Edgar Sánchez Quintana

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Imagen surrealista e hiperrealista de un hombre frente al espejo del baño. Su rostro está parcialmente cubierto por una espuma de jabón rosa espesa que parece una máscara de huehue con una sonrisa cínica. Del grifo fluye un líquido oscuro y denso como chapopote. El espejo está agrietado y el reflejo muestra una mezcla entre su cara y el rostro severo de una mujer autoritaria. La iluminación es dramática, con sombras profundas y un contraste entre el azul frío del baño y el rosa cálido del jabón, capturando una atmósfera kafkiana y psicológica.

Por Edgar Sánchez Quintana

El procedimiento comienza con la rigurosidad de una receta de alta cocina, o acaso con la asepsia de una intervención quirúrgica. Las manos, previamente dispuestas en ángulo recto, se acercan al rostro como pinzas calibradas, buscando la normatividad del tacto. Se trata de un acto simple, cotidiano, casi risible por su repetición, pero hay una diferencia sustancial: cada vez que el pase de manos recorre la geografía facial, el espejo devuelve una entidad distinta, una farsa grotesca de lo que antes se llamaba «yo».

El jabón es el primer elemento de la transmutación. Un bloque rosa, rotundo, de la marca Zote, que al frotarse contra la piel abandona su naturaleza alcalina y se reblandece hasta convertirse en una máscara de huehue. Es blanda, adherente, y ostenta una sonrisa perpetua, cínica, que se pega a los pómulos como un parásito complacido. El rostro, antes humano, es ahora una talla de madera policromada que ríe de su propia obsolescencia.

El agua, inicialmente cristalina, fluye con la promesa de la purificación. Sin embargo, al girar la llave del grifo un milímetro más, la transparencia se espesa. El torrente se enturbia, pierde su fluidez y desciende como un chapopote denso y oscuro que mancha más de lo que limpia. El procedimiento, dicta una especie de instructivo invisible que «el lavacaras» debe acatar con devoción, exige que en este punto se expulse el remanente. Así, el lavacaras escupe, arrojando hilos viscosos de hipocresía que se escurren por la cañería con un sonido ahogado, llevándose consigo las verdades a medias que sostenían el día.

Al alzar la vista, el cristal del espejo ya no refleja al individuo. En su lugar, se impone el rostro severo de la gobernadora. Es una aparición que exige obediencia, una fantasmagoría política instalada en la intimidad del baño. Preso del pánico y la prisa, el lavacaras vuelve a frotar, a raspar la imagen con los nudillos para borrar el decreto de su propia cara, para arrancar la máscara de poder que se ha filtrado por sus poros.

Vuelve a impregnarse del líquido, pero el grifo ha mutado su ofrenda. Ahora brota líquido amniótico, tibio y salobre. Al contacto, la piel pierde sus aristas, las facciones se redondean y el rostro adquiere el matiz rosado y vulnerable de un bebé recién nacido. Pero la inocencia es insoportable; es una forma de amnesia que no puede permitirse. Él ya no es eso. La memoria de la vida le pesa demasiado para aceptar ese renacimiento forzado, así que vuelve a lavar, frotando con desesperación para arrancar la tersura del infante.

Finalmente, toma la toalla. Se seca con una fricción excesiva, castigando la piel hasta dejarla árida. El rostro queda tan seco que, de inmediato, le crecen arrugas profundas, como surcos abiertos en un campo inhóspito y olvidado. Exhausto por las metamorfosis, el lavacaras se rinde ante la imagen final. Levanta la mano y le lanza un beso al espejo, un gesto de tregua hacia la otredad que lo observa desde el azogue.

En reciprocidad, desde el otro lado del cristal, emerge una fuerza invisible y contundente. Percibe una cachetada que le voltea la cara con el sonido seco de la carne contra la carne. Un golpe de realidad que lo devuelve al mundo de los vivos.

Y entonces, con la mejilla ardiendo y el alma en vilo, piensa: todo está bien, todo ha quedado en su sitio.

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