
Por Edgar Sánchez Quintana
Muchos dirán que Doña Marcelita, «La Lagartija», era un personaje amoroso y entrañable. La memoria oficial, esa que se cincela en bronce y se guarda en cápsulas del tiempo, suele suavizar las aristas de la realidad para convertir a los seres humanos en postales de nostalgia. Pero para mí, que andorreaba de chamaco por las calles de Tlaxcala en la década de los 70, la verdad tenía otro sabor: el sabor del frío en las manos, el peso del papel periódico y el recelo de un oficio que no admitía debilidades.
I. La Parvada de la Niebla
Corría una época en la que Tlaxcala no se despertaba con alarmas digitales, sino con el eco de nuestros gritos. Yo era un chamaco de ocho o nueve años, parte de una familia numerosa donde los recursos escaseaban y la necesidad sobraba. Cursaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata —esa que en la tarde se convertía en la Manuel Altamirano y que hoy, tristemente, agoniza bajo la amenaza de la demolición—.
Mi jornada comenzaba antes de que el sol se atreviera a clarear. La ciudad era entonces un sudario de neblina espesa que bajaba de los cerros y se instalaba en las calles como una presencia física. A esa hora, cuando la «gente de bien» aún se arropaba en sus cobijas, nosotros, la parvada de chamacos gritones, corríamos hacia el centro de distribución del periódico El Sol de Tlaxcala, en la calle Independencia.
En ese entonces, El Sol era por antonomasia el diario; no había otro. Y nosotros éramos sus pulmones. ¡El Soooool, el soooool, el soooool!, gritábamos por las amplias calles, rompiendo el silencio de una capital que parecía detenida en el tiempo.
II. La Dueña del Territorio
Fue allí donde conocí a Doña Marcelita. La investigación dice que se llamaba Marcelina Méndez y que venía de San Esteban Tizatlán, pero para nosotros era simplemente la dueña de la calle. Era una mujer menuda, un poco jorobada, con la piel tostada y una abundancia de arrugas que parecían surcos labrados por el mismo sol que vendía. Tenía pocos dientes, pero una voluntad de hierro y un recelo absoluto por su bolsillo.
Marcelita no era la «viejecita dulce» de los cuentos. Era una trabajadora curtida que nos regañaba si invadíamos sus zonas. Ella ya tenía su clientela fija, sus esquinas ganadas a pulso de años de constancia. A nosotros nos dejaba las calles aledañas, aquellas de poco mercado, donde solo la gritadera y la insistencia nos permitían vender algún ejemplar.
Caminaba siempre con un perro que era su sombra: el famoso «Pulgoso». Mientras ella acomodaba con agilidad los fajos de las distintas secciones del diario, el perro se echaba cerca, vigilante, esperando la señal para iniciar la venta pronta y ágil. Años después, la vi entrar a las oficinas del periódico con una confianza que solo da la jerarquía del oficio; directores y periodistas la conocían y la respetaban. Ella era, en efecto, el último eslabón —y quizás el más fuerte— de la cadena del periodismo.
III. El Silencio de Antaño
Hoy, esa época no puede recordarse de otra forma más que por la imagen de Doña Marcelita y su perro. Pero mi memoria va más allá de la estatua que hoy descansa en el Parque de la Juventud, lejos de su zócalo original. Mi memoria se queda en esas mañanas de neblina, donde el vaho de nuestra respiración se mezclaba con el olor a tinta fresca.
Esos niños gritones, que trabajábamos mientras la ciudad dormía, hemos dejado de existir. Fuimos una generación que aprendió el valor de la moneda y la dureza del asfalto antes de terminar la primaria. Ahora, ese Tlaxcala de calles vacías y voceadores infantiles ha quedado sepultado bajo el ruido de la modernidad y la demolición de los edificios que nos vieron crecer.
Doña Marcelita, «La Lagartija», no fue solo una mujer que vendía periódicos. Fue el testimonio vivo de una Tlaxcala que sabía que la historia se escribe todos los días, a mano, y se reparte a gritos antes de que salga el sol. Que estas palabras sirvan para que, aunque los edificios caigan, el eco de aquel grito —¡El Soooool!— siga resonando en la memoria de quienes alguna vez fuimos parte de la parvada de la niebla.
Invitación a la Acción:
Los personajes populares son los verdaderos guardianes de la identidad de una ciudad. ¿Recuerdas a Doña Marcelita o a los niños voceadores de tu infancia? Te invito a compartir tu anécdota en los comentarios y a no permitir que el olvido demuela nuestra historia compartida. ¡Tu recuerdo es el sol que ilumina nuestro pasado!
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