Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • El río no había crecido mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de la medición y cálculo del agua habían marcado en sus libretas más que los mismos números, variaciones mínimas. El río circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad; su destino era el Océano Pacífico. Este río recibía distintos nombres según las regiones por donde atravesaba. El río corría muy plácido, excepto en la zona del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que yacía en desuso. Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se atemperaba del calor gracias al andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.

    Las caricias que hizo al papel antes de introducirlo en la botella eran las de un enamorado que manda una carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda, y el sello estampado en cera, al estilo antiguo, tenía un escudo heráldico de casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego, un lenguaje que pocos conocían pero que su destinatario entendería perfectamente. El corcho que serviría de tapón provenía de una añeja botella de champaña, bebida en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Sin embargo, el remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.

    El par de amigos, René y Wilber, se citan en Toquitlán, un bar muy afamado por sus aires de grandeza cultural y por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas; más allá, poetas rancios; y acullá, músicos, además de fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas que se sirven allí son de las más frías, no de esas que «parecen miados de burro». Las hay negras, claras y las llamadas «ampolletas»; las hay de jarra, de yarda, de barril y de bote, nacionales y extranjeras. También se encuentra el casi extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña «fresa» que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comenta el cambio de sexenio, la transformación que ha habido en el estado y las novedades de la cultura. El ambiente literario es su esfera de vida; son hombres entregados a los cambios, aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho, y hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden. Hace más de un año, participaron en un desplegado, una manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre de los cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, el autoritarismo con que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, la improvisación y falta de profesionalismo, la exclusión y ninguneo de los artistas y creadores del estado, las insuficiencias del instituto encargado de la cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia. También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del pueblo, y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la conciencia libre, por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura ida a menos.

    Era el inicio de la tarde, y Daniel zambutió el corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se puso sus lentes de sol; cargaba el recipiente ámbar como si fuera un objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós de amplios poderes. Daniel no lo había comentado a nadie, pero su misiva estaba dirigida a Apolo. Daniel consideraba que la botella llegaría primero a manos de Afrodita, quien la daría a Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Había riesgos: la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad fundamental.

    Los dos policías dieron vuelta a la esquina y tomaron rumbo a lo largo de la ribereña. Al momento, vieron a un joven lanzar una botella al río. Se acercaron y le dieron alcance. El joven no se resistió. La botella tomó un rumbo fortuito navegando en la corriente. —Joven, queda usted detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar cosas al río. Apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en proceso de limpieza. Lo siento, amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres mil pesos o cárcel por no sé cuántos días. —¿No nos podremos arreglar aquí entre nosotros? Usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el papeleo. —Pues usted dirá de qué color son mis ojos, a ver si nos entendemos. —Tengo un cien para que se vayan a las “michas”. —Uf, amigo, con esa pobre patria no me arriesgo a que me corran de la academia. Además, móchese con un poco más, que valga la pena el regaño. —¿A poco los van a regañar? Ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme. —No, de todas maneras, para qué andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y todavía le echas más. —Daniel se queda callado; no se va a poner en evidencia, declarando que no es basura, sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un náufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio en comparación con un diálogo con su Dios; sabe que el Ser superior lo escuchará, así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.

    El bar está lleno de pláticas y variedad de temperamentos. René y Wilber juzgan la actual administración del instituto de cultura: —No, René, no es por allí la cosa. En realidad, los cambios no son sencillos, y tú sabes que a partir del desplegado sí se resolvieron las cosas. Hubo participación de todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia de Bienestar. Bienestar ha sido una ciudad de mucha indiferencia hacia la cultura; siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora de que se pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades. —Ajá, ¿y se ha resuelto mucho formando el consejo general y los comités de cada área? ¿Se resolvió bien lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de Bienestar? No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el ojo al macho, y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad; tal parece que las autoridades piensan que están tratando con una bola de retrasados mentales, que, dándoles cualquier bicoca, todos vamos a estar de acuerdo y perfectamente sumisos. Las demandas siempre son muchas y siempre van a estar atrasadas; estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se avanza. ¿A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar una exposición de lo que sea? ¿O que vayas a buscar apoyo como si pidieras limosna? ¿O que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una puesta en escena de teatro o de títeres, y que no te den ni para la combi? —Le estás exagerando. —No, en serio. Bueno, sí te dan si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes. —Pues yo realmente tengo fe en que la nueva administración va a cambiar. Se ve que tienen ganas de hacer cosas, de conglomerar y hacerse visibles. —Pues algunos tratan de ser muy visibles, ¿eh? Más bien, diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las autoridades de más arriba. ¡Pinches lame botas!

    Los dos gendarmes se acercan: —Bueno, mi cuate, estás de suerte; sólo te vamos a llevar al ministerio para que pagues la multa y que no se te vuelva a ocurrir. Si no traes el dinero, te dejarán encerrado el resto de la tarde y podrás pagar mañana, si es que no se acumulan los recargos.

    El joven accede a la fuerza y lo llevan los dos gendarmes.

    En la placidez del río, la botella se dirige hacia el Océano Pacífico.

  • Su caminar era seguro, con determinación. Las orejas levantadas demostraban algo de «inteligencia». Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y la pata derecha al lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con agilidad y gusto. Llevaba un frasco al cuello, colgado de una soga fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco, como una peculiar gargantilla. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era ducho para intuir a los salvajes choferes o a los pilotos embriagados de prisa. Cuando llegaba al parque, se echaba en el pasto, y era entonces cuando el dócil amo salía del frasco para empezar a trabajar en la calle, pidiendo limosna y haciendo malabarismos.

    Nadie había percibido de dónde venía el perro. Tal parecía como si de repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles, para luego desvanecerse por las noches a otras dimensiones. Se rumoraba entre la población que el perro vivía en una cueva en los Cerros Blancos y que era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles. Sin embargo, nadie había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral. Otros decían que primero se le veía venir por la ribera oeste del río, y que sacaba gemas verdes de su lecho para luego esconderlas en un paraje escabroso. Algunos afirmaban haberlo visto atravesar el muro central de la capilla abierta, la que está frente al ex convento de San Francisco, y por un pasadizo escurrirse por galerías cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia. Se decía que este pasillo corría justo bajo la capilla y que estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos que habían hecho primero los tlaxcaltecas al levantar su centro religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales, y, por último, los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos les causaba espasmo ver al par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El perro se quedaba a un lado o muy cerca, siguiendo con los ojos a las ardillas, ratas y palomas, cuya movilidad lo inquietaba. La pelambre del perro era cenicienta, con el pelaje del lomo oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se veía amplio, y la dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna vez había mordido o ladrado a alguien, pero su docilidad tenía sus límites por lo siguiente: el frasco presentaba toda su transparencia, excepto en los sitios por donde daba vueltas la soga, y la tapa era de rosca sencilla. Tanto por dentro como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, las de afuera eran propias para que el hocico las sujetara, y por dentro, para que entre manos y pies del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en ocasiones, cuando no las sujetaba, iban dando tumbos, y dentro del espacio se escuchaba como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una alfombra y cojines que hacían confortables los trayectos, y un cajón donde guardaba quién sabe qué secretos u objetos desconocidos.

    Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorsiones para atravesar un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y maniobrar como un perfecto cirquero, además de trucos, apariciones y suertes propias de los magos. Sin faltar el baile y el canto de los corridos tlaxcaltecas y canciones pueblerinas. En fin, era una caja de monerías artísticas.

    La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata, centavos, pesos y, cuando algún rico visitaba el parque, caía un billete, lujosamente nuevo. También había turistas extranjeros que disfrutaban de las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monocromáticos alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como si fuera un gnomo dedicado a retirar el circulante. El perro a veces se aburría y, ovillado, tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más chicos hasta los más grandes espectadores.

    ¡Cuánto asombro despertaba este personaje! Y con qué recelo escondía su identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente, que vivía el momento y nada le importaba más que comunicar lo que sentía en una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero, ¿por qué el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en eso? ¿De dónde venía este minúsculo ser y cuál era su propósito en la vida? ¿La gente algún día podría saber de su pasado y su triste historia? ¿Quién era el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar al dócil amo? ¿Dónde se guarecían y cuál sería su fatal muerte, si es que la tenían?

    Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio. Recorrían la avenida principal y parecía que el perro, como un gendarme, montaba la última guardia de su fortín. Era como si un rico hacendado recorriera su propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria llegan algunas canciones y corridos. Recuerdo sus tonadas, pero no sus letras, y poco a poco se van borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.

  • «Relatos al Borde VI» es un compendio de historias que exploran los límites de la experiencia humana, abarcando desde lo íntimo hasta lo mitológico, y desde lo cotidiano hasta lo surreal. Este volumen reúne cinco relatos que, con gran habilidad narrativa, confrontan al lector con los dilemas más profundos de la existencia, mientras desvelan las complejidades y contradicciones que yacen bajo la superficie de la realidad.

    En «El Dócil Amo», el autor nos presenta una paradoja inquietante: la sumisión del poder frente a los caprichos de aquellos que aparentan obedecer. A través de un juego de roles y dominación, este cuento nos invita a reflexionar sobre las dinámicas de control y la naturaleza del liderazgo, mostrando que el verdadero poder puede residir en la capacidad de ceder.

    «Carteándose con los Dioses» nos sumerge en una correspondencia fuera de lo común, donde los protagonistas se encuentran en un diálogo con lo divino. En este relato, las cartas se convierten en un puente entre lo humano y lo sagrado, desafiando la percepción de lo inalcanzable y explorando la relación entre el hombre y el misterio eterno.

    Con «Irais», la narrativa se adentra en lo personal y lo íntimo, desvelando las emociones y deseos ocultos de los personajes. A través de una prosa evocadora, el autor pinta un retrato de la vulnerabilidad y la fuerza interior, explorando cómo el amor y el dolor pueden entrelazarse en la búsqueda de la identidad y la autoafirmación.

    En «La Selva», el lector es transportado a un entorno salvaje y primordial, donde la naturaleza cobra vida con una fuerza indomable. Este relato no solo es una aventura en un paisaje inhóspito, sino también una metáfora de los instintos más profundos del ser humano, esos que emergen cuando se enfrenta a lo desconocido y lo indomable.

     «El Indio Tarahumara» nos lleva a los rincones olvidados de una comunidad rural, donde las promesas de progreso chocan con la dura realidad de la vida cotidiana. Con una crítica aguda y una narrativa cargada de ironía, el cuento revela las tensiones entre tradición y modernidad, y muestra cómo las políticas bienintencionadas pueden fallar en entender las verdaderas necesidades de los marginados.

    Cada uno de estos relatos en «Relatos al Borde VI» nos lleva al límite de lo conocido, revelando los bordes desdibujados de la realidad y desafiando nuestras percepciones de lo que es posible. A través de su prosa precisa y su enfoque incisivo, el autor logra que el lector se enfrente a preguntas incómodas, a la vez que lo sumerge en mundos ricos en significado y emoción. Este volumen es una invitación a explorar los rincones más oscuros y fascinantes de la condición humana, y a descubrir lo que yace más allá del borde.

  • El nahual no sale en las noches de luna llena; esos no son sus días, sino las fechas en que impera la oscuridad. Las noches más calladas tampoco son de su agrado; prefiere cuando el viento mueve las cosas de manera azarosa, cuando los perros inquietos lanzan sus aullidos a sitios distantes, o cuando los ladridos remotos inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla está a 45 kilómetros de la ciudad de Tlaxcala. Es una entidad singular, que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo grande. Sus habitantes piensan que viven en el año 2000, pero en realidad viven en una época diez años más atrás.

    La historia de los nahuales es antigua. Desde antes de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que había personas que, por las noches, se transformaban en nahuales. Estas gentes vagaban por la medianoche, asustando a la gente, robando ganado y pertenencias, y ultrajando a las mujeres que se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales podían ser bondadosos o malignos. Casi siempre, los que se dedicaban a la maldad tenían una muerte muy sangrienta y dolorosa; en cambio, los nahuales de bondad terminaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola; otras personas los describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego por sus cuatro patas. También había nahuales que, por las noches, merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se iban a la cama y las asustaban con ruidos y manoseos cuando salían a oscuras a los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas, cuando intuyen la presencia de un nahual, al primer malestar de cabeza, se ponen sus chiqueadores, que son hojas de ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.

    El nahual de Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas. Tiene un sentido peculiar para identificar, en una casa, la habitación de la mujer hermosa y casadera. Tiene el cuerpo ágil de un felino; sus extremidades avanzan como una perfecta máquina, camuflándose en la oscuridad. Se mueve sigilosamente hasta fundirse con la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición; eso es cosa de los hombres, no de los animales. Su pelambre negra absorbe toda luz y su presencia pasa como un soplo de hojas, o bien sin ser percibida. Los ojos gatunos atisban los cuartos y sus habitantes; por entre los resquicios, va asomándose a esa existencia.

    La mujer joven, con una soltura que solo puede dar la intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, dejándolos en la silla, en el ropero y en el buró. La desnudez aparece en segmentos o total: los pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose por la estancia. Tras la cortina, el nahual observa la escena, se complace en la observancia, goza al placer de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad, los secretos oscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer la gasa de la intimidad más celosamente atesorada.

    La mujer, ante el espejo, se deleita consigo misma, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas, casi en arco, confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir, en los perceptibles gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos. Son las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual arquea su cuerpo, trata de alcanzar, tras el vidrio, a aquel ser deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del mar y de una concha, sino que su espuma es, a veces, el velo que hace disimular al cuerpo; otras veces, es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina, sino terrestre, y esa concha es la habitación que cobija y protege.

    El nahual se asoma a otra casa y es el baño, donde la señorita alista los enseres propios para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos, las variantes, la tez y los movimientos. Es una máquina de la observación, del arte de apreciar la hermosura; cosa distinta es el fisgoneo morboso y trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y femeninas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el fiel esclavo de adorar las efigies de las ninfas en la tierra. Observa y la observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida, pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos; el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la regadera, que, urgentes, quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorriendo los extremos, reconociendo cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi religiosa; ejercicio que, al tallar y hacer espuma, se transforma en magia blanca y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, que cruzan haciendo malabares en hilos plateados. El calor de las lágrimas acuáticas abre los poros y respira el alma; su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el techo, donde se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta alrededor del cuerpo afrodisíaco.

    El ojo nahualesco no esperaba un sopapo en la testa:

    —¡Pinche chamaco cabrón!, conque estás espiando a mi hija, te voy a poner tu merecido: toma, toma, ¡y toma esto otro! —¡Pac!, ¡cataplum!, ¡soap!, ¡pun!, ¡ouch!, ¡crack! ¡Snif! — Y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!

  • Ocurrió en la noche, cuando calculabas que dormir te traería buenos y reconfortantes sueños. Considerabas que almohada y cobijas eran suficientes para transportarte a mundos oníricos placenteros. Pensaste que Dios no te quería y quisiste pasar desapercibido por la vida, pero no te diste cuenta cuando el omnipotente observaba de reojo las hazañas que pretendías. Tu cuerpo se resguardaba, tirabas de él para agrandarlo con gimnasias. Las babas de ella habían dejado caminos por todo el cuerpo. Se atemperaban las insistencias de los movimientos desesperantes, pero considerabas que ya todo estaba predestinado, que la babosa había trabajado eficientemente hasta dejarte blanco, casi transparente.

    Las paredes amarillas de la habitación fraguaban gotas lechosas y escurridas en la decoración moderna y muy a tono. La otra pared, rosada, marcaba en los clavos puestos como un horóscopo en el cielo estrellado, pero no sabías cuál sería esa constelación. La centena de libros, los más insumisos, aquellos que tercamente querían apostarse en la vida, como los obligados, los esenciales, los distintos en cada relectura, se aguardaban hasta el fin de los días o hasta que su relectura ya no fuera tan necesaria para construir la existencia. El par de repisas sobre el escritorio era su soporte, en donde vivían Carmela y Donaciana: el par de polillas ambarinas. Los libros eran lo más coloreado; lo demás figuraba triste y opaco, como la puerta, los espejos, la ventana, la chimenea, el escritorio.

    La puerta de nogal miraba al oeste. Los vientos que entraban por ella eran reconfortantes por su posición. Las chambranas a su alrededor la hacían verse regia y sólida, mientras que la moldura interior achicaba los huecos y llenaba las dimensiones. Sus cuatro bisagras, sin aceite, pero con gusto, hacían el trabajo de mover el objeto separador. Y la chapa dorada montaba un pezón como seguro. En el dintel se hallaba una herradura con un listón rojo. En ocasiones, te habías puesto a pensar sobre los sitios que habría pisado ese zapato caballar, las travesías aventureras; casi te imaginabas como los argonautas tras el vellocino de oro. Su herrumbre proliferaba por todo su contorno y su delgadez, casi vidriada, se adosaba al muro alto de la puerta, como un talismán. Era el amuleto que por años había guardado las distancias de los anatemas malignos, los entes maledicentes, los espíritus chocarreros y diabólicos. Y había dejado entrar por su celaje bendito y eclesiástico, las auras sanas y bienaventuradas. El tapete pelirrojo se aplebeyaba al recibir las visitas, postrado a la entrada. El sudoroso polvo se acumulaba hasta formar minúsculos montículos de granos en la base, su tejido lamía las suelas de los distintos calzados visitantes.

    El espejo a un lado de la puerta se postraba como aterciopelado en sus reflejos. Hortensia, la mosca, había ido a dejar motas negras sobre el vidrio. Había una especie de caparazón que impedía reflejar fielmente cualquier cosa. Dicho caparazón camuflaba a veces la belleza y a veces la fealdad, pero por lo regular ponía algo de su cosecha cuando el cuarto 2 se atenuaba. El muy insolente trataba de hacer reflejos con el mínimo de luz por sus entrañas. De otro carácter era el espejo colgado en la pared sureña, por él, la ventana hacía reverberar los juguetones brillos de las gotas del rocío de la hierba del patio, con cuánta felicidad se dejaban reproducir por el cristal afable.

    La ventana avejentada parecía haber nacido en el siglo pasado. Cada pieza de ella, con los años, se había encorvado; hasta la misma claridad de los vidrios se doblegaba hacia lo deslustrado y lagañoso. Los ángulos habían sumado grados y la pasta que los detenía desprendía unos pellejos de pintura lastimosos, craquelados. La simetría la había perdido al principio de su madurez, como si hubiera sido su virginidad celosamente cuidada. Te preocupabas de que los atufados vidrios en épocas de invierno no consiguieran el total vaho del cuarto 2, pero no había manera de impedir tal cosa, porque Andrés y Cristina, el par de arañas patonas, repelarían al mínimo toque en sus telas de araña.

    La chimenea era un mueble inservible, útil solo por su color, que al cuarto 2 lo colocaba como de arquitectura campestre, bucólica; sin embargo, el tizne más joven se había asentado en la década pasada. Era el hogar de Palmiro, el escarabajo embalsamador. Los ladrillos rojizos contrastaban con su juntura blanca y pulida, y su boca en “o” dejaba ver el color satánico del mal. Sobre ella, en la esquina sudeste, se avecindaba el pequeño hormiguero de los Cilenes: tropa de pulcritud en su organización. La fila india diaria comenzaba a las 7:45 y terminaba a las 6:13; las más tardadas, de castigo, les tocaba hacer guardia como un tapón en la entrada anal.

    El escritorio, barboteando su pereza, se aplazaba en sus cuatro patas verdosas. Su planicie amplia guardaba el nivel justo. Sobre él, una lámpara estrellaba su luz sobre el cristal, encimadera silícica que atemperaba la aclimatación pasional de los escritos. Bajo él, los hermanos Rodríguez dormían la siesta; eran el par de mosquitos que recientemente habían cenado.

    La noche correteó las luces de la tarde a golpes de negrura y fue aclimatándose hasta hacerse de roca. La roca musical cantó con gravas efervescentes y un filón lechoso abona el queso lunar. Los rayos atraviesan la ventana y van a rebotar en la colcha ondulante. Por allí ha pasado la babosa, reconociendo el campo, midiendo su odisea. Tu cuerpo se resguardaba, buscando destinos distintos, imaginando situaciones disímiles, inalcanzables; los sueños reconfortaban del quehacer cotidiano. Los giros entre las cobijas eran una gimnasia nocturna que tu cuerpo fabricaba, pero los trazos rectilíneos y entretejidos iban chupando las elasticidades corpóreas. Los hermanos Rodríguez seguían con la panza inflada, llena de savia plasmática; ningún desasosiego los importunaba. Los Cilenes debían recuperar fuerzas para que la tropa marchara sin descanso al día siguiente, mientras la castigada hormiga se entumecía con medio cuerpo al aire. Hortensia roncaba con sus alas al norte del cuarto 2, y el par de polillas, Carmela y Donaciana, seguían sin importarles roer a medianoche y hacer surcos sinuosos en la madera. Andrés y Cristina habían despertado a buena hora y andaban probando su temple y resistencia en sus hilos de araña fabricados con esmero. Desde lo alto de la ventana podían observar cómo laboraba la babosa, pues los rayos de luz se accidentaban sobre el acolchado tálamo. Los caminos de la babosa iban formando un capullo ovoide de fosforescencias. Los senderos, cristalizándose por osificación. Los babeantes senderos, enemigos de los cristales salinos, iban produciendo la argamasa. Poco a poco, transparentaban la colcha, las almohadas ensalivadas y elásticas morían de movimientos azarosos. Palmiro entró como estaba previsto por una de las dos puntas del ovoide para embalsamar tu cuerpo, le daría la eternidad que buscabas. El escarabajo era un eficiente dador de infinito, y tenías el privilegio de estar en sus manos. Cangrejeó hasta la boca, atenaceó la lengua e inyectó sus sustancias resinosas. Solo faltaba la espera; la jungla del cuarto 2 seguía impasible, esperando el renacimiento de tu vida a otra cosa, a ser una libélula de los campos y los ríos, dueño del sol y el aire libre.

  • 7:10 AM.

    El escritorio de Maira Díaz está repleto de materiales. La máquina trabaja imprimiendo la investigación en la que ha laborado durante tres días consecutivos, para evaluar uno de los cursos de la Maestría Multidisciplinaria: Control y Evaluación de la Acción, de la Universidad Pública del Estado. El trabajo versa sobre uno de los aspectos del complejo problema desarrollado por toda la clase en la maestría. Su trabajo es una pieza del rompecabezas que ágil y diestramente armará el maestro emérito en la materia, condecorado por los doctores en ciencias y tecnologías. Se ha pensado que este hombre es el Einstein de la sociología y la administración pública, hombre que ha escrito media docena de libros sobre sus investigaciones y ha ofrecido conferencias y disertaciones siempre bien atinadas y sabihondas, pero que muy pocos entienden. Es fin de cursos y, al igual que Maira Díaz, sus compañeros están apurados estudiando para los exámenes o terminando de hacer sus trabajos. Los arqueólogos han abordado el problema desde una perspectiva arqueológica; los literatos han hurgado en libros para saber más sobre el tema; los burócratas han realizado propuestas para delegar tareas y han sugerido normativas que se deben tomar en cuenta; y los especialistas en vida marina han sido encargados de investigar sobre los lirios acuáticos, la composición del agua y los organismos unicelulares que viven en ese ambiente. Es necesario detenerse para señalar de qué trata la investigación. El título del proyecto presentado por el erudito maestro es: “La Región de Contaminación y Rescate de la Laguna Bustillos del Estado de Baja California Sur”. Dicha investigación será presentada ante el congreso del estado, y, si es avalada, cada participante tendrá trabajo dentro del proyecto de rescate y será incluido en la nómina del gobierno.

    8:10

    Maira se ha bañado y se ha puesto una falda negra, blusa oscura con motas blancas y una pañoleta al cuello; en las piernas maquilladas lleva unas medias parduscas embotadas en zapatos grotescos de grueso calibre. En su cuello asoma una sutil papada que hace lucir a la mujer llenita y antojosa. Desayuna sus respectivos corn flakes con leche y su torta de tamal. Toma sus originales y sale rumbo a la fotocopiadora para engargolar su trabajo. Sus pasos son torpes por los enormes zapatos de plataforma; parece que camina con tablas pesadas y da la impresión de que se le hará una hernia.

    9:45

    La secretaria del secretario, amigo del maestro emérito, es la encargada de recibir los trabajos. Todos han ido a preguntar por los resultados y por el maestro, pero no responden a sus ansias e inseguridades; aunque la mayoría piensa que su trabajo merece nueve, algunos se han jactado de que, gracias a su colaboración e investigación, el congreso del estado aprobará el proyecto. Han entregado sus trabajos con la mejor presentación posible: pastas plásticas y engargolados con hoja de presentación a colores. El número de hojas no baja de 15, y algunos, queriendo impresionar, han presentado un mamotreto obeso, lleno de paja farragosa y grandilocuencia en el tema.

    12:00

    La esposa del maestro emérito recoge en la oficina los trabajos y se asegura de que no falte ninguno; de lo contrario, la investigación quedaría incompleta. Los alumnos han tenido que hurgar en bibliotecas, revisar periódicos, conversar con los habitantes de la región, realizar cuestionarios y entrevistar a los funcionarios de los pueblos circundantes a la laguna Bustillos. También hicieron pruebas de laboratorio para determinar la alcalinidad y mineralogía de las aguas, lanzaron sondas meteorológicas para conocer la composición de la estratosfera sobre la laguna, y tomaron muestras de suelo, fauna, flora y el entorno social de las comunidades. Además, han contabilizado el número de fábricas, el número de hatos vacunos que visitan el abrevadero y la cantidad de piaras que se solazan en el fango de las orillas. Entre otras cosas, han registrado el número de cándidos que han ido a ahogarse en sus aguas desde una perspectiva antropológica e histórica.

    14:09

    Maira regresa a su casa, pone la mesa y se sienta a comer viendo la televisión. En el televisor, dan las noticias de una catástrofe ecológica en la laguna de Janitzio, en el lejano estado de Michoacán. Entre otras noticias, la policía judicial captura al “mochaorejas”, un afamado secuestrador del Estado de Morelos.

    18:13

    El maestro emérito evalúa los trabajos, y más que evaluarlos, simplemente les da una lectura rápida y profesional; son más de diez y menos de veinte los alumnos, por lo que no es necesario detenerse en cada afirmación o cifra, en cada tesis y cuestionamiento. Toma el teléfono y llama a su asistente:

    —Dionisio, soy yo, necesito que mañana empiecen a capturar lo del proyecto de la laguna Bustillos. ¿Ya enviaste el correo electrónico que te dije?

    —Sí, profesor. Ajá, mañana le digo a la secretaria que me ayude a capturar; ya va a tener tiempo, es periodo de vacaciones.

    —Bueno, quiero que te comuniques con el encargado del archivo general del estado y le digas que le vas a entregar un original hasta la próxima quincena, que estos días no. Él ya sabe de qué se trata—. El maestro emérito sabe que el proyecto no va a ser presentado al congreso del estado, eso es evidente; sabe que no hay presupuesto para ecología y desarrollo sustentable y que en el estado no queda otra opción más que dejar los proyectos guardados para mejor ocasión. Sin embargo, su atinada investigación aparecerá en la publicación de la Asociación Internacional de Control y Evaluación de la Acción (AICEA) y le valdrá el puntaje para subir de categoría y aumentar su salario. Los alumnos descansan; sus días futuros anuncian investigaciones altamente científicas que ayudarán al bienestar, la eficiencia y la solidaridad de la sociedad entera.

  • Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

    El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

    Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

    Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

    Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

    Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

    El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

    Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.

    Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

    El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

    Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

    Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

    Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

    Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

    El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

    Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.

  • El menesteroso, sentado en la pierna que le hormiguea, piensa que eso es un sacrificio que hay que soportar para ganarse el pan y la manteca diaria. Los trapajos vestidos lucen a tono, y su amigo y colega cabecea por el sopor de las primeras horas de la tarde. En todo el día les ha caído unas cuantas monedas de limosna; la suma es raquítica, pero continúan allí poniendo su cara de pobres y desamparados, estirando la mano tiznada, roñosa y arrugada.

    —Compita, póngase a vocear, ya sabe que el que no habla, Dios no lo oye.

    —Nel, carnal, ya me aplatané de que nomás nada, con la raza, de a tiro pienso como usted, cuando dice que Dios nos ha desamparado.

    —No, pues, cual desamparado, si así es la vida, pues ni para qué negarla. Pero usted sígale en la voceada, ya sabe que bien dice el dicho que más discurre un hambriento que cien letrados: ¡señor, una caridad por el amor de Dios!

    —A veces pienso, mano, que lo mejor es que nos jale la calaca porque está ya no es vida, nomás nos andamos mosqueando —estira la mano y pone una cara de sufrimiento con los ojos medio adormilados.

    —Cuando se le va a quitar el espíritu de jodido, no compita, la gente rica tiene la obligación de darnos, pero de la situación, esta de la crisis, no hay mal que por bien no venga. Así es como pienso yo, y más tarde que nunca, veremos la fortuna o por lo menos un buen morir.

    —Nel, bato, usted siempre al mal tiempo le pone buena cara. Pero yo siempre ando viendo nubarrones. —Saca una cajetilla de cigarros sin filtro, estruja el estuche y toma con los labios el carrujo. Tiene en la mano derecha una escayola roñosa y dura que le sirve para aparentar mejor su invalidez. Con los dedos asomándose en la punta del yeso, rasga un cerillo y enciende su tabaco y continúa— Hasta la abuelita de Superman ya se dio cuenta que está dura la cosa, con eso de la globalización y la liberalidad nos van a quitar el pan de la boca. Al rato van a venir colegas de otros países, se van a sentar, mire, allí a un lado y esa competencia nos va a llevar a la chin… No, pues si le digo que el gobierno quiere acabarnos a pura hambre, a lo mejor esos mendigos resultan que saben pedir mejor que uno, y como dice el pueblo: cada maestrillo tiene su librillo; puede que resulte que tienen mejor técnica, nosotros no vamos a tener otra cosa que nomás mirarlos.

    —Aguas, allá vienen unas ñoras, ya cállese. No ve el dicho: oveja que bala, bocado que pierde.

    — ¡Una limosna para este pobre invidente!

    — ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!

    Bajo la banqueta están dos perros de los más corrientes que pueda haber, ovillados. Por su pelambre recorren ágilmente las pulgas. Las garrapatas entierran aún más sus extremidades hasta provocar rasquera en las orejas del par de desgraciados y enjutos canes. Se escucha una flatulencia.

    —Compa, te estás pudriendo, deja de pedorrearte porque así espantas a la clientela.

    —Es que los tacos que me tragué ayer ya estaban medio podridos y ya sabe que a buena hambre no hay pan duro y ya ve las consecuencias.

    —No compa, yo no los veo, nomás los oigo y los huelo. De tanto ya hasta se me quieren ampollar las narices, no mames, ponte un corcho en el culo.

    —Présteme atención, colega, y póngalo en la caña.

    —Lo que le voy a poner será una empinada.

    — ¡Una limosna para este pobre invidente!

    — ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!

    —Ya, compa, párele, vamos allá a la parroquia, ya es la hora de la misa de las cinco. —Las pocas monedas tintinean en el bote, sonido que hace despabilar al par de perros. Como si supieran la diaria rutina de la pareja de amos, van despatarrando sus pesuñas y bostezando sus hocicos jubilosos; reinician su olfateo en los muros veteados de orines, así como por los postes degradados a mojones de marca territorial. Al levantarse, por el esfuerzo se sueltan una serie de flatulencias que hacen sólo menear la cabeza al compañero.

    —Tenga, compa, le toca esta ganancia. Cómprese unos “Alka-Seltzer” para aliviar la panza o unos tacos allá con el tuerto.

    —A ver. —El compañero toma las monedas, observa las águilas impresas, soba sus contornos mientras inicia el camino. El otro se retrasa, tiene la pierna acalambrada de estar mal sentado. Los perros se han adelantado y, bien contentos y felices, mueven la cola con cierto orgullo.

    —Sabe que, parner, esta morralla, esta limosna es para usted. Porque yo nomás estuve cabeceando y ni voceaba. Y usted es de los que no doblan la pata y son tercos como las mulas. Además, como dice el dicho: los dineros del sacristán, cantando se vienen, cantando se van. Yo nomás voy andorreando la vida. —La iglesia se apoltrona al centro del pueblo con su par de torres con copulin y cruces de hierro forjado. Sus campanas acaban de dar el primer repiqueteo, cosa que ha hecho elevarse por el aire pañuelos blancos y aerodinámicos: las alas de las palomas juguetean con la gravedad de sus cuerpos.

    — ¡Una limosna para este pobre invidente!

    — ¡Señor, una caridad por el amor de Dios! —Estira la mano y al recibir la limosna de su amigo— Usted sabe que, la neta, mi bolsa y mi globalización están de a tiro en las últimas, pero esperemos que, en algunos años, ¡si Dios nos concede vida, claro!, que podamos salir de la miseria, y que en lugar de comprar “pisto” corriente se nos haga un añejo, a poco no.

    —No, no siga, parner, porque se me hace agua la boca.

    Al tratar de cruzar la calle, uno de los perros no logra alcanzar la banqueta próxima y es atropellado por un auto. El sonido es seco y directo, que va unido a un chillido leve salido de la vitalidad más substancial. El otro perro es el primero que se acerca al malherido can que, acostado perpendicular a la guarnición de la banqueta, respira entre jadeos y sangre que brota de los ojos, lame el hocico y voltea a ver a los amos con las orejas bien levantadas y vuelve a lamer el hocico de su amigo de correrías. El par de menesterosos se apresuran cojeando, lanzando «Jesuses» al cielo, tintineando sus trebejos y olvidando casi sus cegueras y sus minusvalías. Cosa que se aprecia como una escena cómica de director novato. La gente se ha detenido. Los comerciantes de la calle se han asomado para ver, con fisgoneo y morbosidad, quién ha sido el desafortunado. El auto del percance se ha detenido más adelante. Los dos mendigos observan al herido y por experiencia saben que la vida del desdichado animal ya se termina. Desde la torre viajan campanadas que barnizan la ciudad; es la segunda llamada para la misa de las cinco. El conductor se baja del auto y se apresura a ver al herido. Habla muy rápido, y en un lenguaje que no se entiende. Al mismo tiempo, los dos indigentes reclaman y lanzan leperadas.

    —Mon Dieu! Pardón!…Ciel! Je ne pus regarder pas rapidement quand le chien traversé la rue. Je ne sais pas quoi faire en cette situation! Malheur! Nous pouvons conduire à vétérinaire?

    — ¿Y este qué dice? —Pregunta uno de los indigentes a su compañero. Se quedan como idos, tanto por el accidente del perro como por el extranjero que se topa en sus vidas. El francés hace aspavientos tratando de darse a entender, pero no consigue nada, hace mímica como tratando de levantar al perro, pero no lo entienden.

    —Oyes, tú que te fuiste de mojado y anduviste con los gringos, has de saber qué cosa dice este.

    —No, parner, no le entiendo ni jota, ha de ser ruso. Pero enséñale el botecito, a ver si te da algo. —El colmilludo mexicano hace lo suyo, y teatralmente observa al perro agonizante. Y suelta— ¡Tenga, para la misa de las cinco!

    — ¡Vámonos ya, ya se nos hizo tarde! —Un gato que se acerca por el zaguán de la tienda de abarrotes va siguiendo con curiosidad al duelo de los perros. Los mendigos se lanzan con el bote en la mano en dirección al templo con esperanzas de que el mercurial trote del extranjero les genere algún rédito en su miseria. La misa da inicio, pero no se abre la puerta de la iglesia y se cierra el callejón; los mendigos se ven obligados a quedarse en la banqueta, ahora los dos perros yacen en la calle, y entre las piedras y el polvo se han integrado con el paisaje urbano.

  • —Ándale, Oscar. Vas muy lento, yo ya voy en la segunda, y tú apenas llevas la mitad. —Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía de cerveza Sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo. Después del trago, hace un gesto agridulce y refrescante mientras mira la botella, estirando el brazo— ¡Ah! ¡Hajum! —respira— Está buena, ya tenía ganas de una así. Andaba con sed. —Oscar se retranca en la pared; la tienda está repleta de mercancía, hay una fiesta de colores publicitarios, de olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza derramada en el suelo. En el centro de la tienda, hay una mesa enclenque que aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras. El tendero plática con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática; el silencio es bueno para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos y problemas. Los tragos se van sucediendo y a veces coinciden con un — ¡Salud! —y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes hacen sus quehaceres: van de compras, salen a dar una vuelta en el parque, esperan con grandes esperanzas al novio, venden paletas en un triciclo con cajón tipo baúl, adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos, gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta engreída en su verdor por el julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en los cuerpos; su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al ir entrando el alcohol en el organismo. Son tres cervezas las que toma cada uno, suficientes para estar a gusto y bien.

    —Joven, cuánto le debemos, fueron tres y tres, son seis. —El comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias—. Sí teníamos sed, y así está bien, gracias, eh, hasta luego, hasta luego. —Los dos salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe adónde ir. Titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma; da tres pasos y luego se regresa de nuevo—. No, mejor vámonos por acá, sirve que pasamos por el parque.

    Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática con la vecina. Su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y chilatole.

    —¿Qué se te antoja, un chilatole?

    —Hay, como quieras.

    —Señora, ¿qué tiene?

    —Elotes, esquites y chileatole. Pruebe, el maíz está tiernito, mire, no es del que ya está pasado, está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.

    —Como ves.

    —Se me antojan los esquites. Seño, deme unos esquites.

    —¿Mediano o grande?

    —Mediano.

    —A mí deme un chilatole. ¿Está bueno?

    —Sí, está recién hechecito, y bien rico.

    —Como ves.

    —Hay, como veas tú.

    —Sí… me da uno —observa los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.

    —No, sabe qué, seño, mejor deme un elote, pero que esté bueno, no le ponga mucho chile.

    Van disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de miradas serias e inteligentes, aunque han hecho ambas locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura creativa y propia de mentes complejas. Nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un sitio establecido porque, como Agustín decía: “no, allí no, porque de allí ya no salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o por el mercado, y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos, y también quedaba cerca su centro de trabajo. Era bibliotecario en el Centro de Investigaciones de Tlaxcala, comúnmente llamado “el C.I.T.”. Lugar de reunión con otros amigos, pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de vacaciones; sin embargo, Agustín tenía llaves para entrar y salir a la hora que quisiera.

    —Y si nos tomamos una copita chiquita.

    —Hay, como veas, ¿tienes en tu casa “alcohol”?

    —Sí, pero también tengo en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que como quieras, me da igual.

    —Hay, como veas. Vamos a la biblioteca, es lo que está más cerca. —El par de amigos se dirigen al centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de toronja. La tarde a oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo; las nubes chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia. Sobre los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino chucherías tozudas o tal vez ingenuas. Mientras entran a la biblioteca, surge una conversación que ya han tenido semiroída en otros encuentros.

    —¿Te acuerdas que te dije de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquel amigo que te conté que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes? Pues así me gustaría una vez, pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas! Saber de esa manera qué cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa imposibilidad; no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino a través de lo fenoménico, o sea, a través de las representaciones que llegan a la cabeza. Siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.

    —Yo soy de la idea de que se debe buscar modos de ir soportando la existencia. Finalmente, sabemos que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino más bien las extraordinarias, y llegar a ellas es provocando el espíritu, desajustando nuestro ordinario existir, ¿no crees?

    —Pues sí… finalmente es eso. De esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería, pero vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional, por ejemplo, un grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que pasa o la manera en que sucede, que a veces pienso que por estas cosas tiene que existir Diosito. —El amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes sustanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados, descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero se aposta a respirar por una larga noche más. El olor vetusto de los libros; papel, tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor a cigarro son una conglomeración sensitiva que ambienta la plática de los dos amigos.

    —¿Dónde tienes los vasos? No los veo.

    —Tráetelos de allá del archivero de la esquina, por donde están las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.

    —Ajá, no quieres también tu chupirul, oyes, ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los libros que me llevé, el de Bachelard y el otro de “Mi lucha” de ya sabes quién.

    —Sí, tráelos cuando los acabes. Tú sí eres de confianza, porque los demás cab… ya no les presto nada hasta que me regresen los que se llevaron.

    —¿Me sirves o yo mismo me castigo?

    —Sírvete, hombre. El copetín es chiquito, nomás para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un día tener el espíritu de incendiario, pero también uno que no está encadenado a ningún lado. Es una experiencia muy diferente la que te toca. Si quieres una experiencia con adrenalina en su máxima expresión, eso es lo que más te falta.

    —¿Sí?

    —Sí, pero una experiencia con fuerza, como la que hace arder las casas. ¿Tú te imaginas?

    —Claro, pero yo también tengo mi experiencia ardiente con una chica.

    —¿Cómo la has tenido?

    —Así… ya te he contado, por ejemplo, el día que me tomé tres cervezas con la chica del lugar.

    —¿Cómo?

    —Sí, las cosas no son nada complejas. Solo tienes que darte la oportunidad.

    —Oye, ¿tú cómo ves las oportunidades de negocios en el futuro?

    —No, no lo sé. Lo veo muy incierto. Es más, el día de mañana lo voy a leer bien. Ya es tarde.

    —Sí, es verdad. Ahora sí mejor nos vamos a descansar y en la mañana le damos.

    —Perfecto.

  • Me quedo sin mover ni un dedo, oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca soportando el peso de la cabeza, y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece haberse puesto de acuerdo: el movimiento del estómago en cada respiración, el zumbido de los oídos por la permanente calma, la presión del aire que entra por quién sabe dónde, el sopor que bosteza en las cortinas floreadas, el descolorido y apaciguamiento de los colores de los libros y revistas, la indolente quietud de la cama y la sobrecama, el relajamiento de tensiones de las telarañas. El día, a pesar de su tierna aparición, surge desganado y hosco. El crudo sol penetra sosamente con su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una mezcla de empujes tibios y rocíos tardíos; en él se elevan los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del orto va alejando esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche hacia otros sitios terrestres.

    La estación es la que sea, no me importa cuál. Eso no tiene que ver conmigo; ni los horóscopos ni la meteorología me dan de comer. Hoy lo que tengo son bostezos largos y jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas —o tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías. Tal parece que, después de los años, observo el talón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filósofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos. No, no es necesario. Lo que sí pesa son los años, como si fueran sacos de cemento en la espalda; son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y, a cada año, otra llaguita. Mejor debería dedicarme a la venta de publicidad; al fin y al cabo, conozco el medio.

    Las metáforas ya no me llegan; por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos, no desarrollo ideas. Me siento muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional, eso es un decir; es la pantalla en blanco, la de la computadora, y por más que busco en Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ah! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada; la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos. Eran los días en que me dieron el premio de periodismo. ¡Qué placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados! Es algo de lo que me siento orgulloso.

    Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente. ¡Así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. ¡Qué placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más! Apagar el interruptor, click-click, y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Por qué, llegar a ser un hombre es tan primoroso como ufano? Su efimeridad es lo que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicado socialmente, pero cuánta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno. “Eso de que polvo eres y en polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces, realmente, me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive; a veces, se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente. Son tramposamente nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo: tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia; en ese sentido, Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto, me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso; no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí, en el inconsciente, encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado he ido a menos. A veces, la risa y la ironía me habían salvado; eran una campana antes del nocaut, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mí no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir, sin lógica, que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad. Eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.

    —Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico; lo hice pasar a la sala.

    —Mmm. Dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años. Prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo. Llévate los restos del desayuno. —El periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.

    —Antonio, ¿cómo te va? Dice el dicho que, si la montaña no va hacia ti, tú vas hacia la montaña.

    —Pásale, ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido? Siéntate allí donde gustes.

    —Pues bien, allí andamos llevándola. Pero cuéntame, ¿qué es lo que estás haciendo? Desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones. Vengo por tus originales.

    —Pues, ha habido cambios en mi vida. Últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa, la musa me ha abandonado. No he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!

    —¿Cómo va a ser eso, Toño? Tantos años de experiencia y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales. En esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte, y tú aún no estás para la muerte. Estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo, de tan ágil y vivo. No, Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos. Te recomiendo las playas de Puerto Escondido en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.

    —El tuyo es el café, para mí pedí agua. El café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tú sabes, me encanta. —El visitante se acerca a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo; en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.

    —¿Te van a publicar tu última novela?

    —Sí, ya

    —¿Y tú qué? ¿A qué te has dedicado en estos últimos tiempos? —preguntó el periodista mientras tomaba un sorbo de su agua mineral, refrescante.

    —He estado muy ocupado con mi propio trabajo. Me han dado nuevas responsabilidades en el periódico y he estado escribiendo mis propias columnas. Además, he estado trabajando en un proyecto paralelo que me ha tenido bastante entretenido. ¡A veces la vida te da giros inesperados! —respondió el amigo mientras sorbía su café.

    —¡Qué bien, ¡qué bueno que sigas activo! Me alegra saberlo. A veces pienso que una pausa puede ser tan beneficiosa como cualquier nuevo proyecto. Tal vez lo que necesito es un cambio de perspectiva. Quizás salir de la rutina, ver otras cosas, o incluso encontrarme con viejos amigos pueda reavivar la chispa que parece haberse apagado.

    —Eso es exactamente lo que debes hacer, Antonio. No te quedes atrapado en la rutina. Sal, viaja, conoce nuevas personas y lugares. A veces, lo que más necesitamos es un pequeño empujón desde fuera para volver a encontrar nuestra pasión.

    —Sí, tienes razón. Creo que tomaré tu consejo. Necesito desconectar y ver las cosas desde un ángulo diferente. A veces uno se queda tan inmerso en sus propios problemas que olvida lo sencillo que es rejuvenecer a través de experiencias nuevas.

    —Me alegra oír eso. Siempre he pensado que las experiencias nos moldean y nos dan nuevas perspectivas. No te preocupes, la musa siempre vuelve a aquellos que la buscan con sinceridad.

    —Gracias por tus palabras. Realmente me han hecho reflexionar. Prometo que me tomaré un tiempo para mí mismo y regresaré con nuevas energías. Tal vez descubra que mi musa no se ha ido tan lejos como pensaba.

    —¡Eso espero! Y recuerda, si necesitas algo, aquí estoy. No dudes en pedirme ayuda. A veces, un amigo puede ser el mejor apoyo en momentos de incertidumbre.

    —Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por tu visita y por el consejo. Me has dado mucho en qué pensar. Ahora, me voy a dedicar a planear mi próximo paso, a ver si logro redescubrir la inspiración que parece haberse perdido.

    —¡Perfecto! Entonces, te dejo para que lo pienses. No olvides que el mundo está lleno de posibilidades y que, a veces, el mayor obstáculo es nuestra propia mente. ¡Hasta pronto!

    —¡Hasta pronto! —despidió el periodista a su amigo mientras se acomodaba en la mecedora, sintiendo una leve esperanza en el aire.