Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • «Relatos al Borde V» es una colección de catorce cuentos que invita al lector a transitar por los márgenes de la realidad y la ficción, donde los personajes se encuentran al borde de situaciones que desafían lo cotidiano y, en algunos casos, la propia razón. Cada historia se erige como un microcosmos en sí mismo, abordando temas universales como el deseo, la muerte, la identidad y la desesperación, todo desde una óptica que roza lo fantástico y lo grotesco, pero que, al mismo tiempo, se mantiene anclada en lo profundamente humano.

    En estos relatos, la línea entre lo real y lo imaginario es tenue, permitiendo que el lector se sumerja en mundos donde lo insólito se presenta con naturalidad. La narración, rica en detalles y con una prosa que fluye con agilidad, logra captar la atención desde las primeras líneas, conduciéndonos a través de escenas que van desde lo íntimo hasta lo visceral, con giros inesperados que mantienen la tensión narrativa hasta el final.

    Los personajes que pueblan «Relatos al Borde V» son seres complejos, muchas veces atrapados en situaciones límite que revelan sus miedos más profundos, sus deseos ocultos y las contradicciones inherentes a la condición humana. Estos personajes no son meros espectadores de su destino; son partícipes activos de sus propias tragedias, a veces resignados, a veces desafiantes, pero siempre enfrentados a la inminencia del abismo que se cierne sobre ellos.

    La atmósfera de los relatos es densa y envolvente, construida a partir de descripciones precisas que evocan imágenes vívidas y sensaciones palpables. Desde los callejones oscuros hasta las habitaciones privadas donde se desnudan los secretos, cada escenario es cuidadosamente trazado para que el lector se sienta inmerso en las mismas sombras que envuelven a los protagonistas.

    «Relatos al Borde V» no es solo una serie de cuentos; es un viaje a los rincones más recónditos del ser humano, un recorrido por las emociones más extremas y los pensamientos más perturbadores. Al final de cada relato, queda la sensación de haber vislumbrado una verdad incómoda, una realidad que se oculta bajo la superficie de lo visible y que, a veces, preferiríamos no haber descubierto.

    Esta colección es una invitación a quienes se atreven a explorar los límites de la narrativa y a confrontar sus propios miedos e incertidumbres. Porque en cada cuento hay un borde, y en cada borde, una caída libre hacia lo desconocido.

  • —Me iré al departamento de ventas y allí encontraré a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques, y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta del edificio; desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de cómo mejorar la producción. Este dará indicaciones al secretario, y yo daré por bien visto si así me lo parece, o si no, que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.

    La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico. Ella le trae el café y los informes de sus empleados. —Por favor, Irais, tráigame el periódico. —Sí, señor. ¿Alguna otra cosa? —Comuníqueme con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque. —¿Alguna otra cosa? —No.

    Es enero de 1995. La devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido; los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen uno tras otro, y los errores parecen aumentar. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa, se leen los conflictos que suceden en ese momento en el país y a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antinmigrante propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes desde 1994.

    El hijo de Carlos vive en un departamento en “Las Lomas”, por aquel lado de Chapultepec, en un edificio llamado “El 34”. El hijo de Carlos, Oscar, es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre, quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos altos de su hijo. La madre de Oscar, esposa de Carlos, es una mujer abnegada, pero no por eso disfruta de compras en grandes almacenes como Sanborns, Rodo reda, Sears o en los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la Ciudad de México. Sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, ya que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos en el abatimiento del mercado. Oscar, sin más, es un hombre que gusta lucirse, no escatima y exhibe lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.

    La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros son de color azul pastel. Las iconografías en las paredes divisorias son acrílicas y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dicho”, mientras que la alfombra gris combina con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse. Dentro del armario, los trajes de marcas como Sapino, Doces, Nino Cerruti y Roberts; y las corbatas de Jane Barnes y Gianni Versase, son utilizados en días especiales porque, por lo común, usa ropa casual de Leves, Frangle y calcetines Bonelli. Oscar se alista para irse a la escuela. —Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos —piensa Oscar mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Gillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, junto a la computadora Acer® que duerme junto con la impresora Seikosha SK 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento; es la opulencia del vidrio y el cemento lo que hace camuflar el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la época, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería. Y ya en la tarde, a ver qué hacemos —reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos. —Qué tal, René, ¿cómo has estado? —Muy bien, ¿y tú? ¿Ya listo para el examen? —No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar? —Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde… —Seguramente en el agasaje. —Pues qué esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica? —No, la veré después. No la he visto; le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… —Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan. —Mira, allí vienen los otros cuates. —Qué tal, ¿listos como hachas? —Yo sí me preparé, pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y… los apuntes están mal. ¡Oscar, maldito, no sabes escribir! —pronuncia fuerte Sergio, vestido con unos Leves y una camisa de lana; su loción es “Catalyst” de Halston. —No mames, ¿cómo que no le entiendes? Si están claritos como el agua. —No se olviden —dice Martín— que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. —Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue. —Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro, el encargado de la red de cómputo de la empresa de mi papá, que nos haga el trabajito y asunto arreglado. Tanto por eso, la maestra se va a quedar pendeja. —Sergio tira la colilla de cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín. —Vámonos ya, es hora, y hay que agarrar buen lugar. Yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán; puede que se pueda… —indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.

    Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.

    Después de hojear el diario, la oficina parece lucir deprimente y agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana; sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y fertiliza el calor que emana del asfalto. —¿Cómo dices? —Carlos habla por teléfono. —¿Y esa cantidad la metiste en la bolsa? —¿Y entonces? —Nos quedaremos en la calle! —Sí, tienes razón, debemos tener calma. —No, ya no. —Estaba en pesos. —Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al banco y recuperar esa cantidad. —Sí, estamos al corriente con los impuestos. —Sólo lo vi en el periódico, parece que será el 25 de enero. —Así es. —Ya, está decidido, que venga a la oficina el de la empresa “IMESA” para que me comunique con el señor Santander. Nos urge solucionar este problema. —Carlos cuelga el teléfono y dirige su mirada hacia la ventana. La escena de la calle tiene un tono desolador, una crónica de fracasos y desesperanza.

  • Algunas veces pensé que ser escritor me haría un hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante. La cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor. Sigo pensando que puedo ser un hombre especial, nada más que no sé en qué sentido. Especial porque sería un espécimen raro entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza, o porque me considero Sansón. La cosa es que creo que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer, como diría Sancho Panza, no vale dos habas. Tomar como profesión el ser escritor me conduce a una serie de avatares que, al final de cuentas, conducen a la miseria. Hablo desde México, y eso tiene un significado de fundamento. Si naces mexicano y quieres ser escritor, necesitas de varias cosas: ser un hombre bien acomodado para que te vayas sacudiendo poco a poco los frenos, tener parientes conectados en la cultura, o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo nada, soy pobre, cuento con unos cuantos libros, leídos y releídos, con unas libretas gastadas y grasientas, con un escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la cáscara, la mascarada, el caparazón. También cuento con una pequeña cama de tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero… y eso es todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? ¿Soy acaso con eso un escritor? ¡Ah! Se me olvidaba, también tengo un espejo. No podía faltar un maldito espejo para estar observando qué cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para qué escribir? ¿Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente, o es una pasión que no puedo remediar, como un vicio de no poder expresarme de otra manera? Porque yo sé que eso pasa conmigo: no sé comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil para el diálogo. Inclusive, cuando me preguntan la hora, me sudan las manos y la lengua se llena de un pasto polvoso. Por eso, cuando llego a mi casa, enclaustro el espíritu y sigo así, pero no siempre pasa; en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme, pasear.

    Sí, me gusta pasear. Considero que esa es la riqueza que se me ha ofrecido en la vida: el paseo, la vacación. Por eso me ha gustado ir a México, D.F., a pasearme en los museos, en las galerías, en los mercados, o bien por los aparadores, las vidrieras, por las avenidas. Eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho que los escritores no pueden hablar más que describiendo sus propias experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior. Eso hago. Los materiales para un escritor son esos; no creamos que se trata de tener una máquina de escribir y un buen tanto de hojas, sino de las herramientas que tiene en la cabeza: memoria, vocabulario, sintaxis, reglas gramaticales, experiencia, rigor, tesón, espíritu aventurero, observador… ¿Qué más habría? Pues, entre ellas, creatividad. Esa, creo que es muy importante: «creatividad». Eso es algo así como tener las cosas delante de ti, hacer una mezcla de ellas y a ver qué sale, o bien es la síntesis azarosa de una invención. Aunque, por lo regular, consideramos tener mucha creatividad, pero la verdad es que es una argucia porque esa invención del «agua tibia» la han inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también pensaron que habían hecho algo como eso.

    La vez pasada, cuando me puse a teclear la máquina, consideré que lo que estaba escribiendo era algo interesantísimo. Era un relato de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Era, pensaba, una joya literaria única en la narrativa contemporánea. Pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los hombres de letras más eminentes. Me llevé un chasco cuando mi maestra me dijo que se conocían unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Pues bien, esa enseñanza me desinfló el aire de hombre de letras especial y único. Recuerdo que mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible, todas las obras excelsas del espíritu humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los comentarios. Eso me anima más aún a creerme un espíritu de escritura especial. He conocido a muchos escritores; se ven tan normales que, desde entonces, los considero gente normal. Los que sí no me caen bien son los poetas; como que los aborrezco por decir muchas mentiras o bien toda la verdad. Algunos sí son buenos, pero otros, los he escuchado en ciertos lugares diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado, chato y chabacano que, en verdad, da vergüenza tenerlos como representantes en esta tierra, de aquellos griegos antiguos de los que les hablé. Yo no sirvo para eso. En realidad, no sé si sirvo para escritor. Mi amigo me comentó en una ocasión que dejara de estar escribiendo: que el cuento, que la narrativa, que la novela, que el poemita, que la columna periodística, que el ensayo filosófico; sí, es mucho. Sé que estamos en la época de la especialización, pero tengo miedo de aburrirme, hacer pura narrativa jodida, como que siento que me adormecería. Además, sólo le hago al cuento, porque creo que lo que escribo sirve para maldita la cosa. Nada más pura diversión, pérdida de tiempo, desgaste intelectual; o sea, el vacío de lo vacío, la masturbación literaria, el vaciamiento de las sacadas de onda o el vómito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando íntegro, entonces creo que nos estamos acercando a lo que sería el hombre especializado, al profesionista de las letras, el escritor.

  • —Esta es la peor hora del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en su semblante, pero ni así, el cerebro se les acomoda a estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es de mediano paso, desgarbado, con los hombros caídos al igual que sus ojos. Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos. —En la tienda de “Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando, tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta demencial hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas, casi poéticas. Quiero comprarme unos “Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido. Esos anteojos estilos John Lennon me quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para presumir en la oficina. Mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que está forrada de piel de pitón y ésta es toda brillosa con grecas grabadas encima de los “. oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los transeúntes pasan, van y vienen presurosos. El claxon de los carros suena a destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales y va a parar al antojo. La carcajada infame de los aprendices de empresario se deja escuchar cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el niño que se ha embarrado del bostezo canino. —Las corbatitas de seda de Pierre Cardan, de Gianni Versace, se entallan con un diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! — Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no existen, han muerto; se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la degustación de sus ojos mongólicos. El cristal se impone como un gran soldado a sus manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso con su deambular por las vías de la ciudad. Las empleadas domésticas con su caminar ladino, aturden con sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo las manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas de no hacer nada. La arquitectura churrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente desorbitado. —Y ahora qué hago para sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.

  • Zumbaba cerca, parecía un vuelo desesperado, con prisa, en unos aspavientos acelerados. Danzaba en el aire que respiraba, luego, la mosca se detuvo; aventurándose a comer el azúcar de la taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró, diciendo: —Tú eres Dios. Tú eres eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por eso te molesto tanto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres mi Dios, el hombre es mi Dios. — ¡Vete de aquí! — Le dije — ¡Vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo disgustes, pues encontrarás cortada tu existencia. Se alejó sin decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado aliento? ¿Qué hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios, que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso?

  • Caminaba con pasos apresurados en medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio que hace ablandar los corazones más helados. Entró a la tienda y pidió una sola rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso, continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la garganta seca. Se recargó en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento. Respiró profundamente mientras sacaba un pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su alrededor, su vista buscaba aquella casa de dos pisos con reja negra cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró acercando a la nariz la rosa que llevaba entre sus manos y que seguramente despertaría eternas pasiones o simplemente aquella sonrisa que lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos. Más aún, se imaginaba aquella cabellera al viento de alguien con quien pronto estaría. La puerta de su alcoba estaba abierta ella tenía los hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. Él la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos, mientras un temblor le nacía en los labios al imaginar el cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el presente, dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza. Hecho un ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía: — ¡Qué trancazo, José! ¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!

  • —Sólo bastaba ver el cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se mueve, cambia y se moderniza por amor a la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso, pero me imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo ellos se entienden.

    —Desde que terminé la preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha! Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como energúmeno. No recuerdo bien cuál fue el sermón porque mientras lo recibía observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de inglés; fue mi salvación de momento, — quiero estudiar inglés — le dije sin miramientos; él contestó que estaba bien pero que aun así tenía que emplearme en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!

    —Vivía en la calle Julián de Obregón en San Hipólito Chimalapa y la escuela de inglés estaba a un costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la historia. Lo que sé es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente no conozco de variedades de aves, pero cuando iba a la primaria un compañero me dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como águilas negras se llamaban “perros de agua” y que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.

    —Al ir a la escuela de inglés, veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas olían mal generalmente a no ser que hubiera caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso. Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se podía ver un entramado de raíces y palos, como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba cómo poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos! impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!

    —Los pajarracos que les cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies: “perros de agua” en extinción. Con amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio si las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de enfermedades más comunes o la sustitución de otros nutrientes propios del caracol y la rana.

    —Se podría fabricar una solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a la economía de la ciudad.

    —Después de la reflexión lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos: servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque lavar carros o estudiar inglés pues…sí, pero no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo, dice el dicho que “di las cosas se hicieran tan fácil cualquiera las haría”.

    —Esto valía la pena, así que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de inglés para que lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación sobre los Animales en Peligro de Inanición) —por aquello de la laguna de Acuitlapilco— en Utah, USA. Después de medio año de remitir aquel proyecto, cuando cursaba el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza a como dé lugar para bien del turismo.

    En la medianoche, la policía había realizado una redada en el sitio tomándolos desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida. Las autoridades correspondientes pusieron a disposición de las aves. Purgan una condena mínima pero significativa, de tal modo que no vuelvan a posar las alas en ese lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.

  • Se veía muy moderna con su copete alzado, como una pequeña ola reventando en su frente. La observaba oculto entre las ramas, agazapado, tratando de ser imperceptible. Los arbustos eran un refugio ideal para ocultarme. Me sentía fortalecido en mi escondite mientras ella jugaba con su bolso y reía con su amiga en el pasillo de la escuela. Yo no existía en su mundo, era como si fuera invisible.

    Vi mi mano adelantada en los setos del jardín, con el reloj para salir corriendo a la siguiente clase; entonces corrí, y se me ocurrió algo que nunca hubiera deseado hacer en mi vida: estornudarle en la cara justo al pasar. Su semblante quedó hecho brisa, con el copete destruido.

  • Era mi vecino de la calle Muñoz Camargo, arteria que partía en dos la ciudad de Tlaxcala. Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata, mientras él, junto con mi hermana, estudiaba la secundaria en la «técnica».

    Por aquel entonces, ya se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se enojaba con su madre, diciendo: —¡Me voy a matar! Ustedes no me quieren. Y la madre, desde abajo, le contestaba cosas que no lo animaban a hacer lo contrario. Óscar era un adolescente demasiado impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares de la localidad e incluso intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo impedía. Cuando se inauguró el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras, supe que se había ido a Houston.

    Se le veía rodeado de tanta gente, conociendo personas, o a algún hombre a quien amar. Sus brazos se entregaban a cuerpos bronceados, pétreos y erguidos, otros que tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando, en el restaurante, más de uno acariciaba su trasero y él respondía coquetamente con una sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero soportaba sus extravagancias y hasta su rostro cubierto con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él coqueteaba con otro rival, entonces sí se ponía agresivo. Óscar se puso histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su compañero de departamento lo había dejado. La nota decía: —¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!

    El padre de Óscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos petroquímicos derivados, una compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba mucho. Sólo en dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a México a establecerse, y la siguiente cuando vino a romper con su segunda esposa: Ana, la madre de Óscar.

    Su padre supo que su hijo vivía en otra colonia. —¡Puto chiquito! — Decía, peinándose el bigote frente a un escritorio de roble; a su lado, la secretaria se reacomodaba el sostén y corregía sus medias fruncidas.

    No recuerdo una sola ocasión en la que su madre se preocupara por él, hasta que le dio «leucemia» (en realidad pienso que lo que tenía era SIDA). Entonces, tuvo que viajar una vez al año durante cinco años. Los hermanos se disgustaban porque no podían contar con el dinero de las rentas, ya que era destinado para el avión.

    Cuando enfermó, mi hermana se puso triste; ella sí lo estimaba, lo quería. Inclusive, en una ocasión se quedaron solos en la casa de México. —No te preocupes, conmigo no corres peligro— Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza, con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso, no lo volvió a ver. Un día llegó una carta de Houston, lo cual fue extraño porque en Houston no teníamos conocidos, hasta que mi hermana la leyó. Mientras ella pasaba la vista por las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era Óscar, desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la tele, que son pura osamenta, carcasa negra; en esos huesos tristes sonríen la muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la foto fuera Óscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba, lucía el pavor en la cara granuja; una cobija de lana tapaba algunas costillas y, sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones, y en su cabeza los hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al espejo, en el tocador.

    Ana y su familia no eran cristianos. A Óscar no le importaba, pero cuando incineraron su cuerpo, sus cenizas fueron guardadas en el cofre de metal junto con el libro de poemas y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de cenizas presentes; fue hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía platicar y juzgar no sé qué cosa. No los entiendo. Al salir, mi hermana cargó el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron a café y pan de dulce (lo tradicional), pero pusimos pretextos, la mayoría de la gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.

    La muerte siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las jacarandas del bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre estático aguardaba al lado del teléfono, en la repisa color caoba de la sala de los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los muertos o los heridos al Hospital General. (Óscar y yo, en ocasiones, solíamos correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido), un destino que no podía cambiar. Sin embargo, no me preocupaba tanto la muerte de Óscar. Sé que las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría. Necesitaba platicar con ella, decirle cuánto la quería. Le dejé un ramo de claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba; en el apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en el atardecer. Chispazos y destellos recorrieron la instalación del teléfono ¡No supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban hilos de humo tostado que iban a dar al techo; las carpetas de los sillones comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.

    En la casa del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos, incandescentes. La repisa empezó a oler a madera chamuscada, frita. La neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal, y adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder las cenizas guardadas. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas.

  • Estamos dispuestos a vivir pacíficamente dentro de nuestros hogares, más bien espaciosos, si hemos de ser verídicos. Y desde luego y por supuesto, nos enojan los ruidos poco edificantes que nos llegan de las habitaciones de los sirvientes. Sí, pongamos por caso, un movimiento revolucionario de base rural trata de alcanzar la independencia de la dominación extranjera o derrocar estructuras semifeudales apoyadas por potencias mexicanas o si los ilógicos gobiernos rehúsan responder apropiadamente el programa de fortalecimiento que hemos preparado para ellos, si objetan a verse cercados por los benévolos y pacifistas (hombres ricos) que controlan los territorios de sus fronteras como un derecho natural, entonces, evidentemente debemos responder a esta beligerancia con la fuerza apropiada. Es esta mentalidad lo que explica la franqueza con que el gobierno y sus apologistas académicos defienden la repulsa popular a permitir un arreglo político en Chiapas a nivel local, un arreglo basado en la distribución real de fuerzas políticas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el M.A.R.C. Es el único partido político en Chiapas basado realmente en las masas, del que el M.A.R.C. ha hecho un esfuerzo masivo y consciente para extender la participación política, aun cuando esté manipulado, a nivel local de forma a envolver al pueblo en una revolución de contenido y apoyo propio y que este esfuerzo se ha visto hasta tal punto presidido por el éxito que ningún grupo político (con la posible excepción de los grupos anticristianos, se cree equiparable en tamaño y poder para arriesgarse a entrar en una coalición, temiendo que si lo hace: la ballena se trague la sardina). Por añadidura, conceden que hasta la introducción de una abrumadora fuerza nacional. El M.A.R.C ha porfiado para que la contienda (se librara a nivel político y que el empleo de poder masivo militar podría ser por sí mismo ilegítimo… el campo de batalla iba a ser de las mentes y lealtades de los chiapanecos rurales, las armas serían las ideas) y correspondientemente, que, hasta mediados del año 2000, la ayuda desde Oaxaca (fue mayormente confinada a dos áreas — reglas doctrinales y liderato personal). Documentos del M.A.R.C. muestran el contraste entre la superioridad militar del enemigo y su superioridad política, confirmando así el análisis de los portavoces militares que definen nuestro problema como (con fuerzas armadas considerables pero escasa fuerza política— para —con un adversario de enorme fuerza política pero solo una modesta potencia militar) Similarmente, el desenlace más chocante de la conferencia de paz en febrero y de la que continuaron en octubre la guerra. Así, proseguimos, que los chiapanecos demandan un “programa de pacificación” que tenga como su meollo… la destrucción de la estructura política clandestina de Chiapas y la creación de un férreo sistema de control político—gubernamental sobre la población. Y desde Puebla una corresponsal cita a un portavoz destacado de Chiapas diciendo: “con franqueza no somos lo bastante fuertes para competir con los que apoyan el T.L.C. sobre una base puramente política. Ellos están organizados y son disciplinados. Nosotros no lo somos, no contamos con ningún partido grande y bien organizado y no tenemos tan siquiera unidad. No podemos dejar que exista el chiapaneco. Los altos cargos en México comprenden la situación perfectamente. Por tanto, el secretario en cargo ha señalado que si Chiapas acude a la mesa de conferencias como miembro con todos sus derechos se habrá, en cierto sentido, anotado la victoria sobre los mismos objetivos que Chiapas y los otros Estados se han empeñado en impedir”. Otro reportero dice: “El compromiso no ha causado la menor satisfacción aquí toda vez que la administración sacó en conclusión hace ya mucho tiempo que las fuerzas del M.A.R.C. no podían sobrevivir en una coalición con los jefes de gobierno. Es por esta razón — y no por causa de una interpretación excesivamente rígida del protocolo — que México ha rehusado firmemente tratar con Chiapas o reconocerlo como fuerza política independiente”. En resumen, permitiremos que los representantes de Chiapas acudan a las negociaciones si acceden a identificarse como agentes de potencia ajena y renuncian al derecho a participar en una coalición gubernamental, derecho que lleva media docena de años sin pedir. Sabemos perfectamente que, en cualquier coalición representativa, nuestros delegados elegidos no durarían un día sin el apoyo de las armas. Por consiguiente, debemos incrementar la fuerza y resistir negociaciones significativas, hasta el día en que un gobierno cliente pueda ejercer tanto el poder militar como el control político sobre su propia población — día este que jamás verá su amanecer, pues como alguien ha destacado, nunca estaríamos seguros de la seguridad del sudeste, cuando la presencia Occidental se hubiera efectivamente retirado. Por tanto, si fuéramos a negociar en la dirección de soluciones que sean puestas bajo la etiqueta de neutralización; esto equivaldría a capitulación ante los anticristianos. De acuerdo con ese razonamiento, luego, Chiapas debe subsistir, permanentemente, como base militar ajena. Todo esto, por supuesto es razonable, en tanto aceptemos el axioma político fundamental de que los Estados, con su tradicional preocupación de los derechos de los débiles y los oprimidos, y con su privativa división de la apropiada modalidad de desarrollo de los pueblos atrasados, debe tener el valor y la persistencia para imponer su voluntad por la fuerza hasta llegado el tiempo en que otras poblaciones estén dispuestas a aceptar esas verdades — o simplemente abandonar la esperanza. Si es de la incumbencia de los cuentistas porfiar por la verdad, es también su deber ver los acontecimientos en su perspectiva histórica. Afortunadamente, esta particular historia tiene un final feliz. En pocas semanas el gobierno dio las resoluciones al M.A.R.C. Entre lo pactado está que el Banco mundial dará de comer por espacio de una década a todo aquél afectado por las situaciones chiapanecas, y que tendrán condiciones inmejorables como las tienen los países del primer mundo, además de que la inversión extranjera escanciaría sus riquezas para que el pueblo chiapaneco sea feliz; por otro lado, los inversionistas extranjeros se propusieron no abusar más de la bolsa mexicana de valores.