Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Retrato hiperrealista de un hombre de facciones rudas y cuerpo robusto vestido con una chamarra de cuero oscura sobre un uniforme policial. Su mirada es intensa y decidida, con las manos vendadas sugiriendo entrenamiento en artes marciales. Se encuentra en una calle empedrada de Tlaxcala al atardecer, con los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl de fondo bajo un cielo dramático.


    Conoce la impactante vida de «Kid Palotes», un policía de Tlaxcala que ocultaba tras su uniforme la maestría de un guerrero ninja, en esta crónica sobre lealtad, disciplina y resistencia.

    De cara tosca y cuerpo grandote, Kid Palotes era la imagen perfecta del policía que espanta a los niños. Así le habían apodado en la corporación donde laboraba, aunque algunos también le decían «el Tonfas» por su maestría para apuntar garrotazos a los más insumisos, siempre de manera precisa y profesional. Era un artemarcialista con muchos años de estudio en Bujinkan Budo Taijutsu, un arte que otros llamarían ninjutsu. Dudo que en la corporación supieran del profundo conocimiento que poseía; para ellos, no pasaba de ser el “ninja loco” por su comportamiento a veces incomprensible. Era hosco y reservado, sobre todo con los desconocidos, y faltaba a tantas reglas sociales que a menudo parecía no entenderlas o, simplemente, le sacaban de quicio.


    La historia de Kid Palotes se remonta a finales de los años setenta, cuando las artes marciales estaban en su apogeo y los jóvenes mexicanos imitaban los movimientos de Bruce Lee. Tlaxcala no fue ajena a esa marejada de cultura popular, y aquí también surgieron fanáticos del kung fu y el karate. Kid Palotes era un enamorado de este arte y coleccionaba todas las revistas sobre el tema. Su ensimismamiento era tal que no es mentira decir que, como a un artemarcialista de película, le sangraban las manos y los nudillos por el entrenamiento excesivo. Me tocó verlo practicar con un bastón bō contra un árbol o un poste de madera; cada golpe era letal.


    Llegamos a entrenar juntos. Era muy perfeccionista, y cada movimiento tenía su razón de ser. El arte marcial que yo practicaba era Lima Lama, pero el suyo abarcaba áreas que yo desconocía. Como profesor, siempre me cuidó mucho, aunque el Bujinkan es un arte fuerte, diseñado para la guerra y la estrategia. Supe que en algunos entrenamientos había lastimado seriamente a compañeros, y su propia esposa me advirtió que no entrenara con él porque podría lastimarme. Tal era su apasionamiento que a veces no distinguía un entrenamiento intenso de un ataque real. Y, en su lógica, así debía ser.El maestro de Kid Palotes era Gustavo Sánchez, un profesor de Atlixco, Puebla, cuyo instructor directo era Masaaki Hatsumi, sōke (gran maestro) de la Bujinkan Budo Taijutsu y poseedor de las nueve tradiciones ninja.
    En la década de los noventa, Kid Palotes llegó a diseñar y fabricar equipo táctico ninja para los grupos de guardias presidenciales. Era equipamiento que no estaba a la venta y cuyos usos muy pocos conocían. Cuando terminó el sexenio, le requisaron su taller, confiscaron toda evidencia del equipo realizado y le prohibieron volver a fabricar esos materiales. La amenaza fue clara: si se enteraban de que lo hacía, le “partirían su madre”. Quizás lo que buscaban era evitar la insurgencia de grupos bien adiestrados con conocimientos sobresalientes. Llegó a mostrarme bóxers para golpear, espinilleras de plástico duro, antebraceras que podían parar un machetazo, botas con una punta de acero retráctil y, por supuesto, shuriken y demás armas de su arte.


    Kid Palotes tuvo una esposa, pero no hijos propios. Crio a la hija de ella como si fuera suya. Su esposa, una ex policía, se dedicaba a prácticas esotéricas. Hacía limpias y sanaciones, pero tenía un carácter irascible y, a veces, no controlaba su energía, llegando a hacer daño con solo maldecir. Andaba inmiscuida con grupos de brujos, manejaba amarres y conjuros, y sospecho que eso fue lo que la llevó a la muerte. La secuestraron. Su cuerpo apareció sin cabeza; tiempo después, la cabeza fue encontrada de manera circunstancial. Kid Palotes andaba muy asustado, porque los judiciales lo llevaron a la procuraduría para que confesara si él la había matado. Le dieron su paliza, pero no lograron sacarle una confesión falsa, porque él no había sido. Además, ya había estado en circunstancias similares en décadas anteriores y conocía la ceguera al dolor de quien ya está curtido.


    Kid Palotes era coherente consigo mismo. Siendo policía, fue incapaz de ser corrupto y prestarse a las mañas de muchos, lo que le granjeó enemistades dentro de la corporación. Era marginado y sufría vejaciones en su trabajo, pero sabía cómo cobrárselas con una venganza bien armada. Si sabes ninjutsu, sabes el arte de la estrategia. Tarde o temprano, la tienes ganada.


    Cuando estaba en turno, a menudo lo asignaban a los grupos antimotines en distintos municipios. Así, se vio en medio de conflictos en Texoloc, Nativitas y Tlaxcala capital. Siempre lo ponían como punta de lanza para desarmar a rijosos con machetes, a borrachos con garrotes o a drogadizos indolentes.
    Tuve la fortuna de aprender de él el manejo del tonfa, del PR-24, algo de katana y gotompo, entre otras muchas cosas. Su amistad me enriqueció y me ayudó a comprender vidas distintas y pensamientos diversos. Su apasionamiento me enseñó que lo que te gusta debes desarrollarlo, pulirlo, acrecentarlo y nunca dejar de aprender.


    Kid Palotes no murió de COVID-19. Tenía diabetes, y se le complicó. Me enteré de su muerte meses después. Esto es una reseña de su vida y un reconocimiento a mi maestro.

  • Imagen hiperrealista de dos hermanas gemelas idénticas vestidas de novia con trajes tradicionales mexicanos bordados. Una hermana tiene una expresión de preocupación y sostiene una flor blanca pequeña, mientras la otra muestra una sonrisa traviesa y sostiene una rosa roja. Al fondo, se aprecia una vibrante fiesta de pueblo con mariachis, decoraciones coloridas y la silueta de los volcanes bajo un cielo despejado.

    Descubre «Gemelas», un fascinante relato de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza las ricas tradiciones de una boda en Tlaxcala con un inesperado y perturbador giro de identidad que cambiará la vida de dos hermanas para siempre.

    El día pintaba opaco por la ceniza de don Goyo. Yo no tenía otra cosa que hacer más que perder el tiempo, como envidiablemente nadie más lo hace, cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Marcelo, con una invitación para acompañarlo a Los Reyes Quiahuixtlan.

    Nos vimos en un punto cercano y tomamos la combi que nos llevaba por ese rumbo. En el colectivo me informó que íbamos a una boda. Yo no soy mucho de fiestas, y menos de bodas, y tampoco llevaba ropa adecuada para la ocasión, pero en fin, como sea y como cayera, nos fuimos a la boda. Para matar el tiempo, esperamos un poco tomándonos un refresco en una tenducha. A las tres de la tarde, la comitiva nupcial apareció.

    A la cabeza, un cuarteto de jóvenes a pie: las dos novias, idénticas y radiantes, y los dos novios, de traje negro y corbata. Se veían tan contentos como si vinieran de firmar su divorcio. Ellas lucían vestidos de novia sin mácula de error, perfectos. Detrás, los mariachis y el resto de los invitados.

    La calle era de terracería y en cuesta. Los pajes, levantando la cola de los vestidos, incrementaban la polvareda adrede, como si quisieran dejar una estela bien marcada, y cada uno se ganó un coscorrón de su respectiva madre. En la entrada de la casa, grandes lianas de margaritas y ramas adornadas enmarcaban una estrella, el símbolo de que allí se casaban mujeres. En este caso, dos gemelas idénticas, delgadas y frutales.

    El ambiente ya estaba montado. El conjunto musical a la izquierda, y frente a él, grandes mesas dispuestas para el banquete. A un lado, dos baños rústicos tipo fosa séptica; al otro, un tapanco de tepetate de metro y medio, y sobre él, un jardín de pasto y hierbas con una regia planta de nopal.

    A lo lejos, como un telón de fondo, se dibujaban la ciudad de Tlaxcala y las siluetas imponentes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. La historia de las gemelas era bien conocida en el pueblo. Había muchos padrinos, pues casi todos habían participado de alguna manera en la vida de las hijas de don Carmelo. Nara y Nariara cantaban en el coro de la iglesia y eran activas en la pastoral juvenil. Nacieron agarradas de la mano, un presagio que su madre siempre consideró bueno. Lo que no le agradó tanto fue su asombroso parecido. Al principio, le costaba saber quién era quién, pero con el tiempo aprendió a diferenciarlas por su carácter. Una era muy llorona; la otra, un trompo que no se estaba quieto. Ya en la adolescencia, las diferencias se acentuaron: una, Nara, decía siempre la verdad; la otra, Nariara, mentía todo el tiempo. Nara era recatada; Nariara, enamoradiza y risueña con los hombres. Conocieron a sus ahora esposos en lugares distintos. Nara encontró a Vicente en el coro, donde él tocaba la guitarra y, a veces, llevaba serenatas a las novias de sus amigos. Vicente, hijo de un comerciante de manzanas, acababa de terminar la carrera de Administración. Nariara, por su parte, conoció a Fermín en un antro. Él había estudiado en el Tecnológico de Apizaco y trabajaba como ingeniero en cómputo en la sucursal de IBM en Puebla. Los dos noviazgos prosperaron, los cuatro se hicieron buenos amigos y decidieron casarse en una sola fecha, un sueño que compartían desde hacía mucho tiempo, casi como una repetición de su fiesta de quince años. Enamoradas de sus raíces, siguieron las tradiciones de Los Reyes Quiahuixtlan al pie de la letra.

    Cargaron la cruz de flores a la entrada de la casa, tomaron su tarro de pulque, fueron llevadas en brazos por sus esposos hasta la carpa del banquete y se hincaron para recibir la bendición de padres y padrinos. Luego vinieron los bailes: el chochocol, el del guajolote, el vals y la víbora de la mar. De comida sirvieron mixiote, arroz y mole con tortillas de comal. Para beber, pulque, agua de Jamaica, refrescos y bebidas preparadas por un pariente que era barman en el conocido bar “El Sótano”. La fiesta se llevó a cabo sin grandes sobresaltos. Todos disfrutaron del festín y el jolgorio. Cuando pasaron a pedir dinero para la luna de miel, la gente fue generosa. Ya tenían reservado el hotel Elcano en Acapulco, sobre la costera Miguel Alemán, por tres días y dos noches. De regreso, planeaban visitar a unos familiares de Vicente en Chilpancingo y luego pasar unos días en Taxco.—¿Gustan cooperar para el viaje de bodas? —dijo Nariara, acercando una zapatilla con dinero.—Claro. Que la pasen muy bien en su luna de miel y que sean muy felices tú y tu hermana. Todo ha estado muy bien, gracias por todo —afirmó Marcelo, acomodando un billete generoso.

    Más tarde, las hermanas y sus esposos contaban el dinero entre risas.—Mira, hermana, ¡ya juntamos un buen! —exclamó una.—Oye, a ver, vamos a ver cuánto juntaron ellos.—¿Cuánto llevan?—¡Ya juntamos pa’ las caguamas! —bromeó uno de los novios.—¡Cállate, qué caguamas! Necesitamos para la gasolina y las casetas. A ver, nosotras juntamos más.—Pues claro, ustedes están de locales y nosotros de visitantes.—Por eso las queremos tanto.—Mua, mua. Ya en Acapulco, el calor las recibió con una bofetada húmeda.—Mira, hermana, ¡qué bonito hotel! ¡Ay, cuánto calor! Vamos a las habitaciones. Lo bueno es que están juntas, la vamos a pasar bien. ¡Ayyy, ya quiero estar con él! —dijo Nariara.—¡Ay, picarona! —rio Nara.—Yo también quiero estar en sus brazos. Todo esto es maravilloso, parece un sueño.—Me voy a poner el negligé blanco.—Ahorita que suban a la habitación brindamos y cada quien a lo suyo. Pero ya es muy tarde, hay que dormir.—Yo lo último que quisiera es dormir —susurró Nariara—. Quiero hacer el amor con él incansablemente. Ay, Fermín, mi amor. En la habitación, los cuatro brindaron. Las botellas de vino y algo de reserva que habían llevado se descorcharon entre risas y recuerdos de la fiesta.—¡Se fijaron cómo la tía Juana se puso como trompo después de todas esas copas que se tomó! —comentó Vicente.—¡Jiji, no manches! Todo el mundo lo va a comentar. La noche transcurrió entre anécdotas, bromas y el murmullo del mar que se colaba por la ventana. El cansancio y el alcohol finalmente los vencieron, y cada pareja se retiró a su respectiva habitación.

    La mañana los descubrió durmiendo plácidamente. Era un hermoso día soleado, y el calor acapulqueño, alharaquiento, fue el primero en despertar a las gemelas. Nariara, con los ojos muy abiertos en la penumbra, sacudió suavemente a su hermana, que dormía a su lado. En voz baja, casi un siseo, soltó la bomba:—Nara, despierta. Oye… te acostaste con mi Fermín. Y yo con tu Vicente. Nara abrió los ojos. El mundo se le vino encima. Se miraron, idénticas en su espanto, y se agarraron de las manos, así como habían nacido.—Virgen santísima, ¿y ahora qué? —susurró Nara, con el pánico helándole la sangre. La verdad, su ancla, su única certeza, se había hecho añicos. Nariara, la mentirosa, la que siempre encontraba una salida, la miró con una calma aterradora. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en sus labios.—Pues no sé… —dijo, y su tono era de una falsa inocencia—. No los vayas a despertar. Nara la miró, buscando una respuesta, una solución, pero solo encontró el reflejo de su propio rostro en los ojos de su hermana. Por primera vez en su vida, la verdad le pareció un castigo insoportable.—No les digas nada —continuó Nariara, su voz ahora firme, como si dictara una sentencia—. Al cabo que no creo que se den cuenta. Anda, ya métete a la regadera, yo haré lo mismo. Y ponte ese bikini azul, el muy provocativo. A él le va a gustar.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica de un majestuoso gorila de lomo plateado, con expresión serena y sabia, sentado tranquilamente en medio de un frondoso bosque antiguo. Sus ojos transmiten profunda comprensión y fuerza silenciosa. En el fondo, sutilmente integradas, se aprecian siluetas de hombres maduros (de 50 años o más) realizando actividades reflexivas: uno meditando, otro ofreciendo orientación a una persona más joven, un tercero observando un vasto paisaje con una mirada conocedora. La iluminación es suave y dorada, enfatizando la dignidad y la seriedad del gorila y los hombres. La atmósfera general evoca sabiduría, paz y el profundo valor de la experiencia acumulada, contrastando con un sutil indicio del mundo moderno, acelerado y obsesionado con la juventud, en la lejanía (por ejemplo, luces borrosas de la ciudad o patrones digitales tenues).


    Descubre el «Lomo Plateado», un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que reivindica la madurez masculina como fuente de sabiduría, serenidad y liderazgo, desafiando la obsesión cultural por la juventud perpetua.

    En una cultura obsesionada con la juventud perpetua, llegar a la madurez —esa frontera simbólica de los cincuenta años o más— es a menudo visto como el inicio de un declive. La sociedad, con sus implacables estándares de éxito y fracaso, nos empuja a medir la vida en términos de productividad y apariencia, ignorando la forma más auténtica de riqueza que solo el tiempo puede otorgar: la sabiduría decantada de la experiencia. Este ensayo es una reivindicación de esa etapa de la vida, un intento de desglosar el valor del hombre maduro a través de una metáfora tomada de la naturaleza: la del «lomo plateado».


    La sabiduría de la vida, en su forma más pura, a menudo se revela no en los complejos discursos humanos, sino en la observación silenciosa del mundo animal. Me fascinan los primates, y en particular los gorilas, por su asombrosa similitud con nuestra propia estructura social. Dentro de la manada, el gorila de lomo plateado no es simplemente el más fuerte o el más agresivo. Es el eje sobre el cual gira el equilibrio del grupo. Su función no es la dominación por la fuerza bruta, sino la estabilización. Es el protector, el mediador, el que resuelve conflictos con una economía de gestos que denota una confianza absoluta en su posición. No necesita demostrar su poder porque este emana de su sola presencia, de su experiencia acumulada y de la responsabilidad que asume por el bienestar del grupo. Su liderazgo es una fuerza tranquila, una certeza que calma y ordena.


    Este arquetipo del lomo plateado resuena profundamente con una concepción de la madurez masculina que nuestra sociedad ha olvidado. Se nos ha hecho creer que el hombre de más de cincuenta está en sus últimos años, que “chochea” o que su valor reside únicamente en el estatus material que ha acumulado. Sin embargo, esta visión es superficial. La verdadera valía del hombre maduro no está en su cuenta bancaria ni en su capacidad para competir con los más jóvenes, sino en una serie de cualidades que, al igual que en el gorila, se han forjado en el crisol del tiempo.


    La primera de estas cualidades es una serenidad ganada . El hombre joven vive en un estado de agitación constante, impulsado por la ambición, la inseguridad y la necesidad de probarse a sí mismo ya los demás. El hombre maduro, en cambio, ha librado ya suficientes batallas para saber cuáles merecen la pena y cuáles no. Ha aprendido a diferenciar entre lo urgente y lo importante. Su energía ya no se desperdicia en la autoafirmación, sino que se canaliza con propósito. Esta calma no es pasividad, sino una forma superior de poder: el poder de quien conoce su propio centro y no se deja arrastrar por las tormentas pasajeras.La segunda calidad es la perspectiva . El hombre que ha vivido medio siglo ha sido testigo de ciclos, ha visto imperios personales y colectivos alzarse y caer, ha experimentado el fracaso y la resiliencia. Esta visión a largo plazo le otorga una capacidad única para relativizar los problemas y para ofrecer consejos sin la urgencia del pánico. Mientras el joven ve cada crisis como el fin del mundo, el hombre maduro la ve como un capítulo más en una larga historia, un desafío que, como tantos otros, también pasará. Su experiencia le permite ver el bosque más allá del árbol, el patrón más allá del caos.


    Finalmente, la cualidad más importante es una integridad silenciosa . El verdadero «lomo plateado» no busca el aplauso ni el reconocimiento. Su código de conducta no depende de la aprobación externa, sino de un conjunto de valores internos decantados a lo largo de los años. Para mí, estos valores se resumen en tres pilares: respeto , no solo por los demás, sino por el camino recorrido y por uno mismo; aceptación de las propias limitaciones, de la inevitabilidad de la pérdida y de la naturaleza imperfecta de la vida; y equilibrio , la capacidad de mantenerse en pie, con dignidad y sin estridencias, en medio de las contradicciones del mundo.En conclusión, el concepto de «lomo plateado» es un antídoto contra la tiranía de la juventud. Nos invita a redefinir el valor de un hombre no por la tensión de sus músculos o la rapidez de sus reflejos, sino por la serenidad de su mirada, la profundidad de su perspectiva y la solidez de su carácter. Es un llamado a honrar la sabiduría que solo el tiempo puede esculpir, una sabiduría que, lejos de ser un signo de declive, es la manifestación más elevada de una vida plenamente vivida.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica de un hombre, que representa a José Pérez Márquez, sentado en un vasto desierto árido. Está concentrado en la creación manual de un libro, cuyas páginas emiten una luz sutil. Pequeñas plantas vibrantes brotan de la tierra agrietada a su alrededor. En el fondo, una tenue red etérea de luces simboliza su presencia digital. La escena está bañada por una luz dorada del atardecer, contrastando la inmensidad del desierto con la íntima y resiliente labor del poeta.

    Descubre la inquebrantable voluntad de José Pérez Márquez, el poeta tlaxcalteca que, con sus libros artesanales y su persistencia, redefine la creación literaria como un acto de resiliencia y autoafirmación frente a las adversidades.


    El primer encuentro con la obra de un autor define la lente con la que se le leerá. En mi caso, el encuentro con José Pérez Márquez fue una colaboración: tuve el honor de escribir el prólogo y diseñar la portada de su ópera prima, «Sol y Quebranto» (2012). Desde esa semilla, ha sido testigo de una trayectoria poética marcada por una voluntad inquebrantable de expresión, un viaje que se puede definir como la persistencia de quien escribe no por elección, sino por necesidad vital. Este ensayo sostiene que la obra de Pérez Márquez es un acto de autoafirmación y resiliencia frente a las barreras, tanto institucionales como personales, utilizando la precariedad material y la discreta presencia digital como sus herramientas de supervivencia artística.


    La fabricación de sus libros es, en sí misma, una declaración de principios. Obras como «Tierra de Luz» o «Fragmentos de mi vida», hechas a mano con pastas de cartón e impresiones de fotocopiadora, no son un signo de carencia, sino de disidencia. En un mundo editorial de difícil acceso, Pérez Márquez transforma cada poemario en un «arte objeto», un manifiesto físico donde la honestidad del material refleja la crudeza de sus temas: la soledad, la búsqueda de la belleza en lo cotidiano, la dualidad de la luz y la oscuridad. Esta elección es un acto de autonomía que antepone la intimidad del mensaje a la lógica del mercado.
    Temáticamente, su poesía ha madurado desde la catarsis personal de «Sol y Quebranto» hacia una contemplación más profunda del mundo. Si su primer libro era la crónica de una «lucha interna», los siguientes se abren a la observación. En «Tierra de Luz», todo sucede bajo el sol, y en obras posteriores, la prosa poética se convierte en una herramienta para analizar la condición humana. Su voz evoluciona, pero la motivación persiste: usar la poesía para entender y para entenderse, reclamando un espacio en las letras que en otro momento le fue vedado.


    Finalmente, su proyecto se extiende, con la misma discreción, al espacio digital. Lejos de buscar el aplauso masivo, su presencia en plataformas como Facebook o TikTok parece seguir la misma lógica de sus libros: es un canal íntimo para compartir lecturas y reflexiones. No busca la fama, sino la conexión genuina, continuando su diálogo con un «desierto» que, gracias a la tecnología, ya no tiene fronteras. Su lucha es por mantener una conversación viva, demostrando que su persistencia es una forma coherente y multifacética de sembrar en la aridez. La victoria de José Pérez Márquez no radica en conquistar el desierto, sino en la belleza y la resiliencia de seguir sembrando en él.

  • Imagen cinematográfica que divide la escena en dos: a la izquierda, un edificio universitario oscuro y frío que parece un mausoleo; a la derecha, un foro abierto y luminoso donde personas debaten apasionadamente con libros en mano, simbolizando la liberación del pensamiento crítico de las ataduras académicas.

    ¿Ha muerto la filosofía en las universidades mexicanas? Edgar Sánchez Quintana analiza cómo la burocracia y la mercantilización han convertido a la academia en un mausoleo, y hace un llamado a rescatar la filosofía viva y soberana.

    El estado de la filosofía en las universidades públicas mexicanas es un tema que suscita una profunda preocupación. Más allá de las aulas, la filosofía como acto de creación, como investigación genuina que desafía paradigmas, parece haber fallecido. Lo que sobrevive es su retransmisión, su pedagogía, su historia; en suma, su doxografía. La burocracia académica, las rencillas internas y la carrera por los puntos y las remuneraciones han sofocado cualquier atisbo de novedad, convirtiendo a la academia en un mausoleo donde se veneran las ideas de otros, pero rara vez se gestan las propias.

    Este ensayo aborda la distinción crucial entre el filósofo y el profesor de filosofía, y argumenta que la institucionalización del pensamiento, lejos de potenciarlo, lo ha neutralizado. La universidad, en su afán por mercantilizar el conocimiento, ha terminado por asesinar a la filosofía.

    La ANUIES y la Producción en Serie de Filósofos Descafeinados

    La Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) ha jugado un papel central en este proceso de vaciamiento. Bajo la bandera de la “modernización” y la “competitividad”, se han impuesto reestructuraciones curriculares que, en la práctica, buscan amoldar la carrera de filosofía a las exigencias del mercado. Estos cambios, a menudo dictatoriales y sin un análisis serio de los programas anteriores, han tenido un objetivo claro: producir en serie profesionales que no incomoden, que no cuestionen, que se integren dócilmente a la lógica del sistema.

    En el caso de la filosofía, esta lógica se ha traducido en una clara desvinculación del pensamiento latinoamericano. Se ha marginado sistemáticamente a los filósofos de nuestro propio continente, aquellos que, como Leopoldo Zea o Enrique Dussel, nos invitan a pensar desde nuestra propia circunstancia. En su lugar, se ha reforzado el estudio del canon europeo y anglosajón, no como un diálogo entre iguales, sino como la única fuente de pensamiento legítimo. El mensaje es claro: la filosofía auténtica es la que se produce en el “primer mundo”; la nuestra es, en el mejor de los casos, un eco exótico.

    Esta política no es casual. Responde a un proyecto que busca demeritar cualquier forma de pensamiento que pueda generar una conciencia crítica sobre nuestra realidad de dependencia. Al negarnos el acceso a nuestra propia tradición filosófica, se nos niega la posibilidad de entendernos a nosotros mismos y de construir un futuro soberano. Mi propia experiencia en un encuentro de la ANUIES, donde se me impidió presentar una ponencia sobre este mismo tema, confirma que no hay interés en el diálogo. Las directrices vienen de arriba, y no admiten cuestionamientos.

    El Filósofo vs. el Funcionario: Una Distinción Necesaria

    El resultado de este proceso es un egresado de filosofía que, con honrosas excepciones, inspira tristeza. Un profesional que no maneja las obras elementales, que desconoce las lenguas clásicas y que difícilmente puede sostener una postura filosófica propia. La “libertad de cátedra”, en este contexto, se ha desvirtuado hasta convertirse en una patente de corso para la improvisación y la charlatanería. El profesor de filosofía, en muchos casos, no es más que un funcionario que cumple con sus horas, esconde su incapacidad bajo montañas de embrollos metafísicos y se ocupa únicamente de su salario y su carrera meritocrática.

    Es fundamental, por tanto, distinguir entre el filósofo y el profesor de filosofía. El primero no necesita de la burocracia estatal para pensar. La historia nos ha demostrado que la filosofía florece lejos de las instituciones, en la soledad de un Descartes o un Nietzsche, o en centros de investigación libres de la sujeción de la autoridad. El segundo, en cambio, puede pasar toda una vida retransmitiendo el pensamiento de otros sin haber producido jamás un solo juicio crítico propio.

    Pretender que el profesor de filosofía sea el albacea del pensamiento es otorgarle una importancia desmedida a un funcionario que, en la mayoría de los casos, ha renunciado a la esencia misma de la filosofía: la crítica radical.

    Hacia una Filosofía Viva

    Este panorama desolador no debe conducirnos a la resignación. Al contrario, debe ser un llamado a la acción. Es urgente rescatar a la filosofía de las garras de la academia mercantilizada. Esto implica:

    1.Reivindicar la filosofía latinoamericana: Es imperativo que los planes de estudio incorporen de manera central el pensamiento de nuestra región, no como un apéndice folclórico, sino como una herramienta fundamental para la comprensión de nuestra realidad.

    2.Fomentar la creación filosófica: Se deben crear espacios, dentro y fuera de la universidad, donde se incentive la investigación original y el debate de ideas, libres de la tiranía del paper indexado y la carrera por los puntos.

    3.Separar la filosofía de la burocracia: Debemos dejar de pensar que la filosofía es patrimonio exclusivo de la universidad. Los ciudadanos ilustrados, con el ocio y el talento necesarios, han sido y seguirán siendo una fuente inagotable de pensamiento.

    Este ensayo no pretende cambiar nada por sí mismo. Es solo un intento de nombrar las cosas, de poner en evidencia una realidad que muchos prefieren ignorar. La filosofía académica está muerta, sí, pero el pensamiento crítico sigue vivo. Nuestra tarea es encontrarle un nuevo hogar, lejos de los pasillos estériles de la universidad desencajada.

  • Imagen cinematográfica que muestra una universidad en ruinas expulsando engranajes industriales, en contraste con un grupo de estudiantes mexicanos reunidos bajo un árbol de conocimiento iluminado, rodeados de símbolos ancestrales y libros de humanidades, simbolizando el despertar del humanismo mexicano.

    ¿Está la universidad pública mexicana en crisis? Descubre el análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre el impacto del neoliberalismo y la urgente necesidad de un Humanismo Mexicano que recupere el sentido social de la educación.

    Desde hace décadas, un diagnóstico sombrío persigue a la universidad pública en México: el de una institución en crisis perpetua. Sin embargo, reducir esta crisis a meros problemas presupuestarios o a la coyuntura económica de un sexenio es un error. Lo que vivimos es el resultado de un proyecto político y económico de largo aliento —el neoliberalismo— que ha despojado a la universidad de su sentido social para convertirla en una maquiladora de fuerza laboral, una entidad desconectada de la sociedad que dice servir.

    La tesis es contundente: las universidades públicas, en su mayoría, siguen operando bajo una dialéctica de derecha, costumbrista y profundamente utilitaria. Sus programas educativos, diseñados para satisfacer las demandas de un mercado laboral precario, han abandonado la misión fundamental de forjar individuos con criterio propio, sentido humanista y un compromiso real con los valores que una sociedad más justa requiere. La universidad está, en efecto, desencajada de la realidad nacional.

    La Fábrica de Engranajes: El Legado Neoliberal en la Educación Superior

    El modelo neoliberal, implementado con fervor desde los años ochenta y noventa, no solo impuso una lógica de mercado en la economía, sino que también colonizó el pensamiento educativo. Conceptos como “eficiencia”, “competitividad” y “rentabilidad” se convirtieron en los nuevos dogmas. Las carreras de humanidades y ciencias sociales, consideradas “no rentables”, fueron sistemáticamente marginadas, mientras se privilegiaban las áreas técnicas y administrativas que prometían una rápida inserción en el mercado laboral.

    El resultado fue la creación de una universidad-empresa, cuya principal función es producir engranajes para la maquinaria económica, no ciudadanos pensantes. Se nos dijo que la educación debía ser “de calidad”, pero se definió la calidad en términos de empleabilidad y no de desarrollo humano integral. En este esquema, el pensamiento crítico, la reflexión ética y el compromiso social se convirtieron en estorbos, en lujos que una institución “eficiente” no podía permitirse. Como bien señaló en su momento Octavio Rodríguez Araujo, esta política se tornó fundamentalmente clasista y elitista, buscando subordinar el conocimiento a los requerimientos del capital y la ideología dominante.

    El Divorcio con la Realidad: Una Institución que no Comprende a su Pueblo

    Al adoptar esta lógica utilitarista, la universidad pública firmó su divorcio con la sociedad. Se encerró en una torre de marfil académica, lanzando programas educativos que no responden a las necesidades profundas del país. Mientras México se debate entre la desigualdad, la violencia y la fragilidad de sus instituciones, gran parte de sus universidades se dedican a formar profesionales que, en el mejor de los casos, aspiran a administrar el statu quo, no a transformarlo.

    Esta desconexión es la raíz de la crisis de legitimidad que hoy enfrentan. La sociedad no se ve reflejada en sus universidades porque estas no le ofrecen respuestas a sus problemas más acuciantes. Producen economistas que no entienden de pobreza, abogados que no creen en la justicia social e ingenieros que no consideran el impacto ambiental. La universidad ha renunciado a su papel como conciencia crítica de la nación para convertirse en un eco de la ideología dominante.

    Una Propuesta de Anclaje: El Humanismo Mexicano y la Opción por los Pobres

    Frente a este panorama desolador, las corrientes de pensamiento como el humanismo mexicano y el principio de “primero los pobres” no deben ser vistas como meros eslóganes políticos, sino como la base para una profunda revolución pedagógica. Aterrizar una “cuarta transformación” en el ámbito universitario implica repensar su misión desde la raíz.

    ¿Qué significaría una universidad anclada en el humanismo mexicano?

    1.La centralidad de la persona: Implica un modelo educativo que ponga el desarrollo integral del estudiante —ético, emocional, crítico y social— por encima de su valor como futuro empleado. Se trata de formar personas, no solo profesionales.

    2.Conocimiento con pertinencia social: Significa que la investigación y la docencia deben estar orientadas a resolver los grandes problemas nacionales. La opción preferencial por los pobres debe traducirse en proyectos, tesis y programas que busquen activamente reducir la brecha de desigualdad.

    3.La recuperación de las humanidades: Requiere revalorizar las ciencias sociales y las humanidades no como un adorno, sino como el núcleo del pensamiento crítico. Sin filosofía, historia, sociología y arte, es imposible formar ciudadanos capaces de comprender la complejidad del mundo y actuar sobre ella.

    4.Una pedagogía de la liberación: En lugar de una educación que domestica y adoctrina, se necesita una pedagogía que libere, que enseñe a preguntar, a cuestionar y a dudar del poder. Una educación que, en la tradición de la pedagogía crítica latinoamericana, empodere a los estudiantes para ser agentes de cambio.

    La tarea es monumental, pues implica desmontar décadas de inercia y de colonización ideológica. Sin embargo, no hay alternativa. Una verdadera transformación de México será imposible sin una transformación radical de sus universidades. La elección es clara: o seguimos produciendo engranajes para un sistema fallido, o empezamos a forjar a los ciudadanos críticos y humanistas que la construcción de una sociedad más justa y soberana demanda con urgencia.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra a un líder carismático translúcido sobre un pedestal desmoronado, frente a una fortaleza burocrática en ruinas. Un vórtice oscuro desciende sobre un paisaje municipal desolado. En contraste, un grupo de ciudadanos mexicanos construye una estructura luminosa de doble hélice, simbolizando una ideología clara y una ciudadanía crítica, bajo un cielo que transita de la tormenta al amanecer.

    Explora la encrucijada de la Cuarta Transformación: ¿podrá Morena trascender el carisma de su líder para construir instituciones sólidas y una ciudadanía crítica? Un análisis profundo de Edgar Sánchez Quintana.

    Introducción

    El Movimiento Regeneración Nacional (Morena) ha alcanzado una hegemonía electoral en México que no se veía en décadas, consolidando un poder político abrumador bajo la narrativa de la «Cuarta Transformación» (4T). Sin embargo, detrás de esta fachada de dominio yace una profunda paradoja: una inmensa fuerza electoral que coexiste con una notable fragilidad ideológica. El éxito a largo plazo y la consolidación de este proyecto dependen menos del carisma de su líder fundador, Andrés Manuel López Obrador, y más de su capacidad para construir un andamiaje teórico robusto, traducirlo en instituciones eficaces —especialmente a nivel municipal— y fomentar una ciudadanía crítica y participativa. Sin estos pilares, el movimiento se arriesga a sucumbir al destino de otros proyectos populistas latinoamericanos: la dilución, la burocratización y, finalmente, el colapso.

    Este ensayo explora dicha encrucijada. Primero, se analiza el dilema weberiano de la transición de un liderazgo carismático a un Estado institucional. Segundo, se examinan las contradicciones internas de Morena y la insuficiencia de sus conceptos rectores. Tercero, se aborda el «agujero negro» municipal, donde la transformación fracasa en materializarse. Cuarto, se extraen lecciones de casos comparativos como Venezuela, Cuba y China. Finalmente, se argumenta que el único camino viable para la consolidación del proyecto es la síntesis de una ideología clara con el fortalecimiento de una ciudadanía activa y vigilante.

    El Dilema Weberiano: Del Caudillo al Estado

    El sociólogo Max Weber describió tres tipos de dominación legítima: la tradicional, la carismática y la legal-racional. El liderazgo de Andrés Manuel López Obrador es un caso de libro de texto de autoridad carismática: un poder basado en las cualidades extraordinarias percibidas en una persona, capaz de aglutinar a facciones dispares y movilizar a las masas en torno a una misión de ruptura . El movimiento de Morena, en su origen y ascenso, fue la encarnación de este liderazgo. Sin embargo, Weber advirtió que la dominación carismática es inherentemente inestable. Para perdurar, debe pasar por un proceso de «rutinización del carisma», transformándose en una estructura burocrática o legal-racional que no dependa de la persona del líder .

    Esta transición es el punto de quiebre de la mayoría de los movimientos políticos. Durante la fase carismática, la ambigüedad ideológica es tolerable porque el líder actúa como intérprete viviente de la voluntad del pueblo. Pero cuando ese líder se retira del centro del poder —bien sea por término constitucional, muerte o decisión política— la organización se enfrenta a una crisis de legitimidad. ¿Quién interpreta ahora la misión? ¿Cuáles son los principios que guían las decisiones? Sin respuestas claras, la organización se fragmenta en facciones que compiten por heredar la autoridad, cada una reivindicando ser la verdadera portadora del proyecto original.

    Es en esta transición donde emerge la «Ley de Hierro de la Oligarquía», formulada por Robert Michels. Michels, observando los partidos socialistas europeos, concluyó que toda organización, por democrática que sea en sus inicios, tiende inevitablemente a desarrollar una élite gobernante (una oligarquía) que se aleja de las bases . La burocratización necesaria para la supervivencia del movimiento crea una casta de administradores cuyo principal interés se convierte en la perpetuación de la organización misma, a menudo a expensas de los objetivos ideológicos originales. Este proceso no es una traición deliberada, sino una consecuencia estructural: la administración de un movimiento masivo requiere especialización, jerarquía y mecanismos de control que, inevitablemente, distancian a los líderes de las bases.

    El México post-AMLO se encuentra precisamente en esta crítica coyuntura. El poder ya no emana directamente del carisma del fundador, sino que debe ser administrado por el partido y el gobierno. Las tensiones internas, como las reveladas en el libro de Julio Scherer Ibarra, no son meros «chismes», sino síntomas de esta lucha por definir el alma del movimiento en ausencia de su centro gravitacional original. La lealtad al líder, que antes era el pegamento, ahora se convierte en un arma arrojadiza entre facciones que compiten por heredar el manto, mientras la estructura ideológica sigue sin definirse. Figuras como Marx Arriaga (representante del ala doctrinaria), Mario Delgado (operador pragmático) y Tatiana Clouthier (perfil moderado) encarnan estas corrientes en tensión, cada una con una visión distinta de lo que debe ser la 4T, pero ninguna con la autoridad moral para imponer su visión sin fragmentar el movimiento.

    El Vacío Ideológico de Morena: Esbozos de un Proyecto

    La Cuarta Transformación se ha sostenido sobre un andamiaje de conceptos potentes pero teóricamente difusos. Frases como «primero los pobres», «economía moral» y «humanismo mexicano» han funcionado como eficaces significantes morales y herramientas de movilización, pero no constituyen una doctrina sistemática.

    •»Primero los pobres»: Se ha traducido principalmente en transferencias monetarias directas. Si bien esto ha tenido un impacto innegable en la reducción de la pobreza coyuntural, no ataca las raíces estructurales de la desigualdad. Es una política de bienestar, no necesariamente una transformación del modo de producción.

    •»Economía Moral»: Inspirado vagamente en el concepto de E.P. Thompson sobre las expectativas de justicia de las multitudes precapitalistas , en la práctica se ha usado como una crítica al «neoliberalismo» y una justificación para la austeridad estatal y la priorización de proyectos de infraestructura. Carece de un modelo fiscal, industrial y de desarrollo coherente que lo convierta en una alternativa económica viable.

    •»Humanismo Mexicano»: Presentado como una síntesis de las tradiciones juarista, revolucionaria y social-cristiana, opera más como un marco narrativo que como una filosofía política definida. No ofrece respuestas claras a los dilemas del México contemporáneo, como la relación con el capitalismo global, la crisis ambiental o la revolución tecnológica.

    Esta ambigüedad ideológica permite la coexistencia de las diversas corrientes dentro de Morena —la doctrinaria-nacionalista, la pragmática-electoral y la tecnocrática-institucional—, pero también es la fuente de su parálisis estratégica. Sin un norte ideológico claro, la acción política se vuelve una negociación constante entre facciones, donde el pragmatismo electoral y la lealtad personal suelen imponerse sobre cualquier principio programático. El resultado es una política que avanza por inercia, respondiendo a presiones coyunturales, pero sin una dirección estratégica coherente. Esto es particularmente visible en la falta de una política económica integral: se redistribuye sin transformar; se critican las estructuras sin desmantelarlas; se promete cambio sin definir su contenido.

    El Agujero Negro Municipal: Donde la Transformación No Llega

    La tesis central del fracaso potencial de la 4T reside en su incapacidad para penetrar y transformar la realidad del municipio mexicano. Como se ha señalado, el municipio es el espacio donde décadas de neoliberalismo han dejado sus vicios más arraigados: corrupción endémica, clanes familiares en el poder, clasismo, racismo y una profunda debilidad institucional . Es el orden de gobierno más cercano al ciudadano, pero también el más capturado por mafias locales y dinámicas de poder que operan con total impunidad.

    El proyecto nacional de la 4T, centrado en la figura presidencial y en la redistribución de recursos federales, no logra alterar estas estructuras locales. Las transferencias directas llegan a los individuos, pero no modifican los medios de producción locales, no democratizan el acceso a la tierra, no rompen los monopolios comerciales ni desmantelan las redes de corrupción que controlan los contratos públicos y la seguridad. La ideología federal, por muy transformadora que pretenda ser, se estrella contra un muro de hipocresía y ostracismo municipal.

    Sin una estrategia deliberada para construir instituciones locales fuertes que vinculen a la población con un cambio real en la producción y distribución de la riqueza, el proyecto fenece. El municipio se convierte en un simple gestor de programas sociales federales, mientras las viejas estructuras de poder permanecen intactas, esperando el reflujo de la marea centralista para reafirmar su control. La transformación no se «aterriza», y para millones de mexicanos, el cambio de paradigma sigue siendo una promesa lejana. Esto es lo que podría llamarse el «síndrome de la transformación incompleta»: cambios en la narrativa y en la redistribución de recursos, pero continuidad en las estructuras de poder local. Es el espejo de lo que ocurrió en Venezuela, donde la revolución bolivariana transformó el discurso presidencial pero dejó intactas las mafias locales, que simplemente se adaptaron al nuevo régimen.

    Lecciones Comparadas: Espejos para México

    La historia de otros movimientos políticos en América Latina y el mundo ofrece lecciones cruciales para Morena.

    CasoEstrategia PrincipalLogros NotablesFallas EstructuralesLección para México
    Venezuela (Chavismo)Redistribución masiva vía renta petrolera; fuerte liderazgo carismático.Reducción inicial de la pobreza; inclusión política.Dependencia de un solo recurso; debilidad institucional; hiperliderazgo.La redistribución sin diversificación productiva es insostenible. El carisma no sustituye a las instituciones.
    CubaPropiedad estatal; planificación central; servicios universales.Altos índices de salud y educación; baja desigualdad.Bajo dinamismo económico; falta de incentivos; dependencia externa.La equidad sin crecimiento y libertad económica conduce al estancamiento.
    ChinaCapitalismo de Estado; control político autoritario; pragmatismo económico.Reducción masiva de la pobreza; potencia industrial.Desigualdad creciente; ausencia de libertades políticas; represión.El crecimiento económico no puede ser el único fin, y su costo en libertades es inaceptable para una democracia.

    Estos casos demuestran que no hay atajos. El chavismo ilustra el peligro de un proyecto basado en el carisma y la renta, sin una base productiva sólida. Cuba muestra los límites de la igualdad sin dinamismo económico. China presenta un modelo de éxito económico a un costo político que México no puede ni debe pagar. La 4T, que ha evitado las nacionalizaciones masivas y ha mantenido una relativa disciplina macroeconómica, se encuentra en una posición híbrida. La pregunta es si logrará construir un modelo propio que resuelva la ecuación fundamental: redistribución con producción, institucionalidad con impulso político, e ideología con pragmatismo.

    Conclusión: La Doble Hélice de la Transformación

    El dilema de Morena no es una elección entre tener una ideología coherente o una ciudadanía crítica. Ambas son necesarias y se refuerzan mutuamente, como una doble hélice que debe estructurar el ADN de la transformación. La falta de una y la debilidad de la otra conducen a un ciclo de entusiasmo populista y desencanto cínico.

    1.La Tarea del Ideólogo: Es urgente que los intelectuales y críticos dentro y fuera del movimiento se aboquen a la tarea de sistematizar el «humanismo mexicano» y la «economía moral». Esto implica pasar de las consignas a las propuestas concretas: un modelo fiscal progresivo, una política industrial para el siglo XXI, una estrategia de desarrollo regional que empodere a los municipios y una doctrina clara sobre el papel del Estado en una economía globalizada. Se necesita una teoría que no solo critique el neoliberalismo, sino que ofrezca una alternativa viable y deseable.

    2.La Tarea del Ciudadano: Simultáneamente, la transformación solo será real si se construye desde abajo. Esto requiere fomentar una ciudadanía activa, informada y crítica, incluso —y especialmente— con el propio gobierno de la 4T. La verdadera lealtad a un proyecto transformador no es la obediencia ciega, sino la exigencia constante de que cumpla sus promesas. Esto implica fortalecer organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación plurales y, crucialmente, mecanismos de participación y vigilancia ciudadana a nivel municipal.

    La pregunta fundamental que debe guiar este proceso es: ¿qué tipo de ideología permite y fomenta la creación de ciudadanos críticos en lugar de seguidores leales? La respuesta definirá si la Cuarta Transformación se convierte en un capítulo más del populismo carismático latinoamericano, o si logra construir un nuevo paradigma de Estado y sociedad en México. El reto es monumental, y el tiempo para afrontarlo es ahora. No se trata simplemente de que Morena «no sea lo suficientemente de izquierda» o que «no haya ido lo suficientemente lejos». Se trata de que el movimiento aún no ha respondido la pregunta fundamental: ¿cuál es el modelo de Estado y economía que se propone construir? ¿Cuál es la teoría que lo sustenta? ¿Cómo se traduce en instituciones concretas que empoderen a los ciudadanos, especialmente a nivel local? Mientras estas preguntas permanezcan sin respuesta, la transformación seguirá siendo un eslogan, no una realidad.

    Referencias

    [1] Weber, M. (1922). Economía y Sociedad: Esbozo de sociología comprensiva. Fondo de Cultura Económica.

    [2] Weber, M. (1919). La política como vocación. Ensayo recopilado en El político y el científico.

    [3] Michels, R. (1911). Los partidos políticos: un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. Amorrortu Editores.

    [4] Thompson, E. P. (1971). The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century. Past and Present, 50, 76-136.

    [5] Merino, M. (2020). El municipio en la estrategia de combate a la corrupción. Centro de Investigación y Docencia Económicas.

    [6] Huerta Cuervo, R. (2025). Capacidades institucionales municipales, un índice para su medición en México. Scielo México.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica de un poderoso semidiós tlaxcalteca, con piel bronceada, bigote y un aura de integridad y soberanía, con alas etéreas. Se alza sobre un paisaje antiguo de pirámides y montañas, bajo un cielo estrellado. En primer plano, un hombre moderno, borroso y encorvado, mira su teléfono, rodeado de basura, simbolizando el contraste entre el pasado glorioso y la decadencia actual.

    Descubre el mito del «Semidiós Tlaxcalteca» y el llamado al despertar de la Tlaxcaltequidad. Un viaje a la integridad y soberanía ancestrales frente a la desgana moderna, por Edgar Sánchez Quintana.

    La historia oficial, con su afán de ordenar el pasado en líneas rectas y genealogías de poder, a menudo congela la identidad de un pueblo en un museo de anécdotas convenientes. Tlaxcala no es la excepción. Se nos ha contado una historia de alianzas y traiciones, de un pueblo guerrero cuya bravura fue instrumentalizada. Pero, ¿y si esa historia fuera solo la capa más superficial de una verdad mucho más profunda y antigua? ¿Y si la verdadera «tlaxcaltequidad» no residiera en los archivos de los conquistadores, sino en un legado cósmico y espiritual que duerme en la sangre de su gente?

    Propongo aquí una interpretación distinta, una que no busca su validación en los documentos empolvados, sino en una genealogía del espíritu. Mi tesis es que el significado de Tlaxcala trasciende la etimología oficial de «lugar de pan de maíz». Propongo que su verdadero nombre resuena con un eco galáctico: «lugar donde habitan los guerreros a quienes les fueron quitadas sus alas». Esta no es una metáfora poética, sino la clave para entender una historia de origen cósmico y una posterior caída en el olvido.

    Según esta visión, los habitantes originales de la región, los proto-tlaxcaltecas, eran seres de una estirpe muy antigua, provenientes de una «Tula lejana» situada en las inmediaciones de la estrella Sirio. Eran los Atla-Ra, sacerdotes-científicos de una civilización avanzada que, huyendo de guerras galácticas, encontraron refugio en este planeta. Su primera «caída» fue un acto de voluntad: cedieron parte de su poder y aceptaron la dualidad para experimentar la vida desde una nueva perspectiva. Sin embargo, este acto de desprendimiento los dejó vulnerables. La incompletitud generó duda, miedo y, finalmente, la dependencia.

    Estos seres, que en su estado original eran semidioses íntegros y soberanos, comenzaron un lento proceso de olvido. La segunda «caída», mucho más devastadora, fue un cataclismo planetario —el Diluvio universal— que sumió al mundo en el caos y la oscuridad. El conocimiento ancestral se perdió, los centros energéticos del planeta colapsaron y la humanidad entró en una era de adormecimiento. En la región de Tlaxcala, los supervivientes se refugiaron en las zonas altas, dejando atrás un mundo convertido en un cenagal. El tepetate que hoy conforma el subsuelo de la región es el testigo mudo de aquella inundación primigenia.

    ¿Y cómo eran aquellos antiguos tlaxcaltecas, esos semidioses ahora dormidos? Su descripción física no difiere mucho de la del tlaxcalteca actual: de constitución menuda pero maciza, piel bronceada, cabello oscuro y una fortaleza innata. La diferencia no está en el cuerpo, sino en el espíritu. Los antiguos eran seres completos, incorruptibles, dueños de sí mismos. Su mirada, profunda y despierta, reflejaba la sabiduría de innumerables batallas cósmicas. Su sola presencia, ecuánime y serena, bastaba para derrotar a cualquier enemigo. Eran la encarnación de la integridad, la soberanía y el carácter.

    Ese arquetipo del guerrero íntegro, cuya máxima expresión histórica fue Tlahuicole, no ha desaparecido. Duerme en el ADN de cada tlaxcalteca. La corrupción, la desgana, la sumisión y el espíritu de esclavo que vemos en la actualidad no son la verdadera esencia de este pueblo. Son los síntomas de una enfermedad, de un olvido profundo, de una amnesia espiritual que nos ha hecho olvidar quiénes somos y de dónde venimos.

    La «tlaxcaltequidad», por lo tanto, no es un asunto de orgullo patriotero ni de lealtad a un estado feudal moderno. No se encuentra en los discursos de los tiranos en turno ni en las celebraciones folclóricas para turistas. La verdadera tlaxcaltequidad es un llamado a la autenticidad, un acto de rebeldía contra el adormecimiento. Es la búsqueda del guerrero interior, del ser original que aún late bajo las capas de condicionamiento histórico y social.

    Figuras como el muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, a pesar de su confianza en la historia documental, encarnaron esta búsqueda a través de su arte, reafirmando una identidad tlaxcalteca en constante cambio. Pero el verdadero despertar no vendrá de los libros de historia ni de los monumentos, sino de un acto de introspección radical. Se trata de reconocer que la historia no es algo que nos constituye desde fuera, sino algo que llevamos dentro. Nosotros somos la historia viva, la totalidad y la suma de ese legado cósmico.

    El desafío para el tlaxcalteca de hoy es sacudirse el letargo, recordar su origen estelar y reclamar la soberanía y la integridad que le fueron arrebatadas. Es dejar de ser el hombre dormido y corrupto para volver a ser el guerrero de mirada despierta, el ser completo que no necesita de nadie para validar su existencia. La tarea es monumental, pero el camino está trazado en la memoria de la sangre. Se trata, en esencia, de volver a desplegar las alas.

  • Ilustración estilo anime onírico de Daniel Cervantes, un hombre en un abrigo, caminando por una calle desierta. A su izquierda, una figura translúcida de su amigo Raúl Salas se disuelve en pétalos de cerezo. Un periódico se convierte en grullas de papel. Al fondo, un centro de salud minimalista con una fila de figuras inmóviles. La escena evoca un silencio profundo y una transición surrealista.

    Sumérgete en «El Último Ciudadano» de Edgar Sánchez Quintana, un cuento onírico que explora la delgada línea entre la vida y la muerte en una sociedad obsesionada con la eficiencia, presentado con una estética anime.

    El primer indicio de que algo andaba mal fue el silencio. No el silencio apacible de una mañana de domingo, sino un silencio denso, algodonoso, que parecía absorber todos los sonidos familiares de la casa. Daniel Cervantes, de pie frente al espejo del baño, no le dio mayor importancia. Atribuyó la quietud a la hora, a la resaca de un sueño pesado del que no lograba desprenderse del todo.

    Hay que ser un ciudadano responsable, se dijo a sí mismo, mientras su reflejo le devolvía una imagen pálida, con los ojos hundidos en cuencas oscuras. La mano que levantó para peinarse se movió con una lentitud exasperante, como si se desplazara a través de un líquido espeso. Cada hebra de cabello parecía pesar una tonelada. La salud es un bien común. Una responsabilidad compartida. Por eso existen las vacunas. Para cuidarnos entre todos.

    Sus pensamientos eran claros, ordenados, un torrente de civismo y gratitud. Recordaba las noticias, los discursos de las autoridades sanitarias, la promesa de que nunca más se repetiría el encierro, el miedo, la incertidumbre de la pandemia. El sistema, ahora más fuerte y previsor, velaba por ellos. Y él, Daniel Cervantes, cumpliría con su parte. Se pondría la dosis de refuerzo. Era lo correcto.

    Sin embargo, su cuerpo no parecía estar de acuerdo. Abotonarse la camisa fue una odisea. Los dedos, torpes y ajenos, luchaban contra los pequeños discos de nácar como si fueran enemigos ancestrales. Una vez que lo logró, un sudor frío, inodoro, le recorrió la espalda. Se sentó en el borde de la cama para ponerse los zapatos, y el simple acto de inclinarse le provocó un vértigo que onduló la habitación. El suelo de madera pareció licuarse, las paredes respiraron. Se aferró al colchón, cerró los ojos y esperó a que el mundo dejara de bambolearse.

    Es solo un mareo, pensó, con la misma calma con la que aceptaba los boletines oficiales. Quizá no dormí bien. La ansiedad, tal vez. Pero es un pequeño precio a pagar por la tranquilidad colectiva. Un pinchazo y listo. A seguir contribuyendo.

    Cuando finalmente se puso de pie, una extraña ligereza lo invadió. Sus pies apenas parecían tocar el suelo. Abrió la puerta de su casa y salió a una calle bañada por una luz gris y uniforme, sin sol y sin sombras. El aire estaba quieto, inmóvil. Y el silencio, aquel silencio espeso de su casa, se extendía por toda la ciudad.

    El camino al centro de salud, que normalmente le tomaba quince minutos, se convirtió en una travesía sin tiempo. Las calles, usualmente vibrantes de tráfico y peatones, estaban desiertas. No había coches, ni el ladrido de un perro, ni el murmullo lejano de la vida urbana. Solo sus propios pasos, que sonaban extrañamente huecos sobre el asfalto. Su cuerpo se arqueaba hacia adelante, como si una fuerza invisible lo empujara desde la espalda, y a cada pocos metros tenía que detenerse, apoyándose en una pared, mientras su monólogo interior continuaba, imperturbable.

    Qué eficiente es todo, reflexionaba mientras observaba la fachada de una tienda con los escaparates vacíos y cubiertos de una fina capa de polvo. Una campaña de vacunación tan bien organizada. Nos avisan, nos dan una cita, todo fluye. Somos un ejemplo de sociedad. Un engranaje perfecto donde cada pieza cumple su función.

    Justo cuando reanudaba su marcha, una figura solitaria emergió de una calle lateral, caminando en su dirección. A medida que se acercaba, Daniel reconoció el rostro familiar de Raúl Salas, un amigo de la juventud al que no había visto en años. Raúl sostenía un ramo de lirios blancos, sus pétalos inmaculados contra la grisura del ambiente.

    —¿Raúl? —dijo Daniel, su propia voz sorprendiéndole en el silencio.

    —Daniel, qué sorpresa —respondió Raúl, deteniéndose frente a él. Su sonrisa era amable, pero no llegaba a sus ojos, que parecían fijos en un punto lejano—. ¿A dónde vas con tanta prisa?

    —A vacunarme. El refuerzo —explicó Daniel, con un orgullo cívico que sonó hueco incluso para él—. ¿Y tú? ¿Esas flores?

    Raúl bajó la vista hacia el ramo. —Para Elena. Hoy es su aniversario.

    Una punzada de extrañeza atravesó la niebla mental de Daniel. Elena, la esposa de Raúl, había muerto hacía más de un año. Él mismo había estado en el funeral. Pero antes de que pudiera articular el pensamiento, Raúl extendió la mano.

    —Fue bueno verte, Daniel. La vida nos llevó por caminos distintos, ¿eh? Pero me alegro de que estés bien.

    —Igualmente, Raúl. Dale mis saludos a… —Daniel se detuvo, confundido.

    Estrecharon la mano. La de Raúl estaba helada, un frío que no era de invierno, sino de ausencia. Un frío de mármol. El contacto fue breve, pero dejó una sensación residual en la piel de Daniel.

    —Cuídate —dijo Raúl, y continuó su camino, desapareciendo en la misma luz opaca de la que había surgido.

    Daniel se quedó un momento quieto. Qué extraño, pensó. Su mano… debía estar nervioso. No le tomó más importancia y continuó su camino, mientras una ráfaga de viento levantaba un periódico viejo del suelo. Las páginas giraron en el aire y por un instante Daniel creyó leer su propio nombre en un titular, pero la hoja se deshizo en el aire, convirtiéndose en una nube de confeti gris antes de tocar el suelo. Se encogió de hombros. Las ilusiones ópticas eran comunes, producto del cansancio. Nada de qué preocuparse.

    Finalmente, divisó el centro de salud. Era un edificio moderno, de cristal y acero, pero la luz que lo bañaba le daba un aspecto irreal, como una maqueta. La fila de personas que esperaba fuera no era larga. Unas diez o doce figuras, todas de pie, inmóviles, mirando al frente con una paciencia infinita. No hablaban entre ellas. No miraban sus teléfonos. Simplemente esperaban. Daniel se sintió reconfortado por su disciplina. Ves, se dijo, gente consciente. Ciudadanos modelo.

    Se colocó al final de la fila, detrás de un hombre con un sombrero que le tapaba la cara. El tiempo se estiró de nuevo, volviéndose denso y pegajoso. Daniel sentía que habían pasado horas, o quizá solo minutos. El sol, si es que había sol, no se movía en el cielo. La sombra del edificio permanecía fija, como pintada sobre el pavimento. Nadie en la fila parecía impacientarse. Nadie tosía. Nadie se movía.

    La fila avanzó, no porque la gente caminara, sino porque las figuras de adelante simplemente se desvanecían al llegar a la puerta. Cuando le llegó el turno al hombre del sombrero, este se quitó el sombrero revelando un rostro de cera y, sin mediar palabra, se disolvió en la luz gris del umbral. Ahora era el turno de Daniel.

    Detrás de un sencillo escritorio de madera, una mujer de bata blanca y rostro sin edad lo esperaba. No había computadoras, ni jeringas, ni el habitual parafernalia médica. Solo un gran libro de contabilidad abierto sobre la mesa. La mujer levantó la vista. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían contener la paciencia de los siglos.

    —Su nombre —dijo, con una voz que no era ni amable ni hostil. Era, simplemente, una voz.

    —Daniel Cervantes —respondió él, y el sonido de sus propias palabras le pareció ajeno, un eco lejano.

    La mujer asintió lentamente y pasó un dedo por una de las páginas del libro.

    —Ah, sí. Cervantes. Aquí está. Permítame el pulso, por favor.

    Daniel extendió el brazo sobre el escritorio. Qué profesionalismo, pensó. Verifican los signos vitales antes de proceder. Todo en orden. Todo bajo control.

    Ella posó dos dedos fríos, increíblemente fríos, sobre su muñeca. El contacto fue como una descarga de hielo que por primera vez pareció perforar la niebla de sus pensamientos. La mujer mantuvo los dedos allí por un largo momento, con la mirada fija en un punto invisible sobre el hombro de Daniel. Luego, muy lentamente, bajó la vista hacia él.

    —Señor Cervantes —dijo, y su voz era tan llana y definitiva como una lápida—. Usted no necesita ninguna vacuna.

    Daniel parpadeó, confundido. La lógica de su monólogo interior se fracturó.

    —Pero… es el refuerzo. La campaña. Soy un ciudadano…

    La mujer lo interrumpió, no con rudeza, sino con la simple fuerza de un hecho irrefutable. Levantó la mano de su muñeca y la dejó suspendida en el aire, señalándolo a él, a su cuerpo, a su estado.

    —Señor Cervantes —repitió, y en el silencio algodonoso, cada sílaba cayó con el peso de una palada de tierra—. Usted tiene tres días de muerto. Está en la antesala de las puertas de San Pedro.

    El monólogo se detuvo. El engranaje perfecto se rompió. Por primera vez en tres días, Daniel Cervantes sintió el verdadero silencio. Y esperó.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo en una biblioteca. Espejo está sentada en un escritorio, escribiendo, mientras Carballo, de pie, lee un libro. El ambiente es cálido y académico, con estanterías llenas de libros y luz natural entrando por las ventanas. La escena evoca un profundo diálogo intelectual y el legado de ambos autores.

    Descubre el legado de Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo a través de la mirada de Edgar Sánchez Quintana. Un homenaje a los pilares de las letras mexicanas que formaron a generaciones de escritores y lectores.

    Hay momentos en la formación de un escritor que funcionan como bisagras, puntos de inflexión que definen un antes y un después. Para mí, ese momento tuvo dos nombres: Beatriz Espejo y Emmanuel Carballo. Un reciente homenaje a la maestra y la noticia del fallecimiento del maestro me obligan a trazar, a modo de crónica y reverencia, la estela que su magisterio dejó en mi propia trayectoria y en las letras mexicanas.

    Conocí a Beatriz Espejo en un taller literario en Tlaxcala. Su pedagogía era un ejercicio de precisión y respeto. Nos enseñó a despojar al texto de toda paja, a buscar la palabra justa y la coma necesaria. Su método no imponía un estilo, sino que daba cabida a que la creación se expandiera con libertad, pero siempre sobre la base de un oficio riguroso. Era un aprendizaje elemental, de raíz. La maestra, con su vasta trayectoria como catedrática en la UNAM e investigadora, transpiraba una profunda conexión con el pulso de la literatura mexicana; en su conversación aparecían, con naturalidad, los nombres de aquellos autores que para nosotros eran figuras lejanas, monumentos de biblioteca. Su labor como formadora de escritores, reconocida con la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2009 y el hecho de que el Premio Nacional de Cuento lleve su nombre, es testimonio de una vida entregada a la enseñanza.

    La obra de Beatriz Espejo, galardonada con premios como el Nacional de Narrativa Colima por El cantar del pecador (1993) y el San Luis Potosí por Alta costura (1996), es un reflejo de su magisterio: una prosa elegante, precisa y profundamente observadora de la condición humana. En su presencia, uno entendía que no existía una barrera insalvable entre la creación y la crítica, que el cuento y el ensayo eran dos caras de la misma moneda intelectual.

    Esa simbiosis se hacía aún más evidente en su relación con Emmanuel Carballo. Si Espejo era la maestra del rigor y la forma, Carballo era el bisturí crítico que diseccionaba el cuerpo de la literatura mexicana. Mi primer acercamiento a él fue a través de sus entrevistas en Protagonistas de la literatura mexicana. Para un joven lector, leer sus conversaciones con Alfonso Reyes u Octavio Paz fue una revelación. Carballo tenía el don de bajar a los dioses del Olimpo, de despojarlos de la solemnidad de las pastas del libro y mostrarlos en su dimensión más humana, con sus grandezas y sus contradicciones. Derrumbó los prejuicios que había sembrado en mi interior y me enseñó que los grandes autores también «cagaban y comían».

    Con el tiempo, lo conocí en persona, y su presencia imponente, de carácter reacio y formación burguesa —como él mismo reconocía con ironía—, no hacía más que confirmar la agudeza de su pluma. Carballo fue, sin duda, el crítico literario más importante de México en la segunda mitad del siglo XX, una labor reconocida con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2006. Fundador, junto a Carlos Fuentes, de la mítica Revista Mexicana de Literatura y autor de obras canónicas como El cuento mexicano del siglo XX, su trabajo fue fundamental para ordenar, jerarquizar y entender nuestro panorama literario.

    Sin embargo, su mayor virtud fue también la fuente de su tragedia. Carballo eligió ser un crítico fiel a su juicio, sin concesiones. Su pluma era incisiva, a menudo demoledora, y no dudaba en señalar las debilidades de los autores más consagrados. Esta honestidad brutal le ganó incontables enemigos y provocó que su trabajo fuera, en ocasiones, desmerecido por aquellos que preferían el elogio fácil a la crítica rigurosa. Él era consciente de su destino, de la soledad del crítico. Lo resumió a la perfección en una cita memorable:

    «Como crítico me sucederá lo que un día observará Alfonso Reyes: llegará un joven en el último barco y pondrá en tela de juicio todo lo que pensé y edificará y se pitorreará de mí. Y yo ya estoy esperando a ese joven que va a tener razón como yo la tuve cuando fui irrespetuoso con mis mayores.»

    En esa frase se condensa la ética de Carballo: la aceptación de que la crítica es un diálogo perpetuo, un ejercicio de honestidad intelectual cuyo único compromiso es con la literatura misma, no con las vanidades de sus autores. Su muerte, eclipsada por la de García Márquez, fue una metáfora final de la ingratitud que a menudo acompaña al oficio del crítico.

    Al recordarlos juntos, a Beatriz Espejo y a Emmanuel Carballo, entiendo la dimensión de su legado. Ella, la maestra que nos enseñó a construir la frase perfecta; él, el crítico que nos enseñó a desconfiar de ella. Ambos, desde sus respectivas trincheras, nos formaron como lectores y, a algunos, nos dieron las herramientas para atrevernos a escribir. Esta crónica es un modesto homenaje a esos dos pilares de nuestras letras, un aplauso a su hacer y un agradecimiento por habernos enseñado a leer el mundo.