Edgar Sánchez Quintana

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Imagen artística e hiperrealista de un artista mexicano de avanzada edad (Teódulo Rómulo) con una expresión digna y resuelta frente a un edificio colonial al atardecer. En primer plano, un fuego consume simbólicamente un lienzo, con chispas danzando en el aire. La iluminación cálida del fuego destaca su rostro curtido y su vestimenta tradicional, mientras el fondo muestra la silueta del museo bajo un cielo crepuscular. La escena captura el 'fuego de la dignidad' como una poderosa metáfora de la protesta artística y el sacrificio por el respeto institucional.

Ensayo sobre la dignidad y entereza del artista Teódulo Rómulo tras su protesta en el Museo de Arte de Tlaxcala. Un llamado al respeto institucional por los creadores.

Por Edgar Sánchez Quintana

Hay un momento en la vida de todo creador en el que la obra deja de pertenecerle para ser del mundo. Pero ¿qué sucede cuando el mundo —o peor aún, las instituciones que deberían resguardarlo— responde con indiferencia? El 23 de abril de 2026, el Museo de Arte de Tlaxcala (MAT) fue testigo de una respuesta contundente a esta interrogante. Teódulo Rómulo, a sus 83 años de edad y con seis décadas de impecable trayectoria a cuestas, encendió una llama que iluminó mucho más que los muros del recinto: quemó sus propias obras en un acto de protesta que nos sacude hasta los cimientos.

Nacido en 1943 en San Bartolomé Matlalohcan, municipio de Tetla, Tlaxcala, Rómulo no es un improvisado en las lides de la adversidad. Creció conociendo el rostro más crudo de la pobreza, trabajando en las ladrilleras desde los diez años, forjando su carácter entre el barro, el sudor y el calor de los hornos. Esa misma fuerza lo llevó a las aulas de la Academia de San Carlos y, más tarde, a cruzar el océano para perfeccionar su técnica en el prestigioso Atelier 17 de París. Con una Medalla de Plata en Bourges, el Premio Nichido en la capital francesa y los elogios de gigantes como Carlos Pellicer y Carlos Fuentes, su obra ha trascendido fronteras en más de ciento cincuenta exposiciones internacionales.

Y, sin embargo, la entereza de este hombre de raíces profundas nos demuestra que el éxito no anestesia la conciencia. A sus 83 años, Rómulo sigue exigiendo respeto. Su protesta en el MAT no fue un arrebato fugaz ni el berrinche de un ego herido; fue el grito de dignidad de un artista que se niega a aceptar el menosprecio institucional. Porque el respeto hacia los creadores plásticos no se agota en cederles un espacio con paredes blancas. Exponer sin el acompañamiento de un catálogo digno, sin una semblanza que contextualice el peso de una vida dedicada al arte y sin la difusión que la obra merece, es otra forma —quizás más sutil, pero igualmente dolorosa— de invisibilización.

Resulta una paradoja amarga, casi trágica, que haya sido precisamente Teódulo Rómulo una de las piezas clave para la fundación del Museo de Arte de Tlaxcala, el mismo recinto que hoy le regatea el trato que su envergadura exige. Ya en 2019, congruente con sus principios, había retirado sus piezas de ese mismo museo ante la desorganización y la falta de garantías. Y años atrás, en la Plaza Loreto de la Ciudad de México, también había recurrido al fuego purificador para denunciar la precariedad del gremio.

Cuando un artista quema su propia obra, el fuego se convierte en la metáfora definitiva: está declarando que prefiere la ceniza, la nada absoluta, antes que la fría indiferencia. Es un acto de inmolación donde la pieza perece para que el mensaje sobreviva.

Este gesto radical de Teódulo Rómulo no le pertenece solo a él. Es la voz de todos aquellos artistas que, a lo largo de nuestra historia, han enfrentado el desdén o el olvido. Nos obliga a mirar hacia atrás y conectar este clamor con la herencia de otros grandes maestros tlaxcaltecas que hemos abordado en este espacio. Pensemos en la monumentalidad de Desiderio Hernández Xochitiotzin, en la maestría escultórica de Cutberto Escalante y Federico Silva; en la visión de Samuel Ahuactzin, Abel Montiel y Hermenegildo Sosa; en la sensibilidad del maestro Pedro Avelino y en la fuerza expresiva de Galdina Galicia. Todos ellos, junto a muchos otros, han construido la identidad plástica de nuestra tierra y, al igual que Rómulo, merecen un reconocimiento que trascienda el aplauso efímero.

La dignidad del creador es innegociable. El acto de Teódulo Rómulo debe leerse como un llamado urgente y necesario a las instituciones culturales de Tlaxcala y de todo el país. Es imperativo que comprendan que los artistas no son meros proveedores de decoración para sus agendas oficiales, sino los pilares sobre los que se sostiene la memoria y el espíritu de nuestro pueblo.

Tratar a nuestros artistas con la dignidad que merecen es, en última instancia, respetarnos a nosotros mismos. Que el fuego encendido por Teódulo Rómulo no se apague en el anecdotario; que sus cenizas sirvan para abonar un terreno donde el arte, por fin, florezca al amparo del respeto verdadero.

Invitación a la Acción:

El arte es el fuego que mantiene viva la conciencia de un pueblo. ¿Crees que las instituciones culturales están a la altura del talento de nuestros artistas? Te invito a compartir tu opinión y a sumarte a este reconocimiento a la entereza de Teódulo Rómulo. ¡Tu voz es parte de la llama que exige dignidad para nuestra cultura!

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