante un auditorio colmado y bajo un calor excepcional, los asistentes fueron testigos del nacimiento de un tomo que promete sacudir la cotidianidad con la agudeza que caracteriza a su autor.

    Marcelino Ruiz Acosta es un escritor de una versatilidad admirable. Su pluma transita con naturalidad entre el cuento, la poesía, la narración breve y, sobre todo, la ironía. En la presentación, hizo gala de su ingenio pronto para el chiste corto y compartió las anécdotas que dieron vida a este libro, despertando en los presentes una invitación irresistible a la lectura de textos que, aunque breves y concisos, poseen una carga intelectual profunda.

    La ceremonia contó con la distinguida presencia del maestro e ingeniero Raúl Manríquez, reconocido y talentoso escritor, quien fungió como maestro de ceremonias y presentador. La complicidad entre ambos literatos enriqueció la charla, convirtiéndola en un diálogo fluido y ameno sobre el oficio de escribir en el norte de México.

    Como preámbulo a la charla principal, se presentó la revista de circulación local Livres. Esta publicación es un testimonio del vigor cultural de la región, ofreciendo un espacio tanto para la literatura local como para las artes plásticas, incluyendo la fotografía y la pintura. Es verdaderamente plausible observar cómo las nuevas generaciones de literatos promueven y dan fe del movimiento cultural en Cuauhtémoc, asegurando la continuidad de una tradición artística robusta.

    Delitos Menores representa el tercer peldaño en la bibliografía de Ruiz Acosta. Le anteceden el poemario Derrepentes (1998) y la obra Del Aleph a Guernica. Asimismo, el autor ha participado en proyectos colectivos como Quinteto para un pretérito, en conjunción con otros autores regionales.

    En tiempos dominados por la inmediatez de redes sociales como Facebook y X (antes Twitter), la apuesta de Marcelino por la brevedad resulta no solo imprescindible, sino revolucionaria. Sus textos nos recuerdan que la risa, la celebración y la ironía son herramientas fundamentales para enriquecer al individuo y enfrentar la brevedad de la vida misma. A veces, lo muy breve es lo que más perdura.

    Trayectoria de Marcelino Ruiz Acosta

    ObraGéneroNotas
    DerrepentesPoesíaPublicado en 1998
    Del Aleph a GuernicaNarrativa/EnsayoObra previa destacada
    Quinteto para un pretéritoPoesíaAntología con autores regionales
    Delitos MenoresNarrativa BrevePresentado en 2026

    Marcelino Ruiz Acosta nació en Ciudad Juárez (1963) y ha sido codirector de la revista de literatura Esdrújula. Su labor ha sido reconocida con apoyos a la creación literaria, consolidándose como una voz esencial en la narrativa contemporánea de Chihuahua.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de una mujer con expresión contemplativa, sentada en una mesa de madera al aire libre, escribiendo en un cuaderno. Sus manos emiten un brillo sutil y dorado, simbolizando la energía creativa y la recuperación. Al fondo, un paisaje onírico que fusiona elementos de Tlaxcala (volcanes, arquitectura tradicional) con representaciones abstractas de su poesía: luciérnagas, un río, una luna creciente, y contornos etéreos de una gacela y una emperatriz. Un pequeño girasol en una maceta sobre la mesa añade un toque de esperanza y vitalidad. La atmósfera es artística, introspectiva, resiliente y profundamente conectada con la naturaleza y la emoción humana.

    Descubre la profunda conexión entre la vida y la obra de Isolda Dosamantes, una poeta mexicana que transforma sus vivencias en versos y enfrenta desafíos con resiliencia. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la búsqueda de identidad y la liberación a través de la poesía.

    A lo largo de los años, he llegado a apreciar profundamente la conexión intrínseca entre el autor y su vivencia. Me complace entrelazar las obras con las experiencias de vida de sus creadores, pues sin esa pasión vital, sin el goce de la existencia, las obras corren el riesgo de carecer de la profundidad y el arraigo necesarios.

    Isolda Dosamantes, poeta mexicana, encarna esta fusión entre vida y obra. Su poesía es un reflejo de sus existencias, comprometida con la vida misma, transformando los ires y venires en letras poéticas. Su obra es un testimonio de su búsqueda constante, como se aprecia en el poema «Cuervos en la memoria»:

    Mis manos danzan sobre tu espalda,

    y nace en mis ojos un brillo de alegría,

    es un goce el aroma de tu piel en mis cabellos

    es río que nace en mi entrepierna.En la penumbra de la luna

    cuando nuestros cuerpos encuentran el sosiego

    soy dichosa de tan libre,

    en cada paso la certeza de la luz.Soy una luciérnaga constante,

    burbuja de tus labios

    con esa forma sutil de tus miradas.Soy la bella emperatriz de tus anhelos

    gacela entre montañas,

    tu cáliz y tortura.

    Soy gacela, luciérnaga, burbuja

    soy veneno, emperatriz y lágrima

    en el instante que me estrello con tu olvido.

    Soy vértigo, ensoñación del aguamala

    y busco en los escombros

    descubro entonces el otro lado de mi piel

    y me estremezco.

    No sé cuando te perdí, ni donde reencontrarme

    ¿dónde el brillo de luciérnaga, en qué beso, en cuál esquina?

    Y soy pescado de mil cañas.Y soy pescado de bambúes y de carrizos

    soy pescado

    y me recuerdo en la sonrisa de una niña.

    En estos versos, la escritora tlaxcalteca busca reconstruirse, explicarse, desdoblarse para encontrar su ser. A veces se mimetiza con las cosas, con lo imaginario, o encuentra otra identidad, tal vez en los besos del amante. Es una exploración profunda de la identidad y la memoria.

    Otro ejemplo de su profunda conexión con la existencia se manifiesta en «Un canto»:

    Quiero que llegue el mar, ser agua,

    ser agua por un mes hasta librarme;

    ser liebre, liebre, liebre, libre y danzar

    desandar los nudos y bailar un ritmo nuevo,

    sacudirme de las fuerzas oscuras

    encontrar al duende

    hablar con la musa

    despertar al ángel

    llegar al veste de la diosa y verla cobijarme.

    Sentir que me abriga para callar el viento en mi cabeza

    y poner las palabras en mi pluma.

    La autora nos revela que, a pesar de encontrarse en una «cuadratura», en una «matrix», la poesía es posible. Las diosas lo permiten, el desarrollo de encuentros con lo imaginario, con los seres benefactores de la poesía, para abrogar la opresión. Es un acto de liberación a través de la palabra.

    Isolda Dosamantes es una de las autoras cuya trayectoria aprecio, sin demeritar a otras destacadas escritoras de la misma región como Citlalli H. Xochitiotzin y Minerva Aguilar Temoltzin.

    Nacida en Tlaxcala, México (1969), Isolda Dosamantes es Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Posee una Especialización en Literatura Mexicana por la Universidad Autónoma Metropolitana y un Diplomado en Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha sido becaria de la Fundación Alberti, del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Tlaxcala y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Entre sus poemarios destacan Altura Lustral (2001) y Utopías de Olvido (1997). Ha colaborado en suplementos culturales como El Sol de Tlaxcala y en diversas revistas culturales (Textos, Tierra Adentro, Pasto Verde, Oráculo, Deriva, Molino de Letras). Su obra figura en antologías como Eco de Voces. Generación poética de los sesenta (2004), Melíferas Bocas (2004), Para tu exclusivo placer (2003) y en las selecciones Sueños que a plena luz evaporan los soles (1993) y Nos queremos casar de rojo (2001). Ha ejercido la docencia en preparatorias de la Ciudad de México, en el CEPE UNAM, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, y fue profesora en la Universidad de Xiangtan, China.

    Es importante señalar que, a pesar de su destacada trayectoria internacional, Isolda Dosamantes mantiene sus raíces firmes en Tlaxcala, donde reside actualmente. Recientemente, ha enfrentado un desafío personal debido a una caída. Desde aquí, le enviamos nuestros mejores deseos para una pronta y completa recuperación. Su espíritu de «luciérnaga constante», que ilumina sus versos, es un testimonio de su resiliencia, y estamos seguros de que, como en su poesía, encontrará la luz y la fuerza para superar este momento. Su presencia en Tlaxcala sigue siendo un faro para las letras y un ejemplo de cómo la vivencia nutre la creación, incluso en los momentos de pausa física.

  • Imagen surrealista e hiperrealista que muestra un corazón humano luminoso atrapado en un nudo ciego de cables digitales y cuerdas. A los lados, se observan figuras que representan el Ice Bucket Challenge y la identidad Therian (una persona con máscara de lobo), simbolizando la presión de las tendencias modernas sobre la esencia humana.

    ¿Son los retos virales y las identidades animales el preámbulo de nuestra propia extinción moral? Descubre cómo el movimiento Therian y el Ice Bucket Challenge se entrelazan en este profundo análisis sobre la deshumanización.

    Los tiempos modernos no son los de Chaplin, sino los del Ice Bucket. No pretendo oponerme frontalmente a esta moda viral que las conexiones informáticas nos traen, pero todo depende de cómo se tome y de la manera en que se entienda. El propósito, en apariencia, puede ser loable; sin embargo, al analizar las connotaciones simbólicas del acto, surgen sombras que muchos podrían tildar de «conspiranoicas», pero que para el observador atento revelan una tendencia inquietante hacia el engaño y la desvalorización del ser.

    El Ice Bucket Challenge se presentó como una moda pasajera para recaudar fondos contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Logró cifras millonarias, pero su mecánica oculta un simbolismo de «yaciente». En la lógica sistémica del clan familiar, la parálisis de la esclerosis a menudo representa un muerto no aceptado; el enfermo se sacrifica, negándose la movilidad para que la familia atienda al ancestro suplido. Al convertir esta tragedia en un espectáculo viral de «chabacanería», se genera un adormecimiento vibratorio. Bill Gates o Mark Zuckerberg empapándose en público no es un acto de humildad, sino una catarsis colectiva que distrae la energía hacia lo pueril, impidiendo conectar con frecuencias de amor incondicional o soberanía individual. Es, en esencia, un acto de distracción energética: mientras el mundo mira el balde de agua, la esencia humana es «bolseada» de su valor real.

    Esta distracción pavimenta el camino hacia fenómenos contemporáneos aún más radicales, como el movimiento Therian. Si el Ice Bucket nos acostumbró a la respuesta automática y masiva ante estímulos externos vacíos, el therianismo lleva la desvalorización de la persona a su frontera final: la renuncia a la propia especie. Los therians son individuos que se autoidentifican psicológica o espiritualmente como animales (lobos, felinos, aves). No es un simple disfraz; es el grito de quien considera su cuerpo humano como un mero envase defectuoso, buscando refugio en una identidad «bestial».

    Aquí es donde mi tesis se vuelve crítica: estos movimientos no son aislados, sino que buscan trastocar los estados de conciencia humanos para facilitar una deshumanización voluntaria. Al igual que el balde de agua helada nos «despertaba» momentáneamente para volvernos a dormir en la masa, el therianismo nos invita a abandonar la dignidad de nuestra especie para integrarnos en una especie de «zoológico global» donde todo está permitido porque ya nada es sagrado.

    Esta pérdida de valorización de la persona no es el fin del camino, sino el preámbulo de la transhumanización. Al vaciar al humano de sus valores morales y de su conexión con lo divino o lo natural, se crea un vacío que la tecnología y las nuevas ideologías pretenden llenar. Estamos transitando de la soberanía del individuo a una fluidez amorfa donde el concepto de «humano» se diluye. Si hoy permitimos que la identidad se fragmente en theriotipos animales, mañana no habrá resistencia moral ante la fusión con la máquina o la pérdida total de la especie en favor de un diseño puramente subjetivo y artificial.

    La verdadera revolución no está en imitar al animal ni en lanzarse agua por un reto digital, sino en la conciencia. La deshumanización es una trampa que nos seduce con la libertad de «ser cualquier cosa» para que terminemos siendo nada. Recuperar la valorización de la persona, con sus límites biológicos y su potencial espiritual, es el único antídoto contra este panteísmo de identidades fragmentadas que amenaza con convertir nuestra humanidad en una pieza de exhibición en un zoológico transhumanista.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista en una habitación blanca minimalista. Un hombre está sentado en una silla, sin vida, mientras una figura etérea y traslúcida se mantiene de pie frente a él con una expresión compasiva. Detrás del cuerpo inerte, se abre un portal circular de luz dorada brillante que simboliza el tránsito hacia el más allá.

    ¿Qué sucede cuando el que guía hacia la luz es quien realmente necesita cruzar? Descubre «Cuando se Acabe la Cuarentena», un impactante relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía de la muerte y la paz final.

    —Mis esperanzas son muchas, todo depende de que este problema se acabe. Lo que ya quiero es ponerme en movimiento, hacer cosas que hace mucho había planeado y que ahora que he estado parado ya es el momento de ponerlo en práctica. A veces pasa que no valoramos las cosas, como cuando salía uno a la calle con total libertad, y que ahora valoramos. Quiero hacer cosas como decirle a ella cuánto la quiero, y otras cosas que quiero hacer. Cuando se acabe la cuarentena ahora sí voy a ponerme las pilas y sin miedo voy a enfrentar la vida. ¡Ahora sí me voy a poner bien chingón, ya lo verán! —

    El hombre se observa en un sitio amplio y solo, detenido en sus pensamientos, imbuido hacia dentro. Sus cavilaciones son un tiempo detenido, aquietado hacia sí mismo. La habitación, blanca y sin ventanas, parece suspendida en una dimensión ajena al mundo exterior. No hay reloj. No hay calendario. Solo el monólogo incesante de sus esperanzas.

    Rafael, terapeuta holístico y médium, escucha los pensamientos de este hombre y trata de ayudar. Ha estado trabajando con él durante semanas, canalizando su energía, intentando guiarlo hacia la paz.

    —Dirígete a la luz, ve a la luz —dice Rafael, con una voz que suena como si viniera de muy lejos, como si fuera una bocina en su entorno.

    El hombre escucha y capta el mensaje. Lentamente, comienza a moverse. Su cuerpo, hecho un vapor, como perfecta alma en pena, se desplaza por la habitación. Pero no se dirige hacia ninguna luz externa. Lentamente, se da la vuelta y se acerca a Rafael, el médium.

    Una sonrisa triste, casi compasiva, se dibuja en su rostro etéreo.

    —No, amigo —susurra el alma en pena, y su voz suena como el viento rozando un cristal—. La luz no es para mí. Es para ti.

    Rafael, confundido, intenta retroceder, pero siente sus pies pegados al suelo. El alma en pena levanta una mano translúcida y señala hacia el rincón de la habitación donde Rafael está sentado.

    —Mírate —le dice.

    Rafael, con un terror que no había sentido nunca, gira la cabeza. Y entonces lo ve. Su propio cuerpo, desplomado en el sillón, con la piel pálida y los ojos vidriosos, fijos en la nada. Lleva ahí tres días, desde el infarto fulminante. Él, el gran médium, el terapeuta holístico que se suponía que podía ver más allá del velo, no se había dado cuenta de que era él quien había muerto en plena sesión.

    El cliente que creía estar canalizando no era un paciente vivo buscando paz. Era su guía espiritual, su ángel guardián, que había venido a ayudarlo a cruzar sin que él lo supiera.

    —La cuarentena se acabó para ti, Rafael —concluye el alma en pena, con una ternura infinita—. Yo solo soy el que viene a ayudarte a cruzar. Ahora, por favor, dirígete a la luz.

    Una puerta de luz se abre detrás del cuerpo inerte de Rafael. Es blanca, cálida, y emite una paz que Rafael nunca había experimentado. El médium, ahora consciente de su propia condición de fantasma, comienza a caminar hacia ella, mientras el otro espíritu, su trabajo cumplido, se desvanece en el aire.

    Rafael da un último vistazo a su cuerpo abandonado en el sillón. Tres días. Nadie lo había encontrado. Nadie lo había buscado. Pero eso ya no importaba. La cuarentena había terminado para él, de una manera que nunca hubiera imaginado.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra al guerrero tlaxcalteca Tlahuicole en el altiplano, apuntando con su arco hacia el horizonte. A sus pies yace un enorme dragón derrotado, mientras al fondo se impone la silueta del volcán La Malinche bajo un cielo dramático al atardecer.

    ¿Y si la Conquista de México fue una venganza por dragones caídos? Descubre «Tlahuicole, el Cazador de Dragones», un relato de Edgar Sánchez Quintana que redefine la historia con mitos, linajes atlantes y secretos reales.

    El indio disparó la flecha como quien lanza una mirada al vacío, pero con el ojo cerrado, como un sabedor de distancias y aerodinámicas. Y dio en el blanco. Lo supo porque aquel pajarraco oscuro cambió de rumbo y, en la lejanía, fue a estrellarse contra la montaña Malinche.

    Muchos saben, y bastantes entienden, que el mundo no es exactamente lo que parece. Se habla de la existencia de seres reptilianos, lagartos que controlan el planeta desde las sombras, camuflados en los círculos de poder más emblemáticos. Y así como la reina Isabel II tenía sus corgis para parecer más humana, estos reptiles tienen sus propias mascotas: dragones de distintos tamaños, bestias que utilizan para espantar a los niños o, como en este caso, para vigilar sus dominios.

    Los reptilianos aprecian tanto a sus mascotas que las inmortalizan en sus escudos heráldicos y en sus iglesias. El rey Enrique VIII de Inglaterra esperaba el regreso de su par de dragones, a los que había enviado a circundar las regiones de América para vigilar si los vikingos habían pisado ya esa comarca. Pero los dragones se adentraron demasiado, llegando hasta la altiplanicie mexicana, a la región de Tlaxcala.

    Uno de ellos fue muerto por un guerrero tlaxcalteca aún no muy conocido: Tlahuicole. Este guerrero era uno de los últimos descendientes de los atlantes, nieto de un sacerdote de los Atla-ra, custodio de las puertas que conectan con los sitios dragón interiores y exteriores del planeta. Tlahuicole, sin embargo, era ignorante de su linaje y no sabía más que lo que se le había enseñado como guerrero de clase alta.

    Enrique VIII, mientras tanto, quería que su hijo descubriera en Portugal a sus queridas mascotas, pero el príncipe tuvo que ir a casarse sin sus vigías. Eran tiempos en que el sultán Suleimán expandía su imperio y el pirata Barbarroja atacaba las costas italianas. El rey, para estabilizar su poder, recurría a la magia y a otros conocimientos ocultos. Su völva (bruja) personal, una anciana letona llamada Freysa, quedó ciega de su visión a distancia, primero de un ojo y luego del otro, mientras intentaba localizar a las bestias. Usando belladona y beleño, le comunicó al rey que sus dos mascotas habían muerto en aquellas tierras de ultramar, donde moraban los últimos descendientes de los Atla-ra. Un indio de aquellas regiones había matado a uno; el otro, un emperador azteca llamado Moctezuma.

    La conquista de lo que después sería la Nueva España no fue otra cosa que una venganza de Enrique VIII por sus mascotas muertas. Esos dragones, sobrevivientes de tiempos ancestrales, eran más reales que los mitos del rey Arturo. El monarca inglés envió a su hijo a convenir con los reinos de Portugal y España una alianza para vengar a sus “pobres cachorros”.

    La conquista de México fue, pues, por culpa de dos mascotas muertas. Y aquí entra en escena un hidalgo conquistador llamado Hernán Cortés. La völva Freysa, al saber de la expedición que partiría de Cuba, se transmutó en un soldado español y se unió a la empresa para continuar con la venganza que su rey le había encomendado años atrás.

    Tlahuicole murió con honores en el temalácatl, la piedra de sacrificio para guerreros capturados. Su cráneo fue conservado en un templo azteca dedicado a Huitzilopochtli. El objetivo de Freysa era claro: al conquistar el imperio, se llevaría el cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma como trofeos de venganza.

    Freysa logró su objetivo. El cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma fueron enviados a Inglaterra como prueba de la venganza cumplida. Sin embargo, la völva no contó con el poder inherente de los objetos. El cráneo no era solo un hueso, sino un artefacto atlante que contenía la conciencia de Tlahuicole. El penacho no era solo de plumas, sino un canalizador de la energía de Quetzalcóatl. Juntos, en la misma bóveda del castillo de Windsor, los dos objetos comenzaron a resonar. La vibración fue tan potente que no solo borró la memoria de los dragones de la historia, sino que reescribió el linaje de Enrique VIII. Su obsesión por un heredero varón se convirtió en una maldición: sus descendientes serían cada vez más débiles, más enfermizos, hasta que la casa Tudor se extinguiera. La venganza de Tlahuicole y Moctezuma fue silenciosa, pero absoluta.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra a un hombre con una sonrisa cínica, siendo esposado por dos policías antidisturbios (Robocops) en medio de una calle caótica. Al fondo, una protesta dispersa con pancartas abandonadas y gente huyendo. El sol, como una yema de huevo frita, ilumina la escena, creando un ambiente caluroso y absurdo. Un vendedor de chicles observa la escena con una mezcla de lástima y curiosidad. La composición enfatiza la ironía de un espectador que se convierte en protagonista de una situación sin sentido.

    Sumérgete en «Manual para ser detenido sin querer» de Edgar Sánchez Quintana: un relato irónico que expone el absurdo de la protesta social y la facilidad con la que un espectador puede convertirse en víctima de la burocracia represiva.

    El sol era una yema de huevo frita sobre el comal del cielo, y el calor, un animal baboso que se me trepaba por la espalda. El trajín de la calle, el tufo a humanidad del transporte público, el sudor caliente que se me acuartelaba en los sobacos; todo sumaba. Gotas empapadas me resbalaban por la frente lisa y el pantalón se me había vuelto una plasta pegajosa, un dulce de pepitoria adherido a las piernas. Arriba, unas nubes hacían la finta de que iba a llover, pero era pura mueca, una burla celestial que solo servía para espesar el bochorno.

    Estoy parado sobre la banqueta, viendo cómo un puñado de gente cierra la calle. Los cláxones, desesperados, se tropiezan en los oídos como chivos sin mecate, una sinfonía de estropajo que me empieza a ladrar en los nervios. Asomo a mis dientes una sonrisa caducada, un gesto alimonado que se me estropea en la cara. Y yo, con mi tolerancia eucarística ya zangoloteada, lo que quiero es reclamarles por no dejar pasar los coches. Muy valiente el hombre, aunque no tenga auto, ni pito que me toquen.

    —¿Qué es lo que pasa allá, saben algo? —le pregunto a un señor que vende chicles, más por matar el tiempo que por interés genuino.

    —Están haciendo manifestación. Creo que protestan por justicia —responde, sin dejar de mirar al frente, como si viera una película repetida.

    —A ver, voy a ver y ahorita les platico —digo, sintiéndome el corresponsal de una guerra que no me importa.

    Me acerco al epicentro del desmadre. Los manifestantes se ven novatos, como si los hubieran sacado de un casting para una película de bajo presupuesto. Lucen en sus rostros tostados una sapiencia caducada, como si el propósito de su lucha se les hubiera olvidado en el camino. Veo a uno, un mofletudo con aires de Sancho Panza, y le suelto la pregunta:

    —¿Y ustedes qué reclaman, por qué cierran la calle?

    El tipo titubea, mira a sus compañeros como buscando el guion, y luego, con una genialidad pasmosa, se dirige a su propia gente:

    —A ver, ustedes díganme, ¿por qué estamos protestando?

    Nadie le contesta. La duda flota en el aire, más densa que el calor. Me acerco a otro, un chavo con una pancarta en blanco.

    —Oye, que están reclamando, ya se hizo un caos aquí en la calle.

    —Es que lo que queremos es que la gobernadora nos escuche —me dice, con una convicción que casi me da lástima—. No nos hace caso y necesitamos presionar.

    —Pero si la gobernadora no está. Anda en Europa, en una gira de trabajo —le informo, como quien revela el final de un truco de magia barato.

    El chavo se queda quieto. La pancarta se le afloja en las manos. Suelta un suspiro largo, una mezcla de derrota y revelación, y luego murmura para sí mismo:

    —Apoco sí… Hija de su chingada madre.

    Me alejo de ellos, con una risa cínica que se me atora en la garganta. Qué espectáculo. Un circo de tres pistas sin leones ni payasos, solo un montón de gente protestando contra una silla vacía. Me recargo en una pared, a una distancia segura, para disfrutar del último acto.

    Y entonces, como si el director de esta ópera bufa hubiera decidido que faltaba un poco de acción, apareció un camión de antimotines. Se estacionó a media cuadra, con la parsimonia de un elefante cansado, y de su interior empezaron a bajar policías vestidos de Robocop. Escudos, cascos, toletes; el kit completo para dialogar con el pueblo. No parecían tener prisa. Se formaron en una línea, una muralla de plástico y aburrimiento bajo el sol inclemente.

    De entre ellos, uno se adelantó. No era el más grande, pero tenía un aire de autoridad burocrática, como de gerente de sucursal de la violencia. Se llevó un radio a la boca y escuchó. Yo, desde mi palco de primera fila en la banqueta, no podía oír las órdenes, pero me las imaginaba: «Procedan con el protocolo 7-G: Dispersión de Inconformes Desorientados».

    El oficial, llamémosle Sargento Pérez para darle un nombre a mi verdugo anónimo, bajó el radio y se dirigió a sus hombres. No gritó. No arengó. Solo dijo algo en voz baja, y la muralla de escudos empezó a avanzar. Lento. Casi con pereza. Un paso, golpe de tolete contra el escudo. Otro paso, otro golpe. Un ritmo monótono, como el de una fábrica de represión.

    Los manifestantes, que seguían tratando de averiguar por qué estaban ahí, se encontraron de pronto con un propósito: el miedo. Empezaron a retroceder, a tropezarse entre ellos. El Sancho Panza mofletudo fue el primero en correr. El chavo de la pancarta en blanco la usó para cubrirse la cabeza, como si eso pudiera detener un toletazo. Era un caos patético, una estampida de gallinas sin cabeza. Y yo, recargado en mi pared, no podía dejar de sonreír. El gran final. La comedia del absurdo en su máxima expresión.

    La mayoría de los manifestantes se dispersaron como cucarachas cuando se prende la luz. En menos de un minuto, la calle estaba casi vacía, con solo algunas pancartas olvidadas y la dignidad pisoteada. Yo seguía en mi sitio, recargado en la pared, disfrutando del epílogo. El Sargento Pérez, en lugar de perseguir a los que corrían, se detuvo. Miró a su alrededor, como un depredador que ha perdido a su presa, y entonces sus ojos se posaron en mí. El único punto fijo en un mar de movimiento.

    Comenzó a caminar hacia mí. Con calma. Con esa parsimonia burocrática que hiela la sangre. Yo no me moví. ¿Por qué habría de hacerlo? Era un espectador, un ciudadano ejemplar que no obstruía el tráfico peatonal. Seguramente venía a decirme que circulara, a darme las gracias por mi cooperación cívica. Incluso preparé una de mis sonrisas cínicas para la ocasión.

    Se paró frente a mí. Su rostro, inexpresivo bajo el casco, no me miraba a mí, sino a través de mí.

    —Buenas tardes —le dije, con un toque de ironía que, por supuesto, no captó.

    —Buenas tardes —respondió, con la misma monotonía con la que se lee un reporte—. Queda usted detenido.

    Mi sonrisa se congeló. Se hizo un nudo en mi cara. Debo haber escuchado mal. El calor, el sudor, el ruido de los cláxones… todo eso debía haberme afectado el oído.

    —¿Disculpe? Creo que hay un error. Yo solo estaba mirando. No soy parte de… esto.

    El Sargento Pérez sacó unas esposas de su cinturón. El sonido del metal fue lo más real que había escuchado en toda la tarde.

    —La orden es clara —dijo, como si me explicara el reglamento de tránsito—. Agarrar a todo revoltoso que ande en las inmediaciones. Usted está en las inmediaciones. Por lo tanto, es un revoltoso.

    La lógica era tan aplastante, tan pura en su estupidez, que no supe qué decir. Dos de sus Robocops se acercaron y, con una eficiencia que ya hubieran querido los manifestantes para su protesta, me tomaron de los brazos. No hubo violencia. Fue un trámite. Un papeleo físico.

    Mientras me llevaban hacia la patrulla, con las manos esposadas a la espalda, pasé junto al señor que vendía chicles. Me miró con una mezcla de pena y curiosidad. Le devolví la mirada y, con la última pizca de cinismo que me quedaba, le dije:

    —Al final, sí tuve algo que platicarles.

    Me subieron a la patrulla. La puerta se cerró y, a través de la rejilla, vi cómo la calle volvía lentamente a la normalidad. Los coches empezaban a pasar. El sol seguía friendo el asfalto. Y yo, el espectador, el crítico, el hombre que no tenía coche ni pito que le tocaran, me había convertido, por fin, en el protagonista de la función.