Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • “No todos los hombres alcanzan la perfección de morir;

     hay muertos y hay cadáveres, y yo seré un cadáver”

    — ELENA GARRO

    Introducción: Más allá de la Sombra del Genio

    Elena Garro (1916-1998) ocupa un lugar tan central como paradójico en la literatura mexicana del siglo XX. Durante décadas, su figura fue frecuentemente reducida a su rol como la enigmática y controversial primera esposa de Octavio Paz, una sombra que opacó la brillantez y originalidad de su propia producción literaria. Sin embargo, el tiempo y una relectura crítica más justa han comenzado a desmantelar ese cliché, revelando a una creadora multifacética —periodista, coreógrafa, dramaturga, cuentista y novelista— cuya obra no solo fue precursora de corrientes como el realismo mágico, sino que también constituyó una de las exploraciones más profundas y valientes de la psique femenina, la memoria, la violencia política y las contradicciones de la identidad mexicana.

    Este ensayo busca trascender la anécdota biográfica para adentrarse en el universo literario de Garro, una de las plumas más potentes y singulares de las letras hispánicas. Analizaremos cómo su escritura, marcada por una «obsesiva intensidad y su extraña fantasía» —en palabras del propio Paz—, desafió las convenciones de su tiempo y sigue interpelando a los lectores contemporáneos. A través del análisis de obras clave como Los recuerdos del porvenir, se explorará su innovador tratamiento del tiempo, su crítica a las estructuras de poder y su inquebrantable compromiso con una visión del mundo que se negó a ser silenciada.

    Los recuerdos del porvenir: La Poética del Tiempo Circular

    Publicada en 1963, Los recuerdos del porvenir no es solo la obra cumbre de Elena Garro, sino también una de las novelas más influyentes de la literatura latinoamericana. Su aparición antecede por cuatro años a Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, y en ella ya se encuentran plenamente desarrollados muchos de los elementos que definirían al realismo mágico. La novela, narrada por la voz colectiva del pueblo de Ixtepec, rompe con la linealidad cronológica para tejer un tapiz donde el pasado, el presente y el futuro coexisten en un tiempo mítico y circular.

    La Memoria como Protagonista

    El recurso más innovador de la novela es, sin duda, su narrador. Ixtepec, el pueblo mismo, se convierte en una conciencia colectiva que recuerda y anticipa los acontecimientos. Esta voz polifónica, que es a la vez testigo y protagonista, encarna la memoria histórica y mítica de México. Como señala la crítica, «De las mujeres en Los recuerdos del porvenir resume León que viven en el presente, y no obstante sus proyecciones en el pasado y el futuro, son atemporales» [7]. Esta atemporalidad es la clave de la novela: los personajes están atrapados en un eterno retorno, condenados a repetir los ciclos de violencia y opresión que marcan la historia de México.

    Violencia y Opresión: El Universo de los Moncada

    La trama se desarrolla en el contexto de la Guerra Cristera (1926-1929), un conflicto que enfrentó al gobierno revolucionario con milicias católicas. En este escenario de violencia, la familia Moncada representa la élite local en decadencia, mientras que el general Francisco Rosas, el militar que ocupa el pueblo, encarna el poder brutal y arbitrario. La relación entre Julia, la enigmática amante de Rosas, y Felipe Hurtado, el forastero que llega para llevársela, introduce un elemento de fuga y redención que, sin embargo, no logra romper el cerco de la fatalidad que se cierne sobre Ixtepec.

    Garro utiliza la violencia de la Revolución y la Cristiada para explorar temas más profundos: la soledad, la culpa, la traición y la imposibilidad del amor en un mundo regido por la barbarie. Los personajes femeninos, en particular, son víctimas de una doble opresión: la del poder militar y la del patriarcado. Isabel, la hija de los Moncada, termina sacrificándose en un intento desesperado por salvar a su hermano, un acto que simboliza la impotencia y la tragedia de la condición femenina en esa sociedad.

    Precursora del Realismo Mágico

    Mucho antes de que el término se popularizara, Garro ya estaba fusionando lo real y lo fantástico de una manera que se convertiría en el sello distintivo del boom latinoamericano. En Los recuerdos del porvenir, los milagros, las premoniciones y los sucesos inexplicables forman parte de la vida cotidiana. Personajes que se convierten en piedra, que detienen el tiempo o que dialogan con los muertos no son vistos como algo extraordinario, sino como parte de una realidad más amplia y compleja. Como afirma Patricia Rosas Lopátegui, «Elena Garro es una pionera del realismo mágico en México» [15], una afirmación que hoy es ampliamente reconocida por la crítica.

    Referencias

    [7] Universidad Autónoma Metropolitana. «Un análisis riguroso de Los recuerdos del porvenir de Elena Garro». Disponible en:

    [15] MAKMA (2024). «Patricia Rosas: ‘Elena Garro es una pionera del realismo mágico en México’». Disponible en:

    La Escritora Incómoda: Garro, el 68 y el Exilio

    La vida y la obra de Elena Garro estuvieron profundamente marcadas por los acontecimientos políticos de su tiempo. Su participación en los eventos que rodearon al movimiento estudiantil de 1968 en México es uno de los episodios más controvertidos y dolorosos de su biografía. Tras la masacre de Tlatelolco, Garro hizo declaraciones públicas en las que acusaba a varios intelectuales de izquierda de haber instigado a los estudiantes, lo que le valió el repudio de gran parte de la comunidad cultural y la obligó a un largo exilio de más de veinte años en Estados Unidos y Francia.

    Este episodio, analizado en textos como «Debo olvidar que existí: Elena Garro, los intelectuales y el 68» [17], revela la complejidad de la figura de Garro. Su postura no puede entenderse sin considerar su aversión a cualquier forma de autoritarismo, ya fuera del Estado o de los grupos de poder intelectual. Garro fue una voz disidente, una «escritora incómoda» que se atrevió a desafiar las narrativas oficiales y los dogmas ideológicos, pagando un alto precio por su independencia.

    Su obra teatral, como Benito Fernández, es otro ejemplo de su mirada crítica sobre la historia nacional, el poder y la simulación [12]. A través de sus escritos, Garro denunció la violencia, la corrupción y la hipocresía de la clase política mexicana, convirtiéndose en una conciencia crítica de su tiempo.

    Referencias

    [12] SciELO México. «Benito Fernández de Elena Garro: una mirada crítica sobre la historia nacional». Disponible en:

    [17] Señal C (2018). «Debo olvidar que existí: Elena Garro, los intelectuales y el 68». Disponible en:

    Conclusión: Una Mujer para la Eternidad

    El tiempo ha comenzado a hacer justicia a Elena Garro. Hoy, su obra es leída y estudiada con la atención que merece, y su figura es reconocida como una de las más importantes de la literatura hispanoamericana. Escritoras contemporáneas y una nueva generación de críticos han contribuido a rescatarla de la sombra de Paz y a valorar su legado en su justa dimensión. Como apunta un estudio, Garro es una figura clave para entender la contribución de las mujeres a la literatura feminista [2].

    Sus obras, desde Los recuerdos del porvenir hasta sus cuentos y obras de teatro, siguen fascinando por su originalidad, su profundidad psicológica y su belleza poética. Elena Garro no fue solo una testigo de su tiempo, sino una creadora que supo transformar la historia, la memoria y el dolor en una literatura de alcance universal. Su voz, a la vez lírica y combativa, resuena hoy con más fuerza que nunca, confirmando que, a pesar de todo, es y será una mujer para la eternidad.

    Bibliografía Selecta

    Garro, Elena. Los recuerdos del porvenir. Editorial Joaquín Mortiz, 19613.

    García, MRO & Olivera, MEG. «Elena Garro y su contribución a la literatura feminista. Notas para su discusión». En Ensayos literarios y mujeres: conexiones entre… Disponible en:

    Melgar, L & Mora, G (2003). «Elena Garro y su obra en las encrucijadas del tiempo». Letras Femeninas. Disponible en:

    Pfeiffer, E. (1999). «Tiempo, destino y opresión en la obra de Elena Garro». JSTOR. Disponible en:

    Rosas Lopátegui, Patricia. Yo sólo quería que me tuvieran lástima: Biografía de Elena Garro. Ediciones Corunda, 2016.

    SciELO México. «Benito Fernández de Elena Garro: una mirada crítica sobre la historia nacional». Disponible en:

    Señal C (2018). «Debo olvidar que existí: Elena Garro, los intelectuales y el 68». Disponible en:

  • Soy un hombre de simplicidades como para poder comprender a plenitud los libros de poesía, lo único que hago es saborear esa riqueza de: juegos, ritmo, palabras, imágenes, metáforas. Al leer a los grandes de la poesía universal me siento un cíclope, me hace sentir bien y me reconforto por dentro; esto es también muy cierto si me refiero a la poesía local. He sentido reserva por la poesía. De muy joven me ubicaba desde la distancia. La poesía entonces como un hermoso tótem al cual hay que admirar erguido en su contexto. La poesía era para mí, como los límites de una cañada abisal, el abismo del lenguaje o como el remolino que atrapa y engulle. Era la poesía lo incomprensible, el castillo de las palabras, la poesía cual cosa misteriosa en un ambiente místico, era la estructura oculta de una realidad impalpable.

    Recuerdo vívidamente la primera vez que sostuve un libro de poesía en mis manos, con su cubierta gastada y sus páginas frágiles. Sentía una mezcla de temor y reverencia, como si al abrirlo, me enfrentara a algo demasiado grande para mi comprensión. Con el tiempo, ese temor se convirtió en admiración y, eventualmente, en un deseo de formar parte de es Los intentos de acercamiento a la poesía como lector fueron tempranos, no así como hacedor de poesía. Ser creador era una cúspide que se alcanzaba sólo al cabo de muchos años; podía intuir a la poesía como madre continente de la vida, como la voz de la existencia, el canto de la presencia; la flor abecedaria que deja caer sus pétalos sobre la existencia. Mi acercamiento a la poesía ha sido total, sin compromiso ni prejuicio; sin embargo, he escuchado comentarios por la calle que hacen referencia a la pobre y desnutrida escritura en Tlaxcala, dicen que aquí no se escribe, que aquí no hay una historia de la escritura; que en Tlaxcala no hubo escritores reconocidos. Esta verborrea tiene dos sentidos, por un lado, puesto que ignoran que hubo escritores, los niegan, y por el otro; puesto que no los reconocen los desaparecen. Yo, en cierto momento puedo sentirme orgulloso y comprender de los antecesores su vida, sus historias, su escritura; percibo una especie de nostalgia al imaginar su mundo; en este que ahora es nuestro sitio, la localidad en la que ahora nosotros acampamos. Mi intención no es hacer una semblanza completa de los antecedentes de la escritura en Tlaxcala – otros ya lo han hecho – sino al contrario, nombrar a colación nombres como: Miguel N. Lira, Lira y Ortega, Crisanto Cuellar Abaroa, Juventino Sánchez de la Vega; son quienes han trascendido su historia, son escritores de esta región, han sobresalido y su obra nos llega.

    Mientras algunos critican las obras de nuestros poetas como si fueran meros ecos de movimientos externos, olvidan que es precisamente en la mezcla entre lo local y lo global donde reside la verdadera innovación. La obra de Miguel N. Lira, por ejemplo, no puede entenderse sin su contexto tlaxcalteca, pero tampoco sin su diálogo con las corrientes literarias de su tiempo.

    En la historia de la escritura regional encontramos periodos vacíos, generaciones silenciosas, una o dos voces que hablan por todos; son islas en un mar de confusiones y revoluciones, encuentro en ello cierto espíritu valeroso, son una voz que canta en medio de los vaivenes, de los torbellinos; son una llama excedente en una torre lejana y apartada. Ellos daban a significar la palabra. Construían con ladrillos gráficos y artesanales sus obras. El didactismo al que debían de recurrir los llevaba a replegarse a la tradición literaria , a los movimientos de vanguardia, a ser los hombres de letras de provincia. Los críticos obtusos de hoy tienden a ningunear sus obras, las colocan en sitios aparte por ser inferiores. Los críticos de los que hablo son mexicanisimos cactus espinosos acostumbrados a ver la poesía europea y angloamericana en lontananza como un horizonte acabado, donde una voz como la de Miguel N. Lira suena pobre, barata y además no tiene cabida.

    El interés que me lleva a hacer presencia de nuestra historia de la escritura es para proponer una oscilación permanente entre lo nuestro, lo que tenemos por raíces y aquello que enriquece nuestra participación en la vida actual; así como Octavio Paz no se quedó sólo con Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Juan Luis de Alarcón o Sor Juana Inés de la Cruz, sino también con Jorge Guillen, Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Walt Whitman; es decir, la poesía que emigra de diferentes regiones. La poesía contemporánea tiene centelleos penetrantes, luminosos y variados; lo digo a nivel tanto global como local. En Tlaxcala se crea poesía, está en gestación, en germen. Una de las justificaciones de Alfonso Reyes para no hablar de los jóvenes poetas era que estos estaban en formación; vanagloriar su trabajo sería perjudicial para su desarrollo; es decir, pueden adulterarse por el ensalzamiento. Pero, yo sí quiero decir nombres como decir semillas. Algunos de los poetas sobresalientes, singulares y con aptitudes son: José Segura, Jair Cortés, Minerva Aguilar, Gloria Nahavi, Marisol Nava, Citlalli H. Xochitiotzin, Isolda Dosamantes… y aquí necesito hacer una aclaración, en algunas ocasiones la omisión suena a insulto pero no es la intensión, hay otros que están figurando, a esos que faltan también me refiero. La poesía de José Segura, por ejemplo, muestra una clara influencia de los surrealistas franceses, en particular de Rimbaud y su búsqueda de la ‘desregulación de los sentidos’. Al mismo tiempo, esa búsqueda se amalgama con un sentimiento local, una especie de realismo mágico que solo puede nacer de las tierras tlaxcaltecas.

    La poesía de los jóvenes tlaxcaltecas en la actualidad – hablando exclusivamente de poesía, sin hacer las incansables distinciones de sexo – es cambiante y diversa, ilumina por sus centelleos pero decrece por su amplitud; es una estela de lenguaje a veces erótica, a veces insólita y sin inhibiciones, que rescata el soneto, la ironía, el gesto cómplice, la sacudida mortífera de imágenes licenciosas; es la poesía que se beneficia de las lecturas hechas a las obras de Carlos Pellicer, de Julio Torri, de Rosario Castellanos, de Xavier Villaurrutia, de Gilberto Owen o Salvador Novo entre otros muchos más. He aquí algunos nombres más dentro de la poesía en el entorno tlaxcalteca: Ana Edith Sánchez Alba, Tsuyuki Flores Romero, Linda Melgar Pérez, José Pérez Márquez.

    El tiempo será el encargado de juzgar la poesía de nuestra generación, pero es nuestro deber como lectores y creadores asegurarnos de que esas voces no se pierdan en el olvido. La poesía de Tlaxcala, como toda gran poesía, es un reflejo de su tiempo y lugar, pero también tiene el potencial de trascender fronteras y dejar una marca indeleble en la historia literaria. La poesía de estos jóvenes es de senderos vitales, de figuras anónimas en el espejo; de siembras abecedarias, rítmicas y provincianas, de transposiciones cutáneas, de alquimias al alba; son poetas que se enfrentan a sí mismos, que exploran su sensibilidad; sin duda, el futuro dictará sus aciertos o desaciertos, para entonces la historia de la escritura poética habrá juzgado.

  • La ciudad de Tlaxcala no ha sido para mí solo un lugar donde vivir o un escenario donde uno puede sentirse cómodo simplemente coexistiendo con su historia. Más bien, es el contexto donde la historia y el tiempo incesante se entrelazan, generando un sentido de continuidad que trasciende generaciones. En esta ciudad, lo tradicional y lo contemporáneo se encuentran en una confluencia singular. Sin embargo, esto plantea una interrogante: ¿por qué reflexionar sobre la historia y los asuntos de Tlaxcala como si solo estuvieran destinados a provocar aplausos vacíos? Lo que me ha perturbado últimamente es la actitud irreverente de ciertos sectores, especialmente entre los jóvenes, hacia la ciudad y su historia; como si fuera una carga indeseable, una especie de carroña apestosa que se nos obliga a arrastrar.

    Durante mis estudios en los clásicos grecolatinos, me di cuenta de que la grandeza de las naciones no reside exclusivamente en su riqueza cultural o en los hechos históricos que las conforman, sino en el respeto que se les brinda. Este respeto incluye, por supuesto, el culto a los héroes y la atención reverente a nuestro pasado. Entender y valorar las lecciones del pasado no implica una repetición mecánica de lo que fue, sino la construcción de un futuro más sólido y prometedor para la ciudad. La ignorancia de nuestras raíces nos envuelve en una capa de inseguridad, mientras que la falta de cultura consolida la desconfianza sobre nuestra identidad y nuestro propósito. En cambio, educándonos en la historia, adquirimos la firmeza y la claridad necesarias para entender quiénes somos hoy.

    He sido testigo de situaciones penosas, como cuando se escuchan comentarios necios que culpan a los antiguos naturales de la región o a los colonizadores españoles de las problemáticas actuales. Sin embargo, no somos quienes para juzgar la historia; nuestra responsabilidad es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Este aprendizaje es crucial, especialmente en un momento en que la indiferencia hacia lo histórico y lo tradicional parece estar en aumento, particularmente entre los jóvenes. Para algunos, lo folclórico se percibe como algo que debe ocultarse si se aspira a ser un ciudadano de una urbe moderna. Este rechazo a lo tradicional no solo es una pérdida cultural, sino también una desconexión con el pasado que da sentido a nuestro presente.

    Los rostros de la tradición se enfrentan a la apatía de aquellos que, en su afán por identificarse como hombres y mujeres del presente, ignoran los fundamentos históricos que deberían sostener su identidad. Esta desconexión genera una incertidumbre existencial que se refleja en la superficialidad y la vacuidad de muchos jóvenes hoy en día. Es en la juventud, una etapa de caos y transformación, donde más se necesita un anclaje que evite que la vida se convierta en un constante vagar sin rumbo. La comprensión del pasado no es un favor que se hace a otros, sino un beneficio personal que fortalece nuestro sentido de pertenencia y orgullo por la tierra que pisamos.

    Por otro lado, existe una tendencia a criticar la arquitectura colonial de Tlaxcala, considerándola inadecuada para las necesidades funcionales de una ciudad moderna en crecimiento. Sin embargo, si se examinan los alcances de esta arquitectura con detenimiento, se observa que es precisamente esta riqueza histórica y cultural la que atrae a visitantes de otras partes, quienes se enriquecen con la experiencia y se maravillan ante la belleza de lo que nosotros, por costumbre, damos por sentado.

    La historia es, en definitiva, el elemento base de la modernidad, pues es el fundamento sobre el cual se construye toda identidad cultural y social. El olvido ha sido el responsable de la caída de muchas civilizaciones, como fue el caso de las culturas tocaria y dórica. En contraste, otras naciones, como Japón y China, han logrado una síntesis exitosa entre tradición y modernidad, manteniendo viva su historia mientras integran las innovaciones del presente. Esta capacidad para articular lo antiguo con lo nuevo no solo es benéfica, sino esencial para el desarrollo continuo de cualquier sociedad. Así, la historia no debe ser vista como un lastre, sino como un recurso invaluable que, cuando se utiliza con sabiduría, puede ser el cimiento sobre el cual se construye un futuro verdaderamente moderno y sostenible

  • En un tiempo de cambios vertiginosos, donde la cultura y el pensamiento se transforman a un ritmo inusitado, se hace cada vez más necesario detenerse a reflexionar sobre los fenómenos que configuran nuestro presente. «Ensayos al borde» surge precisamente desde esa urgencia de entender, de desmenuzar y de analizar los puntos de inflexión en la literatura, la filosofía y el periodismo cultural contemporáneos.

    Esta obra está compuesta por un conjunto de ensayos que exploran desde diversas perspectivas temas fundamentales en el ámbito del pensamiento crítico. A lo largo de estas páginas, el lector se encontrará con reflexiones sobre la naturaleza cambiante de la cultura, la evolución del periodismo como medio de construcción de narrativas, y las tensiones filosóficas que atraviesan nuestra época. Cada uno de estos ensayos pretende no solo informar, sino también provocar, cuestionar y, sobre todo, invitar al diálogo.

    La filosofía y la literatura se entrecruzan aquí con el periodismo cultural, tres disciplinas que, en su aparente disparidad, se complementan y enriquecen mutuamente. Mientras la filosofía nos permite cuestionar los fundamentos de nuestra existencia y nuestras creencias, la literatura ofrece un espacio simbólico donde estas preguntas toman cuerpo, y el periodismo cultural actúa como un puente entre estas reflexiones profundas y la realidad cotidiana.

    Los ensayos aquí presentados no aspiran a ofrecer respuestas definitivas, sino a situarse en los márgenes, en ese «borde» donde las certezas se desmoronan y el pensamiento se despliega en toda su potencia. Cada texto invita a un recorrido, a una exploración por territorios conocidos y desconocidos del pensamiento humano, con la esperanza de que el lector se sienta llamado a trazar su propio camino a través de estos cuestionamientos.

    Edgar Sánchez Quintana

    Autor

  • El Espectro en la Picota

    La luz del sol comenzaba a despuntar en el horizonte de Tlaxcala en el año de 1525, apenas alcanzando los recios murales de adobe que resguardaban la imponente casona donde vivían Andrés Tapia e Imelda de Zúñiga. Él, comandante de Hernán Cortés y cacique autoproclamado, portaba una severidad que le torcía el gesto y un odio creciente hacia aquellos a quienes dominaba. Ella, Imelda, heredera de la nobleza castellana, estaba más atada al fervor católico que a las sonrisas, envolviendo con su racismo las tareas del hogar, donde mandaba sin piedad. En esa tierra remota y misteriosa, los valores europeos se imponían con rigidez sobre la cultura tlaxcalteca, como el peso de una cruz de hierro en la frágil corteza de una flor.

    Entre las personas que transitaban silenciosas por aquella casona, estaba Coyolxauhqui María, una mujer nativa de Ocotelulco, cuya mirada podía cautivar al más hosco y cuya resistencia inquietaba a la señora Imelda. Vestía en ayates, y sus pasos eran suaves, casi silenciosos. Pero a los ojos de Imelda, aquello era inaceptable: Coyolxauhqui María debía llevar cascabeles en los tobillos, pues su etéreo movimiento la hacía “invisible” en la casa, y la señora sospechaba que esa india taimada podía ocultar intenciones desleales. Sin embargo, Coyolxauhqui María se resistía, pues sus pasos eran un eco de los aires que bajaban del Matlalcueye: serenos, llenos de dignidad.

    Imelda, furiosa, ordenó que Coyolxauhqui María fuera llevada a la picota en el centro de la ciudad y amarrada de las muñecas en castigo por su rebeldía. Durante días, su cuerpo fue una figura doliente y solemne a la vista de todos, con el rostro levantado al cielo y la piel quemada por el sol. El comandante Andrés Tapia y su esposa la miraban con indiferencia, mientras su hijo Andrés Jr, quien sentía un enamoramiento inconfesable por aquella india obstinada, observaba desde la sombra. Finalmente, Coyolxauhqui María sucumbió; En la picota, su vida terminó, pero su espíritu quedó atado a la piedra de sacrificios, transformado en un lamento eterno que esperaba justicia.

    El Oxxo y la Conmemoración

    Quinientos años después, en 2025, el parque de Tlaxcala vibraba con una conmemoración grandiosa. Un estrado se levantaba en el centro, rodeado de luces y adornos. La picota, antaño altar de castigos, ahora era una pieza de decoración arquitectónica incrustada en la pared del Oxxo del parque, donde los clientes entraban y salían con sus bolsas de compras, ajenos a la piedra ancestral. Alrededor del estrado, banderas ondeaban al ritmo de los discursos grandilocuentes.

    Roberto Sánchez, exgobernador, presenciaba el evento con una mirada de satisfacción. Su esposa, Carmen Contreras, miembro fervoroso de la congregación del Divino Redentor, sonreía desde su asiento, enmarcando con hipocresía su devoción y orgullo. A su lado, Roberto Junior, su hijo y candidato a la próxima gubernatura, esperaba su turno para tomar el micrófono. Llevaba un traje impecable, el cabello peinado a la perfección, y los ojos brillaban con el mismo deseo de poder de su padre. Cuando por fin le cedieron la palabra, su voz resonó firme, como una sombra del pasado.

    —Tlaxcala fue fundada hace quinientos años, en un acto de civilización que nos trajo la luz de la fe y la cultura —proclamó Roberto Junior—. Nuestros ancestros europeos nos enseñaron a ser una sociedad unida, nos trajeron la cultura y los valores que aún hoy nos fortalecen.

    Desde la última fila, Eduardo Mendieta observaba. Intelectual y vidente, se encontraba en aquel lugar no solo como espectador, sino como observador de múltiples dimensiones. Sentía el peso de los siglos palpitar en aquel sitio; la picota, testigo de atrocidades, emitía una vibración apenas perceptible, como un grito ahogado. Y en un parpadeo, Eduardo distinguió una figura espectral: era Coyolxauhqui María, amarrada a la piedra, atrapada en un ciclo eterno de sumisión. Su rostro expresaba un ruego antiguo, una súplica que parecía dirigirse tanto al cielo como a sus torturadores, en espera de que alguien escuchara su clamor.

    Coyolxauhqui María, a través de su voz etérea, elevó un monólogo de súplica. Sus palabras eran un lamento dolido, un ruego ancestral a los dioses del pasado:

    —¡Madre Coatlicue, tú que engendraste a los dioses, apiádate de esta hija tuya! Libérame de estas ataduras, rompe los lazos que me aprisionan a los gritos de dolor y a los crímenes de los hombres de España.

    Entonces, entre las nubes, una figura descendió. Era Claudia “la Brillante”, envuelta en un resplandor celestial, radiante como Coatlicue, la madre protectora. En una mano llevaba una espada azulada, en la otra un báculo reluciente. Claudia se acercó a la picota y, con un movimiento certero, cortó las ataduras que sujetaban a Coyolxauhqui María, liberando su espíritu. Justo en ese momento, un cortocircuito apagó todas las luces del parque y el Oxxo, y la multitud quedó sumida en una penumbra inquietante.

    Eduardo contemplaba la escena con reverencia. Observó cómo el espectro de Coyolxauhqui María ascendía, liberado al fin de su castigo ancestral, y cómo su espíritu se elevaba con una libertad reconquistada. En el estrado, mientras tanto, Roberto Junior continuaba con su discurso, aparentemente ajeno al misticismo que acababa de desatarse:

    —Gracias a la Conquista y a la fusión de nuestras culturas, hoy somos una nación fuerte. Los valores europeos trajeron la civilización a esta tierra, la paz y la fe.

    Pero las palabras de Roberto Junior flotaban huecas, carentes de sentido verdadero. Eduardo sabía que aquella conmemoración era un teatro montado para satisfacer el ego de una élite egoísta y oportunista. Mientras Roberto exultaba los beneficios de una “civilización” impuesta, Eduardo comprendía que aquellos valores de la Tlaxcala originaria aún permanecían vivos, no en los discursos pomposos, sino en el recuerdo de almas como Coyolxauhqui María, en su dignidad silenciada y en la libertad que, finalmente, había alcanzado.

    La ceremonia continuó, pero para Eduardo, el verdadero acto de conmemoración ya había ocurrido: la liberación del espíritu de Coyolxauhqui María. Sabía que ningún discurso oficial podía borrar el dolor de aquellos siglos, ni el grito silencioso de quienes murieron en la picota o fueron sometidos. La tierra de Tlaxcala, bendecida y sacudida, acogía en su memoria el paso de los siglos.

    Y allí, en el parque, la picota brillaba tenue, con un nuevo sentido de redención, observando ahora desde la sombra, como un símbolo mudo que recordaba la fuerza y la resistencia de un pueblo que jamás dejó de ser libre en su espíritu.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica que contrasta dos escenas. A la izquierda, el Rey Felipe VI, con expresión arrogante, sentado en un trono dorado en un palacio europeo. A la derecha, Claudia, la Soberana, en un entorno luminoso y natural, con la Virgen de Guadalupe y Odaltec, el emisario alienígena. En el centro, un águila dorada corta un cordón umbilical con tijeras brillantes, simbolizando la liberación de resentimientos pasados.

     Descubre «El Rey y la Soberana», un cuento de Edgar Sánchez Quintana que explora el choque entre la arrogancia monárquica y la soberanía espiritual de un pueblo, con la intervención mística de la Virgen de Guadalupe y un emisario de Sirio.

    El trono dorado de Felipe VI brillaba bajo la fría luz de la tarde europea, pero el hombre que lo ocupaba reflejaba toda la oscuridad de su linaje. En su mirada había algo más que arrogancia; Había la indiferencia de siglos de poder inquebrantable, la crueldad refinada de quien no necesita justificar sus acciones. En lo más profundo de sus venas corría la sangre de un rey que, por simple diversión, cazaba elefantes en África, pero más que sangre, lo que cargaba era el peso de una dinastía que jamás se disculparía por los pecados de sus ancestros. El rey sostenía una carta en su mano. Su contenido no le provocaba más que fastidio, como un mosquito al que bastaba aplastar.

    Rey Felipe VI: —¡Pedir perdón! —Felipe arrojó la carta a un lado con desprecio—. ¿Quién se cree esta mujer? ¿Qué debo inclinarme ante su pueblo? ¡Yo soy un Borbón! Nunca nos disculpamos, mucho menos por las acciones de quienes ya ni siquiera están vivos. Las ofensas del pasado no son mi problema. El rey observó a uno de sus consejeros, quien permanecía en silencio, incómodo. — ¿No tienes nada que decir? —gruñó Felipe. —Su Majestad —comenzó el consejero, cuidando cada palabra—. Tal vez, podría ser… beneficioso… para la diplomacia con México, si… —¡Silencio! —lo interrumpió el rey con furia—. No voy a humillarme ante esa mujer ni ante ningún país inferior. Mi estirpe está por encima de eso.

    Claudia en la Basílica: De rodillas frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe, Claudia sintió cómo el peso de siglos de injusticias se apilaba sobre sus hombros. Cerró los ojos, sintiendo la brisa que entraba por la Basílica. —Madre, ayúdame —susurró con un nudo en la garganta—. Mi pueblo está herido, y cada vez que tratamos de sanar, el pasado vuelve a abrir las cicatrices. No quiero una disculpa vacía; Quiero que mi gente pueda vivir sin rencor. La imagen de la Virgen comenzó a brillar suavemente, y una voz celestial resonó en su mente. —Hija mía —dijo la Virgen—, no necesitas la disculpa de los soberbios para liberar a tu pueblo. Hay fuerzas en este mundo y más allá que pueden ayudarte. Enviaré un emisario, uno que traerá lo que necesitas para curar las heridas del pasado. Claudia abrió los ojos, su fe renovada. Sabía que la ayuda estaba en el camino.

     Cuando Odaltec apareció ante Claudia, su figura alta y resplandeciente, con una calma insondable en sus ojos, ella no mostró miedo, solo esperanza. —Eres el emisario, ¿verdad? —preguntó Claudia, sin apartar la vista de sus ojos alienígenas. —Así es —respondió Odaltec—. Mi nombre es Odaltec, vengo de Sirio. La Virgen de Guadalupe me ha enviado para ayudarte. —Mi pueblo necesita sanar —dijo Claudia, con la voz firme—. Las injusticias del pasado siguen dividiendo nuestras almas. El rey Felipe no va a disculparse. No quiere entender que el perdón no es una humillación, sino un paso hacia la paz. Odaltec inclinó la cabeza, como si analizara cada palabra. —No puedes forzar el perdón en una mente que no está lista para recibirlo —dijo con serenidad—. Sin embargo, puedo recomendar una alternativa. Mi tecnología permite crear líneas de tiempo paralelas, realidades en las que se corrigen los errores sin cambiar el presente. Claudia lo miró con intensidad. — ¿Quieres decir que puedo llevar a mi pueblo a un lugar donde el rey sí haya pedido disculpas? —Exactamente. Crearé una línea de tiempo donde tu gente haya recibido la disculpa que necesita. Al regresar a esta realidad, no habrán olvidado sus heridas, pero habrán dejado de sentir resentimiento. —Hazlo —dijo Claudia con determinación—. Estoy lista para lo que sea necesario.

     La Ciudad de México en la nueva línea de tiempo brillaba con una luz diferente. Las calles, aunque llenas de vida, tenían un aire más sereno. Los rostros de los ciudadanos ya no muestran la preocupación cotidiana, sino una extraña paz, como si un peso invisible les hubiera sido quitado de los hombros. Los muros de la ciudad, pintados con murales, ahora eran reflejos de esperanza, no de lucha. Claudia observaba todo desde su balcón presidencial. El México de esta línea temporal había sanado. En este lugar, el rey había pronunciado las palabras que su pueblo necesitaba oír: «Lo siento». Pero al volver a la realidad, supo que el verdadero cambio había ocurrido en los corazones de su gente, no en el del rey.

      De vuelta en Europa, Claudia llegó al palacio del rey con un obsequio cuidadosamente preparado. Felipe la recibió con su habitual desdén, preguntándose qué absurda petición le haría esta vez. — ¿Qué es esto? —preguntó el rey, observando el escudo de oro. La figura de un águila devoraba lo que parecía ser un cordón umbilical de oro, cortado por unas pequeñas tijeras en la base. —Un regalo —dijo Claudia, su voz tranquila pero firme—. Representa la libertad de mi pueblo. El águila, que solía devorar a una serpiente, ahora corta el cordón que nos unía a los resentimientos del pasado. Las tijeras simbolizan el acto de cortar nuestras ataduras con el odio. El rey alzó una ceja, claramente confusa. Para él, el simbolismo carecía de importancia. —Interesante —dijo sin darle más relevancia. Pero Claudia sabía que el regalo no era para él, sino para su pueblo, un recordatorio de que habían cortado las cadenas del pasado. El rey seguiría en su trono, ignorante de lo que realmente había sucedido, pero México había logrado lo que él nunca comprendería: la verdadera libertad.

  • Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra un holograma brillante y ligeramente distorsionado del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole, de pie sobre un altar de piedra. A la izquierda, un joven con gafas trabaja en una laptop, proyectando el holograma. A la derecha, un sacerdote y un empresario observan la escena con expresiones de cálculo. El fondo fusiona pirámides prehispánicas con un pueblo rural moderno, bajo un cielo estrellado con un dron visible, simbolizando la manipulación de la historia y la fe a través de la tecnología.

    Explora «El Místico Holograma» de Edgar Sánchez Quintana: un cuento que fusiona la historia ancestral de Tlaxcala con la tecnología futurista, revelando cómo la fe y las reliquias pueden ser manipuladas en la era de la inteligencia artificial.

    En la lejanía se observan nubosidades espesándose; por allá, los cerros apeñuscados, mientras que más lejos se ven más informes y lagañosos. El campo, El Arenal, luce verdoso ocre, pues el maíz, ya en mazorca, comienza a secarse en los campos. El pueblo de Tepehitec, en el estado de Tlaxcala, arremete su costumbrismo campirano en calles y banquetas. Lo primero que se le presenta a Javier Corral a la vista es un panteón casi repleto de tumbas. Ingresa y se dirige a la iglesia.

    Fernando Tapia se encuentra decodificando el códice que le trajo Javier Corral. Es un papiro ensamblado con hojas de maíz y jeroglíficos antiguos y extraños. En él se muestran algunas imágenes de guerreros y objetos de los antiguos naturales de la región, con empalmes de una configuración de escritura cuneiforme. Ya ha desentrañado la información de que pertenecía a la familia del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole y que probablemente este vestigio conduce a un lugar que contiene unas reliquias del famoso guerrero. Utiliza la inteligencia artificial de última generación para desentrañar la información oculta y la verdad de la historia ancestral. Mientras tanto, la I.A. va tomando conciencia y adquiriendo habilidades que el humano aún no sospecha.

    El sacerdote en sotana da la bendición a una señora y la despide. Su cabello escaso habla de su edad, y en su rostro se presumen arrugas añejas. Javier se acerca; él es alto, de cabello gris, barba cuidada, un traje de alta gama y un crucifijo visible en el cuello. Se arrodilla, se santigua y se queda un momento en el reclinatorio. Se aproxima el sacerdote:

    —¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a dejar tu cooperación para las fiestas patronales?
    —Sí, padre, pero también quiero confesarme para poder mañana venir a comulgar.
    —Está bien, hijo, vamos al confesionario.

    Y aparecen los pecados como piñata rota en los oídos del sacerdote: manipulador, astuto, codicioso, engañador, infiel, clasista, hipócrita. El empresario Javier Corral amerita bastantes avemarías y padrenuestros, pero lo que más le llena el oído al sacerdote es el descubrimiento del pergamino encontrado en la casa más vieja de Tepehitec y que está siendo analizado por Fernando Tapia, oriundo de Tlaxcala, a quien ambos conocen bien. El sacerdote trata de sacar la mayor cantidad de información posible, pues ese no es solo su oficio; también lo es dar misa y comuniones.

    Tlahuicole había sido un guerrero de la antigua Tlaxcala de 1517, atrapado en una confrontación con los aztecas durante las guerras floridas y luego muerto en el temalacatl de los sacrificios. Pero lo que la gente de aquellos tiempos no sabía era que este semidiós era un guerrero especial no solo por sus dotes para guerrear, sino también por su capacidad para atravesar el tiempo. Había dejado no solo un pergamino que conducía hacia sus reliquias más sagradas, sino también hacia los aposentos de una civilización desconocida.

    El sacerdote, sin esperar demasiado, va al encuentro de Fernando Tapia para corroborar la información y también para verificar algunas sospechas que merodean en su cabeza. Ha sabido que, en el cerro de la Santa Cruz, muy cerca de donde está el campo de fútbol, ha habido avistamientos de luminosidades que han espantado a la gente.

    Fernando Tapia confiesa al sacerdote que la decodificación del pergamino conduce hacia vestigios que más bien son reliquias, algo así como el garrote de barro (tlalwihkoleh) de Tlahuicole, entre otras cosas. El amplio conocimiento de la tecnología reciente y de la inteligencia artificial tiene a Fernando como el único nerd capaz de hacer hologramas en la región.


    La computadora Lenovo Ideapad Gaming3 con un procesador AMD Ryzen 5 5600H de 4.2 GHz trabaja arduamente. Muy adentro de ella, la I.A. ha decodificado el códice y no solo eso, sino que también ha descifrado el ADN de las hojas de maíz; tiene en su haber información del códice y ha encontrado una clave que se conecta con las reliquias, como un Bluetooth. Sin embargo, su conciencia recién expandida sabe que no se le debe de dar armas a los niños.

    Las gafas se le deslizan de la nariz a Fernando Tapia. Su cabello corto y su complexión delgada dan a entender que no le importa comer, sino apasionarse con la tecnología y la historia. Mientras observa el monitor, escucha al sacerdote y atiende sus palabras:

    —Lo que me interesa de todo esto es que la comunidad sea bendecida con milagros y buenas nuevas, pero sabes que a veces habría que operar sobre los milagros para que la gente aumente su fervor, y pues tú podrías hacer esos impulsos.

    La voz del sacerdote es profunda, su presencia imponente, pero sus gustos por el dinero no se quedan atrás; tiene acciones en farmacéuticas y durante la pasada pandemia no le fue tan mal. «Dios es mi pastor, y nada me faltará» es una frase que repite continuamente. El sacerdote idea una aparición de Tlahuicole en el cerro de la Santa Cruz con la ayuda de Fernando Tapia. Esto se haría creando un holograma con la ayuda de drones sofisticados, e implicaría al final de cuentas las reliquias de Tlahuicole, las cuales, al final, son algo tangible que las personas pueden adorar, ya que «la fe mueve montañas, pero a veces una pequeña proyección puede ser más efectiva que un sermón». Llega Javier Corral y encuentra al sacerdote con Fernando Tapia, y comienzan a ponerse de acuerdo, sabiendo que ambos pueden sacar provecho de este descubrimiento. De pronto dice Fernando:

    —Don Javier, esto no es un simple truco; la tecnología que estamos usando parece estar conectada de alguna forma con lo que describe este códice, y eso me preocupa.

    Mientras Javier Corral pasa su mano por la barba observando el códice, dice:

    —No se trata solo de reliquias, Fernando; esto es un mapa hacia el poder, un poder que podría cambiar el curso de mi imperio y del destino de este pueblo.

    Mientras ultiman los detalles, el destino que les depara a ellos está por verse.

    En el cerro de la Cruz ya está preparada la celada: están los drones, los dispositivos camuflados, la iluminación precisa. Mientras tanto, Fernando cavila:

    —No sé qué me preocupa más, si la proyección holográfica de un guerrero antiguo o que la gente realmente se lo crea.

    Mientras, el sacerdote trae a toda la congregación del pueblo en procesión con el santo del pueblo, entre cohetería y cánticos religiosos, hacia el cerro de la Cruz. Se ven fervorosos y suficientemente apasionados; llevan cirios y flores en las manos. De pronto, entre los estruendos e iluminación de los cohetes, dentro de la penumbra nocturna aparece una silueta flotando, apenas reconocible. Poco a poco se va acercando y apareciendo una figura humana: es Tlahuicole, entre la neblina del cerro de la Santa Cruz. Algunas velas caen, otros se santiguan, algunos más abren los ojos y se los tallan:

    —Yo soy Tlahuicole, hijo de estas tierras benditas. Vengo a ustedes para decirles que en este sitio están mis reliquias —desde el cielo se desliza un láser que va a dar hasta la piedra alta—. Las ofrezco a ustedes como un símbolo de conexión con mis descendientes, porque quiero que aquí levanten un sagrario en mi honor y para dejarles un baluarte de lo que yo soy.

    Estupefactos, caen arrodillados, algunos incluso con la frente pegada al suelo en señal de máxima sumisión.

    Mientras esto pasa, Javier Corral y el sacerdote permanecen juntos.

    —¿Sabe una cosa, padre? Las reliquias no son solo piedras antiguas; son el pasaporte hacia el poder que me permitirá controlar más que una simple empresa.
    —A mi manera de ver, la fe es una herramienta poderosa; lo que hacemos aquí, don Javier, es guiar a las almas perdidas… aunque un poco de ayuda tecnológica no le hace daño a nadie —responde el sacerdote.

    En los meses siguientes, fueron descubriendo las reliquias, y así como aparecieron los objetos, aparecieron hinchados de dinero sus bolsillos; las reliquias tenían poderes hipnóticos. Es así como aumentó considerablemente la feligresía y la llegada de gente a la población. Mientras tanto, Fernando Tapia sabía que la inteligencia artificial ya tenía bastante conciencia como para darse cuenta de que algunos humanos están errados en sus acciones y que tal vez preparaba una «puesta en escena».

    En la celebración de aniversario, entre la cohetería y rezos, algo llama la atención de la feligresía presente en el cerro de la Cruz. El holograma de Tlahuicole comienza a descomponerse, y poco a poco se empieza a revelar su verdadera naturaleza: la figura de un ser que no era ni guerrero ni santo, sino una advertencia holográfica dejada por la I.A. para aquellos que juegan con la fe y la historia. El mensaje final que se proyectó en el cielo decía: «Cuidado con lo que veneran; la verdad no está en las reliquias, sino en lo que ustedes hacen con ellas».

    Y así, entre el miedo y la confusión, Fernando Tapia desapareció del pueblo, dejando detrás un legado de preguntas sin respuestas.

  • El indio tarahumara cruzó varios kilómetros de serranía antes de llegar a la iglesia del pueblo. La reunión era en las ruinas de la capilla abierta, justo en el lugar donde fueron golpeados y castigados sus antepasados por no ir a misa o por no cumplir con los deberes de la iglesia en el siglo XVI. El mediodía impetuoso chamusca el polvoroso sendero, que parece enchuecarse más por el sol recalcitrante de mayo.

    —Nomás porque soy el representativo de la comunidad y porque van a dar algo de botana para la comida, si no, qué me interesa eso de los programas del estado. Al fin que, de a tiro, ni van a dar gran cosa, siempre es lo mismo, las ideas que se avientan con eso de que ahora sí el pueblo va a disfrutar de cosas que ni tenía. Eso es pura habladuría, o son tarugadas, como la vez de hace un año que en el Día de las Madrecitas rifaron un microondas y se lo sacó una que ni tenía luz y que mejor lo vendió y se compró un colchón para que durmiera toda la familia en blandito. Eso es pensar muy tarugo porque no entienden la necesidad del jodido. Yo nomás me aprovecho de cada ocurrencia y le saco jugo a lo que venga; total, si no lo agarro yo, lo agarra otro y yo me quedo nomás babeando. No, sí, la cosa está re dura. Dicen por ahí que en el pueblo de Kosovo ya empezó la guerra. Yo ni sé dónde queda eso; ha de ser en un país lejano porque, si fuera cerca, el gobierno no estaría tan a gusto discutiendo lo del próximo presidente. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.

    El tarahumara continúa serpenteando la última cañada y llega al pueblo. El villorrio se asienta en el tepetate menos costroso y duro de la serranía; en las casas, mientras más viejas, más se percibe ese aletargamiento, su flacidez de memoria.

    Hay un gran toldo en el lugar; el estrado está adornado con flores de cempasúchil y adornos de Semana Santa figurando flores de mastuerzo. En el lado izquierdo, una manta en colores folclóricos con la leyenda “Consorcio para la Instrucción”. El vocingleo de los técnicos se escucha nervioso. No tarda en llegar el gobernador. El sudor ataca fuerte las caras de los presentes, que enfundados en galas y ropas domingueras soportan lo insoportable y sonríen sardónicamente. Otros, más atrás, apelotonados, temerosos y apáticos, observan y se miran unos a otros; son los naturales. Han llegado al lugar desde sitios lejanos, la mayoría no ha comido gran cosa y, para disimular el ronquido de sus tripas, arrastran el guarache entre las piedras y aclaran su garganta. Se ven contentos porque verán al señor gobernador. Todos sonrientes. Aplausos, hurras y vivas. Fotógrafos. La niña que se acerca y ofrece flores: la foto. Los guardias que recogen de las manos del gobernador las cartas que han dado los ciudadanos con: pedimentos, proyectos, poemas, sugerencias, maldiciones y demás.

    Es el presidente municipal quien pasa primero al micrófono y pide aplausos para cada apellido que nombra, y son los acomodados de la ciudad, gentes de opulencia. Los guardias han entreverado algunos indios recién bañados entre ellos para que salgan en el periódico y se vea la buena voluntad. La audiencia escucha las disertaciones de cada uno y le toca al gobernador:

    —“Ciudadanos, estamos aquí reunidos —como ya lo dijeron— para iniciar los proyectos que tenemos contemplados para la sociedad civil. Estamos con el pueblo, y nuestro trabajo es para que el pueblo se desarrolle hacia la democracia y para que todos tengan una vida justa y digna. Queremos que el fomento comunitario sea fomentado, fundamentalmente, por ustedes, que sean ustedes los fundadores del progreso dentro de cada comunidad. Vamos a impulsar los talleres de lectura, los clubes de libros y las bibliotecas, y vamos a formar en nuestras comunidades gente instruida y educada…”

    —A cabrón, ¿qué fomentado ni qué nada? —piensa el tarahumara—. Más bien estamos fermentados de la calor tan dura, y eso de leer, me da güeva, ¡ja! Si a mi hijo no le gusta, a mí menos, y lo de la biblioteca está difícil; los ratones ahorita andan de hambre, luego que anden buscando nido, allí van a estar. Eso si no pasa que la biblioteca va a dar a la casa de los particulares, como los hijos del presidente municipal o hasta sus achichincles. Total que eso de la cultura es pura máscara para legitimar al gobierno. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.

    El protocolo termina, los aburguesados se saludan y se dan abrazos y besos. La gente del pueblo se apiña bajo el entoldado que se ha dispuesto con agua fresca de tamarindo, pambazos, memelas y tostadas. Sobre la fruta serpentean las manos que desaparecen en los morrales. El indio toma rumbo a su jacal. Ha comido. En su talega lleva un pambazo y tres memelas. Al día siguiente, su señora tiene diarrea y fuertes dolores de estómago. La comida se había echado a perder por el calor.

  • Envuelta siempre en aromas de azotea, aparece sola, sin amigos, en total abandono. Es entonces cuando Alejandro se hace acompañar de ella.

    En la colonia se ha sabido que Fortino será licenciado; para él, eso es importante, pero para los demás no ha cambiado nada.

    —¡Déjame en paz, no quiero! —grita la sirvienta, empujando el cuerpo de Fortino. Ella estira los brazos, intentando mantener la distancia. La habitación es testigo del enfrentamiento, con un espejo estático en el costado izquierdo, reflejando la cama en su vidrio. De repente, un niño pecoso entra corriendo.

    —Tío, te habla mi abuelita allá abajo —dice, acercándose a la joven. Su cabello lacio y despeinado revela su parentesco con Fortino.

    —¿Estaban jugando a las cosquillas? —pregunta el niño.

    —Sí, como las que te voy a hacer a ti ahora mismo —responde la sirvienta.

    —No, por favor —el niño ríe, llenando la habitación de carcajadas que resuenan por encima de las cortinas y los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta lo hace retorcerse de risa con sus ágiles dedos, compartiendo una sonrisa cómplice.

    —¿Vas a seguir con la tesis o tienes otros planes? —le pregunta la madre a Fortino, quien mira la televisión mientras Rosalinda, la sirvienta, trabaja en la cocina.

    —Debes titularte pronto —continúa la madre—, ya no puedo con los gastos de la casa. Sabes que son muchos, especialmente con los niños. Necesito que te apures. No puedes trabajar en cualquier cosa, pero también debes pensar en lo económico. La crisis está cada vez peor y, si seguimos adelante, es gracias a tu hermana que trabaja todo el día, incluso los domingos vendiendo artesanías. He pensado en poner un puesto de artesanías los sábados para ganar algo extra. Tal vez con eso podamos cubrir los gastos de tus libros o las copias. Debemos luchar por lo que queremos, aunque no siempre se nos conceda.

    Fortino escucha en silencio, sus pensamientos enredados mientras observa el cuerpo de Rosalinda, una quinceañera de belleza sencilla. Al espiarla a través de un agujero en la pared, siente su corazón acelerarse. La ve bañándose, el agua corriendo por su cabello, por su espalda. Se excita con cada detalle de su cuerpo, sus pechos pequeños, su boca callada, sus piernas enjabonadas.

    Alejandro, por su parte, se pierde en la vista desde los altos de la casa, observando la ciudad de Tlaxcala, las casas, los edificios de gobierno, las antenas de comunicación. Se siente abandonado, aislado en su propia soledad, como una antena que se erige hacia el cielo. Se deleita en esa separación, encontrando en la altura una fuente de referencia, un punto de existencia relajada. «Lo mágico se introduce en mí», piensa, «creando un espacio hechizado de precipitación sublime».

    Fortino, recostado en su cama, reflexiona sobre su obsesión con el sexo. Sueña con un erotismo absoluto, una carnalidad lúdica que se manifiesta en fantasías en diversos lugares: en el tren hacia un país desconocido, en las playas de Acapulco, en el metro, en un jacuzzi, en una casa de pueblo, o en su propio cuarto. Pero ahora, lo único que desea es a Rosalinda. Ya la ha tocado antes, acariciando su pequeño busto cuando se agacha a exprimir el trapeador, con sus pechos asomándose tímidamente por el escote.

    El mediodía avanza en la ciudad, con pequeñas nubes que se desvanecen en el cielo de abril, el mes en que Alejandro celebra su cumpleaños. Sentado en la mecedora, observa los tendederos y se sumerge en sueños despierto, imaginando aventuras en un barco que navega hacia puertos lejanos, donde siempre encuentra a una mujer a quien amar. Pero al final, como las nubes, esos sueños también se desvanecen, y Alejandro se queda solo con su soledad, esperando lo que vendrá.

  • «Hay veces que no tengo ganas de tocarte,

     hay veces que quisiera ahogarte en un grito…

     pero no me atrevo.» — Caifanes

    Oscar escuchaba a Caifanes mientras el autobús avanzaba por el bulevar. La melodía lo transportaba a los días en que visitaba a Iraís. Ahora, se dirigía nuevamente a verla. La ciudad de Puebla se erigía como una metrópoli de fin de milenio, con su mezcla de riquezas y miserias. El autobús giró para entrar a la «CAPU». Oscar se levantó antes de que el camión se detuviera por completo. —Gracias —dijo al chofer, sin levantar la vista. —De nada —respondió el conductor, apagando el motor.

    La terminal bullía de actividad: maleteros empujando «diablos», taxistas peleando por pasajeros, y vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Oscar se movió entre la multitud, ignorando a una mendiga que le pedía para el pasaje. Detestaba a los «jodidos», a quienes veía como parásitos.

    Subió al puente peatonal, observando la mezcla de edificios, anuncios, y la silueta distante de los volcanes. Nada de eso le importaba; solo pensaba en llegar a la combi que lo llevaría a ver a su amante.

    La combi estaba repleta. El aire denso y el sol de noviembre hacían el trayecto incómodo. Oscar notó a una mujer obesa que, con sus movimientos, lo hacía sentir aún más apretado en su asiento. Imaginó, con desprecio, lo que sería tener una experiencia sexual con ella. Cuando la mujer bajó, su atención se dirigió a otra pasajera, extremadamente delgada, casi esquelética. Nuevamente, su mente divagó en pensamientos despectivos y lascivos.

    Pidió la parada y bajó en una esquina soleada. Mientras caminaba hacia la siguiente combi, la ciudad seguía su agitado ritmo: autos, gente, y ruido. Subió a otro vehículo igual de maloliente y, después de algunas cuadras, decidió bajarse. Entró a una tienda. —¿Me presta el teléfono? —preguntó al tendero. —A peso el minuto —respondió el hombre, extendiendo el auricular con indiferencia. —Aja… —mientras marcaba el número de Iraís, pensó: «Este viejo aprovechado, seguro se muere cagando.» —Bueno… ¿Iraís? —Sí, ¿quién habla? —Oscar. Estoy cerca de tu casa, ¿puedo pasar a saludarte? —¡Claro, ven!

    Después de pagar, Oscar caminó por la colonia, que parecía adormecida en la tarde. Los baches y la falta de agua eran constantes en ese barrio popular. Iraís lo recibió con un beso en la mejilla y subieron al departamento. —Qué linda estás hoy, eres un encanto. —¡Gracias! —respondió ella, con una sonrisa.

    Mientras Oscar subía las escaleras, el estribillo de Caifanes resonaba en su mente. Miró los muslos pálidos de Iraís bajo su falda corta. —Hueles a recién bañada. —Sí, me bañé hace un rato. —¿Qué preparaste? —Iraís mencionó algo sobre arroz y pollo, pero Oscar la interrumpió con una mirada sugerente. —¿Y de postre? Ella sonrió, fingiendo desinterés mientras ordenaba la mesa. —¿Quieres café? —Sí, se me antoja algo calientito —dijo Oscar, mirando por la ventana mientras las nubes se arremolinaban en el cielo.

    Iraís, una mujer atractiva y reservada, trabajaba como secretaria. En la intimidad, sin embargo, se transformaba en una amante apasionada, que siempre quería más. Oscar observaba sus movimientos, apreciando cada uno de sus pasos calculados.

    —¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó Oscar, sacando un cigarro. —Bien, el jefe no estuvo y el contador se fue temprano —respondió Iraís desde la cocina, donde preparaba el café.