Edgar Sánchez Quintana

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  • Camilo… ¡Dónde está mi animal! —Cómprame el caballo o véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos movieron sus mandíbulas. —Allí tenlo, al rato lo vas a necesitar —No… traga mucha pastura y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado. —Pero, papá, apenas si tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza despeinada. —Lo vendo en ochocientos pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar porque voy a ir con doña Jacinta para que me haga una “limpia”, últimamente como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro. —Lo bueno que mañana tengo día de descanso en la fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la escuela. — ¡Ni lo mande Dios y la Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir. ¡No! ¡No! ¡No! Quiero que los cuides tú… —Está bien papá, nada más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo, asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita. —Bueno pues ya vete, llévate los huevos que están en el chiquigüite encima de la leña, creo que ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé al “Dogo”. Camilo sigue la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panza cola en la fábrica de durmientes, descansaba los jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que otra cosa. Una señora se acerca. — ¡Camilo, conque cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es reconocido por Camilo. —Doña Jacinta buenas tardes. — ¡A poco ya son tardes! Si apenas vengo del mercado —Pues sí, ya son más de las doce y media. — ¡Virgen Santísima! Me voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano. —Hasta luego doña Jacinta, me saluda al compadre Marcos — apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire fresco que huele a agosto. Muy de mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la “Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla. Las combis colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del contorno de la Malinche. Después de aguardar unos minutos, aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica, rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale oro. El primero en llegar es quien gana. Los gaseros duchos se lanzan a la venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta kilómetros por hora. La esposa de Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas. El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes hacendosos. Las bestias aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la piedrita que comer o la hoja que engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas, agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día; en seguida un totol esponjado demuestra su género como todo un garañón, se ve fogoso cuando se pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano trayecto, el becerro corre a mamar, pero las patadas de la res al trasladarse impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro. “Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea de fastidiar las tetas. El caballo atrás, impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco sacude la cabeza como queriéndose quitar algo. El caballo se ha herido un ojo con una vara, sangra, sigue chillando, quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el agua del galón. —¡triste animal! ¿Y ahora qué hago? — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora qué le diré al viejo, él que te quiere vender y ahora me cobrará como si fueras nuevo, nadie comprará un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo de las alas frente al ojo sano. — ¡Te dije que llevaras el becerro amarrado! ¡Nunca me haces caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas, consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía de antemano la reacción de su padre. Tomó la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa, agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido, apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo, pero como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre. El viejo llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince días que no veía a su hijo y quería enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito dinero para pagarle a Doña Jacinta. Pone las tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió, y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en los ojos hace soltar una lágrima.

  • Se quedó esperando la llamada, mientras; lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación del fin de semana. Acomodó sus pies en el sofá, veía los muslos y sobre de ellos el teléfono. —¿cómo estás? —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿qué me ponga eufórica? Sonó el teléfono, su abdomen se contrae y contesta. —cómo estás —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿Qué me ponga eufórica? —No, simplemente has lo que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip… Su poca coquetería se quedó pasmada. Después de esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total, como una cera se derritió su expectativa. No pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la tenía, sin embargo, arrojó sobre la televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar.

    El sol se ocultaba tras los volcanes. Las nubes destellaban colores rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de semana. Descalza, con la melena al vuelo, recorría su departamento, rememorando una y otra vez el conflicto; transitó por su cabeza el sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente de un viernes tedioso.

    La urbanización periférica que rodeaba su departamento combinaba arquitectura funcional con toques de diseño casual. Allá abajo, la ciudad de Tlaxcala representaba una fermentación cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las luminarias dispersas. El aspecto lóbrego de algunas zonas resaltaba una alianza con la carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las avenidas, en las azoteas o en algún peatón. El lecho recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio. La túnica envolvía el cuerpo lindo, virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquel jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido que recobra la percepción del oído. Un murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto con un inadvertido arrojo. Caminaba en el valle. Su piel saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos, en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños, flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese gesto hizo celebre la reunión. La tomó del talle, haciendo que la túnica se pegara a su cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a poco las cuerdas del columpio. Se tomó la última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde dormía su amigo, y derramó el retrasado sorbo. Pidió el teléfono. Corrieron felices al arroyo, el remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer comer manzanas del árbol, estirar la mano y tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen estrepitosamente. — ¿Quién habla? — contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la interrupción. —Soy yo mí… ¡hip! Amor. —Qué quieres. —Quiero hacerlas pases, te perdono por ser tan seca en las conversaciones. — ¡ha sí! Pues vete mucho al diablo clic. Pip…pip…pip… —Y… ahora esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece, brinca el mostrador, mientras lanza la patada. En el piso es pateado por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco. Despierta feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las cuerdas del columpio. El hombre está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.

  • La ciudad se encuentra en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se comen los rayos de luz que se ven filtrados en los parabrisas de los carros. El cantinero limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus amigos. —¿Cómo están? —Saludando de mano, continúa la conversación con los ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la alegría. —Vengo a invitarlos a unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir? —Nosotros vamos al mismo infierno… si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba. — ¡Cantinero! Sírvale una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos: —Desde que estoy en las filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud! —Oscar, te preocupas demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo demás… súbele a la música cantinero, esa me gusta… la de… ¡hic!, Doña Meche. Dos rondas antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol. —Me toca pagar la caminera, pero… ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera. En la calle los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con caminar torpe. —Frente a San José no fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las pitadas de los carros. —Pues a donde va chofer —dice Oscar- por aquí no es. Es que tengo que darle vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el “Trébol”. En el trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las mujeres. Rafael contesta: —Carlos, a las mujeres hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por experiencia. — A mi señora la traigo cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale! La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la mantenga. —No seas bruto, la mujer por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos ¡hic!… ¡hic!… Al tomar la desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta: —Ya oyeron, nos dan la bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta. La quinceañera con un vestido propio a la ocasión demuestra con su cara y su belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años; el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento salvo en la fiesta. —¡Chin chin, el que no chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a llenar. —Carlos, mira — Rafael señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma muchacha. La muchacha titubea frente a las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados; las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática: —Oyes linda… ¡hic! ¿Me quieres? —pero si yo ni te conozco, como se te ocurre. —es que tengo corazonada de que me… me… quieres —pos’ ni que fueras “luismi” para quererte luego. Carlos se pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de la pista-calle. Carlos se suelta para dejar de bailar, insiste con un torpe jalón que enfurece a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con Rafael haciendo que tropiece con las piedras y caiga encima del pastel. Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar: — ¡Hay mamá… no es posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber qué hacer. Los tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel queda irreconocible, la mesa en medio de la pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas embadurnadas de crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más. Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la canción de “doña meche”. El domingo estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente sumado a la “cruda” de los tres catarrines.

  • —Sabes bien que no iré —decía Dalia— ¡No iré, no iré! —mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino, mientras Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.

    —Las piedras ya están al punto. ¿Qué te cuesta? —gritaba casi, mientras observaba a lo lejos la grácil figura de Dalia, que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín se extendía a lo largo del camino hasta el recodo.

    Carmelo se quedó pensativo, queriendo reanudar la reciente plática. Chupaba un tallo de trigo silvestre entre los dientes, masticándolo de manera inconsciente. Su pantalón, con olor a chivo, se confundía con el hedor a ganado que lo envolvía. Con un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la lagunilla; los animales bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la invitación a bañarse en el temazcal había sido un fracaso; tal vez Dalia pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de apenas unos meses, tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminarse. Un mierdero quedó en la ribera, cerca del agua, sumándose al incontable excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido por las bestias domésticas.

    Carmelo miraba la borrasca; el chubasco se acercaba. El perro mordía sus patas, siendo un ser viviente con una colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices, sarna.

    —Pinche suerte, yo que me la quería coger allí en el temazcal. Alisté la toallita, el jabón, mucha leña; tengo que convencerla… Lo primero será volver a reconciliarme. La voy a llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. Dalia tiene que ser mía; ésta sí es rejega, porque lo que es Verenice, donde sea: en los campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y la campana sonaba y sonaba. Lo malo es que Berenice ya se casó y se fue a Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar, y me la robo. Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos pequeños, levantados, y con picos como una montaña, nada más que de a par. Me la imagino encuerada, sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.

    Las nubes se hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el establo, así que los dirigió hasta el tejaban, cerca del temazcal.

    Tuvo frío; advertía que en el temazcal hacía calor. Dejó el sombrero y el cotón en la entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso la mano en su pecho, mientras su boca cerraba la oportunidad a cualquier palabra.

    Carmelo acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa piel tan cercana y lisa.

    —Carmelo, tómame… ms.… ms.… necesito que me quieras —susurró ella. Él trató de inventar una sonrisa de satisfacción, pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.

  • Los movimientos del cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre, buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes del portal grande impedían que soñara alguna cosa. —Desde que salimos el martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están iguales, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis y el agua sólo infla el vacío, pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más, por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso; las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden lograrse en unas horas, en cualquier momento. —Hace frío, el fresco de la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No es como en mi tierra veracruzana. La playa cerca de Papantla, el calor, la humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los recuerdos de mi casa natal de “Rancho Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma del mar; los dos perros estrellándose en las rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido. —Nos fuimos a vivir a Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de nosotros conoció a cinco, la sexta fue la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila, Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises mi hermano es creo que… primero fue Selene, la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente a la escuela; también fue Ciriaca, la facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes, le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria. —A mi esposa la conocí en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados, sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra que se ríe de la cara estúpida; el calor que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la cara estúpida el vértigo en las venas, en el frío de las manos vacías. El doctor revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”. Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional. Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se aburren compartiendo la espera. Las mantas de vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa. —De estos desvaríos ya estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere masticar más, la lengua que quiere tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada, el suero en la lengua y la lengua que quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi lengua educada, domesticada a punta de hambre. Dos Jóvenes de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto. —¡Auch! Mira ese señor color de humo, tan temprano y ya está acostado. — ¡Son de lo peor! No se bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vámonos que aquí apesta! Al día siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el vacío en la tienda con su lengua tragada.

  • —Me dedico a checar tarjeta —dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río Zahuapan, a la altura de la escuela Emiliano Zapata.

    —Qué güeno, yo no checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela pa’ conseguir, si no consigo aquí en provincia, me voy a Chilangolandia; por lo menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela. Ta’cara.

    Los desconocidos, frente a frente en una combi, se dirigen a la central camionera. El mediodía se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo, los agentes de tránsito revisan el orden, y un perro asolea las pulgas en un costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación:

    —Para que me pase eso a mí, está difícil. Primero se salen tres que están abajo y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.

    —¡Pos’ sí! La combi ya cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde sostengo a mi familia? Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los domingos comiéramos mejorcito y viéramos el fut sin preocupaciones, pero ahora solo alcanza pa’que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora entra a la fuerza, a lo democrático, y si vemos el fútbol, nomás atentos pa’ver qué errores comete el árbitro y así “refrescársela” y aliviar un poco las penas.

    La colectiva se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los asientos; uno de los desconocidos piensa: «Ta’cara», y la revisa de pies a cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:

    —Sí, está difícil. Fíjese que, si no se solucionan los problemas de los asalariados, nos vamos al paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras prestaciones que nos hacen falta, como por ejemplo los descuentos dominicales para los balnearios o vales para otras necesidades; si no, ¿a dónde vamos a ir a parar? Las obligaciones cuestan, y si no pedimos el aumento, al rato van a querer que pongamos de nuestra bolsa, y pues no es negocio, puras pérdidas.

    —Pos’ ¿qué le vamos a’ hacer? Ta’cara la cosa.

    —Y no solo eso, sino que la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada más lo necesario para seguir pasándola.

    Llegan a la central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote muestra los pechos al desconocido de enfrente al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse:

    —Hasta luego, ojalá y consiga trabajo pronto.

    —Sí, que se la pase bien, después nos hemos de encontrar.

    Uno de los desconocidos se dirige a los baños de la central camionera; el atole y las garnachas del desayuno le habían caído mal. El otro desconocido lo sigue a cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se encuentra bajándose los pantalones. El baño está vacío, solo un muchacho de secundaria se asienta los hirsutos cabellos, en tanto que, del otro lado, una muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.

    El desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño, aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro izquierdo empuja la puerta, sorprendiendo al desconocido, sentado, con los pantalones caídos.

    —¡No te muevas de allí, señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to’ y vales… y si no queres! ¡Te destripo en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡Suéltale! ¡Ándale! ¡Suéltale ya! La vida ta’cara, ¿no ves? Ta’cara; suéltale, cabrón.

    El desconocido apunta el arma al pecho, mientras que el otro, con las dos piernas juntas, al lado, empujadas por la puerta, está en desventaja. Le ha nacido en segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no piensa en nada más que en salvar su vida.

    —Sí…sí… espérese. Nada más me subo los pantalones… no me haga nada.

    —No, no, no; esos allí los dejas, solo sacas lo que quiero y después lo acomodas. ¡Échale! ¡Suéltale! Tacara la vida, ¿no ves?

    Tan pronto como el desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y las demás cosas.

    —No te muevas de allí, sigue haciendo lo tuyo por un rato.

    Entra al baño un grupo de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido, para no darse por advertido, comenta:

    —Amigo… ojalá y consiga el aumento de urgencia. Ahí nos vemos.

    Ya tengo algo, con esto ya puedo librar el día, me compro ahorita unos tacos, un refresco y a ver para que más me alcanza.

  • En el umbral de la realidad y la fantasía, donde los límites de la percepción se disuelven y la vida cotidiana se transforma en algo extraordinario, se encuentran los relatos que componen este cuarto volumen de «Relatos al Borde». Este libro, al igual que sus predecesores, desafía las convenciones y explora las fronteras entre lo conocido y lo desconocido.

    Cada historia aquí contenida es un reflejo de la complejidad de la existencia humana, un espejo que muestra nuestras sombras y nuestras luces. A través de un caleidoscopio de géneros y estilos, desde el suspense más inquietante hasta la ironía más mordaz, estos relatos invitan al lector a un viaje de introspección y descubrimiento.

    En esta entrega, los protagonistas se enfrentan a dilemas que trascienden lo cotidiano, en mundos donde la realidad se tambalea y la imaginación se convierte en una herramienta de exploración y revelación. Los personajes, con sus virtudes y defectos, se convierten en vehículos para cuestionar nuestras creencias, nuestros temores y nuestros sueños más profundos.

    La narrativa de «Relatos al Borde IV» no solo busca entretener, sino también provocar una reflexión profunda sobre las condiciones de nuestra vida y la naturaleza de nuestras elecciones. Aquí, lo ordinario se convierte en extraordinario, y lo conocido en misterioso.

    Así, te invito a sumergirte en estas páginas con la mente abierta y el corazón dispuesto a cuestionar. Cada relato es un portal a un universo diferente, un desafío a la realidad que conocemos, y una celebración de la riqueza de la experiencia humana.

    Bienvenido a «Relatos al Borde IV». Que disfrutes del viaje

  • La encontró en la escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad, mientras su peinado suelto negro azabache absorbía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era de tez rosada y nariz perfecta, hermosa como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo cierto es que era del DF y trabajaba como maestro de Bachilleres, aunque también daba clases en la Universidad.

    —¿Sabes algo de toros? —le preguntó ella mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un recuerdo.

    Los ojos de él recorrían el escote de su blusa holgada, descubriendo dos hermosas toronjas como para apagar la sed. Se turbó al sentir la mirada de ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubrí el interés del pretendiente.

    —Sé que te gusto y podríamos pasarla bien —dijo ella mientras guardaba en el estuche la cámara fotográfica y miraba hacia arriba, al resto de la gran fuente, más que fuente, una cascada—. Invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del día.

    Entraron al bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor. Quiso referirse a su tierra, pero él la calló, argumentando que prefería el misterio. Mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del hombre, invitándolo con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento, realmente necesitaba a una mujer; la infructuosa relación con su amante de hacía meses lo había dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos, encontrando en ellos lunares, diminutos asteriscos.

    —Deja de mirarme de esa manera, tranquilízate, las cosas deben ser como esta cerveza al beberla, paso a pasito.

    Él recordó, mientras la miraba, al muchacho que había sido, la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica Zahuapan marcó el mediodía. La mujer dijo:

    —Vámonos juntos, ¿quieres?

    Se dejó llevar. El guía que la acompañaba lucía el perfil masculino de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol sembrados segundos antes se transformaban en sombras de una nube que recorría el cielo hacia el sur. En el semáforo, ella le acarició la mano mientras él embragaba la velocidad. Él solamente contestó:

    —Te necesito.

    Condujo su auto hacia su departamento en la loma. Al cerrar el zaguán, vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minino, que rozaba la bastilla del pantalón del hombre, buscando caricias. Ese peluche vivo pedía cariño.

    —Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer, lasciva, mientras ofrecía sus pechos al abrir la blusa.

    El hombre cayó abrazado en un tálamo mullido, y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama. Aún vestidos, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas de la dama en la sinuosa y acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa, desnudándose, mordiéndose, besándose. Ella, cerrando los ojos, se concentraba en el puro goce, esperando un orgasmo imprevisto, fugaz.

    —En este momento, tú eres mi torero. ¡Mátame! —La excitación llenaba la habitación de eco, un solo sonido mezclado con gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis ardientes. La anatomía se mezclaba con las cosas, los cuerpos, los órganos, toda una mezcla en erupción.

    —Espera un momento.

    Desde el baño, le contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica. Regresaba bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy cachonda, seduciendo y excitando. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y descansando, platicándose cosas para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima, y no ese relámpago de sexo del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85. Trabajaba como cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo; se imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos en los pechos de ella, acariciando los contornos como jugando a las excitaciones. Las caderas de ambos se pusieron en movimiento y una vez más treparon al paraíso de la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de éxtasis, se encajaban los dientes. La noción del tiempo se perdía entre los objetos, testigos fieles del deseo compartido. Ella lo invitó a bajar hasta su vagina; el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron otra vez y se quedaron dormidos.

    Emparedados, leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo; ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del comedor. Él le dio un beso en la mejilla mientras entrelazaba sus dedos en la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del pecho y chupar las tetillas, bajando hasta su sexo. Él miró la cabeza allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en un movimiento de fuga y entrega frenética. El pene respondió a los ataques de sus labios y, una vez más, hicieron énfasis en la promiscuidad.

    —Dormiré contigo, y mañana me iré a otro sitio. Mientras, duérmete, mi niño —dijo ella.

    Él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía mientras dormía. Ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor, y pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.

    Despertó con campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la niebla sembró la humedad en los rostros mañaneros, en los cristales, el rocío de la mañana en provincia. La turista despertó recordando dónde se encontraba; miró el rostro sereno y apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño a ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena hora. El gato perezoso la miraba desde la mecedora. Salió, azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas que él despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su sobresalto. Recordó a la turista y, de pronto, vio la cámara a lo lejos, sobre la mesa del comedor. De un salto, alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en la habitación, y corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con el pelambre erizado, a ocultarse bajo la tarja.

    Muy de mañana, don Javier, trabajador del rastro municipal, arreaba desde San Diego Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con chiflidos de arriero y piedras, los animales obedecían. La turista los había visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la turista. Corrió con la cámara en la mano, poniéndose una chamarra guinda. El toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso de las láminas; trotó para embestir aquello que se moviera.

    —¡Soo! Toro, soo! —Gritaba don Javier para tratar de calmar al animal, pero solo vio cómo el hombre con la cámara fotográfica fue lanzado por los aires. Cayó sobre el cofre de un carro, rompiendo el parabrisas. La cámara voló por los aires y tocó el suelo justo cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.

    —¡Arre! Toro, ¡arre! Toro. Disculpe, joven… ¡Arre! Toro, ¡arre! Toro —y siguieron los animales rumbo al matadero.

  • El arrodillado cuartucho de Josebio, estaba absorbido por cachivaches que no sirven para nada. Su sarape ocupaba un rincón entelerido, quieto como chuleta fláccida y su cocina eran unas piedras y un hoyo en el suelo. Josebio era nervioso, parecía que siempre andaba “ciscado” de miedo. Mi evocación llega a tener sólo un vaho reminiscente de él, aparte de ser tan flaco como una carcasa asoleada. El herbazal cubría el lomerío, se mecía en oleaje al vaivén y arbitrio de las ventoleras. Me acerqué a su covacha de ensamblajes de madera y lámina de cartón embreado. Toqué la puerta chirriante y podrida. Salió Josebio todo arrebozado. Lucía traje raído y pantalones colorados; su camisa ennegrecida le entonaba con su cabellera negra, la cual se revelaba brillante, se había puesto manteca de puerco para sentar los hirsutos cabellos; tenía dientes blanquísimos y dentadura de conejo. Me reí de su figura. Voltee a ver sus pocos enseres, todo era un trastrueque, un reburujo de los mil demonios. —Lo miré a los ojos, y le pregunté la razón de por qué se encontraba tan guapo. Josebio de súbito se dirigió a un rincón, y aventando a todos lados sus trapos, sacó una cajita y me la enseñó. — Esto ser un regalo… y no diré pá quien es — Sonreí maliciosamente pensando en que tal vez era para mí, o ¿Para quién pudiera ser aquel regalo?… Le di órdenes para el siguiente día, y atisbando con profundidad, ratificó: — Aquí estaré —. Cuando me fui, las luces del poblacho guiñaban como espejitos al recibir fulguraciones de la luna. Amaneció. Las nubes cambiaron de color al salir el sol legañoso: amarillas, naranjadas y purpúreas, después a las cambiantes opalinas y lechosas. Subí a la camioneta. Llegué al cuchitril del cuarto de Josebio. La puerta estaba abierta, y dándome valor, me adentré al cuartucho. Dentro de aquel tilichero tenía en un sitio apartado, una concavidad, y en ella cosas personales: lociones de gardenia, pomos de alcohol de varios colores, anillos de fantasía, pañuelos y recortes de muchachas bellas. Cerré todo y me alejé. El sol se exhibía. Busqué a Josebio por todos lados. De Josebio me gustaba su compañía, me reconfortaba en mi deprimida soledad; a pesar de que era un ser insustancial, tan desabrido como su talante pasivo, taimado. De pronto, vi en las puertas entreabiertas de la capilla una luz mortecina y pálida. Me acerqué. El aislamiento del templo era mausoleo glacial. En medio de dos velas e hincado estaba Josebio, rogándole a la Virgen. Estaban colgados objetos de: oro, plata y carey. Josebio volteó a verme con ojos arrasados de lágrimas y me dijo: — estos son mis regalos pá la virgencita, por la Navidaaa. — me cubrió un velo de repulsión hacia mi persona… lo tomé del hombro: ¡vámonos!… Al salir se espantaron las palomas y volaron al cielo. Eran pañuelos… mi fe en Dios había renacido nuevamente.

  • —Era un gato. Los hombres con gran admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían. Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola para ser sápidos ratones. Me rasqué la oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta, sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines. —Imaginaba que aquellos niños aplaudirían, Sería el representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de difusión; así como aquel gato que tan sólo por tener botas se había convertido en un personaje de leyenda. —No lo pensé más, caminé diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Hollywood. Abajo: el lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a una compañía de enseres eléctricos, el conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente. Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las lanzas de Velázquez en la obra titulada “La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el cielo. —Ajuste los bigotes para que no rozaran tanto al viento. Corrí decidido y llegué al final, era como haber llegado a la meta de los cien metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago. El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar! —Me di cuenta demasiado tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando, esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba. Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.