Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.
Licenciado en Filosofía, escritor, docente y chef con sólida trayectoria en creación literaria, formación académica y desarrollo cultural. Becario en múltiples ocasiones de instituciones estatales y nacionales en el área de literatura. Autor de novela, cuento, ensayo y prosa poética. Experiencia en docencia media superior y capacitación técnica en gastronomía. Cinturón Negro en Lima Lama y vicepresidente de asociación estatal de artes marciales.
que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo
‘no menos agraciado que ella”. Jorge Luis Borges
Diosito me dio la oportunidad de soñarte, y allí es donde te encontré, quería que fueras parte de mi voluntad. El deseo de poseerte ha sido de tiempo atrás, como cuando eras niño y tu madre te espantaba con el hecho de que yo te llevara. Seguramente con los años pensaste que no era yo más que una fantasía, el mito que se crea para controlar las travesuras de niños malcriados. Existo. Soy parte de este contexto, el mundo donde tú vives y de otros mundos que ni siquiera te imaginas. Negar mi existencia suena insustancial. Soy la entidad que gobierna mentes, o acaso, ¿Podrás negar que te tengo atrapado?, ¿Qué no acaso mi voluntad es exactamente ese albedrío que según piensas es tuya, más, sin embargo, no lo es? Carezco de la facultad de hablar. No importa. Puedo dominar las mentes y hacer que la imaginación se conduzca como yo quiera. Pondré un ejemplo para que no dudes de mi existencia. Escribe e imagina un cuarto. Lo tienes, bien; el cuarto que tú imaginaste es más o menos de cuatro por cuatro metros y la altura aproximada es de dos metros, ahora bien, imagina y escribe una mesa en medio de ese cuarto, lo tienes, bueno pues, la mesa que has imaginado es o bien de fierro o bien de madera y tiene cuatro patas y la forma de la mesa es rectangular. Has escrito he imaginado lo que yo quiero; mi voluntad se ha expresado y tu mente ha sido mi herramienta. Lo ves Edgar, ahora ya deja de creerte un hombre creativo. Todo ha sido mío, ha sido la experiencia que he tenido en otros mundos, ha sido mi vida, mi voluntad. ¡Y Aquí estoy y no podría estar en otra forma! Sin mí eres una nube a punto del desmayo o como un bagazo. Ya puedes empezar a sentirte frustrado, al fin y al cabo, eso es lo que yo deseo. Quiero que te sientas como una costra. Es más, así como te he seducido, también he atrapado a los lectores. ¡Oye tú! Sí…………tú…………quien está leyendo, pensabas que no me había dado cuenta, también has caído en el juego, en el garlito. Te he atrapado. Quizá continúes leyendo o puede que no, lo importante es que ya hiciste la lectura anterior y al darte cuenta de mi presencia se libera tu albedrío. He de presentarme para no ser descortés. Soy Lamia. La hechicera.
En la catedral de san Antonio de los Arenales, la madera luce su riqueza en las molduras talladas y repujadas en pan de oro. El candelabro de hierro forjado, suspendido en la cúpula central, ilumina el entorno. Sus retorcidas formas rococó recuerdan a un arácnido de un mundo fantástico. A lo alto y en torno, la cristalera con vivos colores: el vitral de San Nicolás, el vitral de San José, el vitral del Sagrado Corazón de Jesús; la vidriera de la virgen Guadalupana, el vitral de santa Teresa del niño Jesús. En la piedra con destellos blondos, el rosetón, el cual deja pasar un rayo de luz que se estampa en una de las estaciones del vía crucis. Pronto será Navidad, y la pequeña ciudad ya refleja las festividades con las espléndidas compras que realizan los cristianos. Los comercios, adornados con árboles, esferas, series de luces, Reyes Magos y otros adornos decembrinos, irradian un ambiente festivo. Es la luminosidad en algarabía, el colorido festivo —bermellón, verdemar, dorado, plateado, azul, guinda—. Las tiendas céntricas se visten de Navidad. Los niños que harán su primera comunión se han ido luego de la posada. En el atrio de la iglesia han quedado guijarros de piñata rota. La basura de cacahuetes, galletas, naranjas, cañas, tejocotes; son el panorama después de la verbena. Dentro de la iglesia, una decena de cristianos permanecen en oración, entre ellos los niños Alonso y Edgar.
Alonso, hincado y aburrido, pensaba en lo mucho que le fastidiaba estar rezando oraciones cuando preferiría estar con sus amigos.
—Si no fuera porque tengo que esperar a mi mamá. Chirrión, ya ni voy a rezar… Santa María madre de Dios ruega por nosotros, los pecadores, ahora por la hora de nuestra muerte. Amen. ¡Ya! Gracias a Dios que ya terminé de rezar… mi mamá me dice que si hago oración y le pido con mucha fe a Diosito me concede lo que yo pida… eso está bien difícil. A mí me gustaría que mi papá ya no sea alcohólico, me gustaría que Diosito le quitara a mi papá las ganas de tomar y de emborracharse, eso sí estaría bien, pero no, yo lo que quiero de regalo de Navidad es un tren con su vía y que funcione con pilas y que apagando la luz se vea el foquito de la locomotora ¡hijole! Que padre. Le construiría un túnel y unos puentes bien suaves. —Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… — hace oración Edgar, otro de los niños que se ha quedado después de la verbena — Diosito quiero pedirte, bueno, si se puede, bueno Diosito mejor ni te pido nada, bastante trabajo has de tener con esto de la Navidad. Bueno, lo que quiero se lo puedo pedir a los Santos Reyes Magos, ellos yo creo que sí pueden…no… yo creo que mejor no pido nada. En mi familia somos un chorro, somos once de familia y si nada más me llega a mí el regalo no es justo porque los demás hermanos van a sentir feo de que nomás a mí y porque a ellos no, tal vez por eso, en Navidad nunca nos llega ningún regalo de los Santos Reyes Magos. Mi mamá en la cena de Navidad hace rica comida y ponche y cantamos canciones y nos toca a cada uno un refresco completo… mi mamá dice que somos pobres, a mí me hubiera gustado haber nacido en una familia rica donde en las Navidades hubiera muchos regalos y juguetes y hubiera mucha comida para todos, pero todo el año. Mi papá dijo que iba a comprar colchones nuevos y unas literas para esta Navidad, hijole, que bueno, porque en la noche me destapan o amanezco orinado por culpa del otro hermano. Bueno Diosito, creo que soñar no es ningún pecado. A mí me gustaría de regalo un tren de pilas y que tuviera muchos vagones, con él podrían jugar todos mis hermanos y lo podríamos poner allá junto al montón de arena y cuando ya no quisiéramos jugar al trenecito cada hermano podría agarrar un vagón y jugar con él como si fuera un coche, le pediría a mi papá que trajera de la fábrica donde trabaja de esos tubos de cartón que son desperdicio, y con ellos hacer puentes y ciudades y luego jugar en la noche con el tren y verlo como va por la vía jalando los vagones y los vagones: anaranjados, verdes, negros, amarillos y que alguno traiga animales como: caballos y burros y camellos y que traiga pintado al maquinista con una pipa en la boca. —No, pero qué tal si llega mi papá todo borracho — especula Alonso — casi cayendo y me lo destruye… pero ya se van a divorciar, ya para qué. Yo lo más seguro es que me vaya a vivir con mi abue, con ella si estoy a gusto, aunque es muy enojosa porque no le gusta que haga tiradero. Mi papá el otro día escupió sangre, dice que porque tiene llagas en la lengua de que a veces la trae muy seca. Mi mamá ya no tarda en venir por mí. Mi mamá dice que nunca nos va a faltar nada, que ella va a dar todo lo necesario para lo de la escuela y todo lo demás. De lo de la cena de Navidad la verdad quien sabe, mi papá seguramente va a empezar a tomar desde un día antes, y después se va a poner a discutir con mi mamá y yo voy a pasármela metido en mi cuarto. Mi abue hace mucho tiempo que no pone pie en mi casa. Yo creo que con el tiempo me voy a acostumbrar a pasar Navidades tristes… como me gustaría tener una familia como las que salen en la tele en estas fechas donde en la cena de Navidad hay un gran pavo relleno y regalos y el papá se alegra por lo del santo Clos u después el papá juega junto con el hijo con el trenecito que le trajo el santo Clos o con lo que le haya traído… y todos son felices en estas fechas… mi mamá ya no ha de tardar — el niño se asoma a ver la entrada de la iglesia. Al portón se acerca una señora con escoba. Recogerá la basura del atrio. —Bueno pues — Edgar Reflexiona — quien sabe, Diosito… mejor ni te pido nada… bueno, si se puede. Lo que me gusta de la Navidad es deque nos toca un refresco a cada quien y comemos pollo en pipián y comemos buñuelos y juntamos la colación que nos dan en otros lados y con todo eso hacemos una piñata y la quebramos entre todos. ¡Y dale, dale, dale, No pierdas el tino!… y lo del trenecito pues a ver si me lo traen los Santo Reyes, pero si no se puede voy a ir juntando con lo de la venta de los periódicos y con eso me lo compro — el niño continúa su introversión, de reojo observa a una señora que pasa, es una señora bien vestida. Toca el hombro del niño que está hincado unas bancas más adelante. Es la mamá de Alonso. Alonso se persigna, la mamá hace lo mismo y salen de la iglesia. Edgar se queda sentado, pasa la señora con la escoba y dice: —Ya nada más voy a dejar la escoba y a despedirme del padre, ahorita ya nos vamos — comenta en voz baja la señora. Es la vecina de junto. En Navidad, Alonso la pasó encerrado en su cuarto, la cena se quedó allí. Por el disgusto, seguramente el santa Claus no quiso molestar o se le olvidó dejar el regalo y no hubo. En la casa de Edgar hubo una cena de Navidad con pollo, ponche, una litera con colchones que olían a nuevo; pero, no hubo regalo. Los Santos Reyes seguramente decidieron no traerle a nadie juguete porque están caros.
—Trato de alcanzar las cosas, de escudriñarlas, de entender los significados. Encuentro un infinito de simbolizaciones, de elementos, de sentidos, y el mío no está; tal vez sea, que la idea es no encontrar el sentido en este momento, sino en otro. Sea por Dios. Que sea otro el que encuentre los significados y los porqués, pero… ¿Yo que hago aquí en este Estado, que es lo que se persigue al estar trabajando en esta fábrica como ingeniero, para qué estar en este pueblo o bien para qué estar en aquel Estado de donde soy, que cosa perseguir, ¿cuáles son los objetivos a alcanzar?
—Los sueños siempre han sido los mismos: seguir trabajando para ser alguien en la vida, aprender más sobre mi oficio, continuar con el sueño de inventar y obtener patentes, y tener la suerte de que alguna tenga éxito. Continuar con el sueño de ser feliz, de hacer feliz. Dentro de mí hay una desesperación por intentar mover las cosas o hacer que se muevan como nosotros queremos, este es el espíritu de los jóvenes, o de los aventureros; es como tratar de encontrar respuestas inmediatas a las cuestiones que cada uno tiene en la cabeza.
—¿Por qué estamos siempre con la idea de que la vida es una carrera, o como una competencia en la cual hay ganadores y perdedores? Donde hay cosas adquiridas y cosas por adquirir y la cuestión de siempre es cómo conseguirlas y cómo salir airoso y bien librado; o sea, un ganador. Una de las virtudes del hombre debe ser la de saber esperar, aguantar cualquier cosa, dejar pasar, permitir que los hechos se den, que la realidad actúe sobre nosotros, que nos impregne con su espíritu.
Manuel Murillo Peregrino, ingeniero en sistemas de producción, había llegado hacía más de dos años a la población de Anabajuc en el estado de Durango. Había sido contratado por la fábrica papelera “La Sulfurosa” para mejorar los tiempos de producción y automatizar el área de repulpado; como no había más que esperar a que la empresa estadounidense I.B.M. mandara los sistemas informáticos operativos, Manuel ocupaba el tiempo que le quedaba libre en su proyecto de robótica.
Observando a la empleada que limpiaba la oficina, Manuel bromea con sensualidad. En el monitor de la computadora aparece un protector de pantalla.
— ¡Mira, he dejado la puerta entreabierta para espiarte las piernas!
Ya…. ya no — Cerrando, y con una risita, la muchacha coqueta continua su faena.
Con esto, se confirmaba que Manuel tenía aptitud para conquistar a las mujeres, pero su mayor habilidad era la invención. Desde chiquillo había sido un niño inquieto y muy despierto, había inventado de niño un rifle corto de madera cuyos proyectiles eran corcholatas, así como una bazuca hecha con: botes de jugo ensamblados, una pelota de esponja y alcohol como combustible; también había ideado un sistema térmico para calentar agua mediante energía solar, ora bien barcos y submarinos que se desplazaban con energía calórica o mediante el proceso químico de una pastilla efervescente entre otras decenas de invenciones; el resultado de ese pensar creativo fue su tesis de ingeniería: “Equipos de autosuficiencia, sin requerimiento de medios de apoyo. La robótica aplicada en los medios subacuáticos”. Dicha tesis (como sucede con muchas) fue ignorada por los colegas, pero no fue impedimento para que el ingeniero Murillo continuara con sus investigaciones y era lo que estaba haciendo en sus horas libres, tanto en la fábrica como en su departamento.
El arrendador de su departamento era una persona jocosa y jactanciosa que se las daba de vivir como se debe y nunca terminaba de fanfarronear, cosa que al ingeniero Manuel le molestaba. Al ver el protector de pantalla y sorber un poco de café recordó las palabras de su arrendador:
—Pues vera inge, en la vida se encuentra uno con imbéciles, como ese pariente jodido que tengo, el que vive en la esquina, y existen otros que quieren serlo. Afortunadamente no tienen que esforzarse…Sí… así es la vida, los hijos son cosa seria, pero a los turulatos les encanta traer niños al mundo. Cuando los niños llegan, se pasean bien cómodos con sus padres…”
Manuel giró la cabeza y volvió a observar a la muchacha que hacía el aseo pasando un trapo por los archiveros. En tanto un empleado deja el periódico en la mesa de servicio sobre las tazas de café. Se empuja hacia atrás y la cómoda silla se desliza sobre las ruedas.
El ingeniero alcanza el diario e inicia la lectura. Los encabezados se lucen de pesimismo ante una segunda “tormenta del desierto” en el Medio oriente. En los deportes, los Lakers son los favoritos para salir campeones en la N.B.A. En las noticias locales, el acontecimiento de las últimas semanas es el avistamiento de un monstruo marino en la laguna Bustillos. Algunos diarios de alcance nacional han mandado corresponsales al pueblo de Anabajuc.
—Raquel, ya se enteró de lo que se dice en el periódico de un monstruo, aquí cerca, en la laguna.
—Sí, a poco no se ha enterado inge. Si ya todo el pueblo está medio asustado y ya ni quieren ir a pescar.
— ¿Entonces sí es cierto — mintiendo el ingeniero, continua — eso del monstruo?, ¿No será una ilusión, u otra cosa?
—No inge, si hasta yo ya lo vi, era un monstruo…pos… grande y verde que sobresale sólo una como joroba con escamas, y cuando sale empieza a oler muy feo como a azufre.
— ¿Y te dio miedo cuando lo viste?
—Pos me dio como escalofrío cuando vi la joroba y luego me tapé los ojos, y cuando me los destapé de nuevo ya no había nada.
—Bueno pues, será el sereno. ¿Y cuantos lo han visto?
—Pues ya casi todo el pueblo, ya hasta la que vende las memelas aquí afuera de la fábrica se pone allá, cerca de la laguna, a eso de las doce y media de la noche para venderles a los que quieren ver al monstruo.
El ingeniero se queda callado, pasando la vista en el periódico que tiene en la mano. Hace una mueca y sonríe. De reojo observa el monitor de la computadora; en la pantalla hay ventanas volando. El ingeniero rememora todo el equipo tecnológico que ocupó para crear ese monstruo mecánico. El ingeniero Manuel se acuerda cuando estuvo trabajando noche y día para crear al monstruo que ahora funciona con equipos de autosuficiencia, sin requerimientos de medios de apoyo y que tiene tanto éxito en el pueblo. El monstruo se mueve con un sistema de robótica capaz de funcionar durante dos lustros sin la necesidad de mantenimiento y con la energía procesada de una manera generosa. Lo que no sabía el ingeniero Manuel era que había en las profundas grutas de la laguna un animal raro en su especie, era un monstruo que siempre había vivido allí. Era una especie de tortuga marina y manta. La energía acumulada del monstruo máquina hacía que el plancton se acumulara en su entorno e hizo que el animal raro en su especie atacara a la máquina con un choque eléctrico y quedara el monstruo—máquina, averiado en el fondo de la laguna.
—¿Dónde habrá dejado el ingeniero el recibo de la luz? — Se pregunta el arrendador mientras introduce la llave del departamento del ingeniero —. Al entrar se da cuenta que el ingeniero estuvo o está ocupado en un trabajo de ingeniería, y sobre el escritorio una maqueta de una máquina tipo submarino, con distintos dispositivos. Además, el proyecto del monstruo, que en ese momento estaba en boca de todos. Ahora se daba cuenta de muchas situaciones que habían pasado con el ingeniero Manuel Murillo. Encontró el recibo de luz y salió a pagarlo. De regreso tenía que pasar a la junta con los ejidatarios.
—No sabemos nada, nunca habíamos pasado por una situación como ésta — dice un ejidatario entre los muchos que hay en la reunión —. El salón se nubla de humo de cigarrillo y el sudor mezclado de los hombres de campo hace un ambiente campirano.
—Pero queremos respuestas — asevera un exigente.
—Yo aparte de tener los problemas de la cosecha, de mis animales y de mi casa, ahora tengo que resolver los problemas de la naturaleza — pronuncia un quejumbroso.
—Yo propongo que lancemos dinamita al fondo de la laguna para acabar de una vez por todas con el problema.
—Yo sugiero que vayamos a matarlo.
—Y a mí me gustaría darle un escopetazo — sugiere otro salvaje.
—Yo quiero probar la carne, dicen que lo más añejado tiene buen sabor — aconseja un hambriento.
—No hay que pasar por tontos. Lo que ha estado pasando en el pueblo es de trascendencia nacional y ya en el hotel de Filomeno hay reporteros de Canadá, Estados Unidos y de España.
—Para mí, pues… que siga la cosa, las ventas se están elevando.
—No sean alarmistas. En la laguna no hay nada, sólo son chismes — declara un escéptico.
—La señora de la tortería ya hasta compró televisión nueva.
—Apiádate de nosotros Señor. Dios nos libre que sea alguna señal del Apocalipsis. ¡Se los dije! Yo les dije que dios mandaría a quemar la cizaña. Yo les dije que leyeran la Biblia. ¡Yo siempre confié en la palabra del señor!
—Guarden silencio señores — se impone la voz del presidente municipal — Tengo que comunicarles algo importante. Número uno: se prohíbe andar en lancha después de las siete de la noche. Número dos: no vamos a matar a ningún animal, hasta que no recibamos informes de las autoridades correspondientes y de los investigadores que llegaron desde hace unos días.
—Esos nomás andan de metichis
—Sí, eso y nomás hora y ya quieren los cambios del pueblo.
— ¡Guarden silencio! Número tres: aléjense de la laguna por pura precaución. No sabemos si ese animal es peligroso y tam… — el arrendador interrumpe.
— ¡Yo sé lo que hay en la laguna! — el fanfarrón suelta su verborrea.
— ¡Tiene usted la palabra! — ordena el presidente municipal.
—Pues verán ustedes, yo tengo un inquilino que trabaja en “La Sulfurosa”, es ingeniero y se encarga en la fábrica de unas nuevas instalaciones en el área de repulpado. Ese ingeniero sabe mucho de máquinas y robots y de computación. Resulta que esta mañana fui a recoger un recibo de luz al departamento de este ingeniero y descubrí que tiene una maqueta de un como submarino pequeño pero que tiene escamas y por dentro tiene sistemas como los que usan los robots y equipos de electrónica. Además, me encontré con un proyecto de un robot que iba a nadar en la laguna Bustillos. En los objetivos del proyecto está el de engañar a la gente del pueblo de Anabajuc. Ahora no me negarán que yo contribuyo a resolver los problemas del pueblo, que yo soy quien muchas veces tengo que enfrentarme a este tipo de situaciones.
—Pero cómo se llama el ingeniero.
—El ingeniero se llama Manuel Murillo Peregrino
— ¡Ha! Ese es el que anda persiguiendo a mi cuñada.
—Nombre, si también le anda haciendo arrumacos a mi hermana.
—Entonces este ingenierillo es toda una fichita. Aparte de burlarse de nuestras mujeres, “quiere burlarse de todo el pueblo con su robotito”.
— ¡Señores! Creo que nos estamos precipitando en las resoluciones de esta problemática. Debemos ver, no los problemas particulares, sino la paz y la concordia en el pueblo de Anabajuc. El pueblo de Anabajuc siempre ha demostrado unidad y trabajo. Por algo en la capital del estado, allá en Durango, siempre nos tienen en la lista de ayuda humanitaria y subsidios. En algo es debido a que la mayoría es priísta, pero mucho se debe a la unidad del pueblo. Ahora bien. Déjenme decirles que tarde o temprano sabríamos si fuéramos engañados con una cosa como ésta. Pero hay que preguntarnos primero si le conviene al pueblo de Anabajuc saber la verdad. Díganme, señores, si es conveniente para la comunidad entera que se sepa la realidad de las cosas. Ustedes mismos han dicho que esto del monstruo de la laguna les ha beneficiado. Y todavía está por venir una cantidad no despreciable de turistas a, dizque, a ver el monstruo. Pues en tal caso les conviene a todos el que venga turismo a este pueblo. En muchos casos ha sido un pueblo ignorado. Ustedes bien saben que en el tiempo de la Revolución sólo hubo bandoleros perdidos que se acercaban a unas cuantas casuchas alrededor de la laguna, y nuestro héroe, don Gumaro Terrazas, no es reconocido como héroe por tener algunas canas regadas. Pero… sometamos a votación el caso.
El ingeniero Manuel laboraba en sus últimos días en la planta. Al día siguiente llegaría el sistema operativo y para el día viernes se iría de Anabajuc para regresar de nuevo a su tierra. El ingeniero no volvió a saber nada de su invento. El pueblo de Anabajuc instaló a orillas de la laguna un centro recreativo con cabañas, asadores, un pequeño restaurante y, además, la renta de caballos y burros que ocupan en el campo. Los turistas llegan en fin de semana. Por la noche, cuando todo está en calma, llega un olor a azufre que nadie ha podido saber de dónde viene.
En Relatos al Borde III, el autor nos sumerge en un universo donde lo cotidiano se entrelaza con lo inesperado, y donde los personajes, atrapados en circunstancias aparentemente simples, se enfrentan a sus deseos, miedos y contradicciones. A lo largo de estos cuentos, la escritura se distingue por su capacidad de captar la esencia de lo humano, explorando las profundidades del alma con una prosa cargada de detalles sensoriales y simbolismos que invitan al lector a reflexionar sobre la naturaleza transitoria de nuestras experiencias.
Cada relato, desde la inquietante quietud de una conversación hasta el frenesí de un encuentro inesperado, está impregnado de una tensión latente, un recordatorio de que la vida, en su aparente normalidad, puede dar un giro brusco e imprevisto. La exploración del deseo, la soledad y la inevitable fragilidad de las relaciones humanas son temas recurrentes que se entrelazan con la ironía y la tragedia, creando una experiencia literaria rica y envolvente.
Este libro no solo nos invita a leer, sino a sumergirnos en un viaje emocional donde lo extraordinario emerge de lo ordinario, y donde cada historia es un reflejo de nuestras propias inquietudes y deseos. El lector encontrará en estas páginas no solo entretenimiento, sino también una invitación a cuestionar y a maravillarse ante los misterios de la vida cotidiana.
Disfruten del viaje, porque cada cuento es un borde al que vale la pena asomarse.
—¡Qué pasó, Daniel, ¡cómo estás! Pero pásale, estaba en mi cuarto nomás de flojo. Y tú… ¿de dónde vienes?
—Fui con mi tía Leonora y tu casa me quedaba de pasada, pero ya se me hizo tarde, mira, ya casi son las ocho.
—Tú no te apures, total aquí te quedas a dormir. Puedes hablar por teléfono a tu casa diciendo que te vas a quedar conmigo.
—No… Ahorita veo, pero… ¿qué has hecho? Desde que salimos de la prepa ya no te había visto y.… por cierto, quedaste a deber lo de la cena y Pilar tuvo que pagar lo que te correspondía a ti.
—Por tonta.
—No seas cabrón, ¡le voy a dar tu dirección!, ¡eh! A ver, a ver…
—No me amueles, a lo mejor ella ya ni se acuerda. Pásale, mira, este es mi cuarto, está chiquito, pero no importa; lo importante es que nadie se mete con mis cosas.
—¡Andrés, ya nos vamos! —grita la mamá al salir de la casa— hay gelatina en el refrigerador, ¡ah! y otra cosa, no vayas a agarrar del bistec porque es para la comida de mañana. Dale comida al perro. Nos vemos.
—Sí, ma’… ¿A qué hora vienen?
—No sé a qué horas termine la reunión.
—Bueno. Nos vemos.
—¿Y a dónde van tus papás? —pregunta el amigo visitante.
—A una reunión con amigos de su trabajo —contesta Andrés al tiempo que se sienta en la cama.
—Ah.
—¿Y tu hermana?
—Ella no vive aquí, vive con unos primos, sólo viene los fines de semana. Está estudiando la universidad.
—Ah.
—Dame chance de hablar a mi casa, ¿no?
—Órale, vente, vamos a la sala. —pronuncia Andrés, y se escucha el chirrido de los tornillos de la cama.
El joven marca en el aparato telefónico, toma el auricular. Andrés ha ido a la cocina y ha sacado del refrigerador un recipiente con gelatina.
—Bueno. Sí. Habla Daniel. ¡Quién es! ¡Ah! Tú, “Cuajada”. Dile a mi papá que ya fui a darle el recado a mi tía Leo, pero ya se me hizo tarde. Me voy a quedar con Andrés… ¿Cómo que cuál Andrés? Pues “el rufles”, para que me entiendas… sí, ese. No… No voy a ir mañana, no, no me toca sino hasta el segundo turno. Bueno, nos vemos.
—¿Qué haces?
—Comiendo gelatina. Bueno, no es gelatina, es flan que hizo mi mamá. ¿Quieres?
—Sí, dame… tragón, come solo.
—Oye, ¿qué tal si nos guisamos unos bistecs? —sugiere Andrés, sus cejas se ponen jubilosas moviéndose de arriba hacia abajo, y la cara estrena una mueca que invita a aprobar la propuesta.
—¡Huy! No mames. Dijo tu mamá que eran para mañana.
—Si agarramos dos, ni se da cuenta. Es más, agarramos otro de esos —señalando al refrigerador—, lo aplastamos más y luego lo dividimos y asunto arreglado.
—Ahí tú sabes. Yo sólo soy visita.
—Mi mamá ni me dice nada, es más, qué tanto son dos cachos de carne. ¡Eh!, pero ayuda, saca de allí un sartén. ¡Ah! Y pon la gelatina en la mesa, ahorita le seguimos dando baje.
—¡Ah, cabrón… pinche cebolla! —balbucea Andrés mientras pica los ingredientes. Daniel se recarga en el desayunador y pregunta al cocinero:
—Oye, ¿y qué pasó con Maira?, ¿sigues con ella?, ¿te la cogiste o qué?
—No. Ese negocio ya se acabó. Estuvo mejor así. Pero a veces sí me siguen dando ganas de aquellos fajecitos que nos aventábamos en la sala de su casa. Pero, ¡ja!, no le hagas que nos cacha su mamá cuando —continúa sonriéndose— estábamos apachurrando como leones en pleno cachondeo allí en el sofá.
—¿En serio?
—Sí, ya le había quitado el sostén y sólo tenía la camiseta. Yo estaba encima de ella y había metido mi cabeza debajo de la tela y estaba en eso… cuando entra su mamá. Del sobresalto nos caemos del sofá, y yo con la cabeza metida bajo su camiseta. Me sermoneó, pero ya ni modo. Las veces en que me encuentro con Maira nos da risa eso que nos pasó, pero eso ya se acabó, ese negocio ya murió.
—Oye, no los guises tanto, ya están bien pinches negros, parecen cartones chamuscados. A ver este de aquí, échamelo para acá. Pon unas tortillas encima del sartén para que se vayan calentando y así les queda a las tortillas el sabor de la carne.
—Órale, tú sí sabes.
—Pues… soy maestro en todo. Y… ¿con qué nos lo pasamos?
—Pues con un chescolín, pero ese tú píchalo.
—Órale, me parece buena tu onda. A ver, presta un envase. ¿Dónde está la tienda?
—Es allí dando la vuelta a la esquina por donde está la refaccionaria.
—Órale, pues, ahorita vengo.
—Qué… ¿si hubo?
—Pues no había de naranja, pero sí hubo de toronja… hijo’desu… ya hasta se está enfriando esta suela de llanta.
—¡Pendejo! Le faltó que le echaras la sal, ¡cómo serás güey!
—¿De veras? Bueno, tú allí ponle. Y no le hagas tanto a la cardiaca.
—Bueno, presta pa’ca el salero. Oye, pero siéntate, no comas parado, se te están escurriendo del taco las cebollas, estás dejando todo embarrado.
—Cabrón, te enojas de todo. Hasta de lo que no comes te hace daño.
—Bueno, ya.
—Oye, ahorita lo que me entusiasma —chom—chom— es la vecinita de aquí junto. Si la… ¡mm!… vieras.
—¿Qué? ¿Esa qué tiene de bueno?
—Pues… ¡mm!… apúrate, ya va a ser hora del show, ahorita vas a ver qué rica nalguita. Lo bueno es que nunca se ha dado cuenta de que la ando espiando. La señora es la que está buena. Tiene una hija que también se está poniendo bien buena. Nomás de acordarme se me para… el corazón.
—Qué se me hace que eres puto.
—Sí, pero bien que te lo zambuto.
—Presta pa’ca el refresco, ya te lo estás acabando… no mames, ya le echaste pescados. Ya no quiero.
—Pues toma agua, allí hay mucha —dice Andrés, encaminándose hacia su recámara.
—Vente por acá, es por mi cuarto, pero… ya deja de masticar.
—Espérate —chom—chom— que se me atora.
—Tú sabes que las morenitas son mis preferidas y esta señora bronceada es un encanto.
Mira, allí está alistando su toalla y sus cosas; de lejos se ve que nomás no la hace, pero de cerquita… Ven, mira, asómate por aquí —los dos jóvenes se entusiasman, atisban la escena por el orificio.
—¡Uta!, pero estorba ese árbol y.… se ve la regadera… ¡ay güey!, ahora sí ya la vi —dice Daniel con balbuceo entrecortado.
—Se está alistando apenas. A ver, deja ver a mi vecinita, hijo’desu, ya se me está alocando el corazón.
—Qué se me hace que eres p…
—¡Cállate ya, que van a escuchar los ruidos! Ya encendió las llaves y ya se va a meter a la regadera, hijo’desu, ya se metió y se está mojando el cabello… y el agua escurre por todo su cuerpecito…
—¡Quítate, deja ver!
—Se me hace que mejor vamos por allá afuera, se ve más de cerquita y no te pierdes nada del show.
—Mami, báñate rápido, que sigo yo. La cena ya está lista, dejé hirviendo los frijoles, pero le bajé a la llama.
—Sí, hija. Ve a la tienda por un litro de leche y pan de dulce. Si ves viejos feos en la refaccionaria mejor te regresas, no sea que te vayan a decir majaderías.
—¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante
—¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante la novela.
—Ni modo, hija, si no vas tú, ¿quién más? Yo ahorita no puedo.
—Voy ahorita que estén los comerciales.
—Mejor apágale a los frijoles, no sea que se quemen como el otro día.
La mujer se enjabona. Pasa el esponjado estropajo por sus tersas y firmes piernas. La espuma se desliza por su piel cobriza, sus pechos cuelgan y se mueven. La mujer piensa:
—Andrés ha de estar viéndome. ¡Ja! Con lo que me encanta ese chamaco, si tuviera yo menos años… o él tuviera más años… las cosas serían distintas, sería el amante perfecto… sí, eso me hace tanta falta ahora que me dejó José y se casó allá en el otro lado con una gringuita. Pero ahora no puedo iniciar un romance; así con esto que me pasó, ando en lengua de todos. No sé por qué me gusta tanto que me vea, me siento deseada, me excita el tener encima su mirada furtiva. ¡Ja! Si supiera mi hija… Se me hace que este cabrón también anda espiando a mi hija, no, eso no quiero, le voy a decir que ponga algo en la ventana.
—A poco nos tenemos que subir al árbol.
—Pues sí, sólo así se ve de cerquita.
—¡Ora pues, trépate tú primero!
—¡Sst! Cállate, no hables tan fuerte, si nos llegan a cachar te voy a poner tu merecido —el joven aprendiz de chango escala el árbol hacia la rama más cercana, el otro joven se queda en la penumbra.
—Ma, ya vine, no traje cambio porque me compré unas papitas, ahora sí ya déjame ver mi novela.
—Aja —contesta la bañista y reflexiona— ha, si supiera esta hijita lo que cuesta ganar el dinero, pero yo tengo la culpa por chiplearla tanto, pero… si no es a ella, ¿a quién más? En eso escucha un crujido de ramas y una caída como de costal en el patio del vecino.
—¡Hija, ¿qué fue eso! —grita la mujer.
—¿Qué cosa, ma?
—Un ruido en el patio de los papás de Andrés.
—Déjame ver. —la jovencita se asoma al patio, atisba todo. En la penumbra escucha algo.
—¡Miau!… ¡Miau! —las guturaciones felinas de Daniel salvan a Andrés. Andrés, aguantándose todo dolor, se queda oculto tras la enredadera.
—No era nada, ma, sólo era un gato brincando por las ramas.
—Nací cuando mi padre sembró en el traspatio un árbol de manzana. Mi abuelo tenía una huerta, y quienes ayudaban con la cosecha eran en parte los tarahumaras. En el momento en que mi padre regaba el árbol, yo abría los ojos a la vida.
—Después de tantos años, ahora bajo la sombra de este manzano, sentado en la silla de cedro, miro el rojizo horizonte norteño. Siento una satisfacción similar a la del manzano, que después de dar frutos en cada cosecha, sigue siendo útil al cubrirme del sol tardío y del viento del Este que, desde la loma de «La Estrella», se arremolina sobre los pastos resecos.
—La existencia me ha brindado un florilegio aceptable. La vida ha sido seductora. «No sé si me he encontrado o sigo buscándome» —como diría Artaud—. El yo que podría ser sigue estando en algún lado, interno, como un órgano de la conciencia o una parte esencial del ego. Considero que nunca he sido el mismo; podría ser irónico —como Sócrates— pensar que sólo sé que desconozco muchas cosas, que mi saber es limitado. La percepción que ahora experimento me lleva al disfrute del paisaje. Los cincuenta años que tengo no me inducen a reconsiderar lo bueno y lo malo de mi existencia, sino solo a la contemplación total, armónica con lo que me rodea.
—Cuando el manzano encontró su lugar, yo llegaba al mundo en una noche pacífica, con la luna salpicando su luz en las tres ramitas flácidas del árbol. No me imagino cómo pudieron configurarse las minúsculas raicillas en un ambiente extraño, nuevo, inesperado; donde la naturaleza externa intimida a la naturaleza interna del pequeño tronco, las pocas hojas, el musgo de las raíces. Y cómo fue desarrollándose, sorbiendo las nutritivas sustancias del suelo, del agua y sus minerales. No puedo comprender esa maravilla de la creación que permite a una planta enraizarse en un universo desconocido, y cómo es que, sabiéndose cobijada, sorbe de la tierra los nutrientes para su desarrollo. ¿Qué sucede si la naturaleza del suelo es adversa, hostil a la planta? Pues su existencia es, de alguna manera, cercenada. De tajo, se le arranca el estímulo necesario para cumplir su ciclo como árbol.
—No me intuyo a mí mismo sembrado en este sitio, pero me gustaría ser el árbol, convertirme en su existencia. Sorber de la tierra lo necesario para crecer, para dar frutos, brindar cobijo y sentir el aire del Este soplando en las hojas. En el mismo sentido, realmente no sé si al árbol le gustaría mi existencia. Sé que la diferencia está en el corazón, pero sí es de envidiar estar aquí, en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara.
En la colonia de gnomos, Fralous era el chamán; él era vidente y había percibido el pensar del hombre que estaba sentado a la sombra del manzano. Como encantador, podía hacer que el hombre percibiera la vida desde la perspectiva del manzano.
Los gnomos eran habitantes de la sierra tarahumara. Eran enanos con poderes extraordinarios, como convertirse en espíritus, hacer que baje la niebla y se ponga pesada, imitar fielmente los sonidos de los animales para poder comunicarse entre ellos, hibernar a conveniencia en las profundidades de alguna grieta, entre otras cualidades. La colonia de gnomos era incontable, no porque fueran muchos, sino porque nunca se sabía cuántos había en la región. La peculiaridad de los gnomos es que son espíritus viajeros. Viven en el mundo y cualquier sitio es su casa. El oficio de chamán entre los gnomos no era para cualquiera; esta capacidad superior se formaba por sí sola, además de que tenía mucho que ver con la pureza del espíritu y la longevidad del ente. Mientras que algunos de los gnomos chamanes tenían facultades telepáticas, otros tenían aptitudes como la de ser videntes, hacer transformaciones de la materia o mover a su conveniencia cualquier fuerza de la naturaleza. Fralous era el chamán por antonomasia. Hacía más de un siglo que estaba en una gruta perdida en las cañadas de Las Barrancas del Cobre. Como sapo petrificado, seguía la vida, alimentando su espíritu y reforzando sus facultades embrionarias.
Para los gnomos comunes, los hombres no son más que animales, bestias de hacer y hacer cosas. Su mundo les parece inútil, trivial, como perseguir al aire. El tipo de conciencia de los hombres es yermo porque su concepción del mundo de vida cabe en un puño de percepciones; no llegan a comprender la vida y la muerte como una totalidad circulante del Ser, sino como entidades separadas, de tal forma que su concepción de la vida pierde terreno al intuir la diferencia entre el ser y la nada, o peor aún, cuando ni siquiera sospechan la diferencia. Para Fralous, la situación era distinta: la luz del Ser lo irradiaba por completo. Él percibía la existencia e interpretaba todos los lenguajes. El lenguaje era la casa del Ser. Fralous era todo lenguaje, así que podemos pensar, metafóricamente, que Fralous era un sirviente de la casa del Ser.
Cuando el hombre se quedó dormido en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara, no sabía lo que le esperaba. Fralous hizo transformaciones en la materia y puso la conciencia del hombre en el manzano; así, cuando el hombre despertó, su cuerpo eran ramas y tronco, raíces y hojas. Había desaparecido todo olor, todo sabor, todo dolor. La desmembración de los sentidos había ocurrido. Se quedó atónito porque no le quedaba de otra. Percibía el sol y el viento, la humedad en las raíces, la savia circulando adentro, moviéndose lentamente. Advertía las larvas de mosca en las frutas y los parásitos en las raíces, carcomiendo todo. Los hongos en el tronco viejo y cercano hacía tiempo que lanzaba sus esporas al ambiente, creando más parásitos. Y las hormigas, carcomiendo las frutas podridas, de vez en vez y por regimientos subían por el tronco a cortar hojas, morder la fruta y ejercitar sus extremidades. Todo a su alrededor ocurría. Todo se transformaba, y el árbol, quieto. Todo quieto. El manzano, ciego, inmóvil, indolente, intuía las cosas parecido a como lo hacía Fralous. La diferencia estaba en el corazón. El manzano tan sólo irradiaba su savia; la fotosíntesis que ocurría en las hojas no era más que una transformación química, era energía.
El hombre seguía bajo el manzano. El paro cardiaco había hecho cambiar su existencia a otra cosa. Como tronco lánguido, se desparramaba en la silla de cedro, y a la vista, el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara iba poco a poco entregándose a la oscuridad. Era una noche sublime, llena de luminarias.
Yo no soy ningún fisgón, pero ¿me creerían que la casa que visité hace unos días era un verdadero trochil? Estaba toda patas pa’ arriba. Si la vieran algunas de ustedes, tal vez saldrían espantadas. ¡Ay, no! Toda la casa era un espanto. ¡Qué horror! Inmundicia por aquí, inmundicia por allá. Sí, se los cuento para que nunca se paren por ese sitio. Mis chicas queridas, las adoro. Sí, las adoro, y por eso me preocupo por ustedes para que no vean cosas tan insanas. ¡Ay, no! ¡Qué asco!
Solo les voy a describir las cosas que había en el tocador de la recámara, solo eso, porque si me hubiera asomado a la cocina, seguramente me desmayo o quedo afectada por la impresión. ¡Qué barbaridad! Pues verán, empiezo mi lista:
Tijeras oxidadas, aretes de bolitas de diferentes colores, tarro de calcio, lentes, reloj despertador, desodorante, pomo de alcohol y pedazos de raíces y hojas entre otros ingredientes; lámpara de petróleo, tubo interno de rollo de papel sanitario, tres invitaciones pendientes pegadas entre el espejo y el marco de la luna, radio de pilas, pequeño cesto de flores secas, desodorante ambiental, cinco cajas de “Ambrosol”.
Perro de peluche “toy’s house”, cassette de Joe Cocker: I Can Stand a Little Rain, espejo pequeño, pomo de “aceite del roble”, cuadro con letras doradas: “Dios dice: no te desampararé ni te dejaré”, dos cepillos, pasta de dientes, la foto de la nuera, colores, carrete de hilo blanco, rosario de cuentas negras; pila de tamaño “C”, pedazos de papel de baño usado, tres seguros atados en la garra rosa donde están prendidos quince pares de aretes y tres sin par, una aguja con un pedazo de hilo blanco colgando, gotas para los ojos.
Alcohol en dos tamaños distintos, cajita dorada como las que dan cuando se compran unos aretes, patito de cerámica con gorra amarilla y cinta roja en el cuello, cadena con medallón del Perpetuo Socorro, cerillo quemado; tres monedas de diez centavos, monedero de piel de distintos colores ensamblados, donde guarda las direcciones en papeles sueltos de las amistades del otro lado. Vaso desechable con nueces y cáscara de nueces, alcanfor, agua oxigenada, un búho de prendedor; aguja hipodérmica, portarretratos con la foto del nieto, medicina: “Fotoestimulina”, cinto con hebilla medio asomando entre el mueble y la pared, perfume: “Racing Club Woman” de Ralph Lauren.
Hasta allí terminé mi lista, porque en eso entró la dueña de la casa, en una bata muy transparente, con una cara lasciva, y se me fue aproximando. ¡Qué horror! ¡Vaya susto! Me creerán si les digo que quería hacer el amor conmigo. Yo le dije que era homosexual y que ni tantito me gustaban las mujeres, pero ella, insistente, me agarraba las piernas tratando de abrírmelas. ¡Ay, Dios Santo! ¡Qué barbaridad! Lo bueno es que sonó el teléfono, y eso fue para mí como si me hubiera salvado la campana.
No puedo ni imaginarme hacer eso, y luego con ella. ¡Válgame Dios! Yo creo que ni en pesadillas, porque si vieran a esa gordis, malacarienta, con sus patas callosas embutidas en unas chanclas corrientes que venden en cualquier lado… ¡Auch! Y déjenme decirles que sus piernas no las tenía depiladas, así que ya han de imaginar a qué cosa se parecía. Además, tenía un cuerpo tan antiestético que yo pienso que Diosito se ensañó con ella y le puso fealdad de más, en lugar de ponerle algo de belleza. Bueno, me despido de ustedes; ojalá nunca les pase algo como esto. Si les sucede algo parecido, que sea con un hombre apuesto y fuertote, y verán cómo las voy a envidiar. PD: Escríbanme pronto, chicas. Adiosito.
El afeminado entra a su casa después de dejar la carta en el buzón de correos. Agita las palmas de sus manos para refrescarse; su blusa sudada mitiga en humedad. Arroja los botines, y al momento se percibe el olor a pies de hombre, como el hedor a palomitas destiladas. Se quita las calcetas y las lanza al cesto rebosante de ropa sucia. Entra a la cocina, toma un vaso sucio y lo enjuaga bajo el chorro de agua. A su alrededor, el trochil de la cocina es evidente: platos amontonados, manchas en la mesa, restos de comida en el suelo.
Con el vaso ya limpio, se sirve agua y se apoya en el marco de la puerta, mirando el caos a su alrededor. En el fondo, sabe que su propia casa no es muy diferente de la que describió en la carta, pero se consuela pensando que al menos, no tiene que enfrentarse a la dueña de casa en bata transparente y con intenciones lascivas. Mientras bebe el agua, se imagina la reacción de sus amigas al leer su carta; sabe que las hará reír y murmurar entre ellas. Quizá una de ellas le responda contando alguna anécdota escandalosa, o tal vez lo inviten a una reunión para comentar la carta en persona.
Al terminar el vaso, lo deja en el fregadero, que ya está lleno de utensilios sucios. Suspira. El desorden de su vida es tangible, pero, por ahora, no tiene energías para enfrentarlo. Se dirige a su habitación, donde su propio tocador es una réplica del que describió: lleno de objetos amontonados, recuerdos de tiempos pasados, medicinas olvidadas, y pequeños tesoros sin valor. Se tumba en la cama, agotado, y mira al techo, donde una telaraña en la esquina es lo único que se mueve, balanceada por la brisa ligera que entra por la ventana.
Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido azul de encajes largos jugaba, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual. Unas horas después, los columpios se mecían y se mecían, pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán, echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento. Algo ha de presagiar cuando las nubes se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles, sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco. A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl traen añoranzas, cavilaciones. Las nubes y el viento de la tarde acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como un velo acuático. El momento podría hacernos recordar a una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud; además, su cabellera salpicándose en el aireo y ese cuerpo… el vestido azul de encajes me trae memorias de un beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose. —La ciudad siempre me ha aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido, me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear, aunque sea. Si logro publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome; como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad. —En ocasiones los sueños son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”, es una eminencia en el estado; todos lo respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito libros, ha viajado por muchos países, y parece que lo querían lanzar para la gubernatura, pero le faltó equipo y al final de cuentas no se animó. El novato escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes. —Bu…Buenas tardes, venía a ver al señor Andrés Espinosa. —Fíjese que no se encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, él trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea dejarle algún recado. — No, es deque lo que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de… — ¿Tenía cita con Don José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver…mm, si, aquí está anotada la cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el interior un librero repleto y un par de trofeos. —El señor Andrés Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué tal si el trabajo tiene faltas de ortografía… mejor me voy y otro día regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además, está nublado allá afuera y eso me da mala espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy importante como para que yo lo moleste… mejor me voy a dedicar a otra cosa, le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además, están de moda… pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto; sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico…— La secretaria lo despertó de su introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro él podía entrar. No había escapatoria. —Tome asiento por favor, en que puedo servirle; pero, siéntese por favor. —Gracias… este, le traje unos trabajos, no digo… perdón, este, le traje un trabajo. —Y eso para qué. —es deque… me dijo el señor, este… ¿Andrés Espinosa?, que, este… se podría publicar en la revista “La Fragua”, él me dijo, que… este, yo sí sabía escribir y que sólo me faltaba, este… pulir los estilos. —Sí, pero, ajum—ajum — aclarando la garganta — en esta compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio. Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno. —Sí, este… creo que, si es muy bueno, a las gentes que, este… lo han leído el trabajo me han dicho que es muy bueno. — ¡Aja! A quienes. — ¡A mi mamá y a mis hermanos! —Bueno a ver déjame leer lo que traes. —Mm…La Oración Al Columpio. Cómo está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la Virgen del Perpetuo Socorro, pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo. El director de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz, de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de Taichi Sayaika. La Conquista De La Voluntad, de Enrique Rojas, La Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto Ampuero. El Hombre Light, de Enrique Rojas. —Mire joven le voy a ser sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mí personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con mucho gusto. —Sí, señor, este… voy a hacer unos trabajos que…que, tengo pensados. —Bueno pues, estamos para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la cómoda silla. —Sí, hasta luego, este, dice que se los entregue a este…como se llama. Bu…bueno ajá, con permiso, bu… buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa sacada a golpes de nerviosismo. La calle se luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes. —Me lleva. Bueno pues, ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor ya no voy a la librería a bobear, para qué… si compro algún libro y ni lo leo. Entra a su casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana. En el patio del vecino hay una adolescente en el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa transparente, viva. La jovencita terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan de humedad, y llueve. El muchacho sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su novia y se acuerda de los besuqueos que se daban. —Todo este día me aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la cama —mejor me voy a echar un sueñito.
—Que dicen, nos vamos a “Buenos Aires” o vamos a coger víboras por aquél lado de la cueva— dijo Toño, el niño pecoso y escuálido a la tercia de chamacos mocudos.
—Hay donde gusten— dice Marcial sujetándose el zapato puesto sobre el guarda fango de la bicicleta de Toño.
— ¡Chin—chin el último en llegar a “Buenos Aires”! — Gritó Andrés, al tiempo que estrujaba la bicicleta para ganar tiempo. Toño pierde el equilibrio y cae provocando la carcajada que se escabulle por los rines alocados.
—Si serás güey — acierta a decir Oscar mientras esquiva los pedruscos de la calle.
El pueblo permanecía en anonimato permanente, sólo tuvo ocasión de ponerse protagónico de chiripa, cuando un general norteamericano se perdió por la sierra persiguiendo a la única división militar que invadió su territorio, y por accidente, llegó a la planicie sedienta de Risco Alto. El Santo del pueblo era San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas, pero, resultaba infructuoso el responsorio y aun así, se celebraba el 15 de mayo con el alborozo tempranero de las molinderas.
El sol rabioso atacaba los arbustos con temperatura delirante. Las alimañas buscaban los charcos de sombra que fugitivos se movían al compás del día. Los soplidos insignificantes del viento resultaban ingratos sobre la piel. Al cuarteto de chamacos les atosigaba el vientecillo en las gargantas, pero eso no les impedía correr a la vagancia. “Buenos aires” era el sitio ideal para remendar una aventura, era el basurero del pueblo, y no faltaba quien fuera a tirar: la estufa, la taza de baño, los colchones, las máquinas descompuestas, la chatarra, los trebejos oxidados, o las estructuras de algún negocio fracasado; en fin, la basura era preferente en este listado. Era allí el ambiente viciado por los distintos elementos en descomposición, fermentaciones y hedores se generaban en cantidades proporcionales al pueblo, por tal razón ya no hay que explicar más el irónico nombre.
A los muchachos les gustaba husmear en los desperdicios y descubrir entre todo lo inservible aquello que era un verdadero hallazgo, para unos era la canica en el interior de las botellas, los resortes, los espejos, las bobinas de motor, los lapiceros, las cuentas, los juguetes maltrechos; además los libros de cocina, las revistas pornográficas, las gomas, y jeringas hipodérmicas, entre mil cosas. Los niños jugaban, correteaban por entre los trebejos, por los cerros de tierra y escombro, brincaban sobre las pilas de colchones, formando casas, rampas, cárceles, escondites. En sus cabezas había odiseas, conquistas, guerras, creaciones, invenciones de mundos insólitos; en veces era el naufragio o la llegada a la luna o la batalla con monstruos sin cabeza, todo ello recreado en el ambiente de “Buenos aires”, sin olvidar el sitio “La cueva”: lugar lejano pero que no por eso, dejaba de ser atractivo para el cuarteto de mocudos.
Toño, Andrés, Marcial y Oscar eran los inseparables del barrio, y aunque había otros niños que querían sumarse a la pandilla no aguantaban las bromas pesadas de los llamados: “mocos verdes”; los cuatro tenían ojos aceitunados o bien café claro y eran de tez blanca, y cabello negro, a excepción de Marcial que era pelirrojo y de pecas rozagantes.
Al llegar a la explanada del basurero, Andrés entra a la rampa de madera mal puesta y al intuir el brinco empuja desde los pedales la bicicleta que sigue su rumbo sin dirección dando rebotes por entre un desvencijado catre y los cerros de escombro, mientras él, rebota en esqueletos de colchones oxidados. Los otros tres pícaros hacen su aparición con una ocurrencia peculiar. Oscar llega y derrapa levantando una nube gruesa como para una asfixia. Marcial entre la nube de polvo no ve nada y se va derecho estampándose en las llantas apiladas, Toño llega tosiendo, agotado por el esfuerzo, sufre de asma; entre dientes susurra barbaridades.
Entran al escondite:
—Les voy a contar un cuento de “Cabe” nuestro enemigo— dice Toño acomodándose en una silla mal puesta. En derredor, los almanaques de revistas pornográficas alegran la vista. — Era un niño que se llamaba Cabe y de pronto llegó el policía bien rápido por el niño porque se había robado unas pelotas del CAPEP y la policía lo agarró con esposas y lo llevó a una celda muy fea, obscura y sin dar comida donde tenían una gota de ácido que caía y caía y cuanto más caía más se deshacía el niño — el chiquillo hace la copla con sonsonete aniñado.
“cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano”.
— ¡Ha! Ya cállate. Si de veras quieres ponerte con él, ve y sácalo de la cantina — aconseja Marcial, entretanto se enjuaga el sudor con la camiseta, y continúa. Sus pecas siguen pegadas a la cara. — ¿Quieren que les cuente un chiste?… Bueno… ¿Quién es más limpio, el cerdo o el marrano?
—No lo sé — dice Andrés, los otros dos levantan los hombros, — a ver cuál es más limpio.
— Es el marrano porque cuando se le pregunta al marrano: ¿cuándo te bañaste? El marrano dice: oinc—oinc (hoy—hoy).
—Mi papá me platicó— dice Andrés, girando una botella en el suelo — que cuando él era joven conoció a un señor, y era demasiado loco, que él no llegaba a la peluquería a hacerse un corte de pelo porque él mismo se lo hacía, pero quemándoselo con un encendedor… en serio; ya cuando lo sentía largo, les prendía a sus chimpas y se las dejaba todas chamuscadas bien feo. También me contó que ese señor cuando fue a sacarse la foto para tener la credencial de elector llegó con caballo y vestido de vaquero y le dijo a la encargada de las oficinas del I.F.E.: —Sí, aquí quiero, sáqueme la foto aquí montado en mi caballo y con sombrero para que no salga yo despeinado.
—Si tu papá es bien mentiroso, tu que te pones a creerle, por muy loco que esté, a poco no va a sentir el calor en las orejas— pronuncia Marcial.
—Bueno, es lo que me contó mi papá si no quieres creer pues allá tú.
Francisco Dyer era apodado “Cabe”, era un infante de padres extranjeros, pero él había nacido en Risco Alto, Municipio de Ascensión, México. La decisión de quedarse en el pueblo había sido por obstinación del destino. Su padre tenía una tienda de ropa y una cantina. El apodo era porque tenía la cabeza grande en comparación a su cuerpo. Era un niño egoísta, mal educado y caprichoso. El niño estaba como para el desprecio instantáneo, tenía la sangre pesada, sus maldades llegaban desde la crueldad con los animales, hasta la villanía más precoz.
A Francisco Dyer le había encargado su padre en esa tarde, llevar al basurero unas cajas con desperdicios de las tiendas. El camión recolector había pasado, sin llevárselas. “Frank” (así le decía su madre) estaba castigado por haber tomado dinero de la caja de ahorros, había comprado con el dinero, los petardos que en la mañana había lanzado al bote de la basura a la hora del recreo. Cuando llegó Francisco Dyer al basurero, con los desechos de los negocios, intuyó que podrían estar los “mocos verdes”, pero se serenó al pensar que en realidad no lo esperaban.
El camión de la basura venía dando giros por el cerro del “mogote” mientras que Francisco Dyer se parapetaba en las mismas cajas que llevaba a tirar. Lo habían descubierto.
“cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano.”
— ¡Ahora sí nos las vas a pagar todas juntas, cabrón! — Pronuncia Marcial enjaretado en un bacín como casco.
—Qué tal si le aventamos de los globos con pintura que tenemos reservados para las grandes ocasiones — aconseja Toño ataviado con propiedad como para una batalla.
El camión aparecía en escena con una fiesta de sonidos. Es el crepitar sin miramientos, es el anudamiento de truenos, es el zapateo de desajustes, de traca—tracas, de rechinamientos meneados al unísono. Con la reversa puesta el camión se invita sólo al barranco donde se encuentra Francisco Dyer parapetado en las cajas de cartón, justo abajo de la enorme carga de basura. El camión con los movimientos calculados, se para al filo y levanta la carga que empieza a resbalar.
“cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano”.
Mientras le lanzan con todo, piedras, botellas y llantas. De volteo, caen las toneladas de basura quedando el niño sepultado. Los niños se pasman por lo sucedido, y huyen como nido de ratas al descubierto. Cuando van por el cerro del “mogote” recapacitan. El camión recolector de basura pasa con su tronadero a toda prisa como si fuera una emergencia el recoger la basura.
— ¡Cabrones, le calló toda la mierda! Y ahora que, le avisamos a su papá o lo sacamos de allí — dice Oscar nervioso y asustado.
—Se me hace que mejor vamos a pedir ayuda — comenta Andrés.
— ¡No sean pendejos! Cuando regresemos ya va a estar muerto, mejor síganme, vamos a ver si lo podemos sacar— razona Marcial y de momento le da vueltas a su bicicleta, al arrancar se le cae el bacín que trae de casco.
— ¡Ahora sí nos van a castigar por esta! — pronuncia Toño y continúa — pero todo por culpa de ese pinche “cabe”, si nos castigan porque la hacemos o bien porque no la hacemos y al fin de cuentas es por su culpa. Ahora que nos debía tantas, Y ahora tenemos que hacerle hasta el favor al idiota…cof, cof, cof…no levantes tanto polvo, pinche Marcial…cof, cof. ¡Puto, abusón! —el preocupado cuarteto de mocudos entra de vuelta al basurero, y dejan las bicicletas muy cerca del escondite. Marcial y Oscar se meten al escondrijo y se deshacen de los armamentos que traían colgando, en tanto que Toño y Andrés ya están derrapando en la inclinada pendiente hacia el último cerro de basura por donde se encontraba Francisco Dyer.
Francisco Dyer se encontraba vivo pero presionado por la basura, al recibir el empuje de la basura, había sido lanzado al interior de un tambo. El olor y el calor hacía irrespirable el estrecho aire, con esa cantidad de oxigeno viviría aproximadamente tres horas. El apachurrado chamaco se había desesperado en los primeros siete minutos, pero, cuando escucho unos sonidos apagados, el desbarranco de piedras y un cof—cof, lejano; pensó que no estaba perdido todo. Tanto Toño como Andrés llevaban en sus manos unos garfios, o bastones con gancho; era la herramienta que utilizaban para jalar, levantar y hurgar en la basura.
A Francisco Dyer le empezaron los sofocos, las alucinaciones vendrían después.
Los cuatro niños cavaban con todo, tratando de salvar la vida de “cabe”. La enemistad ya no les importaba, sino la empresa de sacarlo del montón de basura. Habían pasado dos horas cuando pudieron penetrar un lazo con el garfio al tambo donde se encontraba el accidentado a punto del desmayo. Francisco Dyer pudo amarrar el tambo con una solera atravesada en la boca del gran recipiente antes de desmayarse. Y fue cuando regresó el camión de la basura, acompañado de los cuerpos de rescate, de la cruz roja, de los padres del niño accidentado. El chofer del camión se había dado cuenta de lo sucedido y había ido al pueblo a pedir ayuda. Solo faltaba remolcar la soga y tirar de ella para que saliera el tambo con todo y niño.
Cuando estuvo en recuperación. El niño comentaba que se le había aparecido un señor que le decía que lo salvaría, pero, le encomendaba que le dijera a toda la comunidad del pueblo que quería que le construyeran una capilla en ese sitio. Los feligreses del pueblo de Risco Alto ahora tienen a dos santos milagreros que son: San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas y San Francisco de “Buenos Aires”: protector de los niños mártires.
El joven escribía la carta para su novia; frente al escritorio media docena de libros, la máquina, la engrapadora y un ciento de hojas blancas. Las cortinas desplegadas en la ventana ocultaban la tarde muerta; imprudente la luna brotaba por entre la autopista y sus rayos accidentados rayaban los ágiles cofres. El improvisado poeta se esforzaba, mientras con destreza, una gota escurría por la frente, el sudor resbalaba por la grasosa piel, esquivando el acné del muchacho.
“Tengo en mi lengua clavadas mil y una palabras para ti niña costeña; tengo agradecimientos que se asientan en mi voz, quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas que me tengas confianza, eso me convierte en un hombre de ánimo benevolente; agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, cariño, me trastorna los hemisferios. Te agradezco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con tu aliento en mi boca. El que seas sincera conmigo y me confíes tu historia, tus deseos y te quedes desnuda. El que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos y caricias, y más el cariño infinito que me tienes; que me aceptes tal como soy, y en ese tal como soy tu desaparezcas como un fantasma, para ser yo; también que soportes lo que tú no soportas y te agradezco el que aportes lo que yo necesito, lo que yo deseo”.
“Por otro lado, perdóname por no comprender, por ser un terco al quererte; mi niña costeña, la mujer, mi ninfa, mi todo. Perdóname por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están al día. Por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer inmensa, la diosa, el ángel. El ángel que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Disculpa que sea un niño. La vida es así, se toma, se regala, se respira”.
Se levanta el jovencete. Se deja caer en la cama cuando suena el teléfono: —sí soy yo. ¿Entonces no vas a poder? ¿Y qué vas a hacer allá Entonces ya no te voy a poder ver? ¡Ahora mismo sales! ¿Y lo nuestro qué? Tú sabes cuánto te quiero… no eso no es suficiente, necesito verte, estar contigo. Bueno no es culpa tuya. Yo también. Adiós. CLICK.. El joven se levanta enojado de la cama, toma la carta y en bola la lanza al cesto de los papeles. Ella descansa. Después de tener las maletas listas y de colgar el teléfono, y en torno a su recámara femínea, cortinas rosas en ventanas coloniales que miran al parque. Ella, sintiéndose sobre almohadones, roza estirando el cuerpo mientras observa escenas en la televisión, vestida con pijama de lívida franela; el cabello suelto, posado, inerte. Los pies desnudos, limpios, sagrados. La sobrecama salmón con rosas níveas se asienta cual capa, como un brindis a su hermosura, de ocasiones, ella gira la cabeza para verse en el espejo siniestro. De vez en cuando percibe la juventud, su adolescencia viendo su perfil conmovedor, deja que el cuello flote ingrávido, señorial con su conjunto de encantos. Tiene suspiros en las piernas al recordar el joven que una vez le ofreciera su amor, el éxtasis de pareja. A él lo recuerda acurrucándose en cama con las yemas acariciando sus labios. Ella tiene el cariño y cuidado de sus padres, pero sigue allí, guardada, observando la televisión en una noche solitaria con sutil vida. La luna sigue asomando su fino e inquieto rayo en las ventanas y cortinas. Escucha tocar la ventana con prisa, y al acercarse es el joven. — ¿Por qué me haces esto? ¡Tú sabes cuánto te quiero linda! – contesta limpiándose la cara de sudor, son gotas por el esfuerzo de cruzar el lomerío de casas. —Deja todo como está, no te volveré a ver. Eres un hombre que no me conviene, y dice mi papá que no vales nada. Adiós, disculpa, pero tocan a la puerta, seguramente es mi mamá. —Al abrir la puerta recibe una feroz bofetada que hace golpearse con la columna cercana. — ¡Yo que sólo tenía una intuición resultó cierto! Qué imbécil eres, estás embarazada estúpida chamaca. ¡Eres una perra! Lo más bajo, pero…co…cómo pudiste hacernos esto a nosotros, que te hemos cuidado tanto, que queremos lo mejor para ti; hasta llevarte a Monterrey a una de las mejores Universidades, y a vivir con tus abuelos, pero que caray, desgraciada, y seguramente es ese mequetrefe aprendiz de literato, pero… ¡Por Dios!” no te soporto verte más aquí ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí ingrata! ¡Malnacida! La joven no deja de llorar, aprieta los ojos y su cara se deforma ante la sorpresa. Se oprime el estómago y encoge los hombros llorando sin descanso. ¿Hay Diosito Santo, porqué a mí? – dice la desafortunada, mientras que su madre ha ido a la recámara de la hija por la pesada maleta, la jala y el rodamiento se desliza. —Largo ¡Largo! Y no te quiero volver a ver —dice la mujer azotando la puerta. —El muchacho había escuchado el escándalo. Estaba radiante por la sorpresa, muy contento; se sentía mayor de edad. —Linda ven aquí, no te preocupes, todo va a salir bien- pronuncia acercándose a la puerta principal. — ¡Hay palomito! ¿Y ahora qué voy a hacer estoy embarazada —llora y grita la veinteañera sentada en la maleta? —Ahora pensamos que hacer. Ya no llores, anda ponte algo que hace frío. Después de unas horas de discutir y empujar la maleta, los dos acuerdan irse a Monterrey con los boletos que ya estaban comprados con anticipación, llegarían a la casa de los abuelos. Ellos no negarían la ayuda. El joven entró a su casa y excitado saca sus ropas sin ton ni son, recoge la media docena de libros que están encima del escritorio y levanta una hoja hecha bola; es la carta que horas antes había lanzado al cesto de los papeles.