
Camilo… ¡Dónde está mi animal! —Cómprame el caballo o véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos movieron sus mandíbulas. —Allí tenlo, al rato lo vas a necesitar —No… traga mucha pastura y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado. —Pero, papá, apenas si tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza despeinada. —Lo vendo en ochocientos pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar porque voy a ir con doña Jacinta para que me haga una “limpia”, últimamente como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro. —Lo bueno que mañana tengo día de descanso en la fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la escuela. — ¡Ni lo mande Dios y la Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir. ¡No! ¡No! ¡No! Quiero que los cuides tú… —Está bien papá, nada más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo, asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita. —Bueno pues ya vete, llévate los huevos que están en el chiquigüite encima de la leña, creo que ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé al “Dogo”. Camilo sigue la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panza cola en la fábrica de durmientes, descansaba los jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que otra cosa. Una señora se acerca. — ¡Camilo, conque cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es reconocido por Camilo. —Doña Jacinta buenas tardes. — ¡A poco ya son tardes! Si apenas vengo del mercado —Pues sí, ya son más de las doce y media. — ¡Virgen Santísima! Me voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano. —Hasta luego doña Jacinta, me saluda al compadre Marcos — apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire fresco que huele a agosto. Muy de mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la “Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla. Las combis colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del contorno de la Malinche. Después de aguardar unos minutos, aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica, rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale oro. El primero en llegar es quien gana. Los gaseros duchos se lanzan a la venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta kilómetros por hora. La esposa de Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas. El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes hacendosos. Las bestias aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la piedrita que comer o la hoja que engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas, agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día; en seguida un totol esponjado demuestra su género como todo un garañón, se ve fogoso cuando se pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano trayecto, el becerro corre a mamar, pero las patadas de la res al trasladarse impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro. “Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea de fastidiar las tetas. El caballo atrás, impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco sacude la cabeza como queriéndose quitar algo. El caballo se ha herido un ojo con una vara, sangra, sigue chillando, quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el agua del galón. —¡triste animal! ¿Y ahora qué hago? — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora qué le diré al viejo, él que te quiere vender y ahora me cobrará como si fueras nuevo, nadie comprará un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo de las alas frente al ojo sano. — ¡Te dije que llevaras el becerro amarrado! ¡Nunca me haces caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas, consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía de antemano la reacción de su padre. Tomó la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa, agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido, apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo, pero como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre. El viejo llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince días que no veía a su hijo y quería enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito dinero para pagarle a Doña Jacinta. Pone las tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió, y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en los ojos hace soltar una lágrima.


—Sabes bien que no iré —decía Dalia— ¡No iré, no iré! —mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino, mientras Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.
Los movimientos del cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre, buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes del portal grande impedían que soñara alguna cosa. —Desde que salimos el martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están iguales, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis y el agua sólo infla el vacío, pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más, por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso; las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden lograrse en unas horas, en cualquier momento. —Hace frío, el fresco de la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No es como en mi tierra veracruzana. La playa cerca de Papantla, el calor, la humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los recuerdos de mi casa natal de “Rancho Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma del mar; los dos perros estrellándose en las rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido. —Nos fuimos a vivir a Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de nosotros conoció a cinco, la sexta fue la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila, Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises mi hermano es creo que… primero fue Selene, la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente a la escuela; también fue Ciriaca, la facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes, le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria. —A mi esposa la conocí en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados, sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra que se ríe de la cara estúpida; el calor que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la cara estúpida el vértigo en las venas, en el frío de las manos vacías. El doctor revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”. Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional. Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se aburren compartiendo la espera. Las mantas de vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa. —De estos desvaríos ya estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere masticar más, la lengua que quiere tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada, el suero en la lengua y la lengua que quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi lengua educada, domesticada a punta de hambre. Dos Jóvenes de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto. —¡Auch! Mira ese señor color de humo, tan temprano y ya está acostado. — ¡Son de lo peor! No se bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vámonos que aquí apesta! Al día siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el vacío en la tienda con su lengua tragada.



