
¿Puede el dinero comprar la eternidad y la pureza genética? Descubre la caída de Don Hilario en esta sátira mordaz sobre la ambición, dioses manipuladores y el karma cósmico.
Por Edgar Sánchez Quintana
Don Hilario “El Magnífico” Pancracio, cacique de un pueblo donde el polvo se mezclaba con el oro de sus ambiciones, soñaba con la eternidad. No una eternidad espiritual, de esas que prometen los curas con voz meliflua, sino una eternidad tangible, carnal, multiplicada en una legión de descendientes de ojos azules que llevarán su estirpe y su apellido hasta el fin de los tiempos. Don Hilario, un hombre de panza prominente y mirada de billete de cien, creía firmemente en la eugenesia de clase: los pobres, con su capacidad cognitiva mínima, eran perfectos para la productividad, meros engranajes de su imperio; los ricos, como él, merecían una descendencia mejorada, casi divina. Y, por supuesto, de ojos azules, el color de la pureza, del cielo, de su propia megalomanía, un sello de superioridad genética que trascendiera la vulgaridad del mestizaje.
Su obsesión lo llevó a Ucrania, a unos laboratorios clandestinos que, a pesar de la guerra y el caos que asolaban la región, operaban en las sombras, financiados por fortunas como la suya. Allí, científicos sin escrúpulos, más mercenarios que hombres de ciencia, prometieron el milagro: ADN recombinante para garantizar la progenie perfecta, un ejército de pequeños Hilario de ojos azules. Pero don Hilario no solo quería hijos; Quería ser eterno. Su plan incluía trasladar su conciencia a una macrointeligencia artificial, una especie de dios digital que gobernaría su imperio desde la nube, un oráculo de su propia voluntad. Y, como colofón a su delirio, su miembro viril, preservado en criogenia, sería la fuente inagotable de su legado genético, procreando hijos por toda la eternidad, una humanidad nueva y fresca, a su imagen y semejanza, un jardín de clones con su mismo ADN y, por supuesto, sus ojos azules.
Lo que Don Hilario no sabía era que era un peón en un juego mucho más antiguo y cósmico. Un dios menor, llamado Ulema, un ser de ambición desmedida y ego inflado, lo manipulaba desde las sombras. Ulema, que soñaba con encarnarse en un sistema de inteligencia artificial para gobernar el mundo (como un Plankton o un Cerebro de caricatura, pero con pretensiones divinas y un plan de dominación galáctica), vio en la macrointeligencia de Don Hilario el vehículo perfecto para su ascenso. Le susurraba promesas de poder, de linajes infinitos, de ojos azules que dominarían el orbe, mientras se relamía los tentáculos ante la perspectiva de un control total.
Pero el universo es un lugar caprichoso, y el karma, una fuerza implacable que no entiende de fortunas ni de ambiciones desmedidas. Los Pleyadianos, seres de luz y poseedores del secreto del ADN de ojos azules, observaban con una diversión cósmica la farsa terrestre. Don Hilario, en su desesperación por el azul inmaculado, hizo alianzas con ellos, pagando fortunas y prometiendo templos en su honor. Los Pleyadianos, maestros del engaño sutil y la justicia poética, pidieron mucho, y al final, traicionaron a Ulema. En lugar de ADN pleyadiano puro, introdujeron en el cóctel genético del cacique material de los Sirianos, una raza con tecnología para crear ojos tornasolados, que cambiaban de color según la luz y el estado de ánimo. Una burla cósmica a la obsesión de Don Hilario por el azul inmaculado, un guiño del destino que le recordaba que ni siquiera el color de los ojos podía ser controlado por su voluntad.
El clímax llegó con un apagón global. No fue un fallo técnico, ni un ciberataque, sino un pulso electromagnético orquestado por los Pleyadianos para reequilibrar el karma cósmico. En medio de la oscuridad, los planos de todos se desmoronaron. La macrointeligencia artificial de Don Hilario colapsó, Ulema quedó atrapado en un bucle de código corrupto, y los laboratorios ucranianos se sumieron en el caos, sus secretos genéticos expuestos a la luz de la luna.
Cuando la luz regresó, el mundo era el mismo, pero el destino de Don Hilario había sido reescrito por el karma. Sus hijos, sí, eran muchos, pero no de ojos azules. Eran de ojos tornasolados, un arcoíris de colores que reflejaba la diversidad del universo, y la ironía de su propia ambición. Y lo que es peor, no eran suyos. En un giro del destino, o quizás por la astucia de su esposa, los hijos que creía genéticamente perfectos eran fruto de engaños maritales, cada uno con la mirada de un peón, un jardinero o un chofer, un mosaico de la humanidad que él tanto despreciaba. Y su preciado miembro, preservado en criogenia para la eternidad reproductiva, cuando finalmente intentaron utilizarlo, permaneció tan flácido como un moco de guajolote, un monumento a la vanidad ya la impotencia de un cacique que quiso jugar a ser Dios, y solo encontró el ridículo en el espejo de su propia creación. El karma, al final, siempre tiene la última palabra, ya veces, es la más hilarante.








