Edgar Sánchez Quintana

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  • —Sentado en las escalinatas, confundo y enojado miraba mis zapatos y hacía muecas tratando de no ver, tratando de escapar; rotos y enzoquetados descansaban al fin un poco del tianguis. Como mis zapatos era toda mi historia: corta. Estaba en el sexto año y llegué lejos. Ni sé nada del año, ni había clases. Mi tía me llevó a la graduación un ramo de gladiolos con flor de nube y me regaló un reloj de los “pica piedra”, tuve que bailar el vals con todo y pena, la canción de las “golondrinas” no la escuchamos bien porque estaba rayado el disco. — ¿Pensar en la secundaria? Mi mamá apenas tiene para que comamos y mi padre se la pasa de guevón y pulqueando con sus compadres; a mí no me queda otra más que seguir vendiendo cerillos, de ahí sale para el colectivo, las tortillas, y no voy a decir que no, también me alcanza para las “maquinitas”. —A mí me preocupa que no tengamos dinero, soy el mayor de mis hermanos y ya viene el otro. Parece que mi Padre no entiende, le dice a mi mamá que usar condones es anticristiano y eso lo dice el santo papa, y además que van a decir los compadres… que parece que están haciendo la competencia para ver quien le saca más a la “vieja”. Ya no sé qué cosa. Mis amigos del mercado, el “bolas” y “el traste” me invitan para que nos juntemos con otros cuates y echarnos el cigarrito y las “chelas”, ya sé que eso me conduce a ser uno igual a mi padre, o peor, que tal si la pruebo, es decir la “buena” y después me gusta, y con el tiempo quedo igual que Mateo… Perdido, perdido. —Ya no sé qué cosa, me lo vuelvo a repetir muchas veces, tal parece que a todos los de mi colonia les cayó la misma maldición que a mí, la mayoría anda con los zapatos jodidos, llenos de lodo, y no salimos de una cuando ya caímos en otra; a todos nos agarra por temporadas la diarrea, la gripa y hasta el fut-bol; parecemos herramienta de la moda, pero de aquella que agarra parejo aunque uno no quiera —Quién sabe que ha de significar el soñar escaleras, pero no el que uno vaya para arriba, sino el que descendamos de las escaleras más allá del suelo. Eso soñé ayer, y por eso estoy aquí, en las escalinatas; viendo mis zapatos rotos y enlodados, con el costal de cerillos empapado y la mercancía echada a perder. Por aquí han pasado unos “chavos bien” con tenis famosos… y de aire, embotarse de esos ha de ser la pura vida. Al bajar el último peldaño, resbala por el exceso de lodo en los zapatos perdiendo el equilibrio, y cae hundiéndose hasta el pecho en la alcantarilla abierta desde donde fluye hacia arriba como fuente, el agua del drenaje. Los cerillos se esparcen por la calle y son atropellados por los urgentes autos.

  • “Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud”

    Julio Torri

    Estuve presenciando la voz de un hombre menudo perfectamente vestido cuyas palabras formaban universos extraños sacados de algún palimpsesto, todas esas palabras misteriosas reflejaban que éramos dos mundos diferentes, y después se reía, me daba unas cuantas palmadas en la espalda diciéndome: —“Las cábalas políticas mexicanas son como las amibas; se fusionan, desprenden subdividen y vuelven a fusionarse en la oscuridad palaciega sin que el pueblo se percate” —Yo le dije, al tanto que me recargaba en la pared mientras el horizonte enrojecía. “A veces los mexicanos despertamos” Él con parsimonia tomó el último sorbo de su cerveza y continuó. —Déjate de tonterías, las cosas no van a cambiar, mejor me voy “…Haz que todo me sea alistado para la hora de partir” Cuando se fue, tentado estuve de pedirle que se quedara, pero ese no era su destino. El hombre tenía que llegar allá cuando el ocaso, para hacer teatro de mascaradas. Nos habíamos puesto de acuerdo en que yo estaría allí aplaudiéndole y diciendo que él era genial que una palabra y sólo una podría hacer cimbrar la multitud, la muchedumbre. El camino era angosto. Una monumental bajada con terrado recorría la vía; y el asfalto envejecido permitía el giro de las llantas hasta llegar a un recodo donde se tornaba a un laberinto con piedras y ladrillos a los lados. Apareció el autobús que me condujo a un recorrido imprevisible. Después de los años, cuando el horizonte se alejó y el ocaso de nuestras vidas se apretujaba en los años que nos quedaban de vida, nos vimos… Yo estaba aletargado en compañía de las moscas circunvecinas y con llagas en las corneas, veía a las libélulas copular en el aire desértico del pueblo de Palomas. Atisbaba las nubes del Puerto de Palomas y me horneaba en ellas, y era mirar el huracán tras la línea estadounidense. Yo, era uno de los hombres desheredados del pueblo, mi destino me había barrido hasta esos sitios substanciales del bochornoso clima chihuahuense. Llegó el hombre y lo reconocí. Él continuaba hablando de cosas Extrañas e in entendibles que yo, por no ser descortés, dejé que corrieran las palabras por las lomas sedientas. Le dije de continuo, ahorrándome palabras: —Así como el gallo tuerto come de lado, así yo con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra. Él con voz de amo siguió: —Cruzaré la frontera México-Americana de indocumentado porque tengo deudas con la justicia, y también para llevar unos paquetes que son propios del negocio—Terminó diciendo al tiempo que se descalzaba de sus mocasines amielados “haz que todo me sea alistado para la hora de partir”. Partimos hacia la garita pasando la malla de alambre por un costado de la escuela Ramón Espinosa Villanueva con las garrafas llenas de agua. Para perdernos, sólo teníamos que equivocar el rumbo y no llegar a Columbus, cosa que sucedió. A mí me picó primero la serpiente. Él continuó, y con sarcasmo adulé su valentía, seguía cargando los paquetes de polvo. Me quedé sentado observando el entorno, despertándome de vez en cuando “tal como lo hacemos los mexicanos”. Me avivé pescando hormigas con un garfio, lo introducía en el pequeño agujero donde salen y prueban su fiereza con el metal quemante, se escurrían de nuevo a las profundidades del orificio fresco y retornaban a morder con fuerza sobre el objeto extraño. Yo extranjero, picaba con el garfio y el sol me atacaba salvajemente en cuello y espalda. Cuando vi un solo punto de aquel hombre supe que ya no lo volvería a ver, Él continuó caminando. Las autoridades de inmigración encontraron a los dos cuerpos calcinados por el sol, después de cinco y siete días respectivamente. Al primer cuerpo, encontrado a un costado de un hormiguero, no le dieron mucha importancia; el segundo cuerpo, lo llevaron a México, lo presentaron a los medios de comunicación con todo y hormigas, con la lengua de fuera y con Los ojos achicharrados por el sol, con la piel negra y seca. Había muerto el llamado: “El señor de las nubes y los medios”, narcotraficante muy buscado en el continente Americano. El otro muerto, antes de morir, arrojó palabras sobre la cañada, pero no tuvo auditorio.

  • —No puedo creer que aquello que estoy viendo sea el nagual. Me habían contado que por estos sitios se podía ver, y aquello que está allá en la arboleda, en el claro que conforman los campos semienhierbados, es sin lugar a duda. Me había fijado en ese lugar en muchas ocasiones. Ahí donde los árboles han crecido se pasea triste, columbrado. Hay una silueta áurea que lo sigue, que lo acompaña y sigo viendo. Atrás de las orejas se me va formando un escalofrío que recorre la espina dorsal, es un miedo ante aquella cosa que se agita, se comba sin descanso. No logro entender. A lo lejos se mueve. El nagual corretea, se inquieta como si quisiera escapar de algún dolor, como si quisiera presentarse al dolor de los demás; en ocasiones flota, se apacigua en el aire, en la brisa, sólo se puede ver en la brisa, en la ligera lluvia de las tardes de mayo, como ahora. El agua corre, los relámpagos chispean en el cielo y hacen configuraciones imprecisas de luz. —Más tal pareciera que cerca del nagual, de aquella cosa que cambia de configuración… ¡Ahora lo veo en forma de perro!… no… ¡No es perro!… ¿será perro? Mmm… ¿No seré yo el que está allá? Mmm… Y ese cuerpo desnudo, escamoso, mmm… ¿qué le cuelga allí?, Parece que es… ¡las vísceras! Santo dios… ¿es la cola?, Es la cola de perro, cambia tanto, me espanta, ya no quiero ver. Me quiero ir de aquí, mmm… se ha escondido en los matorrales, atrás del árbol… no, no se ha escondido, se ha guardado de algo, tal vez tiene temor a que lo vean. ¿Acaso estoy violando los misterios que tiene que ser incognoscibles e indecibles? Es el objeto o la cosa viviente quien no acata las leyes físicas por las cuales mi razón se sustenta, es decir, la lógica racional sin la cual pierdo la cordura. —A veces las imágenes son precisas porque el agua cae y forma un velo tenue y azulado. El velo se acentúa más; al mismo tiempo que se agigantan las gotas de lluvia, caen esporádicos granizos, pero ese velo deforma, se vuelve confuso en la humedad y la imagen es cambiante y diversa como mezcla fantástica. La hierba se moja con ese… y esas patas, las patas del nagual, no alcanzo a verlas, pero imagino que son de hombre, podrían ser de perro. Sigue una tarea, la faena que asusta, que me engarrota todito. Me golpea el corazón. Me enferma. Me hace una atemorizada sanguijuela. — ¡Que mal! … ¡Santo Dios!, se ha convertido en un esqueleto, es una armadura de huesos, es el armazón estéril, infecundo. Tengo que escribir esto, la circunstancia me hace estar erizado, tieso. Me quiero escabullir. Quiero escapar, me acobardo… ¿quién no ante este pinche show? En este momento me gustaría más ser un árbol, un maguey, un nopal para no sentir este alucine. Algo pasa, algo pasa en torno a ese nagual, ha mutado en algo blando, adiposo, es un adobe… ¿un adobe o un abdomen? Es la informalidad, el cambio amplio, enconado, es lo que me debilita. Estoy abatido, raquíticamente abatido por esta imagen, ojalá y sea fantasía en desvarío una ficción que me aterra y que no puedo escapar mientras aquella cosa… ¡Apiádate de mi Dios Mío!; Ahora es un burro sin cola, pero tiene cabeza de simio y cola de cuervo… No, no es un cómo… no es una cola de cuervo, es una sombrilla que cubre el lomo, entonces que hay en el lomo, ¿qué se encuentra en ese lomo que está cubriendo? —Esa cosa inverosímil es la representación de otra cosa que no entiendo y que no logro comprender. ¡Caramba! De no ser por mi juventud, de estar mal del corazón, seguramente estuviera mañana en camino al panteón. Siento que los poros se me enchinan, se crispan, los bellos y su raíz se electriza, se hacen pabilo; y esta imagen, esta representación, esta ensalada centrífuga de partículas mezcladas en sus formas me hace estremecer. —Sigue lloviendo, es el velo, el himen acuático que desfigura a ese perro con cola patas de chivo que olfatea el aire, la tierra mojada, las plantas y arbustos… mmm… ahora se escapa, como si hubiera visto al chamuco el mismo nagual… ¡me está viendo a mí! Ha visto que lo estoy observando. ¡Qué ojos! Es el rojo encendido que centella entre la guinda fosforescente y el azul de las urracas. Mis vísceras se desparraman, sufren espasmos. Aquello me ve, aquello me asusta. ¡Me estoy orinando! —No escapa hacia el macizo, sino que se dirige hacia la colina; atraviesa árboles; se aleja. Lo veo entre magueyes tiernos y se pierde en la colina, mientras el agua corre en arroyos, se escurre hacia los estanques del pueblo.

  • — ¡La ambulancia por favor! Envíela frente a la presidencia, tenemos dos accidentados, uno de gravedad; envíe equipo de emergencia, repito. Envíe equipo de emergencia. Tuvimos un percance en la demostración, ¡dense prisa! — El jefe de bomberos repetía exaltado por el radiotransmisor llamando a la corporación de la Cruz Roja. Héctor Rulfo era uno de los accidentados, sus lesiones sólo llegaban a ser golpes leves que a media semana se borrarían. Los de su compañero eran de consideración. — ¿Y cómo fue el accidente? — Pregunta el curioso al señor más cercano. — Lo que pasa es que se subieron a una escalera de seis metros; mire, allí ya se la llevan. Y con los tres que se subieron no aguantaron las sogas y fíjese que con todo y equipo dieron al suelo. El compañero de Héctor Rulfo se retorcía de dolor con convulsiones, los temblores seguían cuando llegó la ambulancia. La muchedumbre se arremolinaba como moscas en perro muerto. Los compañeros bomberos pedían la calma. Los policías ineptos se ponían nerviosos. El presidente municipal cuchicheaba con su secretario y mientras; los camiones rojos, pipas y demás aditamentos se aburrían esperando ser utilizados. Se había hecho una exhibición con todo el equipo, y extendido en el pavimento, los botiquines eran desparramados para buscar el remedio presto para curar al casi hermano, al compañero de trabajo. Pero, no había nada para curar al grave de derrame cerebral. Si fuera algún asfixiado o quemado cualquiera de ellos era competente. Héctor Rulfo era uno de los más prestigiados hombres de la heroica agrupación de bomberos, tenía en su currículo una afanosa lista de reconocimientos, diplomas y fotos con personalidades distinguidas que corroboraban su capacidad en el trabajo. Ser bombero no había sido fácil para él. La elección al oficio había sido una promesa que se había hecho a sí mismo por la muerte de su padre, en el incendio de la iglesia ocurrido en 1938. Héctor había pasado por catástrofes como: inundaciones, temblores, derrumbes, incendios, entre otros; y accidentes de electrocutados, de personas salvadas a punto del suicidio, perdidos en grutas insondables, niños ahogados con un pedazo de bocado, en fin. De lo que se sentía más orgulloso era de lo ocurrido dos meses atrás. Resulta que recibió en su turno una llamada en dialecto propio de los naturales de la región, y que ni tarde ni perezoso acudió al auxilio; era el incendio de una troje llena de pastura, pero el problema era que cerca estaba el cobertizo donde la comunidad guardaba el grano para la siguiente cosecha y también enseres que eran propios para el trabajo. Héctor Rulfo como superior de bomberos dirigía las acciones con tino, dando como resultado el cese del fuego en pocas horas, no sin antes arriesgarse él mismo para salvar el becerro torpe de patas. La comunidad había acordado que enviarían una invitación para que el jefe de bomberos seleccionara a uno de sus oficiales, para que el Día del Bombero acudiera a la comunidad. Se haría una comilona en su honor. Cuando se reunieron los bomberos después de la demostración, en el salón de sesiones de la corporación de bomberos, había un apesadumbrado viento fresco que empalagaba todas las caras de abulia por lo sucedido, muy a pesar de encontrarse celebrando su día. En la mente de Héctor Rulfo se repetía el discurso del presidente municipal: “Sabemos que lo ocurrido a los compañeros es muy lamentable, son cosas que suceden, y que lamentamos. Seguiremos muy de cerca el restablecimiento del compañero, la exhibición tiene que continuar, y sólo esperamos que terminen de colocar los aditamentos de la próxima demostración. El oficio de bombero, todos lo sabemos, no es fácil, arriesgan su vida, y ellos están dispuestos a todo, están al servicio de la comunidad, así como nosotros lo estamos, o sea, todos los que formamos parte de la presidencia que yo dirijo; pero vamos, señoras y señores, un aplauso a los bomberos, por favor ¡Un aplauso!” A Héctor Rulfo lo despertaron de su introversión cuando pasaron una gorra con unos pequeños papeles hechos bola, era el sorteo de cosas como: encendedores, lentes de contacto, una suscripción gratis para la revista que dirigía el presidente municipal, el premio para ir a comer con la comunidad de los naturales y, también, una dotación de condones suficientes para todo el año, donados por la secretaría de Salud gracias a las influencias del presidente municipal, entre otras cosas. Cada uno de los bomberos iba inaugurando una cara de sorpresa; pero no tanto para Héctor Rulfo, le había tocado ir a comer a la comunidad de los naturales, pero él lo que quería era estar con su amigo delicado, hizo un gesto de aprobación cuando le tocó nombrar su estímulo. Cosa que más que un regalo, en esas circunstancias era para él un castigo. En la gorra había quedado un papelito, era el papel del obsequio que correspondía al lesionado más grave, le había tocado una dotación de condones donada por la Secretaría de Salud. Cuando llegó a la comunidad lo primero que avistó fue una troje negra, chamuscada, luciendo unos rayos traviesos jugueteando en el interior; al lado, cerca de la iglesia, se miraba un manteado y más allá dos mesas con carne de puerco escurriendo sangre, las tajadas estaban listas para las carnitas. Las moscas, sobre todo y más que los comensales, festejaban como si fuera su santo. Los perros irradiaban de felicidad, y peleaban con desgano, debido a la comilona, un pedazo de cebo hediondo. El superior de la comunidad llegó a recibirlo. Su pantalón limpio contrastaba de manera salvaje con sus pies embotados en guaraches de suela de llanta y los pies gruesos de polvo, como costras cuarteadas por la historia. Con una sonrisa radiante el señor extendió la mano y muy amablemente Héctor hizo lo mismo. Habían hecho una pequeña valla humana hasta las mesas. Al pasar el agasajado todos aplaudían. Los borrachines gritaban en su idioma y festejaban desmesurados con el alcohol, que era tradición regional. Ninguno entendía de buena manera el idioma de Héctor, cosa que no le afligía en lo más mínimo. Cuando le sirvieron el arroz consideró escapar del asunto, pero era demasiado tarde, le habían puesto enfrente una bebida propia de la región, la cerveza, los hielos, las servilletas, el pan de caja, las tortillas recién hechas, un vaso con arreglo floral y, sobre el vaso, un dibujo en papel de un bombero apagando el fuego, realizado en la escuela primaria. Después del primer plato siguió una charola cuya fuente era: cueritos, chicharrones, costillas, tripitas, pedazos de hígado y bofe; acompañados con limón, salsa roja, cilantro y cebolla, entre otros complementos. El tercer taco fue de bofe, cuando quiso tragar el pedazo y no pasó fue cuando supo que estaba en problemas. Héctor levantaba las manos intentando acomodar la garganta, tratando de ayudar con los movimientos de la cara. Mientras, los parroquianos disfrutaban del banquete pensando que el bombero festejado se le había subido el alcohol a la cabeza, y en su idioma contaban el chiste viendo la demostración. Héctor como mimo señalaba la espalda e intentaba golpeársela, cosa que ocasionaba la risotada de los más ahogados en alcohol; cuando cayó al suelo con la cara morada, intentando jalar aire, los asistentes lo rodearon apelotonándose. Algunas personas imploraban a los espíritus de la montaña, otros se alejaban pensando en que se le había metido un demonio, algunos más acomedidos se inclinaban para darle un vaso de agua o la copa de aguardiente. Dejó de respirar. Todo fue tan rápido. Se dieron cuenta demasiado tarde. Se había ahogado el bombero con un pedazo de bofe. Las lesiones de la caída ocurrida en la mañana todavía seguían allí, no se borrarían. El currículum de gran bombero allí se cerraba.

  • —Una de mis parientes vino a encerar de nuevo la historia que había olvidado. A ella le duelen las rodillas porque dice que le da miedo el hospital, y yo, sin embargo, sigo escuchando las estruendosas calderas de esta fábrica de sanos. Percibo sus chisguetes de vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen que hacer estas paredes para soportar los hedores, la asepsia, la hierba de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los accidentados o desahuciados. Con algo he de sopesar este como espejismo, el terror, la pesadilla monzónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas… ¡Malditas pajarracas! Cómo me gustaría ser de nuevo un hombre joven para así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y partirles el pico en dos, dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas, totalmente difuntas. No se me escaparía ni una porque, cuando era chamaco, era el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada. Pero mi realidad actual es otra, no tiene gloria. El canto de mi aura se ha opacado, hay en mí una deserción de fuerzas vitales; los brazos del Señor Muerte se extienden hacia mí con ternura santificada. —

    —Faltará poco para que me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas. Mi situación no me permite otra cosa distinta, pero, aun así, continúo circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que me cargo. Sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de entre las patas de las camas. Mi sombra continúa importunando a los hombres de blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y elevadores. Sigo con esto y con lo otro, y no me quedo quieto porque tengo aún cosas pendientes. Sigo aquí en este mundo inútil porque aún no tengo la oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen. El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame la oleaginosa unción acreditada, y mis ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —

    Los hombres de negro atraviesan los muros del edificio. Los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión precisa, como buscar darle al clavo. Ni siquiera observan los alimentos del comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que acomoda las credenciales de los visitantes. Solo tienen una misión: hacer cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado, observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo, y su cuerpo como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero. Observan la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella, y la larga línea se vuelve fosforescente. Siguen el listón con detenimiento hasta dar con el aura desobediente.

    —Con que querías hacerte el chistosito, aja, pero aquí vamos a darte tu medicina—. Al aura torcida le empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en sentido figurado). Su contorno se estremece con tantos raspones, asolamientos y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo, y no le quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que tiene por cuerpo. Observan, como por una visión calorífica, la radiación de su organismo. Uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para cortar el césped, y tasajea el cordón. El cuerpo se estremece, se tensa y finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos vitales y se da cuenta de que ya no tiene ninguno. Llama al médico de guardia, y los enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta; la depositan en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel. Se dan la vuelta y se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con paso lento pero seguro; el último en salir tapa la cara con la sábana. El cadáver poco a poco se va enfriando. Al cuarto entra una señora blanca, de ojos verdosos y de pelo quebrado. Levanta la sábana y observa el rostro; esa cara ha perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que ha barnizado en todo momento. Despierta en la señora compasión, perdón a cualquier cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina al hospital hay un niño juguetón con un charpe; las palomas están temerosas, no cabe duda de que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin fin.

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    Me extiendo en mi asiento, dando un gruñido y un bostezo. Observo, aquí frente al hotel, el mercadillo de Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres, mujeres, asiáticas de color cobrizo, todos en el trajín con cestos, paquetes, bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en el tobillo. Me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los insectos reinician su danza en el lóbulo de mis orejas. El calor sofocante es mitigado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos, creo escuchar xilófonos, tambores y varios gong-carrillón; son instrumentos que arman la música tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí tomándome un buen refresco. La mesera ha venido a dejarme un pequeño caso de arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de anchoas). Devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta. Con el estómago lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas en el idioma tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos por las calles de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales. No cabe duda de que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado, pero la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar cotidiano. Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres meses, sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido. Ahora no me considero una entidad apartada o territorializada, sino alguien que quiere compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los demás.

    El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al interior del país, a la ciudad de Najon Sawan, casi siguiendo las laberínticas venas del río Phiraya, el más importante de Tailandia y por el cual a esta ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.

    La llegada a esta región ha sido para mí como una travesía que llega hasta las venas. He visto gran cantidad de hombres con piernas amputadas; son tal vez refugiados camboyanos. Los veo con sus muletas malhechonas, cojeando entre los puestos del mercadillo. En Vietnam y Camboya siguen sembradas las minas en los campos, y cada vez cobran una pierna o una vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y que estruja el letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente aprovechable. Existen naciones que, si no fuera por las guerras, decaen, sufren crisis financieras o simplemente no son, porque tienen en sus sociedades una cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de las que les estoy comentando, sino una nación que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas. La gente va y viene, y aquí en Bangkok hay una población grande de personas sin extremidades. Por lo tanto, la idea de llegar a este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía yo entre manos. Soy empresario, y mi tirada era hacer negocio en la venta de prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos, con imágenes como los murales de Cacaxtla y otros motivos tlaxcaltecas y mexicanos. La idea me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos en madera de encino, los pisapapeles en forma de búho, entre otras cosas. Pero no, no funcionó. Le había apostado todo a esa carta, pero ni modo: el libre mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza y ver si así me traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la ciudad. Mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva prótesis musical a buen precio, y se venderá como pan caliente.

  • Amanecía en la pequeña población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala, y como siempre, los primeros en despertar eran los gallos, la mayoría de la población trabaja en el campo; Es decir, sobre los surcos de milpa o de lo que sea: vida de labrantío. Los siguientes en despertar son los habitantes, la mayoría desde las cinco de la mañana, para que la jornada diaria termine a buena hora y así se aproveche bien el día, los últimos en despertar son los rumiantes y las lagartijas friolentas. Pero no, también hay otros que se levantan tarde en las poblaciones como San Bartolo y son los caciques, ellos con su vida holgada, no necesitan pararse tan temprano, para eso tienen a sus peones y a sus sirvientas. Don Indalecio Florentino Olvera Xóchihua es un cacique autóctono cuya pureza se observa claro en su lampiñez obstinada; es todo hombre, que como un patriarca ejercita su posesión con las sirvientas y como ciudadano ejercita también sus derechos para votar. Su pose era la de un ser carnívoro dispuesto a comerse cualquier ciervo descuidado. El cielo parece borrego en plena trasquila, con un tono punzó en el orto. El paisaje se observa mestizo con un lampo murmurante sobre las tejas más nuevas y sobre el jagüey de la descampada de la “Santa Cruz”. El pequeño pueblo tiene un característico olor a gallinaza, a eso se le va sumando el tufillo de las cocinas de humo. El tostado ambiente se acicala en el cerro Oxtotl quien tiene una neblina propia de tugurio legañoso. Se hacen exterminar todas las calamidades nocturnas que se escucharon por distintos lugares a lo largo de la noche. ¡Pero qué delicia el sentir ese su aniquilación! La belleza grotesca y sin ningún pudor se presenta en la campiña; los matices basándose en lombrices tonales: nogal, ayacahuite, sabino; En los madroños, cerca de la casa de Don Indalecio, hay un nido al cual le chifla el aire por entre las ramitas, no tardará en caerse con todo y huevos. El rododendro felizmente presume su hermosura sin recato alguno, está en el jardín que cuidan con esmero los sirvientes. Don Indalecio déspota como la mayoría de los que tienen el poder o puesto público por muchos años; se vanagloriaba de haber pertenecido a los muchachos corajudos y revolucionarios del 68; de aquello le quedaba el recuerdo de ver morir a muchos en la plaza de las tres culturas, ahora no le resultaba más que recordarse con una mueca, como un chamaco pendejo que creía en ideales injertados, verdes, candorosos; ahora se pensaba —“gracias a Dios”— muy lejos de aquellos años. Don Indalecio al paso del tiempo le hizo un guiño al hedonismo, aprovechó que era abogado, se sirvió de que el ronquido de ignorancia era permanente y casi hereditario en los indios, así como también se valió de su carácter el cual no se amilanaba ante nada, y de que carecía de esa compasión que pedía Jesucristo ante sus escuchas. Por tanto, sus ideales comunistas enflaquecieron en tanto que su patrimonio engordó tanto como las vacas que José hijo de Jacob pronosticó al faraón. A las diez de la mañana llegó el vendedor. El comerciante era gordo, barba canosa de candado, pómulos salientes, cabello entrecano y lacio, chaparrón y un poco zambo; lentes, zapatos con suela de goma, pantalón negro, saco verde olivo, movimientos ágiles a pesar de su abdomen, Don Indalecio esa mañana compraría una computadora con un dinero que le había llegado por la venta de un terreno, sus ganas por comprar ese “aparatucho” era sólo para presumir con el montón de compadres, porque eso de saber de Internet y procesadores pues ni jota. En los arreglos de compraventa de la computadora, el cliente añoraba que su categoría social aumentara mientras que el comerciante perseguía que ese individuo se llevara el producto embodegado y que así aumentaran sus ganancias. Pero Don Indalecio sabía que «A mucho decir, mucho mentir”. Y no iba a dejar que le mangoneara el asunto así que pago lo suficiente haciéndose un descuento del cinco por ciento por “costos de operación”. Don Indalecio sabía que a la gente se le juzgaba por sus bienes, se le valoraba de esa manera, por eso cada vez repetía: —Y sí que sabes tú… “Cuanto vales cuanto tienes” y si no veme a mí. Antes de encender la máquina pide que se congreguen algunos parientes y sirvientes para que le echen agua bendita del templo de Juquila y le recen algunas jaculatorias, eso para que Dios no permita que llegue a la pantalla alguna que otra imagen licenciosa. Algunos le han dicho que para que se acelere el disco duro hay que ponerle unos imanes extras. Pero él no hace caso, repite, como cualquier pelafustán —“Mientras en mi casa estoy, rey soy”—Nadie entiende el uso de ese aparato, tienen la idea de que es una televisión más, pero con más “difinición”, la sobrina aconseja —Pos la ha comprado porque dicen que tiene juegos como “el solitario” y “las busca minas” en donde se puede divertir uno ¡a lo grande! — El monitor se les queda viendo que si hablara les diría: “bola de orangutanes”, ¡mamíferos de pacotilla! Se les veían las mismas facciones bárbaras que tenían las hordas hitlerianas en la quema de libros contrarios al partido nazi. Otra comadre de él, Beatriz una indita religiosa, ignorante y con dinero se había comprado también una computadora porque le habían dicho que Dios había puesto su página en Internet y ella quería comunicarse con Él para agradecerle distintos favores. Los hombres del pueblo desanimados, parcos en el habla, sumisos ante el patrón. Su voluntad era la que les permitía estar firmes, persistencia que sumaba años en el mismo sendero. Ellos se daban esperanzas diciendo: “No hay miel sin hiel”. Los conflictos que querían resolver mellaban la anorexia, su inquietud podía resolverse o no, todo dependía de que Don Indalecio les escuchara. Él sabía bien que “Favor con favor se paga”. A Don Indalecio le gustaba hollar a sus paisanos, era un placer no confesado, tal vez porque era cristiano. Don Indalecio mandó a instruir a su sobrina para que aprendiera a manejar perfectamente la computadora y así para que todos los del pueblo vinieran a él para que les hiciera algún favor, como buscar alguna información en la computadora, mandar mensajes a los que se habían ido del otro lado, recibir mensajes y cobrar una cuota. Así como asistir a la villa de Guadalupe vía Internet por medio del sistema de conferencia y cobrar la mitad de lo que gastarían de pasaje — ¡Y sin riesgos paisanos, y sin riesgos! De las compra-venta por Internet se adjudicaba un 5% por costos de operación; en fin, Don Indalecio era todo un hombre moderno o sea aquel que se va acomodando a los avances de la técnica y la ciencia. La población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala —gracias a su cacique—, no podía negar que a ellos les había llegado por fin la modernidad, y que ahora podían sentirse comunicados con el resto del mundo, ahora sí ya podían casi acariciar el progreso y la globalización.

  • — ¡A ver, niños, ya se pusieron su pijama!

    — No, es que Nacho estaba en el baño y no salía.

    — ¿Y a poco no te puedes cambiar aquí?

    — No, es que la pijama estaba encima del canasto.

    — Bueno, ya apúrenle. Voy a la cocina, cuando regrese ya tienen que estar listos.

    — Sí, apá. —Nacho se abrocha los botones de la camisola; Luis juega con un par de coches.

    — Ahora sí… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán. La, la, la, la. tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la. —Cuando el papá entró a la recámara, andaban de una cama a otra; eran verdaderos saltamontes estrenando maizal.

    — Ajá, ¡ja! Con que, saltando en la cama, canijos estos…

    — ¡Papá, cántanos una canción! —el papá se aproxima a los niños y, acercándose, va haciendo movimientos con el cuerpo como animal que acecha:

    Anoche yo estaba solo.

    Yo estaba solo.

    Y vino el lobo.

    Y vino el lobo.

    A que me como.

    A que me como a este niñito.

    — ¡Así! Ja-ja-ja-ja-ja —El padre se abalanza sobre los niños parados en la cama, los toma de la cintura e inicia un cosquilleo que los hace tirar y retorcerse.

    — ¿Ya le dieron el beso a su mamá?

    — ¡Ya! —responden a coro.

    — ¿Ya se lavaron los dientes y rezaron sus oraciones?

    — ¡Ya!

    — Bueno, pues… ¡Buenas Noches! Y ahora a dormir, porque mañana se tienen que levantar temprano.

    — No, apá, mejor cuéntanos un cuento —dice uno de ellos mientras ambos se van metiendo a las cobijas.

    — Bueno, pues, pero van a estarse quietecitos. Una vez, cuando había ido a dar una vuelta, me encontré con una familia muy singular. Ellos caminaban sobre la avenida principal, era una familia de papel cartón, con caras de papel reciclado, sus ojos eran las letras impresas en el cartón, y cada uno llevaba un par de amigos bajo el brazo. ¿De qué creen que habla una familia que es de cartón?

    — ¿De la lumbre?

    — Ajá. En la familia había un niño muy juguetón; era el mediano de la familia, al niño le decían el niño-pasita: era pecoso y escandaloso. Su sonido era algo así como chric-chric-chric. —El papá mueve los brazos, haciendo gestos divertidos; los niños se carcajean y él continúa con el relato.

    — Toda la familia tenía cierta belleza en las letras doradas que relumbraban como una bolsa de papitas; tenían ornatos en las tapas y, en sitios por dentro muy escondidos, se distinguían una serie de grapas rotas. En el niño y la madre colgaban, como si fueran corbatas requetecoloridas, unos hilachos de cinta canela. Aunque el pegamento de la cinta ya no servía, la familia se veía muy feliz y entusiasmada, como si regresaran de una divertida fiesta con payasos».

    — ¿Y con magos?

    — Sí, una fiesta muy divertida. Entonces, como eran cajas de cartón, no podían cruzar las calles juntos porque se estorbaban, y porque las banquetas eran muy pequeñas; entonces, los más chicos de la familia iban atrás, como en fila india. Y luego cantaban la canción de Blanca Nieves y los siete enanos: aijó, aijó, vamos a descansar… trarárarararárara’ aijó, aijó —El papá infla los cachetes y pone las manos juntas a la altura del omóplato, como si cargara una herramienta al hombro. Los movimientos del padre solo despiertan sonrisas en las caras algo soñolientas.

    — Apá, cuando iba a la escuela vi a un monstruo que estaba dentro de un agujero… Y luego el monstruo tenía en su cabello una coleta bien amarrada y les decía a los niños que iba a probar sus dedos para saber a qué sabían y después a la abuelita la iba a convertir en carne.

    — Sí, apá, era un señor que roba a los niños, les rompe la cabeza y muerde los dedos.

    — Bueno, pero guarden silencio si quieren que les siga contando la historia de la familia cartón.

    — Ajá.

    — Entonces, un señor que era malo les puso por toda la ciudad un rompecabezas para que estuvieran separados y, entre las piezas del rompecabezas, les ponía cerillos de lumbre.

    — ¿Y qué hizo la familia para estar junta, papi?

    — Todavía no llego hasta allí. El niño-pasita buscó la manera de esconderle los cerillos al señor malo para que no los usara, pero como el niño era muy escandaloso, el señor se dio cuenta y dijo:

    — Ajajajá, con que me querías engañar —Y tomó al niño de una de sus tapas de cartón, lo enredó con cinta canela y lo dejó en una pieza de rompecabezas muy difícil de colocar.

    — ¿Y después qué pasó?

    — La familia, para volver a ser unida y feliz, empezó a recortarse entre unos y otros y a mezclarse. Cada vez eran de pedazos más pequeños y más pequeños y de colores distintos. También comenzaron a recortar las piezas del rompecabezas hasta llegar con su hijo, el escandaloso, y luego siguieron recortándose hasta transformarse en algo que en las fiestas siempre quieren porque hace reír y celebrar y ser felices: o sea, el confeti. Por eso, cuando lanzan al aire un puño de confeti, es como si vieran a la familia cartón unida y muy feliz.

    La dormitación de los niños se acrecentaba cada vez que dejaba corear un pequeño siseo entre los labios. El papá apagó la luz, pero la luz imaginaria de los niños empezaría poco a poco a florecer en sus sueños.

  • La banda de maleantes llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio, atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización: compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo, Karate-do, Hapkido, Judo; En fin, su profesionalismo superaba a cualquier escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas; Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse en un punto muy cerrado pues podrían tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse. La policía, como un moho que ataca sin compasión tendió tentáculos en los márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos, como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas: ¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas residuales de la ciudad.

    Llegaron aporreando el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del peligro no estaban para menos. Había, por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas y maracas. La entrada al salón estaba engalanada por una alfombra roja y a los costados, como gendarmes disciplinados estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como pequeños plantíos entretejidos, su color lustraba cual historia del mago de Oz. Había globos de arroz engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos procedentes de alguna empresa de artes, sobre de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía —¡A raudales! — demasiado bien.

    Mientras Los Desastres de Río Frío se entregaban a los placeres carnales, una sombra acechaba en la ciudad. Los ‘NH’, liderados por el enigmático Evaristo, habían observado cada uno de sus movimientos. Con un plan meticulosamente diseñado, esperaban el momento perfecto para golpear.

    El Jefe de la banda de Rio Frio tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y figuraba como cinta perforada en máquina de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:

     —Muchachos, como muchas veces se los he dicho, la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento del poder, ese es el meollo actual, quien trate de irse por otro lado es su asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la quiten.  Ustedes son “los superhombres” que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía. Saben bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia, saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla novelescamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de manera un tanto alborotada. ¡Sí! Hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.

    En el salón, el desenfreno alcanzaba su clímax, ajenos a la traición que se gestaba en la distancia. A la vez, Evaristo, con una sonrisa maliciosa, lideraba a los ‘NH’ hacia la casa de seguridad, donde los tesoros de Los Desastres de Río Frío aguardaban su destino.

    Y allí los hombres y mujeres disfrutando. Repartían la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.

    En la mesa de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y azufroso, así mismo cayó la presencia bizarra de cada enemigo. Cuando se conoció el perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!… así aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era infinita.

    Un enjambre de bailarinas orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio. Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se abalanzaba tanto sobre el templete como sobre las muchachas que allí seguían al ritmo de la música. Evaristo, disfrazado de uno de los músicos, tocaba el saxofón con un estilo enérgico. Nadie sospechó que, mientras sus dedos se deslizaban por las teclas, sus cómplices saqueaban la fortaleza de Los Desastres de Río Frío.”

     El Jefe se incorporó de su mullido sitio y con voz firme y ojos avispados dijo: —¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas! Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, danzando tu aura como una hipérbole gótica, eres el mito de la Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya, pero con qué singularidad y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el eucarístico desmadre.

    El escenario exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y las opacas construcciones en lontananza dejaban ver la civilización cercana.

    ¿Cuál era el punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a obscuras, reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo, sin saber de su persona; aunque fueran oficiales de policía, otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba —“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que, como una corbata, lleves estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos, poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto más… querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de un reacio orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes y confabulados con una extraña cinética. ¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen inhóspito, voluntarioso, colérico.

    La banda ni siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí, disfrazadas, pero de mujeres desnudas, era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir, y ellos les pasan un fajo de billetes. Todos juntos continuaron con el reventón hasta la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el juego de: policías y ladrones.

    Con el amanecer, los miembros de Los Desastres de Río Frío regresaron a su casa de seguridad, satisfechos y exultantes tras la noche de lujuria. Pero en lugar de sus tesoros, encontraron solo paredes vacías y un mensaje grabado en la pared: ‘Saludos de la Noche Obscura. Nos vemos en el próximo baile.

    Al darse cuenta de la alevosía, el jefe solo pudo murmurar: “El conocimiento es poder, pero subestimar al enemigo es nuestra mayor debilidad”.